{"id":1115,"date":"2011-10-11T23:07:32","date_gmt":"2011-10-11T23:07:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.benitoperezgaldos.es\/?p=1115"},"modified":"2011-10-11T23:07:32","modified_gmt":"2011-10-11T23:07:32","slug":"cuento-celin-de-benito-perez-galdos-1887","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-celin-de-benito-perez-galdos-1887\/","title":{"rendered":"[Cuento] Cel\u00edn, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s (1887)"},"content":{"rendered":"<p>I<\/p>\n<p>Que trata de las pomposas exequias del se\u00f1orito Polvoranca en la movible ciudad de Turris<\/p>\n<p>Cuenta Gaspar D\u00edez de Turris, cronista de las dos casas ilustres de  Polvoranca y de Pioz, que el capit\u00e1n D. Galaor, primog\u00e9nito del  marquesado de Polvoranca, muri\u00f3 de un tabardillo pintado el \u00faltimo d\u00eda  de Octubre, y le enterraron en una de las capillas de Santa Mar\u00eda del  Buen Fin el 1.\u00ba de Noviembre, d\u00eda de Todos los Santos. El a\u00f1o de esta  desgracia no consta en la Cr\u00f3nica, ni hay posibilidad de fijarlo, porque  todo el documento es pura confusi\u00f3n en lo tocante a cronolog\u00eda, como si  el autor hubiera querido hacer mangas y capirotes de la ley del tiempo.  Tan pronto nos habla de cosas y personas que semejan de pasados siglos,  como se nos descuelga con otras que al nuestro y a los d\u00edas que vivimos  pertenecen; por lo cual le entran a uno tentaciones de creer cierto run  run que la tradici\u00f3n nos ha transmitido referente al tal D\u00edez de  Turris; y es que despu\u00e9s de las comidas sol\u00eda corregirse la flaqueza de  est\u00f3mago con un medicamento que no se compra en la botica, siendo tal su  afici\u00f3n, que el codo lo ten\u00eda casi siempre en alto hasta la hora de la  cena, y aun despu\u00e9s de esta, que era cuando escrib\u00eda. Estaba, pues, el  hombre tan inspirado, que hasta el manuscrito que a la vista tengo  conserva todav\u00eda el olor.<\/p>\n<p>Pues, como dec\u00eda, dieron tierra al capit\u00e1n D. Galaor la v\u00edspera de  los Difuntos, con tanta pompa y tan lucido acompa\u00f1amiento de personas  principales, que en Turris no se hab\u00eda visto nunca cosa semejante.  Veinticinco a\u00f1os ten\u00eda el joven, gloria extinguida y esperanza marchita  de sus pap\u00e1s. Hab\u00eda despuntado con igual precocidad en las armas y en  las letras, y aunque no lleg\u00f3 a consumar ninguna sonante proeza con la  espada ni con la pluma, sin duda estaba llamado a asombrar al mundo  cuando la ocasi\u00f3n llegase. Su muerte fue muy sentida en todo el Reino,  mayormente en aquella parte donde radican los estados de Polvoranca y de  Pioz, casas un tiempo divididas por rencillas de caciquismo, despu\u00e9s  reconciliadas en bien de la Rep\u00fablica. Habitaban los dignos jefes de  estas hist\u00f3ricas familias en la opulenta ciudad de Turris, a quien ba\u00f1a  el caudaloso Alcana, de variable curso, y fue prenda final de su  concordia el concertado matrimonio de D. Galaor de Polvoranca con Diana  de Pioz, hija \u00fanica del marqu\u00e9s de Pioz, cuyos t\u00edtulos, honores y  preeminencias rebasaban el papel de la Cr\u00f3nica, si se pusiesen todos en  ellas. La muerte, seg\u00fan dice D\u00edez de Turris con pat\u00e9tica elegancia,  demoli\u00f3 en un d\u00eda el s\u00f3lido alc\u00e1zar de estos planes. Ella y \u00e9l hab\u00edan  nacido, como es uso decir, el uno para el otro. Era Dianita una chica  (as\u00ed lo reza el historiador) de prendas tan excelentes, que no se han  inventado a\u00fan palabras con que deban ser encarecidas, pues si en  hermosura daba quince y raya a todas las hembras del Reino, en  discreci\u00f3n, saber y talento se las apostaba con los turriotas m\u00e1s  ilustres, acad\u00e9micos, te\u00f3logos, oradores, publicistas calzados y  pensadores descalzos que iban de tertulia al palacio de Pioz.<\/p>\n<p>El dolor de esta sin par damisela, cuando le dieron la noticia del  fallecimiento de su novio fue tan vivo, que no perdi\u00f3 el juicio por  milagro de Dios. El marqu\u00e9s y su hija se abrazaron llorando, y las  l\u00e1grimas de uno y otro se mezclaban, empap\u00e1ndoles la ropa. Al pap\u00e1 se le  puso tan perdida la golilla que se la tuvo que quitar, y la falda de  Diana se pod\u00eda torcer. Entr\u00e1ronle a la ni\u00f1a convulsiones, y despu\u00e9s una  congoja tan fuerte, que pensaron se quedaba en ella. Gracias al pronto  auxilio de los mejores m\u00e9dicos de Turris, que acudieron llamados por  tel\u00e9fono, y a los consuelos cristianos que ech\u00f3 por aquel pico de oro el  capell\u00e1n de la casa, fil\u00f3sofo de la Orden de Predicadores y hombre muy  consolador, a la ni\u00f1a se le aplacaron los alborotados nervios.  Meti\u00e9ronla en el lecho sus doncellas, y en \u00e9l sigui\u00f3 llorando, aunque  resignada. Si las l\u00e1grimas fuesen perlas -dice muy serio Gaspar D\u00edez-,  conforme sienten y afirman los poetas, en aquel caso se habr\u00edan podido  recoger entre las s\u00e1banas algunos celemines de ellas.<\/p>\n<p>Verificose el entierro con pompa nunca vista. Los peri\u00f3dicos de la  ma\u00f1ana echaron en cuarta plana la papeleta con un rosario de t\u00edtulos y  honores, encerrados en negra orla. El carro f\u00fanebre iba tirado por ocho  caballos con negros caparazones bordados de oro. Los lacayos de la casa  de Polvoranca, vestidos a la borgo\u00f1ona, llevaban hachas, y los ni\u00f1os del  Hospicio estrenaron las dalm\u00e1ticas de luto que para tales casos les  hizo por contrata la Diputaci\u00f3n. Presid\u00eda el Capit\u00e1n general, llevando a  su derecha a dos se\u00f1ores senadores y a su izquierda a D. Beltr\u00e1n de  Pioz, que hab\u00eda sido virrey del Per\u00fa, al Inspector de la Santa  Hermandad, y al licenciado Fray Mart\u00edn de Celenque, subsecretario del  Santo Oficio. Iban tambi\u00e9n todos los individuos de la Junta Directiva  del Ateneo, presididos por el Prior de la Merced, la oficialidad del  tercio de Sicilia, varios alcaldes de Corte, lo m\u00e1s granado de la  Sociedad Protectora de los Peces, algunos consejeros de Indias y de  \u00f3rdenes, y toda la plana mayor del Consejo de Administraci\u00f3n del  Ferrocarril de Turris a Utop\u00eda. La venerada Archicofrad\u00eda del A. B. C.  iba completa, cubiertos los cofrades con ropa negra de penitente y  capuch\u00f3n colorado, y detr\u00e1s segu\u00edan los masones, tan respetables con sus  mandiles, que se confund\u00edan con los padres dominicos. Llevaban las  cintas del f\u00e9retro un teniente del tercio de Sicilia, a que pertenec\u00eda  el finado, un caballero del h\u00e1bito de Santiago el Verde, un socio del  club de pescadores de Turris, un padre jesuita (por haber recibido el D.  Galaor su educaci\u00f3n primera en un falansterio de la Compa\u00f1\u00eda), un  jovencito de la Academia de Jurisprudencia, y otro de la Sociedad  kantiana de San Luis Gonzaga, donde el malogrado Polvoranca hab\u00eda le\u00eddo  su memoria sobre la organizaci\u00f3n militar a la prusiana.<\/p>\n<p>Hubo gran funeral de cuerpo presente en Santa Mar\u00eda, con mucha  clerec\u00eda, canto llano y orquesta. Ofici\u00f3 el Obispo de la di\u00f3cesis, que  era tambi\u00e9n senador y del Consejo y C\u00e1mara de Castilla, y subi\u00f3 al  p\u00falpito el doctor Ram\u00edrez Cobos, lector en teolog\u00eda y presidente de la  secci\u00f3n de C\u00e1nones del Ateneo, el cual pronunci\u00f3 la oraci\u00f3n f\u00fanebre. Los  taqu\u00edgrafos la tomaron puntualmente y sali\u00f3 en los peri\u00f3dicos de la  noche. Despu\u00e9s llevaron el cuerpo a la capilla del Esp\u00edritu Santo. La  muerte hab\u00eda respetado las agraciadas facciones del joven, que m\u00e1s  parec\u00eda dormido que difunto. Di\u00f3sele sepultura junto a las tumbas de  esclarecidos varones de las familias de Polvoranca y de Pioz, que en la  tal capilla tienen desde tiempo inmemorial sus enterramientos. All\u00ed est\u00e1  el Gran Maestro de Pioz, general de las galeras de S. M., terror del  turco y del veneciano, y su estatua yacente, vestida con h\u00e1bito de  almirante, empu\u00f1ando la estaca de mando, pone miedo a cuantos la  contemplan; all\u00ed la ilustre do\u00f1a Leonor de Polvoranca, casada en  primeras nupcias con un hermano del palatino de Hungr\u00eda y en segundos  con D. Ata\u00falfo de Pioz, jefe superior de Administraci\u00f3n y colector de  espolios; all\u00ed el marm\u00f3reo busto del Adelantado de Hacienda, poeta  excelso que compuso en octavas reales la epopeya de las Rentas, y  recogi\u00f3 en su Flora selecta de rimas econ\u00f3micas toda la poes\u00eda del siglo  de oro de nuestros financieros m\u00e1s inspirados; all\u00ed el gran D. Lope de  Pioz, caballerizo mayor del Congreso y gentilhombre del Ayuntamiento  constitucional de Turris; all\u00ed, en fin, empotrados en nichos murales o  sepultados bajo losas con peregrinos epitafios, otros muchos varones y  hembras tan insignes, que la Fama, cuando tiene que pregonarlos a todos,  como dice galanamente el cronista, es queda, asm\u00e1tica para ocho d\u00edas y  con los labios hinchados de tanto soplar la trompa.<\/p>\n<p>En resoluci\u00f3n, que somos polvo, aun siendo Polvoranca (esta es  tambi\u00e9n frase del escritor iluminado); y luego que pusieron sobre la  removida tierra las coronas dedicadas al muerto por su familia y amigos,  retir\u00e1ronse estos afligid\u00edsimos a catar el espl\u00e9ndido lunch con que les  obsequiaron el capell\u00e1n y coadjutores de Santa Mar\u00eda del Buen Fin.<\/p>\n<p>Y vino la noche sobre Turris, dejando caer antes un velo de neblina  sutil, que mermaba y desle\u00eda el brillo de las luces de gas. Este vapor  h\u00famedo y fresco, condens\u00e1ndose en las aceras, las hac\u00eda resbaladizas, y  los adoquines brillaban como si les hubieran dado una mano de negro  jab\u00f3n. Los caballos de los coches echaban por sus narizotas gruesos  chorros de vapor luminoso: y todo se iba empa\u00f1ando, desvaneciendo; las  l\u00edneas se alejaban, las formas se perd\u00edan. Poco despu\u00e9s empezaron los  chicos a vocear los peri\u00f3dicos de la noche con la llegada de los  galeones de Indias. La gente acud\u00eda a los teatros a ver el D. Juan  Tenorio, los caf\u00e9s estaban llenos de parroquianos, y las tiendas de lujo  apagaron el gas, porque los cristales de los escaparates estaban  empa\u00f1ados y nada se pod\u00eda ver de lo que dentro se expon\u00eda. Algunas  rondas de penitentes circulaban por las principales calles, rezando en  alta voz el Santo Rosario, y como era noche de Difuntos, hab\u00eda muchos  puestos de casta\u00f1as, y las campanas de todas las iglesias, as\u00ed como las  de las sociedades literarias y cient\u00edficas, atronaban el aire con sus  f\u00fanebres lamentos.