{"id":1133,"date":"2013-01-07T08:15:49","date_gmt":"2013-01-07T08:15:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.benitoperezgaldos.es\/?p=1133"},"modified":"2025-01-27T00:49:07","modified_gmt":"2025-01-27T00:49:07","slug":"cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"<p>I<\/p>\n<p>El coche part\u00eda de la extremidad del barrio de Salamanca, para  atravesar todo Madrid en direcci\u00f3n al de Poza. Impulsado por el ego\u00edsta  deseo de tomar asiento antes que las dem\u00e1s personas movidas de iguales  intenciones, ech\u00e9 mano a la barra que sustenta la escalera de la  imperial, puse el pie en la plataforma y sub\u00ed; pero en el mismo instante  \u00a1oh previsi\u00f3n! tropec\u00e9 con otro viajero que por el opuesto lado  entraba. Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de  la Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella  cr\u00edtica ocasi\u00f3n la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta  apret\u00f3n de manos.<\/p>\n<p>Nuestro inesperado choque no hab\u00eda tenido consecuencias de  consideraci\u00f3n, si se except\u00faa la abolladura parcial de cierto sombrero  de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que tras  de mi amigo intentaba subir, y que sufri\u00f3, sin duda por falta de  agilidad, el rechazo de su bast\u00f3n.<\/p>\n<p>Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a  charlar. El se\u00f1or don Dionisio Cascajares es un m\u00e9dico afamado, aunque  no por la profundidad de sus conocimientos patol\u00f3gicos, y un hombre de  bien, pues jam\u00e1s se dijo de \u00e9l que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni a  matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y  cient\u00edfica profesi\u00f3n. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato y  el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que  el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud  de familias de todas jerarqu\u00edas, mayormente cuando tambi\u00e9n es fama que  en su bondad sin l\u00edmites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque  siempre de \u00edndole rigurosamente honesta.<\/p>\n<p>Nadie sabe como \u00e9l sucesos interesantes que no pertenecen al dominio  p\u00fablico, ni ninguno tiene en m\u00e1s estupendo grado la man\u00eda de preguntar,  si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en \u00e9l por la  prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los dem\u00e1s se tomen el  trabajo de pregunt\u00e1rselo. J\u00fazguese por esto si la compa\u00f1\u00eda de tan  hermoso ejemplar de la ligereza humana ser\u00e1 solicitada por los curiosos y  por los lenguaraces.<\/p>\n<p>Este hombre, amigo m\u00edo, como lo es de todo el mundo, era el que  sentado iban junto a m\u00ed cuando el coche, resbalando suavemente por su  calzada de hierro, bajaba la calle de Serrano, deteni\u00e9ndose alguna vez  para llenar los pocos asientos que quedaban ya vac\u00edos. \u00cdbamos tan  estrechos que me molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo  llevaba, y ya le pon\u00eda sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin  me resolv\u00ed a sentarme sobre \u00e9l, temiendo molestar a la se\u00f1ora inglesa, a  quien cupo en suerte colocarse a mi siniestra mano.<\/p>\n<p>-\u00bfY usted a d\u00f3nde va? -me pregunt\u00f3 Cascajares, mir\u00e1ndome por encima  de sus espejuelos azules, lo que hac\u00eda el efecto de ser examinado por  cuatro ojos.<\/p>\n<p>Contest\u00e9le evasivamente, y \u00e9l, deseando sin duda no perder aquel rato  sin hacer alguna \u00fatil investigaci\u00f3n, insisti\u00f3 en sus preguntas  diciendo:<\/p>\n<p>-Y Fulanito, \u00bfqu\u00e9 hace? Y Fulanita, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1? con otras indagatorias del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.<\/p>\n<p>Por \u00faltimo, viendo cu\u00e1n in\u00fatiles eran sus tentativas para pegar la  hebra, ech\u00f3 por camino m\u00e1s adecuado a su expansivo temperamento y empez\u00f3  a desembuchar.<\/p>\n<p>-\u00a1Pobre condesa! -dijo expresando con un movimiento de cabeza y un  visaje, su desinteresada compasi\u00f3n-. Si hubiera seguido mis consejos no  se ver\u00eda en situaci\u00f3n tan cr\u00edtica.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! es claro, -contest\u00e9 maquinalmente, ofreciendo tambi\u00e9n el tributo de mi compasi\u00f3n a la se\u00f1ora condesa.<\/p>\n<p>-\u00a1Fig\u00farese usted -prosigui\u00f3-, que se han dejado dominar por aquel  hombre! Y aquel hombre llegar\u00e1 a ser el due\u00f1o de la casa. \u00a1Pobrecilla!  Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una  determinaci\u00f3n. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los  mayores cr\u00edmenes.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! \u00a1Si es atroz! -dije yo, participando irreflexivamente de su indignaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condici\u00f3n que  si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica  su rostro que de all\u00ed no puede salir cosa buena.<\/p>\n<p>-Ya lo creo, eso salta a la vista.<\/p>\n<p>-Le explicar\u00e9 a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer  excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos  conceptos de mejor suerte. Pero est\u00e1 casada con un hombre que no  comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a  toda clase de entretenimientos il\u00edcitos. Ella entretanto se aburre y  llora. \u00bfEs extra\u00f1o que trate de sofocar su pena divirti\u00e9ndose  honestamente aqu\u00ed y all\u00ed, donde quiera que suena un piano? Es m\u00e1s, yo  mismo se lo aconsejo y le digo: \u00abSe\u00f1ora, procure usted distraerse, que  la vida se acaba. Al fin el se\u00f1or Conde se ha de arrepentir de sus  locuras y se acabar\u00e1n las penas\u00bb. Me parece que estoy en lo cierto.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! sin duda -contest\u00e9 con oficiosidad, continuando en mis adentros  tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.<\/p>\n<p>-Pero no es eso lo peor -a\u00f1adi\u00f3 Cascajares, golpeando el suelo con su  bast\u00f3n-, sino que ahora el se\u00f1or Conde ha dado en la flor de estar  celoso&#8230; s\u00ed, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de  distraer a la Condesa.<\/p>\n<p>-El marido tendr\u00e1 la culpa de que lo consiga.<\/p>\n<p>-Todo eso ser\u00eda insignificante, porque la Condesa es la misma virtud;  todo eso ser\u00eda insignificante, digo, si no existiera un hombre  abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.<\/p>\n<p>-\u00bfDe veras? \u00bfY qui\u00e9n es ese hombre? -pregunt\u00e9 con una chispa de curiosidad.<\/p>\n<p>-Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto  martirizar a la infeliz cuanto sensible se\u00f1ora. Parece que se ha  apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma  pretende&#8230; qu\u00e9 s\u00e9 yo&#8230; \u00a1Es una infamia!<\/p>\n<p>-S\u00ed que lo es, y ello merece un ejemplar castigo -dije yo, descargando tambi\u00e9n el peso de mis iras sobre aquel hombre.<\/p>\n<p>-Pero ella es inocente; ella es un \u00e1ngel&#8230; Pero, \u00a1calle! estamos en  la Cibeles. S\u00ed: ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted  parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el  coche est\u00e1 en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adi\u00f3s, mi  amigo, adi\u00f3s.<\/p>\n<p>Par\u00f3 el coche y baj\u00f3 D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, despu\u00e9s  de darme otro apret\u00f3n de manos y de causar segundo desperfecto en el  sombrero de la dama inglesa, a\u00fan no repuesta del primitivo susto.