{"id":1129,"date":"2012-12-31T09:00:01","date_gmt":"2012-12-31T09:00:01","guid":{"rendered":"http:\/\/www.benitoperezgaldos.es\/?p=1129"},"modified":"2012-12-31T09:00:01","modified_gmt":"2012-12-31T09:00:01","slug":"cuento-theros-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-theros-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Cuento] Theros, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"<p>El tren parti\u00f3 de la estaci\u00f3n, machacando con sus patas de hierro las  placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegr\u00eda  que le posee al verse libre. Echaba sin interrupci\u00f3n y a comp\u00e1s  bocanadas de humo, como los chicos cuando fuman su primer cigarro, y al  mismo tiempo repart\u00eda a uno y a otro lado salivazos de vapor,  asemej\u00e1ndose a un jactancioso perdonavidas o a demonio travieso. Ni  siquiera volv\u00eda la cabeza para saludar a los empleados de la l\u00ednea, ni a  las se\u00f1oras y caballeros que poblaban el and\u00e9n. Descort\u00e9s y sin otro  af\u00e1n que perderse de vista, dej\u00f3 atr\u00e1s los almacenes, los muelles y  oficinas de la peque\u00f1a velocidad, el cocher\u00f3n, los talleres, la casilla  del guarda agujas, y se desliz\u00f3 por la Cortadura, un brazo de tierra  cuya mano tiene la misi\u00f3n de asir a C\u00e1diz para que no se lo lleven las  olas.<\/p>\n<p>Corriendo por all\u00ed, ve\u00edamos el mar de Levante, las turbulentas aguas y  el nebuloso horizonte, que bien podr\u00edamos llamar el campo de Trafalgar,  ve\u00edamos por otro lado la bah\u00eda, en cuya margen se asientan sonriendo  alegres ciudades y villas; ve\u00edamos tambi\u00e9n a C\u00e1diz, que daba vueltas  lentamente cual fatigada bolera, y tan pronto se nos presentaba por la  derecha como por la izquierda.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s, el tren pis\u00f3 las charcas salobres de la Isla, abri\u00e9ndose  paso por entre montes de sal. Franque\u00f3 los famosos ca\u00f1os en cuyos bordes  Espa\u00f1a y Francia han dirimido sus \u00faltimas contiendas; cruz\u00f3 las  c\u00e9lebres aguas en que flot\u00f3 el manto del \u00faltimo rey de los godos, y se  dirigi\u00f3 tierra adentro avivando el anhelante paso. Llev\u00e1bale sin duda  tan aprisa el exquisito olor de las jerezanas bodegas, que m\u00e1s cerca  estaban a cada minuto, y por \u00faltimo, la inquieta maquinaria dio  resoplidos estrepitosos, husme\u00f3 el aire, cual si quisiera oler el zumo  almacenado entre las cercanas paredes, y se detuvo.<\/p>\n<p>Est\u00e1bamos en la m\u00e1s colosal taberna que han visto los siglos, llena  de lo m\u00e1s fino, delicado y corroborante que en materia de n\u00e9ctares  existe. Al llegar a aquel punto del globo, ning\u00fan viajero puede  permanecer indiferente. Ve un glorioso campo de batalla sembrado de  despojos, los mutilados miembros de la sobriedad vencida y destrozada  por su formidable enemigo. El triunfo de este es completo. Su insolente  orgullo ha poblado de emblem\u00e1ticos trofeos el campo. Millones de vides  coronan de verdes p\u00e1mpanos la tierra. Toneles hacinados se alzan en  pilas, o ruedan como borrachos que han perdido la cabeza. Todo es bulla,  animaci\u00f3n, mareo.<\/p>\n<p>No se puede resistir a la tentaci\u00f3n del hijo de Noe. Es del color del  oro y tiene el sabor de la lisonja. Beberlo es tragarse un rayo de sol.  Es el jugo absoluto de la vida, que lleva en sus luminosas part\u00edculas  fuerza, ingenio, alegr\u00eda, actividad. Su delicado aroma se parece a un  presentimiento feliz; su gusto estimula la conciencia corporal. Enga\u00f1a  al tiempo, borra los a\u00f1os y aligera las cargas que nos hacen doblar el  fatigado cuerpo. Lleva en s\u00ed un esp\u00edritu poderoso que se une al nuestro,  y juntos forman una especie de ser\u00e1fico genio, el cual, si se  ensoberbece, puede trocarse en demonio.<\/p>\n<p>Yo fui de los seducidos, y antes de que el tren partiera me llen\u00e9 el  cuerpo de rayos de sol. Poco despu\u00e9s admiraba las villas, respetables  madres de aquel insigne vencedor de las naciones, cuando sent\u00ed que me  tocaban el hombro.