{"id":8350,"date":"2009-01-29T05:38:00","date_gmt":"2009-01-29T04:38:00","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=8350"},"modified":"2009-01-29T05:38:00","modified_gmt":"2009-01-29T04:38:00","slug":"cuento-el-verano-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/cuento-el-verano-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Cuento] El verano, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<p>EL VERANO<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">I<\/p>\n\n\n\n<p>El tren parti\u00f3 de la estaci\u00f3n machacando con sus patas de hierro las placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegr\u00eda que le posee al verse libre. Echaba sin interrupci\u00f3n y a comp\u00e1s bocanadas de humo, como los chicos cuando fuman su primer cigarro, y al mismo tiempo repart\u00eda a uno y otro lado salivazos de vapor, asemej\u00e1ndose a un jactancioso perdonavidas, o a demonio travieso. Ni siquiera volv\u00eda la cabeza para saludar a los empleados de la l\u00ednea, ni a las se\u00f1oras y caballeros que poblaban el and\u00e9n. Descort\u00e9s y sin otro af\u00e1n que perderse de vista, dej\u00f3 atr\u00e1s los almacenes, los muelles y oficinas de la peque\u00f1a velocidad, el cocher\u00f3n, los talleres, la. casilla del guardaagujas, y se desliz\u00f3 por la Cortadura, un brazo de tierra cuya mano tiene la misi\u00f3n de asir a C\u00e1diz para que no se lo lleven las olas.<\/p>\n\n\n\n<p>Corriendo por all\u00ed ve\u00edamos el mar de Levante, las turbulentas aguas y aquel nebuloso horizonte, que bien podemos llamar el campo de Trafalgar; ve\u00edamos por otro lado la bah\u00eda, en cuya margen se asientan sonriendo alegres ciudades y villas, y tambi\u00e9n a C\u00e1diz, que daba vueltas lentamente, cual fatigada bolera, y tan pronto se nos 1m&#8217;sentaba por la derecha como por la izquierda.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s el tren pis\u00f3 las charcas salobres de la Isla, abri\u00e9ndose paso por entre montes de sal. Franque\u00f3 los famosos ca\u00f1os en cuyos bordes Espa\u00f1a y Francia han dirimido sus \u00faltimas contiendas; cruz\u00f3 las c\u00e9lebres aguas en que flot\u00f3 el manto del \u00faltimo rey de los godos, y se dirigi\u00f3 tierra adentro avivando el anhelante paso. Llev\u00e1bale sin duda tan aprisa el exquisito olor de las jerezanas bodegas, que m\u00e1s cerca estaban a cada minuto, y por \u00faltimo, la inquieta maquinaria di\u00f3 resoplidos estrepitosos, husme\u00f3 el aire, cual si quisiera oler el zumo almacenado entre las cercanas paredes, y se detuvo.<\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1bamos en la m\u00e1s colosal taberna que han visto los siglos: llena de lo m\u00e1s fino, delicado y corroborante que en materia de n\u00e9ctares existe. Al llegar a aquel punto del globo, ning\u00fan viajero puede permanecer indiferente. Ve un glorioso campo de batalla, sembrado de despojos; los despojos, el cad\u00e1ver, los mutilados miembros de la sobriedad vencida y destrozada por su formidable enemigo. El triunfo de \u00e9ste es completo. Su insolente orgullo ha poblado de emblem\u00e1ticos trofeos el campo. Millones de vides coronan de verdes p\u00e1mpanos la tierra. Toneles hacinados se alzan en pilas o ruedan, como borrachos que han perdido la cabeza. Todo es bulla, animaci\u00f3n, marco.