{"id":7153,"date":"2010-09-06T03:26:00","date_gmt":"2010-09-06T01:26:00","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=7153"},"modified":"2010-09-06T03:26:00","modified_gmt":"2010-09-06T01:26:00","slug":"cueno-la-sombra-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cueno-la-sombra-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Cuento] La sombra, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<h1 class=\"wp-block-heading\">Pr\u00f3logo<\/h1>\n\n\n\n<p>No estar\u00e1n de m\u00e1s, a la cabeza del presente tomo, algunas l\u00edneas que lo expliquen, o, si se quiere, que lo disculpen.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo primero que va en \u00e9l, <em>La Sombra<\/em>, data de una \u00e9poca que se pierde en la noche de los tiempos, (tan a prisa van en esta edad las transformaciones y mudanzas del gusto), y tan antigua se me hace y tan infantil, que no acierto a precisar la fecha de su origen, aunque, relacion\u00e1ndola con otros hechos de la vida del autor, puedo referirla vagamente a los a\u00f1os 66 \u00f3 67. Pero no sali\u00f3 en letras de molde hasta 1870, en la Revista de Espa\u00f1a, y despu\u00e9s ha sido reimpresa en folletines de diversos peri\u00f3dicos.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que principalmente deseo consignar acerca de esta obrita es que en ella hice los primeros pinitos, como decirse suele, en el p\u00edcaro arte de novelar. No por buena, que dista mucho de serlo, ni por entretenida, sino por respetable, en raz\u00f3n de su mucha ancianidad, se empe\u00f1aron mis amigos en que la publicase en forma de libro, y accediendo a estos deseos, dispuse en 1879 la presente colecci\u00f3n; pero como La Sombra por s\u00ed sola no ten\u00eda tama\u00f1o y categor\u00eda de libro, han estado sus p\u00e1ginas, durante once a\u00f1os, muertas de risa, aguardando a que fuese posible agregarles otras y otras hasta formar el presente volumen.<\/p>\n\n\n\n<p>Veinte a\u00f1os pr\u00f3ximamente despu\u00e9s de La Sombra escrib\u00ed Cel\u00edn, que pertenece al mismo g\u00e9nero, y ambas obras se parecen, m\u00e1s en el fondo y desarrollo que en la forma. La causa de esta reincidencia, al cabo de los a\u00f1os mil, no me la explico, ni hace falta. Cel\u00edn fue escrito para una colecci\u00f3n de art\u00edculos de meses publicados en Barcelona con grand\u00edsimo lujo, y es la representaci\u00f3n simb\u00f3lica del mes de Noviembre. Como Tropiquillos (el Oto\u00f1o) y Theros (el Verano), tiene el car\u00e1cter de composici\u00f3n del Almanaque, con las ventajas e inconvenientes de esta literatura especial\u00edsima que sirve para ilustrar y comentar las naturales divisiones del a\u00f1o, literatura simp\u00e1tica, aunque de pie forzado, a la cual se aplica la pluma con m\u00e1s gusto que libertad.<\/p>\n\n\n\n<p>El car\u00e1cter fant\u00e1stico de las cuatro composiciones contenidas en este libro reclama la indulgencia del p\u00fablico, trat\u00e1ndose de un autor m\u00e1s aficionado a las cosas reales que a las so\u00f1adas, y que sin duda en estas acierta menos que en aquellas. De la acusaci\u00f3n que pudieran hacerle por entrar en un terreno que no le pertenece, se defender\u00e1 alegando que en estas obrillas no pretendi\u00f3 nunca producir las bellezas de la creaci\u00f3n fant\u00e1stica, eminentemente po\u00e9tica y personal. Son divertimientos, juguetes, ensayos de aficionado, y pueden compararse al estado de alegr\u00eda, el m\u00e1s inocente, por ser el primero, en la gradual escala de la embriaguez. Nunca como en esta clase de trabajos he visto palpablemente la verdad del chassez le naturel &amp;&#8230; Se empe\u00f1a uno a veces, por cansancio o por capricho, en apartar los ojos de las cosas visibles y reales, y no hay manera de remontar el vuelo, por grande que sea el esfuerzo de nuestras menguadas alas. El p\u00edcaro natural tira y sujeta desde abajo, y al no querer verle, m\u00e1s se le ve, y cuando uno cree que se ha empinado bastante y puede mirar de cerca las estrellas, estas, siempre distantes, siempre inaccesibles, le gritan desde arriba: \u00abzapatero a tus zapatos\u00bb.B. P. G.<\/p>\n\n\n\n<p>Junio de 1890<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo I &#8211; El doctor Anselmo&nbsp;: 1<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Conviene principiar por el principio, es decir, por informar al lector de qui\u00e9n es este D. Anselmo; por contarle su vida, sus costumbres, y hablar de su car\u00e1cter y figura, sin omitir la opini\u00f3n de loco rematado de que gozaba entre todos los que le conoc\u00edan. Esta era general, un\u00e1nime, profundamente arraigada, sin que bastaran a desmentirla los frecuentes rasgos de genio de aquel hombre incomparable, sus momentos de buen sentido y elocuencia, la afable cortes\u00eda con que se prestaba a relatar los m\u00e1s curiosos hechos de su vida, haciendo en sus narraciones uso discreto de su prodigiosa facultad imaginativa. Contaban de \u00e9l que hac\u00eda grandes simplezas, que era su vida una serie de extravagancias sin cuento, y que se atareaba en raras e incomprensibles ocupaciones no intentadas de otro alguno, en fin, que era un ente a quien jam\u00e1s se vio hacer cosa alguna a derechas, ni conforme a lo que todos hacemos en nuestra ordinaria vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocos lo trataban; apenas hab\u00eda un escaso n\u00famero de personas que se llamaran sus amigos; desde\u00f1\u00e1banle los m\u00e1s, y todos los que no conoc\u00edan alg\u00fan antecedente de su vida, ni sab\u00edan ver lo que de singular y extraordinario hab\u00eda en aquel esp\u00edritu, le miraban con desd\u00e9n y hasta con repugnancia. Si hab\u00eda en esto justicia, no es cosa f\u00e1cil de decir, as\u00ed como no es empresa llana hacer una exacta calificaci\u00f3n de aquel hombre, poni\u00e9ndole entre los m\u00e1s grandes, o se\u00f1al\u00e1ndole un lugar junto a los mayores mentecatos nacidos de madre. \u00c9l mismo nos revelar\u00e1 en el curso de esta narraci\u00f3n una porci\u00f3n de cosas, que ser\u00e1n otros tantos datos \u00fatiles para juzgarle como merezca.<\/p>\n\n\n\n<p>Viv\u00eda en el cuarto piso de un endiablado caser\u00f3n de donde nunca sal\u00eda, a no ser que asuntos urgentes le llamaran fuera de casa. Esta era de tal condici\u00f3n, que en otro siglo menos preocupado, la fantas\u00eda popular hubiera puesto en ella todas las brujas de un aquelarre.<\/p>\n\n\n\n<p>En la \u00e9poca presente no habla all\u00ed m\u00e1s bruja que una tal do\u00f1a M\u00f3nica, ama de llaves, criada e intendente.<\/p>\n\n\n\n<p>La habitaci\u00f3n del doctor parec\u00eda laboratorio de esos que hemos visto en m\u00e1s de una novela, y que han servido para fondo de multitud de cuadros holandeses. Alumbr\u00e1bala la misma l\u00e1mpara melanc\u00f3lica con que en teatros y pinturas vemos iluminada la faz cadav\u00e9rica del doctor Fausto, del maestro Klaes, de los sopladores de la Edad Media, del buen marqu\u00e9s de Villena y de los fabricantes de venenos y drogas en las rep\u00fablicas italianas. Esto hacia parecer a nuestro h\u00e9roe punto menos que nigromante o jud\u00edo, pero no lo era ciertamente, aunque en su casa, original\u00edsima como despu\u00e9s veremos, se ve\u00edan, colgados del techo, aquellos animales estramb\u00f3ticos que parecen realizar un sue\u00f1o de Teniers, revoloteando en confusa falange por todo el \u00e1mbito de la b\u00f3veda.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed no hab\u00eda b\u00f3veda g\u00f3tica, ni ventana con primorosas labores, ni el fondo obscuro, los misteriosos efectos de luz con que el artificio de la pintura nos presenta los escondrijos de esos qu\u00edmicos aburridos, que, envueltos en ilustres telara\u00f1as, se inclinan perpetuamente sobre un mamotreto lleno de garabatos. El gabinete del doctor Anselmo era una habitaci\u00f3n vulgar, de estas en que todos vivimos, compuesta de cuatro mal niveladas paredes y un despedazado techo, en cuya superficie el yeso, cay\u00e9ndose por la incuria del tiempo y el descuido de los habitantes, hab\u00eda dejado muchos y grandes agujeros. No hab\u00eda papel, ni m\u00e1s tapicer\u00eda que la de las ara\u00f1as, tendiendo de rinc\u00f3n a rinc\u00f3n sus complicadas urdimbres.<\/p>\n\n\n\n<p>En el principal testero ve\u00edase un esqueleto que no hab\u00eda perdido el buen humor del sepulcro, de tal modo se rasgaban en espantosa risa sus desdentadas mand\u00edbulas, y aumentaba la singularidad de su aspecto el caldero que el doctor le hab\u00eda puesto en el cr\u00e1neo, sin duda por no tener sitio mejor donde colocarlo. Al lado hab\u00eda un estante de madera con innumerables baratijas, entre las cuales no hac\u00edan el peor papel algunos votos vasos de inestimable m\u00e9rito, y piezas del m\u00e1s tosco barro dom\u00e9stico. Alg\u00fan ave disecada y medio podrida daba realce con el brillante color de sus \u00faltimas plumas a este armatoste, junto al cual una culebra llena de paja se extend\u00eda dibujando sobre la pared las curvas de su cuerpo, en cuyas escamas quedaba un d\u00e9bil tornasol. No lejos de esto pend\u00eda una armadura tan ro\u00f1osa como si desde el tiempo de Rold\u00e1n (su due\u00f1o tal vez) no se hubiera limpiado. Algunas otras armas blancas y de fuego colgaban por all\u00ed en uni\u00f3n con gran sart\u00e9n, cuyo mango tocaba los pies de un Santo Cristo, de esos que, con el cuerpo l\u00edvido, los miembros retorcidos, el rostro angustioso, negras las manos, llenos de sangre el sudario y la cruz, ha creado el arte espa\u00f1ol para terror de devotas y pasmo de sacristanes. El Cristo era amarillo, obscuro, lustroso, r\u00edgido como un animal disecado: no ten\u00eda formas la cara, desfigurada por el bermell\u00f3n, y los pies se perd\u00edan entre los pliegues de un gran lazo, que sin duda fue lugar de romer\u00eda para todas las moscas del barrio, porque all\u00ed hab\u00edan dejado indelebles muestras de en paso. Por otro lado asomaban unos caracoles, una estampa de no sabemos qu\u00e9 m\u00e1rtir, conchas de madreperla, dos pistolas y un rosario de cuentas marinas enredado en una rama de coral, ennegrecida por el polvo. Dos grandes espuelas de caballero y una silla de montar colgaban de otra escarpia junto a mugrientas ropas, por entre cuyos pliegues se ve\u00eda el mango de una guitarra con fin\u00edsimas incrustaciones de n\u00e1car y marfil.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba abollada, y una sola cuerda, testigo mudo hoy de su anterior grandeza, pod\u00eda dar a la actual generaci\u00f3n un eco de las pasadas armon\u00edas. Unas botas de militar rodaban por el suelo junto a la guitarra, y en la parte de enfrente pond\u00edan casaca y chupa del \u00faltimo siglo, entrambas piezas llenas de agujeros y manchas. Un sombrero tricornio aparec\u00eda puesto sobre un botijo que hac\u00eda las veces de cabeza, y un deforme candil, en forma de tenebrario, manchaba con los restos de su aceite secular un reclinatorio de primorosas labores, pero tan estropeado que apenas ten\u00eda figura. En la pared cercana hab\u00eda un reloj parado desde hace cincuenta a\u00f1os, su m\u00e1quina era el cuartel general de las aranas, y sus enormes pesas de plomo, ca\u00eddas con estr\u00e9pito hace veinticinco mil noches, hab\u00edan roto un taburete, un c\u00e1ntaro, un Ni\u00f1o Jes\u00fas, y yac\u00edan en el suelo inm\u00f3viles con la majestad de dos aerolitos.<\/p>\n\n\n\n<p>No se libraba de cierta impresi\u00f3n de estupor el que entraba en aquella habitaci\u00f3n, donde la escasa luz de la l\u00e1mpara produc\u00eda extra\u00f1\u00edsimos efectos; por que adem\u00e1s de los cachivaches que hemos descrito, ocupaban la estancia sinn\u00famero de aparatos de complicadas y rar\u00edsimas formas. Alambiques que parec\u00edan culebras de vidrio proyectaban su espiral sobre enormes retortas, cuyo vientre calentaba un hornillo en perenne combusti\u00f3n. Reverberaba el disco de una m\u00e1quina el\u00e9ctrica, y todo el aparato nos amenazaba constantemente con sus ingratas manifestaciones. El sordo rumor de la llama del hogar, el chirrido del ascua, semejante a la vibraci\u00f3n lejana de misterioso instrumento, el olor de los \u00e1cidos, la emanaci\u00f3n de los gases, el asm\u00e1tico soplar del fuelle, que funcionaba con ansia y fatiga como un pulm\u00f3n enfermo, todo esto produc\u00eda en el espectador ansia y mareo imposibles de describir.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el que esto escribe tuvo el honor de penetrar en el estudio, gabinete o laboratorio del doctor Anselmo, su asombro fue grande, y no podr\u00e1 menos de confesar que, mezclado al asombro, sinti\u00f3 cierto terror, s\u00f3lo calmado por la idea de que aquel hombre era el m\u00e1s afable e inofensivo de los seres. Adem\u00e1s, \u00bfqui\u00e9n ignoraba que D. Anselmo no era nigromante ni profesaba ninguna de las endiabladas artes de la antig\u00fcedad? Apenas hubo quien tomara en serio sus trabajos, y m\u00e1s bien le ten\u00edan en la vecindad por loco o mentecato, que por hombre medianamente sabio, con asomos siquiera de sentido com\u00fan. \u00c9l, sin embargo, se enfrascaba en aquella tarea incesante de que nunca se vio resultado alguno, y a juzgar por la gravedad con que soplaba sus hornillos y la atenci\u00f3n ansiosa con que hac\u00eda circular los l\u00edquidos verdes y rojos al trav\u00e9s del vidrio de los alambiques, grandes y trascendentales problemas tra\u00eda entre manos.<\/p>\n\n\n\n<p>La afici\u00f3n a la qu\u00edmica era en \u00e9l cosa nueva, no habiendo hasta hace poco parado las mientes en simples y combinaciones. Casi siempre hab\u00eda empleado en la lectura de toda clase de libros la mayor parte de su tiempo, siempre que alg\u00fan indiscreto no iba a entretenerse con \u00e9l oy\u00e9ndole sus narraciones pintorescas, en que se admiraban la brillantez y vuelo de su grande inventiva. Su conversaci\u00f3n versaba siempre sobre hechos de su propia vida, que \u00e9l sacaba a colaci\u00f3n en todo y por todo. Nunca se hac\u00eda rogar, y lo que contaba era por lo com\u00fan tan peregrino, que muchos lo juzgaban todo pura invenci\u00f3n de su fantas\u00eda. Al recordar su pasado miraba todas aquellas baratijas que all\u00ed ten\u00eda colgadas, y se re\u00eda con efusi\u00f3n de dulce tristeza, diciendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abYo tambi\u00e9n he sido joven, he sido cortesano, artista, pintor, m\u00fasico; he viajado mucho; he sido galanteador, me han perseguido, he tenido desaf\u00edos, conozco el mundo, he amado la vida y la he despreciado, he amado y aborrecido con mucha violencia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En cierta ocasi\u00f3n, despu\u00e9s de hablar de esta manera, aplic\u00f3 su dedo amarillo, flaco y r\u00edgido a la \u00fanica cuerda de la guitarra, que vibr\u00f3 con un sordo quejido, despidiendo en su oscilaci\u00f3n todo el polvo que veinte a\u00f1os de quietud hab\u00edan acumulado en ella. Y call\u00f3, permaneciendo largo rato pensativo y mirando con fijeza la circulaci\u00f3n del l\u00edquido rojo a lo largo del intestino de vidrio, que trasegaba de un dep\u00f3sito a otro una esencia sutil.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquellos momentos de silencio, interrumpido solo por la tenue vibraci\u00f3n de la cuerda, el rumor de la llama y ese sonido incomprensible y solemne de todo lugar misterioso, era cuando m\u00e1s terror produc\u00edan en m\u00ed los singulares objetos de la vivienda del sabio. Parec\u00edame que todo aquello tenia vida y movimiento; que la casaca se mov\u00eda como si sus faldones cubrieran un cuerpo, cual si las mangas tuvieran dentro brazos. Tambi\u00e9n cre\u00eda ver el sombrero tricornio mene\u00e1ndose a un lado y a otro, como si el botijo que lo sustentaba tuviera sesos llenos de inteligencia y buen humor; cre\u00eda ver las botas espoleando al reclinatorio, y las conchas golpe\u00e1ndose unas a otras como si a manera de casta\u00f1uelas estuvieran amarradas a los dedos de una mano andaluza. El esqueleto me parec\u00eda que bostezaba, y el caldero le ca\u00eda hasta los ojos, inclin\u00e1ndose a un lado para darle expresi\u00f3n chusca; me parec\u00eda verle adelantar el pie izquierdo como quien rompe a bailar, y cuadrarse ambas manos a la cintura, que le cab\u00eda en dos dedos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se me figuraba asimismo que andaba el reloj con la precipitaci\u00f3n y diligencia de una m\u00e1quina que quiere recorrer en minutos los a\u00f1os que se ha estado mano sobre mano, es decir, rueda sobre rueda; sent\u00eda el tic tac de las piezas, y cre\u00eda ver oscilar el p\u00e9ndulo dando bofetones a un lado y a otro a todos los p\u00e1jaros disecados, los cuales se empe\u00f1aban en volar moviendo con trabajo las escasas plumas de sus alas podridas; y por \u00faltimo, en medio de esta barahunda, me pareci\u00f3 que el Cristo estiraba los brazos y el cuello, desperez\u00e1ndose con expresi\u00f3n de supremo fastidio. Conviene principiar por el principio, es decir, por informar al lector de qui\u00e9n es este D. Anselmo; por contarle su vida, sus costumbres, y hablar de su car\u00e1cter y figura, sin omitir la opini\u00f3n de loco rematado de que gozaba entre todos los que le conoc\u00edan. Esta era general, un\u00e1nime, profundamente arraigada, sin que bastaran a desmentirla los frecuentes rasgos de genio de aquel hombre incomparable, sus momentos de buen sentido y elocuencia, la afable cortes\u00eda con que se prestaba a relatar los m\u00e1s curiosos hechos de su vida, haciendo en sus narraciones uso discreto de su prodigiosa facultad imaginativa. Contaban de \u00e9l que hac\u00eda grandes simplezas, que era su vida una serie de extravagancias sin cuento, y que se atareaba en raras e incomprensibles ocupaciones no intentadas de otro alguno, en fin, que era un ente a quien jam\u00e1s se vio hacer cosa alguna a derechas, ni conforme a lo que todos hacemos en nuestra ordinaria vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocos lo trataban; apenas hab\u00eda un escaso n\u00famero de personas que se llamaran sus amigos; desde\u00f1\u00e1banle los m\u00e1s, y todos los que no conoc\u00edan alg\u00fan antecedente de su vida, ni sab\u00edan ver lo que de singular y extraordinario hab\u00eda en aquel esp\u00edritu, le miraban con desd\u00e9n y hasta con repugnancia. Si hab\u00eda en esto justicia, no es cosa f\u00e1cil de decir, as\u00ed como no es empresa llana hacer una exacta calificaci\u00f3n de aquel hombre, poni\u00e9ndole entre los m\u00e1s grandes, o se\u00f1al\u00e1ndole un lugar junto a los mayores mentecatos nacidos de madre. \u00c9l mismo nos revelar\u00e1 en el curso de esta narraci\u00f3n una porci\u00f3n de cosas, que ser\u00e1n otros tantos datos \u00fatiles para juzgarle como merezca.<\/p>\n\n\n\n<p>Viv\u00eda en el cuarto piso de un endiablado caser\u00f3n de donde nunca sal\u00eda, a no ser que asuntos urgentes le llamaran fuera de casa. Esta era de tal condici\u00f3n, que en otro siglo menos preocupado, la fantas\u00eda popular hubiera puesto en ella todas las brujas de un aquelarre.<\/p>\n\n\n\n<p>En la \u00e9poca presente no habla all\u00ed m\u00e1s bruja que una tal do\u00f1a M\u00f3nica, ama de llaves, criada e intendente.<\/p>\n\n\n\n<p>La habitaci\u00f3n del doctor parec\u00eda laboratorio de esos que hemos visto en m\u00e1s de una novela, y que han servido para fondo de multitud de cuadros holandeses. Alumbr\u00e1bala la misma l\u00e1mpara melanc\u00f3lica con que en teatros y pinturas vemos iluminada la faz cadav\u00e9rica del doctor Fausto, del maestro Klaes, de los sopladores de la Edad Media, del buen marqu\u00e9s de Villena y de los fabricantes de venenos y drogas en las rep\u00fablicas italianas. Esto hacia parecer a nuestro h\u00e9roe punto menos que nigromante o jud\u00edo, pero no lo era ciertamente, aunque en su casa, original\u00edsima como despu\u00e9s veremos, se ve\u00edan, colgados del techo, aquellos animales estramb\u00f3ticos que parecen realizar un sue\u00f1o de Teniers, revoloteando en confusa falange por todo el \u00e1mbito de la b\u00f3veda.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed no hab\u00eda b\u00f3veda g\u00f3tica, ni ventana con primorosas labores, ni el fondo obscuro, los misteriosos efectos de luz con que el artificio de la pintura nos presenta los escondrijos de esos qu\u00edmicos aburridos, que, envueltos en ilustres telara\u00f1as, se inclinan perpetuamente sobre un mamotreto lleno de garabatos. El gabinete del doctor Anselmo era una habitaci\u00f3n vulgar, de estas en que todos vivimos, compuesta de cuatro mal niveladas paredes y un despedazado techo, en cuya superficie el yeso, cay\u00e9ndose por la incuria del tiempo y el descuido de los habitantes, hab\u00eda dejado muchos y grandes agujeros. No hab\u00eda papel, ni m\u00e1s tapicer\u00eda que la de las ara\u00f1as, tendiendo de rinc\u00f3n a rinc\u00f3n sus complicadas urdimbres.<\/p>\n\n\n\n<p>En el principal testero ve\u00edase un esqueleto que no hab\u00eda perdido el buen humor del sepulcro, de tal modo se rasgaban en espantosa risa sus desdentadas mand\u00edbulas, y aumentaba la singularidad de su aspecto el caldero que el doctor le hab\u00eda puesto en el cr\u00e1neo, sin duda por no tener sitio mejor donde colocarlo. Al lado hab\u00eda un estante de madera con innumerables baratijas, entre las cuales no hac\u00edan el peor papel algunos votos vasos de inestimable m\u00e9rito, y piezas del m\u00e1s tosco barro dom\u00e9stico. Alg\u00fan ave disecada y medio podrida daba realce con el brillante color de sus \u00faltimas plumas a este armatoste, junto al cual una culebra llena de paja se extend\u00eda dibujando sobre la pared las curvas de su cuerpo, en cuyas escamas quedaba un d\u00e9bil tornasol. No lejos de esto pend\u00eda una armadura tan ro\u00f1osa como si desde el tiempo de Rold\u00e1n (su due\u00f1o tal vez) no se hubiera limpiado. Algunas otras armas blancas y de fuego colgaban por all\u00ed en uni\u00f3n con gran sart\u00e9n, cuyo mango tocaba los pies de un Santo Cristo, de esos que, con el cuerpo l\u00edvido, los miembros retorcidos, el rostro angustioso, negras las manos, llenos de sangre el sudario y la cruz, ha creado el arte espa\u00f1ol para terror de devotas y pasmo de sacristanes. El Cristo era amarillo, obscuro, lustroso, r\u00edgido como un animal disecado: no ten\u00eda formas la cara, desfigurada por el bermell\u00f3n, y los pies se perd\u00edan entre los pliegues de un gran lazo, que sin duda fue lugar de romer\u00eda para todas las moscas del barrio, porque all\u00ed hab\u00edan dejado indelebles muestras de en paso. Por otro lado asomaban unos caracoles, una estampa de no sabemos qu\u00e9 m\u00e1rtir, conchas de madreperla, dos pistolas y un rosario de cuentas marinas enredado en una rama de coral, ennegrecida por el polvo. Dos grandes espuelas de caballero y una silla de montar colgaban de otra escarpia junto a mugrientas ropas, por entre cuyos pliegues se ve\u00eda el mango de una guitarra con fin\u00edsimas incrustaciones de n\u00e1car y marfil.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba abollada, y una sola cuerda, testigo mudo hoy de su anterior grandeza, pod\u00eda dar a la actual generaci\u00f3n un eco de las pasadas armon\u00edas. Unas botas de militar rodaban por el suelo junto a la guitarra, y en la parte de enfrente pond\u00edan casaca y chupa del \u00faltimo siglo, entrambas piezas llenas de agujeros y manchas. Un sombrero tricornio aparec\u00eda puesto sobre un botijo que hac\u00eda las veces de cabeza, y un deforme candil, en forma de tenebrario, manchaba con los restos de su aceite secular un reclinatorio de primorosas labores, pero tan estropeado que apenas ten\u00eda figura. En la pared cercana hab\u00eda un reloj parado desde hace cincuenta a\u00f1os, su m\u00e1quina era el cuartel general de las aranas, y sus enormes pesas de plomo, ca\u00eddas con estr\u00e9pito hace veinticinco mil noches, hab\u00edan roto un taburete, un c\u00e1ntaro, un Ni\u00f1o Jes\u00fas, y yac\u00edan en el suelo inm\u00f3viles con la majestad de dos aerolitos.<\/p>\n\n\n\n<p>No se libraba de cierta impresi\u00f3n de estupor el que entraba en aquella habitaci\u00f3n, donde la escasa luz de la l\u00e1mpara produc\u00eda extra\u00f1\u00edsimos efectos; por que adem\u00e1s de los cachivaches que hemos descrito, ocupaban la estancia sinn\u00famero de aparatos de complicadas y rar\u00edsimas formas. Alambiques que parec\u00edan culebras de vidrio proyectaban su espiral sobre enormes retortas, cuyo vientre calentaba un hornillo en perenne combusti\u00f3n. Reverberaba el disco de una m\u00e1quina el\u00e9ctrica, y todo el aparato nos amenazaba constantemente con sus ingratas manifestaciones. El sordo rumor de la llama del hogar, el chirrido del ascua, semejante a la vibraci\u00f3n lejana de misterioso instrumento, el olor de los \u00e1cidos, la emanaci\u00f3n de los gases, el asm\u00e1tico soplar del fuelle, que funcionaba con ansia y fatiga como un pulm\u00f3n enfermo, todo esto produc\u00eda en el espectador ansia y mareo imposibles de describir.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el que esto escribe tuvo el honor de penetrar en el estudio, gabinete o laboratorio del doctor Anselmo, su asombro fue grande, y no podr\u00e1 menos de confesar que, mezclado al asombro, sinti\u00f3 cierto terror, s\u00f3lo calmado por la idea de que aquel hombre era el m\u00e1s afable e inofensivo de los seres. Adem\u00e1s, \u00bfqui\u00e9n ignoraba que D. Anselmo no era nigromante ni profesaba ninguna de las endiabladas artes de la antig\u00fcedad? Apenas hubo quien tomara en serio sus trabajos, y m\u00e1s bien le ten\u00edan en la vecindad por loco o mentecato, que por hombre medianamente sabio, con asomos siquiera de sentido com\u00fan. \u00c9l, sin embargo, se enfrascaba en aquella tarea incesante de que nunca se vio resultado alguno, y a juzgar por la gravedad con que soplaba sus hornillos y la atenci\u00f3n ansiosa con que hac\u00eda circular los l\u00edquidos verdes y rojos al trav\u00e9s del vidrio de los alambiques, grandes y trascendentales problemas tra\u00eda entre manos.