{"id":3578,"date":"2015-06-09T01:42:00","date_gmt":"2015-06-08T23:42:00","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=3578"},"modified":"2015-06-09T01:42:00","modified_gmt":"2015-06-08T23:42:00","slug":"la-reina-isabel-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/la-reina-isabel-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"La Reina Isabel, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Cap\u00edtulo I<\/h2>\n\n\n\n<p><strong>L<\/strong>a primera vez que tuve el honor de visitar \u2014en el palacio de la avenida Kl\u00e9ber\u2014 a la reina do\u00f1a Isabel, me impuso la presencia de esta se\u00f1ora un alelado respeto, pues no es lo mismo tratar con majestades en las p\u00e1ginas de un libro o en los cuadros de los museos, que verlas y o\u00edrlas y tener que decirles algo, dando uno la cara, en visitas de carne y hueso, sujetas a inflexibles reglas ceremoniosas. Por mi gusto, me habr\u00eda limitado a las f\u00f3rmulas de cortes\u00eda y homenaje, tomando a rengl\u00f3n seguido la puerta, sin intentar siquiera exponer el objeto de mi visita, el cual no era otro que solicitar de la majestad que se dignase contar cosas y menudencias de su reinado, haciendo la historia que suena despu\u00e9s de haber hecho la que palpita\u2026 Pero el embajador de Esparta, mi amigo de la infancia, que era mi introductor y fiador m\u00edo en tal empresa, hombre muy hecho al trato de personas altas, me sac\u00f3 de aquella turbaci\u00f3n, y f\u00e1cilmente expres\u00f3 a la Reina el gusto que tendr\u00edamos de o\u00edr de sus labios memorias dulces y tristes de un tiempo azaroso. Con exquisita bondad acogi\u00f3 Isabel\u00a0II la pretensi\u00f3n, y trat\u00e1ndome como a persona suya, que por suyos tuvo siempre a todos los espa\u00f1oles, me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Te contar\u00e9 muchas cosas, muchas; unas para que las escribas\u2026, otras para que las sepas.<\/p>\n\n\n\n<p>A los diez minutos de conversaci\u00f3n, ya se hab\u00eda roto, no dir\u00e9 el hielo, porque no lo hab\u00eda sino el macizo de mi perplejidad ante la alteza jer\u00e1rquica de aquella se\u00f1ora, que m\u00e1s grande me parec\u00eda por desgraciada que por Reina. Me aventuraba yo a formular preguntas acerca de su infancia, y ella, con vena jovial, refer\u00eda los incidentes c\u00f3micos, los pat\u00e9ticos, con sencillez grave; a lo mejor su voz se entorpec\u00eda, su palabra buscaba un giro delicado, que dejaba entrever agravios prescritos, ya borrados por el perd\u00f3n. Hablaba Do\u00f1a Isabel un lenguaje claro y castizo, usando con frecuencia los modismos m\u00e1s fluidos y corrientes del castellano viejo, sin asomos de acento extranjero, y sin que ninguna idea ex\u00f3tica asomase por entre el tejido espeso de espa\u00f1olas ideas. Era su lenguaje propiamente burgu\u00e9s y rancio, sin arca\u00edsmo: el idioma que hablaron las se\u00f1oras bien educadas digo, no arist\u00f3cratas. Se form\u00f3, sin duda, el habla de la Reina en el c\u00edrculo de se\u00f1oras, mestizas de nobleza y servidumbre, que debieron componer su habitual tertulia y trato en la infancia y en los comienzos del reinado. Eran sus ademanes nobles, sin la estirada distinci\u00f3n de la aristocracia modernizada, poco espa\u00f1ola, de rigidez inglesa, importadora de nuevas maneras y de nuevos estilos elegantes de no hacer nada y de menospreciar todas las cosas de esta tierra. La amabilidad de Isabel\u00a0II ten\u00eda mucho de dom\u00e9stica. La Naci\u00f3n era para ella una familia, propiamente la familia grande, que por su propia limitaci\u00f3n permite que se le den y se le tomen todas las confianzas. En el trato con los espa\u00f1oles no acentuaba