{"id":8034,"date":"2014-09-04T05:23:00","date_gmt":"2014-09-04T03:23:00","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=8034"},"modified":"2014-09-04T05:23:00","modified_gmt":"2014-09-04T03:23:00","slug":"articulo-un-duelo-cientifico-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/articulo-un-duelo-cientifico-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Art\u00edculo] Un duelo cient\u00edfico, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<p>Santander, 8 de octubre de 1884.<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor Letamendi, profesor de nuestro Colegio de Medicina de San Carlos, es un sabio de mucho ingenio, hombre dotado de m\u00faltiples aptitudes y abrillanta su saber inmenso con los resplandores de una imaginaci\u00f3n viva. Todos reconocen en \u00e9l un te\u00f3rico de primer orden. Sus lecciones son el encanto de la juventud escolar, porque posee un don de amenidad que es muy raro en las inteligencias que se ejercitan en ahondar los problemas cient\u00edficos. Es catedr\u00e1tico de patolog\u00eda general, y Dios sabe cu\u00e1n selecta ha de ser la inteligencia que acierta a exponer esta ciencia deshoj\u00e1ndola de su natural avidez y haci\u00e9ndola simp\u00e1tica y amable a la juventud. Posee Letamendi, adem\u00e1s, f\u00e1cil y elegante palabra y el arte de exponer en un grado de perfecci\u00f3n tal, que ser\u00eda imposible hallar quien le supere, y seguramente ser\u00e1n pocos los que le igualen. Por \u00faltimo, sabe sacar del pedernal de la ciencia, con mano poderosa, chispas de poes\u00eda y establecer admirables s\u00edntesis de esas que acusan, en la inteligencia que las produce, o bien la existencia del <em>Deus<\/em><em> in nobis<\/em>, o bien un trato frecuente con las creaciones del arte. Y en efecto, l.etamendi es artista, mejor ser\u00e1 decir poeta en el sentido vasto y amplio de esta palabra, desvirtuada por su rutinaria aplicaci\u00f3n a los individuos que hacen versos; es tambi\u00e9n m\u00fasico y, por fin, no hay rama del arte a que no llegue m\u00e1s o menos su famosa erudici\u00f3n. Conversando, encanta; porque es ligero y profundo a la vez, parad\u00f3gico y exacto, ameno e instructivo, m\u00e9dico y fil\u00f3sofo, hombre de mundo, poeta, estudiante curioso y maestro infatigable.<\/p>\n\n\n\n<p>Pues bien: en los d\u00edas en que m\u00e1s viva estaba entre nosotros la preocupaci\u00f3n del c\u00f3lera y de los cordones sanitarios, apareci\u00f3 en la prensa una larga y erudita carta del sabio profesor de San Carlos, exponiendo el resultado de sus experimentos sobre los microbios, resultado bien desconsolador ciertamente para la humanidad, pues de \u00e9l se desprende que los vacteridios que producen nuestras enfermedades resisten a todos los medios de destrucci\u00f3n conocidos, o lo que es lo mismo, que la teor\u00eda de la desinfecci\u00f3n es falsa, y que esos organismos microsc\u00f3picos que tantos da\u00f1os nos causan resisten perfectamente los medios destructores que contra ellos emplea la qu\u00edmica.<\/p>\n\n\n\n<p>Letamendi ha hecho sus experimentos en el <em>bacterium t<\/em><em>er<\/em><em>mo<\/em>, el <em>diplococus cadav\u00e9r<\/em><em>icus<\/em>, el <em>vacteridio carbuncoso<\/em>, el <em>diplococus<\/em> de los puercos, el <em>bacillus p<\/em><em>h<\/em><em>imat\u00f3genus<\/em> o de la tisis y el <em>bacterium ureo<\/em>, individuos todos que en mayor o menor grado viven en nuestra intimidad, a veces dentro de nuestro organismo, seres que instant\u00e1neamente se reproducen por millares de millones, y que seguramente acompa\u00f1ar\u00e1n a la humanidad mientras exista y vivir\u00e1n en el seno de la vida org\u00e1nica, hasta que toda ella espire en brazos del tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Digamos, antes de seguir adelante, que no todos