<\/p>\n\n\n\n<p>La afici\u00f3n a la qu\u00edmica era en \u00e9l cosa nueva, no habiendo hasta hace poco parado las mientes en simples y combinaciones. Casi siempre hab\u00eda empleado en la lectura de toda clase de libros la mayor parte de su tiempo, siempre que alg\u00fan indiscreto no iba a entretenerse con \u00e9l oy\u00e9ndole sus narraciones pintorescas, en que se admiraban la brillantez y vuelo de su grande inventiva. Su conversaci\u00f3n versaba siempre sobre hechos de su propia vida, que \u00e9l sacaba a colaci\u00f3n en todo y por todo. Nunca se hac\u00eda rogar, y lo que contaba era por lo com\u00fan tan peregrino, que muchos lo juzgaban todo pura invenci\u00f3n de su fantas\u00eda. Al recordar su pasado miraba todas aquellas baratijas que all\u00ed ten\u00eda colgadas, y se re\u00eda con efusi\u00f3n de dulce tristeza, diciendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abYo tambi\u00e9n he sido joven, he sido cortesano, artista, pintor, m\u00fasico; he viajado mucho; he sido galanteador, me han perseguido, he tenido desaf\u00edos, conozco el mundo, he amado la vida y la he despreciado, he amado y aborrecido con mucha violencia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En cierta ocasi\u00f3n, despu\u00e9s de hablar de esta manera, aplic\u00f3 su dedo amarillo, flaco y r\u00edgido a la \u00fanica cuerda de la guitarra, que vibr\u00f3 con un sordo quejido, despidiendo en su oscilaci\u00f3n todo el polvo que veinte a\u00f1os de quietud hab\u00edan acumulado en ella. Y call\u00f3, permaneciendo largo rato pensativo y mirando con fijeza la circulaci\u00f3n del l\u00edquido rojo a lo largo del intestino de vidrio, que trasegaba de un dep\u00f3sito a otro una esencia sutil.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquellos momentos de silencio, interrumpido solo por la tenue vibraci\u00f3n de la cuerda, el rumor de la llama y ese sonido incomprensible y solemne de todo lugar misterioso, era cuando m\u00e1s terror produc\u00edan en m\u00ed los singulares objetos de la vivienda del sabio. Parec\u00edame que todo aquello tenia vida y movimiento; que la casaca se mov\u00eda como si sus faldones cubrieran un cuerpo, cual si las mangas tuvieran dentro brazos. Tambi\u00e9n cre\u00eda ver el sombrero tricornio mene\u00e1ndose a un lado y a otro, como si el botijo que lo sustentaba tuviera sesos llenos de inteligencia y buen humor; cre\u00eda ver las botas espoleando al reclinatorio, y las conchas golpe\u00e1ndose unas a otras como si a manera de casta\u00f1uelas estuvieran amarradas a los dedos de una mano andaluza. El esqueleto me parec\u00eda que bostezaba, y el caldero le ca\u00eda hasta los ojos, inclin\u00e1ndose a un lado para darle expresi\u00f3n chusca; me parec\u00eda verle adelantar el pie izquierdo como quien rompe a bailar, y cuadrarse ambas manos a la cintura, que le cab\u00eda en dos dedos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se me figuraba asimismo que andaba el reloj con la precipitaci\u00f3n y diligencia de una m\u00e1quina que quiere recorrer en minutos los a\u00f1os que se ha estado mano sobre mano, es decir, rueda sobre rueda; sent\u00eda el tic tac de las piezas, y cre\u00eda ver oscilar el p\u00e9ndulo dando bofetones a un lado y a otro a todos los p\u00e1jaros disecados, los cuales se empe\u00f1aban en volar moviendo con trabajo las escasas plumas de sus alas podridas; y por \u00faltimo, en medio de esta barahunda, me pareci\u00f3 que el Cristo estiraba los brazos y el cuello, desperez\u00e1ndose con expresi\u00f3n de supremo fastidio.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo I &#8211; El doctor Anselmo&nbsp;: 2<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Demos a conocer a la persona.<\/p>\n\n\n\n<p>Parecer\u00e1 que D. Anselmo es tipo poco com\u00fan, de estos que m\u00e1s se ven en el artificioso mundo de la novela y el teatro, que en la escena de la vida, donde estamos todos formando este gran grupo social, que hoy nos parece una vulgaridad insigne, y quiz\u00e1 lo es. D. Anselmo, al ser presentado en la singular escena que hemos descrito, en medio de tantos rar\u00edsimos trastos, con este aparato de Edad Media y sus ribetes de brujo o buscador de la piedra filosofal, parecer\u00e1 un personaje enteramente ajeno a la actual sociedad, una creaci\u00f3n ideol\u00f3gica, sin ning\u00fan sentido ni aplicaci\u00f3n, m\u00e1s bien que retrato fiel de cualquier pr\u00f3jimo. Estas creencias se desvanecer\u00e1n cuando se sepa que el doctor Anselmo era hombre de aspecto tan poco rom\u00e1ntico, tan del d\u00eda y de por ac\u00e1, que nadie fijar\u00e1 en \u00e9l la atenci\u00f3n a no ser renombrado por sus nunca vistas man\u00edas y ridiculeces, y por su disparatada conversaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Era un viejo mal conservado, flaco y como enfermizo, m\u00e1s bien peque\u00f1o que alto, con uno de esos rostros insignificantes que no se diferencian del del vecino, si una observaci\u00f3n formal no se fija en \u00e9l con particular inter\u00e9s. S\u00f3lo cuando hablaba se ve\u00edan en su rostro los rasgos de una vivacidad nada com\u00fan. Sus ojuelos peque\u00f1os y hundidos ten\u00edan entonces mucho brillo, y la boca dotada de la movilidad m\u00e1s grande que hemos conocido, empleaba un sistema de signos m\u00e1s variados y expresivos que la misma palabra. Cojeaba de un pie, no sabemos por qu\u00e9 causa, y la mano izquierda no era del todo expedita; ten\u00eda muy bronca y aternerada la voz, y al andar marchaba tan derecho en su camino, tan fijo y abstra\u00eddo, que iba dando tropezones, con todo el mudo. Parec\u00eda tener una tenaz idea clavada en la mente, idea que no le daba respiro, impidi\u00e9ndole dirigir la atenci\u00f3n a cualquier otro punto; y en su marcha se le ve\u00eda agitarse, mudar de color, gesticular, alterando todos los m\u00fasculos de su cara como el que sostiene una conversaci\u00f3n acalorada con interlocutores invisibles. El hablar consigo mismo era en \u00e9l m\u00e1s que h\u00e1bito, una funci\u00f3n en perenne ejercicio; su vida un mon\u00f3logo sin fin.<\/p>\n\n\n\n<p>El vestido no llamaba la atenci\u00f3n aqu\u00ed donde hay un museo de ridiculeces en perpetua exhibici\u00f3n por esas calles. Si fue su levita objeto de curiosidad, a causa de la exorbitante altura de la solapa, charolada por la grasa y el roce de quince a\u00f1os, no hallamos en ninguno de los cronistas que han tratado de este hombre extraordinario, datos que induzcan a creer que el p\u00fablico se fijara en la holgura de su chaleco, donde cab\u00edan cuatro doctores, ni en la nunca vista forma de su corbata, que a veces, por una particularidad frecuente en muchos sabios y en todos los que hablan solos, se le rodaba, poni\u00e9ndose el lazo en el cogote.<\/p>\n\n\n\n<p>Era en sus costumbres de una sencillez y una pureza ejemplares: com\u00eda poco, beb\u00eda menos, y dorm\u00eda, en las pocas horas que le dejaba libres la fantas\u00eda, con bastante desasosiego, y sonando siempre tanto como cuando estaba despierto. La mayor parte del tiempo la dedicaba al estudio, del cual, al decir de muchos, no sac\u00f3 jam\u00e1s ning\u00fan provecho, sino que por el contrario, se lo enredara m\u00e1s la madeja de desatinos que en la cabeza ten\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Viv\u00eda de cierta m\u00f3dica pensi\u00f3n que le daban no sabemos d\u00f3nde, y de los cuartejos que hab\u00eda realizado vendiendo los \u00faltimos restos de su fortuna. Parec\u00eda, en resumen, uno de esos eremitas de la ciencia, que se aniquilan v\u00edctimas de su celo, y se espiritualizan, perdiendo poco a poco hasta la vulgar corteza de hombres corrientes, y haci\u00e9ndose unos majaderos que sirven para pocas cosas \u00fatiles, y entre ellas para hacer re\u00edr a los desocupados. Su h\u00e1bito, su temperamento, su personalidad era la narraci\u00f3n. Cuando contaba algo, era \u00e9l, era el doctor Anselmo en su genuina forma y exacta expresi\u00f3n. Sus narraciones eran por lo general parecidas a las sobrenaturales y fabulosas empresas de la caballer\u00eda andante, si bien teniendo por principal fundamento sucesos de la vida actual, que \u00e9l elevaba a lo maravilloso con el vuelo de su fantas\u00eda. Al contar estas cosas, siempre referentes a alg\u00fan pasaje de su vida, pon\u00eda en juego los m\u00e1s caprichosos recursos de la ret\u00f3rica y un copioso caudal de retazos eruditos que desembuchaba aqu\u00ed y all\u00ed con gran desenfado. Su estilo no carec\u00eda de arte, siendo por lo general difuso, vivo y pintoresco.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto har\u00e1 creer al lector que tenemos que hab\u00e9rnoslas con alg\u00fan literato desahuciado de la cr\u00edtica, desheredado de los favores populares, uno de esos que entregan a la miseria y al hast\u00edo una vida incapaz de emplearse en el ejercicio del arte y en el pleno goce de la gloria. No: el doctor Anselmo no era literato, ni sabemos que de su pluma saliera nunca otra cosa que unas cuentas mal perge\u00f1adas de las p\u00e9rdidas de su casa, y alg\u00fan memorial para hacer valer sus derechos a la pensi\u00f3n: era un hombre que ten\u00eda metida en la cabeza una idea insana. Tal vez conociendo algunos detalles de su vida, y prestando atenci\u00f3n al incidente que \u00e9l mismo nos va a referir, sepamos c\u00f3mo lleg\u00f3 aquel entendimiento a tal grado de desbarajuste, y c\u00f3mo se aposentaron en su cerebro tantas y tan locas im\u00e1genes, mezcladas de discretos juicios, tanta necedad unida a grandes concepciones, que parecen fruto del m\u00e1s sano y cultivado entendimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Tuvo el tal una juventud muy borrascosa, y desde su primera edad se not\u00f3 en \u00e9l gran violencia de sentimientos, desbarajuste en la imaginaci\u00f3n, mucha veleidad en su conducta, y alternativas de marasmo y actividad que le dieron fama de hombre destartalado y de poco seso. Cuentan que se pasaba semanas enteras retirado de las gentes, triste, aburrido como un santo, perdido en vanos \u00e9xtasis, de que no sal\u00eda ni aun solicitado por sus amigos: otras veces era tal su animaci\u00f3n y alegr\u00eda, que rayaba en delirio, siendo dif\u00edcil sustraerse a sus travesuras. Pero esto duraba poco, y a lo mejor le ve\u00edan otra vez solitario y abstra\u00eddo, hecho un santo de palo, de esos que miran al cielo y estiran un dedo como en expectaci\u00f3n de alguna voz de arriba. De esta manera le encontr\u00f3 la muerte de su padre, el cual le dej\u00f3 considerable fortuna y entre otras cosas una casa magn\u00edfica, donde el viejo, gran coleccionador de obras de arte, hab\u00eda reunido infinidad de primores del Renacimiento. Su familia era de las m\u00e1s nobles de Andaluc\u00eda: llevaba el apellido de Af\u00e1n de Ribera, siendo por la l\u00ednea materna de la casta de los Sil\u00edceos, por lo cual se enorgullec\u00eda de ser pariente del arzobispo de este nombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Al describir el palacio que le dej\u00f3 su padre, el doctor empleaba los m\u00e1s brillantes colores; daba a su relato tales visos de cosa fant\u00e1stica, que no era posible creerlo, ni dejar de pensar que la imaginaci\u00f3n del narrador era el principal arquitecto de tan hermosa vivienda.<\/p>\n\n\n\n<p>Casose mi hombre con una joven, de cuya hermosura hablaba siempre pomposamente. Lo que pas\u00f3 en este matrimonio, nadie lo sabe; y si es verdad lo quo de boca del mismo doctor vamos a o\u00edr, fuerza es confesar que el caso es raro y merece ser puesto entre las m\u00e1s curiosas aventuras que han ocurrido en el mundo. Cuentan personas autorizadas, que en los meses que estuvo casado, la enajenaci\u00f3n, la extravagancia de nuestro personaje llegaron a su \u00faltimo extremo: se le ve\u00eda entonces apartado de todo trato humano, buscando sitios solitarios, a veces dominado por c\u00f3lera inextinguible, a veces sumergido en profunda melancol\u00eda, especie de somnolencia que le daba todo el aspecto de un hombre sin sentido. Pocas veces le vieron con su mujer, para quien no ten\u00eda ni aun las m\u00e1s ligeras amabilidades que el m\u00e1s adusto marido tiene con la suya. Renegaba de sus suegros, hacia mil tonter\u00edas, hasta el punto de que la maledicencia, afanosa por saber lo que all\u00ed pasaba, entr\u00f3 en su casa y no dej\u00f3 a nadie con honra.<\/p>\n\n\n\n<p>La verdad no se sabe: muri\u00f3 Elena, que as\u00ed se llamaba su esposa, a los pocos meses de casada, y entonces empez\u00f3 Anselmo a ser el absurdo personaje que ahora conocemos. No volvi\u00f3 a tener reposado y claro el juicio, siendo desde entonces el hombre de las cosas estrafalarias o inconexas, cada vez m\u00e1s incomprensible, enfrascado en sus di\u00e1logos internos, y agitado siempre por la idea insana, que lleg\u00f3 poco a poco a formar parte de su naturaleza moral.<\/p>\n\n\n\n<p>Perdi\u00f3 su fortuna, no s\u00f3lo por abandono, sino porque suscitado un pleito insignificante por un pariente suyo, supo la curia aprovecharse tan bien, que en poco tiempo quedaron todos los litigantes en la miseria. Hubo quien dijo: \u00abEs un gran fil\u00f3sofo; ved con qu\u00e9 resignaci\u00f3n resiste los golpes de la suerte\u00bb. Otros dec\u00edan: \u00abEs un loco; mirad con qu\u00e9 indiferencia olvida sus asuntos\u00bb. Su estoicismo era objeto de burlas. Alguien quiso favorecerle, compadecido de su desgracia; pero parece que le encontraron orgulloso y poco dispuesto a admitir limosnas. Tambi\u00e9n hubo j\u00f3venes de candidez tan extremada, que le creyeron iniciador de un nuevo sistema filos\u00f3fico que hab\u00eda de pasmar al orbe. Esto proven\u00eda de que despu\u00e9s de su pobreza se hab\u00eda remontado a las alturas del bohardill\u00f3n, donde encendi\u00f3 una l\u00e1mpara y se puso a devorar libros noche tras noche sin darse reposo. Pero viendo todos la ninguna substancia de aquel trabajo incesante, encontr\u00e1banle cada vez m\u00e1s loco. Huyeron de \u00e9l los que antes le ten\u00edan afecto o l\u00e1stima, y s\u00f3lo hab\u00eda un reducido n\u00famero de personas que iban a o\u00edrle contar peregrinas aventuras, so\u00f1adas por \u00e9l sin duda, pues no exist\u00eda un ser cuyo papel en la sociedad hubiera sido m\u00e1s pasivo.<\/p>\n\n\n\n<p>El calificativo de doctor no proven\u00eda de ning\u00fan grado acad\u00e9mico, como en la mayor parte de los sabios; fue m\u00e1s bien un apodo con que los amigos gustaban de satirizar sus h\u00e1bitos de erudito. Los que iban a o\u00edrle contar sus historias no carec\u00edan de gusto, porque estas eran un tejido asombroso de hechos inveros\u00edmiles, pero de gran inter\u00e9s; hechos amenizados por pintorescas digresiones, y que tratados y escritos por pluma un poco diestra, tal vez ser\u00edan le\u00eddos con placer. Refer\u00edanse por lo general a apariciones de alguna sombra que ven\u00eda a pasearse por este mundo con el mayor desparpajo, y \u00e9l la presentaba como representaci\u00f3n simb\u00f3lica de alguna idea; ten\u00eda afici\u00f3n por toda clase de s\u00edmbolos, y en sus cuentos hab\u00eda siempre multitud de seres sobrenaturales que formaban como una mitolog\u00eda moderna.<\/p>\n\n\n\n<p>En todo esto entraba por mucho la erudici\u00f3n adquirida en sus asiduas lecturas, que era en \u00e9l como los archivos en que todo est\u00e1 revuelto, sin concierto ni orden. \u00a1Qui\u00e9n sabe, gran Dios! Tal vez si en aquella cabeza hubiera habido un cat\u00e1logo, el doctor Anselmo ser\u00eda uno de los m\u00e1s extraordinarios talentos conocidos.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo I &#8211; El doctor Anselmo&nbsp;: 3<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El doctor continuaba mirando aquel diab\u00f3lico aparato con ese abandono o negligencia que se pintan en el semblante cuando el pensamiento est\u00e1 muy lejos del sitio en que se fija la vista.<\/p>\n\n\n\n<p>Creer\u00edase que le importaba poco el resultado de tal experimento, y que no le hab\u00eda de dar placer ni disgusto la verdad c\u00edentifico, que con el l\u00edquido circulaba por el tubo.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero \u00bfc\u00f3mo se ha dedicado usted a la qu\u00edmica? -le dije, seguro de que el sabio no dar\u00eda contestaci\u00f3n categ\u00f3rica.<\/p>\n\n\n\n<p>-Para atar la loca -contest\u00f3-, para contenerla y obligarla a que no me martirice m\u00e1s. Yo necesito estar siempre ocupado en algo: la lectura me distrajo un poco; pero al fin llegu\u00e9 a cansarme de leer. Hace poco vi en ciertos libros cosas que me llamaron la atenci\u00f3n y no comprend\u00ed. \u00abVoy a ver lo que es eso, dije, yo necesito meterme en experimentos\u00bb. Compr\u00e9 estos trebejos, y me puse a soplar y a observar. Una nomenclatura y un manual me han bastado para distraerme unos d\u00edas. Pero aqu\u00ed no hay nada m\u00e1s que un pasatiempo: cultivo la curiosidad aunque sin fruto positivo. Que nadie espere de esto ning\u00fan adelanto cient\u00edfico. La verdad es que caliento mi m\u00e1quina y descompongo esos aguachirles, no pienso en otras cosas, y as\u00ed me va tal cual.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1La loca, siempre la loca! -le contest\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>-La verdad es que la imaginaci\u00f3n, a quien con mucha propiedad llama usted, de ese modo, si usted la sujetase un poco, lejos de atormentarle podr\u00eda ser fuente fecund\u00edsima de creaciones, cuya importancia usted m\u00e1s que nadie puede conocer. \u00bfPor qu\u00e9 no se ha dedicado a las artes?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh! Para el cultivo de las artes -dijo, volviendo la espalda al aparato-, se necesita una imaginaci\u00f3n cuyo ardor y abundancia se contengan en los l\u00edmites naturales; una imaginaci\u00f3n que sea una facultad con sus atributos de tal, y no enfermedad como en m\u00ed, aberraci\u00f3n, vicio org\u00e1nico. Esa preciosa facultad, aunque exuberante en algunos, no llega a dominar al individuo hasta el punto de imponerle una segunda vida; no es, como en m\u00ed, la mitad completa de la naturaleza. Yo no s\u00e9 por qu\u00e9 vine al mundo con esta monstruosidad; yo no soy un hombre, o m\u00e1s bien dicho, soy como esos hombres repugnantes y deformes que andan por ah\u00ed mostrando miembros inveros\u00edmiles que escarnecen al Criador. Mi imaginaci\u00f3n no es la potencia que crea, que da vida a seres intelectuales organizados y completos; es una potencia fren\u00e9tica en continuo ejercicio, que est\u00e1 produciendo sin cesar visiones y m\u00e1s visiones. Su trabajo semeja al del tornillo sin fin. Lo que de ella sale es como el hilo que sale del vell\u00f3n y se tuerce en girar infinito sin concluir nunca. Este hilo no se acaba, y mientras yo tenga vida, llevar\u00e9 esa devanadera en la cabeza, m\u00e1quina de dolor que da vueltas sin cesar.<\/p>\n\n\n\n<p>-Es verdad -dijo maquinalmente, admirado de que en su locura hubiera podido expresar tan bien y de un modo tan pintoresco el deplorable estado de su cabeza.<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo soy esclavo de esto -continu\u00f3-. Desde ni\u00f1o vengo padeciendo los estragos de mi imaginaci\u00f3n. Ella en cincuenta a\u00f1os me ha hecho vivir trescientos. S\u00ed; las falsas sensaciones que yo, aunque apartado del mundo, he experimentado en mi vida, suman las vidas de seis hombres; he vivido demasiado, porque la fantas\u00eda ha puesto en mi tiempo millones de d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>-Vamos -dije para m\u00ed, mientras hac\u00eda con la cabeza una respetuosa se\u00f1al de asentimiento-; ya te engolfaste en tus man\u00edas, y eres hombre perdido por esta noche.<\/p>\n\n\n\n<p>-Soy muy desgraciado, el m\u00e1s desgraciado de los hombres -prosigui\u00f3 el doctor-. Mis desdichas no tienen igual en el mundo, ni se parecen a nada de lo que leemos. Otros hombres son mortificados dentro de su naturaleza, mientras yo me salgo en esto de la com\u00fan ley de los dolores humanos; porque soy un ser doble: yo tengo otro dentro de m\u00ed, otro que me acompa\u00f1a a todas partes y me esta siempre contando mil cosas que me tienen estremecido y en estado de perenne fiebre moral. Y lo peor es que esta fiebre no me consume como las fiebres del cuerpo. Al contrario: esto me vivifica; yo siento que esta llama interior parece como que regenera mi naturaleza, poni\u00e9ndola en disposici\u00f3n de ser mortificada cada d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>-Es particular -dije, no comprendiendo nada de aquello de llama interior, y el ser doble, y el tornillo sin fin.<\/p>\n\n\n\n<p>-No encuentro mi semejante en ninguna parte -prosigui\u00f3-. \u00danicamente puedo llamar pr\u00f3jimos a los m\u00edsticos espa\u00f1oles, que han vivido una vida ideal completa, paralela a su vida efectiva. Estos ten\u00edan una obsesi\u00f3n, un otro yo metido en la cabeza. A veces he pensado en la existencia de un entozoario que ocupa la regi\u00f3n de nuestro cerebro, que vivo aqu\u00ed dentro, aliment\u00e1ndose con nuestra savia y pensando con nuestro pensamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh! explique usted eso un poco m\u00e1s -dije, satisfecho de ver entrar a D. Anselmo por el camino de una extravagancia que parec\u00eda ser muy divertida.<\/p>\n\n\n\n<p>-No es m\u00e1s que una idea vaga&#8230; Si yo pudiera exteriorizarme, expresar todo esto que hay en m\u00ed, de seguro se pasmar\u00edan muchos que hoy se r\u00eden de mis cosas.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh! Si usted escribiera sus memorias, D. Anselmo -dijo afectando mucha seriedad para que no desconfiase-, no habr\u00eda en antiguos ni modernos quien le igualara.<\/p>\n\n\n\n<p>-Es verdad -contest\u00f3 D. Anselmo, cuyos ojos se animaron con repentino fulgor. -Nadie me igualar\u00eda. Mi vida ha sido universal compendio de toda la vida humana: \u00bfno es verdad?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Ah! sin duda. \u00bfQui\u00e9n puede dudar eso?<\/p>\n\n\n\n<p>-Usted, que me ha o\u00eddo contar algunos sucesos, lo comprender\u00e1. \u00bfNo es verdad que no hay nada m\u00e1s maravilloso que mi matrimonio? \u00bfUsted no recuerda aquel original suceso que le he contado, cuando me encontr\u00e9 en presencia del m\u00e1s extra\u00f1o fen\u00f3meno que se ha ofrecido a la observaci\u00f3n humana?<\/p>\n\n\n\n<p>-No recuerdo de qu\u00e9 habla usted.<\/p>\n\n\n\n<p>-Mi matrimonio, s\u00ed: yo se lo he contado a usted. Lo que entonces se habl\u00f3 fue un embuste. Nadie supo la verdad de tan singular acontecimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>-A m\u00ed no me ha contado usted maldita de Dios la cosa -le dije, recordando que, a pesar de su franqueza y locuacidad, no hab\u00eda hablado nunca, sino muy obscuramente, de aquel misterioso asunto.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQue no se lo he contado? Jurar\u00eda que se lo refer\u00ed punto por punto la otra noche.<\/p>\n\n\n\n<p>-Aseguro a usted que no s\u00e9 una palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfNo le cont\u00e9 a usted aquello de mi mujer, de aquel hombre&#8230; de aquel demonio&#8230;?<\/p>\n\n\n\n<p>-Nada de eso s\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfYo no he hablado con usted de mi palacio?<\/p>\n\n\n\n<p>-Del palacio s\u00ed, aunque ligeramente -dije recordando la fant\u00e1stica pintura que de su casa hac\u00eda con frecuencia el doctor.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh, estupendo, maravilloso! Mi padre ten\u00eda un grande amor a las artes. \u00a1Qu\u00e9 preciosidades, qu\u00e9 joyas!<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed, deb\u00eda de ser magnifico -repet\u00ed para incitarlo a hablar y recrearme en el desborde siempre majestuoso de su verbosidad fecunda.<\/p>\n\n\n\n<p>-A\u00fan me parece que estoy all\u00ed -dijo con una especie de \u00e9xtasis-, y veo a mi mujer, andando lentamente y con majestad, como ella andaba; entrar all\u00ed, cerrar la puerta; me figuro que siento el ruido de sus vestidos al caer, el sonido de su grueso collar de \u00e1mbar al ser puesto en el platillo del guarda joyas.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh! siga usted, siga.<\/p>\n\n\n\n<p>-La media noche es fecunda en imaginaciones. Ella pasaba por delante de m\u00ed, dejando como un rastro de luz. Yo no dorm\u00eda, porque estaba alerta, siempre con el o\u00eddo atento a aquella voz abominable.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfA la voz de Elena?<\/p>\n\n\n\n<p>-No, no -dijo con furor-; a la voz de&#8230; La sangre corri\u00f3 de su herida&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-La se\u00f1ora estaba herida sin duda.<\/p>\n\n\n\n<p>-No, \u00e9l; lo cual no imped\u00eda que me mostrara su infame sonrisa y su mirada de demonio.<\/p>\n\n\n\n<p>-Veo que ese es asunto complicado. \u00bfAnda en \u00e9l alguna persona de quien yo no tenga noticia?<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed, usted le conoce, todos le conocen, anda por ah\u00ed. Yo le veo todos los d\u00edas: hace pocas noches estuvo aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQui\u00e9n?<\/p>\n\n\n\n<p>-Ese&#8230; Pero voy a cont\u00e1rselo a usted formalmente -dijo como quien se decide, despu\u00e9s de dudar mucho tiempo, a hacer una importante revelaci\u00f3n-. Usted oir\u00eda hablar entonces de mi esposa, de m\u00ed; oir\u00eda mil necedades que distan mucho de la verdad. La verdad pura es lo que voy a contar ahora.