<\/p>\n<p>II<br \/>\nSigui\u00f3 el \u00f3mnibus su marcha y \u00a1cosa singular! yo a mi vez segu\u00ed pensando  en la inc\u00f3gnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo  en el hombre siniestro que, seg\u00fan la en\u00e9rgica expresi\u00f3n del m\u00e9dico, a  punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que  es el humano pensamiento: cuando Cascajares principi\u00f3 a referirme  aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco  tard\u00f3 mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas  de arriba abajo, operaci\u00f3n psicol\u00f3gica que no deja de ser estimulada por  la regular marcha del coche y el sordo y mon\u00f3tono rumor de sus ruedas,  limando el hierro de los carriles.<\/p>\n<p>Pero al fin dej\u00e9 de pensar en lo que tan poco me interesaba, y  recorriendo con la vista el interior del coche, examin\u00e9 uno por uno a  mis compa\u00f1eros de viaje. \u00a1Cu\u00e1n distintas caras y cu\u00e1n diversas  expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo m\u00e1s m\u00ednimo de los que van  a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad;  unos est\u00e1n alegres, otros tristes, aqu\u00e9l bosteza, el de m\u00e1s all\u00e1 r\u00ede, y  a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo  pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja  al que consiste en estar una docena de personas mir\u00e1ndose las caras sin  decirse palabra, y cont\u00e1ndose rec\u00edprocamente sus arrugas, sus lunares, y  este o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.<\/p>\n<p>Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y  que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a  alguien; otros vienen despu\u00e9s que estamos all\u00ed; unos se marchan,  qued\u00e1ndonos nosotros, y por \u00faltimo tambi\u00e9n nos vamos. Imitaci\u00f3n es esto  de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y  salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones  de viajeros el peque\u00f1o mundo que all\u00ed dentro vive. Entran, salen; nacen,  mueren&#8230; \u00a1Cu\u00e1ntos han pasado por aqu\u00ed antes que nosotros! \u00a1Cu\u00e1ntos  vendr\u00e1n despu\u00e9s!<\/p>\n<p>Y para que la semejanza sea m\u00e1s completa, tambi\u00e9n hay un mundo chico  de pasiones en miniatura dentro de aquel caj\u00f3n. Muchos van all\u00ed que se  nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les  vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde  que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos;  examinamos con cierto rencor sus caracteres frenol\u00f3gicos y sentimos  verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el veh\u00edculo,  remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme,  incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que  le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es  mudo teatro: siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables  paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.<\/p>\n<p>Pensaba en esto mientras el coche sub\u00eda por la calle de Alcal\u00e1, hasta  que me sac\u00f3 del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi  paquete de libros al caer al suelo. Recog\u00edlo al instante; mis ojos se  fijaron en el pedazo de peri\u00f3dico que serv\u00eda de envoltorio a los  vol\u00famenes, y maquinalmente leyeron medio rengl\u00f3n de lo que all\u00ed estaba  impreso. De s\u00fabito, sent\u00ed vivamente picada mi curiosidad: hab\u00eda le\u00eddo  algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de  follet\u00edn hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqu\u00e9 el  principio y no lo hall\u00e9: el papel estaba roto, y \u00fanicamente pude leer,  con curiosidad primero y despu\u00e9s con af\u00e1n creciente, lo que sigue:<\/p>\n<p>\u00abSent\u00eda la condesa una agitaci\u00f3n indescriptible. La presencia de  Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo origen atrev\u00edase a  poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El  infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un  preso. Ya no le deten\u00eda ning\u00fan respeto, ni era obst\u00e1culo a su infame  asechanza la sensibilidad y delicadeza de tan excelente se\u00f1ora.<\/p>\n<p>\u00bbMudarra penetr\u00f3 a deshora en la habitaci\u00f3n de la Condesa, que p\u00e1lida  y agitada, sintiendo a la vez verg\u00fcenza y terror, no tuvo \u00e1nimo para  despedirle.<\/p>\n<p>\u00bb-No se asuste us\u00eda, se\u00f1ora Condesa -dijo con forzada y siniestra  sonrisa, que aument\u00f3 la turbaci\u00f3n de la dama-; no vengo a hacer a us\u00eda  da\u00f1o alguno.<\/p>\n<p>\u00bb-\u00a1Oh, Dios m\u00edo! \u00a1Cu\u00e1ndo acabar\u00e1 este suplicio, -exclam\u00f3 la dama,  dejando caer sus brazos con desaliento-. Salga usted; yo no puedo  acceder a sus deseos. \u00a1Qu\u00e9 infamia! \u00a1Abusar de ese modo de mi debilidad,  y de la indiferencia de mi esposo, \u00fanico autor de tantas desdichas!<\/p>\n<p>\u00bb-\u00bfPor qu\u00e9 tan arisca se\u00f1ora Condesa? -a\u00f1adi\u00f3 el feroz mayordomo-. Si  yo no tuviera el secreto de su perdici\u00f3n en mi mano; si yo no pudiera  imponer al se\u00f1or Conde de ciertos particulares&#8230; pues&#8230; referentes a  aquel caballerito&#8230; Pero, no abusar\u00e9, no, de estas terribles armas.  Usted me comprender\u00e1 al fin, conociendo cu\u00e1n desinteresado es el grande  amor que ha sabido inspirarme.<\/p>\n<p>\u00bbAl decir esto, Mudarra dio algunos pasos hacia la Condesa, que se alej\u00f3 con horror y repugnancia de aquel monstruo.<\/p>\n<p>\u00bbEra Mudarra un hombre como de cincuenta a\u00f1os, moreno, rechoncho y  patizambo, de cabellos \u00e1speros y en desorden, grande y colmilluda la  boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y  espes\u00edsimas cejas, en aquellos instantes expresaban la m\u00e1s bestial  concupiscencia.<\/p>\n<p>\u00bb-\u00a1Ah puerco esp\u00edn! -exclam\u00f3 con ira al ver el natural despego de la  dama-. \u00a1Qu\u00e9 desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo  sabiendo que puedo informar al se\u00f1or Conde&#8230; Y me creer\u00e1, no lo dude  us\u00eda: el se\u00f1or Conde tiene en m\u00ed tal confianza, que lo que yo digo es  para \u00e9l el mismo Evangelio&#8230; pues&#8230; y como est\u00e1 celoso&#8230; si yo le  presento el papelito&#8230;<\/p>\n<p>\u00bb-\u00a1Infame! -grit\u00f3 la Condesa con noble arranque de indignaci\u00f3n y  dignidad-. Yo soy inocente; y mi esposo no ser\u00e1 capaz de prestar o\u00eddos a  tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser  despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad  a ese precio. Salga usted de aqu\u00ed al instante.<\/p>\n<p>\u00bb-Yo tambi\u00e9n tengo mal genio, se\u00f1ora Condesa -dijo el mayordomo  devorando su rabia-; yo tambi\u00e9n gasto mal genio, y cuando me amosco&#8230;  Puesto que us\u00eda lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya s\u00e9 lo  que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aqu\u00ed.  Por \u00faltima vez propongo a us\u00eda que seamos amigos, y no me ponga en el  caso de hacer un disparate&#8230; con que se\u00f1ora m\u00eda&#8230;<\/p>\n<p>\u00bbAl decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los r\u00edgidos  tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dio  algunos pasos como para sentarse en el sof\u00e1 junto a la Condesa. Esta se  levant\u00f3 de un salto gritando:<\/p>\n<p>\u00bb-No; \u00a1salga usted! \u00a1Infame! Y no tener quien me defienda&#8230; \u00a1Salga usted!\u00bb<\/p>\n<p>\u00abEl mayordomo, entonces, era como una fiera a quien se escapa la  presa que ha tenido un momento antes entre sus u\u00f1as. Dio un resoplido,  hizo un gesto de amenaza y sali\u00f3 despacio con pasos muy quedos. La  Condesa, tr\u00e9mula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete,  sinti\u00f3 las pisadas que alej\u00e1ndose se perd\u00edan en la alfombra de la  habitaci\u00f3n inmediata, y respir\u00f3 al fin cuando le consider\u00f3 lejos. Cerr\u00f3  las puertas y quiso dormir; pero el sue\u00f1o hu\u00eda de sus ojos, a\u00fan  aterrados con la imagen del monstruo.