{"id":8120,"date":"2017-02-06T16:35:00","date_gmt":"2017-02-06T15:35:00","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=8120"},"modified":"2017-02-06T16:35:00","modified_gmt":"2017-02-06T15:35:00","slug":"articulo-la-casa-de-shakespeare-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/articulo-la-casa-de-shakespeare-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Art\u00edculo] La casa de Shakespeare, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<p><\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Inglaterra<\/h3>\n\n\n\n<p>Camino de Inglaterra, me afirm\u00e9 en la resoluci\u00f3n de no demorar mi viaje a Stratford-on-Avon, donde vio la luz el inmenso Shakespeare. Mi fiel amigo Pepe Galiano no pod\u00eda en aquellos d\u00edas acompa\u00f1arme. Nos despedimos en Newcastle, y solito, enter\u00e1ndome de la direcci\u00f3n que deb\u00eda seguir, me dirig\u00ed a Birmingham, que es, como todo el mundo sabe, uno de los grandes emporios industriales de Inglaterra. Como no me guiaba ning\u00fan inter\u00e9s industrial ni comercial, poco tiempo me detuve en Birmingham, y tomando otro tren segu\u00ed mi ruta hacia el lugar donde la musa brit\u00e1nica engendr\u00f3 a Hamlet, Macbeth y otras inmortales criaturas.<\/p>\n\n\n\n<p>Confirmando lo que ha dicho mi ninfa, omito en estas Memorias mis impresiones de Stratford, porque ya lo hice en un libro titulado La patria de Shakespeare [3] , y emprendiendo nueva ruta, paso por Oxford, la ciudad universitaria; por Windsor, residencia habitual de los reyes de Inglaterra, y no paro hasta Londres.<\/p>\n\n\n\n<p>Por tercera vez me veo en la metr\u00f3poli de la Gran Breta\u00f1a; pero ni esta ocasi\u00f3n ni las siguientes me bastar\u00e1n para contaros mis observaciones en este conglomerado de ciudades populosas. Par\u00eds es grande, met\u00f3dicamente regular y arm\u00f3nico. Londres es disforme, desproporcionado, sin medida en sus bellezas, como en sus fealdades; comp\u00f3nenlo arrabales magn\u00edficos, rincones deliciosos y longitudes desesperantes, como ensue\u00f1os de pesadilla. Dividir\u00e9 en tres partes mis relatos londinenses, empezando por el Oeste, que sintentiz\u00f3 en este r\u00f3tulo: El Parlamento y Westminster. Tarea tengo ya para hoy. Y cuando Dios quiera tendr\u00e9is la segunda conferencia: San Pablo y la City. El extremo Este y la tercera: Regent\u2019s Park y el Jard\u00edn Zool\u00f3gico, British Museum.<\/p>\n\n\n\n<p>Doy principio a mi tarea descriptiva. Partiendo de la columna de Nelson (Trafalgar Square), paso junto a la estatua ecuestre de Carlos II y entro en Whitehall, avenida espaciosa, formada por varios edificios del Estado. Entre ellos se destaca, a mano izquierda, un palacio de modesta arquitectura y aspecto vulgar; no obstante, tiene gran valor hist\u00f3rico, porque en \u00e9l fue decapitado el rey Carlos I el 30 de enero de 1649. En medio de la calle se levant\u00f3 el pat\u00edbulo, que fue comunicado con el palacio por uno de los balcones de \u00e9ste. V\u00edctima de su orgullo y de su desprecio del Parlamento, pereci\u00f3 el segundo de los Estuardos. En el terrible momento de entregar su cuello al verdugo mostr\u00f3 Carlos la dignidad propia de su estirpe y de su acendrado cristianismo. Este acontecimiento, punto culminante de la historia de Inglaterra, marca una ejemplaridad pol\u00edtica que reaparece de tarde en tarde en la conciencia de otro pueblos europeos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Sigo mi camino por la espaciosa v\u00eda, en direcci\u00f3n del T\u00e1mesis, y sin parar mientes en diferentes edificios que a uno y otro lado se ofrecen a mi vista, toda mi atenci\u00f3n se clava en una torre corpulenta, elevad\u00edsima, de traza robusta dentro del estilo g\u00f3tico rectangular. En su cuerpo m\u00e1s alto campea el disco de un reloj monumental, que se me antoja el reloj m\u00e1s grande del mundo. Acerc\u00e1ndome m\u00e1s, veo la enorme mole del Parlamento, uno de cuyos lienzos se extiende a la largo del T\u00e1mesis, fundado sobre las corrientes aguas del r\u00edo. Por la otra parte aparecen otras grandes prolongaciones del mismo edificio, que sirve de asiento y albergue a la instituci\u00f3n pol\u00edtica m\u00e1s estable y grandiosa de la vieja Inglaterra. En otra ocasi\u00f3n penetr\u00e9 por breves instantes en aquel recinto. En la ocasi\u00f3n que ahora refiero me procur\u00e9 un pase para visitarlo y recorrerlo detenidamente. \u00a1Qu\u00e9 inmensidad, qu\u00e9 lujo, qu\u00e9 magnificencia!<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed reside la verdadera majestad, la soberan\u00eda efectiva de la naci\u00f3n. En una parte, la C\u00e1mara de los Comunes; en la otra, la de los Pares, y entre ambas, dilatada serie de salones destinados a locutorios, conferencias, bibliotecas, oficinas, comedores, escritorios, habitaciones privadas del presidente y secretarios, que en el r\u00e9gimen ingl\u00e9s son funcionarios permanentes; cuanto conviene, en fin, a la relaci\u00f3n entre ambos estamentos y a la complicada m\u00e1quina del r\u00e9gimen parlamentario de una naci\u00f3n cuya base pol\u00edtica es gobierno del pueblo por el pueblo. No quiero meterme en una disquisici\u00f3n prolija sobre el sistema ingl\u00e9s, que es admiraci\u00f3n y debiera ser ejemplo de todo el mundo. Para seguir con brevedad mi plan, abandono el Parlamento y me dirijo a un edificio pr\u00f3ximo, tambi\u00e9n monumental y de g\u00f3tico estilo, en el cual veremos glorificado en forma religiosa lo m\u00e1s espiritual del alma brit\u00e1nica.