<\/p>\n<p>Sorprendiome esto, porque me cre\u00eda solo en el coche; volvime con presteza y,<\/p>\n<p>II<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&#8230; en efecto, era una mujer; quiero decir, que al volverme vi a una  mujer. Al partir de Jerez, hall\u00e1bame solo en el coche. \u00bfC\u00f3mo, cu\u00e1ndo,  por d\u00f3nde hab\u00eda entrado aquella se\u00f1ora? He aqu\u00ed un punto dif\u00edcil de  aclarar, mayormente cuando mi cabeza, forzoso es declararlo, no gozaba  del beneficio de una perspicacia completa.<\/p>\n<p>\u00abCaballero&#8230;<\/p>\n<p>A esta palabra siguieron otras que no pude entender bien. Tengo idea de haber dicho:<\/p>\n<p>\u00abSe\u00f1ora&#8230;<\/p>\n<p>Pero no estoy seguro de lo que tras esta palabra balbucieron mis torpes labios, aunque debi\u00f3 ser alguna frase de cortes\u00eda.<\/p>\n<p>Es indudable que yo estaba aturdido, no s\u00e9 en realidad por qu\u00e9, como  no fuera por el maldito zumo de oro que hab\u00eda alojado en m\u00ed. Hall\u00e1bame  cortado y absorto, y seguramente contribuir\u00eda mucho a esto el aspecto  singular\u00edsimo y por m\u00ed nunca visto de aquella persona.<\/p>\n<p>Caus\u00e1banme estupefacci\u00f3n indecible su persona y su traje, del cual no  pod\u00eda apartar los asombrados ojos: y en verdad, no es f\u00e1cil imaginar  atav\u00edos m\u00e1s originales. No deb\u00eda sostenerse que el traje de la dama  fuese extravagante, sino que no ten\u00eda traje alguno.<\/p>\n<p>Tengo idea de haber dicho a medias palabras, te\u00f1ida de rubor la cara y apartando los ojos:<\/p>\n<p>\u00abSe\u00f1ora, tenga usted la bondad de vestirse&#8230; Eso traje, mejor dicho,  esa desnudez no es lo m\u00e1s a prop\u00f3sito para viajar en pleno d\u00eda dentro  de un coche del ferrocarril.<\/p>\n<p>Echose a re\u00edr. Era de una hermosura sobrehumana.<\/p>\n<p>Yo recordaba vagamente haberla visto en pintura, no s\u00e9 d\u00f3nde, en  techos rafaelescos, en cartones, dibujos, quiz\u00e1s en las c\u00e9lebres Horas,  en relieves de Thornwaldsen, en alguna regi\u00f3n, no s\u00e9 cu\u00e1l, poblaba por  la imaginaci\u00f3n creadora de los dioses del arte.<\/p>\n<p>Nada de cuanto modelaron griegos, ni de cuanto cincelaron  florentinos, puede superar a la incomparable estructura de su cuerpo. Su  rostro era como el que la tradici\u00f3n art\u00edstica da a todas las ninfas  acu\u00e1ticas y terrestres, a las diosas que fueron, a las jubiladas  matronas simb\u00f3licas que durante siglos han representado en doradas  techumbres el pensamiento humano. M\u00e1s perfecta belleza no vi jam\u00e1s; pero  no era f\u00e1cil contemplarla, porque sus ojos eran pedazos del mismo sol,  que deslumbraban y ofend\u00edan quemando la vista, de tal modo que perder\u00eda  la suya el observador si se obstinaba en mirar sin vidrios ahumados la  hermosa imagen. De sus cabellos ni dir\u00e9 si no que me parecieron hilos  del m\u00e1s fino oro de Arabia, perfumados de aroma campesino, y que en  ellos se entretej\u00edan amapolas y espigas en preciosa guirnalda.<\/p>\n<p>Su vestido era, m\u00e1s que tal vestido, una especie de t\u00fanica  caliginosa, una flotante neblina que la envolv\u00eda, ocultando o dejando  ver, seg\u00fan las posturas de la dama, esta o la otra parte de su cuerpo.  No ten\u00eda yo noticia de aquella singular\u00edsima manera de presentarse en  sociedad, y si he de hablar claro, el atav\u00edo de mi noble compa\u00f1era de  viaje pareciome en el primer momento escandalosa y desenvuelto en gran  manera. Pero bastaron algunos minutos de observaci\u00f3n para formar juicio  m\u00e1s favorable. En las divinas formas, en la actitud graciosa y natural  de la viajera, as\u00ed como en sus palabras y ademanes, resplandec\u00edan la  castidad m\u00e1s perfecta y la m\u00e1s irreprensible decencia.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>Y eso que la se\u00f1ora, sino era el mismo fuego, lo parec\u00eda. D\u00edgolo,  porque echaba de su cuerpo un calor tan extraordinario, que desde su  misteriosa entrada en el wag\u00f3n empec\u00e9 a sudar cual si estuviera en el  mismo hogar de la m\u00e1quina.