<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor Anselmo empez\u00f3 a hablar refiriendo su extra\u00f1o suceso con prolijidad encantadora: no perdonaba recurso alguno de elocuencia; describ\u00eda los sitos del modo m\u00e1s minucioso y tan al vivo, que seduc\u00eda su lenguaje. Hab\u00eda, sin embargo, cierta vaguedad y confusi\u00f3n en el relato; y era preciso acostumbrarse a su peculiar estilo para encontrar el m\u00e9todo misterioso que sin duda ten\u00eda. Al principio, como su fantas\u00eda estaba m\u00e1s suelta, divagaba de aqu\u00ed para all\u00ed, entremezclaba la relaci\u00f3n con sentencias de su cosecha, con apreciaciones que ten\u00edan a veces pasmosa originalidad y a veces una candidez cercana a la estulticia. In\u00fatil es decir que hab\u00eda mucho de novelesco en todo aquello, y que en las descripciones, sobre todo, dejaba correr muy descuidadamente la lengua. Risa causaba o\u00edrle describir su palacio, que a ser como \u00e9l dec\u00eda, no tendr\u00eda igual en los m\u00e1s florecientes tiempos de las artes. Dejaba afluir la vena de su erudici\u00f3n en llegando a este punto, y ni la raz\u00f3n le conten\u00eda, ni el temor de parecer mentiroso le refrenaba. No sabemos si las mentiras que cont\u00f3 y que vamos a transcribir, pueden tener, arregladas y metodizadas, alg\u00fan inter\u00e9s y visos de sentido com\u00fan. Tal vez resulten menos locas de lo que a primera vista parece; tal vez aparezca un rayo de l\u00f3gica en ellas, si se las considera como creaci\u00f3n metaf\u00edsica; tal vez, sin saberlo el mismo doctor, hab\u00eda hecho un regular ap\u00f3logo sacado del m\u00e1s amargo trance de su vida; y \u00e9l, sin sospecharlo siquiera, al agregar a su cuento mil mentiras y exageraciones, hab\u00eda producido una peque\u00f1a obra de arte, propia para distraer y aun ense\u00f1ar.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco antes de haber empezado, entr\u00f3 do\u00f1a M\u00f3nica, a quien atra\u00eda el calor del hornillo, \u00fanico rescoldo que hab\u00eda en la casa en las noches de invierno. Franqueza digna de los tiempos patriarcales reinaba entre los dos: ella ten\u00eda costumbre de arrimarse al aparato qu\u00edmico; y all\u00ed, si no hacia media, se quedaba dormida con una beatitud que el sabio no pod\u00eda ver sin admiraci\u00f3n. El escu\u00e1lido gato, que parec\u00eda alimentado con cloruros y bromuros, dio algunos pasos por la habitaci\u00f3n, como quien busca alguna cosa, prob\u00f3 varios sitios, se instal\u00f3 primero en un libro, y despu\u00e9s entre dos pilas de Volta, y al fin, no gust\u00e1ndole ninguna de estas cosas, vino a tenderse perezosamente entre los pies de la due\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor Anselmo habl\u00f3 de esta manera:<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo I &#8211; El doctor Anselmo&nbsp;: 4<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLo primero que voy a hacer es darle a usted una idea de c\u00f3mo era mi palacio, aquel palacio que hered\u00f3 de mi padre, el m\u00e1s entusiasta coleccionador de obras de arte que ha existido. Comprender\u00e1 usted, al conocer por mi relato aquella vivienda, que bien pod\u00eda esperar la felicidad quien tales medios tuvo de satisfacerla: y al mismo tiempo le causar\u00e1 asombro que yo, joven, rico, dotado, aunque me est\u00e9 mal el decirlo, de cualidades apreciables, fuera el m\u00e1s desgraciado ser de la tierra. Yo me cas\u00e9 muy a mi gusto, me cas\u00e9 satisfecho, lleno de entusiasmo, enamorado como un mozalbete: mi mujer habit\u00f3 conmigo aquella casa hasta que muri\u00f3. Ver\u00e1 usted cu\u00e1ntas cosas pasaron en tan pocos meses. \u00a1Qu\u00e9 inquisici\u00f3n, qu\u00e9 tormentos, qu\u00e9 horrible tortura moral!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbMi casa estaba construida muy misteriosamente; al exterior no aparentaba nada de notable, pues no era m\u00e1s que un caser\u00f3n de estos que han quedado en Madrid del siglo pasado. Interiormente estaban todas sus maravillas: como los alc\u00e1zares de los \u00e1rabes, fue construida por un gran ego\u00edsmo o una extremada reserva. Mi padre realiz\u00f3 all\u00ed un sue\u00f1o, expres\u00f3 todo lo que sab\u00eda o todo lo que hab\u00eda so\u00f1ado. No s\u00e9 qu\u00e9 medios emple\u00f3 para ello, ni qu\u00e9 art\u00edfices trabajaron en la obra: parec\u00eda m\u00e1s bien cosa forjada por fuerzas superiores, obra salida de las entra\u00f1as de la tierra al empuje de una voluntad diab\u00f3lica. Examinada detenidamente, se ve\u00eda all\u00ed como la historia y el proceso del arte en todos tiempos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbMi padre era grande admirador de la antig\u00fcedad, y hab\u00eda querido representarla all\u00ed: m\u00e1s que delirio de un poderoso, era su casa la realizaci\u00f3n de un sue\u00f1o de artista, delirio simbolizado en la opulencia, verdadera est\u00e9tica del mill\u00f3n. El jaspe, las estatuas, los relieves, las l\u00edneas entrantes y salientes, las molduras y reflejos, la tersa superficie del m\u00e1rmol del piso, que proyectaba a la inversa la construcci\u00f3n toda, la concavidad mitad sombr\u00eda mitad luminosa de las b\u00f3vedas, la comunicaci\u00f3n de las arquer\u00edas, el corte geom\u00e9trico de las luces, la amplitud, la extensi\u00f3n, la altura, deslumbraban a todo el que por primera vez entraba en aquel recinto. A medida que se avanzaba, era m\u00e1s grandioso el espect\u00e1culo y se ofrec\u00edan a la contemplaci\u00f3n espacios mayores y m\u00e1s bellos. Cada arquer\u00eda abr\u00eda paso a otro recinto, se entrecortaban las cornisas, engendrando en sus choques curvas m\u00e1s atrevidas; los arcos se transmit\u00edan sucesivamente la luz; y esa luz, corriendo de nave en nave para iluminar espacios cada vez mayores, parec\u00eda reproducir en escala creciente un sencillo plantel, como si obrara all\u00ed la potencia refractiva de enormes, y disimulados espejos.<\/p>\n\n\n\n<p>-Bueno deb\u00eda de ser eso -dije en un instante en que el doctor se detuvo para tomar aliento.<\/p>\n\n\n\n<p>-No he hablado todav\u00eda m\u00e1s que del vest\u00edbulo -afirm\u00f3-, lo dem\u00e1s&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-Pues si esto no es m\u00e1s que el vest\u00edbulo, lo dem\u00e1s ser\u00e1 cosa tan bella, que exceder\u00e1 a todo encarecimiento -observ\u00e9 sin poder contener mi asombro, al ver que las mentiras e hip\u00e9rboles de mi amigo no ten\u00edan l\u00edmite, y superaban a todo lo que en las cabezas m\u00e1s extraviadas y llenas de necedad estamos acostumbrados a ver.<\/p>\n\n\n\n<p>-Intern\u00e1ndose -continu\u00f3-, se ve\u00eda que la arquitectura antigua dominaba all\u00ed, variando sus m\u00e1s hermosos estilos. El decorado era cada vez m\u00e1s bello, sin que la profusi\u00f3n perjudicara la pureza y armon\u00eda. Primero es reflejaba all\u00ed toda la graciosa sencillez de los antiguos templos de Atenas; las mismas formas adquir\u00edan despu\u00e9s esbeltez y gallard\u00eda modificadas por la mano del arte j\u00f3nico. M\u00e1s adelante, la mon\u00f3tona tersura del m\u00e1rmol desaparec\u00eda entre los colores del jaspe, el dorado brillaba en los acantos del capitel corintio, en las dent\u00edculas y en las grecas. La figura humana principiaba a manifestarse en las claves del arco, en los relieves triangulares de las pechinas, en los monstruos h\u00edbridos que galopaban sobre el friso, en las cabezas de s\u00e1tiro, en las m\u00e1scaras grotescas, cuyas bocas, contra\u00eddas por la hilaridad anacre\u00f3ntica, vomitaban flores y festones. M\u00e1s all\u00e1, las hijas de la Caria soportaban el arquitrabe adornado con severidad; y ya la figura humana aparec\u00eda completa en el muro: los centauros a un lado, las amazonas a otro, sosten\u00edan sus luchas encarnizadas. Las ninfas agrupadas en el front\u00f3n coronaban de rosas la cabeza de la v\u00edctima propiciatoria; los atlantes sosten\u00edan encorvados el techo, mientras en los relieves se desarrollaban, magn\u00edficamente esculpidas, las f\u00e1bulas todas de los grandes desfacedores de agravios de la Grecia, H\u00e9rcules y Tosco. Las figuras eran mayores aqu\u00ed, y las actitudes y formas tocaban el l\u00edmite de perfecci\u00f3n del ideal antiguo. Todas las figuras eran divinas, desde Prometeo a Dejanira; todos los monstruos eran hombres, desde Polifemo hasta Briareo&#8230; El cuadr\u00fapedo mismo, modelado por tan h\u00e1bil cincel, ten\u00eda una especie de humana expresi\u00f3n. All\u00ed Pegaso, era un rey que trota y vuela, Cervero un esclavo, que ladra por tres bocas.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero diga usted, para que hubiera tantas cosas era preciso un espacio inmenso -le dije, picado ya de las enormes bolas que me quer\u00eda hacer tragar el bueno de D. Anselmo, y deseoso de hacerle comprender, por si quer\u00eda burlarse de m\u00ed, que no era tan cr\u00e9dulo para embucharme aquella m\u00e1quina de desatinos.<\/p>\n\n\n\n<p>La verdad era que ya estaba mareado con la pomposa descripci\u00f3n de columnas, jaspes, cari\u00e1tides y otras mil baratijas engendradas en la mente de mi amigo. Yo sab\u00eda, por lo que o\u00ed referir a algunos viejos, que el tal palacio no ten\u00eda de particular m\u00e1s que algunos cuadrejos, algunos vasos y dos o tres estanter\u00edas vetustas que el padre de D. Anselmo hab\u00eda comprado en una almoneda. No pod\u00eda menos de extra\u00f1ar que a la riqueza art\u00edstica del palacio diera tales proporciones el alucinado narrador. H\u00edcele algunos argumentos, extra\u00f1ando que aqu\u00ed, en Madrid, existiese tan copioso caudal de obras de arte; pero \u00e9l no se dio por entendido y sigui\u00f3 en sus trece.<\/p>\n\n\n\n<p>-En lo que parec\u00eda ser centro del edificio -a\u00f1adi\u00f3 con cierta gravedad que no se pod\u00eda ver sin ser tentado a risa-, y bajo elevad\u00edsima b\u00f3veda, ve\u00edanse innumerables obras de estatuaria. Hab\u00eda grupos representando los hechos m\u00e1s famosos de la f\u00e1bula hel\u00e9nica, y figuras t\u00edpicas de incomparable hermosura, significadas con los nombres de las divinidades que tienen atributos y representaci\u00f3n m\u00e1s generales. Con los desastres de \u00c1yax Oileo, y los horrores de T\u00e1ntalo y Prometeo, formaba juego una serie de esculturas que expresaban las aventuras igualmente c\u00e9lebres del D. Juan del Olimpo. Las pobres v\u00edctimas de su intemperancia eran gallard\u00edsimas figuras, en quienes se pod\u00edan ver los efectos de una misma pasi\u00f3n con rasgos distintos, seg\u00fan el distinto aspecto con que se les presentaba el burlador inmortal. Todas eran igualmente bellas, sin que Europa se pareciese en nada a Latona, ni Leda tuviera semejanza alguna con S\u00e9mele. J\u00fapiter era siempre el mismo Dios de concupiscencia y descaro, ya cuando aparec\u00eda en toda su majestad ol\u00edmpica, ya convertido en toro, o disfrazado con las plumas del palm\u00edpedo.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 diablo de J\u00fapiter! Ese se\u00f1or no perdon\u00f3 casada ni doncella -observ\u00e9 yo, a ver si por las burlas le obligaba a cortar el vuelo de su disparatada fantas\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Ni por esas. D. Anselmo continu\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-Esto que he descrito no es en realidad m\u00e1s que un museo, la parte visible de la casa. La parte interior, lo habitable, era m\u00e1s curioso a\u00fan.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1M\u00e1s curioso a\u00fan! -dije para mi capote-; \u00a1m\u00e1s curioso a\u00fan! \u00a1Medrados estamos! \u00bfA d\u00f3nde vamos a parar? Pues s\u00ed todav\u00eda falta palacio, este hombre me va a marear esta noche.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Lo que he descrito no es m\u00e1s que galer\u00edas!<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Nada m\u00e1s que galer\u00edas! \u00a1Qu\u00e9 horror! \u00a1Qu\u00e9 habr\u00e1 en las salas y en las alcobas!- exclam\u00e9 alarmado.<\/p>\n\n\n\n<p>-La gran sala no se parec\u00eda en nada a aquellas magn\u00edficas construcciones donde imperaba la arquitectura. En sus paredes no hab\u00eda estilo: dominaba el detalle, y eran tan diversas las preciosidades all\u00ed acumuladas, que en vano intentar\u00eda describirlas y enumerarlas el m\u00e1s cachazudo clasificador.<\/p>\n\n\n\n<p>-Buena me espera -pens\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>-Era un museo de artes de ornamentaci\u00f3n, y aqu\u00ed cada objeto era una maravilla, y la excelencia de cada uno disimulaba la abigarrada pero sorprendente perspectiva del conjunto. Muebles soberbios del Renacimiento, fecundo en prodigios de ebanister\u00eda; cornucopias venecianas; relojes del tiempo de Luis XV, adornados con figuras mitol\u00f3gicas, relieves de fin\u00edsimo estuco, representando cacer\u00edas y bailes campestres; candelabros, bustos, tr\u00edpodes y medallones se hallaban aglomerados en la pared y junto a ella, dejando entrever apenas la rica tapicer\u00eda flamenca, cuyos colores, siempre frescos, revelaban el cart\u00f3n de Teniers o de Brueghel. No faltaban esas caprichosas papeleras, cuyos diminutos repartimientos ostentan peque\u00f1as figuras de consumado gusto, mosaicos e incrustaciones con palos de diferentes colores, y al lado de estas piezas, veladores con planchas de porcelana, en las cuales un delicado pincel hab\u00eda representado infinidad de c\u00e9lebres cortesanas. No lejos de estas bellezas terribles, hab\u00eda vasos antiguos y modernos, \u00e1nforas doradas con la filigrana del cincel ar\u00e1bigo, y jarros de la India y Ocean\u00eda, donde se enroscaban lagartos verdosos y alima\u00f1as de imaginaci\u00f3n, toscamente labradas. \u00cddolos malabares de vientre hinchado, ombligo profundo y orejas descomunales se re\u00edan en un rinc\u00f3n con hilaridad de beodo o de simple; y m\u00e1s alla vistosos p\u00e1jaros de Am\u00e9rica disecados, alternaban con conchas africanas, ramos de coral, un tr\u00edptico de la Edad Media, una cruz bizantina y relicarios egipcios, que&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-Basta, basta -grit\u00e9 levant\u00e1ndome-, basta; que ya se me trastorna la cabeza. Esa diab\u00f3lica confusi\u00f3n de cosas que usted ten\u00eda no es para contada.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin duda todos los calderos y cachivaches de su casa se le antojaban al doctor vasos egipcios y cruces bizantinas. \u00c9l no se dio por ofendido con mi brusca interrupci\u00f3n, y muy entusiasmado prosigui\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-Buscar la simetr\u00eda en este museo hubiera sido destruir su principal encanto, que era la heterogeneidad y el desorden. Despu\u00e9s de los primores geom\u00e9tricos de las galer\u00edas; despu\u00e9s de la simetr\u00eda cruel del d\u00f3rico y de la regularidad deslumbradora del corintio, aquella mezcolanza de objetos diversos&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-No es tan grande como la que t\u00fa tienes en la cabeza -dije para m\u00ed, envidiando la suerte del gato, que dorm\u00eda tranquilamente sin verse obligado a admira las maravillas del Renacimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>-Aquella mezcolanza de objetos, en algunos de los cuales se observaban \u00f3rdenes multiplicados, la aglomeraci\u00f3n de piezas, muebles, vasos, adornos, con el sello de pa\u00edses distintos y artes diferentes, la amalgama de cosas bellas, curiosas o raras halagaba el entendimiento oprimido hasta entonces por la simetr\u00eda, y daba libertad a la vista, antes subyugada por la l\u00ednea. Aqu\u00ed los objetos reunidos con acertado desorden, las infinitas soluciones de continuidad, la ausencia completa de proporciones, produc\u00edan inmenso agrado, y borrando todo punto de partida, evitaban al espectador la fatiga que produce el involuntario medir a que se entrega la vista en presencia de la arquitectura. Los interiores, cuando son bellos, son como los abismos: fascinan la vista, y el espectador no puede prescindir de arrojar mentalmente una plomada y trazar en el espacio multiplicadas l\u00edneas con que su imaginaci\u00f3n trata de sondear el di\u00e1metro del arco, la altura de la fuste, y el radio de b\u00f3veda. En este involuntario trabajo mental, producido por la armon\u00eda, la simetr\u00eda, la proporci\u00f3n y la esbeltez, se fatiga la mente y flaquea entre el cansancio y el asombro. Cuando no hay estilo y s\u00ed detalles; cuando no hay punto de vista, ni clave, la mirada no se fatiga, se espacia, se balancea, se pierde; pero permanece serena, porque no trata de medir, ni de comparar; se entrega a la confusi\u00f3n del espect\u00e1culo, y extravi\u00e1ndose se salva.<\/p>\n\n\n\n<p>Al decir esto call\u00f3 para tomar aliento. Tragueme la lecci\u00f3n de perspectiva como Dios me dio a entender: la lecci\u00f3n me parec\u00eda el colmo de lo confuso y embrollado; pero no puedo menos de confesar que el doctor me infund\u00eda respeto, y no me atrev\u00ed a decir cosa alguna que pudiera ofenderle. As\u00ed es que, a pesar de mi aburrimiento, tuve que inclinar la cabeza. Despu\u00e9s de descansar un momento, prosigui\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abDe este sal\u00f3n se pasaba a otros aposentos llenos de cuadros.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed&#8230; ya comprendo: cuadros muy bonitos. Yo he visto muchos cuadros -indiqu\u00e9 para obligarle a apartar de m\u00ed la nueva tormenta que ya sent\u00eda venir encima.<\/p>\n\n\n\n<p>-En una de estas habitaciones hall\u00e1base la clave del acontecimiento que voy a referir. A\u00fan me parece que lo veo, y que est\u00e1 all\u00ed todav\u00eda, con su elocuente mirada, su sonrisa llena de perfidias y enga\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQui\u00e9n estaba all\u00ed?<\/p>\n\n\n\n<p>-Dir\u00e9 a usted; mi padre pose\u00eda una buena colecci\u00f3n de cuadros un tanto licenciosos. Abundaban las desnudeces provocativas, casi deshonestas; hab\u00eda jardines de amor, bacanales, festines campestres y tocadores de Venus. El fundador de tal galer\u00eda fue gran epic\u00fareo, y gustaba de recrearse en aquellos mudos testigos y compa\u00f1eros de sus org\u00edas. Entre estas pinturas hab\u00eda una que sobresal\u00eda y cautivaba la atenci\u00f3n m\u00e1s que las otras; representaba a Paris y Elena reposando en una fresca gruta de la isla de Crana\u00e9. Hermoso era el rostro de la mujer de Menelao; pero el del joven troyano era m\u00e1s hermoso a\u00fan: hab\u00edale dado tal animaci\u00f3n el pincel, que parec\u00eda que hablaba y que infund\u00eda a Elena sus p\u00e9rfidos pensamientos. Siempre cre\u00ed ver algo de viviente aquella figura, que a veces por una ilusi\u00f3n inexplicable parec\u00eda moverse y re\u00edr. A todos impresionaba, y especialmente a m\u00ed. Recuerde usted bien esto, para que no lo sea dif\u00edcil comprender la narraci\u00f3n que va a seguir. Voy a contar la espantosa historia.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfCon que en ese cuadrito de Paris comienza la historia? Debe de ser bonita.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ahora ver\u00e1 usted: yo me cas\u00e9. Mi mujer viv\u00eda all\u00ed conmigo. \u00a1Cu\u00e1nto la amaba! Al principio asalt\u00e1bame el sentimiento de que mi vida ser\u00eda corta, y apenas podr\u00eda disfrutar de tanta felicidad; pero al poco tiempo de casado me entraron melancol\u00edas, di en cavilar&#8230; Yo soy un cavilador sempiterno. Adoraba a mi esposa, y ten\u00eda celos hasta del aire que respiraba.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ya se empieza a embrollar el asunto -dije entre m\u00ed-; el casamiento, el cuadro de Paris, el amor caviloso que ten\u00eda usted a su esposa&#8230; Esto es m\u00e1s confuso que el sal\u00f3n de antig\u00fcedades.<\/p>\n\n\n\n<p>Y en verdad, ya me pesaba haber provocado la enfadosa relaci\u00f3n del doctor, en la cual no encontraba inter\u00e9s alguno. Digresiones, extravagancias: a esto se reduc\u00eda todo. Me resign\u00e9, sin embargo, a escuchar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abHubo en los primeros d\u00edas de mi matrimonio -continu\u00f3-, momentos de inefable felicidad: me cre\u00ed elevado, espiritualizado, loco; sent\u00eda como una inflamaci\u00f3n cerebral, e impulsos de correr, gritar, hablar a todo el mundo. Mas de pronto ca\u00eda en el abismo de mis cavilaciones, sumergi\u00e9ndome en mi propia tristeza. Nadie me hac\u00eda decir palabra. Ten\u00eda clavada en el pensamiento mi idea, mi tormento. \u00bfNo sabe usted lo que era?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 he de saber, por mis pecados?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh! -exclam\u00f3 cerrando los pu\u00f1os, inflamado el rostro y con un viv\u00edsimo fulgor en sus ojos-, era que yo pensaba&#8230; Un d\u00eda entr\u00e9 tarde en mi casa, entr\u00e9 y vi&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor se par\u00f3 un momento, absorto, ocultando la cabeza entre las manos, y permaneci\u00f3 un rato en silencio.<\/p>\n\n\n\n<p>Este silencio me permiti\u00f3 un momento de descanso, y mir\u00e9 en derredor m\u00edo, donde todo era tranquilidad. Un gru\u00f1ido sordo turbaba el silencio de la habitaci\u00f3n: era do\u00f1a M\u00f3nica, que roncaba, la cabeza como enterrada en el pecho, libre de cuidados, feliz, dando rienda suelta a su esp\u00edritu, que volaba libremente qui\u00e9n sabe por d\u00f3nde. Sus labios, sombreados por un bigotillo, se extend\u00edan formando hocico, y por all\u00ed y por su aplastada y carnosa nariz, convertida por la violencia de la respiraci\u00f3n en verdadero ca\u00f1o de \u00f3rgano, sal\u00eda la ruidosa sinfon\u00eda que turbaba el profundo silencio del laboratorio. El doctor, alzando de nuevo la cabeza, continu\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abMi boda fue repentina: no hab\u00edan precedido m\u00e1s relaciones \u00edntimas, furtivas, que enlazan las almas moralmente antes de ser atadas las personas por el nudo religioso y civil. Yo no hab\u00eda sido su novio; y aquello fue m\u00e1s bien cosa concertada por los padres, guiados por la conveniencia, que uni\u00f3n espont\u00e1nea de dos amantes que se cansan de la vida plat\u00f3nica. Nos casamos no muchos d\u00edas despu\u00e9s de habernos conocido; y de aqu\u00ed creo yo que provinieron todos mis males. Yo, no obstante, la am\u00e9 mucho desde que resolv\u00ed unirme a ella. Pero lleg\u00f3 el d\u00eda, y no s\u00e9 por qu\u00e9, cre\u00ed ver en su semblante m\u00e1s bien las se\u00f1ales de la resignaci\u00f3n que las de la alegr\u00eda, lo que me contrist\u00f3 sobremanera, y me hizo meditar; mas cuando vino a sospechar si habr\u00eda hecho mal, ya estaba casado. Esto no impidi\u00f3 que tuviera momentos de felicidad como antes he dicho; pero pasaban r\u00e1pidamente, dej\u00e1ndome despu\u00e9s sumergido en mis meditaciones. \u00bfSabe usted cual fue el tema de mi eterno cavilar? Pensaba de continuo en mi esposa, sospechando de su fidelidad para lo futuro; esta idea se clav\u00f3 con tanta tenacidad en mi cerebro, que no me dejaba reposar. Me ocurri\u00f3 que deb\u00eda ser un tirano para ella, encerrarla, evitar todas las ocasiones de que pudiera enga\u00f1arme: a veces fijaba mis ojos en los suyos, y quer\u00eda leerle el pensamiento. El asombro con que ella ve a estas cosas m\u00edas, precisamente al poco tiempo de casados, no es para referido: por \u00faltimo empez\u00f3 a tenerme miedo; y a la verdad, yo lo infund\u00eda a cualquiera con mi siniestra austeridad y reconcentraci\u00f3n. Pugnaba por echar de m\u00ed aquella idea; llamaba a la raz\u00f3n; pero esta parec\u00edame a veces m\u00e1s loca que la fantas\u00eda, y entre las dos me llevaban al \u00faltimo grado de tormento.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPero en qu\u00e9 se fundaba usted, hombre de Barrab\u00e1s, para esa descabellada sospecha? -le pregunt\u00e9, buscando un rayo de l\u00f3gica en las cavilaciones del doctor Anselmo.<\/p>\n\n\n\n<p>-En nada positivo por de pronto. Luego ver\u00e1 usted. Ella me ten\u00eda miedo: yo lo conoc\u00eda. Pero esto es inexplicable, usted no puede comprenderlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y en efecto, nada comprend\u00eda de semejante jerigonza, de aquellos hechos en que todo era confusi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>-Nada puede usted comprender por ahora, sino despu\u00e9s, cuando le explique todo lo que me pas\u00f3. Un d\u00eda estaba ella en esa habitaci\u00f3n que he descrito \u00faltimamente; hall\u00e1base en pie junto al magn\u00edfico lienzo de Paris y Elena, de que habl\u00e9 a usted. -\u00ab\u00a1Qu\u00e9 hermosa figura!\u00bb -dijo se\u00f1alando a Paris. -\u00abS\u00ed\u00bb, repliqu\u00e9 yo mir\u00e1ndola tambi\u00e9n. Y los dos contemplamos un rato la belleza singular del incomparable mancebo. Despu\u00e9s ella se march\u00f3, y yo tras ella&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-Cada vez entiendo menos -dije para mis adentros.<\/p>\n\n\n\n<p>-Esto que acabo de contar explicar\u00e1 un poco mi sorpresa, mi terror, cuando una noche entr\u00e9 en casa y vi&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPero qu\u00e9? -pregunt\u00e9, deseando saber lo que vio el doctor alucinado.