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Ya estamos en la Abad\u00eda de Westminster. Siempre que penetro en este templo si\u00e9ntome como el que asiste a llevar una ofrenda a los dioses o a los mortales que con los dioses se codean. Ni Francia en su Pante\u00f3n ni nosotros en nuestro Escorial hemos igualado a lo que los ingleses han hecho aqu\u00ed. Sepulturas de reyes tenemos nosotros. Sepulturas de grandes hombres tiene Francia; pero ni en una ni en otra parte del Continente se ha conseguido, como en Londres, la incineraci\u00f3n y glorificaci\u00f3n de todas las grandezas de una raza. En las capillas de Westminster encontramos todos los reyes, reinas, pr\u00edncipes y caballeros que han florecido en este noble suelo. La capilla de Enrique VII es en este concepto interesant\u00edsima. Tambi\u00e9n hay reyes santos en esta y otras capillas; pero algunos visitantes rinden culto a los santos de su mayor devoci\u00f3n, no en las capillas, sino en las naves y cruceros de la iglesia. En \u00e9sta encontr\u00e9 a Newton, que en la piedra de su sepulcro tiene grabado el famoso binomio, f\u00f3rmula matem\u00e1tica que dio fama a este var\u00f3n extraordinario, descubridor de la gravitaci\u00f3n universal y del sistema del mundo. La ciencia debe, adem\u00e1s, a Newton otras grandiosas conquistas. No lejos de la tumba de Newton vi la de Darwin, creador de la teor\u00eda del origen de las especies por la selecci\u00f3n natural\u2026 En una de las salas del crucero, y en la que lleva el nombre de Rinc\u00f3n de los poetas (Poets\u2019 Corner), nos hallamos ante la brillant\u00edsima pl\u00e9yade de poetas, novelistas, historiadores, cr\u00edticos, m\u00fasicos, actores, etc., que en siglos diferentes han brillado en el espacio infinito del arte brit\u00e1nico. Los que no tienen sepultura en la Abad\u00eda con inscripciones y signos fehacientes est\u00e1n representados por estatuas, bustos, medallones y expresivas leyendas. Resulta un completo cielo, como nos lo pintan y describen las escrituras dogm\u00e1ticas. All\u00ed est\u00e1n los profetas, ap\u00f3stoles, m\u00e1rtires, los elegidos, en fin, merecedores de la inmortalidad. All\u00ed podemos rendir culto a los santos que nos merecen m\u00e1s respeto o veneraci\u00f3n. Resplandecen en la celestial muchedumbre Macaulay, Thackeray, el compositor Haendel, que los ingleses consideran como suyo, aunque naci\u00f3 en Alemania; Oliverio Goldsmith, Pope, Addison, Chaucer, Thomson, Prior, Campbell, duque de Argyll, Spencer, el afamado comediante Garrick, Milton cuyo solo nombre basta para caracterizarle; Dryden, Ben Jonson y, descollando entre todos, el soberano hacedor de humanidades vivas, Guillermo Shakespeare\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>La \u00faltima vez que visit\u00e9 la Abad\u00eda vi en el suelo del Rinc\u00f3n de los poetas una sepultura reciente; en ella, trazado al parecer con car\u00e1cter provisional, le\u00ed esta inscripci\u00f3n: Dickens. En efecto, el gran novelador ingl\u00e9s hab\u00eda muerto poco antes. Como \u00e9ste fue siempre un santo de mi devoci\u00f3n m\u00e1s viva, contempl\u00e9 aquel nombre con cierto arrobamiento m\u00edstico. Consideraba yo a Carlos Dickens como mi maestro m\u00e1s amado. En mi aprendizaje literario, cuando a\u00fan no hab\u00eda salido yo de mi mocedad petulante, apenas devorada La comedia humana, de Balzac, me aplique con loco af\u00e1n a la copiosa obra de Dickens. Para un peri\u00f3dico de Madrid traduje el Pickwick, donosa s\u00e1tira, inspirada, sin duda, en la lectura del Quijote. Dickens la escribi\u00f3 cuando a\u00fan era un jovenzuelo, y con ella adquiri\u00f3 gran cr\u00e9dito y fama. Depositando la flor de mi adoraci\u00f3n sobre esta gloriosa tumba, me retiro del pante\u00f3n de Westminster\u2026 Quisiera dar un vistazo al Museo de Pintura: pero es muy tarde y este cap\u00edtulo es demasiado largo. Qu\u00e9dese para un d\u00eda pr\u00f3ximo el tratar de lo que me sugiere mi caprichosa memoria.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">I \u00bfPor d\u00f3nde voy a Stratford? La estaci\u00f3n de Birmingham<\/h3>\n\n\n\n<p>En cuantas visitas hice a Inglaterra me atormentaron las ansias de ver la gloriosa villa de Stratford-on-Avon, patria de Shakespeare. Una vez por falta de tiempo, otra por rigores del clima, ello es que no pude realizar mi deseo hasta el pasado a\u00f1o (1889). Por fin, en septiembre \u00faltimo, pis\u00e9 el suelo, que no vacilo en llamar sagrado, donde est\u00e1 la cuna y sepulcro del gran poeta. Desde luego afirmo que no hay en Europa sitio alguno de peregrinaci\u00f3n que ofrezca mayor inter\u00e9s ni que despierte emociones tan hondas, contribuyendo a ello no s\u00f3lo la majestad literaria del personaje a cuya memoria se rinde culto, sino tambi\u00e9n la belleza y poes\u00eda incomparable de la localidad. Si en Inglaterra es Stratford un lugar de romer\u00eda fervorosa, pocos son los viajeros del continente que se corren hacia all\u00e1. En los voluminosos libros donde firman los visitantes he visto que la mayor parte de los nombres son ingleses y norteamericanos; contad\u00edsimos los de franceses e italianos, y espa\u00f1oles no vi ninguno. Creo