<\/p>\n<p>\u00bbCap\u00edtulo XI. &#8211; El Complot. -Mudarra, al salir de la habitaci\u00f3n de la  Condesa, se dirigi\u00f3 a la suya, y dominado por fuerte inquietud  nerviosa, comenz\u00f3 a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes:  \u00abYa no me aguanto m\u00e1s; me las pagar\u00e1 todas juntas.\u00bb Despu\u00e9s se sent\u00f3,  tom\u00f3 la pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examin\u00e1ndola  bien, empez\u00f3 a escribir otra, tratando de remedar la letra. Mudaba la  vista con febril ansiedad del modelo a la copia, y por \u00faltimo, despu\u00e9s  de gran trabajo escribi\u00f3 con caracteres enteramente iguales a los del  modelo, la carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: Hab\u00eda  prometido a usted una entrevista y me apresuro&#8230;\u00bb<\/p>\n<p>El follet\u00edn estaba roto y no pude leer m\u00e1s.<\/p>\n<p>III<br \/>\nSin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relaci\u00f3n que  exist\u00eda entre las noticias sueltas que o\u00ed de boca del Sr. Cascajares y  la escena le\u00edda en aquel papelucho, follet\u00edn, sin duda, traducido de  alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepin. Ser\u00e1 una  tonter\u00eda, dije para m\u00ed, pero es lo cierto que ya me inspira inter\u00e9s esa  se\u00f1ora Condesa, v\u00edctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual  no existe sino en la trastornada cabeza de alg\u00fan novelista nacido para  aterrar a las gentes sencillas. \u00bfY qu\u00e9 har\u00eda el maldito para vengarse?  Capaz ser\u00eda de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un  cap\u00edtulo de sensaci\u00f3n. \u00bfY el Conde, qu\u00e9 har\u00e1? Y aquel mozalbete de quien  hablaron, Cascajares en el coche y Mudarra en el follet\u00edn, \u00bfqu\u00e9 har\u00e1,  qui\u00e9n ser\u00e1? \u00bfQu\u00e9 hay entre la Condesa y ese inc\u00f3gnito caballerito? Algo  dar\u00eda por saber&#8230;<\/p>\n<p>Esto pensaba, cuando alc\u00e9 los ojos, recorr\u00ed con ellos el interior del  coche, y \u00a1horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto.  Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de  follet\u00edn, el tranv\u00eda se hab\u00eda detenido varias veces para tomar o dejar  alg\u00fan viajero. En una de estas ocasiones hab\u00eda entrado aquel hombre,  cuya s\u00fabita presencia me produjo tan grande impresi\u00f3n. Era \u00e9l, Mudarra,  el mayordomo en persona, sentado frente a m\u00ed, con sus rodillas tocando  mis rodillas. En un segundo le examin\u00e9 de pies a cabeza y reconoc\u00ed las  facciones cuya descripci\u00f3n hab\u00eda le\u00eddo. No pod\u00eda ser otro: hasta los m\u00e1s  insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era \u00e9l.  Reconoc\u00ed la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas  mechas surg\u00edan en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los  ojos hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no  menos revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro  como los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el  aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de  meterse la mano en el bolsillo para pagar.<\/p>\n<p>De pronto le vi sacar una cartera, y observ\u00e9 que este objeto ten\u00eda en  la cubierta una gran M dorada, la inicial de su apellido. Abri\u00f3la, sac\u00f3  una carta y mir\u00f3 el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareci\u00f3  que dec\u00eda entre dientes:<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Qu\u00e9 bien imitada est\u00e1 la letra!\u00bb En efecto, era una carta peque\u00f1a,  con el sobre garabateado por mano femenina. Lo mir\u00f3 bien, recre\u00e1ndose en  su infame obra, hasta que observ\u00f3 que yo con curiosidad indiscreta y  descort\u00e9s alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito.  Dirigi\u00f3me una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guard\u00f3 su  cartera.<\/p>\n<p>El coche segu\u00eda corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo  leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extra\u00f1as  cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inveros\u00edmil,  convertido en ser vivo y compa\u00f1ero m\u00edo en aquel viaje, hab\u00eda dejado  atr\u00e1s la calle de Alcal\u00e1, atravesaba la Puerta del Sol y entraba  triunfante en la calle Mayor, abri\u00e9ndose paso por entre los dem\u00e1s  coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y  ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos  por la confusi\u00f3n de tantos y tan diversos ruidos, no ven a la mole que  se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.<\/p>\n<p>Segu\u00eda yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de  cuya existencia real no estamos seguros, y no quit\u00e9 los ojos de su  repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y  salir, perdi\u00e9ndose luego entre el gent\u00edo de la calle.<\/p>\n<p>Salieron y entraron varias personas y la decoraci\u00f3n viviente del coche mud\u00f3 por completo.<\/p>\n<p>Cada vez era m\u00e1s viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso,  que al principio pod\u00eda considerar como forjado exclusivamente en mi  cabeza por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la  conversaci\u00f3n o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa  cierta y de indudable realidad.<\/p>\n<p>Cuando sali\u00f3 el hombre en quien cre\u00ed ver el terrible mayordomo,  qued\u00e9me pensando en el incidente de la carta y me lo expliqu\u00e9 a mi  manera, no queriendo ser en tan delicada cuesti\u00f3n menos fecundo que el  novelista, autor de lo que momentos antes hab\u00eda le\u00eddo. Mudarra, pens\u00e9,  deseoso de vengarse de la Condesa \u00a1oh, infortunada se\u00f1ora! finge su  letra y escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo  otro, y lo de m\u00e1s all\u00e1. En la carta le da una cita en su propia casa;  llega el joven a la hora indicada y poco despu\u00e9s el marido, a quien se  ha tenido cuidado de avisar, para que coja in fraganti a su desleal  esposa: \u00a1oh admirable recurso del ingenio! Esto, que en la vida tiene su  pro y su contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se  desmaya, el amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detr\u00e1s de  la cortina est\u00e1 el fat\u00eddico semblante del mayordomo que se goza en su  endiablada venganza.<\/p>\n<p>Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que  insensiblemente iba desarroll\u00e1ndose en mi imaginaci\u00f3n por las palabras  de mi amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un  desconocido.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>Andando, andando segu\u00eda el coche y ya por causa del calor que all\u00ed  dentro se sent\u00eda, ya porque el movimiento pausado y mon\u00f3tono del  veh\u00edculo produce cierto marco que degenera en sue\u00f1o, lo cierto es que  sent\u00ed pesados los p\u00e1rpados, me inclin\u00e9 del costado izquierdo, apoyando  el codo en el paquete de libros, y cerr\u00e9 los ojos. En esta situaci\u00f3n  continu\u00e9 viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante m\u00ed ten\u00eda,  barbadas unas, limpias de pelo las otras, aqu\u00e9llas riendo, \u00e9stas muy  acartonadas y serias. Despu\u00e9s me pareci\u00f3 que obedeciendo a la  contracci\u00f3n de un m\u00fasculo com\u00fan, todas aquellas caras hac\u00edan muecas y  gui\u00f1os, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostr\u00e1ndome  alternativamente una serie de dientes que variaban desde los m\u00e1s blancos  hasta los m\u00e1s amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.  Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y  expresi\u00f3n, crec\u00edan o menguaban, variando de forma; las bocas se abr\u00edan  en l\u00ednea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia  adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro  de cierto benem\u00e9rito animal que tiene sobre s\u00ed el anatema de no poder  ser nombrado.