<\/p>\n\n\n\n<p>-Para que usted se haga cargo bien de esto, debo ponerle en antecedentes de muchas cosas que influyeron mucho en el nunca visto estado de mi esp\u00edritu. A\u00fan recuerdo su alcoba, iluminada por misteriosa luz. Entro y veo all\u00ed sus ropas arrojadas en desorden, sus joyas&#8230; Presto atenci\u00f3n y siento el ruido de su aliento: me acerco, tomo con tr\u00e9mula mano la cortina del lecho, la levanto, la veo&#8230; Me siento junto a la cama&#8230; sus labios se mueven, me parece que va a hablar&#8230; no dice nada, nada; pero a m\u00ed me parece que sus labios han articulado silenciosamente una palabra que no llega a mi o\u00eddo&#8230; me acerco m\u00e1s&#8230; me parece que frunce las cejas y que despu\u00e9s las dilata&#8230; fijo m\u00e1s la atenci\u00f3n&#8230; me parece que se sonr\u00ede.<\/p>\n\n\n\n<p>-Todo eso no explica nada -observ\u00f3 con cierto enojo al ver que de la boca del sabio no sal\u00edan que embrollos.<\/p>\n\n\n\n<p>-Todo eso, amigo m\u00edo, sirve para explicar a usted cu\u00e1l ser\u00eda mi estupor, mi espanto, cuando vi&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfQu\u00e9 vio usted, hombre? Sepamos -dije con impaciencia.<\/p>\n\n\n\n<p>-Vi, vi&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor no pudo continuar, porque un ruido instant\u00e1neo, horroroso, una detonaci\u00f3n tremenda, reson\u00f3 en la habitaci\u00f3n, y claridad viv\u00edsima, rojiza, infernal, nos ilumin\u00f3 a todos. Lanzamos un grito de terror. Era que una de las retortas que se calentaban en el hornillo revent\u00f3 con estr\u00e9pito: el doctor, con su narraci\u00f3n, hab\u00eda olvidado el experimento, y el l\u00edquido, dilat\u00e1ndose considerablemente, y no encontrando salida, se abri\u00f3 espacio, inflam\u00e1ndose al contacto del fuego. Hubo un instante en que aquello parec\u00eda un infierno y todos unos demonios. Do\u00f1a M\u00f3nica despert\u00f3 despavorida gritando: \u00ab\u00a1Fuego, fuego!\u00bb y se desmay\u00f3 en seguida, cayendo como un saco, y aplastando con su cabeza la guitarra que muy cerca de ella estaba. El gato, que recibi\u00f3 en su cuerpo una gran cantidad del l\u00edquido hirviente, salt\u00f3 de donde estaba lanzando chillidos de desesperaci\u00f3n: el pobre mayaba, corr\u00eda con el polo inflamado, los ojos como llamas, quemados los bigotes; corr\u00eda por toda la pieza con velocidad vertiginosa; subi\u00f3, baj\u00f3, encaramose al Cristo, salt\u00e1ndolo de los pies a la cabeza, de un brazo a otro brazo, cay\u00f3 sobre un caracol, resbal\u00f3 por las botas de montar, enredose en las ramas de coral, brinc\u00f3 sobre el esqueleto, cuyos huesos sonaron rasgu\u00f1ados fren\u00e9ticamente; cay\u00f3 de nuevo al suelo, se abalanz\u00f3 sobre un ave disecada, cuyas plumas volaron por primera vez despu\u00e9s de un siglo de quietud; se estir\u00f3, se dobl\u00f3, se retorci\u00f3 el infeliz, porque sus carnes rechinaban como si estuviera puesto en parrillas; corr\u00eda, corr\u00eda sin cesar, huyendo de s\u00ed mismo y de sus propios dolores, y por \u00faltimo fue a caer, hinchado, dolorido, convulso, sediento, erizado, rabioso, en medio de la sala, donde pate\u00f3, may\u00f3, clav\u00f3 las u\u00f1as, azot\u00f3 el suelo con el rabo, y dio mil vueltas en su lenta y horrorosa agon\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo II &#8211; La obsesi\u00f3n&nbsp;: 1<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Por fin sofocamos el fuego con gran trabajo, impidiendo que se propagara la llama y nos consumiera a todos. La \u00fanica v\u00edctima fue el infeliz animal, que, habiendo recibido en su piel el l\u00edquido hirviente, ardi\u00f3 como una mecha y pereci\u00f3, seg\u00fan dijimos, con dolores espantosos. Igual suerte cupo a una buena parte del delantal de do\u00f1a M\u00f3nica, donde abri\u00f3 la llama un boquete, despu\u00e9s de haberle quemado a la se\u00f1ora los dedos al tratar de apagarlo. El sabio no tuvo m\u00e1s serio percance que la total p\u00e9rdida de un mech\u00f3n de cabellos, que con inveterada tenacidad, m\u00e1s rebelde a la acci\u00f3n del tiempo que a la de la pomada, se adelantaba sobre su sien derecha. Por fin se apag\u00f3 el incendio, y habi\u00e9ndose marchado la vieja hecha un veneno a causa del percance, que atribu\u00eda a las brujer\u00edas del amo, y dolorida por el triste fin del micho, a quien apreciaba de coraz\u00f3n, el doctor continu\u00f3 de esta manera:<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo no s\u00e9 en qu\u00e9 fundaba mis sospechas: yo s\u00e9 que las ten\u00eda. Entraron en m\u00ed como entran las ideas innatas; mejor dicho, estaban en m\u00ed, seg\u00fan creo, desde el nacer, \u00a1qu\u00e9 s\u00e9 yo! desde el principio, desde m\u00e1s all\u00e1. Yo no s\u00e9 qu\u00e9 esp\u00edritu diab\u00f3lico es el que viene a decirnos ciertas cosas al o\u00eddo cuando estamos entregados a la meditaci\u00f3n; yo no s\u00e9 qui\u00e9n forja esos raciocinios que entran en nuestro cerebro ya hechos, firmes, exactos, con su l\u00f3gica infernal y su evidencia terrible. Un d\u00eda entraba yo -escuche usted bien-, entraba yo en mi casa, dominado por estos pensamientos: cuando me acerqu\u00e9 a la habitaci\u00f3n de Elena, cre\u00ed sentir una voz de hombre que hablaba muy quedo all\u00ed dentro; la voz call\u00f3 de pronto&#8230; Advert\u00edan mi llegada&#8230; Despu\u00e9s me pareci\u00f3 sentir pasos precipitados, como quien huye, procurando hacer el menor ruido posible. No puedo dar idea del repentino furor que se apoder\u00f3 de m\u00ed; me cegu\u00e9, corr\u00ed, me abalanc\u00e9 a la puerta, la empuj\u00e9 fuertemente, la abr\u00ed de un golpe con tanto estr\u00e9pito, que las paredes se estremecieron con esa convulsi\u00f3n intensa de los edificios cuando los combates, la tempestad, o tiembla la tierra en que est\u00e1n cimentados.<\/p>\n\n\n\n<p>-Terribles fuerzas tiene usted -dije ir\u00f3nicamente, reparando cu\u00e1n poca semejanza hab\u00eda entre mi desdichado amigo y el tipo que de Sans\u00f3n nos hemos figurado.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed, la puerta se abri\u00f3, y Elena se present\u00f3 ante m\u00ed despavorida, tr\u00e9mula, con tan marcadas se\u00f1ales de espanto, que me detuve sobrecogido yo a mi vez. Mi primera mirada escudri\u00f1\u00f3 la habitaci\u00f3n en un segundo. No hab\u00eda all\u00ed ning\u00fan hombre; la ventana no estaba abierta; la puerta interior cerrada tambi\u00e9n; era imposible que en el instante que medi\u00f3 entre el ruido de la voz y mi entrada, pudieran ser echadas las llaves y cerrojos, no habiendo tiempo material tampoco de que una persona saliese por la puerta o saltara por la ventana. Registr\u00e9 todo; no vi nada. Pero yo hab\u00eda o\u00eddo aquella voz, estaba seguro de ello, y no era f\u00e1cil que me convencieran de lo contrario ni la evidencia de no encontrar all\u00ed hombre alguno, ni las ardientes protestas de Elena, que en su dolor hall\u00f3 palabras bastante fuertes para increparme y me llam\u00f3 visionario y loco. Jurome que estaba sola; que al entrar yo de aquella manera crey\u00f3 morirse de miedo, y que no pod\u00eda explicarse mi conducta sino por una completa alteraci\u00f3n de mis facultades intelectuales.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 extra\u00f1as ideas! -dije yo considerando cu\u00e1l deb\u00eda de ser el terror de aquella infeliz al ver entrar repentinamente a su marido, furioso y extraviado, asegurando que hab\u00eda o\u00eddo la voz de un hombre dentro de la habitaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>-Extra\u00f1as, s\u00ed -contest\u00f3 el doctor-; pero cada vez m\u00e1s vivas y m\u00e1s claras. Yo no pod\u00eda desechar mi idea; la impresi\u00f3n que en mi o\u00eddo hab\u00eda hecho la voz era tal, que a\u00fan me dura, y entonces, s\u00f3lo dudando de mi existencia, s\u00f3lo creyendo que no era persona real, pod\u00eda tomar aquello por ilusi\u00f3n. No lo era ciertamente, y mucho m\u00e1s me confirm\u00e9 en ello cuando a la noche siguiente&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Pobre mujer! \u00a1Qu\u00e9 noche! Sin duda volvi\u00f3 usted hacer la noche siguiente otras atrocidades por el estilo.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed -continu\u00f3-, a la noche siguiente presenci\u00e9 un fen\u00f3meno que ya me quit\u00f3 la esperanza de ver claro en aquel asunto. Lo que me pas\u00f3, amigo, excede ya los l\u00edmites de lo natural, y a\u00fan hoy es para m\u00ed la confusi\u00f3n de las confusiones. Entr\u00e9 en mi casa, y vagu\u00e9 largo rato solo y abstra\u00eddo por aquellos salones, donde todo me causaba pesadumbre y hast\u00edo: pas\u00e9 por aquella sala que eh descrito, donde se hallaba el cuadro de Paris y Elena, y me hel\u00e9 de asombro al ver&#8230; Es el fen\u00f3meno m\u00e1s estupendo que puede concebirse. La figura de Paris no estaba en el lienzo. Cre\u00ed equivocarme, me acerqu\u00e9, toqu\u00e9 la tela, encend\u00ed muchas luces, mir\u00e9, remir\u00e9&#8230; La figura de Paris \u00a1ay! hab\u00eda desaparecido; estaba sola Elena, y la expresi\u00f3n de su cara hab\u00eda cambiado por completo, siendo triste y desconsolada la que antes aparec\u00eda satisfecha y feliz. \u00bfQu\u00e9 infernal pintura era aquella, en que una figura se evaporaba, se borraba, se iba como si tuviera cuerpo y vida? No pod\u00eda yo dejar de contemplar el maldito cuadro, y dec\u00eda: \u00ab\u00bfPero d\u00f3nde est\u00e1 este diablo de hombre?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed: \u00bfd\u00f3nde estaba ese diablo de hombre? -pregunt\u00e9 a mi vez, sorprendido de que la alucinaci\u00f3n del doctor llegara a tal extremo. -\u00bfD\u00f3nde estaba ese diablo de hombre?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfD\u00f3nde estaba? Atra\u00eddo por una fuerza irresistible, por mis pensamientos, por mis celos, corr\u00ed al cuarto de mi esposa. Al acercarme sent\u00ed la misma voz que la noche anterior, los mismos pasos. No puedo describir mi furor. \u00abEra cierto lo de anoche\u00bb pens\u00e9, y me arroj\u00e9 hacia la puerta. \u00ab\u00a1Oh! \u00a1han cerrado! -exclam\u00e9, y golpe\u00e1ndola fuertemente, mejor dicho, arrojando sobre ella todo el peso de mi cuerpo, la abr\u00ed rompi\u00e9ndola. Al entrar vi que la ventana que da al jard\u00edn estaba abierta, y que una sombra, un bulto, un hombre saltaba por ella. Esto fue tan r\u00e1pido, que apenas lo vi; no vi m\u00e1s que su cabeza en el momento de desaparecer, sus manos en el instante de desasirse del antepecho. Corr\u00ed, me asom\u00f3 y no vi nada; la noche era obscur\u00edsima. S\u00f3lo cre\u00ed sentir el golpe de un cuerpo que cae. Elena me miraba at\u00f3nita, con un pavor indescriptible; perdi\u00f3 el sentido, y esta vez no pudo decirme que era visionario y loco, porque le falt\u00f3 el habla y cay\u00f3 a mis pies como una muerta. Mi af\u00e1n era perseguir a aquel hombre hasta encontrarle, hasta matarlo. Baj\u00e9 precipitadamente al jard\u00edn, y le recorr\u00ed con ansiedad imposible de describir: las tapias eran muy altas, y por diestro y \u00e1gil que fuera un hombre, no pod\u00eda saltarlas en el breve espacio de tiempo que yo tard\u00e9 en bajar. Registr\u00e9 todo: en el jard\u00edn no hab\u00eda nadie; pero este se comunicaba con un patio solitario de elevad\u00edsimas paredes; fui all\u00e1 y, apenas hab\u00eda dado algunos pasos, cuando vi una sombra que se deslizaba cautelosamente por entre los montones de piedras que all\u00ed hab\u00eda para construir uno de los pabellones del palacio. Me puse en acecho a ver si efectivamente era un hombre o una imagen de esas que crean, confabul\u00e1ndose, la noche y la imaginaci\u00f3n. Era un hombre; lo vi andar agach\u00e1ndome para no ser descubierto, y no s\u00e9 por qu\u00e9, me parec\u00eda que, a pesar de la obscuridad de la noche, distingu\u00eda en su rostro las facciones de aquella figura pintada, cuya desaparici\u00f3n del cuadro me daba tanta inquietud y confusi\u00f3n. La sombra, el hombre o lo que fuera, se acerc\u00f3 muy despacio y siempre recat\u00e1ndose, a un pozo sin brocal que all\u00ed hab\u00eda, de esos que abren los alba\u00f1iles durante una construcci\u00f3n para tener el agua m\u00e1s a mano. Con asombro m\u00edo, se introdujo en el pozo lentamente; vi su cuerpo bajar poco a poco y desaparecer: despu\u00e9s no vi m\u00e1s que el busto, despu\u00e9s la cabeza tan s\u00f3lo, por fin una mano que permaneci\u00f3 agarrada al borde. Estuvo un rato indeciso y mirando atentamente aquello. Un momento despu\u00e9s sac\u00f3 con lentitud y cautela la cabeza, como para ver si yo le observaba, y en seguida la escondi\u00f3 repentinamente. La mano desapareci\u00f3 al fin.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbAcerqueme entonces, y vino a mi imaginaci\u00f3n una venganza terrible. Como si mi cuerpo obedeciera todo a mi desenfrenada pasi\u00f3n, sent\u00ed duplicarse mis fuerzas y adquir\u00ed un vigor extraordinario; cog\u00ed la piedra m\u00e1s grande que pod\u00eda levantar, la alc\u00e9 con ambas manos a la altura de mi cabeza, me puse de un salto en la orilla del pozo y la arroj\u00e9 dentro, impeli\u00e9ndola vigorosa, porque me parec\u00eda que su propio peso no bastaba. Cog\u00ed despu\u00e9s otra mayor, y con la misma furia la arroj\u00e9 tambi\u00e9n; no deteni\u00e9ndome hasta asir la tercera, porque el furor me redoblaba las fuerzas. En diez minutos arroj\u00e9 dentro m\u00e1s de cincuenta piedras. Esto no me parec\u00eda bastante; empu\u00f1\u00e9 una pala que all\u00ed cerca hab\u00eda, y ech\u00e9 tierra por espacio de media hora. Volv\u00ed a arrojar piedras, y dos horas despu\u00e9s de un trabajo incesante, el pozo hab\u00eda desaparecido y el piso qued\u00f3 perfectamente nivelado. A\u00fan me pareci\u00f3 poco, y me sent\u00e9 sobre mi obra exaltado, tr\u00e9mulo de fatiga, permaneciendo all\u00ed toda la noche como centinela de mi victoria, convertido en cenotafio de aquella tumba para velarla y cubrirla. A veces parec\u00edame que un Tit\u00e1n levantaba desde abajo todas las piedras y toda la tierra que yo arroj\u00e9. Hubiera querido ser estatua y ser de plomo para pesar sobre mi v\u00edctima eternamente. La aurora vino a dar alguna luz a mi entendimiento. \u00ab\u00bfQu\u00e9 he hecho, Dios m\u00edo? -dije retir\u00e1ndome y buscando en los recursos ordinarios de la l\u00f3gica la soluci\u00f3n de aquel enigma-; \u00bfera realmente un hombre o no?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-Es preciso confesar, amigo -dije sin poderme contener-, que si era hombre, fue usted un b\u00e1rbaro, y si era sombra fue usted un necio.<\/p>\n\n\n\n<p>-No se me juzgue sin conocer el resto -continu\u00f3-. Cuando sub\u00ed, mi primera diligencia fue mirar de nuevo el cuadro de Paris. La figura del hombre estaba en su sitio. Pero no pude contener un estremecimiento de terror y un fr\u00edo glacial cuando el rostro pintado del troyano se volvi\u00f3 hacia m\u00ed, me mir\u00f3, y se rio el maldito, con expresi\u00f3n tal de burla, que se me erizaron los cabellos.<\/p>\n\n\n\n<p>-Eso s\u00ed que es particular -dije yo-, y excede en rareza a todo lo anterior.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfNo es verdad, amigo, que esto parece un cuento inveros\u00edmil?<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Ya lo creo! \u00a1y tan inveros\u00edmil!<\/p>\n\n\n\n<p>-Aquel d\u00eda -prosigui\u00f3-, la consternaci\u00f3n reinaba en el cuarto de mi mujer. Rode\u00e1banla sus padres y algunos parientes oficiosos, de esos que acuden a todos los trances, aun cuando no sean llamados. Lloraba ella, y el iracundo conde de Torbellino, su padre, aseguraba que hab\u00eda casado a su hija con el m\u00e1s fiero de los monstruos imaginables. Su madre, que era una vieja coqueta, procuraba consolarla, diciendo que no hiciese caso de mis extravagancias, y tomara con calma aquellos arrebatos de frenes\u00ed que tanto la mortificaban. Cuando quedamos solos, Elena, arrojada a mis plantas, protest\u00f3 de su inocencia, a\u00f1adiendo que todo era una pura aprensi\u00f3n m\u00eda; que all\u00ed no hab\u00eda entrado hombre alguno; que por el balc\u00f3n no hab\u00eda bajado nadie; que la puerta estaba abierta; en fin, tantas y tales cosas, que yo aferrado siempre a mi idea, y seguro de la realidad de lo que hab\u00eda visto, fluctuando en las m\u00e1s atroces dudas, porque su voz ten\u00eda el acento de profunda entereza, cre\u00ed volverme loco, y a ello me conduc\u00eda sin remedio aquella fatal y nunca vista situaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero hombre de Dios -le dije-, \u00bfno hab\u00eda alg\u00fan medio de adquirir una completa certidumbre?<\/p>\n\n\n\n<p>-Ninguno, porque todo de volv\u00eda en mi da\u00f1o, porque cada d\u00eda me llevaba a un nuevo suplicio, siendo tales los sucesos anormales, que no me daban tiempo de reposar, buscando serenidad y luz. Los acontecimientos que he referido a usted no son m\u00e1s que la preparaci\u00f3n o el pr\u00f3logo de los que ahora le voy a contar, que es cosa sin igual en la vida, pues no tengo noticia de que a ning\u00fan ser humano le haya acaecido tan extraordinaria y profund\u00edsima desventura. En algunos momentos hall\u00e1bame satisfecho de m\u00ed mismo, porque cre\u00eda haber puesto, con mi decisiva acci\u00f3n de la noche, t\u00e9rmino a aquel incidente funesto. D\u00e1balo todo por concluido; y cuando tal pensaba, ni la idea de haber cometido un gran crimen bastaba a calmar el gozo que por tal consideraci\u00f3n sent\u00eda. Pero&#8230; oiga usted esto, que es el colmo de lo maravilloso. Pase\u00e1bame en mi cuarto, entregado a mis normales meditaciones, cuando dieron unos golpecitos en la puerta: me admir\u00f3 que alguien entrara sin ser anunciado, y dije: \u00abadelante\u00bb. Fig\u00farese usted, amigo, cu\u00e1l ser\u00eda mi estupor cuando vi entrar en mi aposento&#8230; \u00bfa qui\u00e9n cree usted? al mismo Paris, la misma figura del cuadro, pero animado, vivo; un hombre, en fin, un semidi\u00f3s con levita, sombrero, guantes y bast\u00f3n; un bello ideal convertido en caballero del d\u00eda, como otros muchos que van por ah\u00ed. Era su rostro malicioso y agraciado, ir\u00f3nica su sonrisa, la mirada penetrante y viva, el mismo Paris, la misma persona del lienzo, hecha un ser real, un hombre del siglo XIX. Juzgad de mi turbaci\u00f3n; cre\u00ed so\u00f1ar; retroced\u00ed espantado, quise llamar, ocurriome huir; pero \u00e9l, descubri\u00e9ndose respetuosamente y haci\u00e9ndome algunas cortes\u00edas, acab\u00f3 de convencerme de que ten\u00eda ante la vista a un caballero real y positivo, a quien por de pronto deb\u00eda tratar como tal, correspondiendo a su mucha urbanidad y finura.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo II &#8211; La obsesi\u00f3n&nbsp;: 2<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>-Sabe usted, amigo D. Anselmo, que eso ya pasa de maravilloso -le dije-. \u00bfPero es posible que la imaginaci\u00f3n, por ardiente que sea, tenga fuerza bastante para dar cuerpo a una idea de este modo?<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo no s\u00e9, amigo m\u00edo -contest\u00f3-; yo no s\u00e9 lo que era aquello: no s\u00e9 sino que yo le ve\u00eda, como le estoy viendo a usted ahora. Era hermoso; de una belleza no com\u00fan, un conjunto de todas las perfecciones f\u00edsicas, tal como yo no lo hab\u00eda visto nunca, a no ser en las obras del arte antiguo. Vest\u00eda con elegancia correcta y seria, como todos los que tienen el verdadero sentido y la exacta noci\u00f3n del vestir bien: era, en fin, perfecto en su rostro, en su cuerpo, en su traje, en sus modales, en todo.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Cosa m\u00e1s particular! -exclam\u00e9-; \u00bfpero usted no le toc\u00f3, no trat\u00f3 de cerciorarse si era sue\u00f1o, aparici\u00f3n, uno de esos singulares e incomprensibles fen\u00f3menos \u00f3pticos, que, cuando hay fantas\u00eda preparada para recibirlos, produce la reflexi\u00f3n de la luz?<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo no s\u00e9 lo que aquello era: lo que s\u00ed puedo asegurar es que tenia cuerpo real, como el de usted, como el m\u00edo, y una voz cuyo timbre no era parecido a otro alguno.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pues qu\u00e9, \u00bftambi\u00e9n habl\u00f3? -dije asombrado-. Yo cre\u00ed que se iba a marchar despu\u00e9s de saludar a usted como hacen todas las apariciones.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Marcharse! nada de eso. Ver\u00e1 usted. Al principio no sab\u00eda yo qu\u00e9 hacer; no sab\u00eda si llamar o huir, temiendo que de aquella visita no resultara cosa buena; pero por \u00faltimo me esforc\u00e9 en tener serenidad, y despu\u00e9s de balbucir algunas palabras, lo se\u00f1al\u00e9 un asiento. Resolvime a hablar claro, y dije:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfPuedo saber&#8230;?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfA qu\u00e9 vengo? -contest\u00f3-. S\u00ed, se\u00f1or; vengo a hacerle a usted un se\u00f1alado favor\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abUn favor&#8230;? Tenga usted la bondad de explicarse, porque no estoy al cabo&#8230; No tengo el gusto de conocerlo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed, me conoce usted y no hace mucho -dijo con maligna sonrisa-; anoche sin ir m\u00e1s lejos&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Anoche!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed, anoche. \u00bfNo se acuerda usted de aquel furor con que arrojaba piedras en un pozo, consiguiendo llenarlo al fin?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Estas palabras y su sonrisa me helaron la sangre en las venas. \u00c9l no parec\u00eda preocuparse de mi turbaci\u00f3n, y continu\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abPrecisamente ven\u00eda a hablar con usted y decirle que son in\u00fatiles todas esas armas que ha tratado de emplear contra m\u00ed. Ha de saber usted, caballero, que yo soy inmortal\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>No puedo pintar a usted la turbaci\u00f3n que en m\u00ed produjo esta palabra: \u00a1Inmortal! \u00abPero este hombre es el demonio\u00bb -me dije yo para m\u00ed, y no pod\u00eda hablar palabra, porque se me hab\u00eda hecho un nudo en la garganta.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed se\u00f1or, inmortal -repiti\u00f3 con desenfado\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfY qui\u00e9n es usted? -pregunt\u00e9 haciendo un esfuerzo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYo soy Paris\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Paris! yo cre\u00ed que eso era cosa de mitolog\u00eda o historia heroica\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abAs\u00ed es efectivamente; pero ahora no hagamos una disertaci\u00f3n sobre mi nombre y origen; yo tengo prisa, y no puedo detenerme aqu\u00ed mucho tiempo. El objeto de mi visita es decir a usted que se cansa en vano persigui\u00e9ndome: a m\u00ed no se me mata con pu\u00f1ales ni pistolas, ni enterr\u00e1ndome vivo. Res\u00edgnese usted \u00a1oh D. Anselmo! Todo es in\u00fatil: no hay m\u00e1s remedio que bajar la cabeza y callar. Alguien all\u00e1 arriba ha dispuesto las cosas de este modo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abCaballero -dije en el colmo de la ansiedad, y procurando dominar tan singular situaci\u00f3n-, advierto a usted que no puedo tolerar burlas de esta clase. Tenga usted la bondad de salir\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPoco a poco, se\u00f1or m\u00edo; usted tiene mal genio; usted es insoportable; as\u00ed a inspirado tanto horror a la pobre Elena\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfC\u00f3mo se atreve usted a nombrarla?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfPor qu\u00e9 no? \u00a1si ella me ama! -exclam\u00f3 sonriendo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Monstruo! -grit\u00e9 levant\u00e1ndome con furia y amenaz\u00e1ndole-, calla, o si no aqu\u00ed mismo&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Cuidado! -dije a mi vez haci\u00e9ndome un poco atr\u00e1s, al ver que D. Anselmo, contando aquel pasaje, se levant\u00f3 dirigi\u00e9ndose a m\u00ed con los pu\u00f1os cerrados, como si yo fuera la infernal aparici\u00f3n que tanto le hab\u00eda atormentado.<\/p>\n\n\n\n<p>-Recordando aquello -prosigui\u00f3 m\u00e1s Sereno el doctor-, me exaspero de tal modo, que no me puedo contener. Cuando yo le amenac\u00e9, \u00e9l se qued\u00f3 tan fr\u00edo como si tal cosa. Se sonri\u00f3 y me mir\u00f3 con esa compasi\u00f3n desde\u00f1osa y un tanto burlona que inspiran los hechos y palabras de locos. Su serenidad me desesperaba m\u00e1s, su sonrisa me mataba: no s\u00e9 qu\u00e9 hubiera dado por poder estrangularle. Despu\u00e9s, como si mi c\u00f3lera tuviera tanto valor como las rabietas de un ni\u00f1o, Paris continu\u00f3:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abElla me ama; nos amamos, nos presentimos, nos acercamos por ley fatal, usted me pregunta qui\u00e9n soy: voy a ver si puedo hac\u00e9rselo comprender. Yo soy lo que usted teme, lo que usted piensa. Esta idea fija que tiene usted en el entendimiento soy yo. Pero existo desde el principio del mundo. Mi edad es la del g\u00e9nero humano, y he recorrido todos los pa\u00edses del mundo donde los hombres han instituido una sociedad, una familia, una tribu. En algunas partes me han llamado Demonio de la felicidad conyugal, pero yo he despreciado siempre este apodo y otros parecidos, y me he resuelto a no llevar nombre fijo; as\u00ed es que me llamo Paris, Egisto, Norris, Paolo, Buckingham, Beltr\u00e1n de la Cueva, etc., seg\u00fan la tierra que piso y las personas con quienes trato.