que soy de los pocos, si no el \u00fanico espa\u00f1ol, que ha visitado aquella Jerusal\u00e9n literaria, y no ocultar\u00e9 que me siento orgulloso de haber rendido este homenaje al alt\u00edsimo poeta cuyas creaciones pertenecen al mundo entero y al patrimonio art\u00edstico de la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Y no crean mis lectores que ir a Stratford es obra tan f\u00e1cil, aun hall\u00e1ndose en Inglaterra. La superabundancia de comunicaciones viene a producir el mismo efecto que la falta de ellas. No conozco confusi\u00f3n semejante a la del viajero instalado en cualquier ciudad inglesa cuando coge el Bradshaw, o Gu\u00eda de ferrocarriles, y trata de investigar en sus laber\u00ednticas p\u00e1ginas el camino m\u00e1s directo y r\u00e1pido para trasladarse de un conf\u00edn a otro de la Gran Breta\u00f1a. El libro de los Vedas es un modelo de claridad en comparaci\u00f3n del voluminoso Bradshaw. Si quisi\u00e9ramos dirigirnos por cualquiera de las tres grandes l\u00edneas o redes que, partiendo de Londres, cruzan toda la isla, a saber: el North Western, el Midland y el Great Northern, la tarea no es en extremo dif\u00edcil; pero si intentamos buscar direcciones transversales por las infinitas ramas que enlazan estas l\u00edneas unas con otras y con las secundarias, vale m\u00e1s renunciar al estudio previo del camino y entregarse a las peripecias de un viaje de aventuras, y a la buena fe de los empleados del ferrocarril.<\/p>\n\n\n\n<p>Verdadera maravilla de la ciencia y de la industria es la muchedumbre de trenes que ponen en movimiento todos los d\u00edas de la semana, menos los domingos, las compa\u00f1\u00edas antes citadas, y adem\u00e1s las del Great Western y Great Eastern, y la f\u00e1cil exactitud con que las estaciones de empalme dan paso a tan enorme material rodante sin confusi\u00f3n ni retraso. La velocidad, desmintiendo distancias, desarrolla en aquel pa\u00eds hasta tal punto el gusto de los viales, que toda la poblaci\u00f3n inglesa parece estar en constante movimiento. Se viaja por negocios, por hacer visitas, por hablar con un amigo, por ir de compras a una ciudad pr\u00f3xima o lejana, por pasear y hacer ganas de comer. Hall\u00e1bame en Newcastle, y nadie me daba raz\u00f3n de la v\u00eda m\u00e1s corta para visitar the home of Shakespeare. Una r\u00e1pida inspecci\u00f3n del mapa simplific\u00f3 la dificultad, pues viendo que Stratford est\u00e1 cerca de Birmingham, a esta ciudad hab\u00eda que ir por lo pronto. Despu\u00e9s Dios dir\u00eda. Entre Newcastle y Birmingham, el viaje es entretenid\u00edsimo, pues se pueden admirar las catedrales de York y Durham, y despu\u00e9s se atraviesa una de las comarcas fabriles m\u00e1s interesantes, la del Hallamshire, donde campea Sheffield, la metr\u00f3poli de los cuchillos. Sin detenerme recorro esta regi\u00f3n contemplando la inmensa crester\u00eda de chimeneas humeantes que por todas partes se ve, y llego a Birmingham, ciudad populosa, una de las m\u00e1s trabajadoras y opulentas de Inglaterra. Un poco m\u00e1s alegre que Manchester, se le parece en la febril animaci\u00f3n de sus calles, en la negrura de sus soberbios edificios y en la muchedumbre y variedad de establecimientos industriales.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEn qu\u00e9 parte del mundo, por remota y escondida que sea, no se habr\u00e1 visto la marca de esta ciudad aplicada a infinidad de objetos de uso com\u00fan y ordinario? La universalidad, la variedad y el cosmopolitismo de la industria de Birmingham se expresan muy bien en un elocuente p\u00e1rrafo de la obra de Burrit Paseos por el pa\u00eds negro. Dice as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl \u00e1rabe come su alcuzcuz con una cuchara de Birmingham; el pach\u00e1 egipcio ilumina su har\u00e9n con candelabros de cristaler\u00eda de Birmingham; el indio americano se bate con el rifle de Birmingham, y el opulento rajah del Indost\u00e1n decora su mesa con los cobres de Birmingham; el audaz jinete que recorre las estepas de Sudam\u00e9rica espolea su caballo con un acicate de Birmingham, y el negro antillano corta la ca\u00f1a de az\u00facar con su hacha de Birmingham\u2026, etc.\u00bb No copio m\u00e1s porque es el cuento de nunca acabar, semejante al de las cabras de Sancho.<\/p>\n\n\n\n<p>La estaci\u00f3n de este formidable emporio industrial es de tal magnitud, y hay en ella un vaiv\u00e9n tan vertiginoso de trenes y gent\u00edo tan inquieto que no extra\u00f1ar\u00eda yo que perdiera el sentido quien, desconociendo la lengua y las costumbres, quisiera indagar una direcci\u00f3n en aquella Babel de los caminos humanos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfEn qu\u00e9 plataforma se toma billete para Stratford?<\/p>\n\n\n\n<p>Esta es la pregunta ansiosa del peregrino shakespeariano en la ingente estaci\u00f3n de Birmingham.<\/p>\n\n\n\n<p>No se crea que tal pregunta es contestada claramente. Muchos empleados suelen informar con incierto laconismo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Es de la otra parte.