{"id":1255,"date":"2012-04-19T09:53:08","date_gmt":"2012-04-19T09:53:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.translatioimperii.com\/galdos\/?p=510"},"modified":"2025-01-13T07:04:16","modified_gmt":"2025-01-13T07:04:16","slug":"prologo-de-benito-perez-galdos-a-la-regenta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/prologo-de-benito-perez-galdos-a-la-regenta\/","title":{"rendered":"Pr\u00f3logo de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s a \u00abLa regenta\u00bb"},"content":{"rendered":"<p><strong>Pr\u00f3logo de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s a <em>La regenta<\/em>, de Leopoldo Alas, \u00abClar\u00edn\u00bb.<\/strong><\/p>\n<p>Creo que fue Wieland quien dijo que los pensamientos de los hombres valen m\u00e1s que sus acciones, y las buenas novelas m\u00e1s que el g\u00e9nero humano. Podr\u00e1 esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador. Ciertamente, parece que nos ennoblecemos traslad\u00e1ndonos de este mundo al otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficci\u00f3n en que valemos m\u00e1s que aqu\u00ed, y v\u00e9ase por qu\u00e9, cuando un cristiano el h\u00e1bito de pasar f\u00e1cilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen de los de por ac\u00e1, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. Tambi\u00e9n digo que si grata es la tarea de fabricar g\u00e9nero humano recre\u00e1ndonos en ver cu\u00e1nto superan las ideales figurillas, por toscas que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo es m\u00e1s intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de lo que llamaremos creaci\u00f3n, por no tener mejor nombre que darle.<br \/>\nEsto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una labor cr\u00edtica, que si as\u00ed fuera yo aborrec\u00eda tales visitas en vez de amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo c\u00f3mo se hacen o c\u00f3mo se intenta su ejecuci\u00f3n; es buscar y sorprender las dificultades vencidas, los aciertos f\u00e1ciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la admiraci\u00f3n, a m\u00e1s de placer, necesidad imperiosa en toda profesi\u00f3n u oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiraci\u00f3n del arte, y el que no admira corre el peligro de morir de asfixia.<br \/>\nEl estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensi\u00f3n, nos impone la cr\u00edtica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno, guard\u00e1ndonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y tonter\u00edas. Se ha ejercido tanto la cr\u00edtica negativa en todos los \u00f3rdenes, que por ella quiz\u00e1s hemos llegado a la insana costumbre de creernos un pueblo de est\u00e9riles, absolutamente inepto para todo. Tanta cr\u00edtica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negaci\u00f3n de las cualidades de nuestros contempor\u00e1neos, nos han tra\u00eddo a un estado de temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el coraz\u00f3n y que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son ilusorios, no ser\u00eda malo suspender la cr\u00edtica negativa, dedic\u00e1ndonos todos, aunque ello parezca extra\u00f1o, a infundir \u00e1nimos al enfermo, dici\u00e9ndole: \u00abTu debilidad no es m\u00e1s que pereza, y tu anemia proviene del sedentarismo. Lev\u00e1ntate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la enga\u00f1a, sugiri\u00e9ndole la desconfianza de s\u00ed misma, la idea err\u00f3nea de que para nada sirves ya, y de que vives muriendo\u00bb. Convendr\u00eda, pues, que los censores disciplentes se callar\u00e1n por alg\u00fan tiempo, dejando que alzasen la voz los que repartan el ox\u00edgeno, la alegr\u00eda, la admiraci\u00f3n, los que alientan todo esfuerzo \u00fatil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz, todo acierto art\u00edstico, o de cualquier orden que sea.<br \/>\nEstas apreciaciones de car\u00e1cter general, sugeridas por una situaci\u00f3n especial\u00edsima de la raza espa\u00f1ola, las aplico a las cosas literarias, pues en este terreno estamos m\u00e1s necesitados que en otro alguno de prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que muchas veces no he cogido el aparato de aereaci\u00f3n (a que impropiamente hemos venido dando el nombre de incensario) por tener las manos aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la primera ocasi\u00f3n de descanso, que felizmente coincide con una dichosa oportunidad, la publicaci\u00f3n de este libro, salgo con mis alabanzas, gozoso de d\u00e1rselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los m\u00e1s se\u00f1alados en mis preferencias. As\u00ed, cuando el editor de La Regenta me propuso escribir este pr\u00f3logo, no esper\u00e9 a que me lo dijera dos veces, crey\u00e9ndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me cautiv\u00f3, cre\u00eda y creo deber m\u00edo celebrarla y enaltecerla como se merece, en esta tercera salida, a la que seguir\u00e1n otras, sin duda, que la lleven a los extremos de la popularidad.