<\/p>\n<p>Por detr\u00e1s de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he  descrito, y al trav\u00e9s de las ventanillas del coche, yo ve\u00eda la calle,  las casas y los transe\u00fantes, todo en veloz carrera, como si el tranv\u00eda  anduviera con rapidez vertiginosa. Yo por lo menos cre\u00eda que marchaba  m\u00e1s aprisa que nuestros ferrocarriles, m\u00e1s que los franceses, m\u00e1s que  los ingleses, m\u00e1s que los norte-americanos; corr\u00eda con toda la velocidad  que puede suponer la imaginaci\u00f3n, trat\u00e1ndose de la traslaci\u00f3n de lo  s\u00f3lido.<\/p>\n<p>A medida que era m\u00e1s intenso aquel estado letargoso, se me figuraba  que iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un  instante cre\u00ed que el tranv\u00eda corr\u00eda por lo m\u00e1s profundo de los mares: al  trav\u00e9s de los vidrios se ve\u00edan los cuerpos de cet\u00e1ceos enormes, los  miembros pegajosos de una multitud de p\u00f3lipos de diversos tama\u00f1os. Los  peces chicos sacud\u00edan sus colas resbaladizas contra los cristales, y  algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crust\u00e1ceos de  forma desconocida, grandes moluscos, madr\u00e9poras, esponjas y una multitud  de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los hab\u00eda visto, pasaban  sin cesar. El coche iba tirado por no s\u00e9 qu\u00e9 especie de nadantes  monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletadas  de una h\u00e9lice, tornillaban la masa l\u00edquida, con su infinito voltear.<\/p>\n<p>Esta visi\u00f3n se iba extinguiendo: despu\u00e9s pareci\u00f3me que el coche  corr\u00eda por los aires, volando en direcci\u00f3n fija y sin que lo agitaran  los vientos. Al trav\u00e9s de los cristales no se ve\u00eda nada, m\u00e1s que  espacio: las nubes nos envolv\u00edan a veces; una lluvia violenta y  repentina tamborileaba en la imperial; de pronto sal\u00edamos al espacio  puro, inundado de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso  seno de celajes inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de \u00f3palo  como de amatista, que iban qued\u00e1ndose atr\u00e1s en nuestra marcha. Pas\u00e1bamos  luego, por un sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes  de un fin\u00edsimo polvo de oro: m\u00e1s adelante, aquella polvareda que a m\u00ed se  me antojaba producida por el movimiento de las ruedas triturando la  luz, era de plata, despu\u00e9s verde como harina de esmeraldas, y por  \u00faltimo, roja como harina de rub\u00eds. El coche iba arrastrado por alg\u00fan  vol\u00e1til apocal\u00edptico, m\u00e1s fuerte que el hipogrifo y m\u00e1s atrevido que el  drag\u00f3n; y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el  zumbido de las grandes aspas de un molino de viento, o m\u00e1s bien el de un  abejorro del tama\u00f1o de un elefante. Vol\u00e1bamos por el espacio sin fin,  sin llegar nunca; entre tanto la tierra qued\u00e1base abajo, a muchas leguas  de nuestros pies; y en la tierra, Espa\u00f1a, Madrid, el barrio de  Salamanca, Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el inc\u00f3gnito  gal\u00e1n, todos ellos.<\/p>\n<p>Pero no tard\u00e9 en dormirme profundamente; y entonces el coche ces\u00f3 de  andar, ces\u00f3 de volar, y desapareci\u00f3 para m\u00ed la sensaci\u00f3n de que iba en  el tal coche, no quedando m\u00e1s que el ruido mon\u00f3tono y profundo de las  ruedas, que no nos abandona jam\u00e1s en nuestras pesadillas dentro de un  tren o en el camarote de un vapor. Me dorm\u00ed&#8230; \u00a1Oh infortunada Condesa!  la vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que  escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste  y meditabunda como una estatua de la melancol\u00eda. A sus pies estaba  acurrucado un perrillo, que me pareci\u00f3 tan triste como su interesante  ama.<\/p>\n<p>Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba  como la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y  expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta  y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y  arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectaci\u00f3n, y en esto, como en su  traje, se comprend\u00eda que no pensaba salir aquella noche. \u00a1Tremenda, mil  veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa  figura que tanto deseaba conocer, y me pareci\u00f3 que pod\u00eda leer sus ideas  en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentraci\u00f3n mental  hab\u00eda trazado unas cuantas l\u00edneas imperceptibles, que el tiempo  convertir\u00eda pronto en arrugas.<\/p>\n<p>De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dio un grito de sorpresa y se levant\u00f3 muy agitada.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 es esto? -dijo-. Rafael. Usted&#8230; \u00bfQu\u00e9 atrevimiento? \u00bfC\u00f3mo ha entrado usted aqu\u00ed?<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora -contest\u00f3 el que hab\u00eda entrado, joven de muy buen porte-. \u00bfNo me esperaba usted? He recibido una carta suya&#8230;<\/p>\n<p>-\u00a1Una carta m\u00eda! -exclam\u00f3 m\u00e1s agitada la Condesa-. Yo no he escrito carta ninguna. \u00bfY para qu\u00e9 hab\u00eda de escribirla?<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora, vea usted -repuso el joven sacando la carta y mostr\u00e1ndosela-; es su letra, su misma letra.<\/p>\n<p>-\u00a1Dios m\u00edo! \u00a1Qu\u00e9 infernal maquinaci\u00f3n!-dijo la dama con desesperaci\u00f3n-. Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden&#8230;<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora, c\u00e1lmese usted&#8230; yo siento mucho&#8230;<\/p>\n<p>-S\u00ed; lo comprendo todo&#8230; Ese hombre infame&#8230; Ya sospecho cu\u00e1l habr\u00e1  sido su idea. Salga usted al instante&#8230; Pero ya es tarde; ya siento la  voz de mi marido.<\/p>\n<p>En efecto, una voz atronadora se sinti\u00f3 en la habitaci\u00f3n inmediata, y  al poco entr\u00f3 el Conde, que fingi\u00f3 sorpresa de ver al gal\u00e1n, y despu\u00e9s  riendo con cierta afectaci\u00f3n, le dijo:<\/p>\n<p>-\u00a1Oh Rafael!, usted por aqu\u00ed&#8230; \u00a1Cu\u00e1nto tiempo!&#8230; Ven\u00eda usted a acompa\u00f1ar a Antonia&#8230; Con eso nos acompa\u00f1ar\u00e1 a tomar el t\u00e9.<\/p>\n<p>La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en  su perplejidad, apenas acert\u00f3 a devolver al Conde su saludo. Vi que  entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de t\u00e9 y  desaparecieron despu\u00e9s, dejando solos a los tres personajes. Iba a pasar  algo terrible.<\/p>\n<p>Sent\u00e1ronse: la Condesa parec\u00eda difunta, el Conde afectaba una  hilaridad aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba,  contest\u00e1ndole s\u00f3lo con monos\u00edlabos. Sirvi\u00f3 el t\u00e9, y el Conde alarg\u00f3 a  Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La  Condesa mir\u00f3 aquella taza con tal expresi\u00f3n de espanto, que pareci\u00f3  echar en ella todo su esp\u00edritu. Bebieron en silencio, acompa\u00f1ando la  poci\u00f3n con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers,  y otras menudencias propias de tal clase de cena. Despu\u00e9s el Conde  volvi\u00f3 a re\u00edr con la desaforada y ruidosa expansi\u00f3n que le era peculiar  aquella noche, y dijo:<\/p>\n<p>-\u00a1C\u00f3mo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia,  toca algo. Hace tanto tiempo que no te o\u00edmos. Mira&#8230; aquella pieza de  Gottschalk que se titula Morte&#8230; La tocabas admirablemente. Vamos,  ponte al piano.