sino muy discretamente la diferencia de categor\u00edas, como si obligada se creyese a extender la majestad suya y dar con ella cierto agasajo a todos los de la casa nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>Cont\u00f3 pasajes salad\u00edsimos de su infancia, marcando el contraste entre sus aventuras y la bondadosa austeridad de Quintana y Arg\u00fcelles. Graciosos di\u00e1logos con Narv\u00e1ez refiri\u00f3, sobre cu\u00e1l de los dos ten\u00eda peor ortograf\u00eda. Indudablemente, el General quedaba vencido en estas disputas, y as\u00ed lo demostraba la Reina con textos que conservaba en su memoria y que repet\u00eda marcando las incorrecciones. En el curso de la conversaci\u00f3n, para ella tan grata como para los que la escuch\u00e1bamos, hac\u00eda con cuatro rasgos y una sencilla an\u00e9cdota los retratos de Narv\u00e1ez,\u00a0O\u2019Donnell\u00a0o Espartero, figuras para ella tan familiares, que a veces le bastaba un calificativo para pintarlas magistralmente\u2026 Le o\u00ed referir su impresi\u00f3n, el 2 de febrero del 52, al ver aproximarse a ella la terrible figura del cl\u00e9rigo Merino, impresi\u00f3n m\u00e1s de sorpresa que de espanto, y su inconsciencia de la tr\u00e1gica escena por el desvanecimiento que sufri\u00f3, efecto, m\u00e1s que de la herida, del griter\u00edo que estall\u00f3 en torno suyo y del terror de los cortesanos. Algo dijo de la famosa escena con Ol\u00f3zaga en la c\u00e1mara real en 1844<a href=\"#calibre_link-92\"><sup>[6]<\/sup><\/a>; mas no con la puntualizaci\u00f3n de hechos y claridades descriptivas que habr\u00edan sido tan gratas a quien enfilaba el o\u00eddo para no perder nada de tan amenas historias\u2026 Emple\u00f3 m\u00e1s tiempo del preciso en describir los dulces que dio a don Salustiano para su hija, y la linda bolsa de seda que los conten\u00eda. Resultaba la historia un tanto caprichosa, clara en los pormenores y precedentes, oscura en el caso esencial y concreto, dejando entrever una versi\u00f3n distinta de las dos que corrieron, favorable la una, adversa la otra a la pobrecita Reina, que en la edad de las mu\u00f1ecas se ve\u00eda en trances tan duros del juego pol\u00edtico y constitucional, regidora de todo un pueblo, entre partidos fieros, implacables, y pasiones desbordadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuatro palabritas acerca del\u00a0Ministerio Rel\u00e1mpago\u00a0habr\u00edan sido el m\u00e1s rico manjar de aquel fest\u00edn de historia viva; pero no se present\u00f3 la narradora en este singular caso tan bien dispuesta a la confianza como en otros. M\u00e1s generosa que sincera, ampar\u00f3 con ardientes elogios la memoria de la moja Patrocinio.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Era una mujer muy buena \u2014nos dijo\u2014; era una santa, y no se met\u00eda en pol\u00edtica, ni en cosas del Gobierno. Intervino, s\u00ed, en asuntos de mi familia, para que mi marido y yo hici\u00e9ramos las paces; pero nada m\u00e1s. La gente desocupada invent\u00f3 mil cat\u00e1logos, que han corrido por toda Espa\u00f1a y por todo el mundo\u2026 Cierto que aquel cambio del Ministerio fue una equivocaci\u00f3n; pero al siguiente d\u00eda qued\u00f3 todo arreglado<a href=\"#calibre_link-93\"><sup>[7]<\/sup><\/a>\u2026 Yo ten\u00eda entonces diecinueve a\u00f1os\u2026 \u00c9ste me aconsejaba una cosa; aqu\u00e9l, otra, y luego ven\u00eda un tercero que le dec\u00eda: ni aquello ni esto debes hacer, sino lo de m\u00e1s all\u00e1\u2026 P\u00f3ngase ustedes en mi caso. Diecinueve a\u00f1os y metida en un laberinto por el cual ten\u00eda que andar palpando las paredes, pues no hab\u00eda luz que me guiara. Si alguno me encend\u00eda una luz, ven\u00eda