<br \/>\nHermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la estimaci\u00f3n de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su asunto, no se concreten a los d\u00edas m\u00e1s o menos largos de su aparici\u00f3n. Por desgracia nuestra, para que la obra po\u00e9tica o narrativa alcance una longevidad siquiera decorosa no basta que en s\u00ed tenga condiciones de salud y robustez; se necesita que a su buena complexi\u00f3n se una la perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en obscuro rinc\u00f3n; que estos la saquen, la ventilen, la presenten, arriesg\u00e1ndose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un p\u00fablico, no tan malo por escaso como por distra\u00eddo. El p\u00fablico responde siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan, pasan y recogen lo que se les da. No ser\u00edan tan penosos los plantones aguardando el paso del p\u00fablico, si la Prensa diera calor y verdadera vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente estado social y pol\u00edtico la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados mejores no le infundan la devoci\u00f3n del Arte. Debemos, pues, resignarnos al plant\u00f3n, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos inc\u00f3moda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasar\u00e1; no dudemos que pasar\u00e1: todo es cuesti\u00f3n de paciencia. En los tiempos que corren, esa preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida art\u00edstica; sin ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida miserable despu\u00e9s de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes, sufridos, tenaces en la esperanza, ben\u00e9volos con nuestro tiempo y con la sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorar\u00e1n por virtud de nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su propio seno. Y como esto del p\u00fablico y sus perezas o est\u00edmulos, aunque pertinente al asunto de este pr\u00f3logo, no es la principal materia de \u00e9l, basta con lo dicho, y entremos en La Regenta, donde hay mucho que admirar, encanto de la imaginaci\u00f3n por una parte, por otra recreo del pensamiento.<br \/>\nEscribi\u00f3 Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando and\u00e1bamos en aquella procesi\u00f3n del Naturalismo, marchando hacia el templo del arte con menos pompa ret\u00f3rica de la que antes se usaba, abandonadas las vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos comunes de la vida. A muchos impon\u00eda miedo el tal Naturalismo, crey\u00e9ndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su mano ve\u00edan un gran plumero con el cual se propon\u00eda limpiar el techo de ideales, que a los ojos de \u00e9l eran como telara\u00f1as, y una escoba, con la cual hab\u00eda de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el lenguaje decente. Cre\u00edan que el Naturalismo substitu\u00eda el Diccionario usual por otro formado con la recopilaci\u00f3n prolija de cuanto dicen en sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos m\u00e1s desvergonzados. Las personas cr\u00e9dulas y sencillas no ganan para sustos en los d\u00edas en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del Naturalismo lo ten\u00edamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y modernos conoc\u00edan ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas, caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan s\u00f3lo novedad la exaltaci\u00f3n del principio, y un cierto desprecio de los resortes imaginativos y de la psicolog\u00eda espaciada y enso\u00f1adora.<br \/>\nFuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los espa\u00f1oles en el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron ense\u00f1anza los noveladores ingleses y franceses. Nuestros contempor\u00e1neos ciertamente no lo hab\u00edan olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista, que no significaba m\u00e1s que la repatriaci\u00f3n de una vieja idea; en los d\u00edas mismos de esta repatriaci\u00f3n tan trompeteada, la pintura fiel de la vida era practicada en Espa\u00f1a por Pereda y otros, y lo hab\u00eda sido antes por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del Naturalismo que ac\u00e1 volv\u00eda como una corriente circular parecida al gulf stream, tra\u00eda m\u00e1s calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un humorismo que era quiz\u00e1s la forma m\u00e1s genial de nuestra raza. Al volver a casa la onda, ven\u00eda radicalmente desfigurada: en el paso por Albi\u00f3n hab\u00edanle arrebatado la socarroner\u00eda espa\u00f1ola, que f\u00e1cilmente convirtieron en humour ingl\u00e9s las manos h\u00e1biles de Fielding, Dickens y Thackeray, y despojado de aquella caracter\u00edstica elemental, el naturalismo cambi\u00f3 de fisonom\u00eda en manos francesas: lo que perdi\u00f3 en gracia y donosura, lo gan\u00f3 en fuerza anal\u00edtica y en extensi\u00f3n, aplic\u00e1ndose a estados psicol\u00f3gicos que no encajan f\u00e1cilmente en la forma picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos del s\u00edmil comercial) la mercanc\u00eda que hab\u00edamos exportado, y casi desconoc\u00edamos la sangre nuestra y el aliento del alma espa\u00f1ola que aquel ser literario conservaba despu\u00e9s de las alteraciones ocasionadas por sus viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos impon\u00eda una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra; acept\u00e1mosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolvi\u00e9ndole lo que le hab\u00edan quitado, el humorismo, y empleando este en las formas narrativa y descriptiva conforme a la tradici\u00f3n cervantesca.