<\/p>\n<p>La Condesa quiso hablar, \u00e9rale imposible articular palabra. El Conde  la mir\u00f3 de tal modo, que la infeliz cedi\u00f3 ante la terrible expresi\u00f3n de  sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor. Se levant\u00f3  dirigi\u00e9ndose al piano, y ya all\u00ed, el marido debi\u00f3 decirle algo que la  aterro m\u00e1s, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Son\u00f3 el piano,  heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a las  agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de  sonidos que dorm\u00edan mudos en el fondo de la caja. Al principio era la  m\u00fasica una confusa reuni\u00f3n de sones que aturd\u00eda en vez de agradar; pero  luego seren\u00f3se aquella tempestad, y un canto f\u00fanebre y temeroso como el  Dies irae surgi\u00f3 de tal desorden. Yo cre\u00eda escuchar el son triste de un  coro de cartujos, acompa\u00f1ado con el bronco mugido de los fagots.  Sent\u00edanse despu\u00e9s ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que  exhalan las \u00e1nimas, condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente  un perd\u00f3n que ha de llegar muy tarde.<\/p>\n<p>Volv\u00edan luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se  encabritaban unas sobre otras como disput\u00e1ndose cu\u00e1l ha de llegar  primero. Se hac\u00edan y deshac\u00edan los acordes, como se forma y desbarata la  espuma de las olas. La armon\u00eda fluctuaba y herv\u00eda en una marejada sin  fin, alej\u00e1ndose hasta perderse, y volviendo m\u00e1s fuerte en grandes y  atropellados remolinos.<\/p>\n<p>Yo continuaba extasiado oyendo la m\u00fasica imponente y majestuosa; no  pod\u00eda ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a m\u00ed; pero me  la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegu\u00e9 a pensar  que el piano se tocaba solo.<\/p>\n<p>El joven estaba detr\u00e1s de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el  piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle, pero deb\u00eda  encontrar expresi\u00f3n muy horrenda en los ojos de su consorte, porque  tornaba a bajar los suyos y segu\u00eda tocando. De repente el piano ces\u00f3 de  sonar y la Condesa dio un grito.<\/p>\n<p>En aquel instante sent\u00ed un fort\u00edsimo golpe en un hombro, me sacud\u00ed violentamente y despert\u00e9.<\/p>\n<p>V<br \/>\nEn la agitaci\u00f3n de mi sue\u00f1o hab\u00eda cambiado de postura y me hab\u00eda dejado caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.<\/p>\n<p>-\u00a1Aaah! usted&#8230; sleeping&#8230; molestar&#8230; me, -dijo con avinagrado  moh\u00edn, mientras rechazaba mi paquete de libros que hab\u00eda ca\u00eddo sobre sus  rodillas.<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora&#8230; es verdad&#8230; me dorm\u00ed -contest\u00e9 turbado al ver que todos los viajeros se re\u00edan de aquella escena.<\/p>\n<p>-\u00a1Ooo&#8230; yo soy&#8230; going&#8230; to decir al coachman&#8230; usted molestar&#8230;  mi&#8230; usted, caballero&#8230;very shocking -a\u00f1adi\u00f3 la inglesa en su jerga  ininteligible-: \u00a1Oooh! usted creer&#8230; my body es&#8230; su camafor usted&#8230;  to sleep. \u00a1Oooh! gentleman, you are a stupid ass.<\/p>\n<p>Al decir esto, la hija de la Gran Breta\u00f1a, que era de s\u00ed bastante  amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Crey\u00e9rase que la sangre  agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes  poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me  quisiera roer. Le ped\u00ed mil perdones por mi sue\u00f1o descort\u00e9s, recog\u00ed mi  paquete y pas\u00e9 revista a las nuevas caras que dentro del coche hab\u00eda.  Fig\u00farate, \u00a1oh cachazudo y ben\u00e9volo lector! cu\u00e1l ser\u00eda mi sorpresa cuando  vi frente a m\u00ed \u00bfa qui\u00e9n creer\u00e1s? al joven de la escena so\u00f1ada, al mismo  D. Rafael en persona. Me restregu\u00e9 los ojos para convencerme de que no  dorm\u00eda, y en efecto, despierto estaba, y tan despierto como ahora.<\/p>\n<p>Era \u00e9l mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atenci\u00f3n y escuch\u00e9 con toda mi alma.<\/p>\n<p>-\u00bfPero t\u00fa no sospechaste nada? -le dec\u00eda el otro.<\/p>\n<p>-Algo, s\u00ed; pero call\u00e9. Parec\u00eda difunta; tal era su terror. Su marido  la mand\u00f3 tocar el piano y ella no se atrevi\u00f3 a resistir. Toc\u00f3, como  siempre, de una manera admirable, y oy\u00e9ndola llegu\u00e9 a olvidarme de la  peligrosa situaci\u00f3n en que nos encontr\u00e1bamos. A pesar de los esfuerzos  que ella hac\u00eda para aparecer serena, lleg\u00f3 un momento en que le fue  imposible fingir m\u00e1s. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las  teclas ech\u00f3 la cabeza atr\u00e1s y dio un grito. Entonces su marido sac\u00f3 un  pu\u00f1al, y dando un paso hacia ella exclam\u00f3 con furia: \u00abToca o te mato al  instante.\u00bb Al ver esto hirvi\u00f3 mi sangre toda: quise echarme sobre aquel  miserable; pero sent\u00ed en mi cuerpo una sensaci\u00f3n que no puedo pintarte;  cre\u00ed que repentinamente se hab\u00eda encendido una hoguera en mi est\u00f3mago;  fuego corr\u00eda por mis venas; las sienes me latieron, y ca\u00ed al suelo sin  sentido.<\/p>\n<p>-Y antes, \u00bfno conocistes los s\u00edntomas del envenenamiento? -le pregunt\u00f3 el otro.<\/p>\n<p>-Notaba cierta desaz\u00f3n y sospech\u00e9 vagamente, pero nada m\u00e1s. El veneno  estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mat\u00f3, aunque  me ha dejado una enfermedad para toda la vida.<\/p>\n<p>-Y despu\u00e9s que perdiste el sentido, \u00bfqu\u00e9 pas\u00f3?<\/p>\n<p>Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche par\u00f3.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos -dijo Rafael.<\/p>\n<p>\u00a1Qu\u00e9 contrariedad! Se marchaban, y yo no sab\u00eda el fin de la historia.<\/p>\n<p>-Caballero, caballero, una palabra -dije al verlos salir.<\/p>\n<p>El joven se detuvo y me mir\u00f3.<\/p>\n<p>-\u00bfY la Condesa? \u00bfQu\u00e9 fue de esa se\u00f1ora?, -pregunt\u00e9 con mucho af\u00e1n.<\/p>\n<p>Una carcajada general fue la \u00fanica respuesta. Los dos j\u00f3venes  ri\u00e9ndose tambi\u00e9n, salieron sin contestarme palabra. El \u00fanico ser vivo  que conserv\u00f3 su serenidad de esfinge en tan c\u00f3mica escena fue la  inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvi\u00f3 a los dem\u00e1s  viajeros diciendo:<\/p>\n<p>-\u00a1Oooh! A lunatic fellow.<\/p>\n<p>VI<\/p>\n<p>El coche segu\u00eda, y a m\u00ed me abrasaba la curiosidad por saber qu\u00e9 hab\u00eda  sido de la desdichada Condesa. \u00bfLa mat\u00f3 su marido? Yo me hac\u00eda cargo de  las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza,  como todas las almas crueles, quer\u00eda que su mujer presenciase, sin dejar  de tocar, la agon\u00eda de aquel incauto joven llevado all\u00ed por una vil  celada de Mudarra.<\/p>\n<p>Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados  esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael hab\u00eda bebido  el veneno. \u00a1Tr\u00e1gica y espeluznante escena! -pensaba, yo, m\u00e1s convencido  cada vez de la realidad de aquel suceso- \u00a1y luego dir\u00e1n que estas cosas  s\u00f3lo se ven en las novelas!<\/p>\n<p>Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entr\u00f3 una mujer  que tra\u00eda un perrillo en sus brazos. Al instante reconoc\u00ed al perro que  hab\u00eda visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma  lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La  suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo  resistir la curiosidad, le pregunt\u00e9:<\/p>\n<p>-\u00bfEs de usted ese perro tan bonito?<\/p>\n<p>-\u00bfPues de qui\u00e9n ha de ser? \u00bfLe gusta a usted?<\/p>\n<p>Cog\u00ed una de las orejas del inteligente animal para hacerle una  caricia; pero \u00e9l, insensible a mis demostraciones de cari\u00f1o, ladr\u00f3, dio  un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me  volvi\u00f3 a ense\u00f1ar sus dos dientes como queri\u00e9ndome roer, y exclam\u00f3:<\/p>\n<p>-\u00a1Ooooh! usted&#8230; unsupportable.