{"id":1113,"date":"2011-08-28T23:01:42","date_gmt":"2011-08-28T23:01:42","guid":{"rendered":"http:\/\/www.benitoperezgaldos.es\/?p=1113"},"modified":"2011-08-28T23:01:42","modified_gmt":"2011-08-28T23:01:42","slug":"cuento-tropiquillos-de-benito-perez-galdos-1890","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-tropiquillos-de-benito-perez-galdos-1890\/","title":{"rendered":"[Cuento] Tropiquillos, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s (1890)"},"content":{"rendered":"<p>I<\/p>\n<p>Finalizaba Octubre. Agobiado por la doble pesadumbre del dolor moral y  de la cruel dolencia que me aquejaba, arrastreme lejos de la ciudad  ardiente, buscando un lugar escondido donde arrojarme como ser in\u00fatil,  indigno de la vida, para que nadie me interrumpiese en mi \u00fanica  ocupaci\u00f3n posible, la cual era contemplar mi propia decadencia y verme  resbalar lento, mas sin tregua ni esperanza, hacia la muerte.<\/p>\n<p>Los campos eran para m\u00ed m\u00e1s tristes que el cementerio. Hab\u00edanme dicho  los m\u00e9dicos: \u00abTe morir\u00e1s cuando caigan las hojas\u00bb y yo las ve\u00eda  palidecer y temblar en las ramas cual contagiadas de mi fiebre y de mi  temor.<\/p>\n<p>El sereno cielo irradiaba demasiada luz para mis ojos, y cuando, tras  el ardor h\u00famedo del d\u00eda, ven\u00edan de las monta\u00f1as, embozados en sombras y  con la espada desnuda, los traidores vientecillos septentrionales, yo  me arrebozaba tambi\u00e9n en mi pobre capa, y escond\u00eda la cabeza para que no  me tocasen y pasaran de largo. El campo de mis padres y la humilde casa  en que nac\u00ed eran lastimoso cuadro de abandono, soledad, ruinas. Hierbas  vivaces y plantas silvestres erizadas de p\u00faas cubr\u00edan el suelo sin  se\u00f1al ni rastro alguno de la acci\u00f3n del arado. Las cepas sin cultivo, o  hab\u00edan muerto, o envejecidas y cancerosas echaban alg\u00fan sarmiento  miserable, que, para sostenerse, se agarraba a los cercanos espinos.  \u00c1rboles que antes proteg\u00edan el suelo con apacible sombra, a cuyo amparo  se reun\u00eda la familia, hab\u00edanse quedado en los puros le\u00f1os, y secos,  desnudos, abrasados de calor o ateridos de fr\u00edo seg\u00fan el tiempo,  esperaban el hacha y la paz de la le\u00f1era como espera el cad\u00e1ver la paz  del hoyo. Algunos, conservando un resto de savia escrofulosa en sus  venas enfermas, se adornaban irrisoriamente el tronco con pobres  hojuelas, semejantes a condecoraciones puestas sobre el pecho del  vanidoso amortajado. Las cercas de piedra no resist\u00edan ya ni el paso  resbaladizo de los lagartos, y se ca\u00edan, aplastando a veces a sus  habitantes.<\/p>\n<p>Por todas partes, ve\u00edase el rastro baboso de los caracoles, plantas  mordidas por los insectos, enormes cortinajes de tela de ara\u00f1a, y nubes  de seres microsc\u00f3picos, \u00e1vidos de poseer tanta desolaci\u00f3n.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>Dominaba estas tristes cosas el esqueleto de la casa derrumbada,  hendida por el rayo como por un lanzazo, renegrida por el incendio, con  el techo en los cimientos, los cimientos hechos lodo por la humedad, las  paredes troc\u00e1ndose lentamente en polvo.