otro y me la apagaba\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Gustosa de tratar este tema, no se recat\u00f3 para decirnos cu\u00e1n dif\u00edciles fueron para ella los comienzos de su reinado, expuesta a mil tropiezos por no tener a nadie que desinteresadamente le diera consejo y gu\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Los que pod\u00edan hacerlo no sab\u00edan una palabra de arte de gobierno constitucional: eran cortesanos que s\u00f3lo entend\u00edan de etiqueta, y como se trataba de pol\u00edtica, no hab\u00eda quien les sacara del absolutismo. Los que eran ilustrados y sab\u00edan de constituciones y de todas estas cosas, no me aleccionaban sino en los casos que pudieran serles favorables, dej\u00e1ndome a oscuras si se trataba de algo que en mi buen conocimiento pudiera favorecer al contrario. \u00bfQu\u00e9 hab\u00eda de hacer yo, jovencilla, Reina a los catorce a\u00f1os, sin ning\u00fan freno en mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado m\u00edo m\u00e1s que personas que se doblaban como ca\u00f1as, ni oyendo m\u00e1s que voces de adulaci\u00f3n que me aturd\u00edan? \u00bfQu\u00e9 hab\u00eda de hacer yo?\u2026 P\u00f3ngase en mi caso.<\/p>\n\n\n\n<p>Puestos en su caso con el pensamiento, f\u00e1cilmente lleg\u00e1bamos a la conclusi\u00f3n que s\u00f3lo siendo Do\u00f1a Isabel criatura sobrenatural habr\u00eda triunfado de tales obst\u00e1culos. Si yo hubiera tenido confianza y autoridad, habr\u00edame quiz\u00e1 atrevido a decirle: \u00ab\u00bfVerdad, Se\u00f1ora, que en la mente de Vuestra Majestad no entr\u00f3 jam\u00e1s la idea del Estado? Entr\u00f3, s\u00ed, la realeza, idea f\u00e1cilmente adquirida en la propia cuna; pero el Estado, el invisible ser pol\u00edtico de la Naci\u00f3n, expresado con formas de lenguaje antes que por pomposas galas que hablan exclusivamente a los ojos, rondaba el entendimiento de Vuestra Majestad sin decidirse a entrar en \u00e9l. \u00bfVerdad que criaron a Vuestra Majestad en la persuasi\u00f3n de que pod\u00eda hacer cuanto se le antojara, y quitar y poner gobernantes como si cambiase de ropa? \u00bfNo confi\u00f3 la Reina demasiado en el amor de su pueblo y en la protecci\u00f3n divina, dos cosas, \u00a1ay!, sujetas a inesperadas, lastimosas quiebras? Porque los pueblos aman y Dios protege, pero siempre con su cuenta y raz\u00f3n. El amor de los pueblos suele ser m\u00e1s ego\u00edsta que el de los hombres, y han de menester los Reyes de una constante atenci\u00f3n sobre las vidas y sobre los intereses de la familia nacional para que \u00e9sta se mantenga firme en sus cari\u00f1os y no se revuelva cuando se ve burlada y convertida en reba\u00f1o. El favor del Cielo debi\u00f3 Vuestra Majestad esperarlo como sanci\u00f3n de sus actos y de su fiel cumplimiento de las leyes, y no vislumbrarlo tras de las milagrer\u00edas y enredos con que alucinaban a la pobre ni\u00f1a Reina los traficantes en piedad o cambiantes de alma por intereses y de intereses por almas. Muchos ingratos vio Isabel\u00a0II en su largo camino desde la coronaci\u00f3n al destierro, y a no pocos hubo de perdonar el mal que le hicieron a trueque de tantos beneficios; pero hombres de entereza y de gran virtud hall\u00f3 tambi\u00e9n en ese camino, y no supo valerse ellos. De los ingratos y de los que no lo eran, de la ambici\u00f3n de los revoltosos y del padecer de los pac\u00edficos, del resentimiento de muchos y del derecho de todos, se form\u00f3 la gran justicia del 68, ardua, inevitable sentencia que nadie puede condenar analizando sus or\u00edgenes oscuros, sus medios desusados, porque los pueblos, cuando se juega la vida por la vida, ponen en el lace todo lo que