<\/p>\n<p>-\u00bfY d\u00f3nde ha adquirido usted ese perro? -pregunt\u00e9 sin hacer caso de  la nueva explosi\u00f3n col\u00e9rica de la mujer brit\u00e1nica-. \u00bfSe puede saber?<\/p>\n<p>-Era de mi se\u00f1orita.<\/p>\n<p>-\u00bfY qu\u00e9 fue de su se\u00f1orita? -dije con la mayor ansiedad.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! \u00bfUsted la conoc\u00eda? -repuso la mujer-. Era muy buena, \u00bfverd\u00e1 ust\u00e9?<\/p>\n<p>-\u00a1Oh! excelente&#8230; Pero \u00bfpodr\u00eda yo saber en qu\u00e9 par\u00f3 todo aquello?<\/p>\n<p>-De modo que usted est\u00e1 enterado, usted tiene noticias&#8230;<\/p>\n<p>-S\u00ed, se\u00f1ora&#8230; He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del t\u00e9&#8230; pues. Y diga usted \u00bfmuri\u00f3 la se\u00f1ora?<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! s\u00ed se\u00f1or: est\u00e1 en la gloria.<\/p>\n<p>-\u00bfY c\u00f3mo fue eso? \u00bfLa asesinaron, o fue a consecuencia del susto?<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 asesinato, ni qu\u00e9 susto! -dijo con expresi\u00f3n burlona-. Usted no  est\u00e1 enterado. Fue que aquella noche hab\u00eda comido no s\u00e9 qu\u00e9, pues&#8230; y  le hizo da\u00f1o&#8230; Le dio un desmayo que le dur\u00f3 hasta el amanecer.<\/p>\n<p>-Bah -pens\u00e9 yo- \u00e9sta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno, o no quiere darse por entendida.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s dije en alta voz:<\/p>\n<p>-\u00bfConque fue de indigesti\u00f3n?<\/p>\n<p>-S\u00ed, se\u00f1or. Yo le hab\u00eda dicho aquella noche: \u00abse\u00f1ora: no coma usted esos mariscos\u00bb; pero no me hizo caso.<\/p>\n<p>-Conque mariscos \u00bfeh? -dije con incredulidad-. Si sabr\u00e9 yo lo que ha ocurrido.<\/p>\n<p>-\u00bfNo lo cree usted?<\/p>\n<p>-S\u00ed&#8230; s\u00ed -repuse aparentando creerlo-. \u00bfY el Conde&#8230; su marido, el que sac\u00f3 el pu\u00f1al cuando tocaba el piano?<\/p>\n<p>La mujer me mir\u00f3 un instante y despu\u00e9s solt\u00f3 la risa en mis propias barbas.<\/p>\n<p>-\u00bfSe r\u00ede usted&#8230;? \u00a1Bah! \u00bfPiensa usted que no estoy perfectamente  enterado? Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como realmente  son. Ya se ve, como habr\u00e1 causa criminal&#8230;<\/p>\n<p>-Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.<\/p>\n<p>-\u00bfNo era el ama de ese perro la se\u00f1ora Condesa, a quien el mayordomo Mudarra&#8230;?<\/p>\n<p>La mujer volvi\u00f3 a soltar la risa con tal estr\u00e9pito, que me  desconcert\u00e9 diciendo para mi capote: \u00c9sta debe de ser c\u00f3mplice de  Mudarra, y naturalmente ocultar\u00e1 todo lo que pueda.<\/p>\n<p>-Usted est\u00e1 loco -a\u00f1adi\u00f3 la desconocida.<\/p>\n<p>-Lunatic, lunatic. Me&#8230; suffocated&#8230; \u00a1Oooh! \u00a1My God!<\/p>\n<p>-Si lo s\u00e9 todo: vamos, no me lo oculte usted. D\u00edgame de qu\u00e9 muri\u00f3 la se\u00f1ora Condesa.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 condesa ni que ocho cuartos, hombre de Dios! -exclam\u00f3 la mujer riendo con m\u00e1s fuerza.<\/p>\n<p>-\u00a1Si creer\u00e1 usted que me enga\u00f1a a m\u00ed con sus risitas! -contest\u00e9-. La  Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.<\/p>\n<p>En esto lleg\u00f3 el coche al Barrio de Pozas y yo al t\u00e9rmino de mi  viaje. Salimos todos: la inglesa me ech\u00f3 una mirada que indicaba su  regocijo por verse libre de m\u00ed, y cada cual se dirigi\u00f3 a su destino. Yo  segu\u00ed a la mujer del perro aturdi\u00e9ndola con preguntas, hasta que se  meti\u00f3 en su casa, riendo siempre de mi empe\u00f1o en averiguar vidas ajenas.  Al verme solo en la calle, record\u00e9 el objeto de mi viaje y me dirig\u00ed a  la casa donde deb\u00eda entregar aquellos libros. Devolv\u00edlos a la persona  que me los hab\u00eda prestado para leerlos, y me puse a pasear frente al  Buen Suceso, esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al  otro extremo de Madrid.<\/p>\n<p>No pod\u00eda apartar de la imaginaci\u00f3n a la infortunada Condesa, y cada  vez me confirmaba m\u00e1s en mi idea de que la mujer con quien \u00faltimamente  habl\u00e9 hab\u00eda querido enga\u00f1arme, ocultando la verdad de la misteriosa  tragedia.<\/p>\n<p>Esper\u00e9 mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a  partir. Entr\u00e9, y lo primero que mis ojos vieron fue la se\u00f1ora inglesa  sentadita donde antes estaba. Cuando me vio subir y tomar sitio a su  lado, la expresi\u00f3n de su rostro no es definible; se puso otra vez como  la grana, exclamando:<\/p>\n<p>-\u00a1Oooh!&#8230; usted&#8230; mi quejarme al coachman&#8230; usted reventar me for it.<\/p>\n<p>Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo  de lo que la inglesa me dec\u00eda en su h\u00edbrido y trabajoso lenguaje, le  contest\u00e9:<\/p>\n<p>-Se\u00f1ora, no hay duda de que la Condesa muri\u00f3 envenenada o asesinada. Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.<\/p>\n<p>Segu\u00eda el coche, y de trecho en trecho deten\u00edase para recoger  pasajeros. Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento  enfrente de m\u00ed. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy  severos ojos y un hablar campanudo que impon\u00eda respeto.<\/p>\n<p>No hac\u00eda diez minutos que estaban all\u00ed, cuando este hombre se volvi\u00f3 a los otros dos y dijo:<\/p>\n<p>-\u00a1Pobrecilla! \u00a1C\u00f3mo clamaba en sus \u00faltimos instantes! La bala le  entr\u00f3 por encima de la clav\u00edcula derecha y despu\u00e9s baj\u00f3 hasta el  coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo? -exclam\u00e9 yo repentinamente-. \u00bfConque fue de un tiro? \u00bfNo muri\u00f3 de una pu\u00f1alada?<\/p>\n<p>Los tres me miraron con sorpresa.<\/p>\n<p>-De un tiro, se\u00f1or -dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y huesoso.<\/p>\n<p>-Y aquella mujer sosten\u00eda que hab\u00eda muerto de una indigesti\u00f3n -dije  interes\u00e1ndome m\u00e1s cada vez en aquel asunto-. Cuente usted \u00bfy c\u00f3mo fue?<\/p>\n<p>-\u00bfY a usted qu\u00e9 le importa? -dijo el otro con muy avinagrado gesto.<\/p>\n<p>-Tengo mucho inter\u00e9s por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. \u00bfNo es verdad que parece cosa de novela?<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 novela ni qu\u00e9 ni\u00f1o muerto? Usted est\u00e1 loco o quiere burlarse de nosotros.<\/p>\n<p>-Caballerito, cuidado con las bromas -a\u00f1adi\u00f3 el alto y seco.<\/p>\n<p>-\u00bfCreen ustedes que no estoy enterado? Lo s\u00e9 todo, he presenciado  varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa  muri\u00f3 de un pistoletazo.<\/p>\n<p>-V\u00e1lgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi  perra, a quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted  quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestar\u00e9 como  merece.<\/p>\n<p>-Ya, ya comprendo: ahora hay empe\u00f1o en ocultar la verdad -manifest\u00e9  juzgando que aquellos hombres quer\u00edan desorientarme en mis pesquisas,  convirtiendo en perra a la desdichada se\u00f1ora.<\/p>\n<p>Ya preparaba el otro su contestaci\u00f3n, sin duda, m\u00e1s en\u00e9rgica de lo  que el caso requer\u00eda, cuando la inglesa se llev\u00f3 el dedo a la sien, como  para indicarles que yo no reg\u00eda bien de la cabeza. Calm\u00e1ronse con esto,  y no dijeron una palabra m\u00e1s en todo el viaje, que termin\u00f3 para ellos  en la Puerta del Sol. Sin duda me hab\u00edan tenido miedo.<\/p>\n<p>Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quer\u00eda  serenar mi esp\u00edritu, razonando los verdaderos t\u00e9rminos de tan embrollada  cuesti\u00f3n. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la  pobre se\u00f1ora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes  que iban sucedi\u00e9ndose dentro del coche, cre\u00eda ver algo que contribuyera a  explicar el enigma. Sent\u00eda yo una sobreexcitaci\u00f3n cerebral espantosa, y  sin duda el trastorno interior deb\u00eda pintarse en mi rostro, porque  todos me miraban como se mira que no se ve todos los d\u00edas.