<\/p>\n<p>Al ver tanta cosa muerta, me pregunt\u00e9 si no estar\u00eda yo tambi\u00e9n  desbaratado y descompuesto como las ruinas de aquellos objetos queridos,  hall\u00e1ndome en tal sitio al modo de espectro, que a visitar ven\u00eda la  escena de los d\u00edas reales y de la existencia extinguida. Esta  consideraci\u00f3n evoc\u00f3 mil recuerdos; representome el semblante de todos  los de casa, mis juegos infantiles en aquel mismo sitio, luego mi  temprana ausencia de la casa paterna para correr en busca de locas  aventuras, enardecido por la fiebre del lucro. Vi mis primeros pasos en  el lejano continente donde el sol irrita el cerebro y envenena la  sangre, mis luchas gigantescas, mis ca\u00eddas y mis victorias, mi sed  insaciable de dinero; sent\u00ed renovada la quemadura interna de las  pasiones que hab\u00edan consumido mi salud; me vi persiguiendo la fortuna y  atrapandola casi siempre; record\u00e9 la ceguera a que me llev\u00f3 mi vanidad y  el valor que di a mis fabulosas riquezas, allegadas en los bosques de  pimienta y canela, o bien sacadas del mar y de los r\u00edos, as\u00ed como de las  quijadas de los paquidermos muertos; extra\u00eddas tambi\u00e9n del zumo que  adormece a los orientales y de la hierba verdinegra que aguza el ingenio  de los ingleses.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de verme enaltecido por el respeto y la envidia, amado por  quien yo amaba, rico, poderoso, vime herido s\u00fabitamente por la  desgracia. Mi decadencia brusca pas\u00f3 ante mis ojos envuelta en humo de  incendios, en olas de naufragios, en aliento de traidores, en miradas  esquivas de mujer culpable, en alaridos de salvajes sediciosos, en  estruendo de calderas de vapor que estallaban, en fragancia mort\u00edfera de  flores tropicales, en atm\u00f3sfera espesa de epidemias asi\u00e1ticas, en  horribles garabatos de escritura chinesca, en una confusi\u00f3n espantosa de  injurias dichas en ingl\u00e9s, en portugu\u00e9s, en espa\u00f1ol, en tagalo, en  cipayo, en japon\u00e9s, por bocas blancas, negras, rojas, amarillas,  cobrizas y bozales.<\/p>\n<p>Ya no quedaba en m\u00ed sino el dejo nauseabundo de una navegaci\u00f3n lenta y  triste en buque de vapor cuya h\u00e9lice hab\u00eda golpeado mi cerebro sin  cesar d\u00eda tras d\u00eda; solo quedaban en m\u00ed la conciencia de mi ignominia y  los dolores f\u00edsicos precursores de un fin desgraciado. Enfermo,  consumido, ya no era m\u00e1s que un p\u00e1bilo sediento, a cuyo tiz\u00f3n negro se  agarraba una llama vacilante, que se extinguir\u00eda al primer soplo de las  auras de Oto\u00f1o. Y me encontraba en lo que fue principio del camino de mi  vida, en mi casa natal, mont\u00f3n de ruinas, habitadas s\u00f3lo por el alma  ideal de los recuerdos. Mis padres hab\u00edan muerto; mis hermanos tambi\u00e9n;  apenas quedaba memoria de aquella honrada familia. Todo era polvo  esparcido, lo mismo que el de la casa. Y yo, que exist\u00eda a\u00fan como una  estela ya distante que a cada minuto se borra m\u00e1s, perec\u00eda tambi\u00e9n de  tristeza y de tisis, las dos formas caracter\u00edsticas del acabamiento  humano. El polvo, los lagartos, las ara\u00f1as, la humedad, las alima\u00f1as  diminutas que alimentaban su vida de un d\u00eda con los despojos de la vida  grande, me cercaban aguard\u00e1ndome fam\u00e9lica.<\/p>\n<p>\u00abYa voy, ya voy&#8230; -exclam\u00e9 apoyando mi cabeza en una piedra a punto  que la interposici\u00f3n de un cuerpo opaco entre la luz y mis ojos, h\u00edzome  conocer la presencia de un&#8230; \u00bfEra un hombre?<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>S\u00ed; no pod\u00eda dudar que era un hombre lo que vi delante de m\u00ed, aunque  su redondez ventruda ten\u00eda algo de la vanidad del tonel, lleno de licor  generoso. Vi una pipa de fumar que aparec\u00eda entre enmara\u00f1ada selva de  bigotes amarillentos. Cuando se disipaban las espesas nubes de humo que  de la tal pipa sal\u00edan, present\u00e1banseme dos carrillos redondos, te\u00f1idos  de un rosicler que envidiar\u00eda cualquier doncella, los cuales colindaban  con unos ojuelos movedizos y extraordinariamente vivaces, fijos en m\u00ed, y  que me examinaban con presteza desde la cara a los pies, y desde el  capisayo ra\u00eddo a las manos tr\u00e9mulas. La descubierta cabeza de mi  observador era redonda, con pelo tieso y duro, ligeramente salpicado de  canas.