<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>La inconsolable<\/p>\n<p>Profundamente abatida, Diana de Pioz se resist\u00eda a tomar alimento y a  pronunciar palabra. Su desconsolado pap\u00e1, el egregio marqu\u00e9s, empleaba,  para sacarla de aquella postraci\u00f3n l\u00fagubre, todos los recursos de su  facundia parlamentaria. Era hombre que hablaba por siete, y en el Senado  no hab\u00eda quien le echara el pie delante en ilustrar todas las  cuestiones que iban saliendo. Su especialidad era la estad\u00edstica, y con  las resmas de n\u00fameros que llevaba en los bolsillos probaba todo cuanto  quer\u00eda. No hab\u00eda sesi\u00f3n en que no se le oyera un par de horas, siempre  indignado, entreverando el largo discurso con repetidas tomas de rap\u00e9, y  marcando las frases con la coleta de su peluca, que por detr\u00e1s de la  cabeza, extend\u00edase a tan considerable distancia, que ning\u00fan senador  pod\u00eda sentarse a espaldas del marqu\u00e9s sin recibir alg\u00fan zurriagazo.<\/p>\n<p>Cierro el par\u00e9ntesis y sigo. Diana, fingi\u00e9ndose m\u00e1s consolada para  que su pap\u00e1 la dejara sola, dijo que quer\u00eda dormir. Mand\u00f3 retirar  tambi\u00e9n a sus doncellas, y buen rato estuvo atenta al vocer\u00edo de las  campanas, contando los segundos que mediaban entre son y son, y  sintiendo como un goce terrible en el temblor que le produc\u00edan las  vibraciones del metal rasgando el aire. Prolong\u00f3 una hora, dos horas  aquella delectaci\u00f3n de su mente extraviada, y cuando calcul\u00f3 quo todos  los habitantes del palacio dorm\u00edan, salt\u00f3 resueltamente del lecho. Su  irremediable pena le hab\u00eda sugerido la idea de quitarse la vida, idea  muy bonita y muy espiritual, porque, hablando en plata, \u00bfqu\u00e9 iba sacando  ella con sobrevivir a su prometido? \u00a1Ni c\u00f3mo era posible tolerar aquel  dolor inmenso que le atenazaba las entra\u00f1as! Nada, nada, matarse, saltar  desde el borde obscuro de esta vida insufrible a otra en que todo deb\u00eda  de ser amor, luz y dicha. Ya ver\u00eda el mundo qui\u00e9n era ella y qu\u00e9  geniecillo ten\u00eda para aguantar los bromazos de la miseria humana. Esta  idea, mezcla extra\u00f1a de dolor y orgullo, se completaba con la seguridad  de que ella y su amado se juntar\u00edan en matrimonio eterno y eternamente  joven y puro; ayuntamiento lleno de pureza y tan et\u00e9reo como las esferas  rosadas y sin fin por donde entrambos volar\u00edan abrazados. Por su  inexperiencia del mundo y por su educaci\u00f3n puramente idealista, por la  \u00edndole de sus gustos y aficiones art\u00edsticas y literarias, hasta la fecha  aquella de su corta vida Diana consideraba la humana existencia en su  parte m\u00e1s inmediatamente unida a la naturaleza visible, como una  esclavitud cuyas cadenas son la groser\u00eda y la animalidad. Romper esta  esclavitud es librarnos de la degradaci\u00f3n y apartarnos de mil cosas poco  gratas a todo ser de delicado temple.<\/p>\n<p>Abro otro par\u00e9ntesis para decir que aquella gran casa de Pioz, de  remot\u00edsima antig\u00fcedad, ten\u00eda por patrono al Esp\u00edritu Santo. La imagen de  la paloma campeaba en el escudo de la familia y era emblema, amuleto y  marca her\u00e1ldica de todos los Pioces que hab\u00edan existido en el mundo. La  paloma resaltaba esculpida en las torres vetustas y en las puertas y  ventanas del palacio, tallada en los muebles de nogal, bordada en las  cortinas, grabada con cerco de piedras preciosas en la tabaquera del  marqu\u00e9s, en los anillos de Diana, en todas sus joyas, y hasta estampada  por el maestro de obra prima en las suelas de sus zapatos. Diana ten\u00eda  costumbre de invocar a la tercera persona de la Trinidad en todos los  actos de su vida, as\u00ed comunes como extraordinarios, por lo cual en esta  tremenda ocasi\u00f3n que acabo de mencionar, convirti\u00f3 la ni\u00f1a su esp\u00edritu  hacia la paloma tutelar de los ilustres Pioces, y despu\u00e9s de una corta  oraci\u00f3n, se sali\u00f3 con esto: \u00abS\u00ed, pich\u00f3n de mi casa, t\u00fa me has inspirado  esta sublime idea, tuya es, y a ti me encomiendo para que me ayudes\u00bb.<\/p>\n<p>En su desvar\u00edo cerebral, Diana, conservaba un tino perfecto para las  ideas secundarias, y no se equivoc\u00f3 en ning\u00fan detalle del acto de  vestirse: ni se puso las medias al rev\u00e9s, ni hizo nada que pudiera  deslucir su gallarda persona, despu\u00e9s de vestida. Ve\u00eda con claridad todo  lo concerniente al atav\u00edo de una dama que va a salir a la calle, atav\u00edo  que el decoro y el buen gusto deben inspirar, aun cuando una vaya a  matarse. El espejo la adul\u00f3, como siempre, y ambos estuvieron de  consulta un ratito&#8230; Por supuesto, era una ridiculez salir de sombrero.  Como el fr\u00edo no apretaba mucho, p\u00fasose chaquetilla de terciopelo negro,  muy elegante, falda de seda, sobre la cual brillaba la escarcela  riqu\u00edsima bordada de oro. En el pecho se prendi\u00f3 un alfiler con la  imagen de su amado. Zapatos rojos (que eran la moda entonces) sobre  medias negras conclu\u00edan su persona por abajo, y por arriba el pelo  recogido en la coronilla, con horquilla de oro y brillantes en la cima  del mo\u00f1o. Envolviose toda en manto negro, el manto cl\u00e1sico de las  comedias, el cual la cubr\u00eda de pies a cabeza, y ensay\u00f3 al espejo el  embozarse bien y taparse como una m\u00e1scara, no dejando ver m\u00e1s que ojo y  medio, y a veces un ojo s\u00f3lo. \u00a1Qu\u00e9 bien estaba y qu\u00e9 gallardamente  manejaba el tapujito! El misterioso rebozo marcaba en lo alto la c\u00faspide  puntiaguda del mo\u00f1o, y ca\u00eda despu\u00e9s, dibujando con severa l\u00ednea el  busto delicado, la oprimida cintura, las caderas, todo lo dem\u00e1s de la  airosa l\u00e1mina de la joven. En aquel tiempo se usaban muy exagerados esos  aditamentos que llaman polisones, y el manto marcaba tambi\u00e9n, como es  natural, el que Diana se puso, que no era de los m\u00e1s chicos, cayendo  despu\u00e9s hasta dos dedos del suelo, donde se entreparec\u00edan los pies  menuditos y rojos de la enamorada y espiritual ni\u00f1a&#8230; Vamos: era la  fantasma m\u00e1s mona que se podr\u00eda imaginar.<\/p>\n<p>Cogi\u00f3 una llave que en su vargue\u00f1o guardaba, y sali\u00f3. Era la llave de  la escalerilla de caracol que comunicaba la biblioteca y armer\u00eda con el  jard\u00edn. Tiqui, tiqui, se escurri\u00f3 bonitamente Diana por un pasadizo, y  luego atraves\u00f3 dos o tres salas, a obscuras, palpando las paredes y los  muebles, hasta que lleg\u00f3 a la biblioteca. Abri\u00f3, cuidando de no hacer  ruido, la puerta de la escalera de caracol, y tiqui, tiqui, bajo los  gastados escalones, hasta encontrarse en el jard\u00edn. C\u00f3mo pas\u00f3 de este al  gran patio, y del patio a la calle burlando la vigilancia de la ronda  nocturna del palacio, es cosa que no declara el cronista. Lo que s\u00ed  expresa terminantemente es que en el tiempo que dur\u00f3 el largo tr\u00e1nsito  por tenebrosas galer\u00edas, escaleras, terrazas, poternas y fosos hasta  llegar a la calle, iba pensando la ni\u00f1a en la forma y manera de consumar  la saludable liberaci\u00f3n que proyectaba. Su mente descart\u00f3 pronto  algunos sistemas de morir muy usados entre los suicidas, pero que a ella  no le hac\u00edan maldita gracia. F\u00e1cil le hubiera sido coger en la armer\u00eda  de su pap\u00e1 un mosquete o un rev\u00f3lver; pero ni sab\u00eda cargar estas armas,  ni estaba segura de saber pegarse el tirito fatal. Pu\u00f1al, daga o alfange  no le petaban, por aquello de que se puedo uno quedar medio vivo; y los  venenos son repugnantes porque ponen el est\u00f3mago perdido y quiz\u00e1s hay  que vomitar&#8230; Nada, lo mejor y m\u00e1s pr\u00e1ctico era tirarse al r\u00edo.  Cuesti\u00f3n de unos minutos de pataleo en el agua, y luego el no padecer y  el despertar en la vida inmortal y luminosa.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>Tr\u00e1tase de la ciudad movible y del r\u00edo vagabundo<\/p>\n<p>Tomada la resoluci\u00f3n de ahogarse, Diana pens\u00f3 que deb\u00eda ir antes a  visitar el sepulcro de D. Galaor; pero al dar los primeros pasos en la  calle se sobrecogi\u00f3, pues la obscuridad de la noche y la extensi\u00f3n  laber\u00edntica de la gran ciudad de Turris, no le permitir\u00edan acaso  encontrar la iglesia del Buen Fin sin que alguien la guiase. Mir\u00f3 a  diestro y siniestro, pero como por todos lados viera techos negros,  torres alt\u00edsimas, almenados muros y pin\u00e1culos g\u00f3ticos, la pobre ni\u00f1a no  sab\u00eda a d\u00f3nde volverse. La niebla no se hab\u00eda disipado, aunque era ya  menos densa que al anochecer, y los edificios se dibujaban, entre la  penumbra blanquecina, mayores de lo que realmente eran. La inconsolable  discurri\u00f3 que lo mejor era andar a la ventura, confiando en que su  protector el Esp\u00edritu Santo la conducir\u00eda sin tropiezo al trav\u00e9s de las  dificultades permanentes y ocasionales de la topograf\u00eda de la ciudad.<\/p>\n<p>Hay que hacer ahora una aclaraci\u00f3n de car\u00e1cter geogr\u00e1fico, que  sorprender\u00e1 mucho al lector, y en la cual insiste mucho el cronista,  asegurando en forma de juramento, que el d\u00eda en que escribi\u00f3 esta parte  de su relaci\u00f3n no cometi\u00f3 exceso antes ni despu\u00e9s de la cena. Pues ello  es un fen\u00f3meno f\u00edsico, peculiar de la ciudad de Turris, y que en ninguna  otra parte del globo se ha manifestado nunca, como sienten Estrab\u00f3n y  dos graves autores m\u00e1s. La ciudad de Turris se mueve. No se trata de  terremotos, no: es que la ciudad anda, por declinaci\u00f3n misteriosa del  suelo, y sus extensos barrios cambian de sitio sin que los edificios  sientan la m\u00e1s ligera oscilaci\u00f3n, ni puedan los turriotas apreciar el  movimiento misterioso que de una parto a otra les lleva. Se parece,  seg\u00fan feliz expresi\u00f3n del cronista, a un gran animal que hoy estira una  calle y ma\u00f1ana enrosca un paseo. A veces la calle que anocheci\u00f3 curva,  amanece recta, sin que se pueda fijar el momento del cambio. Los barrios  del Norte se trasladan inopinadamente al Sur. Los turriotas, al  levantarse todas las ma\u00f1anas, tienen que enterarse de las variaciones  topogr\u00e1ficas ocurridas durante la noche, pues a lo mejor aparece el  Tribunal de Cuentas al lado de la Plaza de toros, y el Congreso frente  al Dep\u00f3sito de caballos padres.