<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora -le dije respetuosamente, limpiando el copioso sudor de mi  rostro-, perm\u00edtame usted que me aleje todo lo posible de su persona,  porque, o yo no entiendo de verano, o es usted la misma Can\u00edcula en  cuerpo y alma.<\/p>\n<p>Sonri\u00f3 con bondad, y rebuscando en cierto morralillo que a la espalda  tra\u00eda, ofreciome un abanico. Felizmente yo llevaba espejuelos azules  con los que pude resguardar mi vista de los flam\u00edgeros ojos de la  se\u00f1ora. A pesar de estas precauciones, cuando el tren se precipit\u00f3 por  las llanuras de la izquierda del Guadalquivir, la irradiaci\u00f3n calor\u00edfera  de mi compa\u00f1era aument\u00f3 de tal modo, que destroc\u00e9 el abanico sin poder  refrescarme. Las perspectivas, ora interesantes, ora comunes del viaje,  aburr\u00edanme soberanamente. Los pinos valsaban en mareantes c\u00edrculos ante  mi vista; marchaban en columna cerrada los olivos de Utrera, como  ordenados ej\u00e9rcitos que van al combate, sin que estos juegos de \u00f3ptica,  ni el variado espect\u00e1culo de las sucesivas estaciones, ni la cercana  presencia de Sevilla, que desde el \u00faltimo conf\u00edn visible nos saludaba  con su Giralda, aplacaran mi mal humor.<\/p>\n<p>Sevilla nos vio llegar al fin junto a sus achicharrados muros, que  quemaban como calderas puestas al fuego. Reposaba la placentera ciudad  bajo mil toldos, adormeci\u00e9ndose en la fresca umbr\u00eda de sus patios. Las  cien torres, presididas por la veleidosa mujer de bronce que da vueltas,  a ciento veintid\u00f3s varas del suelo, desafiaban al furioso sol. Cual  condenados, cuyo itinerario de expiaci\u00f3n ha sido invertido, sub\u00edan a los  infiernos.<\/p>\n<p>No pude contenerme, y dije a la dama:<\/p>\n<p>\u00abPresumo que usted se quedar\u00e1 en esta estaci\u00f3n que tan bien cuadra a su temperamento.<\/p>\n<p>-No se\u00f1or -repuso con la timidez de una novicia-. Voy a Madrid.<\/p>\n<p>Y dici\u00e9ndolo, se acerc\u00f3 a m\u00ed. Cre\u00ed hallarme de s\u00fabito en la  proximidad de un incendio, porque no era ya calor, sino llamaradas  insoportables, lo que el misterioso cuerpo de la endemoniada ninfa  desped\u00eda.<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora, se\u00f1ora, por amor de Dios -exclam\u00e9-. Es muy doloroso para un caballero huir&#8230; Es un desaire, una groser\u00eda, pero&#8230;<\/p>\n<p>Me hubiera arrojado por la ventanilla si la rapidez de la locomoci\u00f3n  no me lo impidiese. Felizmente, la misma que tan sin piedad me  achicharraba, brindome con refrescos, que sac\u00f3 no s\u00e9 de d\u00f3nde, y esto me  hizo m\u00e1s tolerable su plat\u00f3nica respiraci\u00f3n y aquel tufo de infierno  que de su hermoso cuerpo emanaba.<\/p>\n<p>\u00cdbamos por la alegre comarca que separa las Dos famosas Hermanas  andaluzas a orillas del florido r\u00edo, entre naranjales y olivos,  saludando cada dos o tres leguas a un pueblo amigo, tal como Lora,  Pe\u00f1aflor, Palma. Ya cerca de C\u00f3rdoba, mi sofocaci\u00f3n puso a prueba mi  paciencia, pues sintiendo que los sesos me burbujaban como si hirvieran,  y que mi sangre se iba pareciendo a un metal derretido, tom\u00e9 la  resoluci\u00f3n de librarme de la molesta compa\u00f1era que desde Jerez tra\u00eda, y  al punto, una vez parado el tren, apresureme a poner en ejecuci\u00f3n mi  pensamiento, dando parte del caso a los empleados de la v\u00eda.<\/p>\n<p>No s\u00e9 por qu\u00e9 se re\u00edan de m\u00ed aquellos malditos, oy\u00e9ndome formular mis  justas quejas. Podr\u00eda colegirse que yo me habr\u00eda expresado en frases  incongruentes y desatinadas. Era para reventar de c\u00f3lera. El mismo jefe  de la estaci\u00f3n tratome como a un loco cuando le dije:<\/p>\n<p>-S\u00ed se\u00f1or, s\u00ed se\u00f1or. Va en mi coche una se\u00f1ora que echa fuego por los  ojos, y por todo el cuerpo un calor tan vivo que se podr\u00edan asar  chuletas y fre\u00edr pescado sobre las palmas de sus manos. Esto no se debe  permitir&#8230; Es un abuso, un esc\u00e1ndalo. Me quejar\u00e9 al inspector del  Gobierno, al Gobernador, al Gobierno mismo.