{"id":3380,"date":"2014-04-09T16:32:01","date_gmt":"2014-04-09T14:32:01","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=3380"},"modified":"2014-04-09T16:32:01","modified_gmt":"2014-04-09T14:32:01","slug":"texto-completo-de-memorias-de-un-desmemoriado-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/texto-completo-de-memorias-de-un-desmemoriado-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"Texto completo de \u00abMemorias de un desmemoriado\u00bb, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>MEMORIAS DE UN DESMEMORIADO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>MI LLEGADA A LA CORTE<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Un amigo m\u00edo, con quien me unen v\u00ednculos sempiternos, ha dado en la flor de amenizar su ancianidad cultivando el huerto frondoso de sus recuerdos; m\u00e1s en esta labor no le ayuda con la debida continuidad su memoria, que a las veces ilumina con viv\u00edsimo esplendor los d\u00edas pasados y luego se eclipsa y los deja sumergidos en noche tenebrosa. Estas intermitencias del historial retrospectivo de mi amigo le turban y desconciertan. Escrita la primera parte de sus apuntes biogr\u00e1ficos, no a muchos d\u00edas que las puso en mis manos, pidi\u00e9ndome que llenase yo las lagunas o par\u00e9ntesis que hacen de su obra una mezcolanza informe, sin la debida trabaz\u00f3n l\u00f3gica de los hechos que se refieren.<\/p>\n\n\n\n<p>A tales escr\u00fapulos respond\u00ed yo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00abSimpl\u00f3n, no temas dar a la publicidad los recuerdos que salgan luminosos de tu fatigado cerebro y abandona los que se obstinen en quedar agazapados en los senos del olvido, que ello ser\u00e1 como si una parte de tu existencia sufriese temporal muerte o catalepsia, tras de la cual resurgir\u00e1 la vida con nuevas manifestaciones de vigorosa realidad\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Asinti\u00f3 a este parecer mi fiel amigo y no tard\u00f3 en enviarme el primer cap\u00edtulo de sus desmemoriadas memorias, que a continuaci\u00f3n ver\u00e1 el ocioso lector.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Incapacitado para el orden cronol\u00f3gico por la rebeld\u00eda innata de mis ideas, doy comienzo a esta primera parte de mi existencia por el fin o los medios de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Omito lo referente a mi infancia que carece de inter\u00e9s o se diferencia poco de otras de chiquillos o bachilleres aplicaditos. El 63 o el 64 \u2014y aqu\u00ed flaquea un poco mi memoria\u2014 mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta corte y entr\u00e9 en la Universidad, donde me distingu\u00ed por los frecuentes novillos que hac\u00eda, como he referido en otro lugar. Escap\u00e1ndome de las C\u00e1tedras ganduleaba por calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocaci\u00f3n literaria se iniciaba con el prurito dram\u00e1tico, y si mis d\u00edas se me iban en flanear por las calles, invert\u00eda parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real y un caf\u00e9 de la Puerta del Sol, donde se reun\u00eda buen golpe de mis paisanos.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquella \u00e9poca fecunda de graves sucesos pol\u00edticos precursores de la Revoluci\u00f3n, presenci\u00e9, confundido con la turba estudiantil, el escandaloso mot\u00edn de la noche de San Daniel \u201410 de abril del 65\u2014, y en la Puerta del Sol me alcanzaron algunos linternazos de la Guardia Veterana, y en el a\u00f1o siguiente, el 22 de junio, memorable por la sublevaci\u00f3n de los sargentos en el cuartel de San Gil, desde la casa de hu\u00e9spedes, calle del Olivo, en que yo moraba con otros amigos, pude apreciar los tremendos lances de aquella luctuosa jornada. Los ca\u00f1onazos atronaban el aire; ven\u00edan de las calles pr\u00f3ximas gemidos de v\u00edctimas, imprecaciones rabiosas, vapores de sangre, acentos de odio\u2026 Madrid era un infierno. A la ca\u00edda de la tarde, cuando pudimos salir de casa, vimos los despojos de la hecatombe y el rastro sangriento de la revoluci\u00f3n vencida. Como espect\u00e1culo trist\u00edsimo, el m\u00e1s tr\u00e1gico y siniestro que he visto en mi vida, mencionar\u00e9 el paso de los sargentos de Artiller\u00eda llevados al pat\u00edbulo en coche, de dos en dos, por la calle de Alcal\u00e1 arriba, para fusilarlos en las tapias de la antigua Plaza de Toros.<\/p>\n\n\n\n<p>Transido de dolor les vi pasar en compa\u00f1\u00eda de otros amigos. No tuve valor para seguir la f\u00fanebre tra\u00edlla hasta el lugar del suplicio, y corr\u00ed a mi casa, tratando de buscar alivio a mi pena en mis amados libros y en los dramas imaginarios, que nos embelesan m\u00e1s que los reales.<\/p>\n\n\n\n<p>Respirando la densa atm\u00f3sfera revolucionaria de aquellos turbados tiempos, cre\u00eda yo que mis ensayos dram\u00e1ticos traer\u00edan otra revoluci\u00f3n muy honda en la esfera literaria; presunci\u00f3n muy natural en los cerebros juveniles de aquella y esta generaci\u00f3n. Todo muchacho despabilado, nacido en territorio espa\u00f1ol, es dramaturgo antes que otra cosa m\u00e1s pr\u00e1ctica y verdadera. Yo enjaretaba dramas y comedias con vertiginosa rapidez y lo mismo los hac\u00eda en verso que en prosa; terminada una obra, la guardaba cuidadosamente, recat\u00e1ndola de la curiosidad de mis amigos; la \u00faltima que escrib\u00eda era para m\u00ed la mejor, y las anteriores quedaban sepultadas en el caj\u00f3n de mi mesa. Claro es que yo frecuentaba los teatros, principalmente en los estrenos. En una localidad alta del Teatro Espa\u00f1ol asist\u00ed al estreno de Venganza catalana, del maestro Garc\u00eda Guti\u00e9rrez, y qued\u00e9 tan maravillado, que al volver a mi casa no se me ocurr\u00eda m\u00e1s que quemar mis manuscritos\u2026, pero no los quem\u00e9; lo que hice fue imaginar otras cosas conforme al patr\u00f3n del grandioso drama que hab\u00eda visto representar a Matilde D\u00edez y Manuel Catalina\u2026 Al relatar este suceso, dudo si lo coloco en el lugar cronol\u00f3gico que le corresponde. Pasaron d\u00edas, y al aproximarse el verano del 67 lleg\u00f3 a Madrid una persona de mi familia con un hijo suyo, mi sobrino, y me dieron la grata noticia de que me llevar\u00edan a Par\u00eds a ver la Exposici\u00f3n Universal, el acontecimiento culminante de aquel a\u00f1o. \u00a1Oh sorpresa del Destino en la vida de las criaturas! \u00a1Ora sean \u00e9stas hombres barbados, ora muchachos imberbes! Parec\u00edame un sue\u00f1o, un cuento de hadas, verme yo transportado a Par\u00eds, la metr\u00f3poli del mundo civilizado.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Devorado por febril curiosidad, en Par\u00eds pasaba yo el d\u00eda entero calle arriba, calle abajo, en compa\u00f1\u00eda de un plano, estudiando las v\u00edas de aquella inmensa urbe, admirando la muchedumbre de sus monumentos, confundido entre el gent\u00edo cosmopolita que por todas partes bull\u00eda. A la semana de este ajetreo ya conoc\u00eda Par\u00eds como si \u00e9ste fuera un Madrid diez veces mayor. Frecuentes paradas hac\u00eda en los puestos de libros, que all\u00ed son cajones exhibidos en los quais, a lo largo del Sena. El primer libro que compr\u00e9 fue un tomito de las obras de Balzac \u2014un franco; Librairie Nouvelle\u2014. Con la lectura de aquel librito, Eugenia Grandet, me desayun\u00e9 del gran novelador franc\u00e9s, y en aquel viaje a Par\u00eds y en los sucesivos complet\u00e9 la colecci\u00f3n de ochenta y tantos tomos, que a\u00fan conservo con religiosa veneraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>De la Exposici\u00f3n Universal no hablemos; estaba instalada en un inmenso barrac\u00f3n el\u00edptico \u2014Campo de Marte o de Marzo\u2014 y rodeada de magn\u00edficos jardines, d\u00f3nde cada naci\u00f3n hab\u00eda levantado un edificio de su peculiar estilo. Si he de decir la verdad, la Exposici\u00f3n me mareaba, me aturd\u00eda, y siempre sal\u00eda de all\u00ed con dolor de cabeza. Me agradaba m\u00e1s admirar las joyas art\u00edsticas del Louvre, del Luxemburgo o las riquezas arqueol\u00f3gicas del Museo Cluny. Pero mi mayor goce era presenciar las grandes solemnidades p\u00fablicas, como la revista militar que pasaba el Emperador a las tropas en los Campos El\u00edseos. Me parece estar viendo a Napole\u00f3n III con sus bigotes engomados y su perilla, seg\u00fan la moda de aquel tiempo; el pecho lleno de cruces; figura en verdad poco napole\u00f3nica. Tambi\u00e9n hice entonces conocimiento visual con la bell\u00edsima emperatriz Eugenia y con los soberanos europeos que fueron a visitar la Exposici\u00f3n, entre ellos el rey de Portugal, Don Luis I; el sult\u00e1n de Turqu\u00eda y el rey Guillermo de Prusia, que tres a\u00f1os despu\u00e9s, derrotado Napole\u00f3n III en Sed\u00e1n, se coron\u00f3 emperador de Alemania en Versalles.<\/p>\n\n\n\n<p>El resto de mi tiempo, aquel verano, lo empleaba pase\u00e1ndome observando la transformaci\u00f3n de la gran Lutecia, iniciada por el Segundo Imperio. Los Bulevares Hausmann, Malesherbes, Magenta y otros de la orilla derecha, as\u00ed como los de Saint Germain y Saint Michel en la otra orilla izquierda, estaban en construcci\u00f3n. No se ve\u00edan m\u00e1s que derribos de barrios enteros y enormes hileras de andamios. Los progresos de esta reforma pude observarlos al a\u00f1o siguiente, pues el cielo benigno me depar\u00f3 la inaudita felicidad de volver a Par\u00eds al a\u00f1o siguiente. Estaba escrito que yo completase, rondando los quais mi colecci\u00f3n de Balzac \u2014Librairie Nouvelle\u2014, y que la echase al coleto, obra tras obra hasta llegar al completo dominio de la inmensa labor que Balzac encerr\u00f3 dentro del t\u00edtulo de La comedia humana.<\/p>\n\n\n\n<p>Con las personas que me llevaron a Par\u00eds volv\u00ed a Madrid sin incidente notable, y en el intervalo entre este primer viaje y el segundo \u20141868\u2014 saqu\u00e9 del caj\u00f3n donde yac\u00edan mis comedias y dramas, y los encontr\u00e9 hechos polvo; quiero decir, me parecieron rid\u00edculos y dignos de perecer en el fuego. Pasados algunos meses, reanud\u00e9 mi trabajo literario, y sin descuidar mis estudios en la Universidad, me lanc\u00e9 a escribir La Fontana de oro, novela hist\u00f3rica, que me resultaba f\u00e1cil y amena. Un impulso maquinal que brotaba de lo m\u00e1s hondo de mi ser, me movi\u00f3 a este trabajo, que continu\u00e9 met\u00f3dicamente hasta que llegaron personas de mi familia para llevarme a Par\u00eds por segunda vez. Heme aqu\u00ed viajando por etapas, ferrocarril del Norte, frontera pirenaica, Mediod\u00eda de Francia y Orleans, hasta dar fondo en la Ciudad luminosa. Esta que fue tan hospitalaria como en la etapa del 67.<\/p>\n\n\n\n<p>Por abreviar, referir\u00e9 que fuimos por jornadas cortas a trav\u00e9s de la bella Francia hasta llegar a Bagneres de Bigorre, estaci\u00f3n de ba\u00f1os en el Pirineo. Al escribir esto, surge en mi memoria una lamentable confusi\u00f3n. Ello es que, como tambi\u00e9n estuve en Cauterets, no s\u00e9 si fue en este viaje o en anterior. Sea lo que fuere, reanudo el hilo de mi narraci\u00f3n relatando que en el delicioso pueblo de Bagneres de Bigorre prosegu\u00ed escribiendo La Fontana de oro, sin llegar a terminarla. Luego continuamos nuestro viaje a lo largo de Midi franc\u00e9s, llegando hasta la hermosa Provenza, Avi\u00f1\u00f3n, Montpellier, Perpi\u00f1\u00e1n\u2026 Aqu\u00ed se embarulla otra vez mi memoria; pues recuerdo a Marsella como si la estuviera viendo. Sin duda retrocedimos de Marsella a Perpi\u00f1\u00e1n, y entramos en Espa\u00f1a por carretera en viaje molesto y peligroso, hasta parar en la ciudad de Figueras, donde tomamos el ferrocarril para ir a Gerona. Vi y examin\u00e9 esta poblaci\u00f3n a mi gusto, visitando sus monumentos y recorriendo todas sus calles y plazas. \u00a1Qu\u00e9 lejos estaba yo de pensar que seis a\u00f1os despu\u00e9s hab\u00eda de escribir el episodio de Gerona! Tan fijos quedaron en mi mente las bellezas, accidentes y rincones de la invicta ciudad, que no necesit\u00e9 m\u00e1s para describirla.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar a Barcelona, me encontr\u00e9 de manos a boca con la Revoluci\u00f3n de Espa\u00f1a que derrib\u00f3 el trono de Isabel II. Eran los \u00faltimos de Septiembre. La escuadra con Topete y Prim se hab\u00eda sublevado en C\u00e1diz al grito de abajo los Borbones. Serrano, Caballero de Rodas y otros caudillos militares desterrados en Canarias, hab\u00edan vuelto clandestinamente en el vapor Buenaventura, mandado por el valiente capit\u00e1n Lagier. Toda Espa\u00f1a estaba ya en ascuas. Barcelona, que siempre figur\u00f3 en la vanguardia del liberalismo y de las ideas progresivas, simpatizaba con ardorosa efusi\u00f3n en el movimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Recuerdo haber visto al Conde de Cheste, Capit\u00e1n General de la regi\u00f3n, paseando por la Rambla al frente de los mozos de Escuadra. Su actitud imperiosa y un tantico teatral dejaba en el p\u00fablico impresi\u00f3n semejante a la de los espectadores de una tragedia donde todo se expresa en versos fr\u00edos y retumbantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Atento a la bullanga pol\u00edtica, desde la fonda me sobraba tiempo para recorrer la ciudad risue\u00f1a, verdaderamente encantadora. A\u00fan exist\u00eda la Muralla de Mar, paseo delicioso desde Atarazanas hasta el jardincillo del Capit\u00e1n General. Iniciado estaba ya el grandioso ensanche con sus hermosas v\u00edas y el Paseo de Gracia, incomparable avenida que pronto hab\u00eda de rivalizar con las mejores de Europa. En mis sucesivos viajes a Barcelona he visto, a\u00f1o por a\u00f1o, el desarrollo de esta ciudad, que supera en belleza a las joyas del Mediterr\u00e1neo, Marsella, G\u00e9nova y N\u00e1poles\u2026 Dejo esta materia para otra ocasi\u00f3n y contin\u00fao mi relato pol\u00edtico dici\u00e9ndoos que al siguiente d\u00eda de haber visto en la Rambla al prepotente Conde de Cheste, lleg\u00f3 la noticia de la victoria de Alcolea, y \u00a1Viva Espa\u00f1a con honra\u2026! \u00a1Abajo los Borbones! \u00a1Adi\u00f3s, generosa Isabel, hasta que volvamos a vernos en Par\u00eds, Palacio de Castilla, donde has de contarme interesantes casos de tu azaroso reinado!<\/p>\n\n\n\n<p>Mi familia se asust\u00f3 del barullo revolucionario, y como estaba anclado en el puerto el vapor Am\u00e9rica, correo de Canarias, nos fuimos a bordo para partir hacia las Afortunadas al siguiente d\u00eda. Por la noche, desde el vapor, presenciamos las demas\u00edas de la plebe barcelonesa, que se limitaron a quemar las casetas de consumos. Era una revoluci\u00f3n de alegr\u00eda, de expansi\u00f3n de un pueblo culto. Al amanecer zarp\u00f3 el Am\u00e9rica para Canarias; y como yo ard\u00eda en curiosidad por ver en Madrid los aspectos tr\u00e1gicos de la Revoluci\u00f3n, rogu\u00e9 a mi familia que me dejase en Alicante, donde hac\u00eda escala el correo; y con tanto calor me expres\u00e9, a\u00f1adiendo el pretexto de continuar mis estudios en la Universidad, que mi familia me dej\u00f3 bajar a tierra. Del muelle corr\u00ed a la estaci\u00f3n; poco despu\u00e9s me met\u00eda en el tren para Madrid\u2026 A las pocas horas de llegar a la Villa y Corte tuve la inmensa dicha de presenciar en la Puerta del Sol la entrada de Serrano\u2026 Ovaci\u00f3n estruendosa, delirante.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>ADELANTE, AMIGOS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Alos pocos d\u00edas de presenciar en la Puerta del Sol la entrada del General Serrano, vi la entrada del General Prim, el h\u00e9roe popular de aquella Revoluci\u00f3n. El delirio de la multitud lleg\u00f3 al frenes\u00ed. Delante de Prim iba en un coche Tamberlick cantando el himno de Garibaldi. Desde el balc\u00f3n del Ministerio hablaron Prim, y creo que Topete. El embravecido oleaje de la multitud creci\u00f3 de tal modo, que no pudimos entender lo que dijeron los caudillos de la Revoluci\u00f3n. Creo que aquel mismo d\u00eda se form\u00f3 el Gobierno Provisional, cuyos nombres omito, porque pertenecen a la Historia bien conocida de todo el mundo, y sigo narrando la historia anecd\u00f3tica, principal asunto de estas p\u00e1ginas tan ver\u00eddicas como deshilvanadas. De Zaragoza recibieron nuestros gloriosos Generales una invitaci\u00f3n para asistir a un certamen de Artes e Industrias que en aquella ciudad se celebraba. Prim no pudo ir porque ten\u00eda que quedarse en Madrid al frente del Gobierno. Fueron Serrano y Topete, y con ellos y tras ellos una caterva de pol\u00edticos, literatos y periodistas. Entre \u00e9stos, varios amigos me colocaron a m\u00ed, que en aquellos d\u00edas escrib\u00eda en no s\u00e9 qu\u00e9 semanario. El tren que conduc\u00eda la variada muchedumbre de expedicionarios, parti\u00f3 una ma\u00f1ana de Octubre.<\/p>\n\n\n\n<p>Si los magnates de la pol\u00edtica y los literatos eminentes iban satisfechos, los chicos folicularios revent\u00e1bamos de gozo. Sin detenerse pasaba el tren por las estaciones, y en la Sig\u00fcenza ocurri\u00f3 un gracioso caso. En el and\u00e9n estaba el pueblo en masa con todas las autoridades y entre ellas el Obispo, y una m\u00fasica que tocaba desaforadamente el himno de Riego. Serrano, que al paso veloz del tren reconoci\u00f3 en el Obispo a su amigo Benavides, mand\u00f3 parar y retroceder. Escena tumultuosa y pat\u00e9tica. Se abrazaron el General y el Prelado, y el pueblo prorrumpi\u00f3 en aclamaciones fren\u00e9ticas, mientras el ch\u00edn ch\u00edn de la m\u00fasica amalgamaba compases del himno de Riego con la Marsellesa. Al fin seguimos nuestro camino: nos despedimos de aquel gent\u00edo, agitando nuestras manos y vociferando como energ\u00famenos. El Obispo Benavides era un se\u00f1or muy campechano. De la sede de Sig\u00fcenza pas\u00f3 al Patriarcado de las Indias; luego fue Arzobispo de Zaragoza y Cardenal\u2026 No describo la recepci\u00f3n que nos hizo el pueblo zaragozano, porque ya la supondr\u00e1 el entendido lector. Discursos en calles y plazas, en balcones y en lo alto de un farol, en el pedestal de una estatua; abrazos de personas que no se hab\u00edan visto nunca; pl\u00e1cemes, resonante murmullo de alegr\u00eda, esperanza y fraternidad en todo el pueblo. Por la noche funciones teatrales, banquetes, donde se improvisaron programas pol\u00edticos y se leyeron versos muy picantes, como una quintilla que entre aclamaciones fren\u00e9ticas, recit\u00f3 Manuel del Palacio en el teatro Principal.<\/p>\n\n\n\n<p>Al d\u00eda siguiente, tempranito, me ech\u00e9 a la calle animoso de conocer ciudad tan interesante, renombrada por su grandeza hist\u00f3rica y singularmente por el valor de sus hijos. En pocas horas recorr\u00ed sin gu\u00eda el Coso, el Mercado, el Pilar y la Seo; vi la Torre nueva; despu\u00e9s, la Escuela P\u00eda, la parroquia de San Pablo, la Puerta del Carmen, acribillada por los balazos de los dos famosos Sitios; la Trinidad, la Aljafer\u00eda, el Torrero y, por \u00faltimo, las ruinas de San Agust\u00edn. No puedo decir que todo esto lo viera en una sola caminata, sino en varias aquel d\u00eda o en los siguientes; ello fue que, por un misterioso m\u00f3vil de observaci\u00f3n, me fui apoderando de todos los aspectos caracter\u00edsticos de la capital aragonesa. Mucho aprend\u00ed en aquel primer viaje, pero hasta mi segunda o tercera visita, no conoc\u00ed al famoso Mariano de Gracia, el hombre m\u00e1s salado, m\u00e1s simp\u00e1tico, m\u00e1s ameno, que ha nacido a orillas del Ebro. La Jota y los dos Marianos, C\u00e1via y Gracia, son las mejores flores de Arag\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Nuestro regreso a Madrid no careci\u00f3 de notas que pudi\u00e9ramos llamar hist\u00f3ricas. Almorzando en la estaci\u00f3n de Alcal\u00e1 de Henares, se nos agregaron D. Salustiano de Ol\u00f3zaga, Cristino Martos y otras conocidas personalidades. Los Generales Serrano y Topete nos hab\u00edan precedido en un tren expreso. Los periodistas ven\u00edamos en un mixto. No recuerdo como coincidimos en aquella estaci\u00f3n con Ol\u00f3zaga y Martos; lo que est\u00e1 bien presente en mi memoria es que Ol\u00f3zaga, el gran antidin\u00e1stico, pronunci\u00f3 un grave discurso desvaneciendo las ilusiones de los que cre\u00edan que las futuras Cortes Constituyentes proclamar\u00edan la Rep\u00fablica; y Martos, despu\u00e9s de breve controversia, coincidi\u00f3 con la serena templanza del patriarca progresista. Parlotearon otros oradores y oradorzuelos. Sobre la marejada de aquellas disertaciones en que imper\u00f3 el tono familiar, flot\u00f3 la idea de que las Constituyentes se inclinar\u00edan a mantener el principio mon\u00e1rquico con una dinast\u00eda francamente democr\u00e1tica y popular. Tal era la idea de Prim, alma y verbo de nuestra Revoluci\u00f3n, que hasta entonces parec\u00eda m\u00e1s que radical dom\u00e9stica.<\/p>\n\n\n\n<p>Pongo t\u00e9rmino a esta divagaci\u00f3n anecd\u00f3tica para decir que en Madrid segu\u00ed cultivando mi huerto literario. Volv\u00ed a poner mano en la Fontana de oro y en otros trabajillos, en peri\u00f3dicos y revistas. En aquel tiempo trav\u00e9 amistad con Albareda, fundador de La Revista de Espa\u00f1a, hombre sugestivo y mundano, dotado de extraordinaria sagacidad pol\u00edtica\u2026 En mi narraci\u00f3n llego a los d\u00edas en que se apodera de m\u00ed el sue\u00f1o catal\u00e9ptico; no s\u00e9 d\u00f3nde vivo, ni lo que me pasa, ni en qu\u00e9 me ocupo. Para llenar estos vac\u00edos de mi relato, evoco mi memoria y le hablo de esta manera: \u00abMemoria m\u00eda, mi amada memoria, cu\u00e9ntame por Dios mis actos en aquella \u00e9poca de somnolencia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La memoria refunfu\u00f1a, se despereza y me contesta: \u00abTont\u00edn, \u00bfhas olvidado que escrib\u00edas articulejos de pol\u00edtica en La Revista de Espa\u00f1a, nueva creaci\u00f3n de Albareda? \u00bfTan aturdido est\u00e1s que no te acuerdas de que en La Revista de Espa\u00f1a publicaste tu segunda novela El Audaz y que al propio tiempo imprim\u00edas en la imprenta de Nogueras La Fontana de oro?. \u2014Diciendo esto, mi memoria inclin\u00f3 la cabeza sobre el pecho quedando aletargada y muda. Y yo me dije\u2014: Pues lucido estoy ahora; apagada la luz de mi mente, me entrego a un sue\u00f1o profundo\u00bb. En mis o\u00eddos zumbaba el ruido de las Constituyentes, palabras desgranadas del famoso discurso de Castelar contra Manterola, cl\u00e1usulas de Figueras, ap\u00f3strofes de Fernando Garrido, de Paul y Angulo, estridencias lejanas de gritos y aplausos, y por \u00faltimo, estruendo de trabucazos\u2026 Mi memoria despierta con sacudimiento convulsivo y exclama: \u00abmenguado, despab\u00edlate, \u00a1han matado a Prim!\u00bb. Ante mis ojos deslumbrados por una terrible realidad, desfila el cad\u00e1ver de Prim saliendo de Buenavista para ser conducido a la iglesia de Atocha, y al siguiente d\u00eda la gallarda figura de Amadeo de Saboya, que despu\u00e9s de contemplar en la bas\u00edlica el cad\u00e1ver del caudillo, entraba a caballo en Madrid para dirigirse a jurar la Constituci\u00f3n ante las Cortes.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1D\u00eda trist\u00edsimo, nevado el suelo, el celaje plomizo y el pueblo soberano admirando silencioso la gentileza del nuevo Rey!<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Todo lo que sigue lo he referido en otras p\u00e1ginas; por consiguiente no me ocupo de ello, pues en estas Memorias no hallar\u00e9is m\u00e1s que lo anecd\u00f3tico y personal. Dejadme ahora en mi sue\u00f1o catal\u00e9ptico\u2026 Siento pasar el 70, el 71, y a mediados del 72 vuelvo a la vida y me encuentro que, sin saber por qu\u00e9 ni por qu\u00e9 no, preparaba una serie de novelas hist\u00f3ricas, breves y amenas. Hablaba yo de esto con mi amigo Albareda, y como le indicase que no sab\u00eda qu\u00e9 t\u00edtulo poner a esta serie de obritas, Jos\u00e9 Luis me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Bautice usted esas obritas con el nombre de Episodios Nacionales.<\/p>\n\n\n\n<p>Y cuando me pregunt\u00f3 en qu\u00e9 \u00e9poca pensaba iniciar la serie, brot\u00f3 de mis labios como una obsesi\u00f3n del pensamiento la palabra Trafalgar.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de adquirir la obra de Marliani, me fui a pasar el verano a Santander. En la ciudad cant\u00e1brica di comienzo a mi trabajo, y paseando una tarde con mi amigo el exquisito poeta Am\u00f3s de Escalante, \u00e9ste me dej\u00f3 at\u00f3nito con la siguiente revelaci\u00f3n:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPero usted no sabe que aqu\u00ed tenemos el \u00faltimo superviviente del combate de Trafalgar?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Oh, prodigioso hallazgo! Al siguiente d\u00eda en la Plaza de Pombo me present\u00f3 Escalante un viejecito muy simp\u00e1tico, de corta estatura, con levita y chistera anticuada; se apellidaba Gal\u00e1n y hab\u00eda sido grumete en el gigantesco nav\u00edo Sant\u00edsima Trinidad. Los pormenores de la vida marinera en paz y en guerra que me cont\u00f3 aquel buen se\u00f1or, no debo repetirlos ahora.