<\/p>\n<p>El centro de la ciudad se mueve poco y rara vez. Los radios son los  que van de aqu\u00ed para all\u00ed con movimiento tan inapreciable a los  sentidos, directamente, cual la rotaci\u00f3n c\u00f3smica del planeta. Las  arterias radiales de la ciudad y sus extremidades son las que se  revuelven, se cruzan y se enroscan como los rejos del pulpo. Lo m\u00e1s  particular es que las l\u00edneas de tranv\u00edas sufren poco o nada, pues sus  carriles se acomodan a la direcci\u00f3n del movimiento. El inaudito fen\u00f3meno  se verifica casi siempre de noche. El Municipio tiene pregoneros que  salen por las ma\u00f1anas voceando la nueva topograf\u00eda, y se ponen carteles  diciendo, por ejemplo: \u00abLa c\u00e1rcel se ha corrido al Oeste. Hay tendencias  en el Senado a derivar hacia los Pozos de nieve. La Bolsa firme (quiere  decir que no se ha movido). El convento de Padres Capuchinos  Agonizantes, unido a la Direcci\u00f3n de Infanter\u00eda y al Hotel de Bagdad,  marcha, costeando el barrio de los jud\u00edos, hacia la F\u00e1brica del gas\u00bb.  Cierto que este fen\u00f3meno, \u00fanico en el globo, tiene sus inconvenientes,  porque no se sabe nunca, en tal ciudad, de qui\u00e9n es uno vecino y de  qui\u00e9n no; pero hay que reconocer que no carece de ventajas, pues cuando  un turriota sale, a altas horas de la noche, de una francachela, con la  cabeza un poco mareada, no necesita fatigarse para ir a su casa, sino  que se est\u00e1 quietecito, arrimado a un guardacant\u00f3n, esperando a que pase  la puerta de su vivienda para meterse en ella tan tranquilo.<\/p>\n<p>Es, pues, de saber que Diana tir\u00f3 por la primera calle que a su vista  se ofrec\u00eda. El lamentar de las campanas, en vez de intimidarla, le  prestaba m\u00e1s \u00e1nimos, confirmando en lenguaje solemne sus propios  pensamientos. Pas\u00f3 por las calles c\u00e9ntricas y comerciales, bulliciosas  de d\u00eda, a tal hora casi desiertas. Ya hab\u00eda salido el p\u00fablico de los  teatros, y en los caf\u00e9s hab\u00eda bastante gente cenando o tomando  chocolate. Los vendedores de peri\u00f3dicos voceaban perezosos, deseando  vender los \u00faltimos ejemplares. Diana repar\u00f3 en algunas mujeres con  manto, que no parec\u00edan trigo limpio, y hombres que las segu\u00edan y  alborotaban con ellas en animado grupo. Oy\u00f3 ruido de espuelas, y vio  caballos envueltos en capas negras o rojas, mostrando la espada a la  manera de un rabo tieso que alzaba la tela. Paseando por barrios  exc\u00e9ntricos, donde observ\u00f3 secreteos en las rejas, lleg\u00f3 a una calle  donde hab\u00eda muchas tabernas y gente de malos modos y peores palabras que  escandalizaba a ciencia y paciencia de los cuadrilleros de Orden  p\u00fablico, los cuales, plantados en las esquinas, como estatuas,  encajonada la cara en las golillas, tap\u00e1ndose la boca con el ferreruelo,  m\u00e1s parec\u00edan durmientes que vigilantes.<\/p>\n<p>Atraves\u00f3 despu\u00e9s la ni\u00f1a un tenebroso parque, y hallose, por fin, en  sitio solitario y abierto. Vio pasar una gran torre que iba de Norte a  Sur, cual un fantasma, y como al mismo tiempo sonaban en ella las  campanas, el eco de estas se arrastraba por el aire a modo de cabellera.  F\u00e1bricas monstruosas con alt\u00edsimas chimeneas pasaron tambi\u00e9n como  escuadr\u00f3n que marcha al combate con los fusiles al hombro; despu\u00e9s vio  ante s\u00ed los resplandores de la F\u00e1brica del gas. Pasaron algunos hombres  encapuchados, que deb\u00edan de ser la ronda del Santo Oficio. La  inconsolable se ocult\u00f3 en la sombra de una casa destechada. Pasaron,  tras la ronda, penitentes que se daban de zurriagazos sin piedad; luego,  empleados del resguardo que iban a relevarse en los puestos; en pos, un  borracho que trazaba con inseguro paso r\u00fabricas sin fin en el suelo  h\u00famedo. La joven, asustada de su soledad y sin esperanza de encontrar la  iglesia del Buen Fin, no se atrev\u00eda a preguntar a nadie. Por \u00faltimo oy\u00f3  una voz infantil que cantaba el himno da Riego, mejor dicho, lo silbaba  con m\u00fasica semejante a la que aprenden los mirlos enjaulados a las  puertas de las zapater\u00edas. Aquella tierna voz le inspir\u00f3 confianza. Un  ni\u00f1o como de seis a\u00f1os avanzaba con marcial continente, marcando el paso  doble y agitando un palito con la mano derecha, en perfecta imitaci\u00f3n  de los gestos de un tambor mayor al frente del regimiento.<\/p>\n<p>Discurri\u00f3 la damisela que aquel gallardo rapaz podr\u00eda darle informes  mejor que cualquier gandul desvergonzado y&#8230; \u00ab\u00a1Pst&#8230; chiquillo, ven  ac\u00e1!&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Parose en firme el muchacho al ver salir de la sombra la esbelta  figura, y cuando repar\u00f3 que era una dama, llevose la mano al andrajo que  por gorra ten\u00eda.<\/p>\n<p>-Chiquillo -a\u00f1adi\u00f3 ella- \u00bfquieres decirme si est\u00e1 por aqu\u00ed Santa  Mar\u00eda del Buen Fin? Y si est\u00e1 lejos, \u00bfqu\u00e9 camino debo tomar? Te dar\u00e9 una  buena propina si no me enga\u00f1as.<\/p>\n<p>El muchacho se cuadr\u00f3 ante la se\u00f1orita de Pioz, y con desenvuelta palabra y ademanes m\u00e1s desenvueltos todav\u00eda, le dijo:<\/p>\n<p>-\u00a1El Buen Fin! Muy cerca est\u00e1. \u00bfVes aquella torre que acaba de parar?&#8230; All\u00ed es. Yo te ense\u00f1ar\u00e9 el camino.<\/p>\n<p>-\u00a1Ay! hijo, \u00a1qu\u00e9 alegr\u00eda me das!&#8230; Pero ponte la gorra que hace  fr\u00edo. Mira (sacando una moneda de su escarcela) \u00bfves este ducadito de  once reales? Pues es para ti si te portas bien.<\/p>\n<p>Los ojos del chico brillaron de tal modo al ver la moneda, que Diana  crey\u00f3 tener delante dos estrellas. Sin decir nada, el rapaz ech\u00f3 a  andar, silbando otra vez su patriotera m\u00fasica, y marcando el paso vivo,  con mucho meneo del brazo derecho, a estilo de cazadores.<\/p>\n<p>-Oye, ni\u00f1o -le dijo la inconsolable que no quer\u00eda ser precedida por  una banda militar-. Vale m\u00e1s que vayamos calladitos. No nos conviene  llamar la atenci\u00f3n&#8230; \u00bfTe parece?<\/p>\n<p>Callose el gu\u00eda y dio dos o tres brincos u zapatetas con tanta ligereza, que la ni\u00f1a de Pioz no pudo menos de sonre\u00edr un poco.<\/p>\n<p>-Pobrecillo (poni\u00e9ndole la mano en la cabeza), \u00a1y qu\u00e9 mal est\u00e1s de ropa!<\/p>\n<p>Efectivamente, el chico llevaba unos greg\u00fcescos cortos, las piernas  al aire, los pies descalzos. El cuerpo ostentaba un juboncillo con  cuchilladas, mejor dicho, roturas por donde se le ve\u00edan las carnes. Su  gorra informe ten\u00eda por cintillo una cuerda de esparto, y otra prenda  del mismo jaez le apretaba la cintura para que no se le cayesen los  greg\u00fcescos.<\/p>\n<p>-\u00bfNo tienes fr\u00edo? -le pregunt\u00f3 compadecida la se\u00f1orita.<\/p>\n<p>-No tal -replic\u00f3 el otro saltando un gran trecho; y se puso a dar  vueltas de carnero tan repetidas y con tanta presteza, que mareaba  verle.<\/p>\n<p>Tanta gracia y ligereza excitaron m\u00e1s la compasi\u00f3n de Diana, y sigui\u00e9ndole por un callej\u00f3n sombr\u00edo y tortuoso, le dijo:<\/p>\n<p>-Mayor recompensa de la que te ofrec\u00ed te dar\u00e9, si te portas bien conmigo. \u00bfC\u00f3mo te llamas?<\/p>\n<p>-Cel\u00edn, para servirte.<\/p>\n<p>-\u00bfTienes padre?<\/p>\n<p>-S\u00ed; pero no est\u00e1 aqu\u00ed.<\/p>\n<p>-\u00bfD\u00f3nde?<\/p>\n<p>Cel\u00edn, dando un gran brinco, se\u00f1al\u00f3 a una estrella.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! eres hu\u00e9rfano. \u00bfDe qu\u00e9 vives? \u00bfPides limosna? \u00a1Pobrecito! \u00bfY qui\u00e9n te ampara? \u00bfD\u00f3nde vives? \u00bfD\u00f3nde duermes?<\/p>\n<p>Cel\u00edn contest\u00f3 dando brincos mayores, y Diana admiraba la  extraordinaria agilidad del muchacho, que al levantar los pies del  suelo, brincaba hasta alturas incre\u00edbles.<\/p>\n<p>-Chiquillo, pareces un p\u00e1jaro&#8230; Cu\u00e9ntame, \u00bfde qu\u00e9 vives t\u00fa? \u00bfTienes  hambre? Si pas\u00e1ramos por una tienda te comprar\u00eda pasteles&#8230; \u00bfAcaso  vives t\u00fa, como otros ni\u00f1os vagabundos, de merodear en los mercados y de  desbalijar a los caminantes? Eso es muy malo, Cel\u00edn&#8230; Si yo no fuera  adonde voy, te proteger\u00eda&#8230; A prop\u00f3sito: despu\u00e9s que me lleves al Buen  Fin, me llevar\u00e1s al r\u00edo Alcana. \u00bfSabes d\u00f3nde est\u00e1 hoy?<\/p>\n<p>-El r\u00edo estaba aqu\u00ed esta tarde, pero se pas\u00f3 ya a la otra banda. Le  vi correr, levant\u00e1ndose las aguas para no tropezar en las piedras y  echando espumas por el aire. Iba furioso, y de paso se trag\u00f3 dos molinos  y arranc\u00f3 tres haciendas llev\u00e1ndoselas por delante con \u00e1rboles y todo.<\/p>\n<p>-\u00a1Huy, qu\u00e9 miedo! Iremos luego al r\u00edo. Yo tengo confianza en ti, pues  aunque me pareces alborotado, eres simp\u00e1tico y complaciente con las  damas.<\/p>\n<p>Y aqu\u00ed es preciso repetir la explicaci\u00f3n que se dio referente a la  ciudad. El r\u00edo Alcana variaba de curso cuando le parec\u00eda. Unas veces  corr\u00eda por el Este, otras por el Oeste; mas la misteriosa ley  determinante de su curso vagabundo le impon\u00eda la obligaci\u00f3n de no  inundar nunca la ciudad. Como depositaba en su cauce un sin n\u00famero de  arenas de oro, la variaci\u00f3n era util\u00edsima a los turriotas, y muchos se  dedicaban a cosechar el valioso metal. \u00daltimamente se form\u00f3 una gran  suciedad por acciones para la explotaci\u00f3n de aquella riqueza. Los  cambios de curso se anunciaban con hondos murmullos del agua, que  parec\u00edan salmodia entonada por las invisibles ninfas del r\u00edo, y desde  que soltaba aquella m\u00fasica, los ribere\u00f1os se preparaban, retirando sus  ganados de las peligrosas orillas. En ocasiones, alej\u00e1base hasta una y  dos leguas de la ciudad; otras se acercaba tanto, que lam\u00eda los muros de  la Inquisici\u00f3n y de la F\u00e1brica de tabacos, o se rascaba en los duros  sillares del palacio de Pioz. Llev\u00e1base muy a menudo los corpulentos  \u00e1rboles que poblaban sus orillas, y se ve\u00edan hermosas masas de verdura  corriendo al trav\u00e9s de los campos.