los microbios son da\u00f1inos. Con estos seres, que ahora est\u00e1n dando tanto que hablar, pasa como con los \u00e1ngeles; es decir, que los hay buenos y malos: unos, criados para ofendernos y llevarnos a nuestra perdici\u00f3n; otros, para apartar de nosotros mil peligros, velar por nuestra salud y purgarnos de influencias nocivas y pecaminosas. En todos los l\u00edquidos de nuestro cuerpo nadan, haciendo graciosas curvas, infinitos seres de esta clase, cuya misi\u00f3n es perseguir las sustancias nocivas que pudieran inficcionar dichos l\u00edquidos. Hacen papel semejante al de los gorriones limpiando los campos de la destructora oruga. Si estos tales microbios, a quienes desde luego daremos el nombre de amigos, perecieran, morir\u00edamos instant\u00e1neamente. Ellos son nuestros defensores de la misteriosa lucha entablada en las profundidades de lo infinitamente peque\u00f1o. Nuestro cuerpo es su campo; ellos nos lo defienden, al paso que realizan las condiciones de su vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero volvamos al laboratorio del doctor Letamendi, donde aguardan, prep\u00e1rados para la observaci\u00f3n, un verdadero reba\u00f1o de diferentes tipos de microbios.<\/p>\n\n\n\n<p>Es impropio el t\u00e9rmino <em>reba\u00f1o<\/em>, pues parece resuelto ya por la ciencia que las bacterias no son animales, sino vegetales bien definidos, plantas elementales dotadas de movimiento y pertenecientes a la familia segunda del orden primero de las algas, las cuales forman a su vez la clase segunda de las <em>Fhallo phytas<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>La primer arma con que Letamendi ataca estos organismos es el<em> \u00e1cido f\u00e9nico<\/em>, desinfectante, que, seg\u00fan \u00e9l, ha venido a ser una religi\u00f3n, por el fervor con que algunos le usan y la fe que se tiene en sus resultados. Los microbios o bacterios no parecen afectados por la presencia del <em>fenol<\/em> en el medio en que viven; antes bien: creer\u00edase que lo recib\u00edan con cierto alborozo a juzgar por la rapidez y continuidad de sus movimientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Diferentes soluciones del mismo <em>benol<\/em> dan el mismo resultado. Despu\u00e9s se les ataca con el <em>Timol<\/em>, el \u00e1cido salic\u00edlico, el alcohol alcanforado, la cal, y nada: los microbios contin\u00faan vivos y m\u00e1s \u00e1giles que nunca.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el hombre, soberano de la creaci\u00f3n, dispone de medios poderosos para destruir a los seres inferiores, y auxiliado de la qu\u00edmica, va a ensayar contra ellos reactivos y soluciones que sembrar\u00e1n el exterminio en las zonas habitadas por esta insolente <em>familia menuda<\/em>, que por un momento se ha burlado de la supremac\u00eda del hombre sobre todo lo creado. Contra los <em>bacterios<\/em>, prepara Letamendi la lej\u00eda de sosa c\u00e1ustica y banilla, el \u00e1cido pirog\u00e1lico, el amoniaco, el sulidrato am\u00f3nico puro, el sulfato ferroso al 30 por 100, substancias que para el organismo humano ser\u00edan mortales de necesidad. Manos a la obra, o hablando en t\u00e9rminos m\u00e1s guerreros: \u00a1Santiago y a ellos!<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Desilusi\u00f3n! Los microbios no sufren nada con estos ingredientes mort\u00edferos, y no parecen afectados en lo m\u00e1s m\u00ednimo. Ni se altera su existencia ni aun disminuye la alegr\u00eda de que est\u00e1n pose\u00eddos, alegr\u00eda que es el mejor s\u00edntoma de una excelente salud y que se manifiesta en incesantes ondulaciones y movimientos natatorios. \u00a1Misterios de lo infinitamente peque\u00f1o!