<\/p>\n\n\n\n<p>El tomo Trafalgar, donde se relata la terrible y gloriosa tragedia naval, se public\u00f3 en los primeros meses del 73, y en el mismo a\u00f1o di al p\u00fablico los tres tomos siguientes: La Corte de Carlos IV, El 19 de Marzo y el 2 de Mayo y Bail\u00e9n. Al a\u00f1o siguiente siguieron sin interrupci\u00f3n otros cuatro, y a principios del 75 termin\u00e9 la serie con La Batalla de los Arapiles. En los diez tomos conserv\u00e9 como eje y alma de la acci\u00f3n la figura de Gabriel Araceli, que se dio a conocer como pillete de playa y termin\u00f3 su existencia hist\u00f3rica como caballeroso y valiente oficial del Ej\u00e9rcito Espa\u00f1ol. La primera serie tuvo tan feliz acogida por el p\u00fablico, que me estimul\u00f3 a escribir la segunda; en esta archiv\u00e9 la figura de Araceli y saqu\u00e9 a relucir la de Salvador Monsalud, personaje en que prevalece sobre lo heroico lo pol\u00edtico, signo caracter\u00edstico de aquellos turbados tiempos. All\u00ed est\u00e1n la Masoner\u00eda, las trapisondas del 20 al 23, la furiosa reacci\u00f3n, los apost\u00f3licos, la primera salida del Pretendiente para encender la guerra civil. Interrump\u00ed esta serie con nuevos trabajos.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Sin dar descanso a la pluma, escrib\u00ed Do\u00f1a Perfecta, Gloria, Marianela y La familia de Le\u00f3n Roch. Algunas de estas obras coincidi\u00f3 con la Restauraci\u00f3n. Cuando Alfonso XII entr\u00f3 en Madrid, estaba yo corrigiendo las pruebas de Gloria. De la Restauraci\u00f3n, de la existencia relativamente corta del Rey Alfonso, nada dir\u00e9 en estas p\u00e1ginas. Refiriendo en otras los dos casamientos de este simp\u00e1tico Soberano, he contado algo y a\u00fan algos, que el curioso lector leer\u00e1 donde lo hallare.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de La familia de Le\u00f3n Roch, y sin respiro, La desheredada, enseguida me met\u00ed con El amigo Manso, El doctor Centeno, Tormento, La de Bringas, Lo prohibido\u2026 Hall\u00e1bame yo por entonces en la plenitud de la fiebre novelesca. Del arte esc\u00e9nico no me ocupaba poco ni mucho. No frecuentaba yo los teatros. Desde mi aislamiento sent\u00eda el rumor entusiasta de los grandes \u00e9xitos de D. Jos\u00e9 Echegaray. Aquel portento iba de gloria en gloria fascinando a todos los p\u00fablicos. Conoc\u00eda yo las obras de Echegaray por la lectura, no por la representaci\u00f3n. Pasaron a\u00f1os antes que yo viera sobre las tablas las obras del gran maestro. De este modo corr\u00eda el tiempo hasta llegar al 85. El 25 de Noviembre de aquel a\u00f1o muri\u00f3 Alfonso XII, de cruel enfermedad en la flor de los a\u00f1os. Ocurri\u00f3 en el Pardo este suceso, no por previsto menos lastimoso. Al d\u00eda siguiente falleci\u00f3 el General Serrano. Proclamada la Regencia de do\u00f1a Mar\u00eda Cristina, subi\u00f3 Sagasta al poder, y su primer acto fue convocar las Cortes para el a\u00f1o siguiente. Un amigo m\u00edo, de quien he de hablar mucho en el curso de estas Memorias, indic\u00f3 a Sagasta que me sacara diputado por las Antillas. En aquellos tiempos, las elecciones en Cuba y Puerto Rico se hac\u00edan por telegramas que el Gobierno enviaba a las autoridades de las dos islas. A m\u00ed me incluyeron en el telegrama de Puerto Rico; y un d\u00eda me encontr\u00e9 con la noticia de que era representante en Cortes, con un n\u00famero enteramente fant\u00e1stico de votos. Con estas y otras arbitrariedades, llegamos a\u00f1os despu\u00e9s a la p\u00e9rdida de las colonias. En la primavera del 86 se abrieron las Cortes. El que esto escribe, tuvo la satisfacci\u00f3n de ser incluido en la comisi\u00f3n del Congreso que asisti\u00f3 a Palacio al acto solemn\u00edsimo de la presentaci\u00f3n del reci\u00e9n nacido Soberano de Espa\u00f1a, D. Alfonso XIII, el 17 de Mayo de 1886.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>PEREDA Y YO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Sinti\u00e9ndome abandonado por mi memoria, la llamo, la interrogo en esta forma:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ven aqu\u00ed, Memoria m\u00eda, auxiliar sol\u00edcita de mi pensamiento. \u00bfPor qu\u00e9 me abandonas? \u00bfDuermes, est\u00e1s distra\u00edda?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El distra\u00eddo eres t\u00fa. A\u00f1os ha que est\u00e1s engolfado en la tarea de fingir caracteres y sucesos. Apenas terminas una novela empiezas otra. Vives en un mundo imaginario.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es que lo imaginario me deleita m\u00e1s que lo real.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues, como yo vivo solamente de la realidad, no oculto que me aburro en la c\u00e1mara tenebrosa de tu cerebro poblado de fantasmas, y por el primer portillo que encuentro abierto me escapo\u2026 Me doy el gusto de divagar libremente por los espacios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Est\u00e1 bien, picaruela. Vuelve, entra, \u00f3yeme y responde a lo que voy a preguntarte: \u00bfSabes t\u00fa cu\u00e1ndo estuve yo en Ginebra? \u00bfFue en mi primer viaje a Par\u00eds o en el segundo?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En los dos, bobito. Me parece que te estoy viendo pasear por el magn\u00edfico puente que une entrambas orillas del R\u00f3dano y detenerte a contemplar la isla de Rousseau y la estatua de este gran escritor. \u00bfNo te acuerdas del hotel de Bergues?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tambi\u00e9n estuve en el Metropolitano\u2026 Despu\u00e9s fuimos a Lausanne, poblaci\u00f3n encantadora situada en un alto que domina la extensi\u00f3n espl\u00e9ndida del lago Leman; me instal\u00e9 en un hotel que lleva el nombre del escritor ingl\u00e9s que all\u00ed termin\u00f3 su Historia de la grandeza y decadencia del pueblo romano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hotel Gibbon, tont\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y tambi\u00e9n tengo idea de haber estado en Neufchatel, donde vi un mercado de quesos Gruy\u00e8re como ruedas de carro, en n\u00famero infinito. Ahora, memoria m\u00eda, dime cuando estuve yo en Portugal.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1\u00c9sta s\u00ed que es buena! Pero \u00a1si eso fue el a\u00f1o pasado, despu\u00e9s que escribiste Lo prohibido!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah, ya! Ya estoy orientado, memoria m\u00eda. Puedes dar otro pase\u00edto por los espacios, y estarte atenta por si vuelvo a llamarte.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi gran amigo Pereda y yo, fuimos a Portugal acompa\u00f1ados de un rico comerciante santanderino. Del 72, el primer a\u00f1o que yo visit\u00e9 la capital cant\u00e1brica, data mi entra\u00f1able amistad con el insigne escritor monta\u00f1\u00e9s; amistad que permaneci\u00f3 inalterable, fraternal, hasta que acabaron los d\u00edas del glorioso autor de Sotileza y Pe\u00f1as arriba. Algunos creen que Pereda y yo viv\u00edamos en continua rivalidad por cuestiones religiosas y pol\u00edticas. Esto no es cierto. Pereda ten\u00eda sus ideas y yo las m\u00edas; en ocasiones nos enred\u00e1bamos en donosas disputas sin llegar al altercado displicente. En verdad, ni D. Jos\u00e9 Mar\u00eda Pereda era tan clerical como alguien cree, ni yo tan furibundo librepensador como suponen otros. En mi copioso archivo epistolar conservo como un rico tesoro multitud de cartas de Pereda, escritas maravillosamente en aquella prosa fluida, galana, incomparable.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Pues, se\u00f1or; nos plantamos en Lisboa, y all\u00ed se nos iba insensiblemente el tiempo contemplando las grandes bellezas de aquella ciudad, en la cual la irregularidad del terreno es un encanto m\u00e1s, como lo son el Tajo caudaloso y la rica vegetaci\u00f3n que esmalta sus orillas. En Cintra[2] vimos un pa\u00eds de enso\u00f1aci\u00f3n, y el palacio de Penna, obra portentosa del rey D. Fernando de Coburgo[3], nos dej\u00f3 at\u00f3nitos. Los fabulosos jardines de Babilonia no son comparables a los bosques de gigantescas camelias que forman b\u00f3veda impenetrable para el sol. El regio castillo es de caprichosa y elegante arquitectura. La ascensi\u00f3n a tales alturas se hace en borricos, muy bien enjaezados, que saben perfectamente su obligaci\u00f3n, y cobran por ello un pu\u00f1ado de reis. Desde lo alto se descubre, a la derecha, una estatua de Vasco de Gama, erigida en un culminante picacho, y a la izquierda, en la llanura lejana, el palacio de Mafra, imitaci\u00f3n de nuestro Escorial.<\/p>\n\n\n\n<p>De Lisboa nos fuimos a Oporto sin detenernos en el monasterio de Alcobaza ni en Batalla, monumento religioso construido en conmemoraci\u00f3n de la victoria de Aljubarrota.<\/p>\n\n\n\n<p>Oporto es una ciudad agradabil\u00edsima, cuna de las libertades portuguesas, situadas en agrias cuestas a orillas del Duero, festoneada, como Lisboa, de amenos jardines. El cementerio, poblado de m\u00e1rmoles y flores, a enorme altura sobre el r\u00edo, tiene tal encanto y poes\u00eda, que los visitantes, fatigados de las inquietudes de la vida, envidian a los que reposan en eternidad tan apacible.<\/p>\n\n\n\n<p>Oporto es una ciudad lusitana, donde m\u00e1s y mejor se habla espa\u00f1ol. En ella tuvimos el honor de tratar a diferentes personalidades cient\u00edficas y literarias, entre ellas se\u00f1aladamente al insigne escritor Oliveira Martins, que me obsequi\u00f3 con un ejemplar de su magn\u00edfica obra Historia de la civilizaci\u00f3n ib\u00e9rica. Agradecidos y satisfechos, emprendimos la retirada hacia el Mi\u00f1o, intern\u00e1ndonos en Galicia, donde no tardamos en separarnos, marchando los monta\u00f1eses a Santander y yo a Madrid.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin acordarme ya de Galicia ni de Portugal, cog\u00ed la pluma y con elementos que de antemano hab\u00eda reunido, me puse a escribir Fortunata y Jacinta.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>De los afanes literarios que hondamente embargaban mi \u00e1nimo, descansaba con otros afanes que en cierto modo correg\u00edan los efectos de la vida sedentaria. Me refiero a mi afici\u00f3n a los viajes. Apenas apunt\u00f3 aquel verano me fui a Santander y embarqu\u00e9 en un vapor de la Transatl\u00e1ntica que part\u00eda para El Havre. De este puerto part\u00ed inmediatamente para Par\u00eds, donde s\u00f3lo estuve una noche. Al siguiente d\u00eda, pasando por la Plaza de la Opera, vi en una tienda el anuncio de billetes circulares para la excursi\u00f3n por el Rhin. Sin pensarlo m\u00e1s, compr\u00e9 mi billete y emprend\u00ed mi correr\u00eda solito, ansioso de pasar la frontera de Alsacia y llegar a Estrasburgo. Vi la famosa Catedral, con su reloj monumental, que ocupa una pared entera del crucero, marcando en sinf\u00edn de muestras los minutos, las horas, los d\u00edas, las semanas, los a\u00f1os y hasta los siglos. De Estrasburgo pas\u00e9 a Maguncia y Francfort, ciudad \u00e9sta encantadora, pulcra y alegre. De all\u00ed me traslad\u00e9 a Vibrick, donde tom\u00e9 el vapor para la excursi\u00f3n fluvial que era el preferente atractivo de mi viaje. Deliciosa, incomparable jornada a bordo de un espl\u00e9ndido vapor. Com\u00edamos sobre cubierta, contemplando ambas orillas del Rhin, de cuya belleza no puede tener idea quien no las ha visto. Las gu\u00edas y planos nos se\u00f1alaban los parajes hist\u00f3ricos y los fabulosos, la leyenda y la realidad. De las bell\u00edsimas poblaciones del tr\u00e1nsito, se\u00f1alo Coblenza, y principalmente Bonn. En \u00e9sta me hubiera quedado de buena gana ver a mi gusto la casa en que naci\u00f3 el soberano m\u00fasico Beethoven. Terminado en Colonia el trayecto fluvial de la excursi\u00f3n sal\u00ed como flecha disparado hacia la Catedral; el monumento g\u00f3tico m\u00e1s grande y perfecto que en el orbe existe. En el exterior descuellan sus dos torres y los airosos botareles; en el interior causan maravilla las vidrieras, imitaci\u00f3n habil\u00edsima de las antiguas, como las que lucen en nuestra catedral de Le\u00f3n Pulchra Leonina. En las capillas se admiran hermosas obras de arte, y en el \u00e1bside los sepulcros de los Reyes Magos. Por cierto que nunca pude comprender c\u00f3mo se encuentran a orillas del Rhin las momias o esqueletos de los Soberanos de Oriente. \u00bfSer\u00e1 que cuando vienen estos se\u00f1ores a repartir juguetes a los ni\u00f1os en la fiesta de la Epifan\u00eda, se quedan por ac\u00e1 para esperar al a\u00f1o siguiente? M\u00e1s asombro me caus\u00f3 ver en otra iglesia los huesos de las once mil v\u00edrgenes martirizadas en Colonia. Esas reliquias ocupan enormes estanter\u00edas que llenan todo el templo hasta el techo. Despu\u00e9s de una visita a mi amigo el doctor Fastenrath, continu\u00e9 por ferrocarril el resto de la viajata circular: Aix la Chapelle, Lieja, Bruselas, Namur, Lille, Par\u00eds, para seguir inmediatamente al Havre con objeto de embarcarme en el mismo vapor que me hab\u00eda tra\u00eddo de Santander.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Expirando el verano volv\u00ed a Madrid y apenas llegu\u00e9 a mi casa recib\u00ed la grata visita de mi amigo el insigne var\u00f3n D. Jos\u00e9 Ido del Sagrario, el cual me dio noticia de Juanito Santa Cruz y su esposa Jacinta, de do\u00f1a Lupe, la de los Pavos, de Barbarita, Mauricia la Dura, la linda Fortunata y, por \u00faltimo, del famoso Estupi\u00f1\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>Todas estas figuras, pertenecientes al mundo imaginario, y abandonadas por m\u00ed en las correr\u00edas veraniegas, se adue\u00f1aron nuevamente de mi voluntad. Visit\u00e9 a do\u00f1a Lupe en su casa de la calle de Cuchilleros y platiqu\u00e9 con el usurero Torquemada y la criada Papitos. Pasaba largas horas en el caf\u00e9 del Gallo, donde me entreten\u00eda oyendo las conversaciones de los trajinantes y abastecedores de los mercados de aves. Por la escalerilla sub\u00eda y bajaba veinte veces al d\u00eda y en Puerta Cerrada ten\u00eda el Cuartel general de mis observaciones. En la Plaza Mayor pasaba buenos ratos charlando con el tendero Jos\u00e9 Luengo, a qui\u00e9n yo hab\u00eda bautizado con el nombre de Estupi\u00f1\u00e1. Ved aqu\u00ed un tipo fielmente tomado de la realidad visto en su natural traza y colorido.<\/p>\n\n\n\n<p>El viaje de boda de Juanito Santa Cruz y su regreso a Madrid, as\u00ed como la intriga del b\u00e1rbaro Izquierdo, traficante en ni\u00f1os, hechos imaginarios, aunque parezcan reales. Lo verdaderamente aut\u00e9ntico y real es la figura de la santa Guillermina Pacheco. Tan s\u00f3lo me he tomado la licencia de variar el nombre. La santa dama Fundadora se llam\u00f3 en el siglo do\u00f1a Ernestina. Recaudando cuantiosas limosnas, as\u00ed en los palacios como en las caba\u00f1as, cre\u00f3 un asilo en cuya iglesia reposan sus cenizas. Esta gloriosa personalidad mecere a todas luces la canonizaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>VIDA PARLAMENTARIA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Asist\u00eda yo puntualmente al Congreso sin desplegar los labios. O\u00eda, s\u00ed, con profunda atenci\u00f3n cuanto all\u00ed se hablaba. De los debates no me ocupo, pues todo eso ha perdido inter\u00e9s en el vago curso de los tiempos. Tratar\u00e9 con preferencia de las amistades que en el Parlamento hice. Por el cristal de mi memoria, que muy a menudo se empa\u00f1a, pasan amigos de la pol\u00edtica, de la literatura, de la Prensa: Maura, Puigcerver, Canalejas, Villanueva, Gamazo, Balaguer, N\u00fa\u00f1ez de Arce, Manuel Reina, Ram\u00f3n Correa, Ferreras, el marqu\u00e9s de Castroserna\u2026 De los que cito a bulto, s\u00f3lo vive Maura, actual director de la Academia Espa\u00f1ola, y a\u00fan conservamos la vieja amistad. Los dem\u00e1s pasaron, \u00a1ay! El que m\u00e1s perdura en mis recuerdos es el llamado Maestro Ferreras, el hombre de mayor agudeza pol\u00edtica, el m\u00e1s sincero y consecuente, el que siempre fue la misma modestia, el que, habiendo podido ocupar los puestos m\u00e1s altos, no quiso salir de su condici\u00f3n humilde y laboriosa, el leal amigo y en mil ocasiones consejero de Sagasta, pues Ferreras pose\u00eda como nadie el arte de expresar fielmente la opini\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>En la primavera del 88 Ferreras y nuestro amigo el marqu\u00e9s de Castroserna me catequizaron para ir con ellos a la Exposici\u00f3n de Barcelona. Castroserna era un pr\u00f3cer opulento y generoso, primer contribuyente por territorial en dos o tres provincias, liberal de coraz\u00f3n y muy adicto a don Pr\u00e1xedes. Pose\u00eda una galer\u00eda de cuadros notabil\u00edsima que hered\u00f3 de su hermano el conde de Adanero. Sol\u00eda comer en el Casino, y casi siempre enganchaba en el congreso a alg\u00fan amigo para que le acompa\u00f1ase a la mesa. Llevaba consigo descomunal petaca llena de riqu\u00edsimos habanos. Fumador empedernido, con exquisita urbanidad contagiaba del vicio del tabaco a sus amigos y comensales.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>De acuerdo los tres amigos, partimos en el expreso para Barcelona; nos alojamos en un magn\u00edfico hotel improvisado que, si no me enga\u00f1o, se llamaba Internacional. Visitamos la Exposici\u00f3n, maravilla en la cual se revelaban los altos pensamientos y la tenacidad del inolvidable ciudadano R\u00edus y Taulet. A nuestro jefe Sagasta le ve\u00edamos diariamente en el hotel Arn\u00fas, donde resid\u00eda, y a la reina Cristina ofrecimos nuestros respetos en el Ayuntamiento, convertido en residencia palatina. En aquellos alegres d\u00edas todas las naciones del mundo estaban representadas en el puerto de Barcelona con lo mejor de sus escuadras. Cuando la Reina sal\u00eda de paseo en la lancha real, mandada por el general Antequera, estallaba el ca\u00f1onero de las salvas. El estruendo formidable, el humo, el griter\u00edo de los hurras de la mariner\u00eda, daban la sensaci\u00f3n de una colosal batalla entre los cielos y la tierra. Quien tal presenci\u00f3 nunca podr\u00e1 olvidarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Su Majestad la Reina Regente se dign\u00f3 un d\u00eda convidarnos a comer a los diputados que est\u00e1bamos en Barcelona. Coincidi\u00f3 esto con la llegada del Rey de Suecia, que, viajando en su yate, se present\u00f3 inopinadamente en Barcelona. Los tres amigos tuvimos, pues, el honor de comer en Palacio con dos testas coronadas: Oscar II de Suecia y la Reina Regente de Espa\u00f1a. A la hora prescrita est\u00e1bamos todos los invitados en un sal\u00f3n, hasta que un funcionario palatino anunci\u00f3 la presencia de los Soberanos. En la puerta vimos aparecer a la reina Cristina cogida del brazo de un caballero de alta estatura y elegant\u00edsima presencia: era el rey Oscar. Siguieron ellos hacia el comedor, y los invitados detr\u00e1s. Cada cual ocup\u00f3 su asiento en la mesa y empez\u00f3 el banquete. Ni antes ni despu\u00e9s de aquel d\u00eda me he visto yo en actos tan ceremoniosos. Hablaba bajito con los que a mis lados ten\u00eda. Luego pude advertir que en la mesa reinaba cierta confianza y comunicatividad de buen gusto. La Reina y el rey Oscar de Suecia sosten\u00edan conversaci\u00f3n muy animada con Sagasta y las damas de la Reina; bromeaban y re\u00edan. Pronto entendimos que el Soberano escandinavo explicaba el origen de la conocida locuci\u00f3n hacerse el sueco.<\/p>\n\n\n\n<p>Oscar II merece de la Historia calurosos elogios; fue un Monarca verdaderamente magn\u00e1nime. En el final de su reinado surgi\u00f3 en los pueblos escandinavos el grave problema de la separaci\u00f3n de Noruega. Antes que derramar en intestina guerra la sangre de dos pueblos hermanos, consinti\u00f3 en la secesi\u00f3n, prefiriendo la gloria de austera humanidad a las aparatosas vanaglorias militares.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En el correr de aquel a\u00f1o 1888, diferentes acontecimientos embargaban mi memoria; no s\u00e9 dar preferencia. Nada os importa que escribiera en aquellos meses el segundo y tercer tomo de Fortunata y Jacinta. No s\u00e9 si anticipar o retrasar fechas para referiros una nueva viajata. Otro de los amigos m\u00edos m\u00e1s entra\u00f1ables fue y es Pepe Alcal\u00e1 Galiano, nieto del famoso don Antonio y pariente de todos los Galianos que en el mundo han sido: Valera, Casa Valencia, etc\u2026 Empez\u00f3 su carrera consular en Jerusal\u00e9n; luego sirvi\u00f3 en diferentes consulados, y, por \u00faltimo, pas\u00f3 a Newcastle, donde estuvo muchos a\u00f1os. Hab\u00eda casado en Madrid con una dama irlandesa tan bella como ilustrada. Yo iba todos los veranos a Newcastle-on-Tyne y viv\u00eda algunos d\u00edas con la feliz pareja en la casa del Consulado disfrutando de la dulce hospitalidad inglesa. De all\u00ed partimos Pepe Galiano y yo para nuestros viajes estivales, que algunos fueron tan extensos como si di\u00e9ramos la vuelta al mundo. Ved aqu\u00ed la muestra: embarcamos en el r\u00edo Tyne para irnos a Rotterdam, interesante poblaci\u00f3n holandesa; de all\u00ed fuimos a La Haya, y en esta capital, como en \u00c1msterdam, admiramos las maravillas de la pintura neerlandesa en los museos de ambas ciudades. Si es maravilla grande la pintura de Rembrandt, no es maravilla menor la original estructura de la ciudad de \u00c1msterdam, construida sobre canales como Venecia. Por verlo todo en aquella preciosa urbe, visitamos con detenimiento el barrio jud\u00edo, donde trabajan los lapidarios tallando el diamante. Y como urg\u00eda seguir nuestro camino para ver nuevas tierras, \u00a1adi\u00f3s!, Holanda limpia, pa\u00eds de jacintos y tulipanes; \u00a1adi\u00f3s, praderas risue\u00f1as y vacas fecundas, cuyas ubres manan r\u00edos de leche!; \u00a1adi\u00f3s, reina Guillermina! \u2014a quien no tuvimos el honor de conocer personalmente\u2014. \u00a1Adi\u00f3s, adi\u00f3s, que nos vamos atravesando las llanuras alemanas hasta Berl\u00edn!<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ya estamos en Unte der Linden (Bajo los Tilos), avenida famosa que va desde el monumento del gran Federico hasta la Puerta de Brandeburgo, lo m\u00e1s animado y concurrido de la capital prusiana. Berl\u00edn es poblaci\u00f3n grandona, triste; descuellan en ella el Palacio Imperial, la Universidad, el Parlamento, la modesta residencia en que viv\u00eda Guillermo I; los Museos, as\u00ed el de Pintura y Escultura como el Industrial; donde existen colecciones arqueol\u00f3gicas de un valor inestimable; el magn\u00edfico parque que separa la poblaci\u00f3n de Berl\u00edn de la de Charlotemburgo; el Pante\u00f3n Regio, y en \u00e9ste, la soberbia escultura yacente de la reina Luisa.<\/p>\n\n\n\n<p>Visto y admirado todo lo interesante que posee Berl\u00edn, fuimos a Potsdam, el Versalles prusiano, y sin detenernos nos dirigimos al palacete Sans Souci, labrado por Federico el Grande para pasar obscura y tranquilamente sus \u00faltimos a\u00f1os lejos del cortesano bullicio. En una de las salas de Sans Souci est\u00e1 instalado hoy el Museo Hohenzollern, donde se admiran preciosas miniaturas, tabaqueras, aut\u00f3grafos y miles de cartas.<\/p>\n\n\n\n<p>Este palacio que ahora describo trae a mi memoria la siguiente an\u00e9cdota hispanoprusiana: Cuentan que el embajador de Carlos III de Espa\u00f1a, marqu\u00e9s de Sotomayor, lleg\u00f3 a la presencia del Rey de Prusia, y despu\u00e9s de las ceremonias de r\u00fabrica, le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Sire: mi augusto Soberano desea que Vuestra Majestad se digne informarle de la t\u00e1ctica que ha usado en sus gloriosas campa\u00f1as militares para que sirva de norma a nuestro Ej\u00e9rcito.<\/p>\n\n\n\n<p>Oyendo esto el gran Federico qued\u00f3 suspenso, y entre riente y burl\u00f3n contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero, \u00a1se\u00f1or Embajador, si mi t\u00e1ctica es la espa\u00f1ola! La aprend\u00ed en la magna obra del marqu\u00e9s de Santa Cruz de Marcenado, que usted, como general, conocer\u00e1 sin duda\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Qued\u00f3 el marqu\u00e9s de Sotomayor tan corrido y turbado, que apenas pudo articular estas palabras:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, Majestad, la conozco; pero\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Queriendo el gran Federico cortar esta situaci\u00f3n enojosa, cogi\u00f3 de la mesa pr\u00f3xima un papel de m\u00fasica, y, d\u00e1ndolo al Embajador, le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00c9sta es una marcha compuesta por un gran m\u00fasico alem\u00e1n. Yo la considero obra maestra por su brevedad solemne y grandiosa. Ll\u00e9vela usted de mi parte a Su Majestad cat\u00f3lica para que la adopte como Himno en los actos palatinos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ved aqu\u00ed lectores m\u00edos, c\u00f3mo vino a Espa\u00f1a la Marcha Real. Y si me dijeren que es invento, como me lo contaron os lo cuento.<\/p>\n\n\n\n<p>Vaya, caballeros, ya estamos aqu\u00ed de m\u00e1s. Cogimos el tren y salimos pitando, atravesando Sajonia y Baviera, hasta parar en Hamburgo, ciudad deliciosa, muy distinta de Berl\u00edn. En esta domina la rigidez militarista; en Hamburgo, el alegre bullicio comercial. En derredor del hermoso lago llamado Alster existen todas las casas de Banca, las lujosas tiendas y los hoteles, donde casi todos los camareros hablan espa\u00f1ol. Hamburgo es ciudad cosmopolita; su inmenso tr\u00e1fico con Am\u00e9rica trae a sus almacenes productos coloniales suficientes para abastecer a medio mundo. Apartada de la poblaci\u00f3n comercial por largo trayecto en tranv\u00edas, est\u00e1 la poblaci\u00f3n de los placeres, San Pauli, donde hall\u00e1is los pasatiempos nocturnos: bailes, conciertos, cupletistas, gran mujer\u00edo, rifas, etc., etc.