{"id":1099,"date":"2012-12-17T08:14:33","date_gmt":"2012-12-17T08:14:33","guid":{"rendered":"http:\/\/www.benitoperezgaldos.es\/?p=1099"},"modified":"2012-12-17T08:14:33","modified_gmt":"2012-12-17T08:14:33","slug":"cuento-un-tribunal-literario-de-benito-perez-galdos-1872","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-un-tribunal-literario-de-benito-perez-galdos-1872\/","title":{"rendered":"[Cuento] Un tribunal literario, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s (1872)"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: center;\">I<\/p>\n<p>\u00abMe gustar\u00eda  enteramente sentimental, que llegase al alma, que hiciera llorar&#8230; Yo  cuando leo y no lloro, me parece que no he le\u00eddo. \u00bfQu\u00e9 quiere usted? yo  soy as\u00ed, -me dijo el duque de Cantarranas, haciendo con los gestos  frente, boca y narices uno de aquellos nerviosos que le distinguen de  los dem\u00e1s duques y de todos los mortales.<\/p>\n<p>-Yo le aseguro a usted  que ser\u00e1 sentimental, ser\u00e1 de esas que dan convulsiones y s\u00edncopes; har\u00e1  llorar a todo el g\u00e9nero humano, querido se\u00f1or duque, -le contest\u00e9  abriendo el manuscrito por la primera p\u00e1gina.<\/p>\n<p>-Eso es lo que hace  falta, amigo m\u00edo: sentimiento, sentimiento. En este siglo materialista,  conviene al arte despertar los nobles afectos. Es preciso hacer llorar a  las muchedumbres, cuyo coraz\u00f3n esta endurecido por la pasi\u00f3n pol\u00edtica,  cuya mente est\u00e1 extraviada por las ideas de vanidad que les han imbuido  los socialistas. Si no pone usted ah\u00ed mucho lloro, mucho suspiro, mucho  amor contrariado, mucha terneza, mucha languidez, mucha t\u00f3rtola y mucha  codorniz, le auguro un \u00e9xito triste, y lo que es peor, el tremendo fallo  de reprobaci\u00f3n y anatema de la posteridad enfurecida.<\/p>\n<p>Dijo; y afectando la  gravedad de un Mecenas, mirome el duque de Cantarranas con expresi\u00f3n de  superioridad, no sin hacer otro gesto nervioso que parec\u00eda hundirle la  nariz, romperle la boca y rasgarle el cuero de la frente, de su frente  ol\u00edmpica en que resplandec\u00eda el genio apacible, dulz\u00f3n y melanc\u00f3lico de  la poes\u00eda sentimental.<\/p>\n<p>Aquello me turb\u00f3. \u00a1Tal  autoridad ten\u00eda para m\u00ed el pr\u00f3cer insigne! Cerr\u00e9 y abr\u00ed el manuscrito  varias voces; pas\u00e9 fuertemente el dedo por el interior de la parte  cosida, queriendo obligar a las hojas a estar abiertas sin necesidad de  sujetarlas con la mano; pase\u00e9 la vista por los primeros renglones, le\u00ed  el t\u00edtulo, tos\u00ed, mov\u00ed la silla, y, con franqueza lo declaro, habr\u00eda  deseado en aquel momento que un pretexto cualquiera, verbi gracia,  un incendio en la casa vecina, un hundimiento o terremoto, me hubieran  impedido leer; porque, a la verdad, me hallaba sobrecogido ante el  respetable auditorio que a escucharme iba. Compon\u00edase de cuatro ilustres  personajes de tanto peso y autoridad en la rep\u00fablica de las letras, que  apenas comprendo hoy c\u00f3mo fui capaz de convocarles para una lectura de  cosa m\u00eda, naturalmente pobre y sin valor. Aterr\u00e1bame, sobre todo, el  mencionado duque de los gestos nerviosos, el m\u00e1s eminente cr\u00edtico de mi  tiempo, seg\u00fan opini\u00f3n de amigos y adversarios.<\/p>\n<p>Sin embargo, Su  Excelencia hab\u00eda ido all\u00ed, como los dem\u00e1s, para o\u00edrme leer aquel mal  parto de mi infecundo ingenio, y era preciso hacer un esfuerzo. Me  llen\u00e9, pues, de resoluci\u00f3n, y empec\u00e9 a leer.<\/p>\n<p>Pero permitidme, antes  de referir lo que le\u00ed, que os d\u00e9 alguna noticia del grande, del ilustre,  del imponderable duque de Cantarranas.<\/p>\n<p>Era un hidalguillo de poco m\u00e1s o menos, atendida su fortuna, que consist\u00eda en una <em>posesi\u00f3n<\/em> enclavada en Meco, dos casas en Alcobendas y un coto en la Puebla de  Montalb\u00e1n; tambi\u00e9n disfrutaba de unos censos en el mismo lugar y de unos  dinerillos dados a r\u00e9dito. A esto hab\u00edan venido los estados de los  Cantarranas, ducado cuyo origen es de los m\u00e1s empingorotados. As\u00ed es que  el buen duque era pobre de solemnidad; porque la posesi\u00f3n no lo daba  m\u00e1s que unos dos mil reales, y esos mal pagados, las casas no produc\u00edan  tres maravedises, porque la una estaba destechada, y la otra, la  solariega por m\u00e1s se\u00f1as, era un palacio destartalado, que no esperaba  sino un pretexto para venirse al suelo con escudo y todo. Nadie lo  quer\u00eda alquilar porque ten\u00eda fama de estar habitado por brujas, y los  alcobendanos dec\u00edan que all\u00ed se aparec\u00edan de noche las irritadas sombras  de los Cantarranas difuntos.<\/p>\n<p>El coto no ten\u00eda m\u00e1s  que catorce \u00e1rboles, y esos malos. En cuanto a caza, ni con hurones se  encontraba, por atravesar la finca una servidumbre desde principios del  siglo, en que huy\u00f3 de all\u00ed el \u00faltimo conejo de que hay noticia. Los  dinerillos le produc\u00edan, salvo disgustos, apremios y tardanzas, unos  tres mil realejos. As\u00ed es que Su Excelencia no pose\u00eda m\u00e1s que gloria y  un inmenso caudal de met\u00e1foras, que gastaba con la prodigalidad de un  millonario. Su ciencia era mucha, su fortuna escasa, su coraz\u00f3n bueno,  su alma una ret\u00f3rica viviente, su persona&#8230; su persona merece p\u00e1rrafo  aparte.<\/p>\n<p>Frisaba en los cuarenta  y cinco a\u00f1os; y esto que s\u00e9 por casualidad, se conf\u00eda aqu\u00ed como sagrado  secreto, porque \u00e9l, ni a tirones pasaba de los treinta y nueve. Era  colorado y barbipuntiagudo, con lentes que parec\u00edan haber echado ra\u00edces  en lo alto de su nariz. \u00c9stas llamaron siempre la atenci\u00f3n de los  fren\u00f3logos por una especial configuraci\u00f3n en que se trasluc\u00eda lo que \u00e9l  llamaba <em>exquisito olfato moral<\/em>. Para la Ciencia eran un  magn\u00edfico ejemplar de estudio, un tesoro; para el vulgo eran meramente  grandes. Pero lo m\u00e1s notable de su cariz era la afecci\u00f3n nerviosa que  padec\u00eda, pues no pasaban dos minutos sin que hiciese tantos y tan  violentos visajes, que s\u00f3lo por respeto a tan alta persona, no se mor\u00edan  de risa los que le miraban.<\/p>\n<p>Su vestido era lecci\u00f3n o  tratado de econom\u00eda dom\u00e9stica. Describir c\u00f3mo variaba los cortes de sus  chalecos para que siempre pareciesen de moda, no es empresa de plumas  vulgares. Decir con qu\u00e9 prolijo esmero cepillaba todas las ma\u00f1anas sus  dos levitas y con qu\u00e9 amor profundo les daba aguardiente en la tapa del  cuello, cuidando siempre de cogerlas con las puntas de los dedos para  que no se le rompieran, es haza\u00f1a reservada a m\u00e1s puntuales cronistas.<\/p>\n<p>\u00bfPues y la escrupulosa  revista de roturas que pasaba cada d\u00eda a sus dos pantalones, y los  remojos, planchados y frotamientos con que martirizaba su gab\u00e1n, prenda  inocente que hab\u00eda encontrado un purgatorio en este mundo? En cuanto a  su sombrero, basta decir que era un problema de longevidad. Su ignora  qu\u00e9 talism\u00e1n pose\u00eda el duque para que ni un \u00e1tomo de polvo, ni una gota  de agua manchasen nunca sus inmaculados pelos. A\u00f1\u00e1dase a esto que  siempre fue un misterio profundo la salud inalterable de un paraguas de  ballena que le conoc\u00ed toda la vida, y que mejor que el Observatorio  podr\u00eda dar cuenta de todos los temporales que se han sucedido en veinte  a\u00f1os. Por lo que hace a los guantes, que hab\u00edan paseado por Madrid  durante cinco abriles su demacrada amarillez, puede asegurarse que la  alquimia dom\u00e9stica tomaba mucha parte en aquel prodigio. Adem\u00e1s el duque  ten\u00eda un modo singular\u00edsimo de poner las manos, y a esto, m\u00e1s que a  nada, se debe la vida perdurable de aquellas prendas, que \u00e9l, usando una  de sus figuras predilectas, llamaba <em>el coturno de las manos<\/em>.  Puede formarse idea de su modo de andar, recordando que las botas me  visitaron tres a\u00f1os seguidos, despu\u00e9s de tres remontas; y s\u00f3lo a un  sistema de locomoci\u00f3n tan ingenioso como prudente, se deben las etapas  de vida que tuvieron las que, vali\u00e9ndonos de la ret\u00f3rica del duque,  podremos llamar las <em>quirotecas de los pies<\/em>.<\/p>\n<p>Usaba joyas, muchos  anillos, prefiriendo siempre uno, donde campeaba una esmeralda del  tama\u00f1o de media peseta, tan disforme, que parec\u00eda falsa; y lo era en  efecto, seg\u00fan testimonio de los m\u00e1s reputados cronistas que de la casa  de Cantarranas han escrito. No reina la misma uniformidad de pareceres, y  a\u00fan son muy distintas las versiones respecto a cierta cadena que  hermoseaba su chaleco, pues aunque todos convienen en que era de <em>doubl\u00e9<\/em>,  hay quien asegura ser alhaja de familia, y haber pertenecido a un  magnate de la casa, que fue virrey de N\u00e1poles, donde la compr\u00e9 a unos  genoveses por un grueso pu\u00f1ado de maravedises.