<\/p>\n\n\n\n<p>Esas sustancias que destruyen los tejidos de los seres superiores y acaban irremisiblemente la vida,<\/p>\n\n\n\n<p>son <em>agua de rosas<\/em> para estos peque\u00f1\u00edsimos individuos, de guerra continua; el sabio micr\u00f3fago inventa y prepara nuevos reactivos, y los aplica; observa con ansiedad el campo del microsc\u00e9pio esperando por momentos ver alg\u00fan enemigo derecho y sus \u00e1giles cuerpos inmovilizados ya por la muerte. Pero, ni por esas. El sulfato de cobre, la esencia de trementina pura, el cloruro merc\u00farico o sea <em>sublimado corrosivo<\/em> los deja en el mismo estado, es decir, <em>vivitos y coleando<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor hace constar que algunos de estos reactivos, lejos de matarles, les excita m\u00e1s, produciendo en ellos un estado que no ser\u00eda aventurado comparar al estado de embriaguez, expansiva en los organismos superiores. Quiere decir que con las m\u00e1s mort\u00edferas sustancias, esos se\u00f1ores microbios lo que hacen es achisparse y ponerse locos de contento. De modo que echarles <em>sublimado corrosivo<\/em> es para ellos como si les convidaran a champagne.<\/p>\n\n\n\n<p>Siguen luego los experimentos con <em>\u00e1cido b\u00f3rico<\/em> y con el <em>\u00e1cido p\u00edcrico<\/em> y con el <em>cianuro pot\u00e1sico<\/em>. El resultado es el mismo. No mueren los malditos, y por el contrario se muestran satisfechos y m\u00e1s \u00e1giles y con m\u00e1s ganas de divertirse, de comer y de multiplicarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Cada experimento es una nueva org\u00eda para los tales.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que desean es que les echen nuevas substancias<\/p>\n\n\n\n<p>para embriagarse m\u00e1s y hacer chacota de las alquimias humanas que en este caso van resultando tan ineficaces como la espada de Bernardo. El picrocianuro pot\u00e1sico, el p\u00edcrato de amon\u00edaco puro, el permanganato de potasa y el \u00e1cido arsenioso producen el mismo resultado. Muchas de las soluciones indicadas son, seg\u00fan dice el mismo Letamendi, <em>horrendamente mort\u00edferas<\/em>. Pues ellos siguen tan frescos; por \u00faltimo, se hace el experimento con <em>agua regia<\/em> o sea, \u00e1cido s\u00fadrico y clor\u00eddrico por partes iguales, el l\u00edquido m\u00e1s conocido y destructor que se conoce pues lo mismo ataca el oro y el platino que los tejidos org\u00e1nicos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Inconcebible tenacidad de la vida de aquellos condenados seres microsc\u00f3picos! \u00a1A los quince d\u00edas de ser ba\u00f1ados en agua regia, contin\u00faan no s\u00f3lo vivos, sino disfrutando de una excelente salud, consagrados a las ocupaciones habituales cual si se hallaran en su m\u00e1s adecuado elemento, nadando, ondulando, movi\u00e9ndose sin cesar y aumentando considerablemente la familia, esa familia por dem\u00e1s venturosa, pues por nadie ni con nada puede ser destruida. Resueltamente el microbio tan peque\u00f1ito, tan misterioso, tan indefinido, planta, animal o lo que sea, puede decir: \u00abS\u00f3lo Dios puede matarme.\u00bb El hombre, con ser lo mejorcito de la creaci\u00f3n, no puede decir otro tanto.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero aguardemos la \u00faltima experiencia, que se verifica con el nitrato de plata. Por fin llega el caso de observar alguna modificaci\u00f3n en la manera de ser de los se\u00f1ores microbios; pero lo esencial de su existencia permanece inalterable. La modificaci\u00f3n es perfectamente superficial y consiste en que se han vuelto negros porque la plata, reducida por la luz, se combina con la cut\u00edcula o piel de los microbios, y de aqu\u00ed esa apariencia de mandingas que en nada influye en su agilidad y buenas disposiciones. A los veinte d\u00edas de prueba, nadaban en el nitrato de plata como en el ba\u00f1o m\u00e1s delicioso.