<\/p>\n<p>Movioles la curiosidad, m\u00e1s que otra cosa, a registrar el  departamento. En \u00e9l continuaba la dama. Yo la vi&#8230; era ella misma sin  duda; pero no ya con aquellos liger\u00edsimos ropajes que tanto llamaron mi  atenci\u00f3n, sino vestida con el habitual modo de nuestras damas. Sus ojos  picarescos y vivos no deslumbraban ya; su cuerpo no ten\u00eda rastro de  haber pasado por el infierno, llevaba en la cabeza el vulgar sombrerillo  adornado de espigas, mas todo conforme al arte de las modistas, sin  nada que trajese a la memoria el tocador de las diosas.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>Mudo y perplejo la contempl\u00e9, y no es dudoso que me deshice en  cumplimientos y excusas, achacando a desvanecimiento de mi cabeza la  incre\u00edble equivocaci\u00f3n en que hab\u00eda incurrido; mas apenas march\u00f3 el tren  camino de las sierras, volvi\u00f3 la dama a presentarse en su primera forma  y desnudez, con los mismos cendales vaporosos que contorneaban sus  bellas formas, con el mismo ornato de r\u00fasticas espigas en la cabellera  de oro, los mismos ojos que no se pod\u00edan mirar, y la propia irradiaci\u00f3n  abrasadora de su cuerpo. El calor que desped\u00eda era ya un calor  ecuatorial, intolerable, un fuego que derret\u00eda mi persona, como si fuese  de cera. Quise saltar del coche, llamar, vocear, pedir socorro; mas  ella me detuvo. Ca\u00ed ex\u00e1nime, sin fuerzas, todo sudoroso, desmayado, sin  aliento; creo que mis facultades se alteraron profundamente; perd\u00ed la  noci\u00f3n de todas las cosas, se nubl\u00f3 mi juicio, y apenas pude formular  este pensamiento angustioso: \u00abEstoy en las calderas infernales\u00bb.<\/p>\n<p>Arrojado cual cuerpo muerto sobre los cojines aspiraba con ansia el  rarificado aire. La diab\u00f3lica aparici\u00f3n llegase a m\u00ed: sostuvo mi cabeza,  diome a beber no s\u00e9 qu\u00e9 delicado y refrigerante licor que facilit\u00f3 el  trabajo de mis pulmones, difundiendo cierta frescura por todo mi cuerpo,  y entonces me sent\u00ed mejor; mis excitados nervios se dilataron, d\u00e1ndome  alg\u00fan reposo; y al aclar\u00e1rseme los sentidos, pude o\u00edr el discurso que  con dulce voz me dirigi\u00f3 la se\u00f1ora, y que si mi memoria no me es infiel,  fue de este modo.<\/p>\n<p>V<\/p>\n<p>\u00abYo soy la plenitud de la vida, la c\u00faspide del a\u00f1o natural; soy la  ley de madurez que preside al cumplimiento de todas las cosas, la  realizaci\u00f3n de cuantos conatos bullen en el seno infinito de la  Naturaleza. Antes de m\u00ed, todo es germen, esfuerzo, crecimiento,  aspiraci\u00f3n; despu\u00e9s de m\u00ed, todo decae y muere. Soy el logro supremo y la  victoria que se llama fruto, victoria admirable de las m\u00faltiples  fuerzas que luchan con la muerte. Por m\u00ed vive todo lo que vive. Sin m\u00ed  la Creaci\u00f3n ser\u00eda en vez de gloria y triunfo, una especie de bostezo  perenne, el fastidio de los elementos al verse sin objeto. En el hombre,  soy la edad del discernimiento y del trabajo; en la mujer, la  fecundidad y el amor conyugal; en la Naturaleza, el desarrollo de todos  los seres que al verse completos se recrean en s\u00ed mismos, apreciando por  su propia magnificencia la magnificencia del Creador. Mis cabellos son  el sol; mis ojos la luz; mi cuerpo el ardoroso ambiente que al pasar  reparte la existencia; mi sombra el roc\u00edo que bautiza las nuevas vidas;  mi habitaci\u00f3n es el cielo con sus admirables ritmos, mi trono, el zenit.  Soy la saz\u00f3n universal\u00bb.<\/p>\n<p>\u00bbEn mi curso infinito, gu\u00edame el dedo de Dios. Cuando aparezco, ya est\u00e1 todo preparado.<\/p>\n<p>B\u00e1stame sonre\u00edr para que el mundo se llene de frutos. El labrador me  espera con ansia, porque mi benignidad o mi c\u00f3lera deciden su suerte.  