<\/p>\n<p>Llevaba esa magn\u00edfica toga pretexta del trabajo, a quien llamamos  delantal, y por debajo de la curva que formaba \u00e9ste sobre el vientre,  sal\u00edan dos patas poderosas, digno cimiento de tan admirable  arquitectura, y m\u00e1s arriba, junto a los tirantes, dos brazos enfundados  en mangas de camisa, los cuales se abrieron en cruz, acompa\u00f1ando con un  gesto de asombro y cordialidad estas palabras:<\/p>\n<p>\u00abNo, no me enga\u00f1o; es Tropiquillos&#8230; Tropiquillos, \u00bfno es verdad que  eres t\u00fa?&#8230; s\u00ed, el hijo mayor del se\u00f1or L\u00e1zaro Tropiquillos que pas\u00f3 a  mejor vida en esta misma casa la v\u00edspera del incendio y antev\u00edspera de  la inundaci\u00f3n, o lo que es lo mismo, el d\u00eda despu\u00e9s de la batalla de  Zarapicos, en que perecieron sus hijos y sus hermanos, Baltasar y Cosme  Tropiquillos.<\/p>\n<p>Es pasmoso c\u00f3mo la desgracia refresca memorias de la ni\u00f1ez, y c\u00f3mo  reconocemos, en horas de angustias, cosas y fisonom\u00edas que parec\u00edan  borradas para siempre de nuestra mente. Aquel era el maestro Cubas,  tonelero, amigo y protegido de mi padre en d\u00edas mejores, hombre  excelente, trabajador, cari\u00f1os\u00edsimo, a quien en el pueblo llam\u00e1bamos  mestre Cubas.<\/p>\n<p>\u00abYo soy el que usted supone -dije-, y usted es mestre Cubas a cuyo  taller iba yo a jugar. \u00bfViven Ramoncilla y Belisari\u00f3n? \u00a1Oh, mestre  Cubas, cu\u00e1ntos recuerdos vienen a mi memoria! Todo perdido, todo en  ruinas, todo acabado! Yo que parezco vivo no soy m\u00e1s que un cad\u00e1ver que  se mueve y habla todav\u00eda.<\/p>\n<p>-Todo sea por Dios -exclam\u00f3 el bonach\u00f3n mestre Cubas, que usaba esta  frase como estribillo-. Yo cre\u00ed que no quedaba ya ning\u00fan Tropiquillos.  Cuando estaba ya para cerrar el ojo el se\u00f1or L\u00e1zaro, me dijo: \u00abYo soy el  \u00faltimo, querido Cubillas, porque mi hijo Zacar\u00edas debe de estar all\u00e1 en  lo hondo, con todo el mar por losa.<\/p>\n<p>-No -repliqu\u00e9 sintiendo que mis ojos se llenaban de l\u00e1grimas-, aqu\u00ed  est\u00e1 enfermo el que ha sido sano y robusto, miserable el que ha sido  rico. Yo, que he mirado los colmillos del elefante como podr\u00edas t\u00fa mirar  las piedras de la cerca, he venido a Europa de limosna.<\/p>\n<p>-Todo sea por Dios&#8230; \u00a1C\u00f3mo cambian las cosas! Pues yo que era pobre,  soy rico. Lo debo a mi trabajo, a la ayuda de Dios y a tu padre que me  protegi\u00f3 grandemente. \u00bfVes eso?<\/p>\n<p>Se\u00f1al\u00f3 con su mano atl\u00e9tica las lomas cercanas, llenas de vi\u00f1as, cuyos p\u00e1mpanos, dorados ya, dejaban ver el fruto negro.<\/p>\n<p>\u00abPues todo eso es m\u00edo\u00bb.<\/p>\n<p>-\u00bfVe usted eso? -le respond\u00ed con amargura se\u00f1alando mi capisayo-,  pues ni siquiera esto es m\u00edo. Me lo prestaron al desembarcar para que no  me muriera de fr\u00edo. Tengo el fuego del tr\u00f3pico en mis entra\u00f1as, el  tif\u00f3n en mi cerebro, y mi piel se hiela y se abrasa alternativamente en  el temple benigno de la madre Europa&#8230;<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>\u00abGracias, mil gracias, un mill\u00f3n de gracias, mestre Cubas -dije  aceptando los obsequios que en la mesa me hac\u00eda aquella honrada familia,  pues el buen tonelero me oblig\u00f3 a aceptar en hospitalidad rumbosa.<\/p>\n<p>Me hab\u00eda dicho: \u00abel hijo del se\u00f1or L\u00e1zaro es mi hijo. Si el pr\u00f3digo  no pudo llegar a la casa del padre, llega a la del amigo, y es lo mismo.  Yo te acojo, Tropiquillos, y haz cuenta que est\u00e1s en tu casa.