<\/p>\n<p>Corr\u00eda, con visos de muy autorizada, la voz de que el duque de Cantarranas era un <em>cursi<\/em> (ya podemos escribir la palabrilla sin remordimientos, gracias a la  condescendencia del Diccionario de la Academia); pero esto no sirve sino  para probar que los tiros de la envidia se asestan siempre a lo m\u00e1s  alto, del mismo modo que los huracanes hacen mayores estragos en las  corpulentas encinas.<\/p>\n<p>El duque, por su parte,  despreciaba estas hablillas, como cumple a las almas grandes. Pero  llegaron tiempos en que sal\u00eda poco de d\u00eda, porque en su levita hab\u00eda  descubierto la astronom\u00eda vulgar no s\u00e9 qu\u00e9 manchas. En esto se parec\u00eda  al sol, aunque por raro fen\u00f3meno, era un sol que no luc\u00eda sino por las  noches. Frecuentaba varias tertulias, tomaba caf\u00e9, iba tres veces al a\u00f1o  al teatro, paseaba en invierno por el Prado y en verano por la Monta\u00f1a,  y se retiraba a su casa despu\u00e9s de conversar un rato con el sereno.<\/p>\n<p>La \u00edndole de su talento  le inclinaba a la contemplaci\u00f3n. Le\u00eda mucho, deleit\u00e1ndose sobremanera  con las novelas sentimentales, que tanta boga tuvieron hace cuarenta  a\u00f1os. En esto, es fuerza confesar que viv\u00eda un poco atrasadillo; pero  los grandes ingenios tienen esa ventaja sobre el com\u00fan de las gentes; es  decir, pueden quedarse all\u00ed donde les conviene, venciendo el oleaje  revolucionario, que tambi\u00e9n arrastra a las letras. Para \u00e9l, las novelas  de Mad. Genlis eran el prototipo, y siempre crey\u00f3 que ni antiguos ni  modernos hab\u00edan llegado al zancajo de Madama de Sta\u00ebl en su <em>Corina<\/em>. No le agradaba tanto, aunque s\u00ed la ten\u00eda en gran aprecio, <em>La Nueva Elo\u00edsa<\/em>,  de Rousseau; porque dec\u00eda que sus pretensiones eruditas y filos\u00f3ficas  atenuaban en parte el puro encanto de la acci\u00f3n sentimental. Pero lo que  le sacaba de sus casillas eran <em>Las noches de Young<\/em>, traducidas  por Esc\u00f3iquiz; y \u00e9l se sumerg\u00eda en aquel oc\u00e9ano de tristezas,  identific\u00e1ndose de tal modo con el personaje, que, a veces le  encontraban por las ma\u00f1anas p\u00e1lido, extenuado y sin acertar a pronunciar  palabra que no fuera l\u00fagubre y sombr\u00eda como un responso. En su  conversaci\u00f3n se dejaba ver esta influencia, porque empleaba  frecuentemente la quincalla de figuras ret\u00f3ricas que sus autores  favoritos le hab\u00edan depositado en el cerebro. Su imagen predilecta era  el sauce entre los vegetales, y la codorniz entre los vertebrados.  Cuando ve\u00eda una higuera, la llamaba sauce; todos los chopos eran para \u00e9l  cipreses; las gallinas antoj\u00e1bansele palomas, y no hubo jilguero ni  calandria que, \u00e9l, con la fuerza de su fantas\u00eda, no trocara en ruise\u00f1or.  M\u00e1s de una vez le o\u00ed nombrar Pamela a su criada, y s\u00e9 que \u00fanicamente  dej\u00f3 de llamar Clarisa a su lavandera se\u00f1\u00e1 Clara, cuando \u00e9sta manifest\u00f3  que no gustaba de que la pusiesen motes.<\/p>\n<p>\u00bfSer\u00e1 necesario afirmar  que, aun concretado a una especialidad, el duque de Cantarranas era un  excelente cr\u00edtico? Baste decir que sus consejos ten\u00edan fuerza de ley y  sus dict\u00e1menes eran tan decisivos, que jam\u00e1s se apel\u00f3 contra ellos al  tribunal augusto de la opini\u00f3n p\u00fablica. Por eso le cit\u00e9, en uni\u00f3n de los  otros tres personajes que describir\u00e9 luego, para que juzgase mi  obrilla.<\/p>\n<p>Era \u00e9sta una novela mal  concebida y peor hilvanada, incapaz por lo tanto de hombrearse con las  muchas que, por tantos y tan preclaros ingenios producidas, enaltecen  actualmente las letras en este afortunado pa\u00eds. Luego que los cuatro  ilustres senadores que formaban mi auditorio se colocaron bien en sus  sillas, saqu\u00e9 fuerzas de flaqueza, tos\u00ed, mir\u00e9 a todos lados con  angustia, respir\u00f3 con fuerza, y con voz apagada y temblorosa, empec\u00e9 de  esta manera:<\/p>\n<p>\u00ab<em>Cap\u00edtulo primero<\/em>.  Alejo era un joven bastante feo, hijo de honrados padres, chico de  estudios de sanas y muy honestas costumbres, pobre de solemnidad, y  bueno como una manzana. Viv\u00eda encajonado en su bohardilla, y desde all\u00ed  contemplaba los gorriones que iban a pararse en la chimenea y los gatos  que retozaban por el tejado. Miraba de vez en cuando al cielo, y de vez  en cuando a la tierra, para ver ya las estrellas, ya los simones. Alejo  estudiaba abogac\u00eda, lo cual le aburr\u00eda mucho, y no ten\u00eda m\u00e1s distracci\u00f3n  que asomarse al ventanillo de su tugurio. \u00bfDescribir\u00e9 la habitaci\u00f3n de  esta desventurada excrescencia de la sociedad? S\u00ed; voy a describirla.<\/p>\n<p>Imaginaos cuatro sucias  paredes sosteniendo un inclinado techo, al trav\u00e9s del cual el agua del  invierno por innumerables goteras se escurre. Andrajos de uno a modo de  papel azul, pend\u00edan de los muros; y la cama, enclavada en un rinc\u00f3n, era  paralela al techo, es decir, inclinada por los pies. Una mesa que no  los ten\u00eda completos, sosten\u00eda apenas dos docenas de libros muy usados,  un tintero y una sombrerera. All\u00ed formaban estrecho consorcio dos  babuchas en muy mal estado, con una guitarra de la cual hab\u00edan huido a  toda prisa las cuatro cuerdas, quedando una sola, con que Alejo se  acompa\u00f1aba cierta seguidilla que sab\u00eda desde muy ni\u00f1o. All\u00ed alternaban  dos pares y medio de guantes descosidos, restos de una conquista, con un  tarro de bet\u00fan y un frasco de agua de Colonia, al cual los vaivenes de  la suerte convirtieron en botella de tinta, despu\u00e9s de haber sido mucho  tiempo alcuza de aceite. De inv\u00e1lida percha pend\u00edan una capa, una  cartuchera de miliciano (1854), dos chalecos de rayas encarnadas y una  faja que parec\u00eda soga. Un clavo sosten\u00eda el sombrero perteneciente a la  anterior generaci\u00f3n, y un ba\u00fal guardaba en sus antros algunas piezas de  ropa, en las cuales los remiendos, aunque muchos y diversos, no eran  tantos ni tan pintorescos como los agujeros no remendados.<\/p>\n<p>Pero asom\u00e9monos a la  ventana. Desde ella se ve el tejado de enfrente, con sus bohardillas,  sus chimeneas y sus misifuces. M\u00e1s abajo se divisa el tercer piso de la  casa; bajando m\u00e1s la vista el segundo, y por fin el principal. En \u00e9ste  hay un cierro de cristales, con flores, p\u00e1jaros y&#8230; \u00a1otra cosa! Alejo  miraba continuamente la otra cosa que conten\u00eda el cierro. \u00bfDiremos lo  que era? Pues era una dama. Alejo la contemplaba todos los d\u00edas, y por  un singular efecto de imaginaci\u00f3n, estaba vi\u00e9ndola despu\u00e9s toda la  noche, despierto y en sue\u00f1os; si escrib\u00eda, en el fondo del tintero; si  meditaba, revoloteando como espectro de mariposa alrededor de la  macilenta, luz que hac\u00eda, veces de astro en el para\u00edso del estudiante.<\/p>\n<p>Mirando desde all\u00ed  hac\u00eda el piso principal de enfrente, se distingu\u00eda en primer t\u00e9rmino una  mano, despu\u00e9s un brazo, el cual estaba adherido a un admirable busto  alabastrino, que sustentaba la cabeza de la joven, singularmente  hermosa. \u00bfMe atrever\u00e9 a describirla? \u00bfMe atrever\u00e9 a decir que era una de  las damas m\u00e1s bellas, de m\u00e1s alto origen, de m\u00e1s distinguido trato que  ha dado a la sociedad esta raza humana, tan fecunda en duquesas y  marquesas? S\u00ed, me atrevo.<\/p>\n<p>Desde arriba, Alejo  devoraba con sus ojos una gran cabellera negra, espl\u00e9ndida, profusa, un  r\u00edo de cabellos, como dir\u00eda mi amigo el ilustre Cantarranas. (Al o\u00edr  esto s\u00edmil en que yo rend\u00eda p\u00fablico tributo de admiraci\u00f3n al esclarecido  pr\u00f3cer, \u00e9ste se inclin\u00f3 con modestia y se ruboriz\u00f3 unas miajas. Debajo  de estos cabellos, Alejo admiraba un arco blanco en forma de media luna:  era la frente, que desde tan alto punto de vista afectaba, esta  singular forma. De la nariz y barba s\u00f3lo asomaba la punta. Pero lo que  se pod\u00eda contemplar entero, magn\u00edfico, eran los hombros, admirable  muestra de escultura humana, que la tela no pod\u00eda disimular. Suavemente  ca\u00eda el cabello sobre la espalda: el color de su rostro al mismo m\u00e1rmol  semejaba, y no ha existido cuello de cisne m\u00e1s blanco, airoso y suave  que el suyo, ni seno como aqu\u00e9l, en que parec\u00edan haberse dado cita todos  los deleites. La gracia de sus movimientos era tal, que a nuestro joven  se le derret\u00eda, el cerebro siempre que la consideraba saludando a un  transe\u00fante, o a la amiga de enfrente. Cuando no estaba puesta al balc\u00f3n,  las voces de un soberbio piano la llevaban, trocada en armon\u00edas, a la  zah\u00farda del pobre estudiante. Si no la admiraba, la o\u00eda: tal poder tiene  el amor que se vale de todos los sentidos para consolidar su dominio  p\u00e9rfido. Pero, \u00a1extra\u00f1o caso! jam\u00e1s en el largo espacio de un trienio  alz\u00f3 la vista hacia el nido de Alejo, no observar aquella cosa fea que  desde tan alto la miraba y la escuchaba con el puro fervor del  idealismo.