<\/p>\n\n\n\n<p>En vista de estos hechos, el doctor Letamendi pregunta a sus colegas si tienen fe en los desinfectantes, si creen en la eficacia del procedimiento abortivo trat\u00e1ndose de epidemias, y en las fumigaciones y dem\u00e1s recursos preventivos. Si los hechos observados por el reputado profesor son ciertos, la desinfecci\u00f3n curativa o individual es imposible, y en cuanto a la desinfecci\u00f3n preservativa aplicada a los objetos llamados contumaces no queda m\u00e1s que un recurso: la <em>cremaci\u00f3n<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>El fuego, pues, es el \u00fanico enemigo declarado y manifiesto del terrible microbio, el fuego; pero en-ti\u00e9ndase bien que la combusti\u00f3n simple no basta para acabar con \u00e9l, pues en los humos se escapan vivos o medio vivos los enemigos del g\u00e9nero humano. Se necesita aplicarles la calcinaci\u00f3n completa, realizada con las mayores precauciones y seguridades. En resumen, el infierno es el \u00fanico remedio contra el fiero enemigo, quemar, quemar y quemar. Juzg\u00faese de lo que resultar\u00eda de la aplicaci\u00f3n radical del sistema a la polic\u00eda sanitaria. Como tal medicina no se puede propinar a las personas vivas, lo m\u00e1s grave del da\u00f1o quedar\u00eda siempre en pie, aun cuando fueran reducidos a ceniza los cargamentos contumaces, las ropas y los edificios.<\/p>\n\n\n\n<p>El efecto producido por las revelaciones del doctor Letamendi fu\u00e9, como puede suponerse, trist\u00edsimo. Protestaron los profanos, protestaron tambi\u00e9n much\u00edsimos facultativos. Qui\u00e9n pon\u00eda en duda la sinceridad del profesor de Patolog\u00eda general, qui\u00e9n la pureza de los productos qu\u00edmicos de su laboratorio. En la Prensa m\u00e9dica y en la lega aparecieron diferentes escritos combatiendo la inmortalidad del microbio. Teor\u00edas y observaciones se han opuesto a las terminantes conclusiones de Letamendi. Otro profesor de San Carlos aseguraba que hab\u00eda experimentado varias veces el dar muerte a los microbios con el gas supon\u00edtrico o <em>del ochavo<\/em> y que <em>mor\u00edan como moscas<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>En el terreno puramente te\u00f3rico se han presentado frente a los ensayos de Letamendi, argumentos que no carecen de pureza y que por lo menos inducen a grav\u00edsimas dudas. Hay ciertos puntos que conviene esclarecer antes de entrar en el campo de la observaci\u00f3n. Por ejemplo: \u00ab\u00bfC\u00f3mo se cono-<\/p>\n\n\n\n<p>ce que un microbio est\u00e1 muerto?&#8230;\u00bb Conviene determinar la \u00edndole de los movimientos que realizan esos peque\u00f1os seres. A primera vista ocurre preguntar: \u00ab\u00bfEsos movimientos ondulantes o natatorios con movimientos de vida, son movimientos propios, o simplemente de traslaci\u00f3n y rotaci\u00f3n, determinados por oscilaciones del medio l\u00edquido en que las bacterias se hallan?\u00bb Tambi\u00e9n conviene que los sabios contesten a esta pregunta: \u00ab\u00bfEl morir, trat\u00e1ndose de microbio, que es? \u00bfEs la no facultad de reproducirse o es la inmovilidad?\u00bb No se ha determinado bien a\u00fan el concepto de vida en esos seres de misteriosa organizaci\u00f3n, indecisos entre los g\u00e9neros animal y vegetal, y cuyas condiciones biol\u00f3gicas ofrecen todav\u00eda problemas oscur\u00edsimos que aclarar.<\/p>\n\n\n\n<p>Y otro orden de dudas se levantan en frente de las observaciones de los hist\u00f3logos: \u00ab\u00bfEst\u00e1is seguros de ver la verdad en los microscopios? \u00bfEl aumento colosal del di\u00e1metro de los cuerpos y la acumulaci\u00f3n de rayos solares no pueden perturbar el \u00f3rgano de la visi\u00f3n, simulando en el objetivo vibraciones y movimientos que realmente s\u00f3lo existen en nuestra retina?