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbEn cuanto a mi influencia en los altos destinos de la humanidad, dir\u00e9 que he encendido guerras atroces, dando ocasi\u00f3n a los mayores desastres p\u00fablicos y dom\u00e9sticos. En todas las religiones hay un decretito contra m\u00ed, sobre todo en al vuestra, que me consagra entero el \u00faltimo de los mandamientos. Los moralistas se han atrevido a desafiarme, y los fil\u00f3sofos han tenido el mal gusto de publicar unos libelos impertinentes contra mi humilde persona, permiti\u00e9ndose algunos hasta la tentativa de emplear medios para extirparme de ra\u00edz, \u00a1imb\u00e9ciles! como si yo fuera un callo o un abceso. Han pretendido acabar conmigo; como si yo pudiera perecer, como si la inmortalidad estuviera sujeta a la acci\u00f3n de los agentes mort\u00edferos de que disponen. As\u00ed es que por decoro y amor propio me veo en la precisi\u00f3n de continuar desempe\u00f1ando mi papel de plaga con toda la diligencia y recursos de que mi doble naturaleza es capaz. Aqu\u00ed me ve usted siempre activo, siempre eficaz: los grandes centros de poblaci\u00f3n son mi residencia preferida, porque ha de saber usted que los campos, las aldeas, los villorrios me son antip\u00e1ticos, y s\u00f3lo de tiempo en tiempo me tomo la molestia de visitarlos por pura curiosidad. En las capitales es donde me gusta vivir. \u00a1Oh! siempre he amado estos sitios, d\u00f3nde la comodidad, la refinada cultura y la elegante holgazaner\u00eda me ofrecen sus invencibles armas y eficac\u00edsimos medios. La esplendidez y la voluptuosidad me gustan: soy tan sibarita como mi antigua amiga Sem\u00edramis, a quien di la inmortalidad. Crea usted, amigo, que Babilonia val\u00eda m\u00e1s que estas poblaciones de que est\u00e1n ustedes tan envanecidos; s\u00ed val\u00eda m\u00e1s. Y en cuanto a vestidos, prefiero los ligeros cendales de los antiguos tiempos, y me molesta el tener que doblegarme a las exigencias del pudor moderno, ente maligno a quien no he podido sobornar sino a medias, en punto a trajes. Por lo dem\u00e1s, no me va mal; los moralistas me vituperan, y los filosofastros me tratan como si fuera un mal sofista; pero me importa poco. Los que no son suficientemente tontos, ni han perdido todo el seso necesario para ser fil\u00f3sofos, me aplauden, me miman, me se\u00f1alan cuando me ven; las mujeres son mis m\u00e1s sinceras amigas, aunque algunas me tratan con cierta desconfianza, producida m\u00e1s bine por las calumnias de los sabios que por mi propio car\u00e1cter: otras se muestran un tanto benignas conmigo, y algunas me hablan de sus maridos en un estilo que me hace re\u00edr. Esa es mi literatura.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbPor otra parte, yo no soy ambicioso; soy de los que dicen: tengo lo que me basta, y detesto la anarqu\u00eda conyugal, procurando aplacarla siempre, en uni\u00f3n con algunos moralistas modernos, que saben el modo de no provocar esa anarqu\u00eda, cultivando mi amistad, siempre desinteresada. No me gusta el esc\u00e1ndalo, y siempre pongo en pr\u00e1ctica los m\u00e1s silenciosos medios para llegar a un fin m\u00e1s silencioso a\u00fan: ya ha abandonado el medio antiguo y desacreditado de los escalamientos, de las sorpresas, de los sobornos, por distinguirme, de cierta falsificaci\u00f3n m\u00eda que anda por el mundo, un tal D. Juan, que es un usurpador insolente, y adem\u00e1s una plaga poco temible. Con que, amigo, no asustarse, y concluyamos pronto. Sepa, que est\u00e1 escrito, como dir\u00eda un musulm\u00e1n. Soy como la muerte; suena la hora y vengo. Evitarme es tan imposible como evitar a mi cofrade\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando o\u00ed esta relaci\u00f3n, resolv\u00ed hacer un esfuerzo a ver si pod\u00eda descifrar el espantoso enigma. Afectando una serenidad que no ten\u00eda, y tomando el asunto con la calma decorosa que me pareci\u00f3 conveniente, me levant\u00e9 y dije:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abCaballero: sepa usted que estoy dispuesto a no tolerar sus inconveniencias. Sepa usted que tengo la edad suficiente para no creer en brujer\u00edas, ni la paciencia que se necesita para sufrir las locuras de usted\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abEste hombre no me quiere entender: \u00bfsabe usted que Elena es m\u00eda? -dijo despu\u00e9s de re\u00edr con estr\u00e9pito, con la expresi\u00f3n de desahogo que da la resoluci\u00f3n de no alterarse por nada\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo pronuncie usted m\u00e1s ese nombre -grit\u00e9 sin poder contener mi c\u00f3lera\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero si precisamente vengo por ella&#8230; -dijo Paris con una acentuaci\u00f3n maligna que me eriz\u00f3 el cabello\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Infame! \u00bfQu\u00e9 dices? \u00a1Por ella! -exclam\u00e9 arrebatado.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed, por ella: anoche quedamos de acuerdo, y&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfAnoche?\u00a1Ay, yo estoy loco! Demonio, hombre infernal, o lo que seas; expl\u00edcame este obscuro enigma; yo no puedo vivir as\u00ed; yo quiero saber qu\u00e9 es esto&#8230; Pero Elena es inocente: ella me ha jurado que no te ha visto jam\u00e1s\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed me ha visto\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfCu\u00e1ndo?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSiempre, a todas horas. Pero usted no entiende estas cosas; voy a explic\u00e1rselo claramente\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo II &#8211; La obsesi\u00f3n&nbsp;: 3<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Descans\u00f3 mi D. Anselmo un rato, porque la relaci\u00f3n anterior, con sus di\u00e1logos entrecortados, le hab\u00eda fatigado mucho. Cuando repos\u00f3 un momento, procurando calmar la agitaci\u00f3n que le devoraba, sigui\u00f3 el relato del modo siguiente:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa sombra, el demonio, el semidi\u00f3s, la pintura o lo que fuera, me mir\u00f3 un rato con aquella sonrisa maliciosa que tan bien ejecutara el artista en el cuadro donde anteriormente estaba, y despu\u00e9s me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abElla me ha visto, s\u00ed, me ve en todas partes. Cuando pronunci\u00f3 aquel s\u00ed copulativo, que tan envanecido tiene a su esposo, me vio en el altar, en las luces, en el blanco ropaje de su vestido, en los negros pa\u00f1os del frac de usted. Desde entonces me encuentra en todas partes; en todos los reflejos halla la luz de mis miradas, en todos los ecos oye mi voz, en su propia sombra ve la m\u00eda&#8230; Abre su libro de oraciones, y las letras se mueven para formar mi nombre; habla con Dios, y sin querer me habla; cree escuchar el ruido del aire, el sonido profundo y perenne de la naturaleza, y escucha mis palabras; est\u00e1 despierta, y me espera; est\u00e1 sola y me recuerda, duerme y me invoca. Su imaginaci\u00f3n vuela agitada en busca m\u00eda sin reposar nunca. Yo vivo en su conciencia, donde estoy tejiendo sin cesar una tela sin fin; vivo en su entendimiento, donde he encendido una llama que alimento sin tregua. Sus sentimientos; sus ideas, todo eso soy yo; con que a ver si tengo motivos para decir que me ha visto\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Esp\u00edritu infernal! -grit\u00e9 aturdido y como fascinado-, yo no comprendo una palabra de esa jerigonza. \u00bfNo dices que vienes por ella?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Infame! Sal al punto de mi casa -exclam\u00e9, procurando sacudir mi aturdimiento\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo me ir\u00e9 sin ella\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Maldito! \u00bfPues no dices que pas\u00f3 la \u00e9poca de los raptos?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMe explicar\u00e9: lo que yo quiero llevarme no es la persona de Elena; lo que yo quiero llevarme es tu mujer\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSofista, embroll\u00f3n: \u00bfy qu\u00e9 diferencia encuentras entre mi mujer y la persona de Elena?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMucha, Sr. D. Anselmo amigo -contest\u00f3\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abH\u00edzome una relaci\u00f3n sutil y laber\u00edntica que acab\u00f3 de llevar mi pobre cabeza al \u00faltimo grado de turbaci\u00f3n. No menos de confesar que su voz me fascinaba, y que me parec\u00eda distinta de todas las voces que estamos acostumbrados a o\u00edr. Y si dijera que en medio del espanto, del trastorno que yo sent\u00eda, caus\u00e1banme sus lucubraciones cierto asombro parecido al agrado, no mentir\u00eda ciertamente.<\/p>\n\n\n\n<p>-Confieso, Sr. D. Anselmo -dije-, que nunca he o\u00eddo narrar cosa alguna que se parezca a ese singular caso de usted. La aparici\u00f3n que se presenta de ese modo, en lenguaje, la familiaridad con que habla, todo me parece tan absurdo, que a no ser usted el que lo cuenta, lo juzgar\u00eda pura invenci\u00f3n, obra de escritorzuelos y dem\u00e1s gente enemiga de la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pues es tan cierto que lo vi y lo habl\u00e9 y me dijo lo que he referido, como es cierto que usted y yo existimos y estamos aqu\u00ed charlando.<\/p>\n\n\n\n<p>-En verdad, es cosa inaudita -apunt\u00e9 yo-, que la imaginaci\u00f3n, sin ninguna influencia externa, pueda dar vida y cuerpo a seres como ese diablo de Paris que a usted se le present\u00f3 tan a deshora. Es indudable que ese caballero no era otra cosa que la personificaci\u00f3n de una idea, de aquella idea constante, tenaz, que usted desde tiempo atr\u00e1s, y principalmente desde su boda, ten\u00eda encajada en el cerebro. Lo que no puedo explicarme es c\u00f3mo adquiri\u00f3 existencia material y corp\u00f3rea esa idea: ni s\u00e9 a qu\u00e9 clase de generaciones espont\u00e1neas se debi\u00f3 ese fen\u00f3meno sin precedente en la historia de las alucinaciones. Pero siga contando a ver en qu\u00e9 para eso.<\/p>\n\n\n\n<p>-Lo que \u00e9l me dijo se ha quedado grabado en mi memoria de un modo indeleble -continu\u00f3 el doctor dando un suspiro-. Nada tengo tan presente como lo que me contest\u00f3 cuando le pregunt\u00e9 qu\u00e9 diferencia hab\u00eda para \u00e9l entre la persona de Elena y mi mujer. Habl\u00f3 de este modo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abYo no quiero la persona de tu mujer. La esposa, amigo m\u00edo, la esposa es lo que busco; quiero cargar con la mitad de su lecho de usted y ense\u00f1\u00e1rselo a todo el mundo. No quiero romper por eso la instituci\u00f3n: yo respeto el sacramento&#8230; Tres poderes establecen el matrimonio: el civil, el eclesi\u00e1stico y otro que no est\u00e1 en manos del vicario ni del cura y s\u00ed en manos de eso que llam\u00e1is vulgo, sociedad, gente, canalla, vecinos, amigos, mundo, en fin. Ya sabe usted que el mundo rompe ciertos lazos que parecen inquebrantables. Pues bien: yo quiero llevarme de aqu\u00ed lo que el mundo necesita para quebrantar esos lazos; quiero llevarme la abdicaci\u00f3n de la personalidad del marido, el consentimiento de su flaqueza. As\u00ed dar\u00e9 alimento al vulgo, a la gente que vive de esto. Todos me preguntar\u00e1n por ti y por ella; mas mi sola presencia es respuesta definitiva, porque yo soy por m\u00ed mismo la negaci\u00f3n del lazo que os une. Quiero llevar fuera el amor que ella me profesa; hacer p\u00fablico lo que hoy est\u00e1 s\u00f3lo en su imaginaci\u00f3n, un mal pensamiento, lo que hoy est\u00e1 s\u00f3lo en tu cabeza, una sospecha. Quiero hacer de tus dudas, de tus celos, de tus decepciones, de tus tonter\u00edas, de tus deseos, de tus locas ilusiones, un gran libro que pasar\u00e1 de mano en mano y ser\u00e1 le\u00eddo y rele\u00eddo con af\u00e1n. Quiero sacar de aqu\u00ed los dolores que padeces, la repugnancia y el horror que le inspiras. Qu\u00e9date con su persona: yo no la apetezco.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbLo que llevar\u00e9 y sacar\u00e9 a p\u00fablica plaza, es: las miradas que me dirige, las citas que me da, los favores que me concede, los desaires que te hace, las reticencias que deja escapar hablando de ti, el ep\u00edteto de bueno que te propinar\u00e1 de vez en cuando. Lo que me llevar\u00e9 es la opini\u00f3n de su doncella, de tu lacayo, prontos a contar por dinero una historia, me llevar\u00e9 la clave de tus distracciones oportunas, de mis entradas a tiempo. Qu\u00e9date con tu esposa: yo no har\u00e9 m\u00e1s que pasearme ante ella y ante todos, recibir la exhalaci\u00f3n de sus ojos en presencia de centenares de personas, difundir por mi cuerpo su perfume favorito, recorrer las calles de modo que en cualquier parte parezca que salgo de aqu\u00ed, y en la obscuridad de la noche proyectar mi sombra sobre las tapias de tu jard\u00edn. Eso es lo que yo quiero\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abCuando escuche esto, amigo m\u00edo, mi furor fue tan grande, que hice alg\u00fan movimiento para pegarle: y lo habr\u00eda conseguido, si una fuerza secreta, una especie de terror como respetuoso no me contuviera.<\/p>\n\n\n\n<p>-Veo que ese Paris, que se present\u00f3 cort\u00e9smente en su casa, acab\u00f3 por tratarlo con familiaridad irreverente -le dije-. He notado que al fin le tuteaba a usted.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed; aquel maldito, a poco de estar hablando conmigo, se dej\u00f3 de composturas; tomaba en el sill\u00f3n posiciones c\u00f3modas; me tuteaba; a veces se paseaba por el cuarto con las manos en los bolsillos, y por \u00faltimo, sac\u00f3 un cigarro y se puso a fumar con toda franqueza.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero hombre -le dije-, \u00bfpor qu\u00e9 no prob\u00f3 usted a ver si con una buena paliza se disipaba la sombra?<\/p>\n\n\n\n<p>-Vea usted lo que hice. Mi situaci\u00f3n era tan terrible, que resolv\u00ed tomar una determinaci\u00f3n en\u00e9rgica. \u00abEs preciso acabar de una vez\u00bb pens\u00e9; y plant\u00e1ndome delante de \u00e9l, le dije:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abCaballero, esto es una supercher\u00eda y usted un farsante que ha venido aqu\u00ed a burlarse de m\u00ed. \u00bfPiensa usted que creo en esas tonter\u00edas que ha contado de su doble naturaleza, de que es inmortal, etc.? Yo no soy ning\u00fan loco para creer eso. Voy a romperle a usted la crisma hoy mismo, \u00bflo entiende usted bien?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfQuieres batirte conmigo? -dijo con familiaridad burlesca-. Bueno; nos batiremos, te matar\u00e9 que es lo mismo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Oh! Me batir\u00e9 con una legi\u00f3n como t\u00fa -grit\u00e9 en el colmo de la rabia-; te matar\u00e9, te degollar\u00e9 con m\u00e1s deleite que si venciera a un tigre, a un boa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPues lo dicho dicho\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abTe matar\u00e9 -continu\u00e9 con redoblada furia-, aunque te protejan todas las potencias infernales. No s\u00e9 manejar ning\u00fan arma; pero Dios vendr\u00e1 en mi ayuda. Dices que has venido a quitarme mi honor. Pues yo prevalecer\u00e9 contra ti, malvado de todos los tiempos, genio protervo de todos los pa\u00edses. En vano tratas de desarmarme con tu iron\u00eda sangrienta, de infundirme espanto con la relaci\u00f3n de lo que eres y de lo que puedes. Si eres un hombre, te matar\u00e9; yo estoy seguro de ello. Si eres un esp\u00edritu, te aniquilar\u00e9 tambi\u00e9n, porque Dios vendr\u00e1 en mi ayuda; har\u00e1 de m\u00ed su instrumento para extirpar tama\u00f1a monstruosidad y aberraci\u00f3n\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abBien -replic\u00f3 Paris, arrojando la colilla del cigarro-, nos batiremos esta noche\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfC\u00f3mo esta noche? Hoy mismo, ahora mismo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl odio me hab\u00eda hecho elocuente. En cuanto a mi determinaci\u00f3n de batirme con aquel ente sobrenatural se explica por la situaci\u00f3n de mi esp\u00edritu. La muerte no me daba espanto; antes al contrario, me parec\u00eda un consuelo. Si me mataba, conclu\u00edan todas mis penas; si \u00e9l era un hombre, yo pod\u00eda tener la suerte de acabar con \u00e9l. Si era un esp\u00edritu&#8230; en fin, \u00bfa qu\u00e9 razonar en aquel momento? Mi determinaci\u00f3n estaba tomada, y por raz\u00f3n ni ninguna hubiera desistido de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero hombre -le dije-, \u00bfno era temeridad dar ese paso, arriesgarse a morir?<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo no s\u00e9 lo que era. Yo quer\u00eda concluir -repuso el doctor-, y no ve\u00eda otra manera de despejar la inc\u00f3gnita.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY se batieron ustedes?<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed: yo no quer\u00eda padrinos; quer\u00eda que aquel duelo fuese solitario como mi pena. Nada me importaba morir. Resuelto a no prolongar mi agon\u00eda, nos dirigimos aquella misma tarde a un sitio cercano a la capital.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pero hombre, \u00a1sin testigos!<\/p>\n\n\n\n<p>-Llevamos dos pistolas; ambos fuimos en mi coche, y su buen humor era tal durante el camino, que me asegur\u00f3 m\u00e1s en la inminencia segura de mi muerte. Para m\u00ed aquello era en realidad un suicidio que yo realizaba en forma inusitada y nueva.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY cu\u00e1l fue el resultado? Tengo curiosidad por saber c\u00f3mo se port\u00f3 usted delante de un adversario tan temible.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Oh! amigo -dijo el doctor-, el resultado es lo m\u00e1s singular de la aventura; y en ning\u00fan modo puede usted sospecharlo. Yo le aseguro que es enteramente distinto de lo que usted se ha figurado.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo II &#8211; La obsesi\u00f3n&nbsp;: 4<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Confieso que la narraci\u00f3n del doctor Anselmo me iba interesando un poco, por pura curiosidad se entiende, pues no pod\u00eda ver en ella realidad ni verosimilitud.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda, sin embargo, una peque\u00f1a dosis de sentido en el fondo de todos aquellos desatinos, porque la figura de Paris, ente de imaginaci\u00f3n, a quien hab\u00eda dado aparente existencia la gran fantas\u00eda de mi amigo, pod\u00eda pasar muy bien como la personificaci\u00f3n de uno de los vicios capitales de la sociedad. Si el doctor invent\u00f3 aquello, fuerza es confesar que no carec\u00eda de alg\u00fan intr\u00edngulis su invenci\u00f3n: si, por el contrario, cre\u00eda real lo que contaba, indudablemente era uno de los mayores iluminados que han visto los tiempos. Deseoso de saber en qu\u00e9 hab\u00eda parado aquel duelo extraordinario, le incit\u00e9 a seguir; \u00e9l no se hizo de rogar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abParis y yo nos dirigimos en mi coche al sitio que hab\u00edamos elegido. Por el camino hablamos poco, aunque \u00e9l procuraba entablar conversaci\u00f3n incit\u00e1ndome con dichos ingeniosos y agudezas que no quiero recordar. Yo no pensaba m\u00e1s que en la muerte, que cre\u00eda cercana, inspir\u00e1ndome m\u00e1s regocijo que pena. Mi serenidad no era la serenidad del valor, sino la de la resignaci\u00f3n: en aquel momento el mundo, mis riquezas, mi esposa, me daban hast\u00edo y repugnancia. Ve\u00eda cerca el t\u00e9rmino de tantos dolores, y aquel hombre, aquel monstruo diab\u00f3lico en forma de ser humano, m\u00e1s que enemigo me parec\u00eda una salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbCuando llegamos al sitio del duelo, la tarde ca\u00eda, y el Occidente se iluminaba con colores y reflejos. Era fresco y h\u00famedo el aire, y tan apacible que apenas se mov\u00edan las hojas de los \u00e1rboles, amarillas y d\u00e9biles ya por los fr\u00edos del oto\u00f1o. Sin necesidad de ser agitadas, se c\u00edan por su propio peso, muertas y l\u00edvidas antes de abandonar el \u00e1rbol. Me acuerdo de esa tarde como si hubiera sido ayer. Par\u00f3 el coche, bajamos, y anduvimos un buen trecho solos.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Ay, amigo D. Anselmo! -dije yo-, reconozcamos que los procedimientos de ese duelo son de una inverosimilitud incomprensible. \u00a1Ir a matarse sin testigos, llevar usted al contrario en su mismo coche&#8230;! eso no pasar\u00e1 en ninguna parte, y estoy seguro de que es el primer ejemplo que se ve en las sociedades modernas.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Inverosimilitud! -exclam\u00f3 D. Anselmo-; \u00bfqui\u00e9n habla de eso trat\u00e1ndose de un caso que est\u00e1 fuera de los l\u00edmites de lo humano? No busque usted aqu\u00ed la regularidad: si esto fuera como lo que pasa ordinariamente, no lo contar\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta raz\u00f3n no dejaba de tener fuerza, y call\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abCuando elegimos el sitio, Paris me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfA ver las pistolas?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSon buenas -repliqu\u00e9 yo entreg\u00e1ndoselas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abLo mismo me da -contest\u00f3 sin examinarlas-: para m\u00ed todas las armas son buenas. C\u00e1rgalas delante de m\u00ed, y despu\u00e9s echaremos suertes a ver cu\u00e1l tira primero\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYa est\u00e1n cargadas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abA ver de qu\u00e9 modo echamos suertes -dijo Paris pase\u00e1ndose por el campo con el mismo desenfado y franqueza con que se hab\u00eda paseado en mi habitaci\u00f3n\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abCon un pa\u00f1uelo -dije yo-. Hagamos un nudo en una de las puntas, y el que&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMe parece que eres un poco fullero -indic\u00f3 Paris, riendo con todo el aplomo del que sabe que va a matar a su contrario\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abArrojaremos una moneda al suelo -a\u00f1ad\u00ed yo con impaciencia, porque aquellos preparativos para llegar a un fin para m\u00ed incuestionable me molestaban\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abBien: pues si sale cara tiro yo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSi sale cruz, me toca a m\u00ed\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abVamos: echa la moneda de una vez\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abArroj\u00e9 la moneda, cay\u00f3 al suelo, y ambos nos inclinamos para poder distinguir la se\u00f1al. Sali\u00f3 cruz: a m\u00ed me tocaba tirar primero. Nos colocamos a diez pasos. Yo apunt\u00e9, o por lo menos levant\u00e9 el brazo, procurando dirigir el ca\u00f1\u00f3n de la pistola hacia el pecho de mi enemigo. \u00c9l se re\u00eda al ver como el ca\u00f1\u00f3n del arma describ\u00eda curvas en el aire, y all\u00ed me solt\u00f3 unas cuantas agudezas que me desconcertaron m\u00e1s, oblig\u00e1ndome a bajar la mano, pues habi\u00e9ndose enfriado los dedos con el aire de la tarde, ni aun ten\u00eda fuerzas para disipar el tiro. Pero pronto apunt\u00e9 de nuevo para no irme al otro mundo sin desempe\u00f1ar mal o bien el papel que mi honor me hab\u00eda impuesto en aquel lance. Apunt\u00e9 sin procurar dirigir la bala, y cerr\u00e9 los ojos; el tiro sali\u00f3, y Paris cay\u00f3 en el suelo sin dar un grito, porque la bala le hab\u00eda atravesado de parte a parte el pecho.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00a1Demonio! -exclam\u00e9 al ver el inesperado fin del lance-. \u00bfCon que muerto?<\/p>\n\n\n\n<p>-La contemplaci\u00f3n de un milagro -continu\u00f3 el doctor-, no me hubiera causado tanto asombro como aquella victoria adquirida sobre tan terrible adversario. Matar a semejante hombre, vencer a aquel genio maligno, era m\u00e1s de lo que pod\u00eda esperar quien nunca manej\u00f3 un arma, ni aprendido a luchar con antagonistas del otro mundo. Hab\u00eda vencido al mayor enemigo de la paz conyugal. Si era hombre, hab\u00eda librado al mundo de un malvado; si era la personificaci\u00f3n de un vicio, una plaga humana, una calamidad social encarnada en arrogante cuerpo, hab\u00eda yo quitado a la sociedad la mitad de sus esc\u00e1ndalos. Yo cre\u00ed que alguna divinidad celeste hab\u00eda venido en mi ayuda. \u00ab\u00a1Oh! mi honor -pens\u00e9-, mi honor, este sentimiento puro, acrisolado, ha sido para m\u00ed la divinidad protectora que ha dirigido mi brazo; ha infundido un soplo de vida en esta bala, para que volara consciente o irritada hacia aquel pecho y partiera aquel coraz\u00f3n, centro de perfidia y enga\u00f1os. \u00a1Dios m\u00edo! si el duelo es un crimen; si lo que acabo de hacer es un asesinato, perdona esta falta, precursora de bienes sin cuento. T\u00fa que has permitido la presencia de este monstruo; t\u00fa que eres due\u00f1o y regulador sabio de los beneficios y los castigos; t\u00fa que das la lluvia ben\u00e9fica, el roc\u00edo, el sol, el man\u00e1, y permites la peste, el hambre y el incendio, perdonar\u00e1s, perdonar\u00e1s la inmolaci\u00f3n de este que creaste para nuestro castigo, imponi\u00e9ndonos el trabajo de vencerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbExamin\u00e9 atentamente el cuerpo de Paris, y vi que de su herida brotaba un torrente de sangre; pero estaba vivo a\u00fan: respiraba, mov\u00eda lentamente los ojos, y me miraba con una expresi\u00f3n que no pod\u00eda yo definir bien.