<\/p>\n<p>Los chicos juguetones se montaban en las ramas nadantes y navegaban  en ellas de una parte a otra. En cambio, las naves que surcaban el r\u00edo,  las potentes galeras de Indias, cargadas de plata, se quedaban en seco,  con las h\u00e9lices enterradas en fango, y era forzoso esperar a que el r\u00edo  volviera a pasar por all\u00ed. Tambi\u00e9n sol\u00eda acarrear el Alcana, de remotos  confines, plantas rar\u00edsimas, desconocidas de los turriotas, y animales  ex\u00f3ticos, y aun viviendas con hombres de razas muy diferentes de la  nuestra en lengua, y color. Los peces le segu\u00edan siempre en sus  caprichosas mudanzas, y desde que se percib\u00edan los primeros acentos de  aquel canto de las ninfas acu\u00e1ticas, se reun\u00edan en grandes caravanas con  sus jefes a la cabeza, y tomaban el portante antes que mermase el  caudal de aguas.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>De la visita de Diana y Cel\u00edn hicieron a la capilla del Esp\u00edritu Santo<\/p>\n<p>Ya llegaron la ni\u00f1a de Pioz y su gu\u00eda a Nuestra Se\u00f1ora del Buen Fin.  La puerta principal estaba cerrada. Las esculturas de ella dorm\u00edan  beat\u00edficamente en sus nichos, la cabeza inclinada sobre el hombro. Por  indicaci\u00f3n del rapaz, dieron la vuelta, tropezando en el desigual piso,  hasta acertar con una rinconada donde se ve\u00eda claridad. Era el postigo  de la sacrist\u00eda. Cel\u00edn delante, la se\u00f1orita detr\u00e1s, entraron, y el  chicuelo guiaba mostr\u00e1ndose conocedor de los rincones del edificio. Como  llegaran a un sitio obscuro, sac\u00f3 Cel\u00edn del seno su caja de cerillas y  encendi\u00f3 una contra la pared, para alumbrar el tr\u00e1nsito. Cuando hab\u00eda  que bajar dos o tres escalones, alargaba la mano con galanter\u00eda para que  la se\u00f1orita se apoyase.<\/p>\n<p>Penetraron en una pieza abovedada y rectangular, mal alumbrada por un  candil\u00f3n cuya llama ahumaba la pared. Por un agujero del techo  aparec\u00edan varias sogas, cuya punta tocaba al suelo. En este hab\u00eda un  ruedo y sobre \u00e9l un hombre sentado a la turquesca, y entre sus piernas  montones de casta\u00f1as y dos botellas de aguardiente. Era el campanero,  maese Kurda, y estaba profundamente dormido, la barba pegada al pecho,  dando unos ronquidos que parec\u00edan truenos subterr\u00e1neos. De rato en rato,  sin salir de su sopor, conservando los ojos cerrados y la respiraci\u00f3n  de perfecto durmiente, estiraba el tal los brazos, y agarrando las  cuerdas hac\u00eda un esfuerzo, cual si quisiera colgarse de ellas. Sonaban  all\u00e1 arriba las campanas con estruendo terror\u00edfico y vibraba todo el  edificio como si fuera de metal, mientras se desvanec\u00edan y alargaban en  el aire las hondas del sonido. Luego, maese Kurda sepultaba nuevamente  la barba en el pecho y segu\u00eda roncando, hasta transcurrir el tiempo  exacto entre un doble y otro.<\/p>\n<p>Cel\u00edn hizo provisi\u00f3n de casta\u00f1as, meti\u00e9ndose por las cuchilladas de  su jub\u00f3n todas las que cupieron, y en seguida indic\u00f3 a la se\u00f1orita la  puerta que a la iglesia conduc\u00eda. No tardaron en encontrarse en la nave  principal, y respetuosamente pasaron a la capilla del Esp\u00edritu Santo. La  primera impresi\u00f3n de Diana fue miedo de verse entre tant\u00edsimo sepulcro.  Descollaba la estatua yacente del Gran Maestre de Pioz, terror de los  turcos, y hab\u00eda m\u00e1s all\u00e1 otra imagen marm\u00f3rea, barbuda y en pie, mirando  terror\u00edficamente con sus ojos sin ni\u00f1as a todo cristiano que osaba  entrar all\u00ed. Los sepulcros de los Polvorancas ten\u00edan el emblema de la  casa, que era un reloj de arena, y en las tumbas de los Pioces campeaba  la paloma tutelar de la estirpe. Alumbraban la capilla los cirios  encendidos junto a la sepultura de D. Galaor. Casi todos estaban ya en  lo \u00faltimo del cabo, y sus p\u00e1bilos negros se enroscaban como lenguas de  la llama bostezante, mientras el lagrimeo de la cera derretida escurr\u00eda  por los blandones abajo, goteando sobre el suelo.<\/p>\n<p>Diana se sinti\u00f3 sobrecogida de respeto y religioso pavor. Sobre la  tierra, a\u00fan no sentada, que cubr\u00eda los restos de su novio, yac\u00edan las  coronas que adornaron el f\u00e9retro. Ley\u00f3 las cintas con doradas letras que  dec\u00edan: \u00ab\u00a1La oficialidad del tercio de Sicilia a su noble  compa\u00f1ero&#8230;!\u00bb. Otra: \u00abEl Ateneo cient\u00edfico, literario y lit\u00fargico,  etc&#8230;\u00bb. Las flores naturales dedicadas por ella se hab\u00edan ajado ya, y  las de trapo exhalaban ingrato aroma de tintes industriales.<\/p>\n<p>Sinti\u00f3 la joven, al arrodillarse, brusco impulso hacia la tierra,  como si brazos invisibles desde ella la llamasen y atrajesen. Cay\u00f3,  boquita abajo; bes\u00f3 el suelo, y aqu\u00ed dice el ingenioso cronista que  siendo la sepultura de secano, ella la hizo de regad\u00edo con el caudal  fontanero de sus l\u00e1grimas. La idea de la muerte se afirm\u00f3 entonces en su  alma, a la manera de una voluptuosidad embriagadora. Ofreciose a su  esp\u00edritu la muerte, sucesivamente, en las dos formas eternas. Figur\u00e1base  primero estar en esencia al lado de su amante, los brazos enlazados con  los brazos, las caras juntitas. Pero no pod\u00eda imaginar esta situaci\u00f3n  prescindiendo del bulto corp\u00f3reo. Ser\u00eda su cuerpo todo lo sutil e  impalpable que se quisiera; pero cuerpo ten\u00eda que ser, aunque con s\u00f3lo  medio adarme de materialidad, pues sin este no pod\u00eda verificarse el  abrazo ni la sensaci\u00f3n mutua y rec\u00edproca de estar juntos.<\/p>\n<p>La otra forma ideal de muerte consist\u00eda en suponerse toda huesos  debajo de aquella tierra; el esqueleto de su amante desbaratado y  confundido con el de ella, de modo que no se pudiese decir: \u00abeste  huesito es m\u00edo y esto tuyo\u00bb. Revueltas de este modo las piezas, se  realizaba mejor el anhelo amoroso de ser los dos uno s\u00f3lo. Los cr\u00e1neos  eran lo \u00fanico que conservaba personalidad distinta, toc\u00e1ndose los  frontales y la mand\u00edbula inferior. Pero esta confusi\u00f3n de huesos no  pod\u00eda la joven concebirla sino admitiendo que los tales huesos deb\u00edan de  tener conciencia de s\u00ed mismos, que los cr\u00e1neos se reconoc\u00edan pensantes,  y que todas las dem\u00e1s piezas \u00f3seas, bien barajadas, hab\u00edan de  experimentar la sensaci\u00f3n del roce de unas con otras, pues si tal  conciencia y sensaci\u00f3n no existiesen, la com\u00fan sepultura no ten\u00eda  gracia. Estas ideas, sucedi\u00e9ndose con rapidez en su mente, le produjeron  v\u00e9rtigo, el cual vino a parar en desesperaci\u00f3n&#8230; \u00a1Qu\u00e9 no pudiera ella  resucitar al que bajo aquella tierra estaba, darle vida con sus l\u00e1grimas  y su aliento! Expresaba esta infantil desesperaci\u00f3n hiriendo el suelo  con las puntas de los pies (no se olvide que estaba boca abajo), y  tambi\u00e9n clav\u00f3 los dedos en la tierra blanda como queriendo revolverla.  El cronista dice que consideraba a la tierra como a una rival y le  ara\u00f1aba el rostro. Mientras esto pasaba, no se o\u00edan en el triste pante\u00f3n  m\u00e1s rumores que el de los suspiros de Diana y el que produc\u00eda Cel\u00edn  descascarando las casta\u00f1as para com\u00e9rselas. Estaba sentado en el escal\u00f3n  del altar, de espaldas a este, mostrando soberana indiferencia hacia  cuanto le rodeaba.<\/p>\n<p>La inconsolable se levant\u00f3 decidida a abreviar el tiempo que la separaba de la muerte.<\/p>\n<p>-Chiquillo: ahora al r\u00edo -dijo sec\u00e1ndose el de sus l\u00e1grimas; y  salieron por donde hab\u00edan entrado, cruzando junto al dormido campanero,  que toc\u00f3 cuando pasaban. Al encontrarse en la calle, Diana dijo a su  gu\u00eda:<\/p>\n<p>-Cel\u00edn, si te portas bien te dar\u00e9 m\u00e1s, mucho m\u00e1s de lo prometido. No  has de decir a nadie que me has visto, ni que hemos ido al r\u00edo, ni  tienes que meterte en que yo haga esto o lo otro\u00bb. Respondi\u00f3 el chico  que el Alcana estaba un poquito lejos, y gui\u00f3 por torcida calle, en la  cual hab\u00eda una imagen alumbrada por macilento farol. Pasaron por junto  al cuartel de la Santa Hermandad, establecido en el desamortizado  convento del Buen Fin. En la puerta estaba de centinela un cuadrillero  con tricornio y capote. Dejaron atr\u00e1s la Casa de locos y un barrio de  gitanos. Costeando luego la inmensa mole de la Casa de los Jesuitas,  rodeada de sombras, entraron en una plaza enorme con much\u00edsimas horcas,  de las cuales pend\u00edan los ajusticiados de aquel d\u00eda. Eran salteadores de  caminos, periodistas que hab\u00edan hablado mal del Gobierno, un  judaizante, un brujo y un cajero de fondos municipales, autor de varios  chanchullos. Apretaron el paso, y al salir a un lugar m\u00e1s abierto, entre  campo y ciudad, not\u00f3 Diana que la obscuridad menguaba.<\/p>\n<p>-Pero qu\u00e9, \u00bfya viene el d\u00eda? -dijo a su compa\u00f1ero-. Apresur\u00e9monos, hijo, que esto debe concluir antes que amanezca.<\/p>\n<p>Entonces se fij\u00f3 en Cel\u00edn, creyendo advertir que su simp\u00e1tico amigo era menos chico que cuando le tom\u00f3 por gu\u00eda.<\/p>\n<p>-O es que la claridad agranda los objetos, o t\u00fa, Celinillo, has  crecido. Cuando te encontr\u00e9, tu cabeza no me pasaba de la cintura, y  ahora, ahora&#8230; Ac\u00e9rcate. \u00a1Jes\u00fas, que cosa tan rara!&#8230; \u00a1Qu\u00e9 estir\u00f3n has  dado, hijo! Si casi casi me llegas al hombro.<\/p>\n<p>Cel\u00edn se re\u00eda. Como aumentaba la claridad, Diana crey\u00f3 observar en  las pupilas de su gu\u00eda algo penetrante y profundo que no es propio del  mirar de los ni\u00f1os. Eran sus ojos negros y de expresi\u00f3n jovial; pero  cuando se pon\u00edan serios, Diana no pod\u00eda menos de humillar ante ellos su  mirada.<\/p>\n<p>De repente, Cel\u00edn se restreg\u00f3 sus heladas manos, y recurriendo a la  gimnasia para entrar en calor, dio un sin fin de volteretas con agilidad  pasmosa. A pesar del estado de su esp\u00edritu, la ni\u00f1a de Pioz se ech\u00f3 a  re\u00edr. Cel\u00edn se le puso delante, y con picaresco acento le dijo:<\/p>\n<p>-S\u00e9 volar.