\u00bb Es muy extra\u00f1o que puestas dos personas a observar una misma preparaci\u00f3n en un microscopio, vean fen\u00f3menos \u00f3pticos distintos y aprecien de diferente manera los movimientos y coloraci\u00f3n de la cosa observada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Oh! Lo infinitamente peque\u00f1o se defiende aun de las miradas humanas, a pesar de los indudables progresos de la \u00f3ptica, y seguramente hay un l\u00edmite que no se podr\u00e1 salvar ni con los instrumentos m\u00e1s perfectos.<\/p>\n\n\n\n<p>II<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, de cuanto se ha escrito en oposici\u00f3n a las observaciones del doctor Letamendi, nada ha impresionado al p\u00fablico tan vivamente como la carta del doctor Olavide, que tambi\u00e9n ha hecho experiencias en su laboratorio del Hospital de San Juan de Dios. La contradicci\u00f3n entre los hechos presentados por los dos sabios profesores es tan patente que no hay reconciliaci\u00f3n ni avenencia posible entre ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>En el laboratorio de Letamendi los microbios re-sisten la potencia en\u00e9rgica de substancias tales como el agua regia y el nitrato de plata; no s\u00f3lo mueren sino que se encuentran bien y a\u00fan parecen alegrarse en el medio mort\u00edfero en que se les pone. Por el contrario, en el laboratorio del doctor Olavide los microbios no lo pasan tan bien. Sometidos al influjo de substancias diversas que en comparaci\u00f3n del agua regia podr\u00edan llamarse benignas, se sienten mal a los cinco minutos, se ponen tristes, parece que se mueren y al cabo exhalan su \u00faltimo aliento, si cabe expresarse as\u00ed. Los ensayos de Letamendi acaban con estas o parecidas observaciones:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abA los cinco d\u00edas, todos vivos y m\u00e1s \u00e1giles que nunca.\u00bb &#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Los ensayos de Olavide terminan irremisiblemente con esta otra, que podr\u00e1 no ser exacta, pero es muy tranquilizadora: \u00abA los cinco minutos, todos muertos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Debo indicar que el doctor Olavide est\u00e1 reputado como una de nuestras primeras eminencias m\u00e9dicas. Es indudablemente gran autoridad, y en el ramo de <em>Dermatolog\u00eda<\/em> ha llegado sin duda a las m\u00e1s altas cumbres de la ciencia. Es hombre de consumada experiencia, que ha aprendido todo lo que sabe, no en los libros, sino en los hospitales, a la cabecera de los enfermos, hojeando sin cesar esas p\u00e1ginas lastimosas de las dolencias humanas, tan elocuentes e instructivas. Es autor de importantes escritos referentes a la especialidad que cultiva. Su laboratorio del hospital, montado con raro esmero, le ofrece elementos nativos, genuinos y palpitantes que estudiar. Ay\u00fadanle j\u00f3venes profesores, amantes del estudio y entusiastas por la ciencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien: \u00bfqu\u00e9 debemos pensar nosotros pobres legos, pobres v\u00edctimas de las enfermedades y epidemias, en presencia de estas dos opiniones distintas, emitidas por dos eminencias cient\u00edficas? \u00bfA qui\u00e9n debemos creer, cuando el uno nos dice que ni con el agua regia ha podido destruir a nuestro enemigo, y el otro nos asegura que lo ha matado con el azafr\u00e1n? \u00bfMuere el microbio o no muere? \u00bfEs la desinfecci\u00f3n una verdad o un embuste propalado por el vulgo y consagrado torpemente por la ciencia?