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbSu mirada no era de tristeza ni de dolor. El singular estado de mi cabeza no hac\u00eda ver en sus labios una sonrisa burlona. Pero a pesar de esto su rostro estaba l\u00edvido y su cuerpo desmayado y flojo. \u00bfCreer\u00e9is que al verlo as\u00ed me dio l\u00e1stima, y hubo un momento en que se aplac\u00f3 mi odio? Somos hombres al fin. Adem\u00e1s, al tocarle, al cerciorarme por mis propios sentidos de que era cuerpo humano, desapareci\u00f3 de mi pensamiento la creencia de que fuese una sombra, un ente de raz\u00f3n; en aquel momento no pens\u00e9 sino que era un joven que, habiendo adivinado mis sentimientos, quiso darme una broma o burlarse de m\u00ed, haci\u00e9ndose pasar ante mis ojos como un ser sobrenatural. En resumen, al ver aquel hombre herido por m\u00ed, que se desangraba en un campo solitario, sin auxilio de nadie, sin alivio corporal ni espiritual que suavizara un poco su muerte ya segura, me dio tanta l\u00e1stima que resolv\u00ed meterle en el coche y llevarle a mi casa para darle el auxilio que necesitaba.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPero no comprendi\u00f3 usted -le dije-, que se expon\u00eda a que le descubrieran?<\/p>\n\n\n\n<p>-Habr\u00edale abandonado, si hubiese estado muerto; pero viv\u00eda, respiraba. \u00bfC\u00f3mo dejarle all\u00ed? Eso no cab\u00eda en mis sentimientos: adem\u00e1s, mi odio se hab\u00eda disipado ante la victoria. No cej\u00e9 en mi resoluci\u00f3n, le met\u00ed en el coche con ayuda de mis criados y&#8230; a casa.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfPero no pod\u00eda usted depositarle en otra parte?&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-No; en mi casa no le descubrir\u00edan, porque yo hab\u00eda de tomar todas las precauciones imaginables. Abandonado o entregado a alguien, s\u00ed ser\u00eda descubierto inmediatamente. As\u00ed pensaba yo, camino de mi casa. Llegamos ya muy entrada la noche. Nadie nos vio entrar, le subimos con mucho cuidado, y le pusimos en un lecho. Cuando qued\u00e9 solo con \u00e9l, le examin\u00e9 con mucha atenci\u00f3n: a\u00fan viv\u00eda. Mucha sorpresa me caus\u00f3 el que, lejos de estar m\u00e1s extenuado, m\u00e1s d\u00e9bil, m\u00e1s cercano a la muerte, por ser la herida profund\u00edsima, parec\u00eda m\u00e1s animado, y clavaba la vista serena y observadora en los objetos que adornaban la habitaci\u00f3n. Cuando me sinti\u00f3 cerca, fij\u00f3 en m\u00ed los ojos con una tenacidad que me hizo temblar. Parec\u00eda sondearme hasta el fondo del alma. Aquellos no eran los ojos de un moribundo. Despu\u00e9s que me mir\u00f3 largo rato sin pesta\u00f1ear, su mano, fr\u00eda como el m\u00e1rmol, toc\u00f3 mi mano, comunic\u00e1ndome una corriente glacial, que circul\u00f3 por todo mi cuerpo, haci\u00e9ndome estremecer con una impresi\u00f3n para m\u00ed desconocida; sus labios se movieron como para articular un quejido, y una voz, que parec\u00eda salir, no de su boca, sino de una profundidad invisible, una voz de inmensa resonancia y gravedad dijo estas palabras, que no puedo recordar sin espanto: \u00abMajadero, yo soy inmortal\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo II &#8211; La obsesi\u00f3n&nbsp;: 5<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u00abA\u00fan me parece que le estoy mirando y que le estoy oyendo -continu\u00f3 el doctor un poco abstra\u00eddo.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s se puso a mirar atentamente el techo, como si all\u00ed arriba hubiera alguna cosa escrita. Abandonado a la meditaci\u00f3n, los ojos se le iban al cielo, tomando todo \u00e9l aquella actitud de santo que lo era peculiar. Despu\u00e9s prosigui\u00f3 la historia como sigue:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNo s\u00e9 qu\u00e9 pens\u00e9 entonces. Me ocurri\u00f3 encerrarle all\u00ed, y esperar d\u00edas, semanas y meses a ver si herido, solo, sin comer ni beber pod\u00eda existir aquel ser maldito. Entre tanto, sal\u00eda la sangre de su herida, sin que por eso se postrara m\u00e1s su cuerpo: por el contrario, anim\u00e1base m\u00e1s cada vez, aumentando mi desesperaci\u00f3n. Diga usted si el caso no era para volverse loco. \u00a1Estar constantemente perseguido por aquel demonio, que tampoco hab\u00eda podido matarme, y que conclu\u00eda por instalarse en mi casa, junto a m\u00ed, siempre a mi vista, como mi conciencia, como mi pensamiento, como mi miedo! Mi rabia no tuvo l\u00edmites cuando le vi incorporarse en el lecho, y exclamar:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYa ves de qu\u00e9 modo has conseguido que no salga de tu casa. \u00bfTe atrever\u00e1s a arrojar de ella a un hombre que has herido, a un hombre que se desangra y se muere? Si me echas de aqu\u00ed no es posible que te libres de la nota de asesino. Se descubrir\u00e1 que has intentado matar a un hombre, vendr\u00e1 la justicia, habr\u00e1 esc\u00e1ndalo&#8230; Dir\u00e1n que el bueno de D. Anselmo encontr\u00f3 a un gal\u00e1n en el cuarto de su esposa y le peg\u00f3 un tiro. Ya ves \u00a1qu\u00e9 esc\u00e1ndalo! Si quieres que me marche, me marchar\u00e9; pero bien te dije que al salir de esta casa me llevar\u00eda tu honor. Necio, en vano quieres prevalecer contra m\u00ed, contra lo inmortal, contra lo omnipotente, contra lo divino. Yo soy superior a los hombres; yo soy parte de ese mal que desde el principio pesa sobre vuestra existencia, y del cual no os pod\u00e9is librar, porque una ley suprema le pone sobre vosotros y en vosotros como una faz de la vida. Aqu\u00ed estoy, en tu casa; eso es lo que yo quer\u00eda. Ella sabe que estoy aqu\u00ed; muchos de fuera lo saben tambi\u00e9n. Pero esto es ahora un secreto guardado por muchos. Si quieres que haya esc\u00e1ndalo, si quieres que mil voces hablen de m\u00ed, si quieres que esto se publique por calles y plazas, \u00e9chame de aqu\u00ed; yo me voy gustoso, pero ya sabes todo lo que me llevo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero \u00bfqu\u00e9 fuerzas se han de emplear contra ti? -exclam\u00e9 en el colmo de la turbaci\u00f3n-. Sean morales o materiales, algunas fuerzas habr\u00e1 que te venzan, demonio incomprensible, m\u00e1s fatal que cuantos se emplean en tentar a los hombres, llev\u00e1ndoles por los caminos de todos los vicios\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abContra m\u00ed no hay nada que prevalezca -contest\u00f3 recobrando poco a poco su habitual buen humor y ligereza-. Ning\u00fan arma me puede herir; no tomes en serio lo que ha pasado: no creas que me has vencido, pobre loco: lo que has visto no ha sido m\u00e1s que un incidente preparado con objeto de atraparte mejor. Esta cama ya es m\u00eda; ya he penetrado en ella y no me puedes arrojar: todo el mundo sabe que Paris ha entrado en tu casa, y t\u00fa, aunque emplees todas tus facultades, todo tu dinero, cuanto existe y cuanto vale en la tierra, no podr\u00e1s convencer a nadie de lo contrario&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Oh! yo no s\u00e9 lo que har\u00e9 -grit\u00e9 desesperado-; yo voy a pegar fuego a esta case, para que perezcamos todos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Fuego! -dijo \u00e9l, riendo diab\u00f3licamente e incorpor\u00e1ndose en el lecho-: \u00a1fuego! si ese es mi elemento, si vivo en \u00e9l: fuego es mi sangre, mi aliento, mi mirada, mi palabra; quemo, devoro, aniquilo. No opongas a mi poder esos elementos venales que a un signo m\u00edo obedecen sumisos. Yo digo al aire: \u00abagita sus cabellos, lleva a su o\u00eddo ecos que la sumerjan en esas meditaciones vagas, de cuya confusi\u00f3n sale luminoso, inexorable el primer mal pensamiento\u00bb, y el aire me obedece. Yo digo al agua: \u00abve y acaricia con irritante frialdad o calor suave su cuerpo que en las ondas del ba\u00f1o se abandona indolente; difunde en ese cuerpo la languidez, y altera la serenidad de su cabeza, produciendo el mareo voluptuoso que enga\u00f1a la conciencia y hace accesible la fortaleza del recato\u00bb, y el agua me obedece. Yo digo al fuego \u00abcorre por sus venas, enardece su coraz\u00f3n, y haz brotar en su pensamiento esa chispa incendiaria que es la abdicaci\u00f3n postrera de la voluntad\u00bb, y el fuego me obedece. Yo digo a la luz: \u00abrefleja en el esposo las hermosas l\u00edneas de su rostro, y lleva de su espejo a sus ojos la imagen del cuello, del labio, de la cabellera, del talle, para que aumente su amor propio, baluarte formidable que me defiende\u00bb, y la luz me obedece. A\u00fan m\u00e1s: yo soy ese aire murmurador, esa agua voluptuosa, ese fuego que inflama, esa luz que adula. Ciego: me est\u00e1s viendo, crees que estoy aqu\u00ed. No: yo estoy all\u00e1, junto a ella: yo no la abandono nunca, porque soy su idea, su mal pensamiento, su mal deseo: yo no me separo de ella jam\u00e1s. En vano tratas de perseguir ese mal pensamiento, ese anhelo, cuando por un singular fen\u00f3meno se te presenta en forma humana. Torpe, \u00bfno comprendes que yo no puedo ser enterrado bajo un mont\u00f3n de piedras? \u00bfNo vea que es imposible matarme de un tiro como se mata a un p\u00e1jaro, a un ladr\u00f3n?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abCalla por piedad, monstruo -exclam\u00e9 angustiado-. \u00bfQu\u00e9 delito he cometido para tan gran tormento? Porque esto es castigo, s\u00ed, de alg\u00fan crimen ignorado. Yo que soy la probidad, el pundonor, la lealtad, la sobriedad, \u00bfpor qu\u00e9 he merecido esta tortura, que produce un trastorno en todas mis facultades y acabar\u00e1 por volverme loco?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abT\u00fa tienes la culpa -dijo Paris con serenidad, sin dar ya se\u00f1ales de postraci\u00f3n, y como si un m\u00e9dico sobrenatural hubiera sanado por encanto su herida-; t\u00fa tienes la culpa, t\u00fa que me has llamado, que me has tra\u00eddo, que me evocaste con la fuerza de tu entendimiento y de tu fantas\u00eda\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPues yo, con esa misma fuerza, te conjuro para que me dejes en paz. Yo no puedo vivir as\u00ed, diablo, esp\u00edritu, pensamiento, o lo que seas. Vete: yo te arrojo de mi cabeza: yo te expulso de m\u00ed ya que no has querido darme la muerte, vete, porque esto es mil veces peor que morir\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Irme! no puede ser -contest\u00f3 mi enemigo, encendiendo un cigarrillo de papel-. Ni yo, aunque quisiera, tengo poder para abandonarte. Mientras t\u00fa tengas ideas y sensaciones, yo estar\u00e9 aqu\u00ed. Renuncia a todo eso y me ir\u00e9: res\u00edgnate a ser, en vez de hombre inteligente y sensible, una m\u00e1quina autom\u00e1tica, sin ninguna vida espiritual; res\u00edgnate a ser un bulto vivo, y entonces me marcho\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMe resignar\u00e9. Yo quiero morir o no pensar, yo quiero ser una bestia, y no sentir en mi cabeza esto que llevo desde el nacer para tormento m\u00edo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo lo tomes as\u00ed, tan a pechos -repuso-; estas cosas deben considerarse con calma: s\u00e9 fil\u00f3sofo; ten esa grandiosa serenidad que ha hecha c\u00e9lebres a muchos maridos, y no quieras sobreponer un falso pundonor a ciertas leyes sociales que nadie puede contrariar\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo me trastornes m\u00e1s; yo quiero morir; quiero ser sacrificado a este pensamiento que me ha devorado, consumi\u00e9ndome todo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abDec\u00eda yo esto con la mayor sinceridad; deseaba morir o vivir sin conciencia ni entendimiento; si esto era vivir sin conciencia ni entendimiento; si esto era vivir, hab\u00eda en m\u00ed como un delirio, una exaltaci\u00f3n tal, que nunca despu\u00e9s he vuelto a experimentar cosa parecida. Fijaba mi vista en aquel hombre, le tocaba, le ve\u00eda, ten\u00eda todos los fundamentos necesarios para creer en su existencia, y a\u00fan me parec\u00eda todo un sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bb\u00bfA usted no le ha pasado que al sufrir los tormentos de una pesadilla, se muestra \u00edntimamente incr\u00e9dulo ante tantos dolores, y dice \u00abesto es sue\u00f1o\u00bb, como si una chispa de raz\u00f3n velara cuando todas las facultades se nublan, menos la fantas\u00eda, que lo domina todo a sus anchas? Pues lo mismo yo, en aquel delirio angustioso, dec\u00eda para m\u00ed a veces: \u00abesto es un sue\u00f1o\u00bb. Pero la realidad me desment\u00eda: hall\u00e1bame en mi casa; me reconoc\u00eda, despierto, como ahora me reconozco vivo. Iba y ven\u00eda, presa de una horrible ansiedad, y todo lo que me rodeaba era real, las personas las mismas, id\u00e9nticos los objetos. Sal\u00eda de mi cuarto a ver si la impresi\u00f3n de cosas externas me daba alguna luz; pero nada lograba. Por fin determin\u00e9 ausentarme de all\u00ed: cerr\u00e9 el cuarto, dejando dentro al herido, y fui a la habitaci\u00f3n de Elena. Cuando entr\u00e9, mi mujer se sobrecogi\u00f3 de espanto, tembl\u00f3, y despu\u00e9s me dijo algunas palabras mal articuladas, porque el terror le embargaba la voz. No s\u00e9 qu\u00e9 \u00edntimo convencimiento me oblig\u00f3 a mirar todo, a registrar todos agitado, convulso, demente. La infeliz gem\u00eda: creo que la maltrat\u00e9. Despu\u00e9s, andando de un lado para otro, registraba con af\u00e1n, y era tal mi trastorno, que hasta debajo de las sillas, dentro de los vasos de su tocador y entre las hojas de los libros quer\u00eda encontrar lo que buscaba. All\u00ed no hab\u00eda nada; yo nada vi; pero ten\u00eda la convicci\u00f3n profunda de que all\u00ed estaba: en el aire, en la sombra, en el perfume, en el eco de nuestras voces, en todo me parec\u00eda sentir la presencia de aquel maldecido. \u00ab\u00bfD\u00f3nde est\u00e1? -grit\u00e9-&#8230; \u00a1aqu\u00ed hay alguno!\u00bb. -\u00ab\u00bfQui\u00e9n?\u00bb -dijo desesperada. -\u00ab\u00a1Ese -contest\u00e9 yo-, ese monstruo, ese esp\u00edritu, ese hombre! Yo s\u00e9 que est\u00e1 aqu\u00ed, yo le siento, yo le oigo. S\u00ed, Elena, est\u00e1 aqu\u00ed: t\u00fa le tienes. Le veo en tus ojos, le oigo en tu voz, est\u00e1 aqu\u00ed\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbY en efecto, la sombra de todos los objetos me parec\u00eda su sombra, el eco de nuestras voces parec\u00edame su voz, y en los vagos accidentes de la luz, del sonido, del tacto, me parec\u00eda encontrar algo de la persona, del aliento de aquel genio execrable. Elena lloraba con tanto desconsuelo, que me fue imposible recriminarla. \u00danicamente le dec\u00eda: \u00abS\u00ed, aqu\u00ed est\u00e1, aqu\u00ed est\u00e1\u00bb. Por fin, sal\u00ed de all\u00ed, porque me trastornaba m\u00e1s cada vez, y volv\u00ed a mi cuarto, donde le hab\u00eda dejado cerrado con llave. Al entrar di un grito: el herido no estaba all\u00ed. Mi espanto fue tal, que no pude dar un pago, y me dej\u00e9 caer en un sill\u00f3n. Las fuerzas me faltaban ya por efecto de las continuas y dolorosas impresiones de aquel d\u00eda; me desvanec\u00ed, me desmay\u00e9, y a no haberse entregado espont\u00e1neamente mi naturaleza al reposo, no s\u00e9 qu\u00e9 hubiera sido de m\u00ed. Qued\u00e9 inactivo, y como muerto durante largas horas. En el momento de recobrar el tino, amanec\u00eda. Sent\u00ed ruido en la puerta, mir\u00e9, y era Paris, que entraba de bata, pantuflas, y con el cabello en desorden, como quien se levanta de la cama. Pas\u00f3 delante de m\u00ed mir\u00e1ndome con la diab\u00f3lica sonrisa que era en \u00e9l constante. Yo le mir\u00e9 tambi\u00e9n largo rato, y el estupor, cierto marasmo moral que yo sent\u00eda, impidi\u00e9ronme dirigirle la palabra en mucho tiempo.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando esto dec\u00eda el doctor, hall\u00e1base tambi\u00e9n pose\u00eddo de aquel marasmo moral que refer\u00eda. Ten\u00eda turbios los ojos, lenta la voz, dif\u00edcil el aliento; estaba fatigado, y sin duda el recuerdo de los sucesos referidos le produc\u00eda muy fuerte emoci\u00f3n. Por eso, y considerando lo que padec\u00eda el infeliz al traer a la memoria su insana idea, no me atrev\u00ed a hacerle las mil observaciones que sobre el caso se me ocurr\u00edan; reflexiones que hubieran entibiado mucho el entusiasmo y fe con que refer\u00eda tales locuras.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo III &#8211; Alejandro&nbsp;: 1<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Aquella noche no pudo continuar el doctor su curiosa narraci\u00f3n que, a fuerza de extravagante, me hab\u00eda inspirado alg\u00fan inter\u00e9s. Yo deseaba saber cu\u00e1l ser\u00eda la haza\u00f1a final del travieso h\u00e9roe de la antig\u00fcedad, que se propuso quitar el juicio a mi pobre amigo, si es que alguno ten\u00eda. Bien se echaba de ver que aquello hab\u00eda de concluir pronto de cualquier modo, pues no era posible que semejante invenci\u00f3n o lo que fuese se prolongara por m\u00e1s tiempo lo que la ley del arte exige, y adem\u00e1s, seg\u00fan lo \u00faltimo que refiri\u00f3 mi amigo, se comprend\u00eda que el desenlace no pod\u00eda estar lejos. Pero aquella noche, como he dicho, no le fue posible satisfacer mi deseo: hubi\u00e9ralo hecho \u00e9l, a pesar de su cansancio y de lo impresionado que estaba con el recuerdo de sus desventuras; mas no le inst\u00e9 a que siguiera, quedando de acuerdo para celebrar nueva sesi\u00f3n la noche siguiente, como lo hicimos. Reanudando el interrumpido hilo de su discurso, el sabio continu\u00f3 as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfEn qu\u00e9 quedamos? porque de anoche ac\u00e1 me he trascordado; y siempre que recuerdo aquello hay un desquiciamiento en mis facultades, de ordinario no muy sanas.<\/p>\n\n\n\n<p>-Quedamos en un incidente interesant\u00edsimo. Usted se hab\u00eda desvanecido, se hab\u00eda dormido, abandon\u00e1ndose a un profund\u00edsimo sue\u00f1o, que yo tengo para m\u00ed fue obra de alg\u00fan sortilegio de aquel ente infernal, y al despertar, ya casi de d\u00eda, vio aparecer a Paris de bata y pantuflas, como si se levantara de la cama.<\/p>\n\n\n\n<p>-As\u00ed es en efecto -dijo-, y yo, seg\u00fan indiqu\u00e9 a usted, en mi estupor, no pude decirle palabra en mucho tiempo; le miraba sintiendo en m\u00ed algo de ese mareo que precede a un letargo profundo: le miraba pasearse por el cuarto con las manos en los bolsillos de la bata, sacar un cigarro, encender un f\u00f3sforo, rasp\u00e1ndolo en la caja, y despu\u00e9s fumar tan tranquilo.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY no hablaron ustedes?<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed hablamos. Lo particular es que aquella bata era la m\u00eda, y le ca\u00eda tan bien que ni pintada, como si se la hubieran hecho a su medida.<\/p>\n\n\n\n<p>-Est\u00e1 visto que ese farsante quer\u00eda apropiarse todo lo que era de usted -observ\u00e9; y me arrepent\u00ed al poco rato de haber hecho tal observaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed -dijo tristemente-. Por fin, viendo que nada pod\u00eda hacer contra aquel miserable; viendo que no le pod\u00eda vencer, que no le pod\u00eda matar, que no le pod\u00eda arrojar de mi casa, resolv\u00ed entregarme al dolor, rendirme, incapaz ya de resistir m\u00e1s tiempo. No injuri\u00e9 a Paris, no le maldije, no intent\u00e9 maltratarle, porque nada val\u00eda contra \u00e9l. Di tregua a la ira, troc\u00e1ndola por una resignaci\u00f3n serena, que fue en m\u00ed entonces un gran alivio\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbYo me voy -le dije-, puesto que nada puedo contra ti. Demonio invulnerable, yo te abandono todo, mi casa, mis riquezas, mi posici\u00f3n, mi esposa: todo queda en tus manos, incluso mi honor, que no he podido librar de ti. Hablo de mi honor en la opini\u00f3n de las gentes, que mi honor en mi conciencia, eso va siempre conmigo, y no me lo puedes quitar con tus malas artes. Prefiero andar errante lejos de aqu\u00ed, en pa\u00eds desconocido, despreciado de todos, a soportar este suplicio en que vivo, privado de los m\u00e1s inocentes goces del hogar. Quiero huir; qu\u00e9date aqu\u00ed en posesi\u00f3n de todo: me confieso vencido.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Necio! -contest\u00f3 mir\u00e1ndome-. \u00bfA d\u00f3nde has de ir que yo no pueda seguirte? Recuerda lo que te dijo anoche. Si al marcharte te dejas aqu\u00ed el entendimiento y la fantas\u00eda, lo que hay en ti de divino, lo que te distingue de la bestia, puedes marcharte tranquilo; no te molestar\u00e1; pero si no, no cantes victoria, que yo ir\u00e9 contigo en esta o en otra forma; pues cuando me encari\u00f1o con una persona, no la abandono f\u00e1cilmente\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero si ah\u00ed te dejo todo -repliqu\u00e9-, \u00bfqu\u00e9 m\u00e1s quieres? Ya no temo la deshonra, no temo el esc\u00e1ndalo, no temo nada. Puedes gozarte en tu obra; no me importa que hablen de m\u00ed, que me se\u00f1alen, que me injurien con los m\u00e1s denigrantes apodos. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s quieres de m\u00ed?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSosi\u00e9gate, \u00a1oh Anselmo! -exclam\u00f3 Paris-. \u00bfA d\u00f3nde vas solo, errante por esos mundos, perseguido siempre por m\u00ed, aunque en distinta forma? Ten calma; reflexiona, medita la gravedad de tu determinaci\u00f3n. \u00bfNo ves que eso es cobard\u00eda indigna de un hombre de coraz\u00f3n? Acepta el martirio, y res\u00edstelo hasta el fin, como cumple a quien blasona de temple de esp\u00edritu, y de esa entereza que enaltece a los hombres m\u00e1s que el valor fren\u00e9tico y temerario. Aqu\u00ed es donde debes estar siempre en presencia de tu dolor, siempre en tu puesto, soportando una tras otra las angustias de esta crisis que no es nueva en el mundo y que ya ha trastornado a muchos. Aqu\u00ed, amigo, aqu\u00ed. No dir\u00e1s que no soy concienzudo, que no razono con la madurez que distingue a las personas graves de los mozalbetes casquivanos y presumidos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Oh, esto ya es demasiado! -dije-; \u00bfno he de salir de aqu\u00ed, no he de abandonar esta casa? \u00bfTambi\u00e9n me has de perseguir lejos de estos sitios? Eso no puede ser; y si as\u00ed fuera, yo me embrutecer\u00e9, no pensar\u00e9, como has dicho, ser\u00e9 un animal de los m\u00e1s torpes y groseros. Si esto es ser hombre, maldigo mi condici\u00f3n, y me r\u00edo de esa pomposa palabrer\u00eda con que la enaltecen algunos, diciendo que somos los reyes de lo creado. \u00a1Qu\u00e9 imbecilidad!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed; \u00a1eso es ser hombre! -afirm\u00f3 \u00e9l-, y eso es ser rey de la creaci\u00f3n. Yo he vivido desde el principio del mundo, y he presenciado multitud de sucesos terribles, individuales y sociales. S\u00e9 lo que son esos dolores, cuya importancia es tal en la esfera de la vida, que algunos han traspasado los l\u00edmites de lo personal para conmover al mundo, como sucedi\u00f3 en la guerra de Troya, cuyos pormenores recuerdo como si hubieran pasado ayer. Por lo que ha visto desde entonces, comprendo que se enga\u00f1a el que crea poder eximirse de ese gaje de angustias con que pag\u00e1is el orgullo de ser la flor y nata de lo creado; comprendo la inmensa verdad que encierra el dicho de Goethe: &#8216;el que no est\u00e1 preparado a la desesperaci\u00f3n, no est\u00e1 preparado a la vida&#8217;. \u00c1nimo: no eres t\u00fa el primero de los que se aniquilan, quem\u00e1ndose en la llama de la vida, como se quema la mariposa en la luz: t\u00fa no eres el primero, eres un ejemplar de esa rica colecci\u00f3n de m\u00e1rtires que han hecho del vivir una bella y sorprendente epopeya\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfSabe usted que no dejaba de explicarse con juicio? -dije, observando que Paris disertaba sobre la vida con una seriedad que, aunque no exenta de extravagancia, le hac\u00eda sin embargo mucho honor.<\/p>\n\n\n\n<p>-Aquel endiablado se hab\u00eda puesto a filosofar, dejando su c\u00ednica desenvoltura para hacer reflexiones en un tono que me parec\u00eda m\u00e1s burlesco que sus chanzas del d\u00eda anterior.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY despu\u00e9s, qu\u00e9 hizo? -pregunt\u00e9, esperando que el aparecido se quitaba al fin la bata y las pantuflas de mi amigo para vestirse y arreglarse.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ver\u00e1 usted -agreg\u00f3 el doctor-. Yo no permit\u00eda que nadie entrara all\u00ed; pero entr\u00f3, cuando yo estaba descuidado, un criado a anunciarme a mi suegro el conde del Torbellino, y no manifest\u00f3 haber visto la sombra. El criado, al parecer, crey\u00f3 que yo estaba solo. Iba yo a salir con objeto de recibir a mi suegro, cuando este, que no se andaba en ceremonias, entr\u00f3. Yo tembl\u00e9 pensando que pudiera ver a Paris; pero no. Paris estaba junto a m\u00ed, y el conde no le vio. Para \u00e9l, lo mismo que para el criado, hall\u00e1bame solo en la habitaci\u00f3n. \u00a1Cosa m\u00e1s particular! Varias veces el aparecido pas\u00f3 entre \u00e9l y yo, sin ser visto m\u00e1s que de m\u00ed. Yo s\u00f3lo sent\u00eda sus pasos, yo s\u00f3lo recib\u00eda el rayo de su mirada, de una viveza imposible de pintar. Mas a poco de estar all\u00ed el conde de Torbellino, Paris desapareci\u00f3: yo miraba a diestra y siniestra por ver si se ocultaba en alg\u00fan rinc\u00f3n; pero nada, hab\u00eda desaparecido. No vi m\u00e1s que mi bata y mis pantuflas arrojadas sobre una silla.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbMi di\u00e1logo con mi ilustre suegro fue important\u00edsimo, y es de grande utilidad el referirlo para mejor inteligencia de esta sin igual historia. Pero antes voy a dar a usted algunas noticias de tan respetable personaje.