<\/p>\n<p>A\u00f1adamos que Alejo era  miope: el estudio y las vigilias hab\u00edan aumentado esta flaqueza que no  le permit\u00eda distinguir tres sobre un asno. Felizmente, el autor de este  libro goza una vista admirable, y por lo tanto puede ver desde la  bohardilla de Alejo lo que \u00e9ste no pod\u00eda: la dama tal cual era en su  forma real, despojada de todos los encantos con que la fantas\u00eda de un  miope la hab\u00eda revestido; las m\u00e1culas que le salpicaban el rostro,  bastante empa\u00f1ado despu\u00e9s de su quinto parto; pod\u00eda advertir (y para  esto hubo de reunir datos que facilit\u00f3 cierta doncella) que para formar  aquella sorprendente cabellera hab\u00edan intervenido, primero Dios, que la  cre\u00f3 no sabemos en que cabeza, y despu\u00e9s un peluquero muy h\u00e1bil que  sola, arregl\u00f3 a la se\u00f1ora. Tambi\u00e9n hubo de notar que no era su talle tan  airoso como desde las boreales regiones de Alejo parec\u00eda, y que la  nariz estaba te\u00f1ida de un ligero rosicler, no suficiente a disimular su  magnitud. En cuanto al piano, jurar\u00eda que la dama no toc\u00f3 en tres a\u00f1os  otra cosa que un que empezaba en <em>Norma<\/em> y acababa en <em>Barba Azul<\/em>,  pieza extravagante que su inhabilidad hab\u00eda compuesto de lo que oy\u00f3 al  maestro; y por \u00faltimo, por lo que respecte al seno, ser\u00eda capaz de  apostar que&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Al llegar aqu\u00ed me  interrumpieron. Desdo que le\u00ed lo de las m\u00e1culas, notaba yo ciertos  murmullos mal contenidos. Fueron en crescendo, hasta que llegando al  citado pasaje, una exclamaci\u00f3n de horror me cort\u00f3 la palabra y me hizo  suspender la lectura.<\/p>\n<p>Cantarranas estaba  nervioso, y la poetisa se abanicaba con furia, ciega de enojo y hecho un  basilisco. No s\u00e9 si he dicho que una de las cuatro personas de mi  auditorio, era una poetisa. Creo llegada la ocasi\u00f3n de describir a esta  ilustre hembra.<\/p>\n<p><strong>II<\/strong><\/p>\n<p>La cual pasaba por  literata muy docta y de mucha fama en todo el mundo, por haber escrito  varios tomos de poes\u00eda, y borronado madrigales en todos los \u00e1lbumes de  la humanidad. Cumpliendo cierta misteriosa ley fision\u00f3mica, era rubia  como todas las poetisas, y obedeciendo a la misma fatalidad, alta y  huesuda. La adornaba una muy picuda y afilada nariz, y una boca hecha de  encargo para respirar por ella, pues no eran sus \u00f3rganos respiratorios  los m\u00e1s f\u00e1ciles y expeditos. No s\u00e9 qu\u00e9 ten\u00edan sus obras, que llevaban  siempre el sello de su nariz, visi\u00f3n que me persigui\u00f3 en sue\u00f1os varias  noches; y el mismo efecto de pesadilla me causaban dos rizos tan largos  como poco frondosos, que de una y otra sien le colgaban. Por lo que el  traje, dejaba traslucir, era f\u00e1cil suponer su cuerpo como de lo m\u00e1s  flaco, amojamado y pobrecillo que en Safos se acostumbra.<\/p>\n<p>Era viuda, casada y  soltera. Expliqu\u00e9monos. Siempre se la oy\u00f3 decir que era viuda; todos la  ten\u00edan por casada, y era en realidad soltera. En una ocasi\u00f3n vivi\u00f3 en  cierto lugar con un periodista provinciano, y all\u00ed pasaban por esposos.  El infeliz consorte fue un m\u00e1rtir. Llamaba ella a las piernas <em>columnas del orden social<\/em>,  lo cual no era sino gallarda figura ret\u00f3rica, que cubr\u00eda su mortal  aversi\u00f3n a coser pantalones&#8230; Ella no cog\u00eda los puntos a los  calcetines, porque, poco fuerte en toda clase de ortograf\u00edas, siempre  ten\u00eda en boca aquella sabia m\u00e1xima: <em>no se vive s\u00f3lo de pan<\/em>,  apotegma con que quer\u00eda disimular su absoluta ignorancia en materia de  guisados. La novela era su pasi\u00f3n: en el follet\u00edn del peri\u00f3dico de su  marido, public\u00f3 una que \u00e9ste, aunque enemigo de prodigar elogios,  calificaba de piramidal. Yo le\u00ed tres hojas, y confieso que no me pareci\u00f3  muy cat\u00f3lica. Tambi\u00e9n escribi\u00f3 obra que ella llamaba <em>eminentemente moral<\/em>. No quise moralizarme ley\u00e9ndola, y regal\u00e9 el ejemplar a mi criado, el cual lo traspas\u00f3 a no s\u00e9 qui\u00e9n.<\/p>\n<p>Excuso reiterar la  veneraci\u00f3n que me infund\u00eda la tal se\u00f1ora por su competencia en el arte  de novelar. Me hab\u00eda dicho repetidas veces, que quer\u00eda inculcarme alguno  de sus elevados principios, y con este fin asist\u00eda como inexorable Juez  a la lectura.<\/p>\n<p>La buena de la poetisa  se escandaliz\u00f3 viendo el giro que yo daba a la acci\u00f3n. Rabiosamente  idealista, como pretend\u00edan demostrar sus rizos y su nariz, no pod\u00eda  tolerar que en una ficci\u00f3n novelesca entrasen damas que no fueran la  misma hermosura, galanes que no fueran la caballerosidad en persona. Por  eso, saliendo a defender los fueros del idealismo, tom\u00f3 la palabra, y  con \u00e1spera y chillona voz, me dijo:<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfPero est\u00e1 usted loco?  \u00bfQu\u00e9 arte, qu\u00e9 ideal, qu\u00e9 estilo es \u00e9se? Usted escribir\u00e1 sin duda para  gente soez y sin delicadeza, no para <em>esp\u00edritus distinguidos<\/em>. Yo  cre\u00ed que se me hab\u00eda llamado para o\u00edr cosas m\u00e1s cultas, m\u00e1s elegantes.  \u00a1Oh! No comprendo yo as\u00ed la novela. Ya veo el sesgo que va usted a dar a  eso: terminar\u00e1 con burlas indignas, como ha empezado. \u00a1Ay! \u00a1Encanallar  una cosa que empezaba tan bien! Ah\u00ed est\u00e1 el germen de una alta obra  moralizadora. \u00a1Qu\u00e9 lastima! Esa bohardilla, ese joven pobre que vive en  ella, melanc\u00f3licamente entretenido en contemplar a la dama del  mirador&#8230; y pasan d\u00edas, y la mira&#8230; y pasan noches, y la mira&#8230; \u00a1Que  me maten si con eso no era yo capaz de hacer dos tomos! Y esa dama  misteriosa&#8230; yo no dir\u00eda qui\u00e9n era hasta el trig\u00e9simo cap\u00edtulo. Ten\u00eda  usted admirablemente preparado el terreno para componer una obra de  largo <em>aliento<\/em>. \u00a1Qu\u00e9 lastima!<\/p>\n<p>Al o\u00edr esto, no s\u00e9 qu\u00e9  pas\u00f3 por m\u00ed. Puesto que debo hacer confesi\u00f3n franca de mis impresiones  aunque me sean desfavorables, me veo precisado a decir que el dictamen  de persona tan perita me desconcert\u00f3 de modo que en mucho tiempo no  acert\u00e9 a decir palabra. Sirva el rubor con que lo confieso de expiaci\u00f3n a  mi singular audacia y a la petulante idea de convocar tan esclarecido  jurado para dar a conocer uno de los m\u00e1s rid\u00edculos abortos que de mente  humana han podido salir. Al fin me seren\u00f3, gracias a algunas frases  bondadosas del siempre magn\u00edfico duque, y haciendo un esfuerzo, respond\u00ed  a la poetisa:<\/p>\n<p>\u00abY dado el principio de  la novela; dados los dos personajes, la bohardilla, el cierro y lo  dem\u00e1s, \u00bfqu\u00e9 discurrir\u00eda usted? \u00bfC\u00f3mo desarrollar\u00eda la acci\u00f3n? (In\u00fatil es  decir que al hacer estas preguntas s\u00f3lo me guiaba el deseo de aprender,  apoder\u00e1ndome de las recetas que para componer sus artificios literarios  usaba aquella incomparable sibila.)\u00bb<\/p>\n<p>\u00a1Oh! \u00bfQue har\u00eda yo,  dice usted? -repuso acerc\u00e1ndose a m\u00ed con tal violencia que pens\u00e9 que me  iba a saltar los ojos con su nariz; -\u00bfqu\u00e9 har\u00eda yo? Seguramente hab\u00eda de  tirar mucho partido de esos elementos. Supongamos que soy la autora:  ese joven pobre es muy hermoso, es moreno e interesante, un tipo  meridional, t\u00f3rrido, un hijo del desierto. Desde su ventana mira  constantemente a la joven, y pasa la noche oyendo el triste mayar ele  los tigres (as\u00ed llamaremos por ahora a los gatos hasta encontrar otro  animal m\u00e1s po\u00e9tico), y desde all\u00ed se aniquila en el loco amor que le  inspira aquella dama misteriosa, misteriooooosa&#8230; \u00bfQu\u00e9 har\u00e9? \u00a1Dios m\u00edo!  Primero describir\u00eda a la dama muy po\u00e9tica&#8230; ticamente, muy l\u00e1nguida,  con cabellos rubios, muy rubios y flotantes, y una cintura as\u00ed&#8230; (Al  decir esto, hizo un adem\u00e1n usual, determinando con los dedos pulgar e  \u00edndice de ambas manos un c\u00edrculo no m\u00e1s, grande que la periferia de una  cebolla.) La pintar\u00eda muy triste, vestida siempre de blanco, apoyada d\u00eda  y noche en el barandal, la mano en la mejilla, y contemplando la  enredadera, que trepando como vegetal lagartija por los balcones, hasta  sus mismos hombros llegaba.