<\/p>\n\n\n\n<p>Las \u00faltimas observaciones del doctor Olavide han venido a aumentar la confusi\u00f3n que reinaba en nuestro esp\u00edritu, pues el ilustre dermat\u00f3logo ha realizado hace d\u00edas un experimento en el cual, las bacterias, puestas en contacto con el azafr\u00e1n, han muerto, no as\u00ed de cualquier modo sino <em>instant\u00e1neamente<\/em>, como hace constar el experimentador en un escrito que ha circulado por toda la Prensa. El experimento se hizo en presencia de tres qu\u00edmicos de gran reputaci\u00f3n, los cuales se admiraron de la extraordinaria propiedad de aquella humilde substancia, tan usada en la cocina espa\u00f1ola. El azafr\u00e1n no es propiamente una especie ni un estimulante, porque apenas tiene sabor, y este es en verdad poco agradable; es en realidad un ingrediente colorante y puramente decorativo en la tradicional olla espa\u00f1ola. Esta ha buscado en los pistilos de una flor cosechada en los campos manchegos ese hermoso color amarillo que le da tanto car\u00e1cter, y sin el cual parece que le falta algo. Es casi seguro que desde los tiempos fenicios vienen los espa\u00f1oles ti\u00f1endo de azafr\u00e1n sus frugales comidas. O quiz\u00e1 debamos a los \u00e1rabes la introducci\u00f3n del elemento tint\u00f3reo en nuestra olla. Ello es cosa que no se sabe de cierto; ni creo que los eruditos que tratan de <em>re culinaria<\/em> hayan dilucidado este punto. La cosa en verdad no tiene mucha importancia. Pero, siendo evidente que los espa\u00f1oles de todas las \u00e9pocas han usado este ocioso e ins\u00edpido ingrediente, resulta que desde los tiempos m\u00e1s remotos <em>estamos desinfectando sin saberlo<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuera de Espa\u00f1a el azafr\u00e1n no se usa en las comidas. Los ingleses y franceses aborrecen esta manera de pintar los manjares. Usase fuera de aqu\u00ed tan s\u00f3lo para dar color a las pastas italianas, y en la farmacia tiene muchas aplicaciones. Con azafr\u00e1n unido al <em>colidrato de morfina<\/em> se forma el l\u00e1udano, tan eficaz contra las afecciones neui\u00e1lgicas. Los buenos resultados de este medicamento, aplicado emp\u00edricamente a combatir la afecci\u00f3n col\u00e9rica, decidieron al doctor Olavide a hacer el ensayo directo en el <em>\u00e1nima vili <\/em>de los temidos, inmortales y asendereados microbios. Obtenido un feliz \u00e9xito, quisieron los qu\u00edmicos, reunidos en el laboratorio de San Juan de Dios, determinar a cu\u00e1l de los componentes del l\u00e1udano se deb\u00eda la derrota sufrida por los oiganismos microsc\u00f3picos. Se hizo una disoluci\u00f3n de cloridrato de morfina al 1 por 100, y, puesta en contacto con las bacterias, se vi\u00f3 que \u00e9stas permanec\u00edan tan campantes. Ni siquiera se amodorraban. No quedaba<\/p>\n\n\n\n<p>duda de que la virtud bactericida estaba en el segundo componente del l\u00e1udano, o sea el azafr\u00e1n. Prepar\u00f3se un cocimiento de este vegetal, y aplicado al enemigo&#8230; \u00a1asombro general! Los microbios reventaron, para decirlo vulgarmente, y no qued\u00f3 duda de que hab\u00edan pasado a mejor vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Si de este experimento resultare una verdad in-cuestionable en la pr\u00e1ctica, \u00a1qu\u00e9 importancia tomar\u00e1 en la terap\u00e9utica universal esa planta manchega, apenas usada hasta ahora fuera del pa\u00eds donde tiene la misi\u00f3n de dar color al cocido y volverlo amarillo!<\/p>\n\n\n\n<p>No en vano tienen ya en el comercio los pistilos de esta flor, que, si no recuerdo mal, es una ir\u00eddea, un valor que jam\u00e1s ha alcanzado ning\u00fan vegetal. El azafr\u00e1n vale, poco m\u00e1s o menos como el oro. En otros tiempos, se vend\u00eda a onza la onza. Hoy la extensi\u00f3n del cultivo, y quiz\u00e1s la reducci\u00f3n del consumo, le ha hecho desmerecer un poco. Pero si resulta que con azafr\u00e1n se cortan las epidemias de c\u00f3lera, administr\u00e1ndolo al interior en soluciones m\u00e1s o menos fuertes, o en enemas o en otra manera de asimilaci\u00f3n, valdr\u00e1 la flor manchega un ojo de la cara.