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo III &#8211; Alejandro&nbsp;: 2<\/strong><\/em><br><\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl conde del Torbellino -continu\u00f3 don Anselmo-, era un hombre tempestuoso, y no porque tuviera car\u00e1cter irascible, violento y amigo de pendencias, sino porque su esp\u00edritu, esencialmente tranquilo, se manifestaba al exterior de la manera m\u00e1s resonante y ampulosa. Cuando dec\u00eda alguna tonter\u00eda, cosa frecuente en \u00e9l, su voz, bronca por naturaleza, se ahuecaba hasta lo m\u00e1s bajo del diapas\u00f3n: cuando quer\u00eda convencer a alguien de que era hombre importante y de que los negocios le tra\u00edan loco, en palabra llegaba al \u00faltimo grado de la vana grandilocuencia; si no dec\u00eda nada su respiraci\u00f3n semejaba a un vendaval lejano. Locuaz y retumbante, parec\u00eda el s\u00edmbolo de la tormenta, la explosi\u00f3n hecha hombre. Sus oyentes eran muchos: complac\u00edanse sus tertulios en escuchar el estr\u00e9pito de su voz descomunal; pero en tocando a re\u00edr, la turba de interlocutores se dispersaba m\u00e1s que de prisa, porque la carcajada del buen se\u00f1or trastornaba y aturd\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbLa caja sonora que tan atroces ruidos produc\u00eda, era proporcionada al sonido mismo. Corpulento, pesado, cavernoso, monumental, el se\u00f1or conde era una pieza estimable que pod\u00eda honrar a cualquier cantera. A semejante mastodonte no faltaban dignidad ni donaire, antes al contrario, su crasitud cuadrilonga le daba cierto aspecto ces\u00e1reo y dictatorial.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbSu rostro era m\u00e1s bien hermoso que feo, adornado lateralmente de espesas patillas blanquinegras: la nariz ten\u00eda algo de la voluta corintia: la boca grande, de labios carnosos y retorcidos, se asemejaba a las bocas de esas m\u00e1scaras griegas que vomitan festones y emblemas. Dos grandes contracciones sosten\u00edan en los extremos de esta boca una hilaridad presuntuosa, tan constante en \u00e9l y tan grabada n su rostro, que pod\u00eda decirse que en \u00e9l la sonrisa era una facci\u00f3n. Sus lentes eran algo m\u00e1s, eran un \u00f3rgano: la frente, en que algunos pelos aplastados por el sombrero y pegados por el sudor, dibujaban una especie de leyenda jerogl\u00edfica, era peque\u00f1a, deprimida y roja; pero de un rojo intenso y como transparente, cual si los sesos de aquel buen se\u00f1or fuesen de bermell\u00f3n o cinabrio. Su cuerpo era un prodigio de solidez arquitect\u00f3nica; cada extremidad un portento de equilibrio, y sus hombros, su abdomen y su espalda otras tantas obras maestras de estereotom\u00eda muscular; sus pies dos ladrillos. A pesar de tanta solidez, este monolito se mov\u00eda con bastante soltura; y cuando hablaba, los brazos daban vueltas como dos aspas de molino, amenazando descabezar al que ten\u00eda la desdicha de escucharle.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbEn cuanto a entendimiento, el conde pasaba por ignorante entre muchos y por sapient\u00edsimo entre algunos; mas no era ni una cosa ni otra. Sin ser ilustrado, sab\u00eda lo bastante para hablar de todo, no disparatando siempre. En algunas cuestiones, sin embargo, era fuerte, sobre todo en Pol\u00edtica y en Hacienda. Ocup\u00e1base mucho de la alza y baja de los fondos p\u00fablicos, y negociaba con el cr\u00e9dito del Estado, tomando parte con los primeros capitalistas en las m\u00e1s arriesgadas operaciones mercantiles, lo cual fortalec\u00eda sus conocimientos en Hacienda. La suya le inspiraba serios temores, sobre todo en la \u00e9poca a que me refiero, y el mal humor que le ocasionaban sus desbarajustados asuntos se hubiera trocado en hipocondr\u00eda si mi casamiento con su hija no echara un buen puntal a su fortuna.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbDistingu\u00edale tambi\u00e9n su notable prurito de agradar a las gentes. Su amabilidad, aunque tonante y explosiva, le hab\u00eda captado la voluntad de muchas personas. De esta amabilidad nadie ten\u00eda mejores pruebas que yo: siempre fui objeto de su predilecci\u00f3n, y nunca m\u00e1s que en la ocasi\u00f3n de que hablo pude conocerlo. El conde me prob\u00f3 el gran inter\u00e9s que yo le inspiraba, en aquel di\u00e1logo que voy a referir a usted con la puntualidad que mi memoria me permite.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abMi querido yerno -dijo \u00e9l-, yo siento tener que hablarte de este asunto, pero es necesario. Elena no puede vivir as\u00ed. No te enfades: nadie mejor que yo conoce tus buenas prendas; nadie ha tratado de disculparte m\u00e1s que yo; pero han llegado las cosas a un extremo&#8230; tu car\u00e1cter&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYo no entiendo ni una palabra de lo que usted me quiere decir -le contest\u00e9, presumiendo que algo grave encerraban aquellas indicaciones\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abTodos en la casa dicen que est\u00e1s loco -a\u00f1adi\u00f3 el conde-. Esta opini\u00f3n, el \u00fanico que la ha combatido he sido yo, que desde antes de que entraras en mi familia conoc\u00eda tu car\u00e1cter. Yo s\u00e9 que no es locura: estos arrebatos que hoy te dan son antiguos en ti, si bien los agrava actualmente una monoman\u00eda, uno de esos estados pasajeros del alma que nos ponen a veces en tal disposici\u00f3n, que no parecemos tener pizca de sentido\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPues usted me explicar\u00e1 eso mejor, si quiere que le entienda\u00bb -dije yo, que ya ten\u00eda demasiadas confusiones en la cabeza para comprender de una vez la nueva serie de enredos que mi suegro me tra\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abElena se queja con raz\u00f3n -contest\u00f3-; la infeliz ha enflaquecido de tal modo estos d\u00edas, que parece un cad\u00e1ver. Todos procuramos consolarla. \u00a1Cuidado que eres extravagante! La atormentas del modo m\u00e1s cruel; la asustas con tus atrocidades sin cuento. Pero \u00bfen qui\u00e9n has visto cosa semejante? Seg\u00fan ella refiere, algunas noches entras despavorido en su cuarto, diciendo que has o\u00eddo all\u00ed la voz de un hombre; otras veces la maltratas, la injurias, asegurando que has visto a alguien saltar por su ventana al jard\u00edn. Cuando m\u00e1s descuidada y tranquila se halla, entras furioso, profiriendo gritos y amenazas y preguntando d\u00f3nde est\u00e1 \u00e9l; tu aspecto infunde miedo; tus palabras son las de un loco; tu adem\u00e1n es descompuesto. Di si hay mujer que tenga la fortaleza y el temple suficientes para ver en calma estas cosas, y considera tambi\u00e9n si no hay en tu conducta bastantes motivos para atraerte, no digo yo la antipat\u00eda, sino el horror de tu esposa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed -repliqu\u00e9 yo-, lo confieso; pero usted no sabe que para obrar as\u00ed tengo mis razones.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Razones! No seas tonto. \u00bfQu\u00e9 razones puedes t\u00fa tener para obrar de esa manera? Si tuvieres la calma, la filosof\u00eda que se necesita para poder vivir en estos tiempos que alcanzamos, no te suceder\u00eda eso. Es que t\u00fa te apuras de nada: eres muy puntilloso; tomas muy a pechos todas las cosas, y, en resumen&#8230; no sabes vivir\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSuplico a usted, mi querido suegro, que me explique eso, pues quiz\u00e1s me d\u00e9 alguna luz en la situaci\u00f3n en que me hallo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abQuiero decir que te cuidas demasiado de la opini\u00f3n de las gentes, cosa que se debe despreciar las m\u00e1s de las veces, sobre todo cuando, como en la ocasi\u00f3n presente, no se funda en nada positivo, sino en esas presunciones vulgares, hijas de una gran decadencia moral\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero \u00bfqu\u00e9 dice la opini\u00f3n de las gentes? -pregunt\u00e9 yo-. \u00bfAlguien se ha atrevido a hablar de mi casa, de mi familia&#8230;?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abTe dir\u00e9 -contest\u00f3 \u00e9l enf\u00e1ticamente-: no debes apurarte por esto, que adem\u00e1s de no tener importancia, es cosa que se ve con demasiada frecuencia para inspirarnos recelo. No hay que hacer caso de la opini\u00f3n de esa gente holgazana que vive de la ch\u00e1chara y el esc\u00e1ndalo, atisbando siempre en lo m\u00e1s \u00edntimo de las familias&#8230; No te apures por eso. S\u00f3lo con el desprecio se correspondo a la vileza de esas infames gentes que nada perdonen, ni aun lo m\u00e1s santo y respetable\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero \u00bfqu\u00e9 dicen de m\u00ed?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMira, nosotros no debemos hablar de esas cosas -contest\u00f3-, pues hasta nombrarlas me parece indecoroso. Dej\u00e9moslo, y se acab\u00f3&#8230; Trata de serenarte&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo; yo quiero saberlo, y pronto\u00bb -contest\u00e9 muy agitado.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Vaya! -exclam\u00f3 el conde de Torbellino, poni\u00e9ndose los lentes, que en el calor de su elocuencia se le hab\u00edan ca\u00eddo-; \u00bfquieres que te cuente lo que t\u00fa sabes mejor que yo, lo que ha sido causa de las extravagancias que has hecho estos d\u00edas?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo: yo no s\u00e9 nada; quiero saber todo eso que usted me ha indicado para confundirme m\u00e1s\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPues con indignaci\u00f3n te informar\u00e9, querido Anselmo, de que ha habido personas tan insolentes que han puesto en duda&#8230; ha habido quien ha osado difamar a la misma virtud&#8230; a mi hija Elena. Te aseguro que si conociera yo al infame que&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfPero qui\u00e9n, en d\u00f3nde, qu\u00e9 persona ha dicho eso?\u00bb -vocifer\u00e9 yo, aterrado ante la horrible confirmaci\u00f3n de lo que en mi cabeza pasaba.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfQui\u00e9n lo va a averiguar? Y lo \u00fanico en que se fundan es en que frecuenta tu casa ese joven, ese joven&#8230; ese que viene aqu\u00ed desde hace algunos d\u00edas&#8230; eso Alejandro no s\u00e9 cu\u00e1ntos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo s\u00e9 de qui\u00e9n habla usted\u00bb -dije estupefacto.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed: ese&#8230; Precisamente ayer le vi entrar aqu\u00ed; varias veces le he visto entrar\u00bb -a\u00f1adi\u00f3 d\u00e1ndome a continuaci\u00f3n las se\u00f1as de aquel ente infernal, hombre, demonio o aparici\u00f3n que tanto me hab\u00eda atormentado con el nombre de Paris-. La cosa es que como el chico tiene fama de ser uno de los m\u00e1s grandes perturbadores del hogar dom\u00e9stico que han existido, desde que se le ha visto entrar aqu\u00ed&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfY qui\u00e9n ha tra\u00eddo aqu\u00ed a ese sujeto?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYo no s\u00e9: t\u00fa lo sabr\u00e1s. Lo cierto es que entra mucho en tu casa, y de seguro Elena le tratar\u00e1 como un amigo, sin sospechar la infeliz que, aunque inocente, est\u00e1 labrando su desdoro admiti\u00e9ndole aqu\u00ed. Pero al mismo tiempo, no admitirle ser\u00eda justificar la perfidia de los maldicientes y en cierto modo ajustarse a su sistema. Lo mejor es despreciar todo eso, querido Anselmo. Ya ves c\u00f3mo s\u00e9 cu\u00e1l es la causa de tus locuras, y yo no puedo menos de re\u00edrme al considerar cu\u00e1nto has atormentado a la pobre Elena por una causa tan fr\u00edvola. Ser\u00e9nate, hombre, ten calma, como antes te he dicho. Si porque cuatro desalmados hablan de ti, vas a hacer tales atrocidades, asemej\u00e1ndote a los mayores locos que han existido, \u00bfqu\u00e9 har\u00edas si tuvieras una verdadera causa?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed habl\u00f3 el conde de Torbellino; y sus palabras, lejos de darme luz en aquel asunto, me embrollaron m\u00e1s y m\u00e1s la cabeza. Antes hab\u00eda dudado si la figura de Paris era real o meramente una creaci\u00f3n de mi entendimiento, producida por fen\u00f3menos no comprendidos: esta duda me daba grande tormento. Ahora, seg\u00fan las palabras de mi suegro, Paris era un ser real, conocido de todos. Entonces, \u00bfc\u00f3mo fue herido gravemente por m\u00ed, restableci\u00e9ndose despu\u00e9s por encanto sin que quedaran en su cuerpo se\u00f1ales de postraci\u00f3n? \u00bfC\u00f3mo aparec\u00eda y desaparec\u00eda sin saber de qu\u00e9 modo? Esto aumentaba mi confusi\u00f3n de tal manera que cuando se fue mi suegro me sumerg\u00ed en intrincadas y laber\u00ednticas meditaciones, a ver si vislumbraba un rayo de luz en tanto lobregueces. \u00a1Dios m\u00edo! A\u00fan no era bastante. Para colmo de desdicha, entr\u00f3 mi suegra, que empleando muy distintas razones que su esposo, dialog\u00f3 conmigo un buen espacio de tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi suegra era una vieja coqueta, en quien los a\u00f1os no hab\u00edan amortiguado el deseo de agradar, case de su car\u00e1cter. Habiendo sido hermos\u00edsima, en su rostro no quedaban ya m\u00e1s que l\u00e1stimas, y \u00fanicamente los ojos conservaban en su brillo y expresi\u00f3n algo de aquella belleza que se hab\u00eda despedido para no volver m\u00e1s. Este desastroso afeamiento era en parte remediado con los complicados afeites que se hac\u00eda, y las mil cosas que inventaba para disimular los estragos de su persona. En cuanto a costumbres, las suyas no se distingu\u00edan sino por un continuo callejear, que no le dio muy buena opini\u00f3n, aunque nunca se dijo claramente que no fuese honrada. Gust\u00e1bale divertirse m\u00e1s que a muchas que no pasan de los veinte; y en este punto jam\u00e1s determinaron en ella los a\u00f1os ning\u00fan progreso visible; pues vieja y todo no perdonaba baile, ni comedia, ni paseo, ni reuni\u00f3n, ni ceremonia donde gente joven y bulliciosa. Parec\u00eda que se le reverdec\u00edan con esto los a\u00f1os, refresc\u00e1ndosele el cuerpo con el continuo zarandeo.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta dama ilustre, que profesaba en materias de opini\u00f3n teor\u00edas muy peregrinas, fue la que me habl\u00f3 del modo siguiente:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abEres, Anselmo, un salvaje, una fiera, un tigre. Pensar que mi hija pueda vivir mucho tiempo en compa\u00f1\u00eda de una persona como t\u00fa, es locura. Verdaderamente ser\u00eda risible, si no fuera tan triste lo que est\u00e1 pasando. Vamos, que aquellos sustos que le das, present\u00e1ndote de noche en su habitaci\u00f3n como un loco, y al parecer, ofuscado el entendimiento por alguna mala idea&#8230;! En verdad no s\u00e9 c\u00f3mo vive la infeliz&#8230; Est\u00e1 enferma, y temo que sea de cuidado su mal, porque francamente, \u00bfqu\u00e9 persona impresionable y delicada resiste a las pruebas a que la sujetas? Es preciso que te decidas a adoptar otra conducta: mi hija no puede vivir as\u00ed. A ver, \u00bfqu\u00e9 es lo que te obliga a proceder como procedes&#8230;? Quiero saberlo. \u00a1Y pensar que es Elena un modelo de amabilidad, de discreci\u00f3n, de prudencia!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bbVerdaderamente, Anselmo, ya veo que no puede haber mayor tormento para una joven que vivir contigo. En tu compa\u00f1\u00eda ninguna puede encontrar esa agradable confianza que es fundamento del amor; no eres amable, ni mucho menos: por el contrario, a pesar de tus buenas prendas, te haces repulsivo por los arrebatos de tu car\u00e1cter, por esa misantrop\u00eda que te consume. En ti no hallar\u00e1 mi hija ninguna clase de ternura, ni aun esas peque\u00f1as f\u00f3rmulas cari\u00f1osas que, insignificantes en apariencia, son de una importancia inmensa para nosotras; cr\u00e9elo. Adem\u00e1s parece que te has propuesto hacerte aborrecer de ella: pasas los d\u00edas abstra\u00eddo, solo, encerrado en eso maldito cuarto, donde a veces se te siento hablar como si estuvieras en conversaci\u00f3n con las \u00e1nimas del Purgatorio\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfSe me siente? -dije yo oyendo con terror aquella descripci\u00f3n de mi vida.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed, eso dicen los criados -continu\u00f3 riendo-, te han o\u00eddo hablando solo. \u00bfEs esto tener raz\u00f3n, es esto ser hombre? Despu\u00e9s sales y vas dando feroces gritos al cuarto de Elena, que tr\u00e9mula y sobrecogida, te ve registrar la habitaci\u00f3n como si persiguieras a alguna sombra. La pobrecilla ha llegado a tenerte tanto miedo, que tiembla s\u00f3lo de o\u00edr tu voz. Yo no s\u00e9 en qu\u00e9 va a parar esto. \u00a1Qu\u00e9 va a parar esto! \u00a1Qu\u00e9 singular manera tienes de hacerte querer de tu esposa! Ni la acompa\u00f1as, ni la mimas, ni procuras distraerla; ella est\u00e1 acostumbrada al trato de las gentes, a los goces de la sociedad&#8230; \u00a1y verse aqu\u00ed sola, encerrada&#8230;! \u00danicamente yo me intereso por ella; he logrado reunir aqu\u00ed algunos amigos y amigas, que nos hacen tertulia, entreteni\u00e9ndonos un poco. Pero yo no s\u00e9 qu\u00e9 tiene esta casa: es triste como su due\u00f1o; todos huyen de ella. En los \u00faltimos d\u00edas casi nadie ha venido, y nos hubi\u00e9ramos visto muy aburridas, a no habernos acompa\u00f1ado Alejandro X&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSe\u00f1ora, \u00bfa ver? \u00bfQui\u00e9n es ese caballero&#8230;? \u00a1tengo curiosidad&#8230;! -dije vivamente.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abVaya, tambi\u00e9n has perdido la memoria -contest\u00f3 mi suegra con jovialidad-. \u00a1C\u00f3mo est\u00e1 esa cabeza! \u00bfCon que tampoco conoces a Alejandro? Precisamente sal\u00eda de aqu\u00ed cuando yo entraba&#8230; Si viene todos los d\u00edas&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSe\u00f1ora, yo no s\u00e9 de qui\u00e9n habla usted\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero este hombre est\u00e1 loco; ya desconoce a sus principales amigos, a Alejandro X, que tanto frecuenta su casa; la persona m\u00e1s amable que he tratado en mi vida, amigo tuyo, como lo es de todo el mundo; porque ese hombre, yo no s\u00e9&#8230; es de los que conocen a todo bicho viviente&#8230; Claro, es tan amable, tan listo, de una travesura jovial, discreta y elegante.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfY dice usted que yo le conozco?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPero est\u00e1s loco. \u00bfNo les has de conocer? Si hab\u00e9is salido juntos de paseo mil veces, si hab\u00e9is comido y almorzado juntos, qu\u00e9 s\u00e9 yo&#8230; Alejandro, hombre de Dios -a\u00f1adi\u00f3 alzando la voz como si hablara con un sordo-. Indudablemente has perdido el juicio\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfY dice usted que las acompa\u00f1a? -pregunt\u00e9 en el colmo del estupor.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abSi no fuera por \u00e9l, mi hija y yo nos aburrir\u00edamos. \u00c9l nos acompa\u00f1a, y es tan amable&#8230; Nos divierte mucho cont\u00e1ndonos historias \u00edntimas. \u00a1Ah! \u00a1No sabes cu\u00e1nto nos cautiva su conversaci\u00f3n, sobre todo a Elena, que gusta do o\u00edr narrar aventuras! Ese hombre ha viajado mucho, y aunque joven, conoce el mundo como si hubiera vivido siglos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfY dice usted que yo le conozco?\u00bb -pregunt\u00e9 con ansiedad.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1V\u00e1lgame Dios qu\u00e9 hombre! Es lo mismo que si preguntaras si me conoce a m\u00ed. T\u00fa no est\u00e1s bueno. Anselmo, por Dios, esa cabeza&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo III &#8211; Alejandro&nbsp;: 3<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Estas y otras razones cambiamos mi suegra y yo en aquel di\u00e1logo memorable. Ella se fue, porque le avisaron que Elena estaba con un s\u00edncope, y al poco rato, cuando a\u00fan no hab\u00eda yo tenido tiempo de aclarar un poco las ideas que lo indicado por mi suegra me suger\u00eda, entr\u00f3 un amigo m\u00edo muy querido, el cual me habl\u00f3 tambi\u00e9n cosas que no debo pasar en silencio, para mejor inteligencia de este raro suceso.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abVen\u00eda a saber de tu mujer -dijo-; o\u00ed decir que estaba mala\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed -contest\u00e9-, no est\u00e1 buena. Desde hace d\u00edas tiene no s\u00e9 qu\u00e9. \u00bfPor qui\u00e9n lo supiste?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo recuerdo d\u00f3nde lo o\u00ed decir\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYo s\u00e9 que hablan de m\u00ed por ah\u00ed\u00bb -indiqu\u00e9, porque hab\u00eda conocido que mi amigo quer\u00eda contarme algo, y que esperaba que rodase la conversaci\u00f3n sobre aquel punto.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfQue hablan de ti? No s\u00e9 -dijo vacilando-: Bien; no te lo negar\u00e9: al contrario, obligado por nuestra amistad te hablo de este asunto, y si te digo que no he venido a otra cosa, no miento de seguro\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abVamos a ver\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPor supuesto que debes despreciar ciertas cosas, mejor dicho, no despreciarlas del todo; conviene hacerse cargo de ellas, meditarlas y resolver despu\u00e9s maduramente lo que se debe hacer. Esto no es nuevo. Todo el que vive aqu\u00ed en cierta posici\u00f3n, como t\u00fa, est\u00e1 expuesto a las hablillas. Hay que resignarse y no enfurecerse, porque si alguna cosa hay que deba tomarse con calma, es esa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Con calma! -repuse yo perdi\u00e9ndola completamente-, \u00a1con calma he de mirar mi deshonra! Yo buscar\u00e9 al infame autor de esa calumnia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abLuego, ya est\u00e1s t\u00fa enterado\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed -dije-; no s\u00e9, lo he presumido, lo he adivinado\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPues s\u00ed, amigo -repuso \u00e9l-, no te precipites. Las reputaciones m\u00e1s s\u00f3lidas no se libran de esos ataques\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abTe juro -dije-, que yo he de matar a quien ha difamado mi casa, ya sea uno, ya sean muchos, esa vileza no ha de quedar sin castigo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMal hecho; eso no se hace as\u00ed. Conviene tratar con la Fama en buena amistad para que no nos maltrate; conviene capitular con los murmuradores y hacer ciertas concesiones para que no acaben de deshonrarnos. Para alejar a esa v\u00edbora maligna no de ha de luchar con ella; es preciso adularla con los dulces sonidos de un instrumento m\u00fasico. El vulgo viperino es invencible cuerpo a cuerpo, y d\u00e9bil cuando al defensa ciega se sustituye la ma\u00f1a astuta\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abYo no puedo adular a esos infames. Mi honra esta sobre ellos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abTodo eso es muy santo y muy bueno; pero se dice una cosa&#8230; bien&#8230; En estos tiempos es m\u00e1s temible el dicho que el hecho. Ya comprendes la fuerza que tiene un &#8216;dicen&#8217;. Si quieres seguir mis consejos, m\u00e1rchate de aqu\u00ed por alg\u00fan tiempo. Cuando vuelvas, todo est\u00e1 olvidado. Es la mejor manera de que te libres de ese hombre, cuya presencia continua en tu casa tanto te da\u00f1a. Es lo mejor; as\u00ed se acaba sin esc\u00e1ndalo, porque el esc\u00e1ndalo, amigo, graba los hechos en la mente del p\u00fablico, y hechos estereotipados de este modo no se borran f\u00e1cilmente\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfPero qu\u00e9 hombre es ese? -pregunt\u00e9\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Qu\u00e9 hombre! -dijo con estupor, admirado de que yo no lo conociera-. Alejandro X. Estoy seguro de que sus visititas aqu\u00ed han sido inocentes; pero le ven entrar, y como tiene tan mala fama&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfDe veras? -dije para obligarle a expl\u00edcarse mejor\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed -contest\u00f3-, es de estos que hacen gala de sus costumbres licenciosas. Buena figura, gracia, cierta depravaci\u00f3n. No tiene m\u00e1s oficio que hacer el amor, ni m\u00e1s aspiraci\u00f3n que ser objeto de las necias alabanzas de la multitud, siempre gozosa por cada honra que se pierde y cada nombre que se mancha\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfY dices que debo salir de aqu\u00ed?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed: es urgente. D\u00e9jate de medios violentos. Matar, desafiar; todo eso aumenta el esc\u00e1ndalo y las habladur\u00edas&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo: yo quiero matar a ese hombre -grit\u00e9 con furia, olvidando en aquel momento que Paris era inmortal\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Matar! \u00bfY a qui\u00e9n? \u00bfa ese? \u00bfY est\u00e1s seguro de que al matarle castigas a un delincuente? T\u00fa ya das por supuesto que ha habido delito, y no es esa la cuesti\u00f3n. Se trata s\u00f3lo de ciertas voces que debemos suponer no tienen fundamento alguno. Ahora di si esas voces se acallan matando gente\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abPues yo no puedo salir de aqu\u00ed -dijo recordando la amenaza de Paris de seguirme a todas partes-, \u00e9l ir\u00e1 tras nosotros\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00bfC\u00f3mo puede ir contigo? -dijo mi amigo-. Y si va, en tu mano est\u00e1 evitar que te siga mucho tiempo. Aqu\u00ed, no es f\u00e1cil que sin esc\u00e1ndalo puedas echarle de tu casa, mientras que viajando ya es m\u00e1s posible librarte de \u00e9l por cualquier medio\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco m\u00e1s hablamos; pero lo que he referido fue lo bastante para confundirme m\u00e1s de lo que estaba. El principal tema de mi cavilaci\u00f3n consist\u00eda en esto que repet\u00eda sin cesar: \u00abLuego Paris es un ser real; ese que llaman Alejandro no es una sombra, no es una aparici\u00f3n, sino un hombre que entra en mi casa y es conocido de todo el mundo. Alejandro y Paris son dos personas distintas; el que yo he visto es representaci\u00f3n o remedo del primero\u00bb. Cansado ya de aquel suplicio, resolv\u00ed salir para buscar en la confianza y en el consejo de personas afectas a m\u00ed un alivio a tan terrible pena. Pens\u00e9 dirigirme a varios amigos de lealtad probada, y adem\u00e1s muy conocedores de las cosas de la vida, esperando sacar de ellos alguna luz para alumbrar tan pavoroso enigma.