<\/p>\n<p>Para probarlo agit\u00f3 los brazos y fue de una parte a otra con  incre\u00edble presteza. Diana no pod\u00eda apreciar la raz\u00f3n f\u00edsica de aquel  fen\u00f3meno, y at\u00f3nita contempl\u00f3 las r\u00e1pidas curvas que Cel\u00edn describ\u00eda, ya  rastreando el suelo, ya elev\u00e1ndose hasta mayor altura que las puertas  de las casas; tan pronto se deslizaba por un petril ornado de macetas,  como se dejaba caer de considerable altura, subiendo luego por un poste  telegr\u00e1fico y saltando desde la punta de \u00e9l a un balc\u00f3n pr\u00f3ximo, para  deslizarse hacia el suelo, rozando su cuerpo con un farol.<\/p>\n<p>-No te canses, hijo; ya veo que vuelas -grit\u00f3 la se\u00f1orita corriendo  hacia \u00e9l, porque con aquellos brincos fenomenales, Cel\u00edn se hab\u00eda puesto  a considerable distancia.<\/p>\n<p>Avanzaron m\u00e1s, y hall\u00e1ndose junto a unas tapias rojizas que eran las de los corrales de la Plaza de toros, Cel\u00edn se par\u00f3 y dijo:<\/p>\n<p>-\u00bfOyes, oyes? es el r\u00edo.<\/p>\n<p>-Pero qu\u00e9, \u00bfviene hacia ac\u00e1?<\/p>\n<p>-No; est\u00e1 aqu\u00ed desde ayer. A la vuelta de esta tapia lo veremos.<\/p>\n<p>-Corramos -dijo la se\u00f1orita impaciente-. Esto debe concluir pronto.  Cuidado, hijo, como das cuenta a nadie de lo que me veas hacer.<\/p>\n<p>V<\/p>\n<p>Refi\u00e9rense las incre\u00edbles travesuras de Cel\u00edn, y c\u00f3mo fueron \u00e9l y la inconsolable en seguimiento del r\u00edo Alcana<\/p>\n<p>Y corrieron tanto, que Diana, fatigada, se detuvo junto a un grueso  pilar de siller\u00eda. Hall\u00e1banse bajo el viaducto del ferrocarril, y  pronto, a la luz del naciente d\u00eda, vieron la fila de pilares y encima el  inmenso tubo de hierro por donde el tren pasaba. Diana no pod\u00eda  respirar y tuvo que sentarse; Cel\u00edn permaneci\u00f3 en pie. Oyose un ruido  lejano y sordo que crec\u00eda a cada instante. Era el tren que se aproximaba  silbando, y embest\u00eda el viaducto como un toro. Oyeron sus pisadas y el  rumor de su resuello. Cuando penetr\u00f3 en la inmensa viga met\u00e1lica,  parec\u00eda que el mundo se ven\u00eda abajo.<\/p>\n<p>-Esto me da miedo, Cel\u00edn -dijo la se\u00f1orita apart\u00e1ndose sobresaltada-. \u00a1Si esto se cae y nos coge debajo&#8230;!<\/p>\n<p>Y luego que el tren pas\u00f3, hablaron un instante de cosas completamente  extra\u00f1as al motivo de aquella insensata correr\u00eda de la marquesita de  Pioz.<\/p>\n<p>-Este es el tren de recreo -dijo Cel\u00edn recost\u00e1ndose junto a ella-.  Dentro de media hora viene otro, y despu\u00e9s otro, y el correo y el  expreso. Mucha gente, much\u00edsima, con billete de ida y vuelta, para ver  el auto de fe de ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>-S\u00ed, he o\u00eddo que s\u00f3lo de la parte de Utop\u00eda vendr\u00e1n m\u00e1s de ocho mil  personas; todo para ver un auto, y los Toros que habr\u00e1 despu\u00e9s. Por  bonito que sea un auto, no comprendo que se agolpe tanta gente para  presenciarlo.<\/p>\n<p>-En el de esta tarde achicharrar\u00e1n sesenta, entre jud\u00edos, blasfemos,  sargentos y falsificadores. Y como tambi\u00e9n hay toros y cuca\u00f1as, m\u00fasica  por las calles, discursos y carreras de tortugas, viene gente y m\u00e1s  gente.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 tristeza me dan la animaci\u00f3n y la alegr\u00eda de Turris! La suerte  m\u00eda es que no vivir\u00e9 esta tarde, y as\u00ed me libro del suplicio de la  felicidad ajena. T\u00fa eres un ni\u00f1o y no comprendes esto; t\u00fa, inocente y  travieso Cel\u00edn, gozas viendo el tropel de la gente bulliciosa que se  agolpa ante las hogueras, y quiz\u00e1, quiz\u00e1, lo digo sin ofenderte, vives  de los descuidos de la multitud, aligerando bolsillos y distrayendo  alg\u00fan pa\u00f1uelo o tal vez cosa de m\u00e1s peso. Por eso te gusta el gent\u00edo, y  que los trenes de Utop\u00eda y Trebisonda arrojen a millares los forasteros  sobre las calles de Turris&#8230; Pero estamos aqu\u00ed descuidados como dos  tontos. Vamos, vamos pronto al r\u00edo, y c\u00famplase mi destino.<\/p>\n<p>Ya era d\u00eda claro. Ligera niebla posaba sobre la tierra, y los  t\u00e9rminos lejanos no se distingu\u00edan bien. Corr\u00eda un fresquecillo tenue,  por lo que Diana, envolvi\u00e9ndose en su manto, aviv\u00f3 el paso. Cel\u00edn hab\u00eda  perdido toda idea de formalidad, y su ratonil inquietud aturd\u00eda a la  se\u00f1orita. Cuando pasaba un p\u00e1jaro, saltaba tras \u00e9l, y superando en  rapidez al ave misma, la cog\u00eda, y mostr\u00e1ndola a la se\u00f1orita la soltaba  al instante. Lo mismo hac\u00eda con las mariposas y con insectos peque\u00f1itos  casi inaccesible a la mirada humana. Diana no hab\u00eda visto nunca cazar de  aquella manera. Atravesaron un prado, en el cual se destacaban algunos  olmos que a\u00fan no hab\u00edan perdido la hoja, pero la ten\u00edan amarilla. A los  reflejos del sol entre la neblina, parec\u00edan \u00e1rboles vestidos de  leng\u00fcetas de oro. De un brinco se subi\u00f3 Cel\u00edn al tronco del mayor de  ellos y trep\u00f3 maravillosamente hasta la rama \u00faltima. Diana le miraba  asustada.<\/p>\n<p>-Te vas a matar.<\/p>\n<p>Cay\u00f3 de golpe, y la se\u00f1orita, creyendo que se hab\u00eda estrellado, lanz\u00f3  un grito de terror. Cel\u00edn se le plant\u00f3 delante tan risue\u00f1o como  siempre, dici\u00e9ndole:<\/p>\n<p>-Todav\u00eda s\u00e9 caer de mucho m\u00e1s alto, pero de mucho m\u00e1s.<\/p>\n<p>Dianita le puso la mano sobre la cabeza, mir\u00e1ndole tan sorprendida como antes.<\/p>\n<p>-Cel\u00edn, me parece que t\u00fa has crecido m\u00e1s. \u00bfQu\u00e9 es esto?<\/p>\n<p>El muy pillo se re\u00eda, y con sus pies desnudos aplastaba las ramitas secas y los espinos, sin hacerse da\u00f1o.<\/p>\n<p>-Pero qu\u00e9, \u00bftus pies son de bronce? \u00bfC\u00f3mo no te clavas esas tremendas  p\u00faas&#8230;? Y otra cosa noto en ti. \u00bfD\u00f3nde pusiste la gorra? La has  perdido, brib\u00f3n. D\u00ed una cosa. \u00bfNo ten\u00edas t\u00fa, cuando te encontr\u00e9, unos  greg\u00fcescos en mal uso? \u00bfC\u00f3mo es que tienes ahora ese corto faldell\u00edn  blanco con franja de picos rojos, que te asemeja a las pinturas  pompeyanas que hay en el vest\u00edbulo de mi casa y a las figuras pintadas  en los vasos del Museo? \u00bfNo ten\u00edas t\u00fa un juboncete con m\u00e1s agujeros que  puntadas? \u00bfD\u00f3nde est\u00e1? Ahora te veo una tuniquilla flotante que apenas  te tapa. \u00a1Qu\u00e9 brazos tienes tan fuertes! \u00a1qu\u00e9 musculatura! Vas a ser un  buen mozo.<\/p>\n<p>Por entre aquellos cendales ve\u00eda la joven el bien contorneado pecho  del adolescente, de color rosa tostado, signo de la m\u00e1s vigorosa salud.  La cabeza de Cel\u00edn era de una hermosura ideal: la tez morena, por la  acci\u00f3n constante del sol; los ojos expresivos, grandes y luminosos; la  boca siempre risue\u00f1a; la dentadura blanca como la leche y fuerte como el  hierro, pues Cel\u00edn pon\u00eda entre ella un mediano palo, y lo part\u00eda como  si fuera una pajita.<\/p>\n<p>No satisfizo el gracioso chico las dudas de la dama, y la gui\u00f3 por  vereda guarnecida de matorrales, hasta que llegaron a divisar el Alcana.  Abarc\u00f3 ella de una ojeada toda la anchura del voluble r\u00edo, de orilla a  orilla, sereno y murmurante. Eran tan claras las aguas, que se ve\u00edan  perfectamente las piedras del fondo, pececillos de varios colores,  cangrejos, algas y zo\u00f3fitos.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 poco fondo tiene! -murmur\u00f3 Diana, llegando hasta tocar con sus  pies la corriente-. Aqu\u00ed no podr\u00eda ahogarme. Vamos Cel\u00edn, pareces tonto.  Ll\u00e9vame adonde el r\u00edo sea muy profundo. \u00bfNo sabes que quiero morir, que  necesito matarme prontito, y que no es cosa de estar dando pataletas en  el agua, y salv\u00e1ndose una cuando menos gana tiene de ello?&#8230;<\/p>\n<p>Cel\u00edn gui\u00f3 hacia otra parte, tomando por entre bre\u00f1as y \u00e1speras  rocas. El camino era penoso, y la inconsolable se fatig\u00f3 sobremanera.<\/p>\n<p>-\u00bfTienes hambre? -le dijo Cel\u00edn de pronto, deteni\u00e9ndose.<\/p>\n<p>-Francamente, estoy desfallecida. Pero \u00bfqu\u00e9 importa?&#8230; \u00a1para lo que me queda de vivir! Adelante, hijo.<\/p>\n<p>-Es que yo no me he desayunado.<\/p>\n<p>-Pues est\u00e1s fresco. No pretender\u00e1s que encontremos por aqu\u00ed un restaurant.<\/p>\n<p>-Pero encontraremos moras de zarza.<\/p>\n<p>Sin decir m\u00e1s, trep\u00f3 por una pe\u00f1a en la cual se enredaba zarza corpulent\u00edsima, y desde arriba empez\u00f3 a dar gritos:<\/p>\n<p>-\u00a1Hay michas y qu\u00e9 ricas! \u00bfQuieres? Pon el manto, para recoger lo que yo tire.<\/p>\n<p>La se\u00f1orita no quiso hacerse de rogar, y conforme iban cayendo moras  en el manto, se las iba comiendo, y en verdad que le sab\u00edan a gloria.  Eran dulces como la miel. Cel\u00edn baj\u00f3 con tanta presteza como hab\u00eda  subido, y conduciendo a su compa\u00f1era por angosta encallada, le dijo:<\/p>\n<p>-\u00bfQuieres probar ahora la fruta del \u00e1rbol del caf\u00e9 con leche?<\/p>\n<p>-Chiquillo, \u00bfqu\u00e9 disparates est\u00e1s diciendo ah\u00ed?<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 tonta! \u00a1y no lo cree! Ver\u00e1s&#8230; Nosotros los pilletes, que  vivimos como los p\u00e1jaros, de lo que Dios nos da, tenemos en estos  salvajes montes nuestras despensas. Aqu\u00ed est\u00e1 el \u00e1rbol del caf\u00e9 con  leche, que t\u00fa no conoces, ni los turriotas tampoco. S\u00ed, para ellos  estaba. Miralo all\u00e1. Lo trajo el Alcana de una tierra muy distante, y  ah\u00ed lo dej\u00f3 cuando se fue de aqu\u00ed. Da unas bellotas ricas, pero muy  ricas.<\/p>\n<p>Era un \u00e1rbol bastante parecido al roble. Cel\u00edn trep\u00f3 a sus ramas, y  pronto empezaron a caer bellotas sobre el manto de la marquesita de  Pioz. \u00a1Vaya si eran buenas! y su sabor lo mismito que el del caf\u00e9 con  leche.<\/p>\n<p>-\u00a1Vamos, Cel\u00edn, que eres t\u00fa de lo m\u00e1s c\u00e9lebre&#8230;! \u00bfY este \u00e1rbol no lo  conoce nadie m\u00e1s que t\u00fa? \u00a1Ay! si mi pap\u00e1 tuviera noticia de esta encina  cafetera, ya habr\u00eda armado un esc\u00e1ndalo en el Senado para que el  Gobierno ordenara la propagaci\u00f3n de un vegetal tan \u00fatil. De veras que  esta fruta es de lo m\u00e1s rico que se conoce. Baja, baja ya, y no eches  m\u00e1s, que otros infelices habr\u00e1 que lo aprovechen.