<\/p>\n<p>Mi alma se inundaba de una paz celestial, fruto de la gratitud, y no  sab\u00eda c\u00f3mo corresponder a tanta generosidad. No hallando mi emoci\u00f3n  palabras a su gusto, no dec\u00eda nada.<\/p>\n<p>Mestra Cubas era una hermosa campesina, alta de pechos y adem\u00e1n brioso, como Dulcinea.<\/p>\n<p>Su esposo ten\u00eda cincuenta a\u00f1os, ella cuarenta, y conservaba su  belleza y frescura. Eran de admirar sus blanqu\u00edsimos dientes y su porte  sereno que parec\u00eda el lecho nupcial de los buenos pensamientos casados  con las buenas acciones.<\/p>\n<p>Su hijo Belisari\u00f3n estudiaba para Cura. Sus dos hijas Ramona y  Paulina eran dos se\u00f1oritas de pueblo muy bien educadas, muy discretas,  muy guapas. Estaban suscritas a un peri\u00f3dico de modas, le\u00edan tambi\u00e9n  obras serias y se vest\u00edan al uso de capital de provincia, mas con  sencillez tan encantadora y tan libres de afectaci\u00f3n, que, en ellas, por  primera vez quiz\u00e1s, perdon\u00f3 la tiesura urbana al donaire campesino.  Hablaban recatadamente y no sin agudeza: ten\u00edan su habitaci\u00f3n sobre la  huerta, llena de fragancias de frutas diversas, de flores y de  placentero murmullo de p\u00e1jaros, y se sentaban a coser en el balc\u00f3n  protegido del sol por ancha cortina. Desde abajo, mientras Cubas me  ense\u00f1aba sus frutales, las sent\u00eda riendo ben\u00e9volamente de mi extra\u00f1a  facha, y cuando miraba hacia ellas para pedirles cuentas de sus burlas,  dec\u00edanme:<\/p>\n<p>\u00abNo, Tropiquillos; no es por usted&#8230; no es por usted.<\/p>\n<p>Mi coraz\u00f3n palpitaba de gozo ante las atenciones de aquella honrada  familia. Yo sent\u00eda mi pobre ser caduco y enfermo resurgir y como  desentumecerse por la acci\u00f3n de manos blandas y finas empapadas en  b\u00e1lsamo consolador.<\/p>\n<p>Mestre Cubas com\u00eda como un lobo y quer\u00eda que yo lo imitase, cosa dif\u00edcil, a pesar del renacimiento gradual de mi apetito.<\/p>\n<p>\u00abMira, Tropiquillos -me dec\u00eda-, es preciso que te convenzas de que no  debe uno morirse. En este mundo, hijo, hay que hacer lo siguiente: El  pensamiento en Dios, la tajada en la boca, y tirar todo lo que se pueda.  Dej\u00e9monos de tristezas y de aprensiones. Tan t\u00edsico est\u00e1n t\u00fa como ese  moral que nos sombrea y nos abanica con sus ramas. En ocho d\u00edas has  cambiado de color, has echado carnes, se te ha quitado aquel mirar  siniestro \u00bfno es verdad, muchachas? Todav\u00eda hemos de hacer de ti un  guapo mozo, y hemos de verte arrastrando una barriga como esta m\u00eda&#8230;  Come m\u00e1s de este sabroso carnero. \u00bfQuieres que te eche un lat\u00edn? Yo  tambi\u00e9n s\u00e9 mis latines. Oye este: Omnis saturatio bona; pecoris autem  optima. \u00bfQu\u00e9 te parece, amigo Tropiquillos? Echa un buen trago de este  divino clarete, plantado, cogido, prensado, fermentado, envasado,  clarificado y embotellado por m\u00ed, en este propio sitio, s\u00ed se\u00f1or, en  estas tierras de Miraculosis, que son lo mejorcito del mundo.<\/p>\n<p>Yo dije que en efecto me sent\u00eda con m\u00e1s br\u00edos, como si entrara  progresivamente sangre nueva en mis venas; pero que no por eso dudaba de  la gravedad de mi mal, y que ten\u00eda por segura mi muerte al caer de las  hojas. Lo que, o\u00eddo por mestre Cubas, fue como si quitaran la espita a  un tonel dejando escapar a borbotones el vino: del mismo modo sal\u00eda del  cuerpo su re\u00edr franco, primero en carcajada ruidosa, despu\u00e9s mezclado  con alegres palabras en apacible chorro que salpicaba un poco a los  circunstantes.<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1El caer de las hojas!