Doile abundantes mieses y regalados frutos; le anuncio los mostos que  llenar\u00e1n sus tinajas; multiplico sus ganados y sus colmenas; aumento  para el pescador los inmensos reba\u00f1os de los mares, y al industrioso le  ofrezco d\u00edas largos, al enfermo alivio, al sano alborozo, expansi\u00f3n al  rico, consuelo al miserable.<\/p>\n<p>\u00bbCel\u00e9branme los hombres de todas castas, y los que cultivan la tierra  festejan mis cl\u00e1sicos d\u00edas destinados al comercio, a la amistad, a los  campesinos banquetes, a las regocijadas bodas. San Antonio, San Juan,  San Pedro, el Carmen, Santiago, Santa Ana, San Lorenzo, la Virgen de  Agosto, San Roque, la Virgen de Septiembre son en el orden religioso mis  triunfales fechas.<\/p>\n<p>\u00bbMis d\u00edas son fecundos y la vida se duplica en ellos, porque avivo  las pasiones de los hombres, y exaltando su entusiasmo, les llevo a las  acciones m\u00e1s osadas. Ac\u00fasanme de incitar a las revoluciones y de seducir  a las muchedumbres, agitando en mis manos ardientes la bandera roja de  la emancipaci\u00f3n. Me vituperan por triunfos populares, y yo, sin  pronunciar sentencia sobre esto, tan s\u00f3lo digo que derrib\u00e9 la Bastilla,  que destru\u00ed al vencedor de Europa no lejos de estos sitios por donde  vamos, que tambi\u00e9n aqu\u00ed salv\u00e9 al mundo cristiano de las huestes de  Mahoma. Yo abol\u00ed la Inquisici\u00f3n de Espa\u00f1a; yo detuve a los turcos a las  puertas de Viena; yo he realizado mil y mil alt\u00edsimos hechos cuyo n\u00famero  no puede contarse, pues son m\u00e1s que las vueltas que en todo el curso de  nuestro viaje dan las ruedas del coche en que velozmente caminamos\u00bb.<\/p>\n<p>VI<\/p>\n<p>Y era la verdad que caminaba con rapidez, traspasando ya la fragosa  sierra que es muro de Castilla. Hab\u00eda ca\u00eddo mansamente la tarde, y con  la mudanza del cielo la se\u00f1ora aplacaba sus insoportables ardores, como  fragua en que mueren durmi\u00e9ndose las brasas. Sus ojos segu\u00edan brillando,  mas no con el resplandor del sol, sino con claridad blanquecina  semejante a la de la luna. Su cuerpo desped\u00eda tibieza grata, que poco a  poco se iba trocando en frescura. De este modo, la repulsiva diosa, cuyo  contacto sofocaba, se convert\u00eda en el ser m\u00e1s bello y amable que  imaginarse puede, y todo convidaba a reposar a su lado con sosiego y  descuido, viendo rodar las horas y los astros, sintiendo pasar el aire  rico en fragancias.<\/p>\n<p>Sus miradas me cansaban dulce arrobamiento. Vi en sus pupilas algo  semejante al plateado reflejo de un lago tranquilo, y su sonrisa me  sumerg\u00eda en dulce \u00e9xtasis. En sus labios observ\u00e9 no s\u00e9 qu\u00e9 cosa  semejante celestiales puertas que se abr\u00edan.<\/p>\n<p>As\u00ed pasamos toda la noche, recorriendo de un cabo a otro la tierra  ilustre que sirvi\u00f3 de campo a la imaginaria contienda de lo ideal con el  positivismo. Pero la noche recog\u00eda sus obscuridades para huir a punto  que sal\u00edan a saludarnos los primeros \u00e1rboles de Aranjuez, no lejos de  donde celebran pacto de amistad eterna Tajo y Jarama.<\/p>\n<p>Rueda que rueda y silba que silba, entre polvo y ruido, llegamos al  fin a Madrid, donde mi compa\u00f1era de viaje, profundamente aficionada a mi  persona, no quiso dejarme, y me sigui\u00f3 en el coche, y se aposent\u00f3 en mi  mismo cuarto, y se sent\u00f3 a mi mesa, vuelta ya a su primitivo estado, o  sea a la desnudez abrasadora en que se apareci\u00f3, pero conservando  siempre aquel natural fant\u00e1stico que la hac\u00eda invisible para todos,  excepto para m\u00ed.<\/p>\n<p>Por el d\u00eda, h\u00edzome sudar la gota gorda, y me sofocaba con s\u00f3lo  acercar a m\u00ed las yemas de sus candentes dedos; mas llegada la noche,  recobr\u00f3 su constituci\u00f3n tibia y placentera, alcanzando de m\u00ed las  amistades que no pod\u00eda concederle a la luz del sol.