<\/p>\n\n\n\n<p>Y recorre usted otra vez los puentes que comunican las inmensas naves por encima de las v\u00edas. Despu\u00e9s pase usted por un t\u00fanel abierto debajo de otras, hasta llegar a las plataformas del costado Sur, y all\u00ed \u00e9chese a correr a lo largo del interminable and\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p>Por fin. Hay quien d\u00e9 informes exactos de la v\u00eda que se debe tomar, del sitio donde est\u00e1 el booking-office o despacho de billetes, y de la hora del tren. Gracias a Dios, ya tengo en la mano el billete para Stratford; tomo asiento en un coche; el tren marcha. Alabado sea mil y mil veces el Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">II Stratford al fin &#8211; Shakespeare&#8217;s Hotel<\/h3>\n\n\n\n<p>Llego por fin, a una comarca totalmente distinta de la Inglaterra de Birmingham, Manchester y Leeds. Han desaparecido las chimeneas, han huido aquellos fantasmas escuetos que se envuelven en el humo que vomitan, y que agobian el esp\u00edritu del viajero con su negrura sat\u00e1nica. Penetro en un pa\u00eds risue\u00f1o, m\u00e1s agr\u00edcola que industrial, impregnado de amenidad campestre. No m\u00e1s talleres, no m\u00e1s hornos. La pesadilla parda se disipa, y el humo, que todo lo entristece, se va quedando atr\u00e1s. Recorro un ramal del Midland, que enlaza esta gran red con la no menos importante del Great Western, y entramos en el condado de Warwickshire, las regiones m\u00e1s pintorescas de Inglaterra, y adem\u00e1s ilustradas con nobles recuerdos hist\u00f3ricos; comarca de dulce verdor, en que flotan las \u00e9glogas.<\/p>\n\n\n\n<p>Paso junto al c\u00e9lebre castillo de Kenilworth, parte en ruinas, que da nombre a una sugestiva novela de Walter Scott. Perteneci\u00f3 aquella se\u00f1oril residencia al conde de Leicester, favorito de la reina Isabel, en honor de la cual se celebraron fiestas aparatosas. Omito la descripci\u00f3n de esas hermosas ruinas, as\u00ed como la del castillo de Warwick, que me apartar\u00eda de mi objeto, y sigo en busca de la casa del poeta. \u00a1Kenilworth, Leicester, Isabel! Todo esto ha pasado, mientras que Shakespeare vivir\u00e1 eternamente, y su humilde morada despertar\u00e1 m\u00e1s curiosidad y admiraci\u00f3n que todos los palacios de pr\u00edncipes y magnates.<\/p>\n\n\n\n<p>La impresi\u00f3n de descanso y de paz que trae al \u00e1nimo del viajero este ameno y po\u00e9tico rinc\u00f3n de Inglaterra, vale las penas y contrariedades del exc\u00e9ntrico viaje. La campi\u00f1a es deliciosa y revela las mayores perfecciones de la agricultura. Por fin, el ramal del Midland enlaza con un ferrocarril puramente local, tranquilo, y m\u00e1s parecido a los nuestros que a los ingleses, porque no hay en \u00e9l el v\u00e9rtigo ni la velocidad de las redes centrales de la isla, ni en las estaciones desmedida aglomeraci\u00f3n de pasajeros. Por fin, llego a la estaci\u00f3n de Stratford, que es una villa de diez mil habitantes. En la estaci\u00f3n, lo mismo que en nuestras ciudades provincianas, hay un \u00f3mnibus que recoge a los viajeros y los va dejando en las casas o en las fondas. Es de noche. Todo en este simp\u00e1tico pueblo respira sosiego, bienestar y sencillez campestre. El que sale de las bulliciosas ciudades industriales para venir aqu\u00ed cree entrar en la gloria. Los nervios descansan del loco estruendo, y de las impresiones r\u00e1pidas y m\u00faltiples que constantemente recibimos en los grandes centros urbanos. La imaginaci\u00f3n es la que no descansa, antes bien, se lanza a los espacios ideales, represent\u00e1ndose el tiempo en que viv\u00eda la excelsa persona cuya sombra perseguimos en aquella localidad apacible. No podemos separar al habitante de la morada; nos empe\u00f1amos en trasladar \u00e9sta a los tiempos de aqu\u00e9l, o en modernizar al poeta para hacerle discurrir a nuestro lado por calles, hoy alumbradas con gas, de su querida y placentera villa.<\/p>\n\n\n\n<p>Dos hoteles hay en la patria de Shakespeare que merecen especial menci\u00f3n. Uno es el llamado Red Horse, celebrado porque en \u00e9l escribi\u00f3 Wahington Irving sus impresiones de Stratford; el otro, llamado Shakespeare\u2019s Hotel, ofrece la particularidad de que los cuartos est\u00e1n designados con los t\u00edtulos de los dramas del gran poeta. El que a m\u00ed me toc\u00f3 se denominaba Love\u2019s Labour\u2019s Lost [4] , y a la mano derecha vi Hamlet, y m\u00e1s all\u00e1, en el fondo de un corredor oscuro y siniestro, Macbeth.<\/p>\n\n\n\n<p>La posada pertenece al g\u00e9nero patriarcal, sin nada que la asemeje a esas magn\u00edficas colmenas para viajeros que en Londres se llaman el Metropolitan y en Par\u00eds el Gran Hotel. Es m\u00e1s bien una de aquellas c\u00f3modas hoster\u00edas que describe Dickens en sus incomparables novelas, y de las cu\u00e1les habla tambi\u00e9n Macaulay en su hermosa descripci\u00f3n de las transformaciones de la vida inglesa. Todo all\u00ed respira bienestar, confort, tranquilidad y refinado aseo. El estrepitoso y chill\u00f3n lujo de los hoteles a la moderna, no existe all\u00ed. La escalera, de nogal viejo, ennegrecido por el tiempo; los muebles, relumbrantes de limpieza, revelan la domesticidad, la familiar sencillez. Hu\u00e9spedes y patrones viven en apacible concordia. La mesa es abundante y poco variada: el roastbeef, excelente, el t\u00e9 magn\u00edfico, y luego vengan tostadas, bacon, huevos escalfados, ensaladas, patatas cocidas, y todo lo dem\u00e1s que constituye la sobria culinaria brit\u00e1nica. La cerveza y la mostaza completan el buen av\u00edo. Para mayor encanto, el interior de aquel hermoso cuarto que lleva el t\u00edtulo (estampado con claras letras en una tabla sobre la puerta) de Love\u2019s Labour\u2019s Lost , ofrece comodidades que en vano buscar\u00edamos en los m\u00e1s aparatosos hoteles del Continente. Basta decir que las camas inglesas, grandes, mullidas, limpias como los chorros del oro, son las mejores del mundo, y que el ajuar de tocador que las acompa\u00f1a no tiene rival.