<\/p>\n<p>Cel\u00edn baj\u00f3, trayendo raci\u00f3n bastante para almorzar en toda regla.  D\u00edjole Dianita que abreviase la marcha, y siguieron ambos saltando por  entre bre\u00f1as y matorrales, \u00e9l d\u00e1ndole la mano en los pasos dif\u00edciles, y  ella recogiendo sus faldas en los sitios intrincados y espinosos. La  confianza se iba estableciendo entre ambos, hasta el punto de que Cel\u00edn,  olvidando la humildad de su condici\u00f3n ante la ilustre descendiente de  los Pioces, se permit\u00eda decirle:<\/p>\n<p>-Chica, pareces boba; a todo tienes miedo. Dame la mano y salta sin reparo.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 un aldeano conduciendo dos vacas, y dio con agrado los buenos  d\u00edas a los vagabundos sin sorprenderse de su extra\u00f1a catadura. Una mujer  que pasaba con un c\u00e1ntaro de agua les interpel\u00f3 de este modo:<\/p>\n<p>-Eh, chicos, que os perd\u00e9is. Por ah\u00ed no hay salida. \u00a1Y c\u00f3mo brinca la moza!<\/p>\n<p>Diana sent\u00eda simpat\u00eda misteriosa hacia su compa\u00f1ero.<\/p>\n<p>Oye, tont\u00edn: no me has dicho qui\u00e9nes son tus padres.<\/p>\n<p>-Mis padres no est\u00e1n aqu\u00ed -replic\u00f3 \u00e9l sin mirarla.<\/p>\n<p>-\u00bfPues d\u00f3nde?<\/p>\n<p>-En ninguna parte del mundo.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! eres hu\u00e9rfano. No tienes a nadie. Ya me explico que est\u00e9s tan mal de ropa. \u00bfY hermanos no tienes tampoco?<\/p>\n<p>-Tampoco. Soy solo.<\/p>\n<p>-\u00a1Solo! (la se\u00f1orita sinti\u00f3 que su resoluci\u00f3n la apretase tanto, pues  de lo contrario recomendar\u00eda a Cel\u00edn a su pap\u00e1 para que lo protegiese).  T\u00fa eres un salvaje, pero eres listo y&#8230; simp\u00e1tico. Si yo pudiera  volverme atr\u00e1s, te proteger\u00eda; pero no puedo, no hay que hablar de  eso&#8230; Par\u00e9ceme que hemos llegado a un sitio muy a prop\u00f3sito. Subamos a  esta pe\u00f1a que est\u00e1 sobre el r\u00edo. \u00a1Virgen del Carmen, qu\u00e9 hondo es aqu\u00ed,  qu\u00e9 hondo!<\/p>\n<p>-Muy hondo, s\u00ed -afirm\u00f3 el muchacho, inclinando el cuerpo sobre la corriente.<\/p>\n<p>-Bueno, pues queda elegido definitivamente este sitio -dijo la  inconsolable quit\u00e1ndose el manto-. Cel\u00edn, debo ser expl\u00edcita contigo. Ha  salido de mi casa con la inquebrantable resoluci\u00f3n de matarme, porque  he tenido un disgusto, pero un disgusto muy gordo. No vayas a creerte  que es cualquier ni\u00f1er\u00eda. De modo que ahora, t\u00fa te pones all\u00ed,  apartadito, y dices: \u00abuna, dos, tres\u00bb, y al decir tres y dar la palmada,  yo me tiro, y adi\u00f3s miserable vida humana. Pero cuidado como te entra  l\u00e1stima de m\u00ed y te tiras detr\u00e1s a sacarme&#8230; que t\u00fa eres muy pillo y te  creo capaz de hacer cualquier tonter\u00eda. Si lo haces, perderemos las  amistades&#8230; \u00a1Ah! te dejo mi escarcela con todo el dinero que traigo,  para que te compres botas y te vistas como las personas decentes. Otra  cosa tengo que encargarte, y es que no se te pase por la cabeza ir a  Turris con el cuento de que me he tirado al agua. T\u00fa te callas, y cuando  salga mi cuerpo por ah\u00ed, lo sabr\u00e1n. Conque \u00bfestamos? \u00bfTe has enterado  bien? Ahora, aseg\u00farame que es bastante hondo el r\u00edo por esta parte; no  vaya a resultar que hay poca agua, y todo se reduce una zambullida y a  una mojadura que me constipar\u00e1 sin poderme ahogar.<\/p>\n<p>-Pues como hondura, no hay nada que pedir -declar\u00f3 Cel\u00edn dent\u00e1ndose  tranquilamente-. Aqu\u00ed hab\u00eda unas grandes canteras de donde se sac\u00f3 mucho  m\u00e1rmol, todo el m\u00e1rmol del coro de la catedral. Cuando viene el r\u00edo y  llena estas c\u00e1maras sin fin, los peces tienen ah\u00ed una condenada  rep\u00fablica, y no bajan de cien mil millones de docenas los que hay.  Cuando una persona se echa a nadar aqu\u00ed, o cuando alg\u00fan pastor de cabras  se cae, se lo meriendan los peces en un abrir y cerrar de ojos, y al  minuto de ca\u00eddo no queda de \u00e9l ni una hebra de carne, ni una migaja as\u00ed  de hueso, ni nada.<\/p>\n<p>-\u00a1Ave Mar\u00eda pur\u00edsima, qu\u00e9 miedo! -exclam\u00f3 la se\u00f1orita llev\u00e1ndose las  manos a la cabeza-. Francamente, yo quiero morir, puedes cre\u00e9rmelo; pero  eso de que me coman los peces antes de ahogarme, no me hace maldita  gracia. Afortunadamente habr\u00e1 m\u00e1s abajo un lugar hondo donde una pueda  acabar tranquilamente. Ll\u00e9vame, y te proh\u00edbo que digas palabra alguna  con el fin de quitarme esta idea de la cabeza. T\u00fa eres un ni\u00f1o y no  entiendes de esto. Feliz t\u00fa que no conoces la infinita tristeza de la  viudez del alma.<\/p>\n<p>VI<\/p>\n<p>Prosiguen los retozos juveniles por charcos, praderas y vericuetos<\/p>\n<p>Cuando se pusieron de nuevo en camino, Diana repar\u00f3 que Cel\u00edn ten\u00eda  ligero bozo sobre el labio superior, vello fin\u00edsimo que aumentaba la  gracia y donosura de su rostro adolescente, tirando a varonil. Como  observara al propio tiempo que la voz de su gu\u00eda hab\u00eda mudado, la joven  sinti\u00f3 cierto estupor.<\/p>\n<p>-Cel\u00edn, t\u00fa has crecido. No me lo niegues -dijo con sobresalto-. \u00bfQu\u00e9  virtud tienes en ti para crecer por horas? Muchas maravillas he visto,  pero ninguna como esta. No te achiques, no te achiques. Ya me das por  encima del hombro&#8230; Si eres casi tan alto como yo&#8230; \u00bfQu\u00e9 es esto?<\/p>\n<p>-Yo soy as\u00ed -replic\u00f3 Cel\u00edn con gravedad humor\u00edstica-. Crezco de d\u00eda y menguo por la noche.<\/p>\n<p>Y tambi\u00e9n not\u00f3 Diana que el mancebo hab\u00eda adquirido cierto aplomo en  sus modales y andadura, aunque su agilidad y ligereza eran las mismas.  Tomaron por una vereda, y entraron en terreno fangoso salpicado de  piedras. La ni\u00f1a de Pioz saltaba de una en otra procurando evitar el  mojarse los pies. Llegaron por fin a un charco, que comunicaba sus aguas  con las del Alcana, y all\u00ed s\u00ed que no era posible pasar sin ponerse los  zapatos perdidos. Cel\u00edn no le dio tiempo a pensarlo, y sin decir nada  intent\u00f3 llevarla a cuestas.<\/p>\n<p>-Quita ah\u00ed -dijo ella-. \u00bfC\u00f3mo vas a poder conmigo? No seas bruto. Busquemos otro camino.<\/p>\n<p>Pero Cel\u00edn no hizo caso, y quieras que no, la levant\u00f3 en brazos como si fuera una pluma.<\/p>\n<p>-Vaya, hijo, que tienes una fuerza&#8230; No lo cre\u00ed. Ni siquiera te fatigas. Cuidado que yo peso&#8230;<\/p>\n<p>-Te llevar\u00eda de esta manera hasta la noche, sin cansarme -afirm\u00f3 \u00e9l-. Pesas menos que una ca\u00f1a para m\u00ed.<\/p>\n<p>Diana se sent\u00eda en los brazos de su acompa\u00f1ante como en un aro de  hierro. De este modo anduvo el muchacho con su preciosa carga una buena  pieza, meti\u00e9ndose en el agua hasta las rodillas; y Diana se ve\u00eda  acometida de fuertes ganas de re\u00edr cuando las desigualdades del suelo  del arroyo obligaban a Cel\u00edn a hundirse, elevando los brazos para que ni  los pies ni el borde del manto de la se\u00f1orita se mojaran. Al dejarla en  tierra, no se conoc\u00eda en la respiraci\u00f3n del misterioso chico la m\u00e1s  leve fatiga.<\/p>\n<p>-Vaya que eres fuerte -dijo ella dando un suspiro-. Si yo viviera,  que no vivir\u00e9, y te recomendara a mi pap\u00e1, podr\u00edas ser nuestro  palafrenero, y se te pondr\u00eda una librea con la cual estar\u00edas muy majo.<\/p>\n<p>Cel\u00edn, sin hacer caso de lo que la se\u00f1orita dec\u00eda, empez\u00f3 a coger  piedras y a tirarlas con presteza y empuje incre\u00edbles en direcci\u00f3n al  r\u00edo. Su brazo era como inflexible honda, y las piedras sal\u00edan silbando, a  manera de balas, perdi\u00e9ndose de vista.<\/p>\n<p>-Pero \u00bfqu\u00e9 haces, chiquillo? \u00bfApedreas el r\u00edo? Mira que se enfadar\u00e1.<\/p>\n<p>O\u00edase un lejano murmullo del agua, y en el mismo instante empezaron a caer gotas.<\/p>\n<p>-Llueve, Cel\u00edn, \u00bfd\u00f3nde nos metemos? -dijo la damita ech\u00e1ndose el  manto por la cabeza. Pero el otro, por toda respuesta, torn\u00f3 a cogerla  en brazos y entr\u00f3 con ella en una gruta. Desde all\u00ed vieron que el r\u00edo se  alborotaba, encrespando sus aguas. Cel\u00edn volvi\u00f3 a tirar piedras, y lo  que m\u00e1s pasmaba a Diana fue verle coger cantos enormes y dispararlos  cual si fueran los tejuelos con que se juega a la rayuela. Cuando  aquellos pedruscos ca\u00edan en la undosa corriente, o\u00edase un mugido  profundo exhalado por las aguas, y adem\u00e1s un rumor dulce y misterioso  como sonido de arpas distantes.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 es esto, Celinito?&#8230; \u00a1Ah! me parece que el r\u00edo se va. S\u00ed, las  aguas merman, \u00a1pero c\u00f3mo! El cauce se queda seco&#8230; Mira, mira&#8230; Las  aguas corren hacia arriba y las olas se atropellan. Pero t\u00fa, \u00bfpor qu\u00e9  tiras piedras? \u00a1Qu\u00e9 malo eres! Ya ves, lo has espantado, y ahora nos  quedaremos sin r\u00edo. Y emprenda usted ahora otra caminata para ir a  buscarle. \u00a1Pero qu\u00e9 cosas tienes! \u00bfCrees que estoy yo para perder el  tiempo de esta manera?<\/p>\n<p>El r\u00edo se desecaba r\u00e1pidamente, mejor dicho, se retiraba inquieto y  murmurante a otras regiones. Al llegar a este punto, dice muy serio  Gaspar D\u00edez de Turris que aquel enojo de la se\u00f1orita por la desaparici\u00f3n  del Alcana era m\u00e1s bien estratagema de su amor propio que sentimiento  sincero y veraz, y que para suponerlo as\u00ed se apoya en documentos  irrecusables encontrados en el archivo de la casa de Pioz. Despu\u00e9s  cuenta que como continuase lloviendo, el travieso Cel\u00edn sali\u00f3 de la  cueva y empez\u00f3 a arrojar piedras contra el cielo. Era cosa de ver c\u00f3mo  los proyectiles her\u00edan las nubes, perdi\u00e9ndose en ellas.<\/p>\n<p>-\u00a1Oh! chico, \u00bftambi\u00e9n tiras al cielo? -le dijo Diana asustad\u00edsima-. Eso es pecado. Al cielo no, al cielo no.<\/p>\n<p>Y entonces se verific\u00f3 el m\u00e1s grande prodigio de aquella prodigiosa  jornada, a saber, que las nubes, heridas por las piedras, corrieron  presurosas, y pronto se despej\u00f3 el firmamento. Diana miraba las nubes  empuj\u00e1ndose unas a otras, como las reses de un reba\u00f1o a quienes el  p\u00e1nico hace correr a la desbandada. El sol inund\u00f3 entonces con sus rayos  picantes toda la comarca, y cielo y tierra sonrieron. La joven y Cel\u00edn  pudieron andar por lo que un rato antes era lecho del r\u00edo, sorteando los  charcos; que hab\u00edan quedado aqu\u00ed y all\u00ed. Como el sol picaba bastante, a  Diana le daba calor el manto y se lo quit\u00f3, entreg\u00e1ndolo a Cel\u00edn para  que se lo llevase. Y cuando se vio libre de aquel estorbo, sinti\u00f3  infantil deseo de saltar y agitarse. La risa le retozaba en los labios.  