poseen\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Claro que esto fue pensado, y antes morir\u00eda yo que decirlo en la visita. A\u00fan el pensarlo all\u00ed era gran impertinencia, por lo cu\u00e1l es lo m\u00e1s probable que lo pens\u00e9 despu\u00e9s. En la visita yo no hac\u00eda m\u00e1s que recrearme oyendo el encantador murmullo de la Historia viva, fresca, brotando de su nativo manantial. Do\u00f1a Isabel, anim\u00e1ndose con el renovar de sus a\u00f1ejas memorias, a cada instante tomaba m\u00e1s gusto de sus cuentos, por el propio sabor de ellos y por la conciencia que ten\u00eda la narradora de su gracioso contar. Verdad que los asuntos que iban saliendo, ella escog\u00eda los de su conveniencia y mayor agrado, desechando los que la enfadaban o los que por tener espinas no pod\u00edan pasar sin dolor de su pensamiento a sus labios. Al fin, sintetizando ya los pasajes alegres y dolorosos que hab\u00eda contado y como queriendo engarzar con un hilo de oro las buenas y las venturas, dijo estas palabras, que en mi mente conservo bien grabada:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo tengo todos los defectos de mi raza, lo reconozco; pero tambi\u00e9n alguna de sus virtudes\u2026<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Cap\u00edtulo II<\/h2>\n\n\n\n<p><strong>O<\/strong>tro d\u00eda nos dio m\u00e1s referencias interesantes de cosas y personas, y esclareci\u00f3 alg\u00fan suceso desvirtuado por la pasi\u00f3n. Inclinado su \u00e1nimo al pesimismo, vimos nublarse su rostro y empa\u00f1arse el azul de sus ojos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014S\u00e9 que lo he hecho muy mal; no quiero ni debo rebelarme contra las cr\u00edticas acerbas de mi reinado\u2026 Pero no ha sido m\u00eda toda la culpa, no ha sido m\u00eda\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Acudi\u00f3 Le\u00f3n y Castillo a dar consuelo al esp\u00edritu de la Reina con la fina lisonja que su cortes\u00eda y su cari\u00f1osa adhesi\u00f3n le dictaban. Ponder\u00f3 los progresos del reinado de Isabel\u00a0II, el desarrollo de la riqueza, la difusi\u00f3n de la cultura, el aumento del bienestar; se\u00f1al\u00f3 las puras glorias de la guerra de \u00c1frica, las victorias logradas en el terreno del arte y las letras, los ferrocarriles y tantas otras cosas que la Reina no encontr\u00f3 el d\u00eda de su advenimiento y dej\u00f3 el d\u00eda de su fin pol\u00edtico. Pero aun teniendo estas afirmaciones en boca del Embajador toda la verdad del mundo, no convenc\u00edan a la Reina de la fecundidad de su reinado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pero hay m\u00e1s, mucho m\u00e1s \u2014dec\u00eda\u2014, que pudo hacerse y no se hizo; ha faltado tiempo, ha faltado espacio\u2026 Yo quiero, he querido siempre el bien del pueblo espa\u00f1ol. El querer lo tiene una en el coraz\u00f3n; pero \u00bfel poder d\u00f3nde est\u00e1?\u2026 S\u00f3lo Dios manda el poder cuando nos conviene\u2026 S\u00f3lo Dios manda el poder cuando nos conviene\u2026 o he querido\u2026 El no poder, \u00bfha consistido esto en m\u00ed o en los dem\u00e1s? \u00c9sta es mi duda.<\/p>\n\n\n\n<p>Lleg\u00f3 el momento de la despedida. La Reina, que deseaba moverse y andar, sali\u00f3 al sal\u00f3n, apoyada en su b\u00e1culo. Fue aqu\u00e9lla mi postrera visita y la \u00faltima vez que la vi. Vest\u00eda un traje holg\u00f3n de terciopelo azul; su paso era lento y trabajoso. En el sal\u00f3n nos despidi\u00f3, repitiendo las f\u00f3rmulas tiernas de amistad que prodigaba con singular encanto. Su rostro venerable, su mirada dulce y afectuosa persistieron largo tiempo en mi memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>Recordando