<\/p>\n\n\n\n<p>El due\u00f1o de la casa (y \u00e9sta revela en su interior una respetable antig\u00fcedad), queriendo, sin duda, que sus hu\u00e9spedes se empapen bien en las ideas e im\u00e1genes shakespearianas, ha llenado el edificio, desde el portal hasta el \u00faltimo cuarto, de cuadros y estampas colocados en vistosos marcos, todos de asuntos de los famosos dramas. Cuanto ha producido el buril en el siglo pasado y en el presente, all\u00ed se encuentra. Hay grabados hermosos y otros deplorables. El viajero que all\u00ed pasa la noche, se ve acosado por la turba de ilustres fantasmas. Se los encuentra en la alcoba, en el comedor y hasta en el cuarto de ba\u00f1o. Aqu\u00ed, Lady Macbeth lav\u00e1ndose la mano; m\u00e1s all\u00e1, Catalina de Arag\u00f3n reclamando sus derechos de reina y esposa, o el Rey Lear , de luenga barba, lanzando imprecaciones contra el cielo y la tierra; por otra parte, el fiero Gloucester, de horrible catadura; el c\u00ednico Falstaff, panzudo y locuaz; m\u00e1s lejos, el jud\u00edo Shylock ante el tribunal presidido por la espiritual Porcia. No faltan Antonio discurriendo ante el cad\u00e1ver de C\u00e9sar, ni Calib\u00e1n ni Ariel, seres imaginarios que parecen reales; Romeo ante el alquimista, Julieta con su nodriza. Ofelia tir\u00e1ndose al agua; en fin, todas las figuras que el arte cre\u00f3, y la Humanidad entera ha hecho suyas, reconoci\u00e9ndolas como de su propia sustancia.<\/p>\n\n\n\n<p>En el comedor del hotel encuentro tipos de los que Dickens nos ha hecho familiares. La raza inglesa es poco sensible a las modificaciones externas impuestas por la civilizaci\u00f3n. En algunos he cre\u00eddo encontrar aquella casta de fil\u00e1ntropos inmortalizada por el gran novelista, y les he mirado las piernas esperando ver en ellas las famosas polainas de Mr. Pickwick [5].<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de una noche de descanso en la c\u00f3moda vivienda en compa\u00f1\u00eda de las im\u00e1genes tr\u00e1gicas que decoran las paredes de la habitaci\u00f3n, la claridad del d\u00eda me permite hacer un reconocimiento de la villa, la cual es peque\u00f1a, pues s\u00f3lo tiene quince o veinte calles, y revela un perfecto orden municipal. Ya quisieran nuestras presumidas capitales del Mediod\u00eda tener una administraci\u00f3n local que se asemejase a la de aquella poblacioncita semioculta en un rinc\u00f3n de Inglaterra. Los servicios municipales son all\u00ed tan esmerados como en los mejores barrios de Londres. Basta dar por las calles de Stratford un paseo, en el cual no se emplea m\u00e1s de media hora, para comprender que nos hallamos en un pueblo donde las leyes reciben el apoyo y la sanci\u00f3n augusta de las costumbres. La cultura urbana tiende a la uniformidad, y bajo su poderoso influjo hasta las m\u00e1s remotas aldeas toman las apariencias de ciudades coquetonas. En Stratford se encuentran tiendas tan bellas como las de Londres, y el vecindario que discurre por las calles tiene el aspecto de la burgues\u00eda londinense. Por ninguna parte se ven los cuadros de miseria que suelen hallarse en las ciudades industriales, ni las turbas de chiquillos haraposos, tiznados y descalzos que pululan en los docks de Liverpool o en el Quayside de Newcastle. El bienestar, la comodidad, la median\u00eda placentera y sin pretensiones, se revelan en las calles de Stratford. Es algo como el olor de la ropa planchada, que brota de la patriarcal alacena en esas casas de familia, m\u00e1s bien de campo que de ciudad, donde reinan el orden tradicional y la econom\u00eda que se resuelven en positiva riqueza.<\/p>\n\n\n\n<p>En una de las principales y m\u00e1s espaciosas calles, contrastando con los edificios modernos hay una casa de estructura normanda, con ensamblajes de madera ennegrecida por el tiempo. Parece una gran caba\u00f1a, de las que actualmente se construyen en los jardines con troncos sin descortezar. Es de dos pisos de poca elevaci\u00f3n, y tiene un cobertizo de madera que sombrea y ampara la puerta, junto a la cual pende un llamador de alambre terminado en argolla. El cartel all\u00ed fijado dice al visitante que llame si quiere entrar. Llamo, y me abre un se\u00f1or muy atento, bien vestido. Es el guardi\u00e1n del edificio. \u00a1Parece mentira que de tan sencillo modo entre uno en la casa natal de Guillermo Shakespeare!<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">III La casa<\/h3>\n\n\n\n<p>Omitir\u00e9 la historia jur\u00eddica de este que podremos llamar monumento, y las diferentes transmisiones que sufri\u00f3 como inmueble desde 1574, en que la compr\u00f3 John Shakespeare por la suma de cuarenta libras, hasta 1847, en que fue adquirida por los Comit\u00e9s de Stratford y Londres, y declarada patrimonio nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>Consta de dos pisos, y las habitaciones de ambos han sido restauradas con refinada inteligencia, procur\u00e1ndose que conserven el aspecto y car\u00e1cter que debieron tener en tiempo del grande hombre. En el piso bajo est\u00e1 la cocina, con su inmensa chimenea de campana, en la cual subsisten los ganchos de que se colgaba la carne para ahumarla. A un lado y otro hay dos asientos o poyos de mamposter\u00eda. El conserje permite a los visitantes sentarse en ellos, y cuantos hemos tenido la dicha de penetrar en aquel lugar, que no vacilo en llamar augusto, nos hemos sentado un ratito en donde el dramaturgo pasaba largas horas de las noches de invierno contemplando las llamas del hogar, que, sin duda, evocaban en su ardiente fantas\u00eda las im\u00e1genes que supo despu\u00e9s reducir a forma po\u00e9tica con una maestr\u00eda no igualada por ning\u00fan mortal.