<\/p>\n\n\n\n<p>De San Pauli nos vamos a la c\u00e9lebre Altona, ciudad dinamarquesa separada de Hamburgo tan s\u00f3lo por una calle. Los que atraviesan esta v\u00eda, si llevan una maletita en la mano, son registrados, porque se pasa de uno a otro r\u00e9gimen aduanero. Galiano y yo sufrimos este peque\u00f1o vejamen, porque en Altona hay que tomar el tren para Kiel, camino de Copenhague. Hacia la capital de Dinamarca nos encamin\u00e1bamos. En Kiel, cabecera del canal que Alemania establec\u00eda para comunicar el B\u00e1ltico con el Oc\u00e9ano, tomamos un vaporcito que, en menos de una noche, nos condujo a Koersor, y de all\u00ed un r\u00e1pido tren nos llev\u00f3 a tomar el desayuno en Copenhague.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo V<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La primera evocaci\u00f3n que surge en mi mente es la del famoso escultor Torwaldsen, que en los comienzos del siglo XIX renov\u00f3 el arte griego con maestr\u00eda. En nuestro Museo de Escultura hay algo suyo que no recuerdo. Estudiando en Roma fue el escultor dan\u00e9s muy amigo de nuestro pintor Federico Madrazo, que le hizo un retrato. En Copenhague se conserva la obra completa de Torwaldsen, en el Museo que lleva su nombre. All\u00ed est\u00e1n sus esculturas, unas aut\u00e9nticas y otras reproducidas, entre ellas, El D\u00eda y La Noche, dos bajorrelieves encantadores que, adem\u00e1s de la fama, han alcanzado la popularidad. Visitando despu\u00e9s todo lo interesante de aquella hermosa capital, es inevitable que lo imaginario se sobreponga a lo real. \u00bfQui\u00e9n puede contenerse dentro de la realidad hall\u00e1ndose frente a la inmensa figura de Hamlet? Creado fue por un poeta, de quien otro poeta dijo que hab\u00eda creado tanto como Dios. Los cicerones, que abundan en toda localidad nutrida de recuerdos hist\u00f3ricos o de curiosidades sorprendentes, nos llevaron a contemplar lo que, a juicio de ellos, era la gran atracci\u00f3n de cuantos forasteros llegaban a la tierra. \u00bfQu\u00e9 portento quer\u00edan mostrarnos los oficiosos cicerones? Pues nada menos que la tumba de Ofelia. \u00a1Por Cristo, la emoci\u00f3n que sacudi\u00f3 nuestros nervios ante aquel sepulcro ap\u00f3crifo fue m\u00e1s intensa que si hubi\u00e9ramos cre\u00eddo en la existencia de la infeliz doncella hija de Polonio! \u00a1Oh poder del arte, que das al mundo creaciones m\u00e1s perdurables que las de la propia Naturaleza! Los cicerones, locuaces y muy aferrados a su oficio, nos hablaron de la pobrecita Ofelia como si la hubieran conocido y presenciado la ceremonia de su entierro. Mi amigo y yo, encantados de lo que hab\u00edamos visto, les preguntamos c\u00f3mo ir\u00edamos a ver las famosas murallas de Elsinore, donde se desarrollan las primeras escenas iniciales del primero de los dramas que en el mundo han sido. A esto nos contest\u00f3 uno de ellos que las murallas exist\u00edan lo mismo que en el tiempo en que se apareci\u00f3 el fantasma del Rey difunto. \u00abEn menos de una hora de tren pueden ustedes ir all\u00e1. Ning\u00fan viajero se va de Copenhague sin dar un vistazo al lugar donde el Rey difunto volvi\u00f3 del Infierno para contarle a su hijo lo que todos sabemos. Vayan, vayan\u2026\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuimos, y, sugestionados por el m\u00e1gico poder del arte, recorrimos la muralla en la noche tenebrosa y siniestra\u2026; no s\u00e9 si con los ojos de la raz\u00f3n o con los de la cara vimos la tr\u00e1gica, la hermosa escena\u2026 El espantoso espectro del Rey con cetro y celada pas\u00f3 gravemente ante nosotros sin miramos. De improviso son\u00f3 el canto del gallo: al o\u00edrlo, el espectro desapareci\u00f3, y nosotros volvimos a la desabrida realidad.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>ESCAPATORIA OTO\u00d1AL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Desde mi entrevista con la sombra del rey Hamlet sent\u00edme abandonado de mi memoria, que revoloteaba fuera de mi cerebro jugueteando con el olvido. No estoy seguro de mi derrotero para volver a mi querido Madrid. Es posible que mi amigo y yo regres\u00e1ramos a orillas del Elba y que en los muelles de Hamburgo nos embarc\u00e1ramos para Inglaterra. Llegamos a Hull; de ah\u00ed fuimos a Newcastle; all\u00ed me separ\u00e9 de mi amigo. Sin el auxilio de mi memoria puedo asegurar que fui solo a Edimburgo. Solo fui tambi\u00e9n a Birmingham, desde donde part\u00ed para Stratford-on-Avon, patria del gran dramaturgo ingl\u00e9s y universal. Nada debo decir de Edimburgo ni de Stratford, pues ya lo he dicho en otro lugar. El itinerario de este vagabundeo para llegar a Madrid fue el siguiente: Londres, Dover, Calais, Par\u00eds, Burdeos, Santander. A poco de llegar a Madrid, ya estaba el espa\u00f1ol errante agarrado a sus cuartillas escribiendo Miau. El frenes\u00ed de emborronar papel llev\u00f3me luego a trazar La Inc\u00f3gnita, d\u00e1ndole forma epistolar. Inmediatamente emprend\u00ed Realidad, que no es otra cosa que el mismo asunto de La Inc\u00f3gnita, desarrollado en di\u00e1logo a la manera teatral. No pens\u00e9 entonces llevar esta obra a la escena, y hubieron de pasar bastantes a\u00f1os hasta que Realidad apareciera ante las candilejas y entre los lienzos pintados.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobrevinieron los d\u00edas estivales, march\u00e9 a Santander, y desde all\u00ed, por cartas, tratamos Pepe Galiano y yo una escapatoria oto\u00f1al. \u00bfAd\u00f3nde ir\u00edamos? A Italia. Yo me dirig\u00ed a Liverpool. Galiano y yo nos reunimos en Londres; pasamos el Canal de la Mancha, y en Par\u00eds tomamos billetes de ida y vuelta a Italia, yendo por Mont Cenis y volviendo por Vintimiglia. Corred, volad, exploradores de lo ideal, amantes de lo bello.<\/p>\n\n\n\n<p>Atravesad los Alpes por el t\u00fanel m\u00e1s grande que en el mundo exist\u00eda; deteneos en Tur\u00edn, la ciudad rectil\u00ednea; seguid a Mil\u00e1n; contemplad la Cena, del inmenso Leonardo; el Duomo a\u00e9reo, la famosa Galer\u00eda, la Scala, y seguid, seguid hasta Verona, donde nos encontraremos con una pareja ideal: Romeo y Julieta. Ved la casa de Capuleto, la casa de Montesco, los sa\u00f1udos rivales reconciliados en el amor y en la muerte. Contemplemos las tumbas de los Scaligeros, en medio de la calle; la Signoria, el Campanile, y, por \u00faltimo, v\u00e1monos a orar junto a la tumba de Julieta, que se conserva en el convento de los franciscanos. Para llegar a este po\u00e9tico lugar atravesamos un sendero poblado de gigantescos cipreses. Verona es la ciudad de los balcones floridos y de los cipreses majestuosos y f\u00fanebres. La tumba de Julieta es un sepulcro romano que tiene el aspecto de una tina de ba\u00f1o y no est\u00e1 llena de agua, sino de tarjetas. Todos los extranjeros que llegan a Verona dejan su nombre en una cartulina doblada por la punta. Excuso decir que tambi\u00e9n nosotros rendimos el mismo tributo.<\/p>\n\n\n\n<p>Sucedi\u00f3 que en aquellos d\u00edas se le hincharon las narices al Adige; la inundaci\u00f3n invadi\u00f3 ciertos barrios de la ciudad, y como nos molestaba recorrer las calles en lanchas y barquichuelos, resolvimos zarpar de Verona para navegar en aguas de Venecia. Dominados por la obsesi\u00f3n de las figuras shakesperianas, nuestro primer pensamiento en Venecia fue buscar las huellas del valiente Otelo y del p\u00e9rfido Yago. Ya no estaban all\u00ed; se hab\u00eda ido a Chipre, donde ten\u00edan campo m\u00e1s ancho para su tragedia. Al que s\u00ed encontramos pasando por el puente Rialto fue a Shylock, el terrible avariento, que a\u00fan lloraba la fuga de Jessica y la desaparici\u00f3n de su tesoro por la sentencia de la hermosa y justiciera Porcia. No me detendr\u00e9 en describir los encantos de Venecia, que son harto conocidos en el mundo literario. Creo que incurrir\u00eda en amaneramiento si hablara con extensi\u00f3n de San Marcos, del Palacio ducal, de las palomitas, ciudadanas predilectas del Municipio, que a las doce en punto acuden a comer a la plaza; del Gran Canal, del Puente de los Suspiros, del Colleone, el soberbio jinete cuyo caballo, rival de los de Lisipo, es el asombro de los venecianos; del Museo de San Zanipolo, donde existe lo mejor de la pintura veneciana; de los palacios, de las g\u00f3ndolas, del Arsenal, del Lido y dem\u00e1s encantos de la ciudad, entre los cuales no puedo contar la infinita plaga de mosquitos. Tales estragos hizo en nuestra piel esta diminuta grey, engendro de las lagunas, que a los pocos d\u00edas tuvimos que salir de estamp\u00eda para Padua.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Aunque en Padua continuaron acos\u00e1ndonos los aguijones anunciados con trompetillas, soportamos la molestia por San Antonio, y su estupenda bas\u00edlica; por los frescos de Giotto, por la Virgen de la Arena, las pinturas de Mantegna, la estatua de Malatesta\u2026, y adi\u00f3s, Padua; v\u00e1monos a Bolonia.<\/p>\n\n\n\n<p>Famosa por su Universidad, lo es tambi\u00e9n para nosotros por el Colegio que all\u00ed fund\u00f3 en el siglo XV nuestro cardenal Albornoz, que arrojado de Espa\u00f1a por Don Pedro el Cruel busc\u00f3 refugio en Roma. Recorrida la ciudad extensa, de calles largas y tortuosas, con soportales que protegen al transe\u00fante contra la tenaz lluvia de aquel pa\u00eds, dimos con la Fundaci\u00f3n de San Clemente, objeto principal de nuestra curiosidad. Cuando entramos, el portero nos dijo que el director y los alumnos estaban en el campo y no volver\u00edan hasta pasadas las vacaciones. Nos contentamos con ver el patio, de noble y elegante arquitectura, algunas aulas, la magn\u00edfica biblioteca y otras dependencias del hermoso edificio. Pepe Alcal\u00e1 Galiano, que hab\u00eda conocido en Madrid a dos jovencitos de la mejor sociedad, que a la saz\u00f3n eran alumnos del Colegio de Albornoz, pregunt\u00f3 al portero si podr\u00eda ense\u00f1arnos las habitaciones de don \u00c1lvaro y don Rodrigo Figueroa. A lo que el amable portero contest\u00f3 se\u00f1alando una estancia:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Aqu\u00ed es: pasen y ver\u00e1n el aposento donde viven esos dos se\u00f1oritos.<\/p>\n\n\n\n<p>Entramos, y con r\u00e1pido examen pudimos apreciar el confort de la habitaci\u00f3n estudiantil: buenos muebles, muchos libros, mapas, un juego de ajedrez, floretes para el ejercicio de esgrima, y, entre todo esto, multitud de retratos de lindas y alegres muchachas de teatro.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de mirar bien cuanto hab\u00eda en el aposento, preguntamos si eran aplicados los chicos de Figueroa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Como aplicados, no s\u00e9, no s\u00e9; pero son listos, simp\u00e1ticos, y aqu\u00ed les queremos todos.<\/p>\n\n\n\n<p>Estos se\u00f1oritos de Figueroa, don \u00c1lvaro y don Rodrigo, son hoy el conde de Romanones, Presidente del Consejo de Ministros, y el duque de Tovar, exembajador de Espa\u00f1a en el Vaticano.<\/p>\n\n\n\n<p>No quisimos salir de Bolonia sin ver lo m\u00e1s notable de aquella ciudad. Visitamos la iglesia del Rosario, donde est\u00e1 el sepulcro de nuestro paisano Santo Domingo de Guzm\u00e1n, nacido en las inmediaciones de Burgo de Osma. \u00a1Cu\u00e1n solitaria la iglesia y la capilla! Ni un alma vimos acercarse al m\u00e1rmol que encierra los restos de aquel santo var\u00f3n. \u00a1Qu\u00e9 diferencia entre este templo y el de Padua, donde hormiguea la muchedumbre de gentes devotas del Santo, amparador de los humildes y consuelo de los que padecen y lloran! Es que en la jerarqu\u00eda celestial, como en la terrena, la simpat\u00eda y el amor favorecen a unos y a otros les envuelve en la fr\u00eda indiferencia. Hay santos popular\u00edsimos, y entre todos descuella el portugu\u00e9s Antonio de Padua, \u00eddolo de las muchachas, y los hay que, aunque tengan en el A\u00f1o Cristiano una larga historia, no obtienen de los creyentes ni un recuerdo, ni una oraci\u00f3n, ni una l\u00e1grima.<\/p>\n\n\n\n<p>Memoria: \u00bfse me ha quedado algo en Bolonia? Si t\u00fa llevas cuenta de estos olvidos, gu\u00e1rdalos para otra vez, v\u00e1monos a Florencia.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ya estamos en la ciudad de los M\u00e9dicis. Ven a ac\u00e1, memoria m\u00eda, y ay\u00fadame. \u00bfEncontraremos aqu\u00ed al Dante, quiero decir, su sepulcro?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Bobalic\u00f3n, \u00bfno sabes que el Dante est\u00e1 enterrado en R\u00e1vena? Aqu\u00ed, en la iglesia de Santa Croce, existe un monumento con la siguiente inscripci\u00f3n: Onorate l\u2019altisimo poeta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya, ya s\u00e9. Los dem\u00e1s monumentos contienen las cenizas de Maquiavelo, Alfieri y no s\u00e9 si Galileo. Y despu\u00e9s de ver esto, \u00bfqu\u00e9 orden he de seguir para recrearme como es debido en las innumerables bellezas de esta ciudad?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya que hablamos del Dante, empieza por visitar la casa en que naci\u00f3 y vivi\u00f3 el soberano poeta. De all\u00ed te vas al Baptisterio, donde tienes largo tiempo de \u00e9xtasis contemplando las puertas de bronce, obra del escultor Ghiberti. Sigue por diversas calles, donde puedes admirar hermosas estatuas, que en Florencia las calles son museos admirables, y pasito a paso llegar\u00e1s a la plaza de la Signoria, donde ver\u00e1s la famosa Loggia dei Lanzi. \u00a1Oh, qu\u00e9 maravilla! \u00a1Qu\u00e9 prodigio de arte! Bajo unas arcadas sostenidas por columnas de piedra, se ven obras tan estupendas como el Perseo, de Benvenuto Cellini; El robo de las sabinas, de Bacio Bandinelli, y otras obras de la antig\u00fcedad y del Renacimiento. Cuando mi amigo y yo entr\u00e1bamos en la Loggia empez\u00f3 a llover, y todos los chiquillos que en la plaza vend\u00edan f\u00f3sforos y peri\u00f3dicos, as\u00ed como los pobres vendedores de golosinas, corrieron a guarecerse bajo las arcadas, donde existe a la intemperie uno de los m\u00e1s bellos museos del mundo. Y aqu\u00ed se ve lo extraordinario y peregrino del caso. Entre las bellas estatuas juegan los chiquillos traviesos y toda la pobreter\u00eda de la ciudad, sin que en el curso de los siglos se advierta en los m\u00e1rmoles y bronces el menor deterioro, ni una rotura ni un rasgu\u00f1o. Y es que Florencia es el pueblo \u00fanico donde existe no s\u00f3lo el respeto, sino el culto al arte, as\u00ed en la aristocracia entonada como en la plebe m\u00edsera.<\/p>\n\n\n\n<p>Echamos un vistazo a la estatua ecuestre de un M\u00e9dicis, y con la devoci\u00f3n que inspira un recinto sagrado entramos en la Galer\u00eda degli Uffizi, el gran museo, mejor dicho, el cielo de la pintura florentina, donde forman corte Rafael de Urbino, Andr\u00e9s del Sarto, Perugino, Julio Romano y una pl\u00e9yade interminable, que esta maldita memoria m\u00eda no me deja enumerar\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Ven ac\u00e1, memoria retozona y holgazana; ven y ll\u00e9vanos a donde podamos admirar el David, del inmenso Miguel \u00c1ngel, y las graciosas esculturas de Donatello, sin olvidar a Pompeyo Leoni y Pedro Tacca.<\/p>\n\n\n\n<p>V\u00e1monos pronto; cond\u00facenos a ver el puente sobre el Arno y las risue\u00f1as campi\u00f1as que rodean esta ciudad\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque mucho m\u00e1s podr\u00edamos decir de la deliciosa Florencia, tenemos que ir a Roma. All\u00ed veremos a Miguel \u00c1ngel en su triple grandeza de pintor, escultor y arquitecto. All\u00ed veremos la Roma pagana y la Roma papal.<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed saludaremos a nuestros amigos Julio II y Le\u00f3n X, y daremos un apret\u00f3n de manos a Julio C\u00e9sar, Cicer\u00f3n y Virgilio\u2026 Vamos, vamos; pero ahora me acuerdo, \u00bfno pasaremos por As\u00eds y Sierra? La memoria nos dice que esas poblaciones, la una popularizada por San Francisco y la otra por Santa Catalina, las veremos al regreso. Ahora no debemos detenernos hasta la llamada Ciudad Eterna.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Cosa m\u00e1s rara! Al cabo de un fatigoso y molesto viaje, entra uno en Roma como si entrara en cualquier ciudad provinciana. Todo lo que se encuentra desde la estaci\u00f3n hasta la V\u00eda Trattina \u2014Hotel Americano, d\u00f3nde nos alojamos\u2014, vulgar\u00edsimo; tan s\u00f3lo la fuente de Trevi, que vimos de refil\u00f3n, nos sorprendi\u00f3 por su opulento barroquismo y la abundancia de sus aguas corrientes. Sin quitarnos el polvo del camino, tal era nuestra impaciencia, nos lanzamos a trav\u00e9s de las calles buscando la Catedral de San Pedro, cuya c\u00fapula, a ratos vista, a ratos so\u00f1ada, se nos aparec\u00eda entre el cielo y la tierra. Sin que nadie nos guiara, pasamos el Puente de Sant \u00c1ngelo, y al fin llegamos a la inmensa plaza circular, la columnata, las desmesuradas estatuas de San Pedro y San Pablo.<\/p>\n\n\n\n<p>Atontados miramos estas maravillas, y hallando abierta la puerta de la bas\u00edlica, nos colamos dentro. Recorrimos la gran nave; nos paramos frente al baldacchino, elevamos nuestras miradas a la c\u00fapula y le\u00edmos el principio de la famosa inscripci\u00f3n Tu es Petrus, cuyas letras tienen tres varas de largo; luego dimos una vuelta por el \u00e1bside, donde est\u00e1 la estatua del Pescador, con las llaves en la mano, y encogi\u00e9ndonos de hombros y con cierta indiferencia despectiva, salimos a la calle, diciendo que el inmenso monumento nos hab\u00eda parecido peque\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>En la segunda o tercera visita a San Pedro, los visitantes se hacen cargo del enorme tama\u00f1o de aquel templo sin igual. Entrando por el Portone di bronzo, custodiado por la Guardia suiza, penetramos en el Vaticano y recorremos los extensos patios, toda la planta baja, el Museo Clementino, enriquecido con las m\u00e1s estupendas maravillas de la estatuaria griega: el Apolo de Belvedere, el Antinoo, las Venus, las Dianas, las Minervas, las Hebes, las Ceres, el Laocoonte, el Nilo y los lindos grupos de Gracias, Musas, Ninfas, Nereidas, Sirenas, Quimeras, Parcas y, en fin, todo ese mundo marm\u00f3reo, expresi\u00f3n de la fecunda fantas\u00eda hel\u00e9nica, que con las energ\u00edas de la naturaleza cre\u00f3 la m\u00e1s alta poes\u00eda y la m\u00e1s bella religi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Amigo, hasta luego. En el pr\u00f3ximo cap\u00edtulo os referir\u00e9 historias y an\u00e9cdotas de los pont\u00edfices Le\u00f3n XIII y P\u00edo IX.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>LO QUE ME CONT\u00d3 UN ABATE<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Nadie ignora que Le\u00f3n XIII fue un hombre ilustrad\u00edsimo, tan versado en las abstracciones teol\u00f3gicas como en el conocimiento de la vida social. Nuncio de Su Santidad en B\u00e9lgica, el cardenal Pecci se acredit\u00f3 de h\u00e1bil diplom\u00e1tico, y al ocupar el solio pontificio, a la muerte de P\u00edo IX, dio pruebas de poseer extraordinario talento pol\u00edtico. Condujo la nave de San Pedro con sutil destreza, evitando los escollos que en el revuelto mar de Europa le sal\u00edan al paso. Cuentan que, a pesar del irreductible antagonismo entre el papado y la Monarqu\u00eda italiana, el Pont\u00edfice y la reina Margarita, esposa del rey Humberto, sosten\u00edan comunicaci\u00f3n familiar y afectuosa; Le\u00f3n XIII contestaba la Reina con versos en lat\u00edn, lengua que pose\u00eda con rara perfecci\u00f3n. Su alta estatura, su despejada frente, su mirar penetrante, su boca rasgada y risue\u00f1a, que le daba cierto parecido a Mart\u00ednez de la Rosa, le hac\u00edan extremadamente simp\u00e1tico.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuve el honor de asistir con mi amigo Galiano a la misa de r\u00e9quiem que dijo el Papa en San Pedro en la terminaci\u00f3n del jubileo, a los pocos d\u00edas de nuestra estancia en Roma. De esta festividad solemne y aparatosa he hablado extensamente en algunos de mis libros. \u00bfEn cu\u00e1l? No lo s\u00e9. He preguntado a mi memoria, pero est\u00e1 se halla hoy tan distra\u00edda y volandera, que no ha podido sacarme de dudas. Para asistir a la misa papal en San Pedro, nos facilit\u00f3 papeletas el ilustre caballero don Alejandro Groizard, a la saz\u00f3n Embajador de Espa\u00f1a. Un d\u00eda nos convid\u00f3 este se\u00f1or a comer a su residencia del Palacio de Espa\u00f1a. Entre los comensales hall\u00e1base un abate romano, de figura distinguida, aire social y charla donosa. Recay\u00f3 la conversaci\u00f3n en P\u00edo IX \u2014Mastai Ferretti\u2014, y tanto el Embajador como el abate convinieron en que el antecesor de Le\u00f3n XIII era un hombre muy salado, gracios\u00edsimo.<\/p>\n\n\n\n<p>Para referir lo que nos cont\u00f3 el abate me parec\u00eda retroceder un pontificado, y en esto me ayuda eficazmente mi caprichosa memoria, m\u00e1s fiel que en los hechos hist\u00f3ricos, en lo anecd\u00f3tico y familiar.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Eran los a\u00f1os turbulentos que anunciaban el fin del poder temporal. Dividida la opini\u00f3n en dos bandos, los fan\u00e1ticos del papado se llamaban negros, y los partidarios de la Casa de Saboya, blancos. Recibi\u00f3 P\u00edo IX en audiencia a una se\u00f1ora que le llevaba una ofrenda de dinero. Era la dama furibunda papista, y ten\u00eda la costumbre de te\u00f1irse las canas, con tan poco arte, que llevaba su cabellera charolada, como si fuera de azabache. El Papa, rodeado de su corte, la recibi\u00f3 con su habitual afabilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Arrodillada la se\u00f1ora con profunda emoci\u00f3n ante el supremo jerarca de la Iglesia, rompi\u00f3 a llorar; y P\u00edo IX extendi\u00f3 su mano bondadosa sobre la cabeza de la se\u00f1ora, y disimulando la sorna con la cortes\u00eda, le dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Le\u00ed sempre nera (Usted siempre negra).<\/p>\n\n\n\n<p>Y ella, sollozante y compungida, respondi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed, Sant\u00edsimo Padre, io sempre nera.<\/p>\n\n\n\n<p>Los de la corte papal, que comprendieron la sutil broma, se mordieron los labios para no soltar la risa ante la solemne escena.<\/p>\n\n\n\n<p>La censura de toda clase de escritos era entonces tan extremadamente rigurosa, que no se pod\u00eda publicar en Roma cosa alguna, peri\u00f3dicos, dramas, comedias, poes\u00edas, sin el exequatur del cardenal censor, que era hombre de una severidad despampanante. Un eximio poeta italiano le llev\u00f3 una oda para que autorizase su publicaci\u00f3n. El censor la ley\u00f3 atentamente y neg\u00f3 el exequatur si el autor de los versos no cambiaba una palabra. Pero \u00bfqu\u00e9 palabra, se\u00f1or? Pues el adjetivo ang\u00e9lica, que el poeta aplicaba a una mujer hermosa; semejante calificativo no pod\u00eda darse m\u00e1s que a los esp\u00edritus puros, \u00e1ngeles del Cielo. Discutieron largo rato el poeta y el Cardenal; pero \u00e9ste, m\u00e1s terco que un cerrojo, se cerr\u00f3 a la banda, y dijo al poeta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1or m\u00edo, su oda no saldr\u00e1 a luz en letras de molde mientras usted no cambie el adjetivo ang\u00e9lica por otro. Para pintar la hermosura de una mujer hay muchos y diferentes t\u00e9rminos, por ejemplo: puede usted decir fulanita o menganita es arm\u00f3nica, y no se meta usted con los \u00e1ngeles.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de largo disputar, el poeta, ya cansado, con tal de ver su oda en letras de mold\u00e9, accedi\u00f3 al cambio, y se public\u00f3 la composici\u00f3n, donde se dec\u00eda que una tal Laura era la damisela m\u00e1s arm\u00f3nica que se conoc\u00eda en Italia.<\/p>\n\n\n\n<p>Este caso de censura fue en el Vaticano muy comentado y re\u00eddo, y P\u00edo IX se part\u00eda de risa cuando se lo contaron. Sal\u00eda diariamente a pasear en coche Su Santidad, acompa\u00f1ado de un Cardenal, y una tarde que le correspondi\u00f3 esta hora al terrible censor, preguntando el cochero al Pont\u00edfice la direcci\u00f3n que deb\u00eda tomar, Su Santidad, con rotunda y sonora voz respondi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A la porta Arm\u00f3nica.<\/p>\n\n\n\n<p>Suspenso y turbado el auriga, dio a entender que no conoc\u00eda tal puerta. El Papa repiti\u00f3 la frase: \u00abA la porta Arm\u00f3nica\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Y gravemente a\u00f1adi\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Antes dec\u00edamos la puerta Ang\u00e9lica, pero Monse\u00f1or no quiere que digamos ang\u00e9lica sino arm\u00f3nica.<\/p>\n\n\n\n<p>Oyendo esta fina guasa, el intransigente censor qued\u00f3 corrido y anonadado.<\/p>\n\n\n\n<p>A pocos meses de este ver\u00eddico suceso asaltaron los garibaldinos la Puerta P\u00eda, y apoder\u00e1ndose de Roma acab\u00f3 el poder temporal.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Retrocediendo m\u00e1s en la cronolog\u00eda pontificia, hablar\u00e9 de los papas cuyos nombres van gloriosamente unidos a la historia del arte.