&#8230; \u00a1vaya una simpleza! Todo sea por Dios&#8230;  Entramos ahora en la \u00e9poca mejor del a\u00f1o, en la m\u00e1s sana, en la m\u00e1s  alegre, en la m\u00e1s \u00fatil, en la m\u00e1s santa. De m\u00ed s\u00e9 decir que vivo  aburrid\u00edsimo en las otras tres estaciones. Poco que hacer, el taller  casi parado&#8230; compostura, echar alguna duela, aflojar y apretar los  aros&#8230; Pero se acerca el oto\u00f1o, se ve que la cosecha es buena y&#8230;  \u00abMestre Cubas, que me haga usted veinte pipas&#8230;\u00bb \u00aby a m\u00ed doce\u00bb. \u00abMestre  Cubas, que no me olvide. Pienso envasar ochocientas arrobas&#8230;\u00bb. Luego,  no necesito desatender lo m\u00edo. Cien Cubas, doscientas, nada me basta,  porque Octubre llueve vino&#8230; cada a\u00f1o m\u00e1s. Desde que empieza Setiembre,  mi taller es la gloria, y el martillo, golpeando sobre las barrigas de  roble, hace la m\u00fasica m\u00e1s alegre que se puede imaginar. Pam, pum, pim&#8230;  dime t\u00fa si has o\u00eddo jerigonza de violines y flautas que a esto se  iguale&#8230; Pues yo te pregunto si conoces nada tan grato como estar en el  taller dando zambombazos, deseando acabar para ir a ver las uvas, si  cuajan bien, si pintan o no, si las ha engordado la lluvia, si las ha  rechupado el sol, y atender al sarmiento que se cae por el suelo y al  que est\u00e1 muy cargado de hoja&#8230; Y luego viene el gran d\u00eda, el&#8230; el  Corpus Christi del campo, la vendimia, Tropiquillos, que es la faena  para la cual hizo Dios el mundo. Como la has de ver, nada m\u00e1s te digo.  Para m\u00ed la vida toda est\u00e1 en esta deliciosa madurez del a\u00f1o, en esta  tarde placentera que al darnos el fruto de los trabajos de la ma\u00f1ana nos  anuncia una noche tranquila, l\u00edmite de la vida mortal y principio de la  eterna y gloriosa.<\/p>\n<p>V<\/p>\n<p>Con estas y otras pl\u00e1ticas amenizaba la comida, mostrando en todo su  natural honrado y su amor al trabajo, a cuyas virtudes deb\u00eda su  bienestar y la paz de su casa. En las tibias y hermosas tardes, m\u00e1s  cortas cada d\u00eda, mientras el gran Cubas se afanaba en su taller, y la  mestra dirig\u00eda con infatigable diligencia los preparativos de la pr\u00f3xima  vendimia, las ni\u00f1as y yo recorr\u00edamos toda la hacienda para coger la  fruta madura. Era de ver c\u00f3mo hac\u00edamos pilas de melocotones, c\u00f3mo  hacin\u00e1bamos peras y sand\u00edas, apart\u00e1ndolas y clasific\u00e1ndolas para  entregarlas a los vendedores de la ciudad, despu\u00e9s de guardar lo mejor  para la casa. Aquellas ni\u00f1as tan simp\u00e1ticas que en la soledad y  desamparo intelectual del campo hab\u00edan sabido darse un barniz de  cultura, aprendiendo lo m\u00e1s elemental de las letras sociales, sab\u00edan  tambi\u00e9n c\u00f3mo se aporcan las hortalizas, c\u00f3mo se conservan las frutas  para el invierno, c\u00f3mo se benefician las esparragueras, en qu\u00e9 punto y  saz\u00f3n se deben regar los pimientos, cu\u00e1les uvas dan mejor mosto, qu\u00e9  viento es el m\u00e1s propio para que cuajen las almendras, qu\u00e9 orientaci\u00f3n  debe tener un nidal de gallinas, y cual es el modo cl\u00e1sico, magistral,  infalible de disponer una echadura de aves. Yo las acompa\u00f1aba, por  aprender algo de la incomparable doctrina del campo, que excede en  belleza y bondad a todas las dem\u00e1s sabidur\u00edas humanas.<\/p>\n<p>Ramoncita se esforzaba en darme lecciones, y cuando \u00edbamos a echar de  comer a las gallinas, me dec\u00eda: -\u00abEs preciso no darles poco ni  demasiado; y en caso de no poder medir bien, ati\u00e9ndase m\u00e1s a la  sobriedad que al exceso. La sabidur\u00eda consiste en dar a la vida, ya sea  moral, ya f\u00edsica, un poquitito menos de lo necesario\u00bb.