<\/p>\n\n\n\n<p>El doctor Olavide y los dem\u00e1s sabios que asist\u00edan al experimento no quisieron levantar mano de \u00e9l sin ensayar otras substancias. Toc\u00e1bale aquel d\u00eda turno a los m\u00e1s picantes y caracter\u00edsticos componentes de nuestra cocina. El ajo, la cebolla, el peregil fueron servidos a los se\u00f1ores microbios, por ver qu\u00e9 cara pon\u00edan al tomarlos, y debieron ser de su gusto estos vegetales, porque no s\u00f3lo no mor\u00edan en contacto con ellos, sino que ten\u00edan los movimientos m\u00e1s en\u00e9rgicos. Favorecen, pues, la vida de las bacterias y no deben comerse en tiempo de epidemia. Lo mismo se dir\u00eda del gazpacho si los experimentos de aquel d\u00eda no pusieran tambi\u00e9n en claro la incompatibilidad del \u00e1cido ac\u00e9tico o vinagre con la robusta vida de los se\u00f1ores microbios.<\/p>\n\n\n\n<p>III<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora falta compaginar los experimentos del doctor Olavide con los del doctor Letamendi. \u00bfQui\u00e9n ser\u00e1 el guapo que los concuerde y obtenga de la amalgama un principio cierto del cual resulte adelanto para la ciencia y provecho para la humanidad? Antes de los experimentos del azafr\u00e1n, los dos doctores se reunieron en el laboratorio de Letamendi. Era como un certamen o duelo cient\u00edfico con asistencia de muchas personas competentes. Cada profesor hac\u00eda en p\u00fablico sus experimentos con el microscopio para probar a la vista de todo el mundo: el uno, que los microbios no mor\u00edan ni con el agua regia; el otro, que mor\u00edan con una soluci\u00f3n f\u00e9nica.<\/p>\n\n\n\n<p>Verific\u00f3se el duelo en medio de la ansiedad general. Los profanos aseguran que <em>no se enteraron de nada<\/em>, pues les ser\u00eda muy dif\u00edcil definir los movimientos ondulatorios que ve\u00edan en el campo del microscopio. En cuanto a los facultativos, que sin duda vieron algo y aun algo, no estuvieron de acuerdo en cuanto al resultado. El uno observaba movimientos; el otro no. Al instante surg\u00edan las grandes dudas: \u00bfQu\u00e9 movimientos eran aquellos? \u00bfEran espont\u00e1neos o tan s\u00f3lo oscilaciones del medio? \u00bfC\u00f3mo se determinaba la vida en aquellos seres de la \u00ednfima escala org\u00e1nica? Y he aqu\u00ed que la cuesti\u00f3n empieza cuando parece que &#8216;va \u00e1 concluir. Y he aqu\u00ed que el problema se plantea de nuevo cuando parece que se aproxima su soluci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Para colmo de confusi\u00f3n, se dud\u00f3 de la virtud de los reactivos empleados y de la precisi\u00f3n de los instrumentos. La reuni\u00f3n se disolvi\u00f3 en medio del mayor desorden cient\u00edfico, y los ilustres individuos que la compon\u00edan fueron sembrando por todo Madrid la duda, y derramando el germen de violentas pol\u00e9micas y disputas que, empezando por t\u00e9cnicas, han concluido por personales.<\/p>\n\n\n\n<p>La experiencia del azafr\u00e1n fu\u00e9 posterior al desaf\u00edo cient\u00edfico. A\u00fan no se sabe lo que de ella opinar\u00e1n los que, siguiendo a Letamendi, no crean en la desinfecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large is-style-default\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/ferna.eu\/venture\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/firma_galdos.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-7968\"\/><\/figure>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El doctor Letamendi, profesor de nuestro Colegio de Medicina de San Carlos, es un sabio de mucho ingenio, hombre dotado de m\u00faltiples aptitudes y abrillanta su saber inmenso con los resplandores de una imaginaci\u00f3n viva. Todos reconocen en \u00e9l un te\u00f3rico de primer orden. 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