<\/p>\n<p>Lo m\u00e1s extra\u00f1o es que habi\u00e9ndola invitado a comer en los Jardines del  Buen Retiro, la bendita se\u00f1ora descubri\u00f3 de s\u00fabito unas ma\u00f1as que me  pusieron en gran desasosiego, y fue que en mitad del yantar, pretextando  que su naturaleza lo exig\u00eda, empez\u00f3 a menudear copas y a vaciar  botellas con tanta presteza, que aquella no era se\u00f1ora, sino m\u00e1s bien  una bacante.<\/p>\n<p>VII<\/p>\n<p>No bien hablamos concluido de comer, cuando la dama, enteramente  transformada por todo aquel l\u00edquido que hab\u00eda metido entre pecho y  espalda, empez\u00f3 a hacer los m\u00e1s desaforados desatinos que pueden verse.  Agit\u00f3 primero las palmas de las manos, al modo de abanico, haciendo  correr un aire c\u00e1lido y seco que tostaba. Despu\u00e9s rompi\u00f3 a re\u00edr con  carcajadas estrepitosas de insensato, y cay\u00f3 espantosa lluvia, que puso  como nuevos a los parroquianos de aquel hermoso sitio, oblig\u00e1ndoles a  dispersarse. Corri\u00f3 despu\u00e9s la ni\u00f1a con tanta rapidez que parec\u00eda  vendaval, rompiendo las bombas de vidrio, alzando las faldas a las  se\u00f1oras, arrebatando sus sombreros a los galanes, desgarrando el tel\u00f3n  del teatro, doblando los \u00e1rboles, haciendo gemir las ramas y cubriendo  de hojas los mecheros del gas. No he visto dispersi\u00f3n tan precipitada,  p\u00e1nico tan horrible ni confusi\u00f3n m\u00e1s grande. \u00a1Y c\u00f3mo re\u00eda la p\u00edcara al  ver tales estragos! Yo procuraba calmarla, mas esto no era posible. Tem\u00ed  que la llevaran a la prevenci\u00f3n por sus diabluras; pero la muy tunanta  tuvo la suerte (como todos los pillos) de que no la viera la polic\u00eda.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s que desat\u00f3 sobre Madrid la importuna lluvia que tanto molest\u00f3  a los paseantes, sopl\u00f3 a diestro y siniestro, y he aqu\u00ed que comienza un  fr\u00edo seco y displicente que hace tiritar a todo el mundo. Estirando los  cuellos de sus ligeros gabancillos, y abrig\u00e1ndose con pa\u00f1uelos de la  mano a falta de otra cosa, los madrile\u00f1os corr\u00edan a sus casas, y  gru\u00f1endo murmuraban: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 demonio de clima! \u00a1Maldito sea Madrid y quien  aqu\u00ed puso la corte de Espa\u00f1a!\u00bb.<\/p>\n<p>La misma autora de tantos desastres andaba con capa aquella noche  burl\u00e1ndose de los cortesanos y de su c\u00f3lera. Yo no pude contenerme y le  ech\u00e9 en cara su conducta, dici\u00e9ndole que no me parec\u00eda propio de  personas bien educadas molestar al pr\u00f3jimo y turbar diversiones l\u00edcitas.<\/p>\n<p>Echose a re\u00edr de nuevo, y me dijo que en Madrid no pasaba semana sin  hacer alguna travesura de aquel jaez; que la alegr\u00eda de la capital y su  constante humor de bromas era contagiosa, por lo cual ella no pod\u00eda  resistir a la tentaci\u00f3n de dar chascos; que se complac\u00eda en deshacer la  fiesta, en trastornar el tiempo, en soltar los fr\u00edos del Norte despu\u00e9s  de sofocantes horas, y que se divert\u00eda mucho viendo el descontento de la  gente madrile\u00f1a. A\u00f1adi\u00f3 que no pudiendo eximirse de asistir a  francachelas y comilonas, la obligaban a empinar el codo, y que una vez  alterado el sentido, hacia las mayores locuras, casi sin darse cuenta de  ellas.<\/p>\n<p>Yo le dije que la ve\u00eda camino de Legan\u00e9s si se repet\u00edan sus pesadas  bromas; pero ella, riendo de mi enfado, me contest\u00f3 que al d\u00eda siguiente  el calor ser\u00eda m\u00e1s insoportable.<\/p>\n<p>As\u00ed fue en efecto, por lo cual tom\u00f3 las de Villadiego hacia el Norte,  meti\u00e9ndome en el tren al pie de la monta\u00f1a del Pr\u00edncipe P\u00edo: y he aqu\u00ed  que no hab\u00eda andado dos metros la m\u00e1quina, cuando mi compa\u00f1era y amiga  tomaba asiento junto a m\u00ed.<\/p>\n<p>XIII<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>-Madrid es feliz -le dije-, si usted le abandona.<\/p>\n<p>-No, porque all\u00ed dejo mis delegados, que son como yo misma.