<\/p>\n\n\n\n<p>Vetusta escalera conduce al piso alto, donde est\u00e1 la habitaci\u00f3n en que naci\u00f3 Guillermo. En ella se ven sillas de la \u00e9poca, un pupitre y otros muebles. El testero de la calle es una gran ventana de vidrios verdosos, en los cuales no hay una pulgada de superficie que no est\u00e9 rayada al diamante por las infinitas firmas de personas que han visitado la estancia. Dest\u00e1canse en aquel laberinto de rayas los nombres de Walter Scott, Dickens, Goethe, Byron y otras celebridades. Las paredes est\u00e1n asimismo cubiertas de nombres.<\/p>\n\n\n\n<p>En otra pieza que da al jard\u00edn se ve el c\u00e9lebre retrato, que pasa por aut\u00e9ntico, si bien su autenticidad, diga lo que quiera la inscripci\u00f3n que lo acompa\u00f1a, no aparece completamente probada. Su semejanza con el busto de Trinity Church, de que hablar\u00e9 despu\u00e9s, es grande; Pero encuentro en el busto mayor belleza y m\u00e1s fiel expresi\u00f3n de vida. Como pintura, el retrato es mediano.<\/p>\n\n\n\n<p>Junto a la casa se ha construido un edificio en el mismo tipo de arquitectura, destinado a museo shakesperiano. Mil curiosidades, objetos diversos, documentos, cartas, grabados que se relacionan m\u00e1s o menos claramente con la vida del dramaturgo, se muestran all\u00ed perfectamente ordenados.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que m\u00e1s atrae la atenci\u00f3n es la carpeta que se dice fue usada por Shakespeare cuando recibi\u00f3 la primera ense\u00f1anza en Grammar School, las c\u00e9lebres cartas de Quincy, los originales de los contratos que el poeta celebr\u00f3 con empresas teatrales, ejemplares de las primeras ediciones de sus dramas, un anillo marcado con las iniciales W. S., copas y otros utensilios dom\u00e9sticos, armas, libros y papeles varios. El museo es interesante, y revela un extraordinario grado de cultura; pero como impresi\u00f3n de la existencia del autor de Hamlet es mucho m\u00e1s honda la que se recibe sent\u00e1ndose en el poyo de la cocina, bajo la enorme campana de la chimenea. Ambos edificios, la casa natural y el anejo, son cuidados y conservados con diligente esmero. En ellos no se enciende fuego ni de noche ni de d\u00eda, para evitar el peligro de un incendio en aquel viejo maderamen, ennegrecido y resecado por el tiempo. En un jard\u00edn contiguo se cultivan las flores y arbustos m\u00e1s com\u00fanmente citados por el poeta en sus inmortales escenas y sonetos. La peregrinaci\u00f3n a la casa natal aumenta cada d\u00eda. El n\u00famero de visitantes, seg\u00fan consta en los libros de firmas, ascendi\u00f3 el \u00faltimo a\u00f1o a diecisiete mil.<\/p>\n\n\n\n<p>De Hensley Street pasamos a New Place, donde estuvo la casa en que muri\u00f3 Guillermo. En ella habit\u00f3 los \u00faltimos diecinueve a\u00f1os do su vida y escribi\u00f3 algunos de sus dramas, probablemente Julio C\u00e9sar, Antonio y Cleopatra, Macbeth, y todos los del cuarto per\u00edodo. En el extenso jard\u00edn de la casa de New Place plant\u00f3 Guillermo un moral. \u00c1rbol y casa fueron destruidos b\u00e1rbaramente a mediados del pasado siglo por el poseedor de la finca, Sir F. Gastrell, cuyo nombre ha pasado a la posteridad por este acto de salvajismo. Para consumarlo no tuvo m\u00e1s motivo que las continuas molestias que le daban los visitantes. La madera del moral fue conservada por algunos industriales, que se dieron a fabricar objetos y a expenderlos. Pero el n\u00famero de baratijas del \u00e1rbol shakespeariano lleg\u00f3 a ser tan considerable, que debemos suponer entr\u00f3 en su confecci\u00f3n, no un \u00e1rbol, sino un bosque entero. La casa no tard\u00f3 en ser derribada tambi\u00e9n, y de ella s\u00f3lo quedan informes cimientos. La que en su lugar existe contiene otro museo, menos interesante que el de Hensley Street. El jard\u00edn, esmeradamente cuidado, es amen\u00edsimo, delicioso, lleno de la memoria, y de las huellas, y de la sombra de aquel a quien Ben Jonson llam\u00f3 \u00abalma del siglo, asombro de la escena\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">IV La tumba<\/h3>\n\n\n\n<p>Pero lo m\u00e1s interesante de Stratford es la iglesia, Holy Trinity Church, sepultura del poeta y de su mujer. Honor insigne para un pa\u00eds es guardar los restos de sus hombres eminentes. Nuestra incuria nos impide vanagloriarnos de esto, y aunque sabemos que los huesos de Cervantes yacen en las Trinitarias, y en Santiago los de Vel\u00e1zquez, no podemos separarlos de los dem\u00e1s vestigios humanos que contiene la fosa com\u00fan. T\u00e9ngase en cuenta que Shakespeare disfrut\u00f3 en vida de fama resplandeciente; que sus contempor\u00e1neos le estimaron en lo que val\u00eda; que posey\u00f3 cuantiosos bienes de fortuna, y que su familia pudo y supo cuidar de la conservaci\u00f3n de sus cenizas venerables.