<\/p>\n<p>Le advierto a usted -dije con timidez- que yo no he puesto jard\u00edn, sino calle.<\/p>\n<p>-No importa  -respondi\u00f3-; yo quito la calle y pongo pensiles. Contin\u00fao: la supondr\u00eda  siempre muy triste, y de vez en cuando una l\u00e1grima <em>asomaba<\/em> a  sus ojos azules, semejando errante gota de roc\u00edo que se detiene a  descansar en el c\u00e1liz de un jacinto. El joven mira a la dama, la dama no  mira al joven. \u00bfQui\u00e9n es aquella dama? \u00bfEs una esposa v\u00edctima, una hija  m\u00e1rtir, una doncella pura lanzada al torbellino de la sociedad por la  furia de las pasiones? \u00bfAma o aborrece? \u00bfEspera o teme? \u00a1Ah! Esto es lo  que yo me guardar\u00eda muy bien de decir hasta el cap\u00edtulo trig\u00e9simo, donde  pondr\u00eda el gran golpe <em>teatral<\/em> de la obra&#8230; Veamos c\u00f3mo  desarrollar\u00eda la acci\u00f3n para lograr que se vieran y se conocieran los  dos personajes. Un d\u00eda la dama llora m\u00e1s que nunca y mira m\u00e1s fijamente  al jard\u00edn; su vestido es m\u00e1s blanco que nunca y m\u00e1s rubios que nunca sus  cabellos. Un pajarito que juguetea entre las matas viene a apoyarse en  la enredadera junto a la mano de la dama, y como al ver la yema del dedo  gordo crea que es una cereza, la pica. La joven da un grito, y en el  mismo momento el pajarillo <em>salva<\/em> asustado, remonta el vuelo y  va a posarse en la bohardilla de enfrente. La dama alza la vista  siguiendo al diminuto vol\u00e1til y ve&#8230; \u00bfa qui\u00e9n creer\u00e9is que ve? Al joven  que ha estado doce cap\u00edtulos con los ojos sin que \u00e9sta se dignara  mirarle. Desde entonces una corriente el\u00e9ctrica se establece entre los  dos amantes. \u00a1Se hallan contemplado! \u00a1Ay!<\/p>\n<p>Al llegar, volvime casualmente hacia el duque de Cantarranas: estaba p\u00e1lido de emoci\u00f3n y una <em>l\u00e1grima se asomaba<\/em> a sus ojos verdes, semejando viajera gota de roc\u00edo que se detiene a  reposar en el c\u00e1liz de una lechuga. Sent\u00edame yo confundido, anonadado  ante la pasmosa inventiva, la originalidad, el ingenio de aquella mujer,  junto a quien las Safos y Sta\u00eblas eran literatas de tres al cuarto. De  los dem\u00e1s personajes de mi auditorio nada dir\u00e9, todav\u00eda.<\/p>\n<p>\u00ab-\u00a1Bravo, soberbio!  -exclam\u00f3 Cantarranas aplaudiendo con fuerza y entusiasm\u00e1ndose de tal  modo que se le salt\u00f3 el mal pegado bot\u00f3n de la camisa, y las puntas del  cuello postizo quedaron en el aire.<\/p>\n<p>-\u00bfLe gusta a usted mi pensamiento? pregunt\u00f3 la poetisa.- Esto es el <em>canevas<\/em> tan s\u00f3lo; despu\u00e9s viene el estilo y&#8230;<\/p>\n<p>-Me entusiasma la idea -repliqu\u00e9, apuntando con l\u00e1piz lo que ella con el m\u00e1gico pincel de su fantas\u00eda dibujara.<\/p>\n<p>-\u00c9se es el camino que usted debe seguir -a\u00f1adi\u00f3, dando a Cantarranas un alfiler para que afirmase el cuello.<\/p>\n<p>-\u00a1Oh! el recurso del pajarillo es encantador.<\/p>\n<p>-El pajarillo -dijo Cantarranas- debe ser el intermediario entre la dama blanca y el joven meridional.<\/p>\n<p>-Pues yo continuar\u00eda  desarrollando la acci\u00f3n del modo siguiente -prosigui\u00f3 ella: -Veamos; el  joven tom\u00f3 el pajarillo con sus delicados dedos, y d\u00e1ndole algunas  miguitas de pan, le aliment\u00f3 varios d\u00edas, consiguiendo domesticarle a  fuerza de paciencia. Ver\u00e1 usted qu\u00e9 raro: le ten\u00eda suelto en el cuarto  sin que intentara evadirse. Un d\u00eda le at\u00f3 un hilito en la pata y lo ech\u00f3  a volar; el p\u00e1jaro fue a posarse al balc\u00f3n en donde estaba la dama, que  le acarici\u00f3 mucho y lo obsequi\u00f3 con migajitas de bizcocho, mojadas en  leche. Volvi\u00f3 despu\u00e9s a la bohardilla; el joven le puso un billete atado  al cuello, y el ave se lo llev\u00f3 a la dama. As\u00ed se estableci\u00f3 una  r\u00e1pida, apasionada y vol\u00e1til correspondencia, que dur\u00f3 tres meses. Aqu\u00ed  copiar\u00eda yo la correspondencia, que ocupar\u00eda medio libro, de lo m\u00e1s  delicado y elegante. \u00c9l empezar\u00eda diciendo: \u00abIgnorada se\u00f1ora: los alados  caracteres que env\u00edo a usted, le dir\u00e1n, etc&#8230;\u00bb. Y ella contestar\u00eda:  \u00abDesconocido caballero: Con rubor y sobresalto he le\u00eddo su ep\u00edstola, y  mentir\u00eda si no le asegurara que desde luego he cre\u00eddo encontrar un leal  amigo, un amigo nada m\u00e1s&#8230;\u00bb. Por esto de los amigos nada m\u00e1s se  empieza. As\u00ed se prepara al lector a los grandes aspavientos amorosos que  han de venir despu\u00e9s.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 ternura, qu\u00e9 suavidad, qu\u00e9 delicadeza! -dijo el duque en el colmo de la admiraci\u00f3n.<\/p>\n<p>-Acepto el pensamiento  -manifest\u00e9, anotando todo aquel discreto artificio para encajarlo  despu\u00e9s en mi obra como mejor me conviniese.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s que la poetisa  hubo mostrado en todo su esplendor, adorn\u00e1ndole con las galanuras del  estilo, su incomparable ingenio; despu\u00e9s que me dej\u00f3 corrido y  vergonzoso por la diferencia que resultaba entre su inventiva  maravillosa y el seco, est\u00e9ril y encanijado parto de mi caletre, \u00bfc\u00f3mo  hab\u00eda de atreverme a continuar leyendo? Ni a dos tirones me har\u00edan  despegar los labios; y all\u00ed mismo hubiera roto el manuscrito, si el  duque, que era la misma benevolencia, no me obligase a proseguir, con  ruegos y cortesan\u00edas, que vencieron mi modestia y trocaron en valor mis  fundados temores. Busqu\u00e9, pues, en mi manuscrito el punto donde hab\u00eda  quedado, y le\u00ed lo siguiente:<\/p>\n<p>-\u00abEl joven Alejo era  pobre, muy pobre. (Bien -dijo la poetisa.) Sus padres hab\u00edan muerto  hac\u00eda algunos a\u00f1os, y s\u00f3lo con lo que le pasaba una t\u00eda suya, residente  en Alicante, viv\u00eda, si vivir era aquello. La mala sopa y el peor cocido  con que do\u00f1a Antonia de Trast\u00e1mara y Peransurez le alimentaba eran  tales, que no bastar\u00edan para mantener en pie a un cartujo. Y aun as\u00ed,  do\u00f1a Antonia de Trast\u00e1mara y Peransurez, tan noble de apellido como fea  de catadura, sol\u00eda quejarse de que el hu\u00e9sped no pagaba; horrible  acusaci\u00f3n que hiela la sangre en las venas, pero que es cierta. (La  poetisa articul\u00f3 una censura que me reson\u00f3 en el coraz\u00f3n como un eco  siniestro.) As\u00ed es que con los doscientos reales que de Alicante ven\u00edan,  el pobre no ten\u00eda m\u00e1s que para palillos, que era, en verdad, la cosa  que menos necesitara. Luego las deudas se lo com\u00edan, y no pod\u00eda echarse a  la calle sin ver salir de cada adoqu\u00edn un acreedor. Como era miope, las  monedas falsas parece que le buscaban. \u00a1Singular atracci\u00f3n del bolsillo  raras veces ocupado! En cuanto a distracciones, no ten\u00eda, aparte la  dama citada, sino las murgas que en bandadas ven\u00edan todas las noches,  por entretener a la gente colgada de los balcones.<\/p>\n<p>-\u00a1Ay! \u00a1ay! -observ\u00f3 la poetisa; -eso de las murgas es deplorable. Ya ha vuelto usted a caer en la sentina.<\/p>\n<p>Al o\u00edr esto, otro de  los personajes que me escuchaban rompi\u00f3 por primera vez su silencio, y  con atronadora voz, dando en la mesa un pu\u00f1etazo que nos asust\u00f3 a todos,  dijo:<\/p>\n<p>-No est\u00e1 sino muy bien,  magn\u00edfico, sorprendente. Pues qu\u00e9, \u00bftodo ha de ser lloriqueos,  blanduras, dengues, melosidades y tonter\u00edas? \u00bfSe escribe para doncellas  de labor y viejas verdes, o para hombres formales y gentes de sentido  com\u00fan?