despu\u00e9s, lejos ya del palacio de Castilla, las \u00faltimas expresiones de desaliento que o\u00edmos a la Reina ca\u00edda, y aquella otra declaraci\u00f3n que en anterior visita hizo referente a los defectos y virtudes castizas que reconoce en s\u00ed, vine a pensar que sus virtudes pueden pertenecer al n\u00famero y calidad de las elementales y nativas, y que los defectos, como producto de la descuidada educaci\u00f3n y de la indisciplina, pudieron ser corregidos si en la infancia hubiera tenido Isabel a su lado persona de inflexible poder educativo, y si en la \u00e9poca de la formaci\u00f3n moral la asistiese un corrector dulce, un maestro de voluntad que le ense\u00f1ara las funciones de Soberana constitucional o fortificara su conciencia vacilante y sin aplomo. No se apartaba de mi mente la imagen de la dama bondadosa, tal como en sus floridos a\u00f1os nos la presentaron las pinturas de la \u00e9poca, y pensando en ella hac\u00eda lo que hacemos todos cuando leemos p\u00e1ginas tristes de un desastre hist\u00f3rico y de las ruinas y desolaci\u00f3n de los reinos. Nos complacemos en desbaratar todo aquel catafalco de verdades y edificarlo de nuevo a nuestro gusto. Yo reconstruir\u00eda el reinado de Isabel\u00a0II desde sus cimientos, y a mi gusto lo levantaba despu\u00e9s hasta la c\u00faspide o b\u00f3veda m\u00e1s alta, poniendo la fortaleza donde estuvo la debilidad, la prudencia en vez de las resoluciones temerarias, el sereno sentir de las cosas donde moraron la superstici\u00f3n y el miedo. Y en esta reconstrucci\u00f3n empezaba, como he dicho, por el fundamento, y lo primero que enmendaba era el enorme desacierto de las bodas reales.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin ofender a nadie, y por puro pasatiempo imaginativo, puede uno dedicar sus ratos de meditaci\u00f3n a ejercer de Providencia que vela por los pueblos desgraciados. Reformaba yo la Historia, y hac\u00eda del reinado de Isabel, con la misma Isabel, no con otra, un reinado de bienandanzas. Las bellas cualidades de la Soberana las dejaba como eran y han sido hasta el d\u00eda de su muerte, y los defectos reduc\u00edalos a lo m\u00e1s m\u00ednimo, casi a la nada, bajo la acci\u00f3n dulce de un matrimonio dictado por la raz\u00f3n y fortificado por el mutuo cari\u00f1o. Casaba yo a la Reina de Espa\u00f1a con un pr\u00edncipe ideal, escogido entre los mejores de Europa, y como esto que digo es imaginaci\u00f3n o m\u00e1s bien sue\u00f1o, no estoy obligado a decir el nombre, y lo designaba s\u00f3lo con la socorrida f\u00f3rmula te\u00f3rica de Equis. Equis daba su mano a Isabel, a despecho de Palmerston y de Guizot, y casados se quedaron, quisi\u00e9ranlo o no las entrometidas matronas Inglaterra y Francia\u2026 Hecho esto, faltaba otra cosa en el restaurado edificio hist\u00f3rico. Para que Isabel ejerciera noblemente su soberan\u00eda constitucional, eleg\u00eda yo entre los hombres pol\u00edticos que hemos tenido desde aquellas calendas a don Antonio C\u00e1novas, no como era el 46, un mozuelo sin experiencia, sino como fue despu\u00e9s, en la madurez de su laboriosa vida pol\u00edtica. Con el C\u00e1novas de 1876 puesto treinta altos atr\u00e1s en la serie hist\u00f3rica, transmutaci\u00f3n admisible en la ley del ensue\u00f1o, no hab\u00eda miedo de que a espaldas de los Gobiernos visibles trabajasen en las sombras palatinas las camarillas enmascaradas, apartando de su direcci\u00f3n recta las resoluciones del gobierno. C\u00e1novas (y quien sue\u00f1a C\u00e1novas puede so\u00f1ar Prim o Sagasta, aunque \u00e9stos habr\u00edan sido m\u00e1s \u00fatiles en d\u00edas posteriores del reinado) hubiera hecho de la servidumbre de Palacio lo que deb\u00eda ser: habr\u00eda cortado toda comunicaci\u00f3n con monjitas ext\u00e1ticas y capellanes traviesos, suprimiendo con s\u00f3lo un gesto la milagrer\u00eda y embusteras santidades, que as\u00ed desdoraban el altar como el trono\u2026 Pues este estadista ideal, que he llamado C\u00e1novas porque los talentos y el rigor de este hombre de nuestro tiempo par\u00e9cenme los m\u00e1s adecuados para inaugurar en aqu\u00e9llos un reinado eficaz, es otra equis, que con la del Rey completa la existencia privada y pol\u00edtica de Isabel\u00a0II.