<\/p>\n\n\n\n<p>La iglesia parroquial de Stratford es bell\u00edsima, ojival, del tipo normando en su mayor parte, peque\u00f1a si se la compara con las catedrales espa\u00f1olas y aun con las inglesas, grande en proporci\u00f3n de los templos parroquiales de todos los pa\u00edses. Antes del cisma fue colegiata, con un coro de quince can\u00f3nigos. Consta de una gran nave con crucero, y otras dos colaterales peque\u00f1as, y sobre el crucero se alza la torre del siglo XVI, construcci\u00f3n a\u00e9rea y elegant\u00edsima. El interior no ofrece la desnudez fr\u00eda de los templos protestantes. Parece una iglesia cat\u00f3lica, sobre todo en el presbiterio, lo m\u00e1s hermoso de este ilustre monumento. Las rasgadas ventanas del estilo ingl\u00e9s perpendicular, los pintados vidrios que las decoran, el altar con gallardas esculturas, la siller\u00eda de tallado nogal, los p\u00falpitos, los sepulcros, ofrecen un conjunto de extraordinaria belleza y poes\u00eda. Al penetrar en el santuario, todas las miradas buscan el monumento del alt\u00edsimo poeta en la pared norte del presbiterio, en el lado del Evangelio. Es propiamente un retablo, y quien no supiera qu\u00e9 imagen es aquella, la tomar\u00eda por efigie de un santo all\u00ed colocado para que le adoraran los fieles.<\/p>\n\n\n\n<p>Consta de un sencillo cuerpo arquitect\u00f3nico, grecorromano: dos columnas sostienen un cornisamento con guardapolvo, que ostenta en el copete las armas de Shakespeare; en el centro el busto, imagen de medio cuerpo y de tama\u00f1o natural. A primera vista se tomar\u00eda el monumento por una ventana, en la cual estuviera asomada la figura, vi\u00e9ndosela de la cintura arriba. Los brazos caen con naturalidad sobre un coj\u00edn. La mano derecha tiene una pluma, y la izquierda se apoya abierta sobre un papel. El color aplicado a la tallada piedra da a la escultura una viva impresi\u00f3n del natural. La cara es grave, la mirada algo at\u00f3nita, la expresi\u00f3n noble, la frente majestuosa, el traje sencillo y elegante, ropilla de pa\u00f1o negro y valona sin pliegues.<\/p>\n\n\n\n<p>Imposible apartar los ojos de aquella imagen, en que por un efecto de fascinaci\u00f3n, propio del lugar, creemos ver vivo al dram\u00e1tico insigne, y con la palabra en los labios. En el plinto se lee la siguiente inscripci\u00f3n, que por tratarse de quien se trata no resulta todo lo enf\u00e1tica que en otro lugar parecer\u00eda:<\/p>\n\n\n\n<p>JUDICIO PYLIEM, GENIO SOCRATEM, ARTE MARONEM, TERRA TEGIT, POPULUS M\u0152RET, OLYMPUS HABET.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1 bien claro el texto latino, y no necesita traducci\u00f3n. S\u00f3lo debe indicarse que Pylium es Numa Pompilio, y que la palabra Socratem se considera equivocaci\u00f3n del grabador, a quien sin duda mandaron poner Sophoclem.<\/p>\n\n\n\n<p>Debajo de la inscripci\u00f3n latina hay seis versos ingleses, que literalmente traducidos dicen:<\/p>\n\n\n\n<p>Detente, pasajero, \u00bfpor qu\u00e9 vas tan aprisa?<br>Lee, si puedes, qui\u00e9n es aquel colocado por la envidiosa muerte<br>dentro de este monumento: Shakespeare, con quien<br>la v\u00edvida Naturaleza muri\u00f3; cuyo nombre adorna esta tumba,<br>mucho m\u00e1s el m\u00e1rmol, pues cuando \u00e9l escribi\u00f3<br>supo convertir el arte en mero paje; servidor de su ingenio<br>OBIIT ANNO 1616.- AETATIS 53; DIE 23 AP.<\/p>\n\n\n\n<p>Al pie del monumento est\u00e1 la l\u00e1pida que cubre los restos del m\u00e1s grande hijo de Inglaterra. La inscripci\u00f3n, compuesta por \u00e9l mismo, seg\u00fan creencia tradicional, es de un vigor que claramente acusa la soberana mente del poeta. La traducci\u00f3n m\u00e1s aceptable que de ella puede hacerse, expresando el pensamiento de modo que la fidelidad perjudique lo menos posible a la energ\u00eda, es esta:<\/p>\n\n\n\n<p>Buen amigo, por Jes\u00fas abstente<br>de remover el polvo aqu\u00ed encerrado.<br>Bendito sea quien respete estas piedras,<br>maldito quien toque mis huesos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cerca del sepulcro de Guillermo est\u00e1 el de su mujer, Ana Hathaway, que le sobrevivi\u00f3 siete a\u00f1os, a pesar de ser m\u00e1s vieja que \u00e9l. Dieciocho a\u00f1os y medio ten\u00eda el poeta cuando se cas\u00f3, y su mujer veinticinco. Tambi\u00e9n yace all\u00ed Susana, la hija mayor. Adem\u00e1s de Susana, nacieron de aquel matrimonio dos gemelos, llamados Hamlet y Judit.<\/p>\n\n\n\n<p>El monumento que he descrito y la piedra sepulcral que cubre los huesos del autor de Otelo absorben por completo la atenci\u00f3n en el presbiterio de Trinity Church. Las hermosas vidrieras, el altar y las graciosas l\u00edneas de aquella arquitectura, quedan ante el esp\u00edritu del visitante en lugar secundario. Luego se advierte que hay en todo perfect\u00edsima armon\u00eda; que el gallardo templo es digno de encerrar la memoria y los restos mortales del primer dram\u00e1tico del mundo, y que en aquel noble recinto parece dormir su genio con un reposo que no es el de la muerte. Toda persona espiritual ha de sentir en semejante sitio emociones profund\u00edsimas, imaginando que conoce a Shakespeare y ha de connaturalizarse con \u00e9l m\u00e1s \u00edntimamente que leyendo sus obras.