<\/p>\n\n\n\n<p>No se puede resistir a la tentaci\u00f3n del hijo de No\u00e9. Es del color del oro y tiene el sabor de la lisonja. Beberlo es tragarse un rayo de sol. Es el jugo absoluto de la vida, que lleva en sus luminosas part\u00edculas fuerza, ingenio, alegr\u00eda, actividad. Su delicado aroma se parece a un presentimiento feliz; su gusto estimula la conciencia corporal. Enga\u00f1a al tiempo, borra los a\u00f1os y aligera las cargas que nos hacen doblar el fatigado cuerpo. Lleva en s\u00ed un esp\u00edritu poderoso que se une al nuestro, y juntos forman una especie de ser\u00e1fico genio, el cual, si se ensoberbece puede trocarse en demonio. Yo fu\u00ed de los seducidos, y antes de que el tren partiera, me llen\u00e9 el cuerpo de rayos de sol. Poco despu\u00e9s admiraba las vi\u00f1as, respetables madres de aquel insigne vencedor de las naciones, cuando sent\u00ed que me tocaban el hombro. Sorprendi\u00f3me esto, porque me cre\u00eda solo en el coche; volvime con presteza y &#8230;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">II<\/p>\n\n\n\n<p>&#8230; en efecto, era una mujer; quiero decir, que al volverme vi a una mujer. Al partir de Jerez hall\u00e1bame solo en el coche. \u00bfC\u00f3mo, cu\u00e1ndo, por d\u00f3nde hab\u00eda entrado aquella se\u00f1ora? He aqu\u00ed un punto dif\u00edcil de aclarar, mayormente cuando mi cabeza, forzoso es confesarlo, no gozaba del beneficio de una perspicacia completa.<\/p>\n\n\n\n<p>-Caballero\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>A esta palabra siguieron otras que no pude entender bien. Tengo idea de haber dicho:<\/p>\n\n\n\n<p>-Se\u00f1ora\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no estoy seguro de lo que tras esta palabra balbucieron mis torpes labios, aunque debi\u00f3 de ser alguna frase de cortes\u00eda. Es indudable que yo estaba aturdido, no s\u00e9 en realidad por qu\u00e9, como no fuera por el maldito zumo de oro que hab\u00eda alojado en m\u00ed. Hall\u00e1bame cortado y absorto, y seguramente contribu\u00eda mucho a esto el aspecto singular\u00edsirno, y por mi nunca visto, de aquella persona.<\/p>\n\n\n\n<p>Caus\u00e1banme estupefacci\u00f3n indecible su figura y su traje, del cual no pod\u00eda apartar los asombrados ojos; y en verdad, no es f\u00e1cil imaginar atav\u00edos m\u00e1s originales. No pod\u00eda decirse que el traje de la dama fuese extravagante, sino que no ten\u00eda traje alguno.<\/p>\n\n\n\n<p>Tengo idea de haber dicho a medias palabras, te\u00f1ida de rubor la cara y apartando los ojos:<\/p>\n\n\n\n<p>-Se\u00f1ora: tenga usted la bondad de vestirse &#8230; ese traje, mejor dicho, esa desnudez no es la m\u00e1s a prop\u00f3sito para viajar en pleno d\u00eda dentro del coche de un ferrocarril.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella se ech\u00f3 a re\u00edr. Era de una hermosura sobren humana. Yo recordaba vagamente haberla visto en pintura, no s\u00e9 d\u00f3nde, en techos rafaelescos, en cartones, dibujos, quiz\u00e1 en las c\u00e9lebres <em>Horas<\/em>, en relieves de Thornwaldsen, en alguna regi\u00f3n, no s\u00e9 cu\u00e1l, poblada por la imaginaci\u00f3n creadora de los dioses del arte.