<\/p>\n<p>Quien as\u00ed hablaba era la tercera eminencia que compon\u00eda el jurado, y me parece llegada la ocasi\u00f3n de describirlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">III<\/p>\n<p>Don Marcos hab\u00eda sido  novelista. Desde que se cas\u00f3 con la comercianta en pa\u00f1os de la calle de  Postas, dej\u00f3 las musas, que no le produjeron nunca gran cosa ni le  ayudaron a sacar el vientre de mal a\u00f1o. Continuaba, sin embargo, con sus  aficiones; y ya que no se entregara al penoso trabajo de la creaci\u00f3n,  sol\u00eda dedicarse al de la cr\u00edtica, m\u00e1s f\u00e1cil y llevadero. Siempre en sus  novelas (la m\u00e1s c\u00e9lebre se titulaba <em>El Candil de Anastasio<\/em>)  brillaba la realidad desnuda. De las muchas diferencias que exist\u00edan  entre su musa y la de Virgilio, la principal era que la de D. Marcos  hu\u00eda de las sencillas y puras escenas de la naturaleza; y as\u00ed como el  pez no puede vivir fuera del agua, la Musa susodicha no se encontraba en  su centro fuera de las infectas bohardillas, de los h\u00famedos s\u00f3tanos, de  todos los sitios desapacibles y repugnantes. Sus pinturas eran  descarnados cuadros, y sus tipos predilectos los m\u00e1s extra\u00f1os y deformes  seres. Un curioso aficionado a la estad\u00edstica, hizo constar que en una  de sus novelas sal\u00edan veintiocho jorobados, ochenta tuertos, sesenta  mujeres <em>de estas que llaman del partido<\/em>, hasta dos docenas y  media de viejos verdes, y otras tantas viejas embaucadoras. Su teatro  era la alcantarilla, y un fango espeso y mal oliente cubr\u00eda todos sus  personajes. Y tal era el temperamento de aquel hombre insigne, que  cuanto Dios cri\u00f3 lo ve\u00eda feo, repugnante y asqueroso. Estos ep\u00edtetos los  encajaba en cada p\u00e1gina, ensartados como cuentas de rosario. Era  prolijo en las descripciones, deteni\u00e9ndose m\u00e1s cuando el objeto  reproducido estaba lleno de telara\u00f1as, habitado por las chinches o  colonizado por la ilustre familia de las ratas; y su estilo ten\u00eda un  desali\u00f1o sublime, remedo fiel del desorden de la tempestad. \u00bfSer\u00e1  preciso decir que usaba de mano maestra los m\u00e1s negros colores, y que  sus personajes, sin excepci\u00f3n, mor\u00edan ahogados en alg\u00fan sumidero,  asfixiados en laguna pestilencial, o asesinados con hacha, sierra u otra  herramienta estramb\u00f3tica? No es preciso, no, pues andan por el mundo,  fatigando las prensas, m\u00e1s de tres docenas de novelas suyas, que pienso  son le\u00eddas en toda la redondez del globo.<\/p>\n<p>De su vida privada se  contaban mil aventuras a cu\u00e1l m\u00e1s interesantes. Mientras fue literato,  su fama era grande, su hambre mucha, su peculio escaso, su porte de esos  que llamamos de mal traer. El editor que compraba y publicaba sus  lucubraciones, no era tan resuelto en el pagar como en el imprimir,  achaque propio de quien comercia con el talento; y D. Marcos, cuyo  nombre sonaba desde las m\u00e1rgenes del Guadalete hasta las del Llobregat,  desfallec\u00eda cubierto de laureles, sin m\u00e1s oro que el de su fantas\u00eda, ni  otro caudal que su gloria. Pero quiso la suerte que la persona del  insigne autor no pareciese costal de paja a una viuda que ten\u00eda comercio  de lana y otros excesos en la calle de Postas: hubo tierna  correspondencia, corteses visitas, honesto trato; y al fin uniolos  Himeneo, no sin que todo aquel barrio murmurara sobre el por qu\u00e9, c\u00f3mo y  cu\u00e1ndo de la boda. Lo que las musas lloraron este enlace, no es para  contado; porque vi\u00e9ndose en la holgura, troc\u00f3 el escritor los poco  nutritivos laureles por la prosaica hartura de su nueva vida, y cu\u00e9ntase  que colg\u00f3 su pluma de una espetera, como Cide Hamete, para que de  ning\u00fan rampl\u00f3n novelista fuera en lo sucesivo tocada. Despu\u00e9s de larga  luna de miel, cual nunca se ha visto en comerciantes de tela, se afirma  que no rein\u00f3 siempre en el hogar la paz m\u00e1s octaviana. No est\u00e1n  conformes los bi\u00f3grafos de D. Marcos en la causa de ciertas ri\u00f1as que  pusieron a la esposa en peligro de morir a manos de su esposo: unos lo  atribuyen a veleidades del escritor, otros m\u00e1s concienzudos, y buscando  siempre las causas rec\u00f3nditas de los sucesos humanos, a que el pesimismo  adquirido cultivando las letras infiltrose de tal modo en su  pensamiento, que llen\u00f3 su vida de melancol\u00eda y fastidio. \u00a1Tal influjo  tienen las grandes ideas en las grandes almas!<\/p>\n<p>A los ojos del profano  vulgo, D. Marcos era siempre el mismo. Aconsejaba a los j\u00f3venes,  procurando guiarles por el camino de la alcantarilla. Daba su opini\u00f3n  siempre que se la pidieran, y no negaba elogios a los escritores  noveles, siempre que fuesen de su escuela colorista, que era la escuela  del bet\u00fan.<\/p>\n<p>\u00c9ste es el tercer personaje de los cuatro que formaban mi auditorio, y este el que expuso su modo de pensar, diciendo:<\/p>\n<p>\u00abNo est\u00e1 sino muy bien.  Hay que pintar la vida tal como es, repugnante, soez, grosera. El mundo  es as\u00ed: no nos toca a nosotros reformarlo, suponi\u00e9ndolo a nuestro  capricho y antojo: nos cumple s\u00f3lo retratar las cosas como son, y las  cosas son feas. Ese joven que usted ha pintado ah\u00ed tiene demasiada luz, y  le hace falta una buena dosis de negro. Hoy no saben dar claro-obscuro  al estilo, y desde que han dejado de escribir ciertas personas que yo me  s\u00e9, est\u00e1 la novela por los suelos. Si usted quiere hacer una obra  ejemplar, rodee a ese caballerito de toda clase de l\u00e1stimas y miserias;  arroje usted sobre \u00e9l la sombra siniestra de la sociedad, y la tal  sociedad es de lo m\u00e1s repugnante, asqueroso o inmundo que yo me he  echado a la cara. Y despu\u00e9s, si lo conviene ofrecer una lecci\u00f3n moral a  sus lectores, haga que el chico se trueque de la noche a la ma\u00f1ana, por  la sola fuerza del hambre y del hast\u00edo, en un ser abyecto, revelando as\u00ed  el fondo de inmundicia que en el coraz\u00f3n de todo ser humano existe.  Pres\u00e9ntele usted con toda la negra realidad de la vida, braceando en  este oc\u00e9ano de cieno, sin poder flotar, y ahog\u00e1ndose, ahog\u00e1ndose,  ahog\u00e1ndose&#8230; Pero, eso s\u00ed, d\u00e9jele usted que se enamore con hidrofobia  de la dama de enfrente; porque en ese gran recurso dram\u00e1tico ha de  cimentarse todo el edificio novelesco. Si yo me encargara de desarrollar  el plan, lo har\u00eda de ingenioso modo, nunca visto ni en novelas ni en  dramas.<\/p>\n<p>-\u00bfA ver, a ver?  -interrogamos todos, yo por af\u00e1n de penetrar los pensamientos literarios  de mi amigo, los dem\u00e1s por curiosidad y deseo de ver en todo su horror  la cloaca intelectual de aquel atroz ingenio.<\/p>\n<p>-Yo har\u00eda lo siguiente,  -continu\u00f3-: le supondr\u00eda muy desesperado sin saber qu\u00e9 hacer para  comunicarse y entablar relaciones con la dama de enfrente. Suprimo eso  del pajarito, que es insufrible. (La poetisa dej\u00f3 traslucir, con un  movimiento de indignaci\u00f3n, su ultrajado amor de madre.) \u00c9l piensa unas  veces meterse a bandido para robar a la dama; otras se le ocurre quemar  la casa para sacar a la se\u00f1ora en brazos. Entre tanto se pone flaco,  amarillo, cadav\u00e9rico, con aspecto de loco o de brujo: la casa se cae a  pedazos, y en su miseria se ve obligado a comer ratas. (Cantarranas  cerr\u00f3 los ojos despu\u00e9s de mirar al cielo con angustia.) Un d\u00eda se le  pasa por las mientes un ardid ingenioso, y para esto tengo que suponer  que vive, no en la casa de enfrente, sino en la bohardilla de la misma  casa. Modificada de este modo la escena, f\u00e1cil es comprender su plan,  que consiste en introducirse por el ca\u00f1\u00f3n de la chimenea y colarse hasta  el piso principal.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 horror! -exclam\u00f3  la poetisa tap\u00e1ndose la cara con las manos. -\u00a1Se va a tiznar! Si al  menos tuviera donde lavarse antes de presentarse a ella.<\/p>\n<p>-No importa que se  tizne, -continu\u00f3 el novelista.- Yo pintar\u00eda a la dama muy hermosa, s\u00ed,  pero con una contracci\u00f3n en el rostro que denota sus feroces instintos.  Ha tenido muchos amantes; es mujer caprichosa, uno de esos caracteres  corrompidos que tanto abundan en la sociedad, marcando los distintos  grados de relajaci\u00f3n a que llega en cada etapa la especie humana. Ha  tenido, como dec\u00eda, much\u00edsimos querindangos, y al fin viene a enamorarse  de un negro tra\u00eddo de Cuba por cierto banquero, que es un agiotista  inicuo, un bandolero de frac.<\/p>\n<p>Con estos antecedentes,  ya puedo desarrollar la situaci\u00f3n dram\u00e1tica, de un efecto horriblemente  sublime. Veamos: ella est\u00e1 en su cuarto, l\u00e1nguidamente sentada junto a  un veladorcillo, y piensa en el Apolo de azabache, charolado objeto de  su pasi\u00f3n. Hojea un \u00e1lbum, y de tiempo en tiempo su rostro se contrae  con aquel siniestro moh\u00edn que la hace tan espantablemente guapa. De  repente se siente ruido en la chimenea: la dama tiembla, mira, y ve que  de ella sale, saltando por encima de los le\u00f1os encendidos, un hombre  tiznado: en su delirio creo que es el negro: dom\u00ednanla al mismo tiempo  el estupor y la concupiscencia. La luz se apaga \u00a1Pataplum!&#8230; Qu\u00e9 les  parece a ustedes esta situaci\u00f3n?<\/p>\n<p>-Digo que es usted el  mismo demonio o tiene alg\u00fan m\u00e1gico encantador que lo inspire tan  admirables cosas -respond\u00ed confuso ante la donosa invenci\u00f3n de D.  Marcos, que me parec\u00eda en aquel momento superior cuantos, entre antiguos  y modernos, hab\u00edan imaginado las m\u00e1s sutiles trazas de novela.