<br \/>\nCierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no pod\u00eda tener en Francia el eco que aqu\u00ed tuvo la interpretaci\u00f3n seca y descarnada de las purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que aqu\u00ed damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de esta pobre casa. Pero al fin, consol\u00e9monos de nuestro aislamiento en el rinc\u00f3n occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo c\u00f3mico responde mejor que el franc\u00e9s a la verdad humana; que las crudezas descriptivas pierden toda repugnancia bajo la m\u00e1scara burlesca empleada por Quevedo, y que los profundos estudios psicol\u00f3gicos pueden llegar a la mayor perfecci\u00f3n con los granos de sal espa\u00f1ola que escritores como D. Juan Valera saben poner hasta en las m\u00e1s hondas disertaciones sobre cosa m\u00edstica y asc\u00e9tica.<br \/>\nPara corroborar lo dicho, ning\u00fan ejemplo mejor que La Regenta, muestra feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su origen, empresa para Clar\u00edn muy f\u00e1cil y que hubo de realizar sin sentirlo, dej\u00e1ndose llevar de los impulsos primordiales de su grande ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opini\u00f3n literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admiti\u00f3 estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena de su graciosa picard\u00eda. Picaresca es en cierto modo La Regenta, lo que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la descripci\u00f3n acertada de los m\u00e1s graves estados del alma humana. Y al propio tiempo, \u00a1qu\u00e9 feliz aleaci\u00f3n de las bromas y las veras, fundidas juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresi\u00f3n equ\u00edvoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero en el arte seduce y enamora m\u00e1s cuando entre sus distintas vestiduras po\u00e9ticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la que mejor cortan espa\u00f1olas tijeras, la que tiene por riqu\u00edsima tela nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de los maestros del siglo de oro. Y de la enorm\u00edsima cantidad de sal que Clar\u00edn ha derramado en las p\u00e1ginas de La Regenta da fe la tenacidad con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo camino desde el primero al \u00faltimo cap\u00edtulo. De m\u00ed s\u00e9 decir que pocas obras he le\u00eddo en que el inter\u00e9s profundo, la verdad de los caracteres y la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por delante otra derivaci\u00f3n de los mismos sucesos y nueva salida o reencarnaci\u00f3n de los propios personajes.<br \/>\nDesarr\u00f3llase la acci\u00f3n de La Regenta en la ciudad que bien podr\u00edamos llamar patria de su autor, aunque no naci\u00f3 en ella, pues en Vetusta tiene Clar\u00edn sus ra\u00edces at\u00e1vicas y en Vetusta moran todos sus afectos, as\u00ed los que est\u00e1n sepultados como los que risue\u00f1os y alegres viven, brindando esperanzas; en Vetusta ha transcurrido la mayor parte de su existencia; all\u00ed se inici\u00f3 su vocaci\u00f3n literaria; en aquella soledad melanc\u00f3lica y apacible aprendi\u00f3 lo mucho que sabe en cosas literarias y filos\u00f3ficas: all\u00ed estuvieron sus maestros, all\u00ed est\u00e1n sus disc\u00edpulos. M\u00e1s que ciudad, es para \u00e9l Vetusta una casa con calles, y el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. \u00a1Si conocer\u00e1 bien el pueblo! No pintar\u00eda mejor su prisi\u00f3n un artista encarcelado durante los a\u00f1os en que las impresiones son m\u00e1s vivas, ni un sedentario la estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los a\u00f1os maduros. Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de pasiones o chismes, figures graves o rid\u00edculas pasan de la realidad a las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transe\u00fantes que andan por la Encimada, o al pie de la gallard\u00edsima torre de la Iglesia Mayor.