<\/p>\n\n\n\n<p>Resulta una impresi\u00f3n m\u00edstica, una comunicaci\u00f3n espiritual como las que en el orden religioso produce la exaltaci\u00f3n devota frente a los misterios sagrados o las reliquias veneradas. El entusiasmo literario y la fan\u00e1tica admiraci\u00f3n que las obras de un superior ingenio despiertan en nosotros llegan a tomar en tal sitio y ante aquella tumba el car\u00e1cter de fervor religioso que aviva nuestra imaginaci\u00f3n, sutiliza y trastorna nuestros sentidos, nos lleva a compenetrarnos con el esp\u00edritu del ser all\u00ed representado, y a sentirle dentro de nosotros mismos, cual si lo absorbi\u00e9ramos por misteriosa comuni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Para recorrer todo lo antiguo que conserva las huellas de Shakespeare nos falta visitar Grammar School, donde recibi\u00f3 la primera ense\u00f1anza. El aula se conserva sin variaci\u00f3n desde aquellos tiempos, y su arquitectura tiene el mismo car\u00e1cter que la casa natal y otras que en la ciudad subsisten. Inmediata a la escuela h\u00e1llase Guildhall, donde, si no miente la tradici\u00f3n, daban sus funciones dram\u00e1ticas los c\u00f3micos errantes que alguna vez llegaban a Stratford. Sup\u00f3nese que all\u00ed vio Guillermo las primeras representaciones esc\u00e9nicas que despertaron su genio creador, y all\u00ed aprendi\u00f3 los rudimentos del arte histri\u00f3nico, en el cual descoll\u00f3 tambi\u00e9n, aunque no tanto como en el de la creaci\u00f3n po\u00e9tica.<\/p>\n\n\n\n<p>Los monumentos modernos consagrados a la memoria de Shakespeare son dos; la Clock Tower, o torre del reloj, construcci\u00f3n de estilo g\u00f3tico, m\u00e1s severa que elegante y de proporciones no muy grandiosas, y el Shakespeare Memorial, edificio complejo, situado a orillas del Avon, y en el cual se quiso hermanar lo \u00fatil a lo agradable. El primero de estos monumentos fue construido a expensas de un generoso americano, que quiso, como vulgarmente se dice, matar dos p\u00e1jaros de un tiro: honrar el nombre de Shakespeare y perpetuar la memoria del jubileo de la reina Victoria. No se ve claramente la paridad entre ambas ideas; pero el patriotismo saj\u00f3n es tan extensivo, que f\u00e1cilmente abarca y sintetiza todos los sentimientos de que se enorgullece la raza. A mayor abundamiento, la Clock Tower representa tambi\u00e9n la fraternidad entre Norteam\u00e9rica y la madre Albi\u00f3n, y para este sentimiento hay all\u00ed s\u00edmbolos que el artista ha sabido hermanar con la iconograf\u00eda shakespeariana y con el busto de la emperatriz de las Indias.<\/p>\n\n\n\n<p>El otro monumento, o sea el llamado Shakespeare Memorial Building, es un edificio complicado y grandioso, erigido por suscripci\u00f3n p\u00fablica, y que contiene un teatro, museo y biblioteca. Exteriormente su aspecto de alh\u00f3ndiga o dep\u00f3sito comercial no expresa bien el objeto espiritual de su fundaci\u00f3n. H\u00e1llase situado a orillas del Avon, no lejos de Trinity Church, y desde los jardines que le rodean se goza de la perspectiva hermos\u00edsima del r\u00edo y sus risue\u00f1as m\u00e1rgenes. Lo m\u00e1s notable del edificio como arte constructivo es la escalera. La sala del teatro, donde con frecuencia se representan por los mejores actores ingleses los dramas del sublime hijo de Stratford, es grande y bella. Pero las colecciones de escultura y pintura que componen los muros anexos, apenas podr\u00edan calificarse de medianas. Con todo, la erecci\u00f3n de este vasto edificio honra a los paisanos de Shakespeare y es una prueba de refinada cultura. En el jard\u00edn se admira una estatua de bronce (bastante mejor que la que Londres ostenta en Leicester Square), sobre gallardo pedestal, que decoran cuatro figuras representando a Lady Macbeth, Hamlet, Falstaff y el Principe Hall, los cuatro caracteres fundamentales de la creaci\u00f3n shakespeariana: el tr\u00e1gico, el fil\u00f3sofo, el c\u00f3mico y el hist\u00f3rico.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ya no hay m\u00e1s que ver en Stratford.<\/p>\n\n\n\n<p>La visita ha concluido, y s\u00f3lo quedan espacio y margen para las reflexiones que sugiere la contemplaci\u00f3n de los interesantes objetos relacionados con la vida mortal del dramaturgo, que ha sido y ser\u00e1 siempre asombro de los siglos. Pero estas reflexiones mejor las har\u00e1 el lector que yo. No es ocasi\u00f3n para un estudio de las creaciones del tr\u00e1gico ingl\u00e9s, las cuales son patrimonio del g\u00e9nero humano, y por esto quiz\u00e1, y por su propia universalidad, parece como que est\u00e1n exentas de cr\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero si del teatro shakespeariano no es f\u00e1cil escribir con novedad, la vida del poeta, por tanto tiempo rodeada de oscuridades, ofrece inagotable asunto\u2026 Los comentaristas del hijo de Stratford no descansan, y cada d\u00eda se aclara un punto dudoso de aquella preciosa existencia. As\u00ed, la diligente labor biogr\u00e1fica, integrando la cr\u00edtica, forma un eterno expediente de canonizaci\u00f3n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Camino de Inglaterra, me afirm\u00e9 en la resoluci\u00f3n de no demorar mi viaje a Stratford-on-Avon, donde vio la luz el inmenso Shakespeare. Mi fiel amigo Pepe Galiano no pod\u00eda en aquellos d\u00edas acompa\u00f1arme. 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