<\/p>\n<p>Esta rara sentencia me probaba lo que ya sab\u00eda yo, y era que  Ramoncita ten\u00eda un despejo sin igual, intuici\u00f3n de primer orden,  perspicacia grand\u00edsima. De tales prendas resultar\u00eda, teniendo en cuenta  las compensaciones de la Naturaleza, que no deb\u00eda de ser bonita. Y sin  embargo lo era. Ella y su hermana ped\u00edanme que les contara mis  aventuras. Yo hablaba, hablaba: refer\u00edales maravillas y sorpresas,  describiendo pa\u00edses, pintando pueblos, ponderando riquezas que parec\u00edan  f\u00e1bulas; y despu\u00e9s de tanto charlar, me recog\u00eda en m\u00ed mismo, creyendo no  haber dicho nada. Un mill\u00f3n de palabras hab\u00eda salido de mi boca, y no  obstante, mi coraz\u00f3n permanec\u00eda lleno y plet\u00f3rico lo mismo que un tonel  en cuya concavidad fermenta el mosto reci\u00e9n sacado de las uvas.<\/p>\n<p>VI<\/p>\n<p>\u00a1La vendimia! Mestre Cubas se mov\u00eda como un epil\u00e9ptico y gritaba como  un loco, mientras la se\u00f1ora daba pausadamente y sin atropellarse sus  \u00f3rdenes. Las cestas llenas de uvas no cab\u00edan en el patio del lagar. No  lejos de all\u00ed, o\u00edase un gargoteo hueco y profundo, cual enjuagadero de  bocas de gigantes, que soltaban buches y revolv\u00edan entre el paladar y la  lengua peque\u00f1as olas. Era que estaban llenando las pipas.<\/p>\n<p>Por otro lado, Ramoncita y su hermana vigilaban la separaci\u00f3n de las  uvas, agrup\u00e1ndolas seg\u00fan su clase y su madurez, porque no se saca buen  vino prensando a granel todo lo que se arranca de las parras. Pronto se  vio que las prensas funcionaban, y un chorro obscuro, espumante, opaco  recorr\u00eda la canal para entrar en el estanquillo. Aqu\u00ed, un hombre metido  en mosto hasta las rodillas, lo sacaba en una gran cubeta, midiendo y  contando a la vista del amo. Los mozos que hac\u00edan el trabajo de prensas,  el medidor y los que transportaban el l\u00edquido a la bodega aparec\u00edan  te\u00f1idos de un carm\u00edn virulento, como si sudaran pintura. Los chicos,  soliviantados por febril alegr\u00eda, cog\u00edan pu\u00f1ados de uvas ya estrujadas, y  se frotaban la cara, y se pintaban rayas en ellas como los salvajes. Yo  apuntaba las c\u00e1ntaras de mosto que entraban en la bodega, y sent\u00eda  comunicarse a mi alma el gozo inquieto de mestre Cubas y la satisfacci\u00f3n  prudente y circunspecta de su arrogante esposa. Las chicas, retir\u00e1ndose  a la casa, cuidaban de que no faltase nada en la pr\u00f3xima comida que se  hab\u00eda de dar a tanta gente.<\/p>\n<p>Y en tanto la bodega se llenaba. Las cubas dec\u00edan con espumarajos de  ira que ya no pod\u00edan tragar m\u00e1s. Pero hab\u00eda toneles en abundancia, y  adem\u00e1s vasijas, tinajas, c\u00e1ntaros. All\u00ed estaba reci\u00e9n nacido y ya  bullicioso, turbulento, anunciando travesuras mil, el n\u00e9ctar de los  dioses, el amigo de los reyes y de los pueblos, el gran dem\u00f3crata, el  gran nivelador, el que a un tiempo es retr\u00f3grado y revolucionario, sin  dejar nunca de ser consecuente con sus altos principios salut\u00edferos y  embriagadores; el que no conoce la esquivez humana, porque le miran con  ojos chispeantes el sano y el enfermo; el que preside los festines de la  amistad y de la reconciliaci\u00f3n, y disparando balas de corcho se  presenta en los momentos del mayor regocijo, desbord\u00e1ndose en  elocuencia, en cari\u00f1o, en entusiasmo, en exaltada fe y esperanzas; el  que en los altares es la sangre del cordero inmolado, y despu\u00e9s de  figurar junto al pan en la mesa divina, puede gloriarse de haber tenido  por amigos a los m\u00e1s grandes hombres, Noe, Anacreonte, Horacio,  Shakespeare y otros; el que ha sido adorado como Dios en Grecia,  coronado de flores en Roma, cantado en Alemania, ensalzado por los  b\u00e1rbaros y