<\/p>\n\n\n\n<p>A Julio II \u2014della Rovere\u2014 corresponde la iniciativa de las grandes creaciones art\u00edsticas. Era muy entendido en pintura y gustaba inspeccionar personalmente las obras. Un d\u00eda en que Miguel \u00c1ngel estaba atareado con los frescos de la Capilla Sixtina, vio desde los altos andamios al Papa, curioseando desde abajo. Era el gran pintor muy atrabiliario, y no le agradaba que escudri\u00f1aran su trabajo. Con el pie empuj\u00f3 un tab\u00f3n, que al caer no produjo m\u00e1s efecto que el ruido y el susto consiguiente. El Papa, tom\u00e1ndolo por las buenas, grit\u00f3 desde abajo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Buonarroti, \u00bfno has visto que estoy aqu\u00ed?<\/p>\n\n\n\n<p>Mediaron explicaciones y excusas; el artista qued\u00f3 rezongando, y no pas\u00f3 m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Una de las obras estupendas de Miguel \u00c1ngel es el Mois\u00e9s, que esculpi\u00f3 para el sepulcro de Julio II. Entramos cuando la iglesia estaba ya medio a oscuras, sin otra feligres\u00eda que unas pobres beatas rezagadas. El sacrist\u00e1n, agitando un manojo de llaves, las incitaba a despejar la iglesia; pero al vernos, viendo tambi\u00e9n la perspectiva de una propineja, no cerr\u00f3, y nos dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Adelante, se\u00f1ores; all\u00ed lo tienen.<\/p>\n\n\n\n<p>Se\u00f1alaba una formidable masa blanca marm\u00f3rea. Era el Mois\u00e9s. Nos acercamos temerosos hasta llegar junto a la gigantesca figura y pusimos nuestras manos sobre el pie del patriarca. Est\u00e1 sentado; con una mano sostiene las Tablas de la Ley, y con la otra acaricia su luenga barba; en su frente dos ricitos marcan los cuernos luminosos con que en la antig\u00fcedad se le representara. Si esta figura se pusiera en pie, tocar\u00eda en el techo de la iglesia. El mausoleo est\u00e1 incompleto, porque falta la figura que debi\u00f3 hacer juego con el Mois\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Sin requerir la asistencia de mi memoria, pasemos de San Pietro in Vicoli al Palacio Doria, que contiene uno de los m\u00e1s interesantes museos de Roma. Descuella como joya culminante en ese Museo el retrato del Papa Inocencio X (Doria Pamphili). Maravillosa obra de nuestro gran Vel\u00e1zquez, que en su viaje a Roma enalteci\u00f3 con extraordinario vigor y valent\u00eda el realismo de la pintura espa\u00f1ola. No trat\u00f3 de embellecer la figura del Papa, ni colocarle en postura, conforme a las rutinas acad\u00e9micas. La imagen del Papa resulta en su retrato como era en la realidad. Las facciones duras y bastas, el adem\u00e1n tosco, el color del rostro encendido, herp\u00e9tico; viste de rojo, y rojas son tambi\u00e9n las cortinas del fondo. El estilo jugoso del pintor se revela en esta obra como en Las Hilanderas, Las Meninas y Los Borrachos. Campea el retrato de Doria Pamphili en una sala de honor, bajo un dosel, con el soberano aislamiento de las cosas \u00fanicas. Lo custodian dos servidores ostentando la librea de la ilustre casa, los cuales no permiten sacar copias ni fotograf\u00edas de la obra de Vel\u00e1zquez. Esta prohibici\u00f3n no debi\u00f3 de ser absoluta en tiempos anteriores, porque en la colecci\u00f3n de El Escorial, lo recuerdo bien, existe una copia, no muy fiel, de este retrato.<\/p>\n\n\n\n<p>A continuaci\u00f3n de la sala, que llamar\u00edamos del trono, se extiende la galer\u00eda del Museo Doria, compuesta de obras admirables, entre las cuales descuellan los retratos de Navagero y C\u00e9sar Borgia, debidos a Rafael de Urbino; estas dos obras, con el Doria Pamphili, de nuestro Vel\u00e1zquez, constituyen la principal atracci\u00f3n de aquel Museo.<\/p>\n\n\n\n<p>Visitando los templos de Roma se ven suntuosos sepulcros de papas; en San Pedro hay algunos de los m\u00e1s espl\u00e9ndidos. El de Julio II, ya he dicho d\u00f3nde est\u00e1. Sixto V (F\u00e9lix Peretti) est\u00e1 en Santa Mar\u00eda Maggiore. En Santissimi Apostoli admiramos el de Ganganelli (Clemente XIV), que decret\u00f3 la extinci\u00f3n de los jesuitas. En San Lorenzo Extramuros yace P\u00edo IX. Todos los papas tienen fastuosos sepulcros, con excepci\u00f3n de los Borgia, Calixto III y Alejandro VI, que est\u00e1n en cajas de plomo arrinconadas en la iglesia espa\u00f1ola de Monserrat; as\u00ed nos dijo el rector de dicha instituci\u00f3n, monse\u00f1or Benavides. La autoridad pontificia quer\u00eda que Espa\u00f1a se encargara de dar sepultura decorosa a estos dos papas valencianos, y el Gobierno espa\u00f1ol, sin desestimar esta proposici\u00f3n, sali\u00f3 del paso con un largo expediente, que en los d\u00edas a que me refiero estaba muy lejos de una resoluci\u00f3n pr\u00e1ctica. Ignoro, pues, el si estos dos pont\u00edfices hispanos est\u00e1n todav\u00eda insepultos.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo V<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>No cre\u00e1is que voy a decir pestes del Papa valenciano Alejandro VI, como es constante man\u00eda en sus apasionados detractores; si era en verdad casquivano y mujeriego, divirti\u00e9ndose con suntuosos festines y aun corridas de toros en el Vaticano, tambi\u00e9n lo es que a \u00e9l se debieron trascendentales acuerdos pontificios, como la demarcaci\u00f3n que sabiamente traz\u00f3 en el mapa, asignando la mitad occidental del mundo a las conquistas espa\u00f1olas, y la mitad oriental a las de Portugal. En Tordesillas recibieron los Reyes Cat\u00f3licos esta resoluci\u00f3n, que la tuvieron por muy pr\u00e1ctica y conveniente. Pasar\u00e9 por alto las malandanzas y bienandanzas de este se\u00f1or y me ocupar\u00e9 de su descendencia, que dio mucho que hablar en el mundo. \u00a1Lucrecia Borgia! \u00bfQui\u00e9n no ha o\u00eddo mil historias y patra\u00f1as de esta hermosa mujer, cuatro veces casada, figurando en tr\u00e1gicas aventuras, con envenenamientos, asesinatos y todos los horrores que se puedan imaginar? El rostro bello y la rubia cabellera de Lucrecia hemos admirado en la sala Borgia del Vaticano. En una obra conocida, cuyo autor no recuerdo, se hace la rehabilitaci\u00f3n de esta se\u00f1ora, que no fue tan mala como han dicho poetas y dramaturgos. C\u00e9sar Borgia, tercer hijo de Alejandro, fue en realidad un hombre perverso. Todo lo que ten\u00eda de guapo, elegante y atildado en sus maneras, se oscurec\u00eda con la perfidia y doblez de su conducta, as\u00ed en la pol\u00edtica como en la guerra. De \u00e9l se cuenta que mat\u00f3 a su hermano Juan Borgia, el hijo mayor del Papa. \u00c9ste hizo cardenal a C\u00e9sar, que investido con la p\u00farpura, se cas\u00f3 con una princesa napolitana. Por sus desvar\u00edos y atrocidades tuvo que huir de Roma y refugiarse en Espa\u00f1a; preso estuvo en el castillo de la Mota, de donde se escap\u00f3 y fue a Navarra. Su atractivo personal y su arrojo le daban predicamento; usaba el t\u00edtulo de duque de Valentinois. En los disturbios intestinos de Navarra tom\u00f3 parte por el conde de Ler\u00edn, con cuya hija se cas\u00f3. En Viana encontr\u00f3 una muerte desastrosa como he referido en otro lugar.<\/p>\n\n\n\n<p>El hijo mayor de Juan Borgia, Francisco Borgia, se acogi\u00f3 a la protecci\u00f3n de Carlos V, que le hizo duque de Gand\u00eda, d\u00e1ndole adem\u00e1s el cargo honor\u00edfico de caballerizo de la emperatriz Isabel, que desempe\u00f1\u00f3 hasta la muerte de esta ilustre se\u00f1ora en el Palacio de Fuensalida, en Toledo. Bien conocida es la historia de la conversi\u00f3n de Francisco de Borgia cuando llev\u00f3 a la Emperatriz a Granada para enterrarla junto a los Reyes Cat\u00f3licos. \u00bfQui\u00e9n hab\u00eda de creer que de aquella funesta estirpe saliera un bienaventurado tan espa\u00f1ol y tan grande como San Francisco de Borjia?<\/p>\n\n\n\n<p><strong>RECUERDOS DE ITALIA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Los atractivos de Roma son de tal intensidad, que el viajero impaciente no tendr\u00eda consuelo si partiera sin ver y admirar el Foro, los Arcos de Tito y de Septimio Severo, la Tribuna en que pronunci\u00f3 Cicer\u00f3n sus inmortales arengas, el Palatino, aglomeraci\u00f3n de gloriosas ruinas; el Coliseo, cuya magnitud aterradora se destaca sobre todo el caser\u00edo de la antigua y moderna Roma; La Columna Trajana en el Foro del mismo nombre, las Termas de Caracalla; el Pante\u00f3n, monumento que parece transportado de la vieja a la nueva ciudad\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Memoria m\u00eda: estamos lucidos t\u00fa y yo. Por tu descuido no puedo contestar a mis lectores que me preguntan el lugar donde Bruto y Casio mataron a Julio C\u00e9sar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El descuidado eres t\u00fa, pues antes de andar por estos barrios de ruinas pasamos por el Palacio de la Vicar\u00eda, y all\u00ed te dije: \u00abAqu\u00ed estaba el Senado, que no ten\u00eda lugar propio, y se reun\u00eda en un teatro de antemano designado por la Rep\u00fablica. El teatro ha desaparecido, y no existe otro recuerdo del lugar tr\u00e1gico que un cartelito fijado arbitrariamente en la pared de un edificio vulgar\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya vuelvo a mi recuerdo y al pleno dominio de lugares y personas. La estatua de Pompeyo, al pie de la cual cay\u00f3 C\u00e9sar atravesado por los pu\u00f1ales de Bruto y Casio, existe hoy en el Palacio de la Vicar\u00eda, y en la escalera de ese mismo palacio fue asesinado Rossi, el ministro de P\u00edo IX, cuando \u00e9ste inaugur\u00f3 su pontificado con franca tendencia liberal.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, memoria m\u00eda, no te apartes de m\u00ed, que, o mucho me enga\u00f1o, o necesitar\u00e9 tu asistencia en mi afanoso vagar por las grandezas de Roma papal y pagana.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1San Pablo! \u00a1Las Catacumbas! Se ha dicho que la catedral mayor del mundo, despu\u00e9s de San Pedro, es esta de San Pablo, situada fuera de los muros de Roma y no lejos del T\u00edber. El Gobierno italiano ha secularizado este templo; los guardianes son seglares, y se puede visitar como los museos y las colecciones art\u00edsticas. \u00a1Qu\u00e9 extraordinaria riqueza de m\u00e1rmoles y p\u00f3rfidos, de mosaicos, pinturas y bronces, todo ello de marcada opulencia bizantina! Decididos a completar en lo posible el conocimiento de los tesoros art\u00edsticos de la Ciudad Eterna, desde San Pablo corrimos hacia las Catacumbas, viendo de paso la V\u00eda Apia y el monumento de Cecilia Metela. En mi mente se confunden los lugares que vi, y no puedo discernir si la primera Catacumba que vi fue la de San Lorenzo o la de San Sebasti\u00e1n. Son galer\u00edas y excavaciones subterr\u00e1neas, de donde se extra\u00eda el material para la fabricaci\u00f3n de porcelana. Largo rato discurrimos por aquellas soledades tenebrosas, guiados por un fraile que, farol en mano, nos daba referencia de lo que ve\u00edamos, las cuales no revelaban erudici\u00f3n, ni siquiera dominio del asunto. Adem\u00e1s el frailucho parec\u00eda malhumorado y deseoso de que acab\u00e1ramos pronto para plantarnos en la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan con estas desfavorables condiciones, pudimos admirar inscripciones bell\u00edsimas y algunas pinturas de inmenso inter\u00e9s. Entre \u00e9stas no olvidar\u00e9 nunca la figura de Jes\u00fas representada en forma pagana, seg\u00fan costumbres en la edad embrionaria del Cristianismo: desnudo, sin barba, como pintaban a las divinidades mitol\u00f3gicas: Febo, padre de la luz y de la inspiraci\u00f3n, o Hermes, el de los pies ligeros. Los ap\u00f3stoles formaban en derredor de Cristo un grupo de ancianos en \u00e9xtasis. Aquellos l\u00f3bregos callejones tortuosos acaban por fatigar al viajero, que no puede retener en su memoria las innumerables inscripciones que indican sepulturas de m\u00e1rtires o altares donde se celebran los primeros ritos de la cristiandad. Ansi\u00e1bamos apartar nuestros ojos de aquel mundo de tinieblas para esparcirlos y regocijarlos en la plena luz del d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan nos faltan por admirar muchos aspectos interesant\u00edsimos de la metr\u00f3poli pagana y pontificia; pero el af\u00e1n de nuevas sensaciones nos mueve a partir para N\u00e1poles. Pensado y hecho. En el trayecto no hac\u00edamos m\u00e1s que ordenar y catalogar nuestros recuerdos. En nuestra mente se entremezclaban, pele\u00e1ndose al verse juntas, las visiones pasadas y las que nos anticipaba nuestra imaginaci\u00f3n. Entrada ya la noche, lleg\u00e1bamos al t\u00e9rmino de nuestro viaje, y de pronto, por la ventanilla del tren, vimos sobre el horizonte una intensa llamarada. Tras un breve momento de estupor, mi compa\u00f1ero y yo exclamamos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1El Vesubio! \u00a1El Vesubio!<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Estamos en N\u00e1poles, la ciudad alegre, bulliciosa, que a sus innumerables encantos a\u00f1ade la holganza y la superstici\u00f3n, \u00a1ah!, la superstici\u00f3n, estado de la conciencia que embelesa y arrulla las almas con deliciosas mentiras. Nuestro primer paseo fue por el barrio popular de Santa Luc\u00eda, donde todo es una mezcla extra\u00f1a de ch\u00e1chara y quietismo; los hombres, tumbados en medio de la calle; \u00e9sta, llena de cortezas de mel\u00f3n y sand\u00eda; las mujeres, en chancletas, gesticulando a voces; las puertas de las humildes casas, abiertas de par en par, vi\u00e9ndose por ellas estampas de santos alumbrados por lamparillas; en el fondo, el mar, y en t\u00e9rmino lejano, el elevado monte con su negro penacho de humo, cuyas espirales se enroscan en el cielo. Al pasar de Santa Luc\u00eda a una plaza donde est\u00e1 el Palacio Re\u00e11, se me apareci\u00f3 la memoria m\u00eda, que al partir de Roma se fue de mi lado anticipando su viaje a N\u00e1poles. Aleteando en torno a mi cabeza con graciosa travesura, me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esto s\u00ed que es divertido, due\u00f1o m\u00edo. En Roma me aburr\u00eda yo con tanta catacumba y tanta ruina; por eso me vine a N\u00e1poles. Aqu\u00ed todo es vida y dulzura. Sigue por este camino que te indico, y entrar\u00e1s en la calle de Toledo, espa\u00f1ola por su nombre y m\u00e1s a\u00fan por su bullanga; organillos, disputas, pregones a grito herido, di\u00e1logos entre un balc\u00f3n y la calle, secretos a voces, sinf\u00edn de carruajes de alquiler, cuyos cocheros no dan paz a la lengua ni a la fusta, charlatanes que, rodeados de papanatas, encomian sus b\u00e1lsamos y panaceas\u2026 Recorre la calle en toda su extensi\u00f3n, y al fin de ella encontrar\u00e1s un edificio que ahora es el Museo principal de N\u00e1poles y anta\u00f1o fue palacio del virrey don Pedro de Toledo, marqu\u00e9s de Villafranca, que dio su nombre a esta calle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 bien enterada est\u00e1s de todo! As\u00ed, as\u00ed me gusta para que yo conozca de esta variedad de cosas sin que tenga que devanarme los sesos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A mi observaci\u00f3n nada se escapa; yo te informar\u00e9 de cuanto aqu\u00ed existe. Conf\u00eda, conf\u00eda en tu fiel memoria, que te indicar\u00e1 previamente todo lo que debes ver. Ma\u00f1ana subiremos al Vesubio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfHasta el cr\u00e1ter?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hasta lo m\u00e1s alto. Es espantoso, sublime\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues iremos ahora mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ten calma; hoy, ya que estamos aqu\u00ed, entra en el Museo, y ent\u00e9rate bien de las preciosidades que contiene. Ver\u00e1s el grupo de Parsifae y otras obras maestras de la escultura. Ver\u00e1s tambi\u00e9n pinturas de Pompeya y Herculano\u2026; en fin, ver\u00e1s lo que vieres sin que yo pueda detallarte una por una las joyas de ese Museo; pues ya sabes que aunque me llamo memoria soy un tantico desmemoriada.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Obedientes a tan sabio consejo, al siguiente d\u00eda subimos Galiano y yo al terrible volc\u00e1n. En la expedici\u00f3n se emple\u00f3 un d\u00eda de sol a sol. La primera parte se hace en coche por laderas preciosas cubiertas de vi\u00f1as; a cada paso sal\u00edan mujeres y ni\u00f1os ofreci\u00e9ndonos uvas riqu\u00edsimas. A la altura del Observatorio tomamos el tren funicular, y \u00a1arriba!, \u00a1arriba!<\/p>\n\n\n\n<p>Entre nuestros compa\u00f1eros de viaje predominaban los hijos de Albi\u00f3n, armados de Baedeker[4], con gruesos zapatones, indumento varonil en uno y otro sexo. Terminada la subida, nos hallamos al pie del cono de piedra p\u00f3mez. Para llegar al cr\u00e1ter era requisito indispensable entenderse con los gu\u00edas que hacen este servicio mediante un crecido estipendio. Dos hombres acompa\u00f1aban a cada viajero, llev\u00e1ndole agarrado por ambos brazos. No olvidar\u00e9 nunca el fatigoso avance por unos senderos en zigzag, pisando lavas ardientes, recibiendo a cada paso humaredas asfixiantes de vapores sulf\u00fareos. El trayecto, aunque no es largo, se hace interminable por las dificultades del paso sobre el suelo movedizo y ardiente. Por fin, nuestros gu\u00edas nos llevaron al borde del cr\u00e1ter y nos asomaron a \u00e9l, sujet\u00e1ndonos fuertemente. \u00a1Horrendo espect\u00e1culo! De la honda cavidad brotaba con resoplido intermitente un Chorro de fuego entre cuyas llamarada ve\u00edamos pedazos de materias incandescentes que ca\u00edan ante nuestros ojos con estr\u00e9pito. Al lado nuestro, dos intr\u00e9pidas inglesas, agarradas fuertemente por sus gu\u00edas, no hac\u00edan m\u00e1s que gritar: \u00abOooh! Wonderfull!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>La contemplaci\u00f3n del cr\u00e1ter no pod\u00eda durar m\u00e1s que segundos, porque el calor nos ahogaba. Bajamos a tropezones como aut\u00f3matas, respirando azufre y doloridos de todo el cuerpo. Volvimos al funicular, donde encontramos a nuestras compa\u00f1eras de cr\u00e1ter, las damitas inglesas. Cambiamos impresiones sobre lo que hab\u00edamos visto, porque Galiano pose\u00eda muy bien el ingl\u00e9s, y acabamos por hacernos amigos. Ellas pensaban ir a Palermo y subir al Etna. Yo, en ingl\u00e9s chapurreado, les di a entender que en cuesti\u00f3n de cr\u00e1teres en actividad me he quedado satisfecho con uno, y gracias.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo V<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Al d\u00eda siguiente, hall\u00e1ndome cerca del famoso Aquarium de N\u00e1poles, vi pasar la gr\u00e1cil figura de mi memoria, y sujet\u00e1ndola por la t\u00fanica vagarosa, le dije:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfAd\u00f3nde vas? Ven aqu\u00ed; aviva el recuerdo de aquel Virrey de N\u00e1poles, el grande Osuna, y su secretario, el no menos grande, don Francisco de Quevedo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y la espiritual ninfa, poniendo en su boquita un moh\u00edn de seriedad, me contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Antes que de antiguallas hist\u00f3ricas quiero hablarte de una triste actualidad ocurrida en nuestro pa\u00eds, Las Palmas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 es eso, ni\u00f1a?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfNo has o\u00eddo vocear a los vendedores de peri\u00f3dicos el suceso ocurrido en el puerto de la Luz? Tu estupor me indica que no te has enterado\u2026 Ver\u00e1s: chocaron a la entrada del puerto el vapor italiano Sudam\u00e9rica, de la Compa\u00f1\u00eda La Veloce, de G\u00e9nova y el vapor France, de Marsella. Se fue a pique el italiano, pereciendo gran parte de los pasajeros.<\/p>\n\n\n\n<p>Condolidos del triste suceso, mi ninfa y yo nos trasladamos con la imaginaci\u00f3n al lugar de la cat\u00e1strofe. Ve\u00edamos a los buzos extrayendo los cad\u00e1veres del fondo de las aguas; ve\u00edamos al vecindario consternado\u2026 D\u00eda de luto para Gran Canaria y para la Patria italiana.<\/p>\n\n\n\n<p>Agotado con frase lastimera el asunto de actualidad, repet\u00ed a mi ninfa el deseo de que me esclareciera lo concerniente al Virrey de Osuna; y ella, con mimosa desgana, como a los chiquillos a quienes se pide que reciten la lecci\u00f3n, me contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Patrono querido, ya sabes que la historia de los siglos pasados no es mi fuerte. Padezco de olvido, y resolver los viejos anales me fatiga. A grandes trazos puedo decirte que don Pedro Tellez Gir\u00f3n, Virrey de N\u00e1poles, fue un valiente guerrero por tierra y por mar, azote de los corsarios berberiscos, y adem\u00e1s pol\u00edtico insigne. Calumniado en la Corte de las Espa\u00f1as, fue perseguido y encarcelado. Si no puedo referirte al detalle las haza\u00f1as y desventuras de aquel c\u00e9lebre pr\u00f3cer, te recitar\u00e9 el soneto que le dedic\u00f3 Quevedo: Dice as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>Faltar pudo su patria al grande Osuna,<\/p>\n\n\n\n<p>pero no a su defensa sus haza\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Di\u00e9ronle muerte en c\u00e1rcel las Espa\u00f1as<\/p>\n\n\n\n<p>de quien \u00e9l hizo esclava la fortuna.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No sigas; ya recuerdo el soneto. Dej\u00e9monos de historias y v\u00e1monos a dar un paseo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A Pompeya, a Pompeya. No tienes idea de lo bonita que es la ciudad desenterrada, la v\u00edctima del Vesubio, al a\u00f1o mil y tantos de la Era Cristiana\u2026 No digo la fecha exacta porque la ignoro. Ya sabes que en eso de las fechas hist\u00f3ricas soy una calamidad. Sepultada entre cenizas y lavas estuvo Pompeya no s\u00e9 cu\u00e1nto tiempo, hasta que en el siglo pasado fue descubierta y sacada nuevamente a la luz del d\u00eda. Esto pas\u00f3 en tiempo de un Soberano que antes de reinar en Espa\u00f1a con el nombre de Carlos III, fue Rey de las Dos Sicilias, no s\u00e9 si con el nombre de Carlos VI o VII.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Est\u00e1 bien: pero v\u00e1monos al punto a ver ese pueblo desenterrado, y ense\u00f1\u00e1melo todo, dejando las erudiciones enfadosas que se encuentran en cualquier librillo de viajes o manual de Historia.<\/p>\n\n\n\n<p>En pocas horas recorrimos el largo circuito de la costa de N\u00e1poles al pie de los montes de Somma, cr\u00e1ter apagado, y Vesubio, cr\u00e1ter en actividad, y dominando por la otra banda el incomparable golfo de N\u00e1poles con las islas Capri, Ischia y Pr\u00f3cida, que semejan divinidades oce\u00e1nicas dormidas en el azul de las aguas.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo VI<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Entramos en Pompeya por una puerta, precedidos y acompa\u00f1ados por guardas que no nos dejaban ni a sol ni a sombra. Yo me constitu\u00ed en visitante pasivo y descansaba en la diligente interpretaci\u00f3n de mi ninfa, que todo me lo iba se\u00f1alando y describiendo para que yo no tuviera que discurrir cosa alguna. Como el m\u00e1s experto cicerone, me dec\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mira las casas sin techo, pero las paredes bien conservadas y las pinturas muy lindas; mira la tahona con los hornos y los enseres para la molienda del grano; aqu\u00ed tienes los cuerpos de guardia; f\u00edjate en lo que ahora llamamos la Trivia, de donde viene la palabra trivial. Aqu\u00ed viv\u00edan las se\u00f1oras de vida alegre, y no sigo porque ya comprender\u00e1s lo que callo. Entremos ahora por esta otra calle, que es la mejor del pueblo: aqu\u00ed viv\u00eda la aristocracia pompeyana. \u00bfVes qu\u00e9 pinturas tan lindas? Las porcelanas y vasos magn\u00edficos encontrados en estos lugares los habr\u00e1s visto en el Museo de N\u00e1poles. Ahora pasamos a una plaza, donde est\u00e1 el teatro; m\u00edralo, tan bien conservado como si en las pasadas noches se hubiera dado aqu\u00ed representaci\u00f3n. Desde el teatro, siguiendo por esta calle, llegamos al Palacio donde viv\u00eda un personaje de muchas campanillas, que era el m\u00e1s rico de la ciudad. Aterrado por la lluvia de ceniza, carg\u00f3 con todas sus alhajas y los tesoros que pose\u00eda y sali\u00f3 buscando su salvaci\u00f3n en la playa, pero no logro escapar y pereci\u00f3 en el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>De este modo continu\u00f3 refiri\u00e9ndome todos los pormenores de la ciudad desenterrada, hasta que, fatigado yo de tan prolijas descripciones, rogu\u00e9 a mi ninfa que me sacara de la hermosa necr\u00f3polis y me llevara tambi\u00e9n a la Playa para respirar el vivificante aire salino.<\/p>\n\n\n\n<p>Salimos trabajosamente a orillas del mar, y all\u00ed mi ninfa, que aquel d\u00eda estaba en vena de erudici\u00f3n, me cont\u00f3 que durante el cataclismo de Pompeya hall\u00e1base a bordo de una nave un sabio romano llamado Plinio, que prest\u00f3 auxilio a los fugitivos y refiri\u00f3 en sus anales desgarradoras escenas que hab\u00eda presenciado. No quise ahondar en esta materia porque sent\u00edame hastiado de andanzas por extra\u00f1as tierras y se apoderaba de mi esp\u00edritu el ansia de volver a Madrid, donde hab\u00eda dejado mis pensamientos literarios y diferentes prop\u00f3sitos que reclamaban mi presencia en la amad\u00edsima Villa y Corte de las Espa\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ll\u00e9vame, ninfa m\u00eda \u2014exclam\u00e9\u2014, adonde qued\u00f3 nuestra alma, y all\u00ed me referir\u00e1s despacio lo que aqu\u00ed dejamos sin conocer y estudiar.