Sus ideas hab\u00edan variado, determin\u00e1ndose en ella algo que lo mismo  podr\u00eda ser consuelo que olvido. Lo pasado se alojaba, lo presente  adquir\u00eda a sus ojos formas placenteras, y hab\u00eda perdido la noci\u00f3n del  tiempo transcurrido y del momento u ocasi\u00f3n en que lo presente suced\u00eda.  Despu\u00e9s de dar muchos brincos de pe\u00f1a en pe\u00f1a, apoyada en la firme mano  de su gu\u00eda, le entr\u00f3 a la ni\u00f1a un caprichoso anhelo de descalzarse para  meter los pies en el agua. Ni ella misma pod\u00eda decir en qu\u00e9 punto y hora  lo hizo; pero ello es que zapatos y medias desaparecieron, y Dianita  gozaba extraordinariamente agitando con su blanco y lind\u00edsimo pie el  agitando con su blanco y lind\u00edsimo pie el agua de los charcos, en alguno  de los cuales hab\u00eda pececillos de todos colores, abandonados por sus  padres, crust\u00e1ceos y caracoles mon\u00edsimos. Las arenas de oro se mezclaban  con el limo blando y verde, y en algunos sitios brillaban al sol como  polvo luminoso. Tambi\u00e9n vieron y admiraron ejemplares peregrinos de la  flora acu\u00e1tica.<\/p>\n<p>Todo era motivo de algazara y risa para la saltona y vivaracha  se\u00f1orita de Pioz, que de cuando en cuando se acordaba de su prop\u00f3sito de  matarse, como de un sue\u00f1o, y su orgullo rezongaba entonces como una  fiera que se ladea durmiendo, y dec\u00eda:<\/p>\n<p>-S\u00ed, me matar\u00e9. Quedamos en que me matar\u00eda, y no me vuelvo atr\u00e1s. Pero hay tiempo para todo.<\/p>\n<p>Llegaron de esta manera a la otra orilla del vac\u00edo cauce, y para  subir a la ribera, Cel\u00edn se agarr\u00f3 a la rama de un sauce, y cogiendo a  la se\u00f1orita con un solo brazo, la suspendi\u00f3 en el aire y trep\u00f3 con ella  hasta ponerla sobre el verde ribazo. De all\u00ed pasaron a un campo  hermos\u00edsimo, cubierto de menudo c\u00e9sped y salpicado de olorosas hierbas.  Bandadas de mariposas volaban trazando graciosas curvas en el aire.  Cel\u00edn las cog\u00eda a pu\u00f1ados y las volv\u00eda a soltar soplando tras ellas para  que volasen m\u00e1s aprisa. La agilidad del gallardo mancebo, la misma de  antes, aunque su cuerpo era mucho mayor. Diana no cesaba de admirar la  elegancia de sus movimientos varoniles y las airosas l\u00edneas de aquel  cuerpo, en el cual la poca ropa, rayana en desnudez, no exclu\u00eda la  decencia. La marquesita hab\u00eda visto algo semejante en el Museo de  Turris, y Cel\u00edn le inspiraba la admiraci\u00f3n pura y casta de las obras  maestras del Arte.<\/p>\n<p>De repente \u00a1ay! salt\u00f3 una liebre, y m\u00e1s pronto que la vista brinc\u00f3  Cel\u00edn tras ella, la agarr\u00f3 por una pata, y suspendi\u00e9ndola en el aire  para mostrarla a su amiga, le aplic\u00f3 en el hocico ligera bofetada y la  solt\u00f3. Diana palmoteaba vi\u00e9ndola correr precipitada y temerosa. No  recordaba la joven haber respirado nunca un aire tan bals\u00e1mico y puro,  tan grato a los pulmones, tan estimulante de la vida y de la alegr\u00eda y  paz del esp\u00edritu. De repente not\u00f3 incre\u00edble novedad en su atav\u00edo.  Recordaba haberse quitado botas y medias; pero su chaquetilla de  terciopelo con pieles, \u00bfcu\u00e1ndo se la hab\u00eda quitado? \u00bfd\u00f3nde estaba?<\/p>\n<p>-Cel\u00edn, \u00bfqu\u00e9 has hecho de mi manto?<\/p>\n<p>La se\u00f1orita se vio el cuerpo ce\u00f1ido con jub\u00f3n ligero, los brazos al  aire, la garganta idem per idem. Lo m\u00e1s particular era que no sent\u00eda  fr\u00edo. Su falda se hab\u00eda acortado.<\/p>\n<p>-Mira, hijo, mira: estoy como las pastoras pintadas en los abanicos.  \u00a1Es gracioso! \u00bfY c\u00f3mo me he puesto as\u00ed? La verdad es que no comprendo  c\u00f3mo usa botas la gente ilustrada. \u00a1Qu\u00e9 tonta es la gente ilustrada,  Cel\u00edn! \u00a1Cu\u00e1n agradable es posar el pie sobre la hierba fresca! Y all\u00e1,  en Turris, usamos tanto faral\u00e1 in\u00fatil, tanto trapo que sofoca, adem\u00e1s de  desfigurar el cuerpo. Avisa cuando veas una fuente para mirarme en  ella. Quiero ver c\u00f3mo estoy as\u00ed, aunque desde luego se me figura que  estar\u00e9 bien, mejor que con las disparatadas invenciones de las modistas  de Turris.<\/p>\n<p>Dicho esto, se lanz\u00f3 en alegre carrerita tras de Cel\u00edn, quien corr\u00eda  como el viento. \u00a1Qu\u00e9 le hab\u00eda de alcanzar! Pero \u00e9l, cuando la ve\u00eda  fatigada, se dejaba coger, y enlazados de las manos prosegu\u00edan su  camino. Lo m\u00e1s particular era que Dianita sent\u00eda su coraz\u00f3n lleno de  inocencia, y no le pas\u00f3 por la cabeza que era inconveniente mostrar  parte de su bella pierna a los ojos de su amigo. El recato se conservaba  entero o inmaculado en medio de aquellos retozos inocentes, antes  condenados por la civilizaci\u00f3n que por la Naturaleza. Cel\u00edn arranc\u00f3 de  un matorral dos o tres ca\u00f1itas, y poni\u00e9ndoselas en la boca, empez\u00f3 a  tocar una m\u00fasica tan linda, pero tan linda y animada, que a Diana le  entraron ganas de bailar, y antes de que las ganas se trocaran en vivo  deseo, los pies bailaron solos. Y la danza aquella se compuso, seg\u00fan  afirma el cronista, de los vaivenes m\u00e1s gallardos que podr\u00eda idear la  honestidad.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s del baile, dijo Cel\u00edn:<\/p>\n<p>-Tengo hambre. \u00bfY t\u00fa?<\/p>\n<p>-Yo, tal cual. Pero \u00bfd\u00f3nde encontraremos aqu\u00ed qu\u00e9 comer? Por aqu\u00ed no hay nada.<\/p>\n<p>-\u00bfQue no? Ver\u00e1s. Cerca de aqu\u00ed debe estar el \u00e1rbol de los pollos asados.<\/p>\n<p>Diana solt\u00f3 una carcajada.<\/p>\n<p>-\u00bfTe r\u00edes? \u00a1Qu\u00e9 tonta! Es una planta parecida a la que da los  melones. La trajo tambi\u00e9n el Alcana, y la dej\u00f3 aqu\u00ed. Yo s\u00f3lo la he  descubierto, y no lo digo a nadie, porque vendr\u00edan los hosteleros de  Turris y se llevar\u00edan toda la fruta.<\/p>\n<p>Y meti\u00e9ndose por entre el espeso ramaje, volvi\u00f3 al instante con uno  al parecer mel\u00f3n. Partiolo sin trabajo. Dentro ten\u00eda una pulpa  blanquecina, que Diana extrajo con los dedos para probarla. \u00a1Caso m\u00e1s  raro! Era lo mismo que pechuga de pollo fiambre. \u00a1Qu\u00e9 cosa tan rica!  Ambos comieron y se hartaron, bebiendo despu\u00e9s agua cristalina en una  fuente pr\u00f3xima. La se\u00f1orita daba de beber a Cel\u00edn en el hueco de su  mano, como es uso y costumbre de los idilios inocentes.<\/p>\n<p>VII<\/p>\n<p>Donde se narra lo que ver\u00e1 el que leyere, y el que no, no<\/p>\n<p>Atravesaron una carretera muy bien cuidada por donde iba mucha gente  en direcci\u00f3n a Turris: aldeanos con sus hatos a la espalda, gente  acomodada, en carricoches o en borriquillos, mendigos de ambos sexos.  Unos saludaban a la gentil pareja, otros no. Pero todos la miraban sin  asombro, se\u00f1al de que nada encontraban en ella digno de atenci\u00f3n o  comentario. Todo aquel gent\u00edo iba a gozar las fiestas de la ciudad, y  pasaban tambi\u00e9n diligencias atestadas de viajeros alegres que cantaban y  re\u00edan; el tren silbaba a lo lejos. En las primeras casas de una aldea  pr\u00f3xima vieron enormes carteles fijados por las empresas de  ferrocarriles. Cel\u00edn y Diana se pararon a leerlos, ella apoyada en el  hombro del mancebo, \u00e9l marcando las letras con una ramita que en la mano  llevaba. Dec\u00edan as\u00ed: \u00abEspl\u00e9ndidos Autos de fe en Turris, los d\u00edas 2 y 5  brumario. Sesenta v\u00edctimas a la parrilla. Toros el 3, de la ganader\u00eda  de Polvoranca. Congreso de la Sociedad de la Continencia. Juegos  Florales. Torneo. Velada con Manifiesto en el Ateneo. Regatas.  Iluminaci\u00f3n y Tinieblas. Gran Rosario de la Aurora, con antorchas, por  las principales calles, etc., etc.\u00bb.<\/p>\n<p>La lectura del cartel, despertando en la mente de la ni\u00f1a de Pioz  algunas de las ideas dormidas, produjo en ella cierta perplejidad.  Parec\u00eda que la realidad del pasado la reclamaba, disputando su alma a la  sugesti\u00f3n de aquel an\u00f3malo estado presente. Pero esto no fue m\u00e1s que  una vacilaci\u00f3n moment\u00e1nea, algo como un resplandor prontamente  extinguido, o m\u00e1s bien como el sentimiento fugaz de una vida anterior  que relampaguea en nosotros en ciertas ocasiones. El olvido recobr\u00f3  pronto su imperio de tal modo, que Diana no se acordaba de haber usado  nunca zapatos.<\/p>\n<p>Dejando la carretera y la aldea, penetraron en un bosque, y por all\u00ed  tambi\u00e9n encontraron aldeanas y pastores que les saludaban con esa  cordialidad candorosa de la gente campesina. Las vacas mug\u00edan al verles  pasar, alargando el hocico h\u00famedo y mir\u00e1ndoles con familiar cari\u00f1o. Las  ovejas se enracimaban en torno a ellos no permiti\u00e9ndoles andar, y los  pajarillos se arremolinaban sobre sus cabezas girando y piando sin  tregua. Pero lo que m\u00e1s saca de quicio al cronista, haci\u00e9ndole  prorrumpir en exclamaciones de admiraci\u00f3n, fue que un cerdito chico de  pelo blanco y rosada piel vino corriendo a pon\u00e9rseles delante, en dos  patas; hizo con el hocico y las patas delanteras unas monadas muy  graciosas, y despu\u00e9s march\u00f3 delante de ellos par\u00e1ndose a cada instante a  repetir sus gracias.<\/p>\n<p>Diana sent\u00eda una alegr\u00eda loca. A veces corr\u00eda tras de Cel\u00edn hasta  fatigarse, a veces se sentaban ambos sobre la hierba junto a un arroyo, a  ver correr el agua. Pasaba el tiempo. La tarde ca\u00eda lentamente; por fin  Diana se sinti\u00f3 fatigada, y los p\u00e1rpados se le cerraban con dulce  sopor. Cel\u00edn la cogi\u00f3 en brazos y subi\u00f3 con ella a un \u00e1rbol. \u00a1Pero que  \u00e1rbol tan grande! Blandamente adormecida, Diana experiment\u00f3 la sensaci\u00f3n  extra\u00f1a de que los brazos de Cel\u00edn eran como alas de suav\u00edsimas plumas.  