llevado a las m\u00e1s remotas tierras por los conquistadores; el  que se adapta con maravillosa flexibilidad al genio de cada pa\u00eds, siendo  agrio y fino en Francia, dulce en Italia, grave en Hungr\u00eda, seco y  fogoso en Espa\u00f1a, delicado y pensativo en Alemania, popular en  Inglaterra. \u00c9l ha encendido crueles guerras entre el Norte que lo desea y  el Mediod\u00eda que lo produce; tiene parte en la melancol\u00eda del Oriente  b\u00edblico, en el estro armonioso de los helenos, en la ruda exaltaci\u00f3n  goda, en la valent\u00eda torca del Romancero, que viene a ser la \u00e9pica  contienda de dos razas que se disputan durante siglos unas cuantas  llanadas de cepas. Tiene parte tambi\u00e9n en la donosa borrachera de la  poes\u00eda del Rhin, y en las epopeyas colosales de los portugueses,  buscadores de mundos, para acercar la copa divina a los labios amarillos  del hijo de Confucio, y despertar de a su nirvana al bram\u00edn que tiene  el mal gusto de emborracharse con agua y meditaciones.<\/p>\n<p>Suyo es el picor de las conversaciones francesas, impregnadas de  travesuras; suya la fantas\u00eda de los artistas flamencos, el humorismo de  Teniers, la gala de Rubens; suya es tambi\u00e9n esa seriedad c\u00f3mica del  ingl\u00e9s, esa fiebre de trabajo, esa excitabilidad discreta que a tantos y  tan grandes \u00e9xitos conduce. En el Olimpo antiguo y el moderno, en la  literatura y en la religi\u00f3n, en las costumbres y en las artes, en la  vida toda, en fin, hallar\u00e9is la influencia poderosa de este inmenso  colaborador del trabajo humano.<\/p>\n<p>VII<\/p>\n<p>Vinieron d\u00edas h\u00famedos, y una lluvia fr\u00eda y persistente azotaba los  \u00e1rboles, cuyas ramas se desnudaban a impulsos del viento. A pesar de  esto, yo me sent\u00eda m\u00e1s fuerte, desaparecieron mis temores de una muerte  pr\u00f3xima, y dejaba de inspirarme horror la estaci\u00f3n oto\u00f1al.<\/p>\n<p>-Ya ves c\u00f3mo no pasa nada -dec\u00edame en la mesa mi amigo, despu\u00e9s de  celebrar mi buen apetito con actos que al mismo tiempo daban testimonio  del suyo-. Dos meses de campo y de tranquilidad laboriosa han disipado  tus necias aprensiones, d\u00e1ndote salud, contento, esperanza&#8230; Todo sea  por Dios.<\/p>\n<p>Y luego, tomando un tono m\u00e1s serio, no exento de cierta expresi\u00f3n contemplativa, a\u00f1adi\u00f3:<\/p>\n<p>\u00abEstamos en la placentera tarde del a\u00f1o, ya cerca de ese crep\u00fasculo a  quien llamamos invierno. Querido Tropiquillos, celebremos el Oto\u00f1o, que  es la madurez de la vida y del a\u00f1o, la experiencia, el fruto, la  cosecha cogida y apreciada, y no tomamos que esta noble estaci\u00f3n nos  anuncie el invierno, que es la decrepitud del a\u00f1o y de la vida. La idea  de la muerte s\u00f3lo causa tristeza a los tontos. Para m\u00ed, la muerte no es  otra cosa que la siembra para las cosechas de tu inmortalidad.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s callamos todos. Yo observaba el rostro de Ramoncita, a\u00fan  turbado del coloquio que poco antes hab\u00edamos tenido los dos al volver de  la huerta. Cubas tom\u00f3 de nuevo la palabra, y no ya con rostro grave,  sino antes bien ligero y festivo, me dijo:<\/p>\n<p>\u00abCasi todos los grandes hombres han nacido en oto\u00f1o&#8230; \u00a1Ah! \u00bfte r\u00edes  de m\u00ed? Soy hombre de medianas letras. S\u00ed, ah\u00ed tienes esa pl\u00e9yade  augusta. Cervantes, Virgilio, Beethoven, Shakespeare nacieron en  Oto\u00f1o&#8230; Pues todos ellos fueron a morirse a la Primavera. Lee la  estad\u00edstica, querido Tropiquillos, y ver\u00e1s c\u00f3mo nacemos en estos meses y  nos morimos en los de Abril o Mayo&#8230; Ja, ja, ja&#8230; A los que me hablan  mal de mi querido Oto\u00f1o, les