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi compa\u00f1ero de viaje fue del mismo parecer; \u00e9l deseaba volver a Inglaterra y yo a Espa\u00f1a. Emprendimos el regreso. En el pr\u00f3ximo cap\u00edtulo de estas Memorias hallar\u00e1 el amable lector el final de las impresiones de Italia con otros imprevistos y donosos sucesos.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00ab\u00c1NGEL GUERRA\u00bb Y TOLEDO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ya estoy en el Madrid de mis ensue\u00f1os trazando con febril actividad el plan de \u00c1ngel Guerra. Me acompa\u00f1a sol\u00edcita y atenta mi dulce ninfa, y cuando me ve escribir el nombre de Toledo, sale por este inesperado registro:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Este Toledo, \u00bfes la calle que en N\u00e1poles lleva tal nombre? Si es as\u00ed, debo recordarte que te falta completar tus impresiones italianas con la figura de Masaniello, el agitador de los motines populares que dieron al traste con la dominaci\u00f3n espa\u00f1ola en aquel pa\u00eds. Era entonces Virrey el duque de Arcos, que no pudo vencer la insurrecci\u00f3n. Como te o\u00ed hablar de una tal Dulcenombre y una tal Ler\u00e9, cre\u00ed que \u00e9stas eran hembras napolitanas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No son napolitanas, sino del Toledo de orillas del Tajo. Debo advertirte, ninfa m\u00eda, que lo que all\u00ed llamamos Ciudad Imperial no es inferior a las de Italia ni en monumentalidad ni en riqueza de joyas art\u00edsticas. Aqu\u00ed no tenemos Pompeyas ni Vesubio, pero abundan los Berruguetes, los Guas, los Juanelos; or\u00edfices como Arfe; escultores como Alonso Cano; herreros como Villalpando, y cien mil artistas m\u00e1s, que te ir\u00e9 nombrando cuando sea ocasi\u00f3n. Catedrales hay en Italia, pero la de ac\u00e1 se puede parangonar con las mejores de all\u00e1, y de a\u00f1adidura poseemos las dos sinagogas, que no tienen semejante en ninguna parte del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Maestro, te concedo que en hermosura art\u00edstica Toledo no es inferior a N\u00e1poles; pero en belleza natural, \u00bfqu\u00e9 ten\u00e9is aqu\u00ed comparable a las preciosas islas Capri, Ischia y Pr\u00f3cida, que debimos visitar, y no lo hiciste por tu intolerancia y por aquello de ma\u00f1ana iremos, ma\u00f1ana?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo te aseguro que esas islas las recuerdo como si las hubiera visto; y si me apuras, tambi\u00e9n te digo que en Espa\u00f1a tenemos buenas islas; por ejemplo, las Canarias, con su famoso Teide, que tambi\u00e9n es un se\u00f1or volc\u00e1n, aunque apagado, y la isla de Hierro, donde dicen que estaba el meridiano.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014T\u00fa siempre quieres tener raz\u00f3n. Pero \u00bfhay fuera de N\u00e1poles un paraje tan pintoresco como Posilipo, donde se admira el sepulcro de Virgilio?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00ed. \u00bfY qui\u00e9n nos asegura, querida ninfa, que semejante sepulcro no es ap\u00f3crifo? Sin ver esas cosas, tengo conocimiento de ellas. Pasada la gruta de Posilipo, se encuentra otro sepulcro, que es sin duda el aut\u00e9ntico. Ya recordar\u00e1s que el gran poeta Leopardi est\u00e1 enterrado en el p\u00f3rtico de una iglesia. No le sepultaron dentro del templo, porque, a juicio de la gente vulgar, lo imped\u00eda la opini\u00f3n de incr\u00e9dulo inherente al nombre de inspirado cantor de Italia\u2026 Y ahora, doblemos la hoja de Calabria y d\u00e9jame seguir preparando mi \u00c1ngel Guerra, cuyo tomo segundo tiene por escena la gran Toledo. En estos libros ver\u00e1s a los Babeles, familia de extravagantes en la que descuella do\u00f1a Catalina de Alencastre, que se dice descendiente de los Reyes de Castilla. En esta misma obra te dar\u00e9 a conocer el famoso don Pito, viejo lobo de mar trasplantado tierra adentro, y al donoso beneficiado de la Catedral don Francisco Mancebo, fan\u00e1tico por la Loter\u00eda, y a su sobrinita Ler\u00e9, que no tiene m\u00e1s ambici\u00f3n que ser hermana de la Caridad.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Segu\u00ed refiriendo las culminantes escenas y figuras de la obra que escrib\u00eda, cuando de improvisto observ\u00e9 que hablaba solo. Mir\u00e9 en torno m\u00edo y advert\u00ed que mi ninfa no pod\u00eda escucharme. Vagamente la vi a cierta distancia; y, al fin, revoloteando, se esfum\u00f3 hasta perderse en espacios lejanos.<\/p>\n\n\n\n<p>Continu\u00e9 mi trabajo en la confianza de que mi ninfa volver\u00eda pronto a mi lado. Las obras no escritas a\u00fan y simplemente proyectadas, no despertaban su inter\u00e9s. S\u00f3lo mov\u00eda su esp\u00edritu la funci\u00f3n de reproducir lo que hab\u00eda visto\u2026 Una ma\u00f1ana se me presento de impr\u00f3vido, dici\u00e9ndome:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero, maestro m\u00edo, \u00bfte has olvidado de que tienes la obligaci\u00f3n de ir a Pisa?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pisa\u2026 Pisa\u2026 \u00bfQu\u00e9 es eso?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La ciudad italiana a orillas del Arno, c\u00e9lebre por su famosa Catedral, y la no menos c\u00e9lebre torre inclinada, donde es fama que Galileo, practic\u00f3 sus experimentos para demostrar el movimiento de la Tierra. A m\u00e1s del baptisterio, podr\u00e1s admirar en Pisa las maravillosas pinturas del cementerio, punto culminante en la historia del Arte.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ya s\u00e9 ad\u00f3nde quieres llevarme. Estalla en mi mente un verso del Dante: Ah\u00ed Pisa, vituperio delle genti\u2026, que pone ante mis ojos la terrible visi\u00f3n del conde Ugolino, cuando relata el poeta su horrible martirio en uno de los m\u00e1s espeluznantes pasajes del Infierno.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El pobre se\u00f1or fue condenado a morir de hambre con sus tiernos hijos en una mazmorra\u2026 Convendr\u00e1s conmigo, querido maestro, en que el mundo no ha conocido poeta tan sublime como el Dante. Este Toledo imperial, que tanto admiras, tendr\u00e1 muchas y variadas grandezas, pero un Dante no ha nacido aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es cierto; poeta no hay, pero poes\u00eda, como en ninguna parte. As\u00f3mate conmigo al lugar eminente donde est\u00e1n las ruinas de San Servando o las rocas donde campa la ermita de la Virgen del Valle, y extiende tu vista por la profunda hondura donde corre con bravas espumas rojizas el padre Tajo desde el puente de Alc\u00e1ntara hasta el de San Mart\u00edn, mordiendo ambas orillas, cual si quisiera llevarse consigo pedazos de la ciudad que lo aprisiona. Ver\u00e1s a la izquierda el llamado Ba\u00f1o de la Cava, donde parece que a\u00fan suenan las maldiciones que el propio r\u00edo lanzo a la faz del desdichado don Rodrigo, \u00faltimo Rey de los godos. Desde estas alturas podr\u00e1s admirar el conjunto de la ciudad, donde se confunden los diferentes estilos arquitect\u00f3nicos: el greco-romano, el g\u00f3tico, el \u00e1rabe, el mud\u00e9jar, Renacimiento en sus variadas manifestaciones de esplendor y decadencia. Ver\u00e1s el sinn\u00famero de torres, campanarios, espada\u00f1as, veletas, cimborrios, crester\u00edas de tantos templos, monasterios, santuarios, beaterios, poblados por can\u00f3nigos, curas, frailes y monjas de variados capisayos. El aspecto total de Toledo es grandioso, pero no risue\u00f1o. Domina la tonalidad gris con toques de cer\u00e1mica parduzca y el azulado mortecino de la pizarra. Cuando penetres en la ciudad, tu primera impresi\u00f3n ser\u00e1 desagradable. Perdi\u00e9ndote en el laberinto de sus calles angostas, torcidas y empinadas, dir\u00e1s: \u00a1qu\u00e9 poblaci\u00f3n tan fea! Te sorprender\u00e1n las encrucijadas laber\u00ednticas, donde el transe\u00fante se pierde y, buscando una salida, se encuentra al poco rato en el mismo sitio de donde parti\u00f3. Ver\u00e1s barrios enteros donde reina una soledad propicia a las aspiraciones fantasmag\u00f3ricas. Te sorprender\u00e1n las puertas adornadas con clavos de hierro, de formas tan variadas y elegantes, que en ellos se podr\u00eda formar un museo de imponderable riqueza. Entre los clavos descuellan aldabones vetustos cuyos golpetazos son las voces de ultratumba que despiertan la muerta.<\/p>\n\n\n\n<p>En supersticiones y milagrer\u00edas po\u00e9ticas no es Toledo inferior a ese N\u00e1poles que t\u00fa tanto admiras. La leyenda del Cristo de la Luz, el milagro de la Virgen poni\u00e9ndole la casulla a San Ildefonso, el prodigio del conde de Orgaz, que inmortaliz\u00f3 El Greco en el famoso cuadro existente en la iglesia de Santo Tom\u00e9. Todos los extranjeros que vienen a Toledo no descansan hasta visitar este incomparable lienzo, donde est\u00e1 representado el difunto conde, llevado en brazos por San Agust\u00edn y San Esteban.<\/p>\n\n\n\n<p>Cr\u00e9eme, querida ninfa, que no acabar\u00eda si te contara punto por punto todas las grandezas que encierra \u00e9sta por tantos t\u00edtulos noble y sacra ciudad. Con una mirada retrospectiva ver\u00e1s desfilar en tu mente los ilustres varones que gobernaron la di\u00f3cesis toledana. Pasan primero los que fueron santos, tres Eugenios y un Ildefonso; luego encuentras a don Rodrigo Jim\u00e9nez de Rada, primer historiador de Espa\u00f1a; luego vienen Tenorio, Carrillo, Fonseca; las colosales figuras de Mendoza y Cisneros; despu\u00e9s, Tavera, Sil\u00edceo, Carranza, Quiroga, Arag\u00f3n, Portocarrero, Lorenzana\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Te se\u00f1alo particularmente a Sil\u00edceo, fundador del Colegio de Doncellas Nobles, admirable instituci\u00f3n m\u00e1s laica que religiosa; a Tavera, creador del grandioso Hospital de Afuera, y a Carranza, que por una frusler\u00eda que escribi\u00f3 en no s\u00e9 qu\u00e9 librito de Doctrina fue perseguido infamemente por la Inquisici\u00f3n. Largo martirio sufri\u00f3 en Roma este santo var\u00f3n, y hubiera perecido en la hoguera si no le salvara con gesto autoritario el propio Felipe II.<\/p>\n\n\n\n<p>Los conventos de monjas, que anta\u00f1o alcanzaban una cifra fabulosa y hoy no pasan de catorce o quince, tuvieron y tienen en Toledo encantadora poes\u00eda. Para poder conocerlos en su interior, querida ninfa, has de madrugar mucho acechando el momento en que abren sus puertas para la diaria misa conventual. Entras y s\u00f3lo ves en la iglesia tres o cuatro vejestorios, \u00fanica feligres\u00eda de las monjitas en aquella ocasi\u00f3n matutina. Oyes tu misa, que com\u00fanmente es breve, porque el capell\u00e1n tiene prisa por largarse a la calle. Concluida la misa, pasas un ratito mirando a la iglesia y oyes el suave murmullo dentro del coro, donde est\u00e1n las monjitas descabezando un sue\u00f1o m\u00edstico\u2026 El sacrist\u00e1n agita el manojo de llaves y tienes que ahuecar con los vejestorios, que se van a pedir limosna en las calles. Te indicar\u00e9 los monasterios m\u00e1s interesantes: Santo Domingo el Antiguo, cuya iglesia es un museo de pinturas del Greco; Santo Domingo el Real, que contiene magn\u00edficos sepulcros y antig\u00fcedades romanas de gran m\u00e9rito. Tiene un p\u00f3rtico del Renacimiento en una plazoleta que, sin vacilar, designo como el sitio m\u00e1s solitario de Toledo. Muchas ma\u00f1anas he pasado yo sentado en el escal\u00f3n de una puerta frente al p\u00f3rtico de Santo Domingo, observando si alguna persona viviente discurr\u00eda por aquellos lugares. Nunca vi a nadie. A dicha plazuela se entra por una callejuela con cobertizo, y la salida es de la propia forma. El \u00fanico rumor que a mis o\u00eddos llegaba descend\u00eda de la espada\u00f1a del convento; sonaba la campana triste marcando la hora can\u00f3nica y aleteaban algunos cuervos o cern\u00edcalos, pos\u00e1ndose en la veleta. Terminada mi comprobaci\u00f3n del paraje absolutamente solitario, sal\u00ed de \u00e9l por otro cobertizo que me condujo a las Capuchinas. Este convento, fundado por el cardenal de Arag\u00f3n, ostenta sobre la puerta principal una estatua de Berruguete, y en su interior telas maravillosas que s\u00f3lo podemos admirar en Jueves Santo, cuando las monjitas las exhiben como adorno en su monumento. Desde las Capuchinas, \u00a1oh ninfa vaporosa!, vete a San Juan de la Penitencia, de la Orden Franciscana, y quedar\u00e1s pasmada cuando eleves tus ojos hacia la tracer\u00eda del artesonado, obra tan estupenda que puedes calificarla como fin\u00edsimo encaje de madera. Con un vistazo al sepulcro del Obispo de \u00c1vila, amigo del fundador de este convento, cardenal Cisneros, terminar\u00e1s tu visita a San Juan de la Penitencia, y contin\u00faa tu paseo calle abajo hasta llegar a San Pablo, donde una comunidad de religiosas pobres conserva como preciada reliquia el cuchillo con que fue degollado el Ap\u00f3stol titular de aquella casa. Cuando yo visit\u00e9 este convento iba en compa\u00f1\u00eda de Arredondo, pintor famoso avecinado en la Capital Imperial, y en ella gozaba de merecida popularidad. M\u00e1s por Arredondo que por m\u00ed, las monjitas nos acogieron con franca gentileza y nos entregaron el cuchillo para que lo examin\u00e1ramos a nuestro gusto. El arma era una brillante hoja damasquinada con vaina de terciopelo rojo. Aprovech\u00e9 el instante en que Arredondo y yo estuvimos solos para afilar con el cuchillo de San Pablo el l\u00e1piz que usaba yo para mis apuntes. Devolvimos la reliquia a sus due\u00f1as y nos retiramos, dejando una limosna en el cepillo que la comunidad ten\u00eda para remedio de su estrechez\u2026 Ahora, ninfa, prosigue tu inspecci\u00f3n de conventos monjiles. Te recomiendo Santa Isabel, el aristocr\u00e1tico San Clemente, las Gaitanas, Madre de Dios, y, por \u00faltimo, las Santiaguesas, donde hacen unos dulces secos y unos alm\u00edbares que son la gloria divina. Si te los dan a probar, ninfa m\u00eda, no reh\u00fases el obsequio, que has de relamerte de gusto.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya es hora de que descansemos t\u00fa y yo. Te convido a comer en casa de Granullaque, hoster\u00eda cuyo local subsiste inalterable desde el tiempo de Cervantes. La casa, las mesas y sillas y los manjares que all\u00ed se sirven no han sufrido alteraci\u00f3n en tres siglos. Tendremos que escoger entre muy reducidos condimentos, a saben empanadas de carne o pescado y bartolillos. La concurrencia de parroquianos es inmensa. All\u00ed van todos los extranjeros que visitan Toledo, entre ellos personajes de viso, pues la fama de Granullaque se ha extendido por todo el mundo. Un d\u00eda que yo estuve, tuve a mi lado a don Pedro de Braganza, Emperador del Brasil.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>VISITA A UNA CATEDRAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando concluimos de comer en el bodeg\u00f3n de Granullaque, el desasosiego de mi ninfa me revelaba la comez\u00f3n de escapar de mi lado; mas yo la detuve proponi\u00e9ndole que deb\u00edamos ir juntos a la Catedral, pues era absurdo que un ser inteligente abandonara Toledo dejando atr\u00e1s el goce inefable de tantas maravillas. Porque la Bas\u00edlica toledana viene a ser como una enciclopedia de catedrales. El coro, la sacrist\u00eda, las capillas del Sagrario y San Pedro, las de Reyes Nuevos, Santiago y Albornoz, la Moz\u00e1rabe, la Sala Capitular, bastar\u00edan por su grandeza y hermosura para ser consideradas como ornamento principal de otros templos cristianos. Del coro y presbiterio, con sus riquezas escult\u00f3ricas y sus verjas de hierro labradas como joyas, no quiero hablarte hoy porque ya las he descrito en otras p\u00e1ginas. El sal\u00f3n de la sacrist\u00eda ostenta en su cabecera el famoso cuadro de El Greco llamado El expolio, y que en valor art\u00edstico no es inferior al Entierro del Conde de Orgaz. Otras hermosas obras de arte cubren paredes, y frontero a ella est\u00e1 el sepulcro del cardenal Borb\u00f3n. El techo es un admirable fresco de Jord\u00e1n, a quien por la rapidez con que trabajaba le aplicaron el mote de Luca fa presto. Pero la m\u00e1s sorprendente novedad de la sacrist\u00eda est\u00e1 en las estancias interiores, donde te ense\u00f1ar\u00e1n, si lo solicitas, las telas primorosas y la colecci\u00f3n de frontales regalados por cada uno de los arzobispos de la di\u00f3cesis. Sin temor a la hip\u00e9rbole, puedes afirmar que no hay en el mundo colecci\u00f3n de telas como \u00e9sta.<\/p>\n\n\n\n<p>Reyes Nuevos es una capilla de grandes dimensiones, donde est\u00e1n sepultados los soberanos de Castilla de la rama de Trastamara. En la cabecera ver\u00e1s a Don Enrique II, que arrebat\u00f3 la corona y la vida a su hermano Don Pedro; sigue luego Don Juan I, de grata memoria, y despu\u00e9s Don Enrique III, El Doliente, con su esposa do\u00f1a Catalina Lancaster. Este desdichado Rey tuvo que empe\u00f1ar una noche un gab\u00e1n para poder cenar. \u00a1As\u00ed andaba el Reino! Su inmediato sucesor, Don Juan II, abandon\u00f3 el regio pante\u00f3n de Trastamara, disponiendo que sus restos y los de su esposa descansaran en la Cartuja de Miraflores, en Burgos. Estos sepulcros son de una magnificencia inaudita. La rama de Trastamara no pudo florecer en la Historia conforme al ambicioso plan de su fundador. Don Enrique el de las Mercedes. El \u00faltimo v\u00e1stago, desmejorado y marchito, Enrique IV, llamado El Impotente, puso fin a la dinast\u00eda reinante por los escandalosos amores de la Reina con don Beltr\u00e1n de la Cueva. El desdichado Rey fue exonerado en efigie en un auto celebrado en la plaza p\u00fablica de \u00c1vila. Felizmente se precipitaron los sucesos, muri\u00f3 en edad temprana el pr\u00edncipe Don Alfonso, y la Corona de Castilla recay\u00f3 en una doncellita que pronto dio a conocer sus altas dotes mentales concibiendo el pensamiento de unir con v\u00ednculos de amor los Reinos de Arag\u00f3n y Castilla.<\/p>\n\n\n\n<p>De Reyes Nuevos pasamos a la capilla inmediata, que es la de Santiago, donde tienen su sepulcro don \u00c1lvaro de Luna y su esposa. La arquitectura de esta capilla pertenece al g\u00f3tico florido, es espaciosa, de altos ventanales, y en ella campean profusamente los escudos del Condestable. Entre esta capilla y la anterior existe una misteriosa afinidad tr\u00e1gica. Un Trastamara llev\u00f3 al suplicio al insigne pol\u00edtico que con mano dura gobern\u00f3 estos turbados Reinos. En el centro de la capilla de Santiago se alzan los dos mausoleos de don \u00c1lvaro y su esposa. En cada uno de \u00e9stos se ven cuatro monjes orantes. En Toledo existe la creencia, legendaria o real, de que en la cripta est\u00e1n los esqueletos de la familia de don \u00c1lvaro, pero no sepultados, sino sentados en derredor de una mesa de piedra. Con esta leyenda coincide la del Hombre de palo, perpetuada en una calle que lleva este nombre. El gran mec\u00e1nico Juanelo Turriano construy\u00f3 un mu\u00f1eco que, por medio de alambres y resortes, entraba en la Catedral a la hora de la misa y llegando hasta la capilla del Condestable se arrodillaba devotamente y luego se retiraba de igual manera por su camino de alambres y ruedas.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Suspendamos ahora, querida ninfa, el visiteo de capillas y v\u00e1monos a la calle, que hoy es domingo y me gusta presenciar el paso de los cadetes en formaci\u00f3n, con su m\u00fasica al frente, para ir a misa. \u00bfVerdad que a ti tambi\u00e9n te gusta ver a esos alegres chicos atravesando por la poblaci\u00f3n entre el gent\u00edo de curiosos? En la cara te conozco tu deseo que abandonemos la iglesia para andar por la calle\u2026 En efecto, los alumnos de la Academia de Infanter\u00eda son la gala de Toledo; sin ellos, las hermosuras art\u00edsticas de esta ciudad no tendr\u00edan otro encanto que el inherente a un soberbio pante\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Salimos mi ninfa y yo a ver pasar los cadetes. Guardando el orden y el ritmo de la formaci\u00f3n, volv\u00edan el rostro para mirar a las ni\u00f1as bonitas; unos porque ten\u00edan novia y otros porque la buscaban, dirig\u00edan miradas insinuantes a los balcones y a la calle. Delante iba la banda atronando los aires con el estridor de cornetines y trombones; la preced\u00edan los gastadores, de marcial apostura, y entre \u00e9stos haciendo cabriolas, la turba de golfillos. \u00abAh\u00ed va \u2014exclam\u00f3 yo contemplando a los alumnos\u2014 la esperanza de la Patria. Hoy son traviesos y enamoradizos, ma\u00f1ana ser\u00e1n valientes y dar\u00e1n su sangre por el honor de la bandera\u00bb. En la iglesia de San Juan, que no tiene m\u00e1s m\u00e9rito que su capacidad, oyen misa, con cierta compostura, los alumnos, y a la salida se repite la divertida marcha triunfal a lo largo de las calles. Por la tarde quedan en libertad los escolares y se les ve en grupos en Zocodover y calles adyacentes parloteando con las se\u00f1oritas guapas, que tanto abundan en la Imperial Ciudad. Tarde y noche acuden al Teatro Rojas, llen\u00e1ndolo casi por completo. Gracias a la concurrencia de militares y a las familias que por ellos acuden a la funci\u00f3n, las compa\u00f1\u00edas dram\u00e1ticas ganan en un d\u00eda para vivir toda la semana.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora que tanto se habla de turismo, ninfa m\u00eda, se me ocurre que Toledo debiera ser uno de los lugares de la Tierra m\u00e1s frecuentados de viajeros y artistas. Existe aqu\u00ed el magn\u00edfico Hotel de Castilla, construido por el inteligente pr\u00f3cer marqu\u00e9s del Castrillo, pero es de reducidas dimensiones. \u00a1Qu\u00e9 fabuloso n\u00famero de extranjeros atraer\u00eda Toledo si el Alc\u00e1zar fuera convertido en hotel! Esto es un sue\u00f1o, esto es imposible, pero a m\u00ed me gusta lanzarme a la regi\u00f3n de las bellas hip\u00f3tesis. Yo me imagino las salas, las anchas cruj\u00edas y la grandiosa escalera de aquel inmenso edificio invadidas por un gent\u00edo procedente de todas las partes del mundo. Dec\u00eda Carlos V que no se sent\u00eda Emperador sino cuando sub\u00eda por aquella escalera, tan grande como una catedral. El patio es de suprema elegancia; en el centro se ha colocado, no ha mucho, la estatua de Carlos V, vestido a la romana, encadenando la Herej\u00eda. Es obra de Pompeyo Leone. Ocioso creo hablarte, querida ninfa, que la capacidad del Alc\u00e1zar en todos sus pisos\u2026; pero dej\u00e9monos de enso\u00f1aciones quim\u00e9ricas, que aqu\u00ed est\u00e1 bien instalada la Academia de Infanter\u00eda, y no nos corresponde a nosotros alterar caprichosamente la realidad de los hechos. \u00bfEst\u00e1s conforme? Pues v\u00e1monos al Hotel de Castilla, donde hallaremos excelente trato y una sociedad escogid\u00edsima de franceses, ingleses y yanquis.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de comer volvimos a la Catedral, donde nos sigui\u00f3 una caravana de los extranjeros que hab\u00edamos visto en el Hotel de Castilla. Agregados a ellos vimos la capilla de Albornoz, y all\u00ed not\u00e9 que el cicerone refer\u00eda escrupulosamente, sin perder detalle, la historia del insigne pol\u00edtico que puso fin al cisma del Papado y fundo el Colegio Espa\u00f1ol de San Clemente, en Bolonia. En la sala capitular los extranjeros admiraron m\u00e1s la talla de las cajoneras que los retratos de los arzobispos; y en la moz\u00e1rabe, donde se conserva como preciosa reliquia el ritual anterior a la conquista de Toledo, los forasteros, que en su mayor\u00eda eran luteranos, deseosos de conocer esa antigualla de la misa moz\u00e1rabe, se propusieron volver al d\u00eda siguiente. Entre tanto, se extasiaban ante el magn\u00edfico fresco de la toma de Or\u00e1n por Cisneros. El cicerone desvi\u00f3 la atenci\u00f3n de aquellos se\u00f1ores hacia el cuadro que decora el altar mayor de la capilla. Este cuadro no es pintura, sino un mosaico que regal\u00f3 el cardenal Lorenzana, m\u00e1s que obra art\u00edstica, obra de paciencia. Al concentrar en ella toda su atenci\u00f3n los extranjeros, quedaba triunfante el mal gusto del cicerone.