<\/p>\n<p>La poetisa estaba un  tanto cabizbaja, no s\u00e9 si porque le parec\u00eda mejor lo suyo o porque,  teniendo por detestable el engendro de D. Marcos, consideraba, a qu\u00e9  l\u00edmite de fatal extrav\u00edo pueden llegar los m\u00e1s esclarecidos  entendimientos. No estar\u00e1 de m\u00e1s que con la mayor reserva diga yo aqu\u00ed,  para ilustrar a mis lectores, que la poetisa ten\u00eda, entre otros, un  defecto que suele ser cosa corriente entre las hembras que agarran la  pluma cuando s\u00f3lo para la aguja sirven: es decir, la envidia.<\/p>\n<p>Pues ver\u00e1n ustedes  ahora continu\u00f3 D. Marcos -c\u00f3mo armo yo el desenlace de tan estupendo  suceso. A la ma\u00f1ana siguiente h\u00e1llase la dama en su tocador, y ha  gastado dos pastas de jab\u00f3n en quitarse el tizne de la cara. Su rabia es  inmensa: est\u00e1 furiosa; ha descubierto el enga\u00f1o, y en su desesperaci\u00f3n  da unos chillidos que se oyen desde la calle. El joven, por su parte,  trata de huir, al ver el enojo de la que adora. Quiere matar al  desconocido mandinga, de quien est\u00e1 celos\u00edsimo; pero en lugar de bajar  la escalera, se ve obligado a subir por el mismo ca\u00f1\u00f3n de la chimenea  para no ser visto de cierto conde que entra a la saz\u00f3n en la casa.<\/p>\n<p>La fatalidad hace que  no pueda subir por el ca\u00f1\u00f3n, habiendo sido tan f\u00e1cil la bajada; y  mientras forcejea trabajosamente para ascender, resbala y cae al s\u00f3tano y  de all\u00ed, sin saber c\u00f3mo, a un sumidero, yendo a parar a la  alcantarilla, donde se ahoga como una rata. La ronda le encuentra al d\u00eda  siguiente, y le llevan, en los carros de la basura, al cementerio. Como  aqu\u00ed no tenemos <em>Morgue<\/em>, es preciso renunciar a un buen efecto final.<\/p>\n<p>As\u00ed habl\u00f3 el realista  D. Marcos. Cantarranas estaba m\u00e1s nervioso que nunca, y la poetisa sac\u00f3  un pomito de esencias, para aplicarlo al cartucho que ten\u00eda por nariz:  este singular pomito era el <em>flac\u00f3n<\/em> que hab\u00eda visto en todas las  novelas francesas. Es la verdad que D. Marcos le inspiraba profunda  repugnancia, y por eso le llamaba ella <em>barril de prosa<\/em>, sin duda por vengarse del otro, que en cierto art\u00edculo cr\u00edtico la llam\u00f3 una vez <em>espuerta de tonter\u00edas<\/em>.<\/p>\n<p>Yo no sab\u00eda qu\u00e9 hacer  en presencia de dos fallos tan autorizados y al mismo tiempo tan  contradictorios. Vacilaba entre figurar a mi h\u00e9roe dando migajas de pan  al pajarito, o metiendo la cabeza en los sumideros del palacio de su  amada. Mir\u00e9 al magn\u00edfico duque, y le vi con la cabeza gacha y colgante,  como higo maduro. La poetisa se hallaba en un paroxismo de furor  secreto. \u00bfC\u00f3mo pod\u00eda yo decidirme por una soluci\u00f3n contraria a las ideas  de Cantarranas, cuando \u00e9ste era mi Mecenas, o, para valerme de una de  sus m\u00e1s queridas figuras, corpulento roble que daba sombra a este  modesto hisopo de los campos literarios? Y al mismo tiempo, \u00bfc\u00f3mo  desairar a D. Marcos, tan experimentado en artes de novela? \u00bfC\u00f3mo  renunciar a su plan que era el m\u00e1s nuevo, el m\u00e1s extra\u00f1o, el m\u00e1s  atrevido, el m\u00e1s sorprendente de cuantos hab\u00eda concebido la humana  fantas\u00eda? En tan cr\u00edtica situaci\u00f3n me hallaba, con el manuscrito en las  manos, la boca abierta, los ojos asombrados, indeciso el mag\u00edn y agitado  el pecho, cuando vino a sacarme de mi estupor y a cortar el hilo de mis  dudas la voz del cuarto de los personajes que el jurado compon\u00edan.  Hasta entonces hab\u00eda permanecido mudo, en una butaca vieja, cuyas crines  por innumerables agujeros se sal\u00edan, all\u00ed estaba, con aspecto de  esfinge, acentuado por la singular expresi\u00f3n de su rostro severo. Creo  que ha llegado la ocasi\u00f3n de describir a este personaje, el m\u00e1s  importante sin duda de los cuatro, y voy a hacerlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">IV<\/p>\n<p>Si cuarenta a\u00f1os de  incansable laboriosidad, de continuos servicios prestados al arte, a las  letras y a la juventud son t\u00edtulo bastantes para elevar a un hombre  sobre sus contempor\u00e1neos, ninguno debiera estar m\u00e1s por cima de la  vulgar muchedumbre que don Severiano Carranza conocido entra los \u00e1rcades  de Roma por <em>Flavonio Mastodontiano<\/em>. Era casi acad\u00e9mico, porque  siempre que vacaba un sill\u00f3n se presentaba candidato, aunque nunca  quisieron elegirle. Su fuerte era la erudici\u00f3n; espigaba en todos los  campos; en la historia, en la poes\u00eda, en las artes bellas, en la  filosof\u00eda, en la numism\u00e1tica, en la indumentaria. Recuerdo su \u00faltima  obra, que estremeci\u00f3 el mundo de polo a polo, por tratar de una cuesti\u00f3n  grave, a saber: de si el Arcipreste de Hita ten\u00eda o no la costumbre de  ponerse las medias al rev\u00e9s, decidi\u00e9ndose nuestro autor por la negativa,  con gran esc\u00e1ndalo y algazara de las Academias de Leipsick, Gottinga  Edimburgo y Ratisbona, las cuales dijeron que el c\u00e9lebre Carranza era un  alma de c\u00e1ntaro al atreverse a llegar un hecho que formaba parte del  tesoro de creencias de la humanidad. \u00bfPues y su disertaci\u00f3n sobre los  colmillos del jabal\u00ed de Erymantho, que fue causa de un sin fin de  mordiscadas entre los m\u00e1s famosos eruditos? No dir\u00e9 nada, pues corre en  manos de todo el mundo de su famoso discurso sobre el modo de combinar  las <em>tes<\/em> y las <em>des<\/em> en el metro de Arte Mayor, el cual  le alzara a los cuernos de la luna, si antes, para gloria de Espa\u00f1a y  enaltecimiento de s\u00ed propio, no hubiera escrito y dado a la estampa la  nunca bastante encarecida <em>Oda a la invenci\u00f3n de la p\u00f3lvora<\/em>, en que llamaba a este producto qu\u00edmico <em>atm\u00f3sfera flam\u00ednea<\/em>.  \u00c9sta es su \u00fanica obra de fantas\u00eda. Las dem\u00e1s son todas eruditas, porque  vive consagrado a los apuntes. Como cr\u00edtico no se le igualara ni el  mismo Cantarranas, aunque no faltan bi\u00f3grafos que lo equiparan a \u00e9l, y  hubo alguno que asegur\u00f3 le aventajaba en muchas cosas. Basta decir que  Carranza hab\u00eda le\u00eddo cuanto sali\u00f3 de plumas humanas, siendo de notar que  todo libro que pasase por su memoria dejaba en ella un peque\u00f1o  sedimento o dep\u00f3sito, aunque, no fuera m\u00e1s grande que una gota de agua.<\/p>\n<p>No hab\u00eda fecha que \u00e9l  no supiera, ni nombre que ignorara, ni dato que le fuera desconocido, ni  coincidencia que se escapase a su penetraci\u00f3n y colosal memoria. Bien  es verdad que de este almac\u00e9n sacaba el cargamento de sus cr\u00edticas, las  cuales ten\u00edan m\u00e1s de indigestas que de sabrosas, porque no existe cosa  antigua que no sacara a colaci\u00f3n, ni autor cl\u00e1sico que no desenterrara a  cada paso para llevarle y traerle como a los gigantones en d\u00eda de  Corpus. Escribiendo, era prolijo: su estilo se compon\u00eda de las m\u00e1s  crespas y ensortijadas frases que es dado imaginar. Pul\u00eda de tal modo su  prosa, que parec\u00eda una cabellera con cosm\u00e9tico y bandolina, pudiendo  servir de espejo; y sus versos eran tales, que se les creer\u00edan rizados  con tenacillas. Nunca repiti\u00f3 una palabra en un mismo pliego de papel,  por miedo a las redundancias y sonsonetes. En cierta ocasi\u00f3n, habiendo  hablado en un art\u00edculo del mondadientes de marfil de una dama, vi\u00e9ndose  obligado a repetirlo por la fuerza de la sintaxis y pareci\u00e9ndole vulgar  la palabra palillo, llam\u00f3 a aquel objeto el <em>eb\u00farneo estilete<\/em>.  Por esta raz\u00f3n aparec\u00edan en sus escritos unas palabrejas que sus  enemigos, en el furor de la envidia, llamaban estramb\u00f3ticas. Tratarle a  \u00e9l de pedante era cosa corriente entre los malignos gacetilleros que  molestan siempre a los grandes hombres como las pulgas al le\u00f3n.<\/p>\n<p>La persona del erudito  Carranza era tan notable como sus obras. Compon\u00edase de un destroncado  cuerpo sobre dos no muy iguales piernas, brazos peque\u00f1os y los hombros  cansad\u00edsimos; exornando todo el edificio un sombrero monumental, bajo el  cual sol\u00eda verse, en d\u00edas despejados, la cabeza m\u00e1s arqueol\u00f3gica que ha  existido. Despu\u00e9s de la corbata, que afectaba cierto desali\u00f1o, lo que  m\u00e1s descollaba era la boca, donde en un tiempo moraron todas las  gracias, y ahora no quedaba ni un diente; y la nariz hubiera sido lo m\u00e1s  inveros\u00edmil de aquel rostro si no ocuparan el primer lugar unos  espejuelos voluminosos, tras los cuales el ojo perspicaz y certero del  cr\u00edtico fulguraba.