<\/p>\n<p>Excuso decir que la se\u00f1ora, transformada por la noche, era la m\u00e1s  grata compa\u00f1era de viaje que puede concebirse. De tiempo en tiempo sus  ojos desped\u00edan l\u00edvidos rel\u00e1mpagos, lo que me puso algo intranquilo; pero  no pas\u00f3 de ah\u00ed, y a la claridad que difund\u00edan sus miradas por todo el  espacio, vi el Escorial, monte de arquitectura al pie de otro monte; vi  los extensos pinares, cuyo bailoteo al paso de minueto me recordaba los  olivos de Andaluc\u00eda; traspasamos la alta sierra en cuyo t\u00e9rmino Santa  Teresa ha dejado su imperecedera memoria sobre un caser\u00edo amurallado que  parece mont\u00f3n de ruinas.<\/p>\n<p>Ar\u00e9valo, Medina, los graneros y las eras de Castilla, nos vieron  pasar, y sobre el suelo amarilleaba la paja reci\u00e9n separada del grano.  Pas\u00e1bamos por los dormidos pueblos, que ni al estr\u00e9pito del tren  despertaban, y cuando avanz\u00f3 la noche y aument\u00f3 el silencio de los  campos, nuestro inmenso veh\u00edculo articulado parec\u00eda un gran perro  fant\u00e1stico que corr\u00eda ladrando de provincia en provincia.<\/p>\n<p>Valladolid la dormida se qued\u00f3 a mano izquierda, obscura, grande,  glacial, acariciada por su amante Pisuerga, que anhela y apenas lo  consigue. Atravesamos luego los frescos vi\u00f1edos y deliciosas huertas de  Due\u00f1as la troglodita, que vive en cuevas. Vino al poco rato Venta de  Ba\u00f1os, que es un mes\u00f3n puesto en una encrucijada de v\u00edas f\u00e9rreas en  desierto campo. Torciendo ligeramente a la izquierda, tocamos en  Palencia, ya inundada de sol, sin soltar jam\u00e1s el manto de polvo que la  cubre, y luego atravesamos la tierra de Campos, surcada por el arado de  un cabo a otro, toda seca, llana, ardiente, verdadero mapa trazado sobre  yesca. Ninguna monta\u00f1a grande ni chica ha encontrado apetecibles  aquellos sitios para fijar su residencia; ning\u00fan r\u00edo caudaloso la ha  escogido para pasearse en ella; ning\u00fan bosque arraiga en su suelo.<\/p>\n<p>M\u00e1s all\u00e1, arroyos y lagunas, en cuyo espejo se miran hileras de  chopos, anuncian la frescura de pr\u00f3ximos montes cuyas primeras  estribaciones acomete el tren sin que le estorben rocas ni pantanos.  Venciendo las grandes masas de la cordillera, que convidan a la  ascensi\u00f3n, el tren se empe\u00f1a en subir a Reinosa, la encapotada vecina de  las nubes, y lo consigue.<\/p>\n<p>M\u00e1s all\u00e1 un monte hura\u00f1o se empe\u00f1a en detenernos el paso. \u00a1Pueril  terquedad! En castigo de su impertinencia es atravesado de parte a  parte, y el tren pasa como la aguja por la tela. Despu\u00e9s todo es  fragosidad, aspereza, bosques en declive que se agarran a la tierra y a  las rocas con sus torcidas ra\u00edces: arroyos que se precipitan gritando  como chicos que salen de la escuela. Pero antes vimos el Pisuerga, un  miserable hilo de agua, que describiendo m\u00e1s curvas que un borracho se  dirige al Sur, y el Ebro, un ni\u00f1o que pronto ser\u00e1 hombro, y marcha hacia  Levante.<\/p>\n<p>Nosotros marchamos con las aguas que van hacia el Norte. A poco de  salir de aquel largo t\u00fanel, que parece una pesadilla, se nos presenta a  la derecha un chicuelo juguet\u00f3n que marcha a nuestro lado brincando,  haciendo cabriolas, riendo y echando bromitas a todas las piedras y  troncos que en su camino encuentra. Es el Besaya, un modesto r\u00edo que nos  acompa\u00f1ar\u00e1 gran trecho.<\/p>\n<p>Mientras descendemos con no poco trabajo la gigantesca escalera de  Cantabria, el pillete, en vez de trazar curvas como nosotros de monte a  monte, baja a saltos, y le vemos en la hondura, riendo y jugando. Pero  no quiere abandonarnos, y en B\u00e1rcena de pie de Concha se nos pone al  lado izquierdo, y por todos aquellos valles y ca\u00f1adas nos va dando  conversaci\u00f3n con mucha cortes\u00eda y sosegado estilo.<\/p>\n<p>En una garganta tapizada de lozano verdor, hallamos las Caldas, una  gran tina entre dos monta\u00f1as, y poco m\u00e1s all\u00e1, agujereando montes y  franqueando precipicios, salimos a un ancho y hermoso valle. All\u00ed el Sr.  