Sin duda su compa\u00f1ero ten\u00eda otros brazos para trepar por el \u00e1rbol, pues  si no, no pod\u00eda explicarse aquel subir r\u00e1pido y seguro. Respecto al  tiempo, a Diana le parec\u00eda que la ascensi\u00f3n duraba horas, horas,  horas&#8230; Sent\u00eda calor dulce y un bienestar inefable. Por fin parec\u00eda que  llegaban a una rama que deb\u00eda de estar a enorme distancia del suelo, a  una altura cien veces mayor que las m\u00e1s elevadas torres. Con sus ojos  entreabiertos y dormilones, pudo apreciar Diana que aquello era como un  gran nido. Un hueco en el ramaje, el piso muy s\u00f3lido, las paredes de  apretado y tibio follaje. El cielo no se ve\u00eda por ning\u00fan resquicio. Todo  era hojas, hojas y un techo de pimpollos, apretados y olientes. Cel\u00edn  no la soltaba de sus brazos, alas o lo que fueran, y cuando los ojos de  la inconsolable se cerraron, sus o\u00eddos conservaron por bastante tiempo  un rumor de arrullo como el de las palomas.<\/p>\n<p>Durmiose profundamente y, cosa inaudita, el sue\u00f1o le llev\u00f3 a la  olvidada realidad de la vida anterior. D\u00edez de Turris dice que en este  pasaje no responde de la seguridad de su cerebro para la ideaci\u00f3n, ni  que funcionaran regularmente los nervios que transmiten la idea a los  aparatos destinados a expresarla; \u00a1tan extra\u00f1o es lo que refiere! So\u00f1\u00f3,  pues, la dama que estaba con dos o tres amiguitas suyas en la tribuna  del Senado, oyendo a su pap\u00e1 pronunciar un gran discurso en apoyo de la  proposici\u00f3n para el encauzamiento y disciplina del r\u00edo Alcana. El  marqu\u00e9s pintaba con sentido acento los perjuicios que ocasionaba a la  gran Turris el tener un r\u00edo tan informal, y propon\u00eda que se le amarrase  con gruesas cadenas o que se le aprisionase en un tubo de palastro. El  sue\u00f1o de Diana era de esos que por la intensidad de las impresiones y la  viveza del colorido imitan la pura realidad. Ve\u00eda perfectamente en los  verdes esca\u00f1os a los senadores amigos, los maceros, la mesa. Y el  marqu\u00e9s de Pioz, obeso y apopl\u00e9tico, dando pu\u00f1etazos en el pupitre,  forzaba su persuasiva oratoria para convencer al Senado, y la enorme  coleta de su peluca marcaba las inflexiones del discurso, la puntuaci\u00f3n,  y el subrayado y hasta las faltas de gram\u00e1tica con fidelidad  maravillosa. El Presidente se hab\u00eda quedado dormido; algunos senadores  de la clase episcopal hab\u00edanse entregado tambi\u00e9n al buen Morfeo, con la  mitra calada hasta los ojos; y otros, que vest\u00edan armadura completa,  hac\u00edan con el frecuente mover de los brazos impacientes un ruido de  quincalla que distra\u00eda al orador. A ratos entraban los porteros y  despabilaban todas las luces, que eran gruesos cirios colocados en  blandones. La voz vibrante del marqu\u00e9s sonaba como envuelta en murmullo  suave, algo como el rorr\u00f3 de una paloma; y en las breves pausas del  orador, aquel rorr\u00f3 crec\u00eda de un modo terror\u00edfico, y el Presidente, sin  abrir los ojos, extend\u00eda con pereza su brazo hacia la campanilla como  para decir: \u00aborden\u00bb. Diana experimentaba fastidio mortal, un fastidio al  cual se asociaba la idea de que hac\u00eda tres a\u00f1os que su pap\u00e1 hab\u00eda  empezado a hablar. Cont\u00f3 Diana los vasos de agua con azucarillos que  trajo un paje, y eran quinientos veintiocho, cifra exacta. De repente el  marqu\u00e9s pide que se le den tres semanas de descanso, y nadie contesta, y  aparece en medio del sal\u00f3n el cerdito aquel que hac\u00eda piruetas, y todos  los senadores, incluso los obispos, se sueltan a re\u00edr&#8230; Diana despert\u00f3  riendo tambi\u00e9n. Hallose tendida en el hueco de espesa verdura. Cel\u00edn  dorm\u00eda a su lado, enlaz\u00e1ndola con sus brazos.<\/p>\n<p>Entonces reapareci\u00f3 s\u00fabitamente en el alma de Diana la conciencia de  su ser permanente, y se sobrecogi\u00f3 de verse all\u00ed. La estatura de Cel\u00edn  superaba proporcionadamente a la de la joven. El mancebo abri\u00f3 los ojos,  que fulguraban como estrellas, y la contempl\u00f3 con cari\u00f1oso  arrobamiento. Al verse de tal modo contemplada, sinti\u00f3 Diana que renac\u00eda  en su esp\u00edritu, no el pudor natural, pues este no lo hab\u00eda perdido,  sino el social hijo de la educaci\u00f3n y del superabundante uso de la ropa  que la cultura impone. Al notarse descalza, sin m\u00e1s atav\u00edo que el  r\u00fastico faldell\u00edn, desnudos hasta el hombro los torneados brazos,  verg\u00fcenza indecible la sobrecogi\u00f3, y se hizo un ovillo, intentando en  vano encerrar dentro de tan poca tela su cuerpo todo.<\/p>\n<p>La hermosura y arrogancia de su compa\u00f1ero dejaron de ofrecerse a sus  ojos revestidas de art\u00edstica inocencia, y la cuasi desnudez de ambos le  infundi\u00f3 p\u00e1nico. La decencia, en lo que tiene de ley de civilizaci\u00f3n y  de ley de naturaleza, alzose entre Cel\u00edn y la se\u00f1orita de Pioz, que  aterrada de la fascinaci\u00f3n que su amigo lo produc\u00eda, no quer\u00eda mirarle;  mas la misma voluntad de no verle la impulsaba a fijar en \u00e9l sus ojos, y  el verle era espanto y recreo de su alma.<\/p>\n<p>En esto Cel\u00edn la estrech\u00f3 m\u00e1s, y ella, cerrando los ojos, se  reconoci\u00f3 transfigurada. Nunca hab\u00eda sentido lo que entonces sintiera, y  comprendi\u00f3 que era gran tonter\u00eda dar por acabado el mundo, porque  faltase de \u00e9l D. Galaor de Polvoranca. Comprendi\u00f3 que la vida es grande,  y admirose de ver los nuevos horizontes que se abr\u00edan a su ser. Cel\u00edn  dijo algo que ella no comprendi\u00f3 del todo. Eran palabras inspiradas en  la eterna sabidur\u00eda, cl\u00e1usulas cari\u00f1osas y profundas con ribetes de  sentimiento b\u00edblico. \u00abYo soy la vida, el amor honesto y fecundo, la fe y  el deber&#8230;\u00bb. Pero Diana estaba turbad\u00edsima, y con terror le contest\u00f3:<\/p>\n<p>-D\u00e9jame, Cel\u00edn. Me has enga\u00f1ado. T\u00fa eres un hombre.<\/p>\n<p>Y al decir esto, ambos vacilaron sobre las ramas y cayeron horadando  el follaje verde. Los p\u00e1jaros que en aquella espesura dorm\u00edan huyeron  espantados, y la abrazada pareja destrozaba, en su veloz ca\u00edda, nidos de  aves grandes y chicas. Las ramas d\u00e9biles se tronchaban, dobl\u00e1ndose  otras sin hacerles da\u00f1o y la masa de verdura se abr\u00eda para darles paso,  como tela inmensa rasgada por un cuchillo. La velocidad crec\u00eda, y no  acababa de caer, porque la altura del \u00e1rbol era mayor que la de las  torres y faros; m\u00e1s, much\u00edsimo m\u00e1s. La copa de aquel lindaba con las  estrellas. Diana empez\u00f3 a desvanecerse con la rapidez vertiginosa, y al  caer a tierra&#8230; plaf, ambos cuerpos se estrellaron rebotando en  cincuenta mil pedazos.<\/p>\n<p>Al llegar aqu\u00ed, Gaspar D\u00edez de Turris suelta la pluma y se sujeta la  cabeza con ambas manos; su cr\u00e1neo iba a estallar tambi\u00e9n. En una de las  manotadas que el exaltado cronista diera poco antes, derrib\u00f3 al suelo  con estr\u00e9pito media docena de botellas vac\u00edas que en su revuelta mesa  estaban. El chasquido del vidrio al saltar en pedazos le sugiri\u00f3 sin  duda la idea de que los cuerpos de Cel\u00edn y Diana hab\u00edan rebotado en  cascos menudos como los botijos que se caen de un balc\u00f3n a la calle.  Luego se seren\u00f3 un poco el gran histori\u00f3grafo y pudo concebir lo que  sigue:<\/p>\n<p>Diana despert\u00f3 en su lecho y en su propia alcoba del palacio de Pioz,  a punto que amanec\u00eda. Dio un grito, y se reconoci\u00f3 despierta y viva,  reconociendo tambi\u00e9n con lentitud su estancia, y todos los objetos en  ella contenidos. Parece que aqu\u00ed deb\u00eda terminar lo maravilloso que en  esta Cr\u00f3nica tanto abunda; pero no es as\u00ed, porque la se\u00f1orita Diana se  incorpor\u00f3 en el lecho, dudando si fue sue\u00f1o y mentira el encuentro de  Cel\u00edn, el \u00e1rbol y la ca\u00edda, o lo eran aquel despertar, su alcoba y el  palacio de Pioz. Por fin vino a entender que estaba en la realidad,  aunque la desconcert\u00f3 un poco el escuchar un rumorcillo semejante al  arrullo de las palomas. Mira en torno, y ve un gran pich\u00f3n que,  levantando el vuelo, aletea contra el techo y las paredes.<\/p>\n<p>-Cel\u00edn, Cel\u00edn -grita la inconsolable obedeciendo a la inspiraci\u00f3n  antes que al conocimiento. Y el pich\u00f3n se le posa en el hombro y le  dice:<\/p>\n<p>-\u00bfNo me reconoces? Soy el Esp\u00edritu Santo, tutelar de tu casa, que me  encarn\u00e9 en la forma del gracioso Cel\u00edn, para ense\u00f1arte, con la par\u00e1bola  de Mis edades y con la con contemplaci\u00f3n de la Naturaleza, a amar la  vida y a desechar el espiritualismo insubstancial que te arrastraba al  suicidio. He limpiado tu alma de pensamientos falsos, fr\u00edvolamente  l\u00fagubres, como antojos de ni\u00f1a rom\u00e1ntica que juega a los sepulcritos.  Vive, \u00a1oh Diana! y el amor honesto y fecundo te deparar\u00e1 la felicidad  que a\u00fan no conoces. Est\u00e1is en el mundo los humanos para gozar con  prudente medida de ll poquito bueno que hemos puesto en \u00e9l, como  proyecci\u00f3n o sombra de nuestro Ser. Vive todo lo que puedas, cuida tu  salud; c\u00e1sate, que Yo te inspirar\u00e9 la elecci\u00f3n de un buen marido; ten  muchos hijos; haz todo el bien que puedas, y tiempo tendr\u00e1s de morirte  en paz y entrar en Nuestro reino. Adi\u00f3s, hija m\u00eda; tengo mucho que  hacer. S\u00e9 buena y qui\u00e9reme siempre.<\/p>\n<p>Diole por fin dos tiernos picotazos en la mejilla, y sali\u00f3 como una bala, horadando la pared de la estancia en su r\u00e1pido vuelo.<\/p>\n<p>Madrid.- Noviembre de 1887.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I Que trata de las pomposas exequias del se\u00f1orito Polvoranca en la movible ciudad de Turris Cuenta Gaspar D\u00edez de&#46;&#46;&#46;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":7000,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,32],"tags":[],"class_list":["post-1115","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-cuento"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>[Cuento] Cel\u00edn, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s (1887) - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-celin-de-benito-perez-galdos-1887\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"[Cuento] Cel\u00edn, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s (1887) - 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