<\/p>\n\n\n\n<p>No quisimos abandonar la Catedral sin ver las curiosidades m\u00e1s extraordinarias que en ella existen encerradas en la capilla de la Torre. Esto no pod\u00eda ser sin que se hallaran presentes los tres can\u00f3nigos que guardan las llaves de aquel recinto, que m\u00e1s bien parece fortaleza por el espesor de sus muros. El oficioso cicerone sali\u00f3 corriendo en busca de los tres llaveros; mas no habi\u00e9ndolos encontrado, acud\u00ed a mi amigo el beneficiado don Francisco Mancebo, que acert\u00f3 a pasar por nuestro lado. Como el d\u00eda anterior le compr\u00e9 yo un d\u00e9cimo del billete de Loter\u00eda que \u00e9l jugaba, el buen Mancebo busc\u00f3 en la sacrist\u00eda a los tres can\u00f3nigos llaveros y tuvo la suerte de encontrarlos reunidos. V\u00e9ase el modo misterioso con que el patrocinador de los juegos de azar nos trajo la suerte de ver franqueado el arcano de la Torre que guardaba los cinco premios mayores de la loter\u00eda del Arte. Ved aqu\u00ed cu\u00e1les son: primero, el manto de la Virgen del Sagrario, bordado en cuero para soportar el peso de las perlas, cuya cantidad el cicerone, que todo lo sab\u00eda, fij\u00f3 en tres millones y pico, a\u00f1adiendo que para ponerle a la Se\u00f1ora su manto ten\u00edan que valerse de una cabria; segundo, la colosal custodia, obra del maestro Arfe; es de plata sobredorada, con el centro de oro adornado en su crester\u00eda de rub\u00edes, zafiros, esmeraldas y topacios, y est\u00e1 colocada sobre una carroza dorada. Sale en procesi\u00f3n el d\u00eda de Corpus empujada por sacerdotes; traspasa la Puerta Llana y avanza por las calles con majestuosa lentitud, irradiando de las piedras preciosas resplandores deslumbrantes. A\u00f1\u00e1dase a esto la lluvia de flores que desde las ventanas y balcones arrojan las damas, y se comprender\u00e1 la magnificencia y poes\u00eda de tal espect\u00e1culo; tercero, la estatuita de San Francisco de As\u00eds, no mayor de tres palmos, obra de Alonso Cano, que en ella puso todo su genio art\u00edstico y su m\u00edstico arrobamiento, cuarto, la bandeja de plata repujada representando el Robo de las Sabinas, que pregona la excelsa maestr\u00eda de Benvenuto Cellini; quinto, la cruz de plata que el cardenal Mendoza llevaba en la rendici\u00f3n de Granada. Hay que ver el peso de aquella cruz; pero era como un junco para el atl\u00e9tico pu\u00f1o del Cardenal, que subi\u00f3 con ella hasta lo m\u00e1s alto de la Alhambra y la clav\u00f3 en la Torre de la Vela.<\/p>\n\n\n\n<p>Cansa lo bueno, lo bello y hasta lo sublime cuando nos embelesamos indefinidamente en su contemplaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014V\u00e1monos de aqu\u00ed \u2014dije a mi ninfa\u2014; basta ya de im\u00e1genes, sepulcros, pinturas, custodias, brocados y verjas, que el arte, por su divinidad, no debe ser profanado, como hacen los cicerones con su charlataner\u00eda enfadosa.<\/p>\n\n\n\n<p>La presencia del licenciado Mancebo y de su sobrina Ler\u00e9, con quienes acabo de charlar al salir de la Catedral por la Puerta Llana, me han recordado mi deber de marcharnos a Madrid para continuar y concluir nuestros tomos de \u00c1ngel Guerra.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1 bien, querido maestro \u2014replic\u00f3 mi ninfa\u2014; pero es mi obligaci\u00f3n, como s\u00edmbolo que soy de tu memoria, recordarte que antes de pensar en esa Ler\u00e9, en ese don Pito y esos renegados Babeles, debes venir conmigo a G\u00e9nova\u2026 \u00bfA qu\u00e9 ese asombro? \u00bfNo sabes que el viaje a Italia no est\u00e1 terminado y que nos falta el vistazo de G\u00e9nova, la hermosa ciudad mediterr\u00e1nea?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014G\u00e9nova, G\u00e9nova \u2014murmur\u00e9 yo un poco aturdido y desmemoriado\u2014. Pero \u00bfvamos a ese puerto para visitar la cuna de Crist\u00f3bal Col\u00f3n? \u00bfPues no has o\u00eddo que los anticuarios espa\u00f1oles salen ahora con el descubrimiento de que Col\u00f3n no naci\u00f3 en G\u00e9nova, sino en Pontevedra? Y otros aseguran que el gran navegante naci\u00f3 en Plasencia, de una familia hebrea, y que para ocultar su religi\u00f3n se fingi\u00f3 natural de G\u00e9nova. Se cree que vivi\u00f3 m\u00e1s en el mar que en la tierra. La cuna de los hombres extraordinarios ha sido en todos los tiempos origen de apasionadas disputas. En Grecia no se acab\u00f3 de poner en claro la Patria de Homero; y aqu\u00ed mismo, el pr\u00edncipe de las Letras castellanas, Miguel de Cervantes, vio la luz, seg\u00fan unos, en Alcal\u00e1 de Henares; seg\u00fan otros, en Alc\u00e1zar de San Juan, y no ha mucho que un tercer bi\u00f3grafo sostuvo que naci\u00f3 en C\u00f3rdoba. Que haya nacido aqu\u00ed o all\u00e1 es palabrer\u00eda ociosa y balad\u00ed. Lo fundamental, lo indiscutible, es que Cervantes escribi\u00f3 el Quijote.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>AUTOR TEATRAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Promediaba el 1891 cuando yo escrib\u00eda las \u00faltimas p\u00e1ginas de \u00c1ngel Guerra. Con ardor infatigable acomet\u00ed luego Torquemada en la cruz. No lo expreso con seguridad, porque en este punto flaquea mi memoria. Esa p\u00edcara facultad, a quien he dado en llamar mi ninfa, escapaba de mi lado en las ocasiones en que m\u00e1s la necesitaba; pero un d\u00eda pude atraparla; y dije: \u00ab\u00c9sta es la m\u00eda\u00bb. Con una cadenita de palabras capciosas la sujet\u00e9 a mi cerebro. Andando d\u00edas, d\u00edjome la ninfa que bien podr\u00edamos salir del c\u00edrculo estrecho de la literatura novelesca para probar fortuna en el arte teatral\u2026 \u00abYa s\u00e9 lo que vas a contestarme: que en mi juventud me entusiasmaba la forma dram\u00e1tica, y que esta afici\u00f3n la exterioric\u00e9 en diferentes tentativas de comedias y dramas, pero desenga\u00f1ado de que Dios no me llamaba por aquel \u00e1spero camino, romp\u00ed todos mis papeles y no volv\u00ed a cuidarme de que hab\u00eda escenarios en el mundo\u00bb. Qued\u00f3 mi ninfa meditabunda al o\u00edr esto, y despu\u00e9s de corto silencio, habl\u00f3 as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Soy tu memoria, y, como tal, t\u00e9ngome por el mejor testigo de tu labor literaria en la edad juvenil. En la presente no ceso de o\u00edr que debieras escribir alguna obra de teatro o, por lo menos, dar estructura teatral a ciertas novelas tuyas, que ya llevan la ventaja de estar dialogadas, como Realidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Respond\u00edle yo que era distinto el dialogar novelesco del teatral; pero ello fue que, oyendo a mi ninfa, qued\u00e9 meditabundo. No tardaron en llegar a mi o\u00eddo iguales apreciaciones, que, si por un lado me lisonjeaban, por otro me inspiraban temor.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel tiempo yo no frecuentaba el teatro; de noche no iba nunca; de tarde, alguna vez, prefiriendo la Comedia, por ser muy de mi gusto la compa\u00f1\u00eda de Emilio Mario. Una tarde, estando yo en el vest\u00edbulo del teatro, entr\u00f3 Mario, y, presuroso, me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No me detengo, don Benito, porque voy a vestirme\u2026 Tengo que hablar con usted; h\u00e1game el favor de subir al saloncillo en cualquier entreacto.<\/p>\n\n\n\n<p>Pues, se\u00f1or\u2026 Mario me sali\u00f3 con la misma cantaba. Le hab\u00edan dicho que Realidad novela pod\u00eda ser Realidad drama. \u00c9l cre\u00eda lo mismo. Como empresario y como amigo, me suplicaba que pusiese manos a la obra, si no para la actual temporada, para la pr\u00f3xima. Mientras yo tanteaba el asunto, supe que en la compa\u00f1\u00eda de la Comedia hab\u00eda ocurrido un cambio radical.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Expl\u00edcanos \u2014dije a mi ninfa\u2014 qu\u00e9 c\u00f3micos abandonaron la Comedia y qui\u00e9nes vinieron a sustituirles.<\/p>\n\n\n\n<p>Habl\u00f3 la ninfa:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Maestro no me pidas fechas, porque en esto estoy poco fuerte. Los c\u00f3micos de Espa\u00f1a, como en todas partes, van y vienen de unas compa\u00f1\u00edas a otras. En la comedia estaba Vico muy considerado y bienquisto, y de la noche a la ma\u00f1ana se march\u00f3 con su sobrino Antonio Perr\u00edn. Tras \u00e9l se fue Carmen Cobe\u00f1a. Apenas separados, dividi\u00e9ronse nuevamente. Pasados no s\u00e9 cuantos meses, Vico y su sobrino estrenaban con Mar\u00eda Tub\u00e1u, el drama de Sardou Termidor, y la Cobe\u00f1a se agreg\u00f3 a la compa\u00f1\u00eda de Ricardo Calvo y Donato Jim\u00e9nez, que al poco tiempo apareci\u00f3 en el Principal, de Valencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Mario, ansioso de llenar prontamente el vac\u00edo que aquellos artistas dejaban en su teatro, trajo a Mar\u00eda Guerrero, cuyo precoz talento se hab\u00eda manifestado en diferentes obras, y singularmente en la Do\u00f1a In\u00e9s, del Tenorio, y a Miguel Cepillo, actor ya consagrado por sus extraordinarias cualidades. A estos valiosos elementos a\u00f1adi\u00f3 un joven todav\u00eda desconocido, Emilio Thuillier, que no tard\u00f3 en adquirir celebridad. Con estas figuras y las que ya ten\u00eda, inaugur\u00f3 Mario felizmente su temporada en el oto\u00f1o del 91, anunciando, entre otros estrenos, el de Realidad.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>A Mar\u00eda Guerrero yo no la conoc\u00eda m\u00e1s que de nombre. Por primera vez la vi una tarde en la Comedia representado la dama de Felipe Derblay (Le Ma\u00edtre des Forges), funci\u00f3n que se daba para redimir de quintas a un hijo del actor Montenegro. La voz, el gesto y la prestancia de la actriz me encantaron. Pasados algunos d\u00edas, la vi ensayando El obst\u00e1culo, de Daudet, primer estreno de la temporada. Confundida entre las dem\u00e1s actrices, no me pareci\u00f3 la misma que yo hab\u00eda visto en la representaci\u00f3n de Felipe Derblay. Vest\u00eda de negro y cubr\u00eda su cabeza con un honguito igual a los que us\u00e1bamos los hombres. Me fij\u00e9 en su tez morena y descolorida; fij\u00e9me asimismo en su limpia pronunciaci\u00f3n, cualidad en la que no hubo ni hay quien la iguale. En uno de los ensayos de El obst\u00e1culo, Mario me present\u00f3 a ella, y, reunidos en un palco, Mar\u00eda Guerrero me habl\u00f3 de Realidad, que ya conoc\u00eda en la novela antes de estudiarla en el drama. Entonces advert\u00ed en ella otra cualidad preeminente: la memoria. Con una lectura se apodera de un asunto y de un car\u00e1cter, y le basta una simple audici\u00f3n ante el apuntador en la mesa de ensayos para dominar su papel.<\/p>\n\n\n\n<p>Ley\u00f3se al fin Realidad, y fue repartida en esta forma:<\/p>\n\n\n\n<p>Augusta, Mar\u00eda Guerrero; La Peri, Julia Mart\u00ednez; Orozco, Cepillo; Federico Viera, Thuillier; Joaqu\u00edn Viera, Emilio Mario; Manolo Infante, Garc\u00eda Ortega; Malibr\u00e1n, Balaguer, etc\u00e9tera. Los ensayos duraron un mes largo. La direcci\u00f3n esc\u00e9nica se entretuvo d\u00edas y noches preparando por diferentes sistemas la aparici\u00f3n del espectro de Federico Viera en la \u00faltima escena de la obra. Por fin se adopt\u00f3 una combinaci\u00f3n de espejos an\u00e1loga al artificio llamado La cabeza parlante. Al manipulador de esta habilidad le llamaba Mario el m\u00e1gico de astrac\u00e1n. De madrugada, despu\u00e9s de la funci\u00f3n, nos ocup\u00e1bamos en ensayar una y mil veces el truco del espectro, que al fin obtuvo el visto bueno de los curiosos que lo presenciaban, no sin discrepancias, pues la unanimidad de pareceres jam\u00e1s se realiza en cosas de teatro.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>ESTRENOS DE \u00abREALIDAD\u00bb,<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00abLA LOCA DE LA CASA\u00bb Y \u00abLA DE SAN QUINT\u00cdN\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El 15 de marzo de 1891 se entren\u00f3 Realidad. Fue \u00e9sta una noche solemne, inolvidable para m\u00ed. Entre bastidores asist\u00ed a la representaci\u00f3n en completa tranquilidad de esp\u00edritu, pues en aquellos tiempos yo ignoraba los peligros del teatro.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00f1os despu\u00e9s, conocedor de las veleidades del p\u00fablico, siempre que estrenaba una obra me met\u00eda en el sitio m\u00e1s retirado del teatro, donde no pudiera enterarme de lo que ocurr\u00eda en el escenario. La noche de Realidad, el p\u00fablico, tan numeroso como selecto, oy\u00f3 la obra con benevolencia en casi todas las escenas, y en algunas con verdadero calor y entusiasmo. Muy celebradas fueron Mar\u00eda Guerrero, en el papel de Augusta, y Julia Mart\u00ednez, en el de La Peri, Mario hizo el Joaqu\u00edn Viera con exquisito donaire y propiedad; Cepillo expres\u00f3 de un modo perfecto la grandeza moral del personaje, y Thuillier se revel\u00f3 ya como uno de los grandes actores de nuestro tiempo. De los cr\u00edticos nada dir\u00e9; todo el mundo sabe que los escritores que juzgan las obras en el instante de su nacimiento o de su estreno viven por largos a\u00f1os adscritos a un peri\u00f3dico o a una empresa teatral. La inamovilidad que disfrutan les mueve a ejercer una especie de dictadura. Sus juicios vienen a ser como sentencias dogm\u00e1ticas. En muchos casos son dichos se\u00f1ores insufribles por su presunci\u00f3n de definidores lac\u00f3nicos e inapelables. Con Realidad fueron ben\u00e9volos y corteses; cada cual dijo lo que le dictaba la conveniencia del momento. Entre las diversas cr\u00edticas no hubo ninguna que profundizase en el asunto y caracteres del drama juzgado. Todas cayeron en el olvido antes que la obra. La cr\u00edtica de las obras de teatro en Espa\u00f1a no ha coincidido todav\u00eda con el nacimiento de las obras. Las que contra viento y marea sobreviven veinte o m\u00e1s a\u00f1os a su estreno son las que pueden obtener una sanci\u00f3n relativamente duradera. El buen \u00e9xito de Realidad me movi\u00f3 a una nueva tentativa para el a\u00f1o siguiente, cediendo a las instancias de Mario y Mar\u00eda Guerrero. La temporada del 92 y 93 fue brillant\u00edsima para la Comedia, porque en ella estrenaron Mariana, con \u00e9xito de los m\u00e1s resonantes. Al siguiente d\u00eda de este estreno, que fue el 4 de diciembre, se ley\u00f3 La loca de la casa. La experiencia de Realidad no me ense\u00f1\u00f3 a calcular las dimensiones de la obra dram\u00e1tica. La loca result\u00f3 tan desaforadamente larga, que tardamos dos d\u00edas en leerla. Desde los primeros d\u00edas empezamos a dar tajos y mandobles para que quedara en razonables proporciones. Asisti\u00f3 a todos los ensayos, sin perder d\u00eda, don Jos\u00e9 Echegaray. No hay para qu\u00e9 decir cuan honrado me sent\u00eda yo con la presencia del insigne dramaturgo, y cu\u00e1nto me halagaba la constante atenci\u00f3n que en la obra pon\u00eda, animando a los actores y a m\u00ed con sus atinadas apreciaciones. Muy avanzado ya el mes de enero, la obra estaba dominada, mas estando solos conmigo Mar\u00eda Guerrero y Mario, dij\u00e9ronme que el final debiera reformarse para que el \u00e9xito que esperaban fuera redondo y definitivo. De tal opini\u00f3n participaba, seg\u00fan me dijeron, don Jos\u00e9 Echegaray. Vacil\u00e9 al principio, medit\u00e9 despu\u00e9s y de pronto decid\u00ed escribir otro final. Dicho y hecho. En una noche hice de nuevo la escena final, encomendada exclusivamente a las dos figuras de Victoria y Pepet. Al d\u00eda siguiente, domingo por la ma\u00f1ana, se ensay\u00f3 la escena por Mar\u00eda Guerrero y Cepillo, repiti\u00e9ndola como unas doscientas veces, y el pr\u00f3ximo 21 se estren\u00f3 la obra sin ning\u00fan tropiezo. El \u00e9xito fue muy bueno, descollando Mar\u00eda Guerrero entre las actrices, y entre todos Cepillo, que encarn\u00f3 el Pepet de una manera maravillosa. La cr\u00edtica anduvo aturdida y desorientada; ni en la censura ni en el aplauso supieron los cr\u00edticos lo que dec\u00edan, ni acertaron a formular una opini\u00f3n terminante. Han pasado veintitr\u00e9s a\u00f1os sobre esta obra, y hoy la vemos m\u00e1s fuerte y robusta que en los d\u00edas de su estreno. Todas las actrices espa\u00f1olas han hecho la Victoria, y todos los actores el Pepet.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Amada ninfa: ay\u00fadame t\u00fa ahora. Para que mis fieles lectores sepan que en el bullicio teatral no olvidaba yo la pl\u00e1cida y silenciosa novela, diles que ensayando La loca de la casa escrib\u00edamos Tristana, y Torquemada en la cruz fue escrita cuando traz\u00e1bamos el argumento de La de San Quint\u00edn. Esta comedia fue entregada a Emilio Mario y le\u00edda por Mar\u00eda Guerrero en octubre o noviembre del 92. Estrenada el 25 de enero del 93, fue el \u00e9xito m\u00e1s brillante y ruidoso que hasta entonces obtuve en el teatro. La novedad de la fabricaci\u00f3n de rosquillas ante el p\u00fablico y el simbolismo social que esta escena y las dem\u00e1s encierran, fueron muy del agrado del respetable\u2026 Prodigiosa se mostr\u00f3 Mar\u00eda Guerrero en la duquesa de San Quint\u00edn, gran se\u00f1ora, a quien los reveses de fortuna obligan a desdorar su prosapia en los quehaceres dom\u00e9sticos. No menos feliz estuvo Emilio Thuillier en su situaci\u00f3n culminante, cuando, ca\u00eddo en la impersonalidad social, se levanta gallardamente con el esfuerzo de su voluntad poderosa y de una pasi\u00f3n rom\u00e1ntica. Cepillo, en la parte de don C\u00e9sar; Cirera, en el patriarca Buend\u00eda; Garc\u00eda Ortega, en el marqu\u00e9s de Falf\u00e1n, y los dem\u00e1s artistas, contribuyeron a que La de San Quint\u00edn durara en el cartel cincuenta noches.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>ANS\u00d3. \u00abLOS CONDENADOS\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Continuemos nuestra historia, ninfa m\u00eda. No es preciso que me recuerdes las obras que estren\u00f3 Mar\u00eda Guerrero al final de aquella temporada. Una de las m\u00e1s nombradas fue La Dolores; pero, como esto no es de nuestra incumbencia, cu\u00e9ntale al p\u00edo lector la febril inquietud de la obra que proyect\u00e9 para el a\u00f1o siguiente. Era un drama que deb\u00eda desarrollarse en un pa\u00eds y ambiente medievales, el valle de Ans\u00f3, situado en el Alto Arag\u00f3n, en vericuetos que se dan de trompicones con la frontera francesa. Bien conocidas son en Madrid las ansotanas o chesas; se las ve por esas calles vestidas con un traje pintoresco, vendiendo un yerbajo que llaman t\u00e9. Ans\u00f3 es pa\u00eds de contrabando; el terreno es muy \u00e1spero; los hombres son fornidos, atl\u00e9ticos; las mujeres, gallardas, \u00e1giles, de sutiles movimientos. La obra que con tales figuras pensaba yo escribir deb\u00eda titularse Los condenados. Al imaginarla, ard\u00eda en deseos de visitar aquel pa\u00eds; pero \u00bfc\u00f3mo? Me parec\u00eda tan extraviado y lejano cual Polonia o Escandinavia.<\/p>\n\n\n\n<p>En estas perplejidades, me depar\u00f3 la suerte un amigo, natural de Jaca, el cu\u00e1l me dijo que el viaje era facil\u00edsimo y que \u00e9l me llevar\u00eda en coche desde su pueblo a las proximidades de la villa pirenaica y misteriosa. Salimos de Jaca mi amigo y yo una ma\u00f1anita en carretela tirada por cuatro caballos y recorriendo un pa\u00eds de lozana vegetaci\u00f3n, pasamos muy cerca de San Juan de la Pe\u00f1a, cuna de la nacionalidad aragonesa, y despu\u00e9s de mediod\u00eda llegamos a un lugar llamado Bini\u00e9s, donde mi amigo mand\u00f3 hacer alto para que yo admirase un soberbio nogal, que era sin disputa el m\u00e1s colosal que en Espa\u00f1a exist\u00eda. En efecto: visto el \u00e1rbol de lejos, parec\u00eda un monte; por entre malezas y casuchas penetramos en aquella espesura, y al llegar al tronco quedamos absortos ante la inmensa b\u00f3veda del verde y opulento ramaje. Imposible calcular los millones de nueces que pend\u00edan sobre nuestras cabezas. Hubiera yo deseado permanecer all\u00ed largo rato gozando en la contemplaci\u00f3n de aquella maravilla; pero el descanso para los viajeros y para las caballer\u00edas hab\u00eda de ser m\u00e1s adelante, en un sitio llamado La Pardina, donde nos ten\u00edan preparada la comida para nosotros y el pienso para el ganado. Emprendimos la marcha por la empinada carretera que culebrea a la orilla derecha del Veral. Reposamos una hora, y luego seguimos nuestro camino, extasiados ante el magn\u00edfico espect\u00e1culo que por todas partes se nos ofrec\u00eda. Aqu\u00ed, espesas masas de vegetaci\u00f3n, all\u00e1 ingentes rocas, en el fondo del r\u00edo, a trechos turbado por cascadas espumosas, a trechos manso, permitiendo ver en su cristal las plateadas truchas. A medida que avanz\u00e1bamos, el paisaje era m\u00e1s grandioso y los picachos m\u00e1s imponentes por su extra\u00f1a forma y aterradora grandeza. Tras larga caminata, llegamos a un sitio donde terminaba la carretera. Mi amigo me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014De aqu\u00ed no podemos seguir, porque la carretera no est\u00e1 terminada: los dos kil\u00f3metros que nos faltan para llegar a Ans\u00f3 tenemos que recorrerla a pie.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00e9 yo hacia arriba y vi las casas de la villa. Como por ninguna parte distinguieron mis ojos alma viviente, cre\u00ed que est\u00e1bamos en un pa\u00eds desierto. Por \u00faltimo, al llegar a las primeras casas del pueblo, mi amigo, viendo mi estupefacci\u00f3n ante tal soledad, me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Todo el pueblo debe estar reunido en la plaza. Un rumor que llega a mis o\u00eddos me dice que en la plaza est\u00e1 la cuadrilla de titiriteros que estos d\u00edas recorre todo el pa\u00eds. Entremos.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, penetramos en las calles desiertas, por entre casas altas, negras, ahumadas, y al llegar a la plaza qued\u00e9 alelado viendo los grupos de chesas, con sus trajes verdes, unas sentadas, otras en pie, y o\u00ed el alegre vocer\u00edo que en la multitud produc\u00eda el gracioso espect\u00e1culo de los titiriteros. Mi amigo empez\u00f3 a llamar a voces por sus nombres a hembras y varones, y yo exclam\u00f3 gozoso:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ya me veo frente a mis Condenados! Estamos en el siglo XIV.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Los d\u00edas que pas\u00e9 en Ans\u00f3 fueron para m\u00ed muy gratos, y adem\u00e1s grandemente instructivos. Los conocimientos que adquir\u00ed, pormenores y rarezas que observ\u00e9 tocante a la vida social espa\u00f1ola, eran para m\u00ed un precioso caudal, que no cambiara por las riquezas que el minero extrae de las entra\u00f1as de la tierra. Yo no paraba en todo el d\u00eda; de las Calles sombr\u00edas pasaba gozoso al campo, donde entre variados cultivos predominaban las patatas y el lino. Not\u00e9 que el trabajo campesino estaba en manos de mujeres, pues para el hombre se reservaban en aquel pa\u00eds las rudas fatigas y los peligros del contrabando.<\/p>\n\n\n\n<p>Las casas de Ans\u00f3 son de piedra y muy altas. En los pisos superiores, debajo de las tejas o de las pizarras, est\u00e1n las cocinas; a \u00e9stas siguen siempre de lo alto a lo bajo las habitaciones vivideras: alcoba, comedor, etc., y en lo m\u00e1s hondo, al nivel de la calle, los graneros y almacenes. Los ansotanas son tan trabajadoras en el campo y en la casa, que no se las ve descansar ni un momento. Ellas lavan, planchan, hilan y traen agua de la fuente en grandes herradas. Algunas jovencillas vi cargando en la cabeza con prodigioso equilibrio des herradas, una sobre otra, y avanzaban risue\u00f1as, cantando coplas y bromeando con los transe\u00fantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Merecen las ansotanas un galard\u00f3n nacional por el hecho inaudito de conservar su traje arcaico, renegando del caprichoso vaiv\u00e9n de las modas. Se visten por el patr\u00f3n de los siglos XIV o XV. La basquilla verde es en verdad una prenda elegant\u00edsima, de largos pliegues, que dan al cuerpo cierta prestancia se\u00f1oril. Los manguitos abiertos por el codo y los hombros aumentan la gallard\u00eda de la figura, y los pendientes y collares con que se adornan, as\u00ed como las ch\u00e1taras de su calzado, completan el airoso conjunto. Para poder apreciar en todo su esplendor las bellezas ansotanas hay que verlas en d\u00edas de gala, cuando adornan su seno con graciosos colgajos de filigranas de oro y ci\u00f1en su cabeza con pa\u00f1uelos cuyo color y forma var\u00edan seg\u00fan edad y estado de las hembras. Seg\u00fan lo que vi en aquellos d\u00edas, no lleva traza de terminar el uso de la vestimenta arcaica. Las \u00fanicas mujeres que visten conforme a lo que llaman moda son las que pertenecen a familias de carabineros.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuve la dicha de que mi amigo me alojara en la casa de un se\u00f1or que era uno de los m\u00e1s pudientes y apersonados del pueblo. Trat\u00e1bannos a cuerpo de rey, sirvi\u00e9ndonos suculentas comidas. Otro detalle de las costumbres medievales de aquel pa\u00eds era que las mujeres nos serv\u00edan en el comedor y ellas com\u00edan en la cocina\u2026 Pasados no s\u00e9 cu\u00e1ntos d\u00edas en aquella deliciosa ociosidad, part\u00ed para volverme a Madrid. Mi amigo me llev\u00f3 en su coche desde Ans\u00f3 a la Canal de Berd\u00fan, donde tom\u00e9 la diligencia que diariamente hac\u00eda el trayecto desde Jaca a Pamplona. Llevaba yo un recuerdo grat\u00edsimo del vecindario ansotano, y singularmente de la generosa familia que me hab\u00eda dado hospitalidad, colm\u00e1ndome de finas atenciones. En el largo camino no cesaba yo de pensar en mis Condenados, entreteni\u00e9ndome en modelar las figuras de Salom\u00e9, Santamona, Jos\u00e9 Le\u00f3n y Paternoy. Y esto lo imaginaba sin perder el comp\u00e1s de la rondalla que el mayoral cantaba con voz clara y perfecta entonaci\u00f3n. De tal modo se fund\u00edan y compenetraban mis Condenados y la rondalla, que, cuando estren\u00e9 la obra en Madrid, la m\u00fasica y mi drama reaparecieron en dulce maridaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Pernoctamos en Tiermas, pueblo de ba\u00f1os, y a la ma\u00f1ana siguiente pasamos el rio Arag\u00f3n por S\u00e1daba, y seguimos nuestro camino, oyendo siempre la cantinela del mayoral. A media ma\u00f1ana llegu\u00e9 a Pamplona. Mi primer cuidado fue dar un vistazo a la catedral, que interiormente es g\u00f3tica, muy bella, y contiene sepulcros y altares de indudable valor art\u00edstico. El exterior, reconstruido en el siglo XVIII, es un armatoste grecorromano de un arte vulgar y desaborido. Recorr\u00ed luego algunas calles, la plaza y el Paseo de la Taconera\u2026 Y ahora, ninfa m\u00eda, ay\u00fadame a poner debida exactitud en mis recuerdos. \u00bfConoc\u00ed yo al infatigable y honrado propagandista Basilio Lacort en aquel primer viaje a Pamplona o en los que despu\u00e9s hicimos en d\u00edas posteriores? Mi fiel, aunque voluble memoria, frunci\u00f3 el entrecejo, mene\u00f3 la cabecita y me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Hablaste largamente con Basilio Lacort, con don Antero Go\u00f1i y con Vi\u00f1as, que fue alcalde de este pueblo. Retengo los hechos; pero en las fechas ya sabes que soy poco fuerte\u2026 Tus estudios hist\u00f3ricos y geogr\u00e1ficos para armar el complejo tinglado de los Episodios Nacionales te traer\u00e1n m\u00e1s de una vez a estas tierras\u2026 Y ahora no te detengas aqu\u00ed. Volvamos a Madrid, maestro m\u00edo, que tenemos que salir para C\u00e1diz y all\u00ed embarcarte para tu pa\u00eds natal, Las Palmas.