<\/p>\n<p>Estos ojos fueron los  que me miraron con severidad que me turb\u00f3: esta boca fue la que con voz  tan solemne como cascada, tom\u00f3 la palabra y dijo:<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Oh extrav\u00edo de las  imaginaciones juveniles! \u00a1Oh ruindad de sentimientos! \u00a1Oh corrupci\u00f3n del  siglo! \u00a1Oh bajeza de ideas! \u00a1Oh p\u00e9rdida del buen gusto! \u00a1Oh  aniquilamiento de las cl\u00e1sicas reglas! \u00bfHay m\u00e1s formidable m\u00e1quina de  disparates que la que usted escribi\u00f3, ni mayor balumba de desprop\u00f3sitos  que la que esa se\u00f1ora y ese caballero han dicho? \u00bfEn qu\u00e9 tiempos  vivimos? \u00bfQu\u00e9 rep\u00fablica tenemos? Vaya usted, se\u00f1ora, a coser sus  calcetas y a espumar el puchero, y usted, D. Marcos, a cuidar sus hijos  si los ha; y usted, joven, a aprender un oficio, que m\u00e1s cuenta le  tiene, cualquier ocupaci\u00f3n, aunque sea ingrata y vil, que componer  libros. Pues qu\u00e9, \u00bfes el campo de las letras dehesa de pasto para toda  clase de <em>pecus<\/em> o jard\u00edn frondos\u00edsimo donde s\u00f3lo los m\u00e1s  delicados ingenios pueden hallar deleites y amenidades? Id, cocineros  del pensamiento, a condimentar vulgares sopas y no sabrosos platos; que  no es dado a tan groseras manos preparar los exquisitos manjares que se  sirven en el \u00e1gape de los dioses.<\/p>\n<p>Como Sem\u00edramis cuando  ve aparecer la sombra de Nino para echarle en cara sus trapicheos; como  Hamlet cuando oye al espectro de su padre revel\u00e1ndole los delitos de la  se\u00f1\u00e1 Gertrudis; como Mois\u00e9s cuando vislumbra a Jehov\u00e1 en la zarza  ardiente, as\u00ed nos quedamos todos, mudos, fr\u00edos, petrificados de espanto.  El ap\u00f3strofe de aquel hombre, tenido por un or\u00e1culo, su singular  aspecto, su severa mirada y el eco de su vocecilla, nos infundieron tal  pavor, que hubo de transcurrir buen espacio de tiempo antes que yo  tomase aliento, y sacara la poetisa su flac\u00f3n y cerrara la boca el  excelente duque.<\/p>\n<p>Al fin nos repusimos  del terror, y Carranza, advirtiendo el buen efecto que sus palabras  hab\u00edan producido, arremeti\u00f3 de nuevo contra nosotros, y de tal modo se  ensa\u00f1\u00f3 con D. Marcos, que pienso no le quedara hueso sano. La poetisa  estaba turulata y no hac\u00eda m\u00e1s que abanicarse para disimular su enojo,  mientras Cantarranas parec\u00eda inclinado, en fuerza de su natural bondad, a  ponerse de parte del tremendo cr\u00edtico.<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Y para esto me han  llamado! -dec\u00eda \u00e9ste. -La culpa tiene quien, dejando serias ocupaciones y  la sabrosa compa\u00f1\u00eda de las musas, asiste a estas lecturas, donde le  hacen echar los bofes con tant\u00edsimo desatino.<\/p>\n<p>Entonces yo, desafiando con un arrojo que ahora me espanta la c\u00f3lera del Aristarco, le dije:<\/p>\n<p>\u00abPero ya que he tenido  la osad\u00eda de traerle a usted aqu\u00ed, oh var\u00f3n insigne, \u00bfno me ser\u00e1  permitido pedirle la m\u00e1s gran merced que hacerme pudiera, ayudando con  sus luces a mejorar este engendro m\u00edo que con tan mala estrella viene al  mundo?<\/p>\n<p>-S\u00ed, lo har\u00e9 de muy  buen grado -contest\u00f3 el sabio, troc\u00e1ndose repentinamente en el hombre  m\u00e1s suave y meloso de la tierra. Voy a decir c\u00f3mo desarrollar\u00eda yo mi  pensamiento; pero han de prometerme que no he de ser interrumpido por  aplausos, ni otra manifestaci\u00f3n semejante. Empezar\u00e9, pues, declarando  que yo colocar\u00eda la acci\u00f3n de mi obra en tiempos remotos, en los tiempos  pintorescos e interesantes, cuando no hab\u00eda alumbrado p\u00fablico, y s\u00ed  muchas r ondas y gran n\u00famero de corchetes; cuando los galanes se abr\u00edan  en canal por una palabrilla, y las damas andaban con manto por esas  callejuelas, seguidas de Celestinas y rodrigones; cuando se guardaba con  siete llaves el honor, sin que eso quiera decir que no se perdiese en  su santiam\u00e9n. Yo no s\u00e9 c\u00f3mo hay ingenios tan romos que novelan con cosas  y personas de la \u00e9poca presente, donde no existen elementos literarios,  seg\u00fan todos los hombres doctos hemos probado plenamente. Al demonio no  se le ocurrir\u00eda pintar aventuras en una calle empedrada y con faroles de  gas. Por Dios y por los Santos, \u00bfcabe nada m\u00e1s rid\u00edculo que un di\u00e1logo  amoroso, en que aparece a cada momento la palabra <em>usted<\/em>, hecha  para preguntar c\u00f3mo est\u00e1 el tiempo, los precios de la carne, etc.?&#8230;  Pues bien; yo figurar\u00eda mis personajes en el siglo XVII, y abrir\u00eda la  escena con gran ruido de cuchilladas y muchos <em>pardieces<\/em> y <em>voto a sanes<\/em>;  despu\u00e9s el ir y venir de los alguaciles y, por \u00faltimo, la voz cascada  de una vieja alcahueta que acude con su farolito a reconocer la cara del  muerto.<\/p>\n<p>Todos nos mir\u00e1bamos, sorprendidos ante el pintoresco cuadro que en un periquete hab\u00eda trazado aquel maestro incomparable.<\/p>\n<p>\u00abEl joven pobre que ha  puesto usted en la bohardilla, donde est\u00e1 muy retebi\u00e9n, le figurar\u00eda yo  un hidalgo de provincias, sin blanca y con mal\u00edsima estrella. Ha llegado  a Madrid en busca de fortuna, y solicita que la hagan capit\u00e1n de  Tercios, para lo cual anda de ceca en meca, sin poder conseguir otra  cosa que desprecios. La dama de enfrente es de la m\u00e1s alta nobleza, hija  de alg\u00fan montero mayor de la casta real, o cosa por el estilo, lo cual  hace que tenga entrada en palacio, y sea bienquista de reyes, pr\u00edncipes e  infantes. Meteremos en el ajo alg\u00fan rapabarbas o criado socarr\u00f3n que  haga de tercero, porque novela o comedia sin rapista charlat\u00e1n y  enredador es olla sin tocino y serm\u00f3n sin Agustino. \u00a1Y c\u00f3mo hab\u00eda yo de  pintar las escenas de tabernas, las cuchilladas, las pendencias que  dirige siempre un tal maese Blas o maese Pedrillo! \u00bfPues y las escenas  de amor? \u00a1Qu\u00e9 discreci\u00f3n, qu\u00e9 ternezas, qu\u00e9 riqueza metaf\u00f3rica hab\u00eda yo  de poner all\u00ed! Carta ac\u00e1, carta all\u00e1, y entrevista en las Descalzas  todos los d\u00edas, porque la condesa vieja es tan devota, que no se mueve  un cl\u00e9rigo ni fraile en las iglesias de Madrid sin que ella vaya a meter  sus narices en la funci\u00f3n. El hidalguillo ta\u00f1e su la\u00fad que se las pela,  y la dama le manda d\u00e9cimas y quintillas. Ambos est\u00e1n muy amartelados.  Pero cata aqu\u00ed que el padre, que es un condazo muy serio, con su  gorguera de encajes que parece un sol gran talabarte de pieles y unos  greg\u00fcescos como dos colchones, quiere que se case con D. Gaspar  Hinojosa, Af\u00e1n de Rivera, ete., etc., etc., que es contralor, hijo del  virrey de N\u00e1poles y secretario del general <em>qu\u00e9 s\u00e9 yo cu\u00e1ntos<\/em>,  que ha tomado a Amberes, Ostende, Maestrich u otra plaza cualquiera. El  Rey tiene un gran empe\u00f1o en estas nupcias, y la Reina dice que quiere  ser madrina del bodorrio. Ahora es ella. La dama est\u00e1 fuera de s\u00ed, y el  hidalguillo se rompe la cabeza para inventar un ardid cualquiera que le  saque de tan espantoso laberinto. \u00a1Oh terrible obst\u00e1culo! \u00a1Oh inesperado  suceso! \u00a1Oh veleidades del destino! \u00a1Oh amargor de la vida! Lo peor y  m\u00e1s tr\u00e1gico del caso es que el padre se ha enterado de que hay un gal\u00e1n  que corteja a la ni\u00f1a, y se enfurece de tal modo, que si le coge, le  parte la cabeza en dos con la espada toledana. Cuenta al Rey lo que  pasa, la Reina lo echa fuerte reprimenda a nuestra hero\u00edna, y todos  convienen en que el gal\u00e1n aquel es un majagranzas, que no merece ni  descalzarle el chap\u00edn a la doncella. El mozo ya no rasca la\u00fades ni  vihuelas, y se pasea por el Cerrillo de San Blas muy cabizbajo y  melanc\u00f3lico. Los criados del conde le andan buscando para darle una  paliza; pero escapa de ella, gracias a las tretas del socarr\u00f3n de su  lacayo, que no por estar muerto de hambre deja de ser maestro en  artima\u00f1as y sutilezas. Los amantes van a ser separados para siempre. Y  lo peor es que el D. Gaspar se enfurru\u00f1a y ya no quiere casarse, y dice  que si topa en la calle al pobre hidalgo, le pondr\u00e1 como nuevo. \u00bfQu\u00e9  hacer? \u00a1Tate!&#8230; Aqu\u00ed est\u00e1 el quid  de la dificultad. \u00bfC\u00f3mo desenredar esta enmara\u00f1ada madeja? Pues ver\u00e1n  ustedes de qu\u00e9 manera ingeniosa, con qu\u00e9 donosura y originalidad desato  yo este intrincado nudo, en que el lector, suspenso de los imaginarios  hechos, los mira como si fuesen reales y efectivos. \u00bfQu\u00e9 les parece a  ustedes que voy a inventar? \u00bfA ver?<\/p>\n<p>Todos nos quedamos con  la boca abierta, sin saber qu\u00e9 contestarle. Yo sobre todo, \u00bfc\u00f3mo hab\u00eda  de imaginar cosa alguna que igualara a los profundos pensamientos de  aquel pozo de ciencia?