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero \u00bfqui\u00e9n nos asegura que estos dos emblemas o signos, puesta la equis pol\u00edtica a la izquierda de la Reina, a la derecha la equis marital, habr\u00edan podido contener el empuje de las facciones, hacer frente a los efectos de la cruenta guerra, defenderse del conspirar continuo y atajar los motines y sediciones? No habr\u00edan hecho todo esto, pero si algo, m\u00e1s que algo, casi lo bastante para que el reinado se desenvolviera entre suaves discordias, empalmando al fin semipac\u00edficamente, con otro reinado en que la mayor cultura facilitara la acci\u00f3n gobernante. Y a esta paz relativa, alivio m\u00e1s que remedio de tantas guerras y trifulcas, hubieran llegado las dos equis con s\u00f3lo abstenerse del gran error de aquel tiempo, que fue la desheredaci\u00f3n de los progresistas. Invitados \u00e9stos al juego constitucional y sacadas sus \u00e1nimas del purgatorio del ayuno cr\u00f3nico, habr\u00edan dado a la Patria grandes hombres, y, sin duda alguna, equis de esclarecido brillo en nuestra historia\u2026 Mas todo esto es sue\u00f1o, y s\u00f3lo en sue\u00f1os han existido estos Equis, correctores del destino y de la adversidad humana.<\/p>\n\n\n\n<p>Es consuelo aceptable, a falta de otros, el rectificar en sue\u00f1os nuestras desdichas y las ajenas. \u00bfQui\u00e9n asegura que este mismo sue\u00f1o del rey Equis y del ministro Equis no lo tuvo en sus tristes d\u00edas la desgraciada do\u00f1a Isabel? \u00bfY qui\u00e9n asegura que no lo tiene ahora?<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Cap\u00edtulo III<\/h2>\n\n\n\n<p>\u00a1<strong>C<\/strong>\u00f3mo ha de ser! Por no haber agregado a la inocente Isabel las dos equis, todo se lo llev\u00f3 la trampa, y las buenas cualidades de la Reina, ineficaces para la salud de la Patria, s\u00f3lo han servido para que algunos, quiz\u00e1s muchos ciudadanos agradecidos, puedan enaltecer su memoria. La bondad generosa, el f\u00e1cil arranque para las d\u00e1divas y mercedes, el coraz\u00f3n abierto a los cari\u00f1os y cerrado a los rencores, quedaron oscurecidos y ahogados por insustancial beater\u00eda, por la volubilidad y sinraz\u00f3n que presid\u00eda a los cambios de Gobierno, por el olvido del principio de libertad, aliento de los h\u00e9roes que dieron la vida por asegurar la corona de Isabel. \u00a1Y ella se quejaba de los ingratos, sin darse cuenta de la monstruosa ingratitud suya!<\/p>\n\n\n\n<p>Comparemos. Poniendo los tiempos de Isabel junto a los tiempos siguientes para ver si estas generaciones valen m\u00e1s o menos que aqu\u00e9llas, advertimos que si en algunos \u00f3rdenes la diferencia nos es favorable, en otros hemos perdido bastante. Entonces era mayor la ignorancia, pero las voluntades m\u00e1s firmes. Entonces hac\u00edan los hombres algo bueno, y algo, quiz\u00e1 algo, perteneciente al reino de la maldad; ahora los hombres han descubierto y practican el f\u00e1cil oficio de no hacer nada. Entonces hab\u00eda m\u00e1s fe, ideales luminosos, arrestos para todo; hoy tenemos un poquito de cultura, conocimientos de mayor extensi\u00f3n: se sabe el