<br \/>\nComienza Clar\u00edn su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de verdad y gracia, s\u00f3lo comparable a otro cuadro de vida de casino provinciano que m\u00e1s adelante se encuentra. Olor eclesi\u00e1stico de viejos recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros de sotanas ra\u00eddas o elegantes, que de todo hay all\u00ed, llenan estas admirables p\u00e1ginas, en las cuales el narrador hace gala de una observaci\u00f3n profunda y de los atrevimientos m\u00e1s felices. En medio del grupo presenta Clar\u00edn la figura culminante de su obra: el Magistral don Ferm\u00edn de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el lado de sus m\u00e9ritos f\u00edsicos, como por el de sus flaquezas morales, que no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre llaman Glocester, el Arcipreste don Cayetano Ripamil\u00e1n, el beneficiado D. Custodio, y el propio Obispo de la di\u00f3cesis, orador ardiente y asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Berm\u00fadez, al modo de transici\u00f3n zool\u00f3gica (con perd\u00f3n) entre el reino clerical y el laico, ser h\u00edbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez embarazosa parece inocencia: tras \u00e9l vienen las mundanas, descollando entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandi\u00f1o, tipo feliz de la beater\u00eda bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias, descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso. La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y desplieguen sus dotes de seducci\u00f3n en el terreno eclesi\u00e1stico, toleradas por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso admitir en ellos para hacer bulto lo peor de cada casa.<br \/>\nPor fin vemos a do\u00f1a Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa del ex-regente de la Audiencia D. V\u00edctor Quintanar. Es dama de alto linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla, so\u00f1adora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado en los a\u00f1os cr\u00edticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con esto se completa la pintura, en la cual pone Clar\u00edn todo su arte, su observaci\u00f3n m\u00e1s perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y revueltas del alma humana. Do\u00f1a Ana Ozores tiene horror al vac\u00edo, cosa muy l\u00f3gica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza, y este vac\u00edo que siente crecer en su alma la lleva a un estado espiritual de inmenso peligro, manifest\u00e1ndose en ella una lucha tenebrosa con los obst\u00e1culos que le ofrecen los hechos sociales, consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Enga\u00f1ada por la idealidad m\u00edstica que no acierta a encerrar en sus verdaderos t\u00e9rminos, es v\u00edctima al fin de su propia imaginaci\u00f3n, de su sensibilidad no contenida, y se ve envuelta en horrorosa cat\u00e1strofe&#8230; Pero no intentar\u00e9 describir en pocas palabras la sutil psicolog\u00eda de esta se\u00f1ora, tan interesante como desgraciada. En ella se personifican los desvar\u00edos a que conduce el aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el esp\u00edritu de la mujer por medio de una educaci\u00f3n fuerte, y la deja entregada a la enso\u00f1aci\u00f3n pietista, tan diferente de la verdadera piedad, y a los riesgos del fr\u00edvolo trato elegante, en el cual los hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz, estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de reblandecer sus voluntades&#8230; Los que leyeron La Regenta cuando se public\u00f3, l\u00e9anla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella conocimiento, y unos y otros ver\u00e1n que nunca ha tenido este libro atm\u00f3sfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado social, repetici\u00f3n de las luchas de anta\u00f1o, tra\u00eddas del campo de las creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las intenciones escondidas.<br \/>\nNo referir\u00e9 el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector ver\u00e1 c\u00f3mo se desarrolla el proceso psicol\u00f3gico y por qu\u00e9 caminos corre a su desenlace el problema de do\u00f1a Ana de Ozores, el cual no es otro que discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y estilo de esta perdici\u00f3n constituyen la obra, de un sutil parentesco simb\u00f3lico con la historia de nuestra raza. Ver\u00e1 tambi\u00e9n el lector que Clar\u00edn, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesi\u00e1stico, pues trat\u00e1ndose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan, natural es que sea postergado el que se visti\u00f3 de sotana para sus audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al inter\u00e9s de los lectores, s\u00f3lo mencionar\u00e9 los caracteres, que son el principal m\u00e9rito de la obra, y lo que le da condici\u00f3n de duradera. La de Ozores nos lleva como por la mano a D. \u00c1lvaro de Mes\u00eda, acabado tipo de la corrupci\u00f3n que llamamos de buen tono, arist\u00f3crata de raza, que sabe serlo en la capital de una regi\u00f3n hist\u00f3rica, como lo ser\u00eda en Madrid o en cualquier metr\u00f3poli europea; hombre que posee el arte de hacer amable su conducta viciosa y aun su tiran\u00eda caciquil. \u00a1Con que admirable fineza de observaci\u00f3n ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el cotorr\u00f3n guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder f\u00e1cil, sin ning\u00fan ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se compenetran, formando la aleaci\u00f3n m\u00e1s eficaz y pr\u00e1ctica para grandes masas de distinguidos, que aparentan energ\u00eda social y s\u00f3lo son materia inerte que no sirve para nada.