digo que es el pap\u00e1 del Invierno y el  abuelo de esa fachendosa y presumida Primavera&#8230; Vamos a ver: A su vez,  es el hijo del Verano, que al mismo tiempo viene a ser su biznieto&#8230;  De modo que&#8230;<\/p>\n<p>Sin duda la cabeza herc\u00falea del buen tonelero se resent\u00eda del exceso  de libaciones, motivado por su prurito de unir el ejemplo a la regla en  aquel ardiente paneg\u00edrico del Oto\u00f1o. Aquella tarde la pasamos Ramona y  yo entretenidos en dulces y honestas pl\u00e1ticas, ambos muy serios, muy  proyectistas, muy atentos en mirar y remirar los horizontes del porvenir  que empezaban a te\u00f1\u00edrsenos de rosa. Por la noche, pasada la hora de la  cena, mestre Cuba, despu\u00e9s de ahumarme con su pipa, me dijo:<\/p>\n<p>\u00abAmado Tropiquillos, yo no me opongo; mestra Cubas no se opone tampoco; de modo que nadie, absolutamente nadie se opone.<\/p>\n<p>Y reposaba su carnosa mano en mi hombro, haci\u00e9ndome inclinar bajo el peso de ella.<\/p>\n<p>\u00abEl hijo de mi amigo L\u00e1zaro -a\u00f1adi\u00f3-, debe ser mi hijo&#8230; A  prop\u00f3sito, ah\u00ed est\u00e1n tus tierras que no son malas. Es preciso  replantarlas. Las replantaremos.<\/p>\n<p>Dio varias vueltas como pipa que gira impulsada por las manos de los  toneleros, y vini\u00e9ndose otra vez a m\u00ed, y abraz\u00e1ndome con efusi\u00f3n  sofocante, me dijo:<\/p>\n<p>\u00abReedificaremos la casa&#8230;<\/p>\n<p>Yo no ten\u00eda palabras; yo no dec\u00eda nada, y me dejaba abrazar,  sintiendo el contacto de la panza de mi generoso amigo y su rebote,  semejantes uno y otro al de una gran pelota de goma.<\/p>\n<p>El tonelero llam\u00f3 a su esposa, que vino prontamente, seria y afable.<\/p>\n<p>\u00abRamona, Ramona -grit\u00f3 despu\u00e9s mestre Cubas.<\/p>\n<p>Turbada, ruborosa, entr\u00f3 la doncella esquivando mis miradas. Sus  bellos ojos mostraban singular empe\u00f1o en examinar el suelo antes que mi  rostro y el de sus bondadosos padres. \u00bfC\u00f3mo dir\u00e9 que todo qued\u00f3  concertado aquella misma noche en palabras breves y expresivas? Mi  felicidad era una nueva faz de mi salud recobrada. Ya era otro hombre,  f\u00edsica y moralmente, y la vida me ofrec\u00eda encantos mil que jam\u00e1s hab\u00eda  conocido. \u00a1Sano, amado y amante, due\u00f1o otra vez del campo de mis padres y  de la humilde casa en que nac\u00ed, due\u00f1o tambi\u00e9n de un coraz\u00f3n puro y  noble, de una mujer hechicera, discreta, buena, rica&#8230;! Tanta felicidad  deb\u00eda producir en m\u00ed uno de esos estallidos que nos trastornan para  siempre. No s\u00e9 bien c\u00f3mo fue: no s\u00e9 si fue en el momento de casarme o  poco despu\u00e9s, cuando sent\u00ed una sacudida en lo m\u00e1s profundo de mi ser&#8230;  Yo ten\u00eda la mano de mi esposa entre las m\u00edas. \u00bfTen\u00eda tambi\u00e9n su talle?  No lo puedo decir. S\u00f3lo s\u00e9 que todo cambi\u00f3 bruscamente ante mis ojos,  que el mundo dio una r\u00e1pida vuelta, que me encontr\u00e9 arrojado en el suelo  debajo de una mesa, en un estado que sino era la misma estupidez se le  parec\u00eda mucho.<\/p>\n<p>La efervescencia de mi pensamiento se iba apagando. Yo tocaba el  suelo para cerciorarme de la realidad. H\u00edceme cargo de tener delante una  figura tosca que extend\u00eda hacia m\u00ed sus brazos, como queriendo alzarme  del suelo&#8230; Creo que lo consigui\u00f3 y que me puso sobre un sof\u00e1.<\/p>\n<p>Era mi criado que al verme entrar lentamente en posesi\u00f3n de m\u00ed mismo, trajo una taza humeante, y me dijo:<\/p>\n<p>\u00abEso va pasando. Se acabar\u00e1 de quitar con caf\u00e9 muy fuerte\u00bb.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I Finalizaba Octubre. 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