<\/p>\n\n\n\n<p>A este recuerdo que hizo la ninfa de mis obligaciones sigui\u00f3 una breve disputa. Como yo le dijera que se preparase para ir conmigo a las Afortunadas, la ninfa solt\u00f3 la risa, y con la risa este definitivo argumento:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Para tus servicios en tierras canarias tienes a mi madre, que all\u00e1 te espera luminosa y diligente. De all\u00e1 me trajiste t\u00fa muy ni\u00f1a, y en Espa\u00f1a me cri\u00e9, auxili\u00e1ndote con mi vivacidad, no exenta de travesuras.<\/p>\n\n\n\n<p>Asent\u00ed yo a estas discretas razones, a\u00f1adiendo que tanto apreciaba a la hija como a la madre, que mi mayor gusto ser\u00eda valerme de las dos, de la hija y la madre en las andanzas de esta fatigosa existencia.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Partimos para Madrid, y el viaje a Canarias qued\u00f3 aplazado para cuando se pudieran reunir y concretar mis dos memorias, la isle\u00f1a y la continental, fusi\u00f3n necesaria para tan arduo empe\u00f1o. De Madrid pas\u00e9 a Santander donde estaba construyendo el hotel que poseo en el Paseo de la Magdalena. Aunque el edificio no estaba completamente terminado all\u00ed viv\u00eda yo con mi familia y all\u00ed puse t\u00e9rminos a mi drama Los condenados. Al propio tiempo que publicaba Torquemada y San Pedro traslad\u00e9 a Madrid mi asendereada persona para ocuparme en los ensayos de la obra cuya gestaci\u00f3n me hab\u00eda llevado al pintoresco valle de Ans\u00f3. La compa\u00f1\u00eda de la Comedia, dirigida siempre por Emilio Mario, no pudo sustraerse a la fiebre de mudanza, que es el mal end\u00e9mico de los c\u00f3micos espa\u00f1oles. Abandon\u00f3 el cotarro Mar\u00eda Guerrero, que quiso formar rancho aparte en el Teatro de la Princesa. La restante compa\u00f1\u00eda de Mario, cubriendo la baja de Mar\u00eda Guerrero con la ilustre actriz Carmen Cobe\u00f1a, sigui\u00f3 como estaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Ensayamos con todo esmero posible Los condenados, y el estreno fue a principios de diciembre. Desde las primeras escenas, parte del p\u00fablico dio en meterse con la obra de una manera tan grosera, que claramente se ve\u00eda la confabulaci\u00f3n y el designio de reventarla. Amigos m\u00edos de incondicional adhesi\u00f3n hab\u00edan notado entre los curiosos que asist\u00edan a los \u00faltimos ensayos un cierto secreto y tacto de codos que delataban la conspiraci\u00f3n. Descuidado yo de estas miserias por mi candorosa ignorancia del rec\u00f3ndito mecanismo teatral, no prest\u00e9 atenci\u00f3n a lo que me dijeron mis amigos y afront\u00e9 el estreno trag\u00e1ndome las amarguras de aquella luctuosa noche. Y no se hundieron Los condenados por deficiencia en la ejecuci\u00f3n, pues todos los int\u00e9rpretes cumplieron como deb\u00edan. Carmen Gobe\u00f1a estuvo admirable en Salom\u00e9; Conchita Ruiz, que era entonces una jovencilla, caracteriz\u00f3 de una manera perfecta la viej\u00edsima Santamona. El mismo elogio debo hacer de Thuillier, Cepillo, Cirera, Balaguer, Rosa, Tovar, Urquijo y dem\u00e1s artistas.<\/p>\n\n\n\n<p>Rechazada la obra por artes aviesas, los cr\u00edticos, con raras excepciones, se pasaron al enemigo. Yo cre\u00ed de mi deber protestar de lo que me parec\u00eda tan violento como injusto. Al presenciar el entierro de Los condenados, les cant\u00e9 un responso el pr\u00f3logo de la edici\u00f3n que publiqu\u00e9 a los pocos d\u00edas del estreno. Creyeron algunos que hab\u00eda estado yo bastante duro en el recorrido que di a los cr\u00edticos; pero no me pesa de ello. Las voces de ira y despecho con que fui contestado confirm\u00e1ronme en la raz\u00f3n que tuve para revolverme contra la brutal sentencia. Pregunto a mi ninfa d\u00f3nde escrib\u00ed ya el pr\u00f3logo de Los condenados, y ella, diligente y gozosa, me contesta:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esa terrible catilinaria la escribiste, maestro m\u00edo, en la casa de tu amigo Manolo Tolosa Latour, donde a menudo ibas a comer.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, con Manolo Tolosa Latour, a quien llam\u00e1bamos familiarmente el doctor Fausto, me un\u00eda desde tiempo inmemorial una amistad cordial\u00edsima. Renombrado m\u00e9dico de la ni\u00f1ez, cur\u00e1bame tambi\u00e9n a m\u00ed en las indisposiciones infantiles que a las veces padec\u00eda yo. \u00c9l y su ilustre esposa, Elisa Mendoza, que hab\u00eda sido la primera actriz de su tiempo, eran los primeros asistentes a mis estrenos, y sal\u00edan del teatro con las manos doloridas de tanto aplaudirme. Como deseo consignar en estas Memorias las amistades que me han favorecido con su cari\u00f1o en el dilatado curso de mi existencia laboriosa, inauguro esta galer\u00eda de amigos con Tolosa Latour, que fue de los primeros en mi conocimiento, y a\u00fan vive, para satisfacci\u00f3n m\u00eda y bien de la Humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro amigo que en las luchas del teatro se pon\u00eda de parte m\u00eda con verdadero frenes\u00ed era Paco Navarro Ledesma a quien conoc\u00ed en el estreno de Realidad. Nuestras cordiales relaciones fueron intensas y cortas, pues la vida de aquel brillante escritor se extingui\u00f3 en plena mocedad, dejando ac\u00e1 la monumental obra El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra y multitud de trabajos literarios de sabrosa cr\u00edtica y pol\u00e9mica.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro amigo m\u00edo que rompi\u00f3 lanzas defendiendo bravamente mis ensayos teatrales fue Antonio Mart\u00ednez y Ruiz de Linares, tan distinguido en su profesi\u00f3n militar como en las campa\u00f1as period\u00edsticas que le acreditaron de verdadero maestro en el arte de escribir. No necesito decir cu\u00e1nto me desconsol\u00f3 su muerte, acaecida en la madurez de la edad. Ruiz de Linares y Navarro Ledesma partieron de este mundo con poca diferencia de tiempo\u2026 En p\u00e1ginas sucesivas de estas Memorias seguir\u00e9 presentando a mis lectores la galer\u00eda de personas ilustres, as\u00ed espa\u00f1oles como extranjeros, vivos o muertos, que me han honrado con su amistad.<\/p>\n\n\n\n<p>Cierro el proceso de Los condenados, adelant\u00e1ndome veinte a\u00f1os en esta relaci\u00f3n para consignar que en la primavera de 1914 tuvo Federico Oliver, director y empresario del Teatro Espa\u00f1ol, la feliz idea de ofrecer a su p\u00fablico la revisi\u00f3n del drama malogrado en 1894. En este segundo estreno no se hizo la menor alteraci\u00f3n en el texto de la obra. El \u00e9xito fue extremadamente lisonjero. Los tiempos ruedan, los p\u00fablicos cambian y las obras de teatro mueren o resucitan\u2026 cuando Dios quiere.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>NUEVOS VIAJES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Con el buen prop\u00f3sito y mejores ganas de dar principio al cap\u00edtulo XIII de estas Memorias, suspensa la pluma sobre el papel en blanco, pido a mi ninfa su opini\u00f3n sobre acontecimientos de mi vida, viajes o viajecitos que pudi\u00e9ramos dejar olvidados. Y ella, con infantil donaire y m\u00e1s voluble pizpireta que nunca, me habla de esta manera:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No olvidar\u00e9, maestro m\u00edo, ni nuestros viajes por pa\u00edses distantes, ni nuestras excursiones a ciudades inmortalizadas por un nombre de inmensa resonancia en la literatura universal. Tengo bien presente nuestra visita a Stratford\u2014Avon, patria del m\u00e1s alto ingenio de Inglaterra. No te digo nada de la fecha, porque la ignoro, y en cuanto al asunto, no debes repetirlo ahora, porque ya lo publicaste en un librito que anda por esos mundos y que figura, con otros trabajos tuyos, en un tomo titulado Memoranda\u2026 Precedi\u00f3 a esta interesante visita la que hicimos a Edimburgo, ciudad renombrada por su esplendor cultural en todas las artes y ciencias, de donde vino el calificativo de Atenas del Reino Unido. Salimos de Newcastle con nuestro compa\u00f1ero de fatigas Pepe Alcal\u00e1 Galiano. Pasamos por Berwick, frontera de Escocia. Ya sab\u00e9is que este t\u00edtulo de Berwick vino a ser espa\u00f1ol en la guerra de Sucesi\u00f3n, y quedo enlazado despu\u00e9s con los ducados de Liria y Alba. Pasamos por el brazo de mar llamado Frith of Forth, y admiramos el inmenso puente, a\u00fan no terminado, que une a ambas orillas. Para dar idea de las dimensiones de esta obra colosal, baste decir que cada uno de sus tramos equivale a dos torres Eiffel colocadas horizontalmente\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Llegamos, como sabes, a Edimburgo, que nos sorprendi\u00f3 por no ser ciudad tan ahumada y tristona como otras del Reino Unido. Aunque all\u00ed no faltan industrias ni altas chimeneas, lo que prevalece es el taller literario, libros, revistas, imprentas, organismos acad\u00e9micos, cient\u00edficos, que abrazar desde lo m\u00e1s elemental para uso de la infancia hasta lo m\u00e1s abstruso y enciclop\u00e9dico para las inteligencias viriles. La calle principal de Princess-Street (calle de la Princes), que es la v\u00eda principal de Edimburgo, es una sucesi\u00f3n de edificios monumentales alternando con casas espl\u00e9ndidas, museos, hoteles: la estaci\u00f3n del ferrocarril es considerada por los escoceses como la m\u00e1s hermosa del mundo. Se destacan en ella el monumento a Walter Scott, la soberbia columnata que encierra los museos de pintura y las colecciones cient\u00edficas y multitud de estatuas consagradas a las celebridades escocesas\u2026 El mismo d\u00eda de nuestra llegada a Edimburgo hubimos de disponer nuestra partida, porque mi compa\u00f1ero de viaje se vio precisado a regresar a Newcastle, por obligaciones apremiantes del Consulado de Espa\u00f1a. Hab\u00edamos ido a Escocia con \u00e1nimo de visitar, despu\u00e9s de Edimburgo, la regi\u00f3n de los lagos, cuyas po\u00e9ticas leyendas enardec\u00edan vivamente nuestra imaginaci\u00f3n. Pero este lindo plan hubo de ceder a las exigencias de la realidad humana. No quisimos abandonar la ciudad de las imprentas, emporio de la librer\u00eda y del saber acad\u00e9mico, sin visitar la Universidad y otros Centros escolares. Ah\u00edtos de rom\u00e1ntica historia, corrimos despu\u00e9s en busca del Palacio de Holyrrood antigua residencia de los Reyes de Escocia. La abad\u00eda pr\u00f3xima es una ruina venerable y pintoresca. Crey\u00e9rase que es un modelo de vestigios artificiales y que sus machones festoneados de yedra son obra de una mano de artista decorador de esqueletos arquitect\u00f3nicos. El Palacio se conserva bien. En uno de sus salones hay una galer\u00eda de retratos de los Reyes de Escocia, colecci\u00f3n de pinturas en tas que no se vislumbra la antig\u00fcedad ni el car\u00e1cter personal de los soberanos all\u00ed representados. Todo es obra del coleccionismo sint\u00e9tico y catalogado. Lo verdaderamente interesante y aut\u00e9ntico es la alcoba de Mar\u00eda Estuardo. Sobreviven el lecho, los colchones, las cortinas y dem\u00e1s paramentos, como si estuviera reciente su uso. No lejos de1 dormitorio de la infortunada Reina vimos la escalera en que fue asesinado Rizzio. Nuestra imaginaci\u00f3n o la locuacidad del cicerone descubr\u00edan en el pavimento huellas de la sangre del aventurero italiano.<\/p>\n\n\n\n<p>El Cielo dio a Mar\u00eda Estuardo un buen palmito, pero le neg\u00f3 el adorno de una clara inteligencia, necesaria para gobernar su vida. Era hermos\u00edsima, pero carec\u00eda de freno moral para contener sus livianos apetitos. Cas\u00f3 a temprana edad con el Delf\u00edn de Francia, despu\u00e9s rey Francisco II, y, ya viuda, pas\u00f3 a ocupar el Trono de Escocia. Desleales consejeros arrastr\u00e1ronla prontamente a las mayores torpezas y desatinos. Cas\u00f3 con un noble llamado Darnley, y como a la linda cabeza de Mar\u00eda el exceso de liviandad no dejaba espacio al sentido pol\u00edtico, se enamorisc\u00f3 de un italiano llamado Rizzio, que apareci\u00f3 en aquel pa\u00eds tocando la bandurria, el la\u00fad o no s\u00e9 qu\u00e9 instrumento. Sobrevino la cat\u00e1strofe inevitable en estos devaneos. En el acaloramiento de un fest\u00edn, Darnley mat\u00f3 a Rizzio, y desde entonces ya no hubo paz para la dislocada Reina de Escocia.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquellas d\u00e9cadas aparece en el reino vecino otra mujer, figura hist\u00f3rica de colosal relieve, Isabel de Inglaterra, que, si no pod\u00eda rivalizar con Mar\u00eda en gracias femeniles, la superaba con creces en dotes intelectuales. Hija de Enrique VIII y de Ana Bolena, Isabel pose\u00eda un talento de primer orden, escondido tras una m\u00e1scara de sequedad y tiesura. La rivalidad entre Isabel y Mar\u00eda no tard\u00f3 en estallar. M\u00f3viles de este antagonismo fueron la hermosura de la Estuardo, que despertaba en Isabel la natural envidia, y las rivalidades entre cat\u00f3licos y luteranos, que el fanatismo exacerbaba en proporciones aterradoras.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed las cosas, Mar\u00eda se apoyaba en Bothwell, y despu\u00e9s en Murray. Y en tanto Isabel, obrando con tanta sagacidad como perfidia, trataba de inducir a Mar\u00eda a una transacci\u00f3n amistosa, y con arte sutil cuidaba de apartarla de su reino para precipitar el fin tr\u00e1gico que deseaba. En uno de estos lances, Isabel prepar\u00f3 h\u00e1bilmente la entrevista de las dos reinas en el bosque de Fotheringhay. Esta entrevista de las dos reinas es la escena m\u00e1s maravillosa del drama de Schiller Mar\u00eda Estuardo, y de ella puede decirse que la poes\u00eda supera en inter\u00e9s y verdad a la Historia\u2026 Continuaron despu\u00e9s de esta escena las agrias disputas entre las dos reinas; una y otra conspiraban enredos mil para sacar triunfantes sus derechos. Isabel, m\u00e1s ladina que su rival, supo dar al litigio car\u00e1cter de conspiraci\u00f3n contra el Estado. La soberana de Inglaterra hab\u00eda heredado de su padre, el b\u00e1rbaro Enrique, el arte expeditivo de despachar a sus enemigos por medio del verdugo, y sin encomendarse a Dios ni al diablo conden\u00f3 a Mar\u00eda a morir en el cadalso\u2026 Es decir, degollada, conforme a dignidad real.<\/p>\n\n\n\n<p>La terrible sentencia fue comunicada a la Estuardo la v\u00edspera de la ejecuci\u00f3n. La muerte de Mar\u00eda result\u00f3 el acto m\u00e1s noble de su vida. El largo martirio en prisiones limpi\u00f3 su alma de inveteradas culpas. La majestad, la resignaci\u00f3n edificante, la ternura con que se despidi\u00f3 de su servidumbre, resplandecieron con destello sublime cuando entreg\u00f3 su cuello al verdugo, a Dios su alma. La gran pecadora supo dar a la posteridad la clara sensaci\u00f3n de morir como una santa.<\/p>\n\n\n\n<p>Bastante tiempo antes de su muerte, vi\u00e9ndose la Estuardo en estrecha prisi\u00f3n, y no sabiendo a qui\u00e9n encomendarse, puso su esperanza en Felipe II, a la saz\u00f3n el monarca m\u00e1s poderoso de Europa. A este prop\u00f3sito envi\u00f3 su retrato en miniatura al duque de Alba, gobernador de los Pa\u00edses Bajos, a\u00f1adiendo una sentida dedicatoria. Dicho retrato, que es una preciosidad, seg\u00fan me han dicho, existe en el Palacio de Alba en Madrid. En el archivo hist\u00f3rico de la misma casa se conservan tres cartas aut\u00f3grafas dirigidas al Duque en 1565 y 1570, y otra de la reina Isabel.<\/p>\n\n\n\n<p>Mar\u00eda pereci\u00f3 en 1587. Due\u00f1a del campo la implacable Isabel, declar\u00f3 su enemistad al Demonio del Mediod\u00eda, que as\u00ed llamaba a Felipe II, Rey de Espa\u00f1a. \u00c9ste, andando los tiempos, le pag\u00f3 con la misma moneda, y mand\u00f3 contra ella la escuadra invencible, destruida por los temporales les antes de cumplir su objeto en las costas de Inglaterra. La derrota de la invencible inicia el apogeo de Inglaterra como potencia de los mares. Foment\u00f3 este poder\u00edo la reina Isabel, desplegando sus raras dotes de inteligencia pol\u00edtica y administrativa. Por terribles crisis pas\u00f3 Inglaterra en los a\u00f1os siguientes, crisis religiosas y pol\u00edticas; pero es indudable que a Isabel se debi\u00f3 el aumento del poder\u00edo brit\u00e1nico como lo conocemos en la edad presente.<\/p>\n\n\n\n<p>Terminada nuestra visita al palacio de Mar\u00eda Estuardo, poco ten\u00edamos ya que hacer en Edimburgo. En una plazoleta pr\u00f3xima a Holyrrood nos detuvimos para o\u00edr la banda militar de un regimiento de highlanders, compuesta, como es sabido, de gaitas y tambores. Para m\u00ed, aquella m\u00fasica, tan caracter\u00edstica como los trajes de los soldados escoceses, no era nueva, pues en Gibraltar hab\u00eda tenido el placer de o\u00edrla. Despu\u00e9s de echar un vistazo a Carlton Hill partimos para Newcastle. Muy desconsolado iba yo: por mi gusto me hubiera corrido desde Edimburgo a Glasgow, pasando luego a la regi\u00f3n de los Lagos. Mi ambici\u00f3n viajera no paraba en esto; hubi\u00e9rame lanzado gozoso al norte de Escocia, buscando en Inverness el p\u00e1ramo donde las Brujas anunciaron a Macbeth, que ser\u00eda rey, y reconstruir una por una las escenas del terrible drama de la ambici\u00f3n. En mis correr\u00edas, las personas y cosas imaginarias me seduc\u00edan m\u00e1s que las reales. Siempre fue el Arte m\u00e1s bello que la Historia.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Camino de Inglaterra, me afirm\u00e9 en la resoluci\u00f3n de no demorar mi viaje a Stratford-on-Avon, donde vio la luz el inmenso Shakespeare. Mi fiel amigo Pepe Galiano no pod\u00eda en aquellos d\u00edas acompa\u00f1arme. Nos despedimos en Newcastle, y solito, enter\u00e1ndome de la direcci\u00f3n que deb\u00eda seguir, me dirig\u00ed a Birmingham, que es, como todo el mundo sabe, uno de los m\u00e1s grandes emporios industriales de Inglaterra. Como no me guiaba ning\u00fan inter\u00e9s industrial ni comercial, poco tiempo me detuve en Birmingham, y tomando otro tren segu\u00ed mi ruta hacia el lugar donde la musa brit\u00e1nica engendr\u00f3 a Hamlet, Macbeth y otras inmortales criaturas.<\/p>\n\n\n\n<p>Confirmando lo que ha dicho mi ninfa, omito en estas Memorias mis impresiones de Stratford, porque ya lo hice en un libro titulado La patria de Shakespeare, y emprendiendo nueva ruta, paso por Oxford, la ciudad universitaria; por Windsor, residencia habitual de los reyes de Inglaterra, y no paro hasta Londres.<\/p>\n\n\n\n<p>Por tercera vez me veo en la metr\u00f3poli de la Gran Breta\u00f1a; pero ni esta ocasi\u00f3n ni las siguientes me bastar\u00e1n para contaros mis observaciones en este conglomerado de ciudades populosas. Par\u00eds es grande, met\u00f3dicamente regular y arm\u00f3nico. Londres es disforme, desproporcionado, sin medida en sus bellezas, como en sus fealdades; comp\u00f3nenlo arrabales magn\u00edficos, rincones deliciosos y longitudes desesperantes, como ensue\u00f1os de pesadilla. Dividir\u00e9 en tres partes mis relatos londinenses, empezando por el Oeste, que sintetizo en este r\u00f3tulo: El Parlamento y Westminster. Tarea tengo ya para hoy. Y cuando Dios quiera tendr\u00e9is la segunda conferencia: San Pablo y la City. El extremo Este y la tercera: Regent\u2019s Park y el Jard\u00edn Zool\u00f3gico, British Museum.<\/p>\n\n\n\n<p>Doy principio a mi tarea descriptiva. Partiendo de la columna de Nelson (Trafalgar Square), paso junto a la estatua ecuestre de Carlos II y entro en Whitechall, avenida espaciosa, formada por varios edificios del Estado. Entre ellos se destaca, a mano izquierda, un palacio de modesta arquitectura y aspecto vulgar; no obstante, tiene gran valor hist\u00f3rico, porque en \u00e9l fue decapitado el rey Carlos I el 30 de enero de 1649. En medio de la calle se levant\u00f3 el pat\u00edbulo, que fue comunicado con el palacio por uno de los balcones de \u00e9ste. V\u00edctima de su orgullo y de su desprecio del parlamento, pereci\u00f3 el segundo de los Estuardos. En el terrible momento de entregar su cuello al verdugo mostr\u00f3 Carlos la dignidad propia de su estirpe y de su acendrado cristianismo. Este acontecimiento, punto culminante de la historia de Inglaterra, marca una ejemplaridad pol\u00edtica que reaparece de tarde en tarde en la conciencia de otros pueblos europeos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Sigo mi camino por la espaciosa v\u00eda, en direcci\u00f3n del T\u00e1mesis, y sin parar mientes en diferentes edificios que a uno y otro lado se ofrecen a mi vista, toda mi atenci\u00f3n se clava en una torre corpulenta, elevad\u00edsima, de traza robusta dentro del estilo g\u00f3tico-rectangular. En su cuerpo m\u00e1s alto campea el disco de un reloj monumental, que se me antoja el reloj m\u00e1s grande del mundo. Acerc\u00e1ndome m\u00e1s, veo la enorme mole del parlamento, uno de cuyos lienzos se extiende a lo largo del T\u00e1mesis, fundado sobre las corrientes del rio. Por otra parte aparecen otras grandes prolongaciones del mismo edificio, que sirven de asiento y albergue a la instituci\u00f3n pol\u00edtica m\u00e1s estable y grandiosa de la vieja Inglaterra. En otra ocasi\u00f3n pens\u00e9 por breves instantes en aquel recinto. En la ocasi\u00f3n que ahora refiero me procur\u00e9 un pase para visitarlo y recorrerlo detenidamente. \u00a1Qu\u00e9 inmensidad, qu\u00e9 lujo, qu\u00e9 magnificencia! All\u00ed reside la verdadera majestad, la soberan\u00eda efectiva de la naci\u00f3n. En una parte, la C\u00e1mara de los Comunes; en la otra la de los Pares, y entre ambas, dilatada serie de salones destinados a locutorios, conferencias, bibliotecas, oficinas, comedores, habitaciones privadas del presidente y secretarios, que en el r\u00e9gimen ingl\u00e9s son funcionarios permanentes; cuanto conviene, en fin, a la relaci\u00f3n entre ambos estamentos y a la complicada m\u00e1quina del r\u00e9gimen parlamentario de una naci\u00f3n cuya base pol\u00edtica es gobierno del pueblo por el pueblo. No quiero meterme en una disquisici\u00f3n prolija sobre el sistema ingl\u00e9s, que es admiraci\u00f3n y debiera ser ejemplo de todo el mundo. Para seguir con brevedad mi plan, abandono el Parlamento y me dirijo a un edificio pr\u00f3ximo, tambi\u00e9n monumental y de g\u00f3tico estilo, en el cual veremos glorificado en forma religiosa lo m\u00e1s espiritual del alma brit\u00e1nica.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Ya estamos en la Abad\u00eda de Westminster. Siempre que penetro en este templo si\u00e9ntome como el que asiste a llevar una ofrenda a los dioses o a los mortales que con lo, dioses se codean. Ni Francia en su Pante\u00f3n ni nosotros en nuestro Escorial hemos igualado a lo que los ingleses han hecho aqu\u00ed. Sepulturas de reyes tenemos nosotros. Sepulturas de grandes hombres tiene Francia; pero ni en una ni en otra parte del Continente se ha conseguido, como en Londres, la incineraci\u00f3n y glorificaci\u00f3n de todas las grandezas de una raza. En las capillas de Westminster encontramos todos los reyes, reinas, pr\u00edncipes y caballeros que han florecido en este noble suelo. La capilla de Enrique VII es en este concepto interesant\u00edsima. Tambi\u00e9n hay reyes santos en esta y otras capillas; pero algunos visitante rinden culto a los santos de su mayor devoci\u00f3n, no en las capillas, sino en las naves y cruceros de la iglesia. En \u00e9sta encontrar\u00e9 a Newton, que en la piedra de su sepulcro tiene grabado el famoso binomio, f\u00f3rmula matem\u00e1tica que dio fama a este var\u00f3n extraordinario, descubridor de la gravitaci\u00f3n universal y del sistema del mundo. La ciencia debe, adem\u00e1s, a Newton otras grandiosas conquistas.