<br \/>\nDe D. \u00c1lvaro, f\u00e1cil es pasar a la gran figura del Magistral D. Ferm\u00edn de Pas, de una complexi\u00f3n est\u00e9tica formidable, pues en ella se sintetizan el poder fisiol\u00f3gico de un temperamento nacido para las pasiones y la dura armaz\u00f3n del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y alma. D. Ferm\u00edn es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teolog\u00eda que atesora en su esp\u00edritu acaba por resolv\u00e9rsele en reservas mundanas y en transacciones con la realidad f\u00edsica y social. Si no fuera un abuso el descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, dir\u00eda que Ferm\u00edn de Pas es m\u00e1s que un cl\u00e9rigo, es el estado eclesi\u00e1stico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen. Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por rendirse a la ley de la flaqueza, y lo \u00fanico que a todos nos salva es la humildad de aspiraciones, el arte de poner l\u00edmites discretos al camino de la imposible perfecci\u00f3n, content\u00e1ndonos con ser hombres en el menor grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de los santos. En medio de sus errores, Ferm\u00edn de Pas despierta simpat\u00eda, como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha del coloso por la posici\u00f3n social, elegida erradamente en el terreno lev\u00edtico, y con \u00e9l hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, modelada en arcilla grosera, con formas impresas a pu\u00f1etazos. Las p\u00e1ginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cr\u00eda por el camino de la posici\u00f3n con un cari\u00f1o tan rudo como intenso y una voluntad feroz, son de las m\u00e1s bellas de la obra.<br \/>\nCompletan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. V\u00edctor Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su compa\u00f1ero de empresas cineg\u00e9ticas el gracios\u00edsimo Fr\u00edgilis; los marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las pizpiretas se\u00f1oras que componen el femenil reba\u00f1o eclesi\u00e1stico; los can\u00f3nigos y sacristanes y el prelado mismo, ap\u00f3stol ingenuo y orador fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al gracios\u00edsimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la total impresi\u00f3n de la vida colectiva, heterog\u00e9nea, con picantes matices y espl\u00e9ndida variedad de acentos y fisonom\u00edas. Bien quisiera no concretar el presente art\u00edculo al examen de La Regenta, extendi\u00e9ndome a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero esto ser\u00eda trabajo superior a mis cortas facultades de cr\u00edtico, y adem\u00e1s rebasar\u00eda la medida que se me impone para esta limitada prefaci\u00f3n. Escribo tan s\u00f3lo un juicio formado en los d\u00edas de la primera salida de la hermosa novela, y lo que intent\u00e9 decir entonces, tributando al compa\u00f1ero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en esta manifestaci\u00f3n tard\u00eda el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad. Pero no entrar\u00e9 en el estudio integral del car\u00e1cter literario de Clar\u00edn, como creador de obras tan bellas en distintos \u00f3rdenes del arte y como infatigable luchador en el terreno cr\u00edtico. Su obra es grande y rica, y el que esto escribe no acertar\u00eda a encerrarla en una clara s\u00edntesis, por mucho empe\u00f1o que en ello pusiera. Otros lo har\u00e1n con el m\u00e9todo y serenidad convenientes cuando llegue la ocasi\u00f3n de ofrecer al ilustre hijo de Asturias la consagraci\u00f3n solemne, oficial en cierto modo, de su extraordinario ingenio, consagraci\u00f3n que cuanto m\u00e1s tard\u00eda ser\u00e1 m\u00e1s justa y necesaria. Como un Armando Palacio, est\u00e1 la literatura oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparaci\u00f3n, toda Espa\u00f1a y las regiones de Am\u00e9rica que son nuestras por la lengua y la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y val\u00eda en el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de inspiraci\u00f3n, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo, diciendo: \u00abNo son los tiempos tan malos ni el terru\u00f1o tan est\u00e9ril como afirman los de fuera y m\u00e1s a\u00fan los de dentro de casa. Quiz\u00e1s no demos todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y vi\u00e9ndolas y admir\u00e1ndolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas, obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el \u00e1rbol\u00bb.<\/p>\n<p>Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s, Madrid, enero de 1901.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pr\u00f3logo de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s a La regenta, de Leopoldo Alas, \u00abClar\u00edn\u00bb. 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