<\/p>\n\n\n\n<p>Sal\u00ed. Seg\u00fan despu\u00e9s me han contado, andaba yo por la calle con la vista extraviada, el andar inseguro y torpe, puestos el sombrero y los vestidos de muy singular manera. Hac\u00eda re\u00edr a las gentes; y aun los acostumbrados a ver en m\u00ed un hombre no parecido a los dem\u00e1s, se paraban a mi paso, se\u00f1al\u00e1ndome como una curiosidad. Aunque hab\u00eda hecho prop\u00f3sito de consultar con determinadas personas, yo no encaminaba derechamente mis pasos a lugar alguno. Iba de aqu\u00ed para all\u00ed, a la ventura, ciegamente. Figuraos cu\u00e1l ser\u00eda mi sorpresa cuando, al atravesar no s\u00e9 qu\u00e9 calle, tropec\u00e9&#8230; iba a caer, y una mano asi\u00f3 vigorosamente mi brazo. Me volv\u00ed y era Paris que me sosten\u00eda. No s\u00e9 lo que sent\u00ed en aquel momento. En otra situaci\u00f3n de esp\u00edritu le hubiera dado de golpes en presencia de todo el mundo; pero ya la maldecida figura no me inspiraba sino temor: en su presencia mi alma se sobrecog\u00eda, mi palabra enmudec\u00eda, flaqueaban mis fuerzas. Desde que se pon\u00eda a mi lado, mi esp\u00edritu se subordinaba al dominio de aquel ser infernal, dobleg\u00e1ndose tristemente como si sintiera su inferioridad. Desde aquel momento yo no me pertenec\u00eda, estaba en sus manos, en su poder. \u00c9l me tom\u00f3 el brazo, y anduvimos largo trecho por las calles m\u00e1s concurridas sin hablar una palabra. Mir\u00e1banos la gente: muchos conocidos m\u00edos encontramos al paso, y yo observaba que al pasar cuchicheaban se\u00f1al\u00e1ndonos. Sin saber c\u00f3mo, y sin que mi voluntad obrara para nada en ello, el diab\u00f3lico Paris me arrebat\u00f3 hacia el Prado, que por ser el d\u00eda de los m\u00e1s hermosos de oto\u00f1o, estaba concurrid\u00edsimo. Los grupos se apartaban para dejarnos pasar, y muchos se sonre\u00edan con disimulo fijando la vista en los dos. En aquel instante Paris era visible para todos; ya no era aquella sombra, s\u00f3lo percibida por m\u00ed, que en mi habitaci\u00f3n surg\u00eda de la tela de un cuadro; era un sujeto real, y todos le ve\u00edan, le saludaban, nos saludaban, observando con malignidad, mas no con sorpresa, que anduvi\u00e9ramos juntos.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed atravesamos el Prado; seguimos hacia Recoletos sin que yo pudiera detenerme. Arrastr\u00e1bame de tal modo que a veces parec\u00eda que una fuerza extra\u00f1a mov\u00eda mis pies. La gente era en mayor n\u00famero cada vez, y la malignidad la misma en todos los semblantes conocidos. Par\u00e1banse algunas personas y nos miraban un buen rato: otras pareciome que se re\u00edan; y en tanto nosotros siempre andando, andando. Yo estaba rojo de verg\u00fcenza; el rostro me quemaba como si tuviera en \u00e9l carbones encendidos, y en el fondo de mi coraz\u00f3n lat\u00eda un odio terrible, una pena profunda, una sombr\u00eda angustia que no pod\u00eda estallar, porque aquel demonio me lo ten\u00eda oprimido. Dentro del pecho sent\u00eda yo como una mano de fuego que me apretaba con fuerza, conteniendo en su pu\u00f1o ardiente cuanto en m\u00ed hab\u00eda de vida y sentimiento&#8230; And\u00e1bamos siempre sin descanso: gruesas gotas de sudor corr\u00edan de mi frente, y sent\u00eda una gran fatiga, aunque puramente moral, pues mi cuerpo no estaba cansado, y marchaba movido por una fuerza en m\u00ed desconocida. Atravesamos toda la Castellana, donde hab\u00eda m\u00e1s gente a\u00fan, mayor n\u00famero de conocidos y m\u00e1s insistencia en mirarnos, sonriendo son malicia que rayaba en insolente. Camin\u00e1bamos siempre, recorriendo el paseo de un extremo a otro, varias veces, hasta que la tarde iba cayendo, la gente se retiraba, y mi alma se cubri\u00f3 de luto; nubl\u00e1ronse mis ojos, no vi m\u00e1s que sombras, y glacial fr\u00edo corri\u00f3 por todo mi cuerpo. No pude menos de detenerme: est\u00e1bamos on el extremo del paseo: a nuestra espalda se o\u00eda el ruido de los coches alej\u00e1ndose y las pisadas de alg\u00fan paseante rezagado. Entonces parece como que recobr\u00e9 el uso de la palabra, y sent\u00ed dentro de m\u00ed una especie de libertad, algo como descanso, como si la acci\u00f3n infernal de aquel ser abominable dejara de obrar sobre m\u00ed. No s\u00e9 por qu\u00e9 atrajo mis miradas la extraordinaria brillantez de la luz crepuscular que por Occidente te\u00f1\u00eda el cielo de viv\u00edsima p\u00farpura. Mir\u00e9 aquello con cierto deleite, no experimentado por m\u00ed desde alg\u00fan tiempo; y cuando volv\u00ed los ojos hacia mi lado, Paris ya no estaba all\u00ed, se hab\u00eda desvanecido como el humo. Por una ilusi\u00f3n f\u00e1cil de explicar, volviendo a mirar hacia el Ocaso, me pareci\u00f3 ver dibujada con r\u00e1fagas de luz rojiza y c\u00e1rdenas nubes, su faz aborrecida. Hall\u00e1bame solo, enteramente solo; hab\u00eda recobrado el dominio de m\u00ed mismo; pero entonces el cansancio moral que antes experiment\u00e9 se extendi\u00f3 a mi cuerpo, y ca\u00ed sobre un banco aturdido y ex\u00e1nime.<\/p>\n\n\n\n<p><em><strong><br>Cap\u00edtulo III &#8211; Alejandro&nbsp;: 4<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p>-Pues si he de hablar a usted francamente, amigo D. Anselmo -dije-, esa aventura, lejos de aclararse a medida que se acerca el desenlace, se embrolla y obscurece m\u00e1s. Al principio, cuando la figura de Paris se apareci\u00f3 a usted en su cuarto, el caso pod\u00eda pasar por una creaci\u00f3n de la fantas\u00eda de usted, un extrav\u00edo de su entendimiento. Aunque rar\u00edsimos, suele haber casos en que una imaginaci\u00f3n enferma produce esos fen\u00f3menos que no tienen realidad externa, sino \u00fanicamente dentro del individuo que los produce. La figura desaparecida del lienzo, la voz que usted crey\u00f3 escuchar en el cuarto de Elena, la sombra que vio ocultarse en el pozo, todo eso puede explicarse por una obsesi\u00f3n que, aunque rara, no es imposible. Pero despu\u00e9s resulta que hay un ente real, un tal Alejandro, persona visible para todos, y que frecuenta la casa de usted; persona exactamente igual a la sombra entrometida, y que parece destinada a turbar la paz de los matrimonios, no con medios fant\u00e1sticos, sino reales, seg\u00fan se desprende del di\u00e1logo de usted con su suegra y con su amigo. \u00bfEn qu\u00e9 quedamos? \u00bfQu\u00e9 relaci\u00f3n existe entre Paris y Alejandro? Por una coincidencia que no creo casual, estos dos nombres son los que lleva el robador de Elena en la f\u00e1bula heroica.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien; usted dice que no conoc\u00eda a ese Alejandro. Si usted le hubiera conocido, si antes de todas las apariciones, usted hubiera tenido celos de \u00e9l, se comprende que su imaginaci\u00f3n, dominada por tal idea, llegara a ese periodo patol\u00f3gico que origina tan grandes extrav\u00edos. Peor aqu\u00ed lo primero ha sido la obsesi\u00f3n, y despu\u00e9s ha venido la realidad a confirmarla. \u00bfNo ser\u00eda m\u00e1s l\u00f3gico que precediera la realidad, y que despu\u00e9s, a consecuencia de un estado real de su \u00e1nimo, aparecieran las visiones que tanto le atormentaron?<\/p>\n\n\n\n<p>-Precisamente lo que usted dice fue lo que yo pens\u00e9 cuando, serenado alg\u00fan tanto, quise explicarme lo que me pasaba, de regreso a mi casa. He de advertir que, desde muy antes de ocurrir lo que he referido, mi cabeza se hallaba en un estado deplorable. Adem\u00e1s de perder la memoria casi por completo, hab\u00eda tal extrav\u00edo en mis juicios, que no acertaba a pensar con acierto ni a decir cosa alguna derechamente. Todo esto lo he observado despu\u00e9s, y he venido a descubrirlo, cuando sondeando cuidadosamente lo pasado, he podido descubrir algo de lo que exist\u00eda en mi cabeza en aquel periodo. Transcurrido alg\u00fan tiempo, pude, a fuerza de recapacitar, a fuerza de atar cabos, restablecer los hechos, aunque no con la claridad que requer\u00edan. Por \u00faltimo, pude recordar que efectivamente yo hab\u00eda conocido a aquel Alejandro de que hablaban mis suegros, mi amigo, y por fin, Madrid entero.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pues entonces todo est\u00e1 explicado -dije yo-. Preocupose usted con aquel hombre, tuvo celos, pens\u00f3 en eso noche y d\u00eda, y ese pensamiento fue domin\u00e1ndole hasta el punto de ocupar todo su esp\u00edritu: la continua fijeza del pensamiento en una idea dio gran vuelo a su fantas\u00eda, debilit\u00e1ronse sus fuerzas corporales con el predominio absoluto del esp\u00edritu, y de aqu\u00ed ese estado morboso que lo mortific\u00f3 tanto. Eso, aunque raro, pasa todos los d\u00edas. Los m\u00edsticos que han hablado de sus visiones con tanta fe, creyendo que han conversado con Jes\u00fas y la Virgen, son prueba de ese estado patol\u00f3gico que da preponderancia inmensa a la imaginaci\u00f3n sobre todas las facultades.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, D. Anselmo, pi\u00e9nselo usted bien y procure hacer memoria: \u00bfantes de la aparici\u00f3n de Paris no ocurri\u00f3 alg\u00fan hecho que pudiera ser la primera causa determinante de esa serie de fen\u00f3menos que tanto le trastornaron a usted? La verdad es que aquel trastorno fue consecuencia de una perturbaci\u00f3n anterior. Es preciso que usted diga lo que pas\u00f3 antes de que viera desaparecer del lienzo la figura pintada.<\/p>\n\n\n\n<p>-Antes de contar a usted el fin de la aventura -respondi\u00f3 el doctor Anselmo-, referir\u00e9 lo que me dijo un cierto amigo antiguo de mi familia, un viejo de quien yo, pasada mi ni\u00f1ez, me hab\u00eda olvidado un poco. Seg\u00fan \u00e9l, mi padre hab\u00eda sufrido iguales tormentos, siendo de notar entre ellos uno en que estuvo a punto de perder la vida, porque las obsesiones le quitaron hasta el h\u00e1bito y las ganas de comer, sumergi\u00e9ndole en hondas melancol\u00edas. D\u00edjome que mi padre fue perseguido tambi\u00e9n por una sombra, si bien aquella no era un perturbador del matrimonio, sino un acreedor fant\u00e1stico que ven\u00eda a pedirle gruesas sumas, habl\u00e1ndole de un litigio que no terminaba nunca. Mi padre ten\u00eda desde antes de eso un horror extraordinario a los pleitos; era su man\u00eda, su tema, su locura.<\/p>\n\n\n\n<p>-Veo que es mal de familia -a\u00f1ad\u00ed-. Cuando se tiene propensi\u00f3n natural a la vida de fantas\u00eda, no seguir la carrera de santo es errar la vocaci\u00f3n. Para el arte no es fecunda ni \u00fatil esa facultad desenfrenada, esa furia rebelde que no se sujeta a las leyes de la raz\u00f3n, ni se templa con la influencia del buen sentido. S\u00f3lo sirve para producir los deliquios y alucinaciones del misticismo: hace del hombre un ser fuera de s\u00ed, que no est\u00e1 nunca en s\u00ed mismo, sino en otro mundo que \u00e9l puebla a su antojo de seres, dandoles vida incongruente e il\u00f3gica, como la suya, poni\u00e9ndoles en acci\u00f3n, atribuy\u00e9ndoles hechos raros, disparatados, absurdos, como los suyos.<\/p>\n\n\n\n<p>-Pues otro amigo m\u00edo -continu\u00f3 el doctor-, un sabio ilustre a quien yo conoc\u00eda tambi\u00e9n desde muy atr\u00e1s, me dijo que esto no era m\u00e1s que una enfermedad, y me habl\u00f3 de dislocaci\u00f3n encef\u00e1lica, de cierta disposici\u00f3n que tomaban los ejes de las celulillas del cerebro, polarizadas de un modo especial: me dijo tambi\u00e9n que los arseniatos obraban con eficacia en tal estado patol\u00f3gico, que los nervios \u00f3pticos sufr\u00edan una alteraci\u00f3n sensible, y que produc\u00edan las im\u00e1genes por un procedimiento a la inversa del ordinario, partiendo la primera sensaci\u00f3n del cerebro, y verific\u00e1ndose despu\u00e9s la impresi\u00f3n externa.<\/p>\n\n\n\n<p>-Yo no entiendo de medicina -dije-, pero que se trata aqu\u00ed de un estado morboso, no puede dudarse. Yo he le\u00eddo en el pr\u00f3logo de un libro de Neuropat\u00eda, que cay\u00f3 al azar en mis manos, consideraciones muy razonables sobre los efectos de las ideas fijas en nuestro organismo. Aquel autor disertaba sobre las aprensiones de los enfermos, de un modo raro, pero a mi ver no destituido de fundamento. Dec\u00eda que la atenci\u00f3n, fija constantemente en una parte del cuerpo, produc\u00eda en ella la alteraci\u00f3n del tejido; y de este modo explicaba las c\u00e9lebres llagas de San Francisco, las cuales no eran otra cosa, seg\u00fan \u00e9l, que una lesi\u00f3n producida por la convergencia de todas las facultades, de todas las fuerzas del esp\u00edritu hacia el punto en que aparecieron. Si estos efectos tan palpables producen las ideas fijas en la econom\u00eda animal, si tienen poder bastante para alterar los tejidos, para trastornar lo que les es menos afine, la materia, \u00bfqu\u00e9 no har\u00e1n en la vida espiritual, donde todas las facultades est\u00e1n en perpetuo y estrech\u00edsimo enlace? Yo me explico la obsesi\u00f3n de usted, y sus di\u00e1logos ser incomprensible; me explico el duelo, que fue el \u00faltimo grado de la alucinaci\u00f3n. Todo lo comprendo menos la falta de antecedentes reales, de hechos que favorecieran esa predisposici\u00f3n de usted, determinando la serie de fen\u00f3menos psicol\u00f3gicos que ha referido.<\/p>\n\n\n\n<p>-Hechos, s\u00ed; yo creo que los hubo -contest\u00f3-. Lo \u00faltimo de que conservaba memoria es haber o\u00eddo hablar a mi mujer de aquel joven. Yo pienso que tambi\u00e9n le vi y le habl\u00e9. Pero no recuerdo m\u00e1s. Despu\u00e9s, lo que mi memoria conserva de un modo indeleble, es la noche en que o\u00ed la voz en su cuarto; la desaparici\u00f3n de la figura del cuadro, en fin, todo lo que he referido.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY no repar\u00f3 usted si volvi\u00f3 Paris a su sitio?<\/p>\n\n\n\n<p>-Seguir\u00e9 contando. Cuando volv\u00ed a mi casa, conoc\u00ed desde que entr\u00e9 que algo pasaba en ella. Iban y ven\u00edan los criados con agitaci\u00f3n: o\u00ed la voz de mi suegra, penetrante y aguda; y alternando con ella la del conde de Torbellino, bronca y sonora.<\/p>\n\n\n\n<p>Al punto me enteraron de que mi esposa estaba gravemente enferma, y as\u00ed lo demostr\u00f3 la presencia de dos afamados m\u00e9dicos y la consternaci\u00f3n de cuantos la rodeaban. Su malestar se hab\u00eda agravado repentinamente, determin\u00e1ndose una congesti\u00f3n cerebral, cuyas consecuencias, al decir de los m\u00e9dicos, no ser\u00edan nada lisonjeras. Yac\u00eda en su lecho con muestras de una profunda alteraci\u00f3n, inquieta y delirante a veces, ex\u00e1nime y como muerta otras. Su madre no cesaba de hablar, lamentando aquella desventura en el tono m\u00e1s destemplado y chill\u00f3n. \u00ab\u00bfCu\u00e1l otra puede ser la causa de este funesto ataque, sino las extravagancias de Anselmo, que la lleva al sepulcro con las mortificaciones incesantes a que la tiene sujeta? Es imposible que una naturaleza delicada resista a esa lenta inquisici\u00f3n\u00bb. Y despu\u00e9s lloraba con sinceras l\u00e1grimas, porque a pesar de ser una vieja desenvuelta y coqueta, no carec\u00eda de sentimientos maternales. Elena se pon\u00eda cada vez peor. Los auxilios de la ciencia parec\u00edan ineficaces, y por fin, despu\u00e9s de verla padecer horriblemente por mucho espacio de tiempo, todos comprendimos que se mor\u00eda sin remedio, a no ser que un milagro la salvara.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY Paris? -pregunt\u00e9, porque me parec\u00eda extra\u00f1o que el endiablado burlador no se presentase en aquel cuadro final, donde le correspond\u00eda uno de los principales papeles.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfParis? Ya ver\u00e1 usted. Aquel demonio no deb\u00eda tardar en presentarse para decir la \u00faltima palabra. El espect\u00e1culo de la agon\u00eda de Elena me daba tanta pesadumbre, que no pude permanecer mucho tiempo en su cuarto. \u00c9rame imposible fijar los ojos en ella sin estremecerme, sintiendo un gran dolor unido a cierto remordimiento intens\u00edsimo que mi coraz\u00f3n no pod\u00eda dominar. Al ver c\u00f3mo espiraba tan hermosa, en la flor de la edad, en lo m\u00e1s risue\u00f1o de la vida, pensaba si yo, como dijo mi suegra entre sollozos, era el \u00fanico autor de tan triste fin, que ella seguramente no merec\u00eda. Yo consideraba que la muerte est\u00e1 sobre todos y nos elige, sin atender a las razones que contra ella podamos tener; pero a\u00fan as\u00ed, yo cre\u00eda que, no estando unida a m\u00ed, Elena no hubiera muerto tan pronto. No pudiendo resistir aquel espect\u00e1culo, como he dicho, me retir\u00e9 a mi cuarto traspasado de dolor; all\u00ed estaba Paris, sentado, fumando y golpeandose con el bast\u00f3n en la suela de la bota, con adem\u00e1n distra\u00eddo y algo descort\u00e9s, impropio de la situaci\u00f3n en que se hallaba mi casa. Cuando entr\u00f3, se volvi\u00f3 hacia m\u00ed y me dijo:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abMe voy: al fin lo has conseguido; pero \u00a1a qu\u00e9 precio! Para librarte de m\u00ed has tenido que matarla!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Yo! -repuse sin poder contener mi ira-. \u00a1Yo&#8230; Dices que yo la he matado!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abS\u00ed, t\u00fa, que las has tra\u00eddo al estado en que se halla con tus violencias, con tus acometidas, con esos bruscos allanamientos de morada que has hecho en su cuarto, con el horror que le inspiraste, con la turbaci\u00f3n moral que has producido en ella. Yo he le\u00eddo, no s\u00e9 d\u00f3nde, que estos sacudimientos, causados por fuertes impresiones y sorpresas, si se repiten con alguna frecuencia, alteran de tal modo las funciones del cuerpo, lo desquician y desequilibran de tal modo, que al fin el estado normal no puede restablecerse y la muerte es segura.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abNo he sido yo, demonio aborrecido -exclam\u00e9-, no he sido yo quien la ha matado, has sido t\u00fa, t\u00fa que has tra\u00eddo el desorden a esta casa, que me has vuelto loco. Tu misi\u00f3n es luto y verg\u00fcenza: t\u00fa me has deshonrado, me has perdido, me has lastimado en lo que para m\u00ed hab\u00eda de m\u00e1s caro; has pisoteado mi coraz\u00f3n; has hecho escarnio de mis sentimientos; me has hecho aborrecible lo que m\u00e1s amaba en el mundo; y de aquello que era para m\u00ed de m\u00e1s valor que la misma vida, mi honor, t\u00fa has hecho una burla, un epigrama, una gacetilla puesta en boca de los ociosos y de los libertinos.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abEse es mi destino -dijo sin alterarse por los improperios que le dirig\u00ed; y en verdad yo estaba furioso y elocuente. Sin saber por qu\u00e9, iba desapareciendo el terror que aquel demonio me causaba&#8230; Despu\u00e9s le dije:<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00abT\u00fa eres la m\u00e1s grande aberraci\u00f3n de la sociedad; eres una de esas monstruosidades que acompa\u00f1an al hombre como un duro castigo de no s\u00e9 que delito, que perennemente y sin conciencia de ello estamos cometiendo.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00ab\u00a1Necio! -exclam\u00f3-, t\u00fa me has llamado. T\u00fa me has dado la vida: yo soy tu obra. Te har\u00e9 recordar, aunque la comparaci\u00f3n sea desigual, la f\u00e1bula antigua del nacimiento de Minerva. Pues bien, yo he salido de tu cerebro como sali\u00f3 aquella buena se\u00f1ora del cerebro de J\u00fapiter: yo soy tu idea hecha hombre. Mas no creas por eso que no tengo existencia real: yo ando por ah\u00ed como t\u00fa, me conoce todo el mundo, soy un Fulano de Tal, como cualquiera. Para el mundo hay un Alejandro, persona muy conocida y nombrada; para ti hay este Paris que te atormenta, esta sombra que te persigue, esta idea que te tortura. \u00a1Adi\u00f3s! ya nada tengo que hacer aqu\u00ed; tu esposa se muere. \u00a1Abur!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel momento sent\u00ed gritos agud\u00edsimos en el interior de la casa. Elena hab\u00eda muerto, Paris desapareci\u00f3, yo me sent\u00ed libre, respir\u00e9. Parec\u00edame que no hab\u00eda respirado en tres d\u00edas; de tal modo se complac\u00eda mi pecho en aquella expansi\u00f3n descansada y reparadora. Al mismo tiempo, una pena profunda me llenaba el alma, al considerar la existencia que hab\u00eda de menos en mi casa, aquel esp\u00edritu que se hab\u00eda ido, huyendo de m\u00ed. En aquel momento de supremo dolor me pareci\u00f3 que la vi pasar como r\u00e1faga, como nube ligera, no tan tenue ni tan r\u00e1pida que me impidiera ver sus facciones alteradas por ese misterioso sello que pone la muerte a las caras m\u00e1s hermosas. Aquello pas\u00f3 por delante de mis ojos, dej\u00e1ndolos deslumbrados un momento.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY Alejandro? -pregunt\u00e9 en el mismo tono y con la misma intenci\u00f3n con que antes hab\u00eda preguntado: \u00bfY Paris?<\/p>\n\n\n\n<p>-Aquel Alejandro fue inmediatamente a casa cuando supo la muerte de Elena, y seg\u00fan o\u00ed decir, estaba el pobre muy consternado y algo lloroso. Fue al entierro, presenci\u00f3 la inhumaci\u00f3n, y hasta me dijeron que hab\u00eda llevado luto algunos d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ese caballerito -dije yo-, era verdadera expresi\u00f3n material de aquel Paris odioso que le martiriz\u00f3 a usted. Ese es el verdadero Paris.<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed -afirm\u00f3 \u00e9l-; le he visto muchas veces despu\u00e9s, aunque jam\u00e1s he querido saludarle. Siempre que lo encuentro me estremezco. Hoy es un viejo verde, lleno de lamparones y algo cojo. En resumen: los celos que me inspir\u00f3 ese hombre tomaron en mi cabeza aquella forma de visi\u00f3n que he referido a usted. La cosa es rara: bien dije a usted que mi fantas\u00eda era una potencia fren\u00e9tica y salvaje, una enfermedad m\u00e1s bien que una facultad.<\/p>\n\n\n\n<p>-El orden l\u00f3gico del cuento -dije-, es el siguiente: usted conoci\u00f3 que ese joven galanteaba a su esposa; usted pens\u00f3 mucho en aquello, se reconcentr\u00f3, se aisl\u00f3: la idea fija le fue dominando, y por \u00faltimo se volvi\u00f3 loco, porque otro nombre no merece tan horrendo delirio.<\/p>\n\n\n\n<p>-As\u00ed es -contest\u00f3 el doctor-, s\u00f3lo que yo, para dar a mi aventura m\u00e1s verdad, la cuento como me pas\u00f3, es decir, al rev\u00e9s. En mi cabeza se verific\u00f3 una desorganizaci\u00f3n completa, as\u00ed es que cuando ocurri\u00f3 la primera de mis alucinaciones, yo no recordaba los antecedentes de aquella dolorosa enfermedad moral.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u00bfY Elena&#8230;? -dije con intenci\u00f3n de hacer una pregunta atrevida; pero me contuve por temor de herir la delicadeza del doctor.<\/p>\n\n\n\n<p>-Ya s\u00e9 lo que usted me quiere preguntar -contest\u00f3-: usted quiere saber lo que creo acerca de su conducta: si fue infiel o no. Sobre este punto arrojo un velo: no me lo haga usted levantar. Nada s\u00e9 ni he querido averiguarlo: prefiero la duda.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de decir esto, el doctor call\u00f3, sumergi\u00e9ndose en sus ordinarias cavilaciones. Yo no quise hacerle m\u00e1s preguntas, y, despu\u00e9s de saludarle, me retir\u00e9; porque, a pesar del inter\u00e9s que \u00e9l quer\u00eda imprimir a su narraci\u00f3n, yo ten\u00eda un sue\u00f1o que no pod\u00eda vencer sin dificultad. Al bajar la escalera me acord\u00e9 de que no le hab\u00eda preguntado una cosa importante y que merec\u00eda ser aclarado, esto es, si la figura de Paris hab\u00eda vuelto a presentarse en el lienzo, como parec\u00eda natural. Pens\u00e9 subir a que me sacara de dudas satisfaciendo mi curiosidad; pero no hab\u00eda andado dos escalones cuando me ocurri\u00f3 que el caso no merec\u00eda la pena, porque a m\u00ed no me importa mucho saberlo, ni al lector tampoco.<\/p>\n\n\n\n<p>MADRID: Noviembre 1870.<\/p>\n\n\n\n<p>FIN<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lo primero que va en \u00e9l, La Sombra, data de una \u00e9poca que se pierde en la noche de los tiempos, (tan a prisa van en esta edad las transformaciones y mudanzas del gusto), y tan antigua se me hace y tan infantil, que no acierto a precisar la fecha de su origen, aunque, relacion\u00e1ndola con otros hechos de la vida del autor, puedo referirla vagamente a los a\u00f1os 66 \u00f3 67.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":6991,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3,32],"tags":[],"class_list":["post-7153","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-benito-perez-galdos","category-cuento"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v24.3 - 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