<\/p>\n<p>-Pues ver\u00e1n ustedes  -prosigui\u00f3-. Hall\u00e1ndose las cosas he dicho, de repente&#8230; \u00a1Qu\u00e9 novedad!  \u00a1Qu\u00e9 agud\u00edsima e inesperada anagn\u00f3risis!&#8230; Pues es el caso que el  muchacho tiene un t\u00edo, oidor de Indias. Este t\u00edo oidor, que es todo un  letrado y persona de pro, muere legando un caudal inmenso; de modo que  cuando menos se lo piensa, el hidalguillo se ve con doscientos mil  escudos en el arca y es m\u00e1s rico que el conde de enfrente. C\u00e1tate que en  un momento le obsequian todos y le guardan m\u00e1s miramientos que si fuera  el mismo duque de Lerma, ministro universal. El padre de la dama se  ablanda, \u00e9sta se marcha a Plater\u00edas diciendo que va a comprar unas  arracadas, pero con el disimulado fin de ver al hidalguillo y o\u00edr de sus  mismos labios la noticia de la herencia; la Reina se desenoja, el Rey  dice que les ha de casar o deja de ser quien es. Don Gaspar se va  furioso a las guerras de la Valtellina, donde le matan de un arcabuzazo,  y por fin los dos j\u00f3venes se casan, son muy obsequiados, y viven  luengos a\u00f1os en paz y en gracia de Dios. As\u00ed, se\u00f1ores, desarrollar\u00eda yo  el pensamiento de esta novela, que, expuesta de tal modo, pienso no  ser\u00eda igualada por ninguna de cuantas en lengua italiana o espa\u00f1ola se  han escrito, desde Bocaccio hasta Vicente Espinel; que yo las he le\u00eddo  todas, y aqu\u00ed pudiera referirlas <em>ce<\/em> por <em>be<\/em>, sin que se me quedara una en la cuenta.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed termin\u00f3 el  dictamen de D. Severiano Carranza, f\u00e9nix de los literatos. Esta lecci\u00f3n  tercera era ya demasiada carga de lecci\u00f3n tercera era ya demasiada carga  de bochorno y humillaci\u00f3n para m\u00ed. Y \u00bfc\u00f3mo hab\u00eda yo de continuar  leyendo, si en un dos por tres me hab\u00edan mostrado aquellos personajes la  flaqueza de mi entendimiento, apto tan s\u00f3lo para bajas empresas? Me  afrentaron, y de sus ense\u00f1anzas saqu\u00e9 menos provecho que verg\u00fcenza. S\u00ed:  lo digo con la entereza del que ya ha desistido de caminar por el  escabroso sendero de la literatura, y confiesa todos sus yerros y  ridiculeces. Cuando D. Severiano acab\u00f3, la poetisa hizo un moh\u00edn de  fastidio, se\u00f1al de que el discurso no le hab\u00eda parecido de perlas. D.  Marcos se re\u00eda del insigne erudito, y el duque de Cantarranas&#8230; (rubor  me cuesta el confesarlo, porque lo estimo sobremanera, y desear\u00eda  ocultar todo lo que le menoscabase; pero la imparcialidad me obliga a  decirlo) el duque se hab\u00eda dormido, cosa inexplicable en quien siempre  fue la misma cortes\u00eda.<\/p>\n<p>Otro suceso doloroso  tengo que referir, y sabe Dios cu\u00e1nto me cuesta revelar cosas que puedan  obscurecer alg\u00fan tanto la fama que rodea a estas cuatro venerandas  personas. \u00bfRevelar\u00e9 este funesto incidente? \u00bfLlevar\u00e9 la mundanal  consideraci\u00f3n y el afecto particular hasta el extremo de callar la  verdad, hija de Dios, sin la cual ninguna cosa va a derechas en este  mundo? No; que antes que nada es mi conciencia; y adem\u00e1s, si ense\u00f1o una  flaqueza de mis cuatro amigos, no por eso van a perder la estimaci\u00f3n  general quienes tantos y tan grandes merecimientos y t\u00edtulos de gloria  re\u00fanen. Hay momentos en que los m\u00e1s rutilantes esp\u00edritus sufren pasajero  eclipse, y entonces, mostr\u00e1ndose la naturaleza en toda su desnudez,  aparecen las malas pasiones que bullen siempre en el fondo del alma  humana.<\/p>\n<p>Esto fue lo quo pas\u00f3 a  mis cuatro jueces en aquella noche funesta. Sucedi\u00f3 que unas palabras de  D. Marcos, que fue siempre algo deslenguado irritaron al augusto  cr\u00edtico. Quiso intervenir Cantarranas, y como la poetisa dijese no s\u00e9  qu\u00e9 tonter\u00eda de las muchas que ten\u00eda en la cabeza, D. Marcos le increp\u00f3  duramente; sali\u00f3 a defenderla con singular tes\u00f3n el duque, y recibi\u00f3 de  pasada, y como sin querer, un furibundo sopapo. Desde entonces fue  aquello un campo de Agramante, y es imposible pintar el jaleo que se  arm\u00f3. Daba el erudito a D. Marcos, D. Marcos al duque, \u00e9ste al erudito,  el cual se vengaba en la poetisa, que ara\u00f1aba a todos y chillaba como un  estornino, siendo tal la bara\u00fanda, que no parec\u00eda sino que una legi\u00f3n  de demonios se hab\u00eda metido en mi casa. No pararon los irritados  combatientes hasta que D. Marcos no derram\u00f3 sangre a raudales, rasgu\u00f1ado  por la poetisa; hasta que \u00e9sta no se desmay\u00f3 dejando caer sus postizos  bucles, y haci\u00e9ndome en la frente un chich\u00f3n del tama\u00f1o de una nuez;  hasta que al duque no se le fraccion\u00f3 en dos pedazos completos la mejor  levita que ten\u00eda; hasta que Carranza no perdi\u00f3 sus espejuelos y la  peluca, que era bermeja y muy sebosa.<\/p>\n<p>As\u00ed termin\u00f3 la sesi\u00f3n  que ha dejado en m\u00ed recuerdos pavorosos. He revelado esta lamentable  escena por amor a la verdad, y porque debo ser severo con aquellos que  m\u00e1s valen y m\u00e1s fama gozan. De todos modos, si hago esta confesi\u00f3n, no  es con \u00e1nimo de publicar debilidades, sino por hacer patente lo  miserable de la naturaleza humana, que aun en los m\u00e1s elevados  caracteres deja ver en alguna ocasi\u00f3n su fondo de perversidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">V<\/p>\n<p>De la novela, inocente  causa de tan re\u00f1ida controversia y desbarajuste final, \u00bfqu\u00e9 he de decir,  sino que sali\u00f3 cual engendrada en aciaga noche de esc\u00e1ndalo? Como quise  adoptar las ideas de cada uno, por parecerme todas excelentes, mi obra  result\u00f3 an\u00e1loga a esas capas tan llenas de remiendos y pegotes, que no  se puede saber cu\u00e1l es el color y la tela primitivos. Despu\u00e9s de la  introducci\u00f3n que he le\u00eddo, adopt\u00e9 el pensamiento del pajarito y le puse  de intermediario entre los dos amantes. Luego, pareci\u00e9ndome de perlas el  incidente de la chimenea, hice que Alejo se mudara a la casa de  enfrente, y que una noche se deslizara muy callandito por el interior  del ennegrecido tubo, apareci\u00e9ndose a la dama cuando \u00e9sta se percataba  menos. Lo del negro no me fue posible introducirlo; pero s\u00ed el magn\u00edfico  desenlace del t\u00edo en Indias, ideado por el f\u00e9nix de los cr\u00edticos,  aunque no pude suponerlo oidor, sino tabernero, diferencia que importa  poco para el caso. As\u00ed la novela, como hija de distintos progenitores,  ven\u00eda a ser la cosa m\u00e1s pintoresca, variada y original del mundo, y bien  pod\u00eda decir su autor: \u00ab<em>yo, el menor padre de todos&#8230;<\/em>\u00bb.  Imprimila, porque ning\u00fan editor la quer\u00eda tomar, aunque yo, llevando mi  modestia hasta lo sublime, la daba por ochenta reales al contado y otros  ochenta, pagaderos a plazos de dos duros en dos a\u00f1os.<\/p>\n<p>La puse a la venta en  las principales librer\u00edas, y en un lustro que ha corrido llevo  despachada la friolera de tras ejemplares, con m\u00e1s los que me tomaron al  fiado, y que espero cobrar si la cosecha es buena en el pr\u00f3ximo oto\u00f1o.  Un librero de Sevilla me ha prometido comprarme un ejemplar, si le hago  la rebaja de dos reales; y este pedido, con otras proposiciones que me  dirigen de lejanas tierras, me hace esperar que vender\u00e9 hasta diez en  todo lo que queda de a\u00f1o. No puedo quejarme, en verdad, porque yo s\u00e9 que  si las cosas estuvieran mejor y sobrase dinero en el pa\u00eds, no hab\u00eda de  quedar un ejemplar para muestra.<\/p>\n<p>De todos modos, me  consuela la singular protecci\u00f3n que me dispensa, ahora como antes, el  duque de Cantarranas, mi ilustre Mecenas; quien ha podido conseguir de  un amigo suyo, due\u00f1o de una tienda de ultramarinos, que me compre media  edici\u00f3n al peso, y a veinticinco reales la arroba. Si merced a la  solicitud del pr\u00f3cer ilustre, consigo realizar este negocio, me servir\u00e1  de est\u00edmulo para proseguir por el fatigoso camino de las letras, que si  tiene toda clase de espinas y zarzales en su largo trayecto, tambi\u00e9n nos  conduce, como sin querer, a la holgura, a la satisfacci\u00f3n y a la  gloria.<\/p>\n<p>Madrid, Septiembre de 1872.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I \u00abMe gustar\u00eda enteramente sentimental, que llegase al alma, que hiciera llorar&#8230; Yo cuando leo y no lloro, me parece&#46;&#46;&#46;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":5367,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,32],"tags":[],"class_list":["post-1099","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-cuento"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - 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