nombre de las cosas, las subcosas, y toda la derivaci\u00f3n de la materia o del pensamiento tiene su estudio, mas reina en las almas el orgullo del saber o el desd\u00e9n de lo que se ignora, envueltos ambos en la blanda pereza de las acciones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfProceden estos males de los males de marras? As\u00ed debe ser, como nuestra relativa cultura tuvo por maestra la pedanter\u00eda de aquellos tiempos y el discreto saber que entonces acumul\u00f3 en escuelas y talleres. Y es indudable que el ejemplo m\u00e1s pernicioso que nos leg\u00f3 aquel reinado fue un nuevo mandamiento de nov\u00edsima ley, que entonces empez\u00f3 a tener franco uso: \u00abHagamos todo lo que se nos antoje, y cada cual observe la ley de su propio gusto\u00bb. El cumplimiento del deber, desde aquellas d\u00e9cadas, rige s\u00f3lo para los tontos, y de \u00e9stos, rodando a\u00f1os y d\u00edas van quedando muy pocos. En cambio, acrece prodigiosamente el n\u00famero de hombres agudos, chistosos y neciamente pr\u00e1cticos, maestros en la sutil corruptela de hacer cada uno su santa voluntad, revisando desafuero de formas hip\u00f3critas, y pagando a la ley un tributo externo por medio de figurados resortes y artificiosos mecanismos que imitan los de la Ley. Este mal viene de all\u00e1, de los enmara\u00f1ados tiempos en que dif\u00edcilmente se ve\u00eda la relaci\u00f3n entre los efectos y las causas. Su impulso inicial nadie sabe d\u00f3nde estuvo; pero de all\u00e1 procede, sin duda, esta facilidad para erigir en norma de la vida los propios gustos, como este amaneramiento social de tomarlo todo a broma y el hablarlo todo en chiste, ocultando la desverg\u00fcenza con m\u00f3dulos de lenguaje a veces ingeniosos, signo y marca indudable de nuestra decadencia.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfY c\u00f3mo dudar que de los d\u00edas de Isabel nos vino el caciquismo, ahora m\u00e1s terrible y devastador que en sus or\u00edgenes porque lo hemos cultivado con esmero, al aire libre y en estufa, y d\u00e1ndole m\u00e1s fuerza y extensi\u00f3n para que nos atormente a todos por igual y sin que ning\u00fan nacido se escape? Finalmente, en descargo de aquella edad, reconozcamos como obra exclusiva de la nuestra este mal inmenso, metido en lo m\u00e1s hondo de nuestra naturaleza, al cual llamamos crudamente y sin atenuaci\u00f3n la\u00a0<em>frescura nacional<\/em>. La imagen de esta generaci\u00f3n, principalmente en la parte de ella que habita en las grandes ciudades, se nos representa alzando los hombros alargando el labio inferior para expresar el supremo desd\u00e9n de todas las cosas. \u00bfSe nos van los territorios de Am\u00e9rica y Ocean\u00eda? Bueno. \u00bfSe estanca la riqueza, pierde la mitad casi de su valor nuestra moneda, nos cierran las naciones modernas el caminos de \u00c1frica, fundadas en el vergonzoso abandono de nuestra pol\u00edtica internacional? Bien; todo est\u00e1 bien\u2026 Vivimos y vegetamos sin prever el fin de nuestras desdichas heredadas las unas, de creaci\u00f3n reciente las otras.<\/p>\n\n\n\n<p>Faltas a\u00f1ejas, faltas recientes, nos han tra\u00eddo a esta situaci\u00f3n. Debilitado el ideal patrio, debilitada la fe en la Monarqu\u00eda, la fe en la Rep\u00fablica, queda tan s\u00f3lo la esperanza en una nueva fe, que surja del fondo social acabando con la indiferencia y el caciquismo, con autonomismo personal y con la depravada caterva de frescos y chistosos. Los problemas que enardec\u00edan a los hombres en otro tiempo pasaron y se desvanecieron, o resueltos o a medio resolver, perdido el gran inter\u00e9s que a los hombres mov\u00eda a favor de ellos. Resta el problema nuevo, que