<\/p>\n<p>VII<\/p>\n<p>A\u00fan faltaba alg\u00fan incidente que hab\u00eda de turbar m\u00e1s mi cabeza en aquel  viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcal\u00e1, entr\u00f3 un caballero con su  se\u00f1ora: \u00e9l qued\u00f3 junto a m\u00ed. Era un hombre que parec\u00eda afectado de  fuerte y reciente impresi\u00f3n, y hasta cre\u00ed que alguna vez se llev\u00f3 el  pa\u00f1uelo a los ojos para enjugar las invisibles l\u00e1grimas, que sin duda  corr\u00edan bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales antiparras.<\/p>\n<p>Al poco rato de estar all\u00ed, dijo en voz baja a la que parec\u00eda ser su mujer:<\/p>\n<p>-Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir D. Mateo. \u00a1Desdichada mujer!<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 horror! Ya me lo he figurado tambi\u00e9n -contest\u00f3 su consorte-. \u00bfDe tales cafres qu\u00e9 se pod\u00eda esperar?<\/p>\n<p>-Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.<\/p>\n<p>Yo, que era todo o\u00eddos, dije tambi\u00e9n en voz baja:<\/p>\n<p>-S\u00ed se\u00f1or; hubo envenenamiento. Me consta.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo, usted sabe? \u00bfUsted tambi\u00e9n la conoc\u00eda? -dijo vivamente el de las antiparras verdes, volvi\u00e9ndose hacia m\u00ed.<\/p>\n<p>-S\u00ed se\u00f1or; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por m\u00e1s que quieran hacernos creer que fue indigesti\u00f3n.<\/p>\n<p>-Lo mismo afirmo yo. \u00a1Qu\u00e9 excelente mujer! \u00bfPero c\u00f3mo sabe usted&#8230;?<\/p>\n<p>-Lo s\u00e9, lo s\u00e9 -repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.<\/p>\n<p>-Luego, usted ir\u00e1 a declarar al juzgado; porque ya se est\u00e1 formando la sumaria.<\/p>\n<p>-Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Ir\u00e9 a declarar, ir\u00e9 a declarar, s\u00ed se\u00f1or.<\/p>\n<p>A tal extremo hab\u00eda llegado mi obcecaci\u00f3n, que conclu\u00ed por penetrarme  de aquel suceso mitad so\u00f1ado, mitad le\u00eddo, y lo cre\u00ed como ahora creo  que es pluma esto con que escribo.<\/p>\n<p>-Pues s\u00ed, se\u00f1or; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a  los autores del crimen. Yo declarar\u00e9: fue envenenada con una taza de  t\u00e9, lo mismo que el joven.<\/p>\n<p>-Oye, Petronilla -dijo a su esposa el de las antiparras- con una taza de t\u00e9.<\/p>\n<p>-S\u00ed, estoy asombrada -contest\u00f3 la se\u00f1ora-. \u00a1Cuidado con lo que fueron a inventar esos malditos!<\/p>\n<p>-La Condesa tocaba el piano.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 Condesa? -pregunt\u00f3 aquel hombre interrumpi\u00e9ndome.<\/p>\n<p>-La Condesa, la envenenada.<\/p>\n<p>-Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.<\/p>\n<p>-Vamos; usted tambi\u00e9n es de los empe\u00f1ados en ocultarlo.<\/p>\n<p>-Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino  simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del Norte.<\/p>\n<p>-\u00bfLavandera, eh? -dije en tono de picard\u00eda-. \u00a1Si tambi\u00e9n me querr\u00e1 usted hacer tragar que es lavandera!<\/p>\n<p>El caballero y su esposa me miraron con expresi\u00f3n burlona, y despu\u00e9s  se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la  se\u00f1ora, comprend\u00ed que hab\u00eda adquirido el profundo convencimiento de que  yo estaba borracho. Llen\u00e9me de resignaci\u00f3n ante tal ofensa, y call\u00e9,  content\u00e1ndome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes  almas, tan irreverente suposici\u00f3n. Cada vez era mayor mi zozobra; la  Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y hab\u00eda llegado  a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera  elaboraci\u00f3n enfermiza de mi propia fantas\u00eda, impresionada por sucesivas  visiones y di\u00e1logos. En fin, para que se comprenda a qu\u00e9 extremo lleg\u00f3  mi locura, voy a referir el \u00faltimo incidente de aquel viaje; voy a decir  con qu\u00e9 extravagancia puse t\u00e9rmino al doloroso pugilato de mi  entendimiento empe\u00f1ado en fuerte lucha con un ej\u00e9rcito de sombras.<\/p>\n<p>Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla  que frente a m\u00ed ten\u00eda mir\u00e9 a la calle, d\u00e9bilmente iluminada por la  escasa luz de los faros, y vi pasar a un hombre. Di un grito de  sorpresa, y exclam\u00e9 desatinado:<\/p>\n<p>-Ah\u00ed va, es \u00e9l, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias.<\/p>\n<p>Mand\u00e9 parar el coche, y sal\u00ed, mejor dicho, salt\u00e9 a la puerta  tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; baj\u00e9 a la calle y  corr\u00ed tras aquel hombre, gritando:<\/p>\n<p>-\u00a1A \u00e9se, a \u00e9se, al asesino!<\/p>\n<p>J\u00fazguese cu\u00e1l ser\u00eda el efecto producido por estas voces en el pac\u00edfico barrio.<\/p>\n<p>Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo hab\u00eda visto en el coche por la tarde, fue detenido. Yo no cesaba de gritar:<\/p>\n<p>-\u00a1Es el que prepar\u00f3 el veneno para la Condesa, el que asesin\u00f3 a la Condesa!<\/p>\n<p>Hubo un momento de indescriptible confusi\u00f3n. Afirm\u00f3 \u00e9l que yo estaba  loco; pero quieras que no los dos fuimos conducidos a la prevenci\u00f3n.  Despu\u00e9s perd\u00ed por completo la noci\u00f3n de lo que pasaba. No recuerdo lo  que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo m\u00e1s  vivo que conservo de tan curioso lance, fue el de haber despertado del  profundo letargo en que ca\u00ed, verdadera borrachera moral, producida, no  s\u00e9 por qu\u00e9, por uno de los pasajeros fen\u00f3menos de enajenaci\u00f3n que la  ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura  definitiva.<\/p>\n<p>Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el  antip\u00e1tico personaje que bautic\u00e9 con el nombre de Mudarra, es un honrado  comerciante de ultramarinos que jam\u00e1s hab\u00eda envenenado a condesa  alguna. Pero a\u00fan por mucho tiempo despu\u00e9s persist\u00eda yo en mi enga\u00f1o, y  sol\u00eda exclamar: \u00abInfortunada condesa; por m\u00e1s que digan, yo siempre sigo  en mis trece. Nadie me persuadir\u00e1 de que no acabaste tus d\u00edas a manos  de tu iracundo esposo&#8230;\u00bb<\/p>\n<p>Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al  ignorado sitio de donde surgieron volvi\u00e9ndome loco, y torne la realidad  a dominar en mi cabeza. Me r\u00edo siempre que recuerdo aquel viaje, y toda  la consideraci\u00f3n que antes me inspiraba la so\u00f1ada v\u00edctima la dedico  ahora, \u00bfa qui\u00e9n creer\u00e9is? a mi compa\u00f1era de viaje en aquella angustiosa  expedici\u00f3n, a la irascible inglesa, a quien disloqu\u00e9 un pie en el  momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto  mayordomo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I El coche part\u00eda de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en direcci\u00f3n al de Poza.&#46;&#46;&#46;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":5367,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,32],"tags":[],"class_list":["post-1133","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-cuento"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"I El coche part\u00eda de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en direcci\u00f3n al de Poza.