<\/p>\n\n\n\n<p>No lejos de la tumba de Newton vi la de Darwin, creador de la teor\u00eda del origen de las especies por la selecci\u00f3n natural\u2026 En una de las salas del crucero, y en la que lleva el nombre de Rinc\u00f3n de los poetas (Poets Corner), nos hallamos ante la brillant\u00edsima pl\u00e9yade de poetas, novelistas, historiadores, cr\u00edticos, m\u00fasicos, actores, etc., que en siglos diferentes han brillado en el espacio infinito del arte brit\u00e1nico. Los que no tienen sepultura en la Abad\u00eda con inscripciones y signos fehacientes est\u00e1n representados por estatuas, bustos, medallones y expresivas leyendas. Resulta un completo cielo, como nos lo pintan y describen las escrituras dogm\u00e1ticas. All\u00ed est\u00e1n los profetas, ap\u00f3stoles, m\u00e1rtires, los elegidos, en fin, merecedores de la inmortalidad. All\u00ed podemos rendir culto a los santos que nos merezcan m\u00e1s respeto y veneraci\u00f3n. Resplandecen en la celestial muchedumbre Macaulay, Thackeray, el compositor Haendel, que los ingleses consideran como suyo, aunque naci\u00f3 en Alemania; Oliverio Goldsmith, Pope, Addisson, Chaucer, Thomson, Prior, Campbell, duque de Argyll, Spencer, el afamado comediante Garrick, Milton, cuyo solo nombre basta para caracterizarle; Dryden, Ben Jonson y, descollando entre todos, el soberano hacedor de humanidades vivas, Guillermo Shakespeare\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>La \u00faltima vez que visit\u00f3 la Abad\u00eda vi en el suelo del Rinc\u00f3n de los poetas una sepultura reciente; en ella trazado, al parecer con car\u00e1cter provisional, le\u00ed la inscripci\u00f3n: Dickens. En efecto, el gran novelador ingl\u00e9s hab\u00eda muerto poco antes. Como \u00e9ste fue siempre un santo de mi devoci\u00f3n m\u00e1s viva, contempl\u00e9 aquel nombre con cierto arrobamiento m\u00edstico. Consideraba yo a Carlos Dickens como mi maestro m\u00e1s amado. En mi aprendizaje literaria, cuando a\u00fan no hab\u00eda salido de mi mocedad petulante, apenas devorada La comedia humana, de Balzac, me aplique con loco af\u00e1n a la copiosa obra de Dickens. Para un peri\u00f3dico de Madrid traduje el Pickwivk, donosa s\u00e1tira, inspirada, sin duda, en la lectura del Quijote. Dickens la escribi\u00f3 cuando a\u00fan era un jovenzuelo, y con ella adquiri\u00f3 gran cr\u00e9dito y fama. Depositando la flor de mi adoraci\u00f3n sobre esta gloriosa tumba, me retiro del pante\u00f3n de Westminster\u2026 Quisiera dar un vistazo al Museo de Pinturas; pero es muy tarde y este cap\u00edtulo es demasiado largo. Qu\u00e9dese para un d\u00eda pr\u00f3ximo el tratar de lo que me sugiere mi caprichosa memoria.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>GALD\u00d3S, EDITOR<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Esta ninfa de mis pecados, distra\u00edda y vol\u00e1til, rara vez me da el pormenor de lugares y fechas, trat\u00e1ndose de nuestros viajes o de los asuntos hist\u00f3ricos que juntos presenciamos; pero como yo le pida la exactitud cronol\u00f3gica para referir sucesos o negocios de mi personal inter\u00e9s, suelta la risa y revoloteando me contesta estas desabridas excusas:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Maestro m\u00edo, \u00bfquieres mi auxilio para referir a nuestros lectores el litigio que te viste precisado a sostener con el primer editor de tus obras? Pues tu ninfa, habl\u00e1ndote con la sinceridad que mereces, declara que no debes hablar al p\u00fablico de esa vil prosa de los intereses editoriales. Cont\u00e9mosle al querido lector el c\u00f3mo y el porqu\u00e9 de tu labor literaria; pero de la compra y venta de libros no digas una palabra, que esa monserga mercantil a nadie le interesa.<\/p>\n\n\n\n<p>A lo que respond\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Contra lo que ha dicho mi ninfa gentil, opino yo que el mecanismo de la producci\u00f3n literaria despierta en el p\u00fablico inter\u00e9s m\u00e1s vivo que la producci\u00f3n misma. T\u00fa sabes que ya he terminado la primer a y segunda serie de los Episodios Nacionales; sabes asimismo que estos veinte tomos han tenido gran \u00e9xito de librer\u00eda en Espa\u00f1a y Am\u00e9rica, y no ignoras que tu maestrillo, por el camino que va, no lleva trazas de figurar entre los accionistas del Banco de Espa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Con estos razonamientos nos entretuvimos mi ninfa y yo, y, por fin, me decid\u00ed a poner t\u00e9rmino a la desdichada situaci\u00f3n econ\u00f3mica en que me hab\u00eda puesto el amigo con quien me asoci\u00e9 para imprimir y publicar mis obras. Largas controversias tuvimos el tal y yo para llegar a una concordia; pero no fue posible\u2026 En aquel tiempo ten\u00eda yo cordial amistad con don Antonio Maura. Nos ve\u00edamos diariamente en el congreso, y no tard\u00f3 en llegar la ocasi\u00f3n de manifestarle familiarmente lo que me pasaba. Empez\u00f3 don Antonio por pedirme todos los datos, notas, cartas, cifras referentes al caso, y una vez penetrado del asunto, me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Plantee usted la cuesti\u00f3n en los Tribunales, que yo le defender\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Defensor de la parte contraria fue el diputado por Tenerife, Villalba Herv\u00e1s, buena persona que en mala ocasi\u00f3n vino a ser mi enemigo\u2026 Ya me ten\u00e9is entre letrados, procuradores, jueces y peritos. Intervinimos los libros de contabilidad, que eran muy defectuosos; se nombr\u00f3 un administrador judicial y recorrimos con fatigoso anhelo las vueltas y revueltas, los rincones y pasadizos de la tramitaci\u00f3n jur\u00eddica. Era como una pesadilla que no se acababa nunca. Mi contrincante y yo nos cans\u00e1bamos de aquella interminable y costosa peregrinaci\u00f3n por los tenebrosos dominios del papel sellado, y Maura me aconsej\u00f3 que propusiera a mi contrario llevar el asunto a un arbitraje. As\u00ed se hizo. Hicimos la escritura comprometi\u00e9ndonos a respetar el fallo que dictaran los amigables componedores. Nombramos \u00e1rbitro al ilustre catedr\u00e1tico y jurisconsulto don Gumersindo de Azc\u00e1rate. \u00c9ste estudi\u00f3 detenida y concienzudamente el asunto y dict\u00f3 un laudo que conten\u00eda m\u00e1s de cincuenta pronunciamientos, que dieron por terminado el enfadoso pleito.<\/p>\n\n\n\n<p>Ved aqu\u00ed lo m\u00e1s esencial del laudo: En primer t\u00e9rmino, me reconoc\u00eda la total propiedad de mis obras, pues la mitad de las mismas ten\u00edala por suya el que hab\u00eda sido mi socio industrial. El reconocimiento de la propiedad de mis obras fue para m\u00ed un indudable triunfo. Disuelta la sociedad, el laudo me impon\u00eda la obligaci\u00f3n de abonar a mi contrario una parte bastante crecida de la liquidaci\u00f3n por anticipo que mi socio me hab\u00eda prestado. Por tal concepto ten\u00eda yo que pagar a tocateja 82 000 pesetas.<\/p>\n\n\n\n<p>Como en el curso del litigio se hab\u00eda hecho el recuento de libros existentes, el laudo dispon\u00eda que, dividida en dos partes la existencia, se adjudicara la mitad a mi contrincante, quedando la otra mitad en mi poder, a\u00f1adiendo esta justa disposici\u00f3n: mi contrario no pod\u00eda vender ni reimprimir las obras que le hab\u00edan correspondido; yo s\u00ed pod\u00eda hacerlo, pero agregando a este derecho la obligaci\u00f3n de comprar al precio corriente de librer\u00eda las obras de la parte contraria a cuando la m\u00eda se agotara. En resumen: yo sal\u00ed ganando la propiedad de mis obras, el derecho de reimprimirlas y venderlas; pero esta ventaja positiva se atenuaba hasta cierto punto con un considerable desembolso, que en aquel tiempo era superior a mis fuerzas. Muy agradecido qued\u00e9 a mis ilustres amigos Maura y Azc\u00e1rate, que me sacaron de aquel purgatorio.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi ninfa, que en ciertos casos peca de distra\u00edda y en otros de reparona, aficionada a las estad\u00edsticas, puede dar testimonio de que en el largo tiempo que dur\u00f3 la horrenda crisis del papel sellado no estuve ocioso. En la casa donde establecimos la administraci\u00f3n judicial escrib\u00ed Misericordia y El Abuelo. Tampoco me descuid\u00e9 en ofrendar a Tal\u00eda y Melp\u00f3mene. Retrocedo en mi relato para referir que en el Espa\u00f1ol estren\u00f3 Mar\u00eda Guerrero mi comedia Voluntad, cuyo \u00e9xito no pas\u00f3 de regular. Poco despu\u00e9s di en la Comedia el arreglo de Do\u00f1a Perfecta, cuya protagonista desempe\u00f1\u00f3 con notable acierto Mar\u00eda Tub\u00e1u; Emilio Thullier, Nieves Su\u00e1rez, Josefina \u00c1lvarez, Amato y dem\u00e1s artistas completaron el \u00e9xito, que fue grande y ruidoso, sobre todo en la escena final del acto segundo, cuando en la disputa entablada en el escenario interviene coment\u00e1ndola el formidable estruendo de los clarines de la caballer\u00eda\u2026 Al a\u00f1o siguiente di al Espa\u00f1ol La fiera, asunto referente a la nefanda \u00e9poca de los Apost\u00f3licos, precursora de la guerra civil. Dieron ambiente real a este drama Carmen Cobe\u00f1a, Thuillier, Agapito Cuevas, Valles, Valent\u00edn, Balaguer, Mar\u00eda Canc\u00edo y Carolina Fern\u00e1ndez. Gust\u00f3 bastante la obra, y hoy creo que gustar\u00eda m\u00e1s. No renuncio a que en los d\u00edas presentes se hiciera en cualquiera de los principales teatros de Madrid una revisi\u00f3n de aquella olvidada Fiera.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Prosigo la relaci\u00f3n de mis desconcertadas Memorias diciendo que, vi\u00e9ndome due\u00f1o de mis obras, resolv\u00ed establecerme como editor de ellas en el n\u00famero 132 de la calle de Hortaleza, piso bajo. Dio comienzo con esto una nueva etapa de mi existencia literaria. El considerable desembolso que tuve que hacer para liquidar las resultas del pleito oblig\u00f3me a sacar de mi caletre los elementos necesarios para salir del paso. Como el trabajo no me arredraba, al contrario, era mi mayor delicia, acomet\u00ed la tercera serie de los Episodios Nacionnles. En el plan que para esta serie discurr\u00ed figuraba en primer t\u00e9rmino el t\u00edtulo Zumalac\u00e1rregui. Queriendo documentarme para el estudio de esta figura y de otras, acud\u00ed a mi amigo don Juan V\u00e1zquez de Mella, que a la saz\u00f3n viv\u00eda en la calle de Valverde. Amable en extremo don Juan, me dio cartas para visitar diferentes pueblos y personas de Guip\u00fazcoa, Vizcaya y Navarra. Con las cartas de introducci\u00f3n que me dio don Juan me dirig\u00ed a Cegama, Azpetia, Pamplona, Puente de la Reina, Estella, Viana y otras poblaciones que fueron teatro de las guerras civiles. En Cegana visit\u00e9 al cura don Miguel de Zumalac\u00e1rregui, sobrino carnal del famoso caudillo, que muri\u00f3 en aquella villa el 24 de junio de 1835, al volver malherido del primer sitio de Bilbao. El bondadoso y simp\u00e1tico don Miguel me recibi\u00f3 en su casa con tanta cortes\u00eda como afabilidad, mostr\u00e1ndome la estancia en que su t\u00edo entreg\u00f3 su alma a Dios. Vi la cama cubierta con una colcha de damasco amarillo. Completaban el decorado de la alcoba las armas y el retrato del h\u00e9roe con estampas y cuadros religiosos que le daban aspecto de capilla, sin que faltase un altarito donde presum\u00ed que algunos d\u00edas dir\u00eda sus misas don Miguel. \u00c9ste me coniv\u00edd\u00f3 a comer; mas como yo no pod\u00eda detenerme por llevar tasado el tiempo, rehus\u00e9 cort\u00e9smente la invitaci\u00f3n. El buen sacerdote no quiso que me marchara sin aceptar una copita de vino blanco, como es uso del pa\u00eds. Llev\u00f3me luego al trav\u00e9s de la casa, cuyos pisos, as\u00ed como la escalera, bru\u00f1idos por la cera, retemblaban a nuestro paso. En porta1 vi unas pesas colosales de forma primitiva, como suelen verse en todas las casas guipuzcoanas. Salimos el cura y yo; por un puentecillo pasamos a una plazoleta y entramos en la iglesia parroquial de la villa, que me pareci\u00f3 grande y despejada. Llev\u00f3me don Miguel a una capilla de la derecha para que viese y admirase el sepulcro donde yacen los restos mortales de don Tom\u00e1s Zumalac\u00e1rregui, campe\u00f3n del carlismo y uno de los estrat\u00e9gicos m\u00e1s notables de su \u00e9poca. Corona el sepulcro una estatua colosal del caudillo, Que no me pareci\u00f3 expresar bien la severa gallard\u00eda y arrogancia de aquella figura que con un gesto y una voz conduc\u00eda a su hueste a encarnizadas peleas. Me guard\u00e9 bien de comunicar esta impresi\u00f3n cr\u00edtica de momento al simp\u00e1tico don Miguel y me desped\u00ed de \u00c9l y de Cegama con los afectos expresivos que el buen sacerdote merec\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Al siguiente d\u00eda tom\u00e9 un coche de Beasa\u00edn para irme a Azpeitia, lugar famoso de cuyo nombre era deber m\u00edo acordarme siempre, porque all\u00ed naci\u00f3 mi abuelo materno, don Domingo Gald\u00f3s y Alcorta, var\u00f3n digno y virtuoso, contempor\u00e1neo, seg\u00fan creo, de la Revoluci\u00f3n francesa. En los \u00faltimos a\u00f1os del siglo XVIII fue destinado aquel se\u00f1or a Las Palmas con el cargo de secretario de la lnquisici\u00f3n. Esos empleos eran a la saz\u00f3n desempe\u00f1ados por seglares. Llev\u00f3me a la villa de Azpeitia, adem\u00e1s de mi curiosidad de cronista, el af\u00e1n de conocer alg\u00fan vestigio, si lo hab\u00eda, en el tronco del \u00e1rbol vital a que pertenece mi humilde persona. El pueblo me pareci\u00f3 fe\u00edsimo; las casas, altas y sombr\u00edas. La iglesia parroquial, titulada de San Sebasti\u00e1n y San Ignacio, es hermosa, con un magn\u00edfico p\u00f3rtico de don Ventura Rodr\u00edguez. En el interior existe la pila en que fue bautizado San Ignacio de Loyola.<\/p>\n\n\n\n<p>Me hosped\u00e9 en la c\u00f3moda y espaciosa fonda de Arteche, yen ella primero, divagando luego por las calles, trat\u00e9 de indagar si hab\u00eda en Azpeitia alguna persona en que pudiera encontrar aclaraci\u00f3n pr\u00f3xima o distante de mi familia. Lo \u00fanico que supe fue que los \u00faltimos Gald\u00f3s se hab\u00edan ausentado de Azpeitia algunos a\u00f1os antes. S\u00f3lo un viejecito que me depar\u00f3 la due\u00f1a de la fonda me dijo que en el convento de religiosas, no s\u00e9 si dominicas o bernardas, exist\u00eda una monja muy anciana que llevaba mi apellido. Ni corto ni perezoso, me fui al convento, situado al otro lado de un rio, que creo era el Urola. Abierta estaba la iglesia, entr\u00e9 en ella y me vi en una soledad misteriosa y apacible. S\u00f3lo turbaba el silencio de aquel recinto el rezo gangoso de dos viejas sentadas en un banco no lejos de m\u00ed. Pas\u00f3 en esto un sacrist\u00e1n, que agitando un manojo de llaves, nos indicaba que no tardar\u00eda en cerrar la iglesia. Obedeciendo a repentina corazonada, pregunt\u00e9 al sacrist\u00e1n si conoc\u00eda a una religiosa de aquel monasterio que llevara el apellido de Gald\u00f3s. Y el sacrist\u00e1n, rasc\u00e1ndose la frente como para escarbar en su memoria, me contest\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esta se\u00f1ora debi\u00f3 pasar a mejor vida cuatro a\u00f1os ha.<\/p>\n\n\n\n<p>Y, oyendo esto, avanz\u00f3 una de las viejas y metiendo baza en lo que habl\u00e1bamos, dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014D\u00edgote yo que la madre Ignacia Gald\u00f3s, que era una santa, pues, \u00bflo dudas o qu\u00e9?, subi\u00f3 al Cielo el d\u00eda de la Pur\u00edsima Concepci\u00f3n del a\u00f1o que tuvimos la crecida de1 r\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Secamente afirm\u00f3 el sacrist\u00e1n:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014El noventa.<\/p>\n\n\n\n<p>Y los cuatro abandonamos el recinto mudo y t\u00e9trico. Acompa\u00f1\u00e1ndome hasta la fonda, d\u00edjome el sacrist\u00e1n que no ten\u00eda noticia de que hubiera en Azpeitia persona del apellido que llevaba la santa religiosa; pero que un se\u00f1or muy entendido en linajes, hablando en la sacrist\u00eda de la parroquia, hab\u00eda sostenido que \u00fanicamente en La Habana hab\u00eda ya Galdoses\u2026 En La Habana y en otras islas de por all\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Tempranito sent\u00edamos los hu\u00e9spedes de la fonda que no \u00e9ramos madrugadores un toquecito de nudillos en la puerta. Era la camarera, que nos dec\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Caballero, ha perdido dos misas; ya s\u00f3lo falta una, que, si no se levanta pronto, la perder\u00e1 tambi\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto no iba conmigo. La segunda ma\u00f1ana que all\u00ed estuve me levant\u00e9 a buena hora, y, tomando mi desayuno, dije a la patrona:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo voy a misa al Santuario de Loyola, que est\u00e1 a mitad del camino entre Azpeitia y Azcoitia.<\/p>\n\n\n\n<p>Dicho y hecho; a pie me fui al famoso monasterio, centro y emporio de la Orden ignaciana. Grandiosa escalinata da ingreso a la iglesia, que es de traza circular. Dominan en ella el mal gusto art\u00edstico y la riqueza en m\u00e1rmoles y jaspes, materiales que tanto abundan en el pr\u00f3ximo monte de lz\u00e1rriz. En documentos del siglo XVIII hemos visto descripciones ampulosas y un tanto fant\u00e1sticas de este soberbio edificio. Dicen que en \u00e9l se ha representado un \u00e1guila al vuelo, cuyo cuerpo es la iglesia; el pico, la portada; las alas, el nuevo edificio destinado para Seminario y la Casa Santa de Loyola a uno y otro lado del templo; la cola forma el refectorio y otras oficinas. Examinada la iglesia, vi la Casa Santa, edificio lugare\u00f1o de piedra y ladrillo donde vio la luz el fundador de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas. En una de las estancias del piso tercero hay una sagrada, porque en ella convaleci\u00f3 el santo de la ca\u00edda y heridas que hubo de sufrir en el castillo de Pamplona siendo militar. Dicha capilla est\u00e1 revestida de jaspes y ornada de pinturas y esculturas muy lindas. En el mismo piso, ricamente adornado, se venera la estancia en que naci\u00f3 el fundador de la Compa\u00f1\u00eda\u2026 El colegio, propiamente llamado Imperial, pude verlo, aunque muy a la ligera. Es tan grande como suntuoso. El hermano lego que me guiaba por aquel complicado laberinto me dej\u00f3 admirar r\u00e1pidamente los espaciosos dormitorios, comedores, aulas, bibliotecas, y otras dependencias de aquel que m\u00e1s que colegio deb\u00eda llamarse grandiosa Universidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Sal\u00ed de Loyola con la sensaci\u00f3n intensa de las poderosas ramificaciones del jesuitismo en todo el orbe cat\u00f3lico. Caminando hacia Azcoitia no se apartaba de mi pensamiento la perdurable relaci\u00f3n de mi abolengo con el nombre del creador de la Orden ignaciana. Ignacio se llam\u00f3 uno de mis t\u00edos: Ignacio, mi hermano, e Ignacio, dos sobrinos m\u00edos. En Azcoitia me met\u00ed en una diligencia que sal\u00eda para Elorrio, y all\u00ed tom\u00e9 otra que a Bilbao se dirig\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Aplazada para d\u00edas pr\u00f3ximos las visitas que con las cartas de Mella pens\u00e9 hacer a poblaciones navarras, de Bilbao me fui a Madrid. Apret\u00e1bame a ello el deseo de encerrarme por alg\u00fan tiempo en mi casa editorial, recientemente establecida en la calle Hortaleza, para activar los trabajos de la venta de mis obras y de la preparaci\u00f3n de Zumalac\u00e1rregui, que hab\u00eda de ser la primera de la tercera serie proyectada. En el despacho de la calle de Hortaleza era punto fijo la vagarosa ninfa que Dios me hab\u00eda deparado para auxilio y gu\u00eda de mi entendimiento en el ordinario traj\u00edn de los menesteres literarios. Por cualquier f\u00fatil motivo agriamente me re\u00f1\u00eda, llam\u00e1ndome holgaz\u00e1n, olvidadizo y qu\u00e9 s\u00e9 yo qu\u00e9. Una ma\u00f1ana me sali\u00f3 con esta cantinela:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tontaina, \u00bfno sabes que te has comprometido a no dilatar tu ingreso en la Academia? La fecha en que fuiste elegido se pierde ya en los tiempos de Maricasta\u00f1a. Ya debieras haber escrito, o por lo menos pensado, el discursillo que es de ritual en acto tan solemne.<\/p>\n\n\n\n<p>Con repetidas instancias de este jaez la discreta ninfa gan\u00f3 mi voluntad y puse mano en la pieza oratoria, que me sali\u00f3 corta y ce\u00f1ida. Hice el debido elogio de mi antecesor en la silla N, don Le\u00f3n Galindo de Vera, y tuve la suerte y el honor de que se encargara de contestarme el insigne pol\u00edgrafo don Marcelino Men\u00e9ndez y Pelayo. El acto result\u00f3 muy lucido, destac\u00e1ndose el admirable discurso de Marcelino sobre el m\u00edo, modesto y t\u00edmido en su complexi\u00f3n. Dos semanas despu\u00e9s ingres\u00f3 en la docta Corporaci\u00f3n el gran escritor y novelista don Jos\u00e9 Mar\u00eda de Pereda. Mi amistad estrech\u00edsima con el insigne monta\u00f1\u00e9s me movi\u00f3 a reclamar la honra de contestarle. As\u00ed se hizo, y si Pereda, fue justamente aclamado, yo no qued\u00e9 mal en aquella segunda prueba. Los cuatro discursos de estas dos recepciones fueron publicados despu\u00e9s en elegante volumen por la casa editorial de Victoriano Su\u00e1rez. Corr\u00eda febrerillo loco de 1897. El a\u00f1o \u00a1ay!, se presentaba con poco seso. En agosto fue asesinado en Santa \u00c1gueda el m\u00e1s alto de nuestros estadistas: C\u00e1novas del Castillo. Con silencioso y traicionero andar ven\u00eda hacia Espa\u00f1a el siniestro 98.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00daLTIMAS NOTAS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cap\u00edtulo I<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En los a\u00f1os 1901 y 1902 frecuentaba yo Par\u00eds, no s\u00f3lo por la atracci\u00f3n que ejerc\u00eda siempre sobre m\u00ed la gran metr\u00f3poli, sino por mantener vivo el trato con mi amigo de la infancia Fernando Le\u00f3n y Castillo, que desempe\u00f1aba por segunda vez el cargo de Embajador de Espa\u00f1a en aquella Rep\u00fablica.<\/p>\n\n\n\n<p>En este mismo semanario[5], y en multitud de obras m\u00edas, he referido mis visitas al Palacio de Castilla (avenue Kleber) y las conversaciones que tuvimos Le\u00f3n y yo con la reina Do\u00f1a Isabel. En las entrevistas de esta segunda etapa hab\u00eda variado visiblemente el aspecto de Su Majestad: a la peluquita rubia que antes usaba substitu\u00eda ya una cabellera blanca, aureola de dignidad y simpat\u00eda. Andaba lentamente, apoy\u00e1ndose en un bast\u00f3n; pero sus atractivos personales, la gracia, el donaire, la dulce iron\u00eda de su conversaci\u00f3n, no hab\u00edan cambiado; antes bien, los acontecimientos de actualidad exacerbaban la sutileza y la donosura picaresca de sus razonamientos. Aunque moraba en territorio extranjero, su coraz\u00f3n permanec\u00eda en Espa\u00f1a, y en sus conversaciones s\u00f3lo trataba de asuntos exclusivamente espa\u00f1oles.<\/p>\n\n\n\n<p>Era, pues, un alma espa\u00f1ola, con todos los defectos y las buenas cualidades de la raza; pero \u00e9stas no fueron bastante conocidas y apreciadas como debieron serlo, pues la opini\u00f3n vulgar m\u00e1s abultaba los errores que atenuaba los aciertos. Era do\u00f1a Isabel tan generosa que, sin instigaci\u00f3n de nadie, perdonaba todas las ofensas que hab\u00eda recibido, conservando fresca en su memoria la gratitud a los adictos. Jam\u00e1s o\u00edmos de sus labios una palabra rencorosa; y a\u00fan en la soledad de su destierro forzoso, supo mantener las apariencias ceremoniosas de Reina afectiva. Recuerdo que una tarde, estando Le\u00f3n y yo en la c\u00e1mara regia, o\u00edmos preludiar en el piano un trozo de Norma, y Do\u00f1a Isabel exclam\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Ah!\u2026 Ya est\u00e1 aqu\u00ed madame Lagrange; vamos a o\u00edrla.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasamos al sal\u00f3n, y vimos a una se\u00f1ora que, caladas las gafas, tocaba en el piano pasajes de \u00f3peras. Ana de Lagrange era una cantante extraordinaria, que hab\u00eda hecho las delicias del p\u00fablico en Madrid durante largos a\u00f1os. Cant\u00f3 en el Teatro Real con exquisito arte las \u00f3peras m\u00e1s en boga en aquellos tiempos. Adem\u00e1s, era se\u00f1ora dign\u00edsima, de esmerada educaci\u00f3n y atractivo social. Do\u00f1a Isabel hizo amistad con ella, y a menudo la invitaba a pasar largas horas en el Real Palacio, luciendo su arte de cantante y de pianista.<\/p>\n\n\n\n<p>Cap\u00edtulo II<\/p>\n\n\n\n<p>Pas\u00f3 tiempo; cambi\u00f3 la situaci\u00f3n pol\u00edtica de la Reina, y cuando \u00e9sta, libre ya de las obligaciones del Estado, resid\u00eda lejos de su patria, tambi\u00e9n Ana de Lagrange, que por su avanzada edad hab\u00eda perdido el centro de la escena, requiri\u00f3 en Par\u00eds la amistad de Isabel II, y casi diariamente iba al Palacio de Castilla a regalar los o\u00eddos de a soberana con la m\u00fasica m\u00e1s selecta.<\/p>\n\n\n\n<p>Gozababa esta se\u00f1ora en Par\u00eds de cierta popularidad, como lo demostraba el hecho de que al salir la Reina de paseo hab\u00eda en la calle dos filas de personas que la miraban con gran curiosidad, y a veces se o\u00eda un murmullo de simpat\u00eda y admiraci\u00f3n: cosa rara en Par\u00eds, donde pasaban inadvertidas tantas reinas destronadas, sin que nadie parara mientes en ellas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MEMORIAS DE UN DESMEMORIADO MI LLEGADA A LA CORTE Cap\u00edtulo I Un amigo m\u00edo, con quien me unen v\u00ednculos sempiternos,&#46;&#46;&#46;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":5367,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,4,13,114,142,141],"tags":[],"class_list":["post-3380","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-bibliografia","category-biografia","category-homenaje","category-memorias","category-memorias-de-un-desmemoriado"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - 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