avanza sobre tanto escombro, el problema del vivir, de la distribuci\u00f3n equitativa del bienestar humano y de las vindicaciones, que apenas intentadas difunden por todo el mundo la desconfianza y el pavor. Todo esto viene, y ante esta intensa aspiraci\u00f3n general de incontratable poder, la historia de ayer quedar\u00e1 reducida a cuentos vanos, y las figuras que fueron grandes o que lo parecieron mermar\u00e1n hasta llegar a ser apenas perceptibles. El reinado de Isabel se ir\u00e1 borrando de la memoria, y los males que trajo, as\u00ed como los bienes que produjo, pasar\u00e1n sin dejar rastro. La pobre Reina, tan fervorosamente amada en su ni\u00f1ez, esperanza y alegr\u00eda del pueblo, emblema de la libertad, despu\u00e9s hollada, escarnecida y arrojada del reino, baja al sepulcro sin que su muerte avive los entusiasmos ni los odios de otros d\u00edas. Se juzgar\u00e1 su reinado con cr\u00edtica severa: en \u00e9l se ver\u00e1 el origen y embri\u00f3n de no pocos vicios de nuestra pol\u00edtica; pero nadie niega ni desconoce la inmensa ternura de aquella alma ingenua, indolente, f\u00e1cil a la piedad, al perd\u00f3n, a la caridad, como incapaz de toda resoluci\u00f3n tenaz y vigorosa. Do\u00f1a Isabel vivi\u00f3 perpetua infancia, y el mayor de sus infortunios fue haber nacido Reina y llevar en su mano la direcci\u00f3n moral de un pueblo, pesada obligaci\u00f3n para tan tierna mano.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue generosa, olvid\u00f3 las injurias, hizo todo el bien que pudo en la concesi\u00f3n de mercedes y beneficios materiales; se revel\u00f3 por un altruismo desenfrenado, y llevaba en el fondo de su esp\u00edritu un germen de Compasi\u00f3n impulsiva, en cierto modo relacionado con la idea socialista, porque de \u00e9l proced\u00eda su af\u00e1n de distribuir todos los bienes de que pod\u00eda disponer y de acudir adondequiera que una necesidad grande o peque\u00f1a la llamaba. Era una gran revolucionaria inconsciente, que hubiera repartido los tesoros del mundo, si en su mano los tuviera, buscando una equidad so\u00f1ada y una justicia que a\u00fan se esconde en las vaguedades del tiempo futuro. En sus d\u00edas tristes so\u00f1aba con las dos equis que hubieran hecho de ella una Reina burguesa y correct\u00edsima. Tal vez en los d\u00edas alegres so\u00f1\u00f3 con una tercera equis, que la guiaba al reino inmenso, misterioso, de la nivelaci\u00f3n social, donde todos los humanos disfruten por igual de los dones del Cielo y de la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>Descanse y sue\u00f1e en paz.<\/p>\n\n\n\n<p>Abril de 190<\/p>\n\n\n\n<p><sup>[6]<\/sup>\u00a0Salustiano Ol\u00f3zaga, Presidente del Consejo de Ministros, fue falsamente acusado de intimidar a la joven Reina para que accediera a la disoluci\u00f3n de las Cortes. (<em>N. del E.<\/em>)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo I La primera vez que tuve el honor de visitar \u2014en el palacio de la avenida Kl\u00e9ber\u2014 a la&#46;&#46;&#46;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":3580,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,4,143],"tags":[],"class_list":["post-3578","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-bibliografia","category-isabel-ii"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>La Reina Isabel, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - Cronolog\u00eda de la vida y la obra de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/la-reina-isabel-de-benito-perez-galdos\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"La Reina Isabel, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s - 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