&#046;&#046;&#046;\" \/>\n<meta property=\"og:url\" content=\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/\" \/>\n<meta property=\"og:site_name\" content=\"Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s\" \/>\n<meta property=\"article:published_time\" content=\"2013-01-07T08:15:49+00:00\" \/>\n<meta property=\"article:modified_time\" content=\"2025-01-27T00:49:07+00:00\" \/>\n<meta property=\"og:image\" content=\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/facebook_thumbnail.jpg\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:width\" content=\"1200\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:height\" content=\"630\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:type\" content=\"image\/jpeg\" \/>\n<meta name=\"author\" content=\"Benito\" \/>\n<meta name=\"twitter:card\" content=\"summary_large_image\" \/>\n<meta name=\"twitter:label1\" content=\"Escrito por\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:data1\" content=\"Benito\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:label2\" content=\"Tiempo de lectura\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:data2\" content=\"37 minutos\" \/>\n<script type=\"application\/ld+json\" class=\"yoast-schema-graph\">{\"@context\":\"https:\/\/schema.org\",\"@graph\":[{\"@type\":\"WebPage\",\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/\",\"url\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/\",\"name\":\"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s\",\"isPartOf\":{\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#website\"},\"primaryImageOfPage\":{\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#primaryimage\"},\"image\":{\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#primaryimage\"},\"thumbnailUrl\":\"\",\"datePublished\":\"2013-01-07T08:15:49+00:00\",\"dateModified\":\"2025-01-27T00:49:07+00:00\",\"author\":{\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#\/schema\/person\/2dda07be9325676808524c55b6218a25\"},\"breadcrumb\":{\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#breadcrumb\"},\"inLanguage\":\"es\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"ReadAction\",\"target\":[\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/\"]}]},{\"@type\":\"ImageObject\",\"inLanguage\":\"es\",\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#primaryimage\",\"url\":\"\",\"contentUrl\":\"\"},{\"@type\":\"BreadcrumbList\",\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#breadcrumb\",\"itemListElement\":[{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":1,\"name\":\"Portada\",\"item\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/\"},{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":2,\"name\":\"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s\"}]},{\"@type\":\"WebSite\",\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#website\",\"url\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/\",\"name\":\"Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s\",\"description\":\"\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"SearchAction\",\"target\":{\"@type\":\"EntryPoint\",\"urlTemplate\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/?s={search_term_string}\"},\"query-input\":{\"@type\":\"PropertyValueSpecification\",\"valueRequired\":true,\"valueName\":\"search_term_string\"}}],\"inLanguage\":\"es\"},{\"@type\":\"Person\",\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#\/schema\/person\/2dda07be9325676808524c55b6218a25\",\"name\":\"Benito\",\"image\":{\"@type\":\"ImageObject\",\"inLanguage\":\"es\",\"@id\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#\/schema\/person\/image\/\",\"url\":\"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/8695d643bbae3009794e7fc5797055bb?s=96&d=mm&r=g\",\"contentUrl\":\"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/8695d643bbae3009794e7fc5797055bb?s=96&d=mm&r=g\",\"caption\":\"Benito\"},\"sameAs\":[\"https:\/\/batallitas.es\/galdos\"],\"url\":\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/author\/benito\/\"}]}<\/script>\n<!-- \/ Yoast SEO plugin. -->","yoast_head_json":{"title":"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s","robots":{"index":"index","follow":"follow","max-snippet":"max-snippet:-1","max-image-preview":"max-image-preview:large","max-video-preview":"max-video-preview:-1"},"canonical":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/","og_locale":"es_ES","og_type":"article","og_title":"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s","og_description":"I El coche part\u00eda de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en direcci\u00f3n al de Poza.&#46;&#46;&#46;","og_url":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/","og_site_name":"Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s","article_published_time":"2013-01-07T08:15:49+00:00","article_modified_time":"2025-01-27T00:49:07+00:00","og_image":[{"width":1200,"height":630,"url":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-content\/uploads\/2025\/01\/facebook_thumbnail.jpg","type":"image\/jpeg"}],"author":"Benito","twitter_card":"summary_large_image","twitter_misc":{"Escrito por":"Benito","Tiempo de lectura":"37 minutos"},"schema":{"@context":"https:\/\/schema.org","@graph":[{"@type":"WebPage","@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/","url":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/","name":"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s","isPartOf":{"@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#website"},"primaryImageOfPage":{"@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#primaryimage"},"image":{"@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#primaryimage"},"thumbnailUrl":"","datePublished":"2013-01-07T08:15:49+00:00","dateModified":"2025-01-27T00:49:07+00:00","author":{"@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#\/schema\/person\/2dda07be9325676808524c55b6218a25"},"breadcrumb":{"@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#breadcrumb"},"inLanguage":"es","potentialAction":[{"@type":"ReadAction","target":["https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/"]}]},{"@type":"ImageObject","inLanguage":"es","@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#primaryimage","url":"","contentUrl":""},{"@type":"BreadcrumbList","@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-la-novela-en-el-tranvia-de-benito-perez-galdos\/#breadcrumb","itemListElement":[{"@type":"ListItem","position":1,"name":"Portada","item":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/"},{"@type":"ListItem","position":2,"name":"[Cuento] La novela en el tranv\u00eda, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"}]},{"@type":"WebSite","@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#website","url":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/","name":"Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s","description":"","potentialAction":[{"@type":"SearchAction","target":{"@type":"EntryPoint","urlTemplate":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/?s={search_term_string}"},"query-input":{"@type":"PropertyValueSpecification","valueRequired":true,"valueName":"search_term_string"}}],"inLanguage":"es"},{"@type":"Person","@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#\/schema\/person\/2dda07be9325676808524c55b6218a25","name":"Benito","image":{"@type":"ImageObject","inLanguage":"es","@id":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/#\/schema\/person\/image\/","url":"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/8695d643bbae3009794e7fc5797055bb?s=96&d=mm&r=g","contentUrl":"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/8695d643bbae3009794e7fc5797055bb?s=96&d=mm&r=g","caption":"Benito"},"sameAs":["https:\/\/batallitas.es\/galdos"],"url":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/author\/benito\/"}]}},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1133","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1133"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1133\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12612,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1133\/revisions\/12612"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1133"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1133"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1133"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}