Besaya se despide cort\u00e9smente de nosotros, pues su amigo (El Saja) le  espera en Torrelavega para ir juntos a tomar ba\u00f1os de mar. Lo damos las  gracias por su atenci\u00f3n y seguimos.<\/p>\n<p>Las praderas verdes y limpias a nada del mundo son comparadas en  belleza; los bosques de casta\u00f1os se extienden por las laderas, a cuya  falda ricas huertas Y frondosos maizales recrean la vista y el \u00e1nimo con  su lozan\u00eda. Atravesamos por entre rejas un gran r\u00edo que dicen Pas, y  poco despu\u00e9s olemos el mar. Sin duda est\u00e1 cerca. An\u00fanciase en  irregulares charcas, como dedos retorcidos; vemos despu\u00e9s sus manos que  agarran la tierra, y por \u00faltimo un enorme brazo que se introduce entre  dos cordilleras.<\/p>\n<p>IX<\/p>\n<p>\u00bfY mi compa\u00f1era de viaje?<\/p>\n<p>Al llegar aqu\u00ed, mejor dicho, desde que dejamos aquellas fastidiosas  llanuras castellanas, desaparecieron los accidentes caniculares que tan  aborrecible me la hab\u00edan hecho. Amenguose el resplandor molesto de sus  ojos, que brillaban, s\u00ed, pero empa\u00f1ados por tenues celajes; dej\u00f3 de  echar fuego como fragua su hermoso cuerpo, y pude acercarme libremente a  ella, sintiendo, antes que calor, un dulce temple que a un tiempo  confortaba cuerpo y alma.<\/p>\n<p>Despertose de improviso en mi viva inclinaci\u00f3n hacia ella. Hablamos,  se anim\u00f3 mi conversaci\u00f3n con requiebros y se salpiment\u00f3 con suspiros, me  entusiasm\u00e9, coquete\u00e9, me entusiasm\u00e9 m\u00e1s, me declar\u00e9, h\u00edcele  proposiciones de matrimonio. \u00a1Ay! humanos, \u00bfsois mortales porque sois  d\u00e9biles, o sois d\u00e9biles porque sois hombres?<\/p>\n<p>Cond\u00fajome la taimada a un delicioso lugar nombrado Sardinero, vecino  al Oc\u00e9ano, verde y cubierto de flores como un jard\u00edn, reuniendo en s\u00ed la  suave tibieza de la tierra y la frescura del mar, un vergel con playa  de doradas arenas, donde las holgazanas olas se extienden desperez\u00e1ndose  al sol, un montecillo encantador, primaveral, compendio de todas las  bellezas de la Naturaleza.<\/p>\n<p>Mi compa\u00f1era, a quien desde aquel instante llam\u00e9 mi esposa (porque  consinti\u00f3 en serlo con p\u00e9rfida complacencia), me sumergi\u00f3 en el mar, me  invit\u00f3 despu\u00e9s a paseos y meriendas. \u00a1Oh, qu\u00e9 felices d\u00edas pasamos! \u00a1Qu\u00e9  apacibles noches! \u00a1C\u00f3mo rodaban las horas sin que sus pasos sonaran  sobre aquel c\u00e9sped florido ni sobre las cari\u00f1osas arenas de la playa! Yo  era el hombre m\u00e1s feliz de la creaci\u00f3n hasta que un d\u00eda, \u00a1infausto  d\u00eda!&#8230; nunca hab\u00eda visto a mi compa\u00f1era tan hermosa, ni tan alegre, ni  tan amable&#8230;<\/p>\n<p>Nos ba\u00f1amos juntos, disfrutando del halago de las olas, asidos de las  manos, mir\u00e1ndonos el uno al otro, cuando de repente desapareci\u00f3 no s\u00e9  c\u00f3mo ni por d\u00f3nde, dej\u00e1ndome lelo, lleno de desesperaci\u00f3n. Busquela por  todos lados, dentro y fuera del agua. No estaba en ninguna parte. Me  ech\u00e9 a llorar y sent\u00ed fr\u00edo, un fr\u00edo que penetraba hasta mis huesos.<\/p>\n<p>\u00a1Triste, trist\u00edsimo d\u00eda, horrible fecha! La recuerdo bien.<\/p>\n<p>Era el 22 de Setiembre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El tren parti\u00f3 de la estaci\u00f3n, machacando con sus patas de hierro las placas giratorias, como si gustara de expresar&#46;&#46;&#46;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":5367,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,32],"tags":[],"class_list":["post-1129","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-cuento"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>[Cuento] Theros, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-theros-de-benito-perez-galdos\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"[Cuento] Theros, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - 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