<\/p>\n\n\n\n<p>Nada de cuanto modelaron griegos, ni de cuanto cincelaron florentinos, puede superar a la incomparable estructura de su cuerpo. Su rostro era como el que las tradiciones del arte dan a todas o las ninfas acu\u00e1ticas y terrestres, a las diosas que o fueron y a las jubiladas matronas simb\u00f3licas que durante siglos han representado entre doradas archivoltas el pensamiento de los hombres. M\u00e1s o perfecta belleza no vi jam\u00e1s; pero no era f\u00e1cil con la templarla, porque sus ojos eran como pedazos del mismo sol, que deslumbraban y ofend\u00edan quemany do la vista, de tal modo que perder\u00eda los suyos el s observador si se obstinara en mirar sin vidrios \u00e1s ahumados la hermosa imagen. De sus cabellos no la dir\u00e9 sino que me parecieron hilos del m\u00e1s fino oro je de Arabia, perfumados con delicado aroma campesino, y que en \u00e9l se entretej\u00edan amapolas y espigas en graciosa guirnalda.<\/p>\n\n\n\n<p>Su vestido era, m\u00e1s que tal vestido, una especie de t\u00fanica caliginosa, una vaporosa neblina que la envolv\u00eda, ocultando o dejando ver, seg\u00fan las posturas de la dama, esta o la otra parte de su bello cuerpo. No ten\u00eda yo noticia de aquella singular\u00edsima manera de presentarse en sociedad, y si he de decir verdad, el atav\u00edo de mi noble compa\u00f1era de viaje pareci\u00f3me en el primer momento escandaloso y desenvuelto en gran manera. Pero bastaron algunos minutos de observaci\u00f3n para formar juicio m\u00e1s favorable. En las divinas formas, en la actitud graciosa y natural de la viajera, as\u00ed como en sus palabras y ademanes, hab\u00eda la castiad m\u00e1s perfecta y la m\u00e1s irreprensible decencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">III<\/p>\n\n\n\n<p>Y eso que la se\u00f1ora, si no era el mismo fuego, lo parec\u00eda. D\u00edgolo, porque desped\u00eda de su cuerpo un calor tan extraordinario, que desde su misteriosa entrada en el vag\u00f3n empec\u00e9 a sudar cual si estuviera en el mism\u00edsimo hogar de la m\u00e1quina.<\/p>\n\n\n\n<p>-Se\u00f1ora-le dije respetuosamente, limpiando el copioso sudor de su rostro, perm\u00edtame usted que me aleje todo lo posible de su persona, porque, o yo no entiendo de verano, o es usted la misma can\u00edcula en cuerpo y alma.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella sonri\u00f3 con bondad, y rebuscando en cierto morral\u00edllo que a su espalda tra\u00eda, ofreci\u00f3me un abanico.<\/p>\n\n\n\n<p>Felizmente yo llevaba espejuelos azules, con los que pude resguardar mi vista de los flam\u00edgeros ojos de la se\u00f1ora. A pesar de estas precauciones, cuando el tren se precipit\u00f3 por las llanuras de la orilla izquierda del Guadalquivir, la irradiaci\u00f3n ar calor\u00edfica de mi compa\u00f1era de coche aument\u00f3 de la tal modo, que destroc\u00e9 el abanico sin poder refrescarme. Las perspectivas, ora interesantes, ora comunes del viaje, aburr\u00edanme soberanamente. Los pinos valsaban en mareantes c\u00edrculos ante mi vista, marchaban en largas hileras los olivos de Utrera, como ordenados ej\u00e9rcitos que van al combate, sin que estos graciosos juegos de la \u00f3ptica, ni el variado espect\u00e1culo de las sucesivas estaciones, ni la cercana presencia de Sevilla, que desde el \u00faltimo conf\u00edn visible nos saludaba con su Giralda, aplacaran mi mal humor.<\/p>\n\n\n\n<p>Sevilla nos vi\u00f3 al fin llegar junto a sus achicharrados muros, que quemaban como calderas puestas al fuego. Reposaba la placentera ciudad bajo el mil toldos, adormeci\u00e9ndose en la fresca umbr\u00eda de ve sus patios. Las cien torres, presididas por la veleidosa mujer de bronce que da vueltas a ciento veintid\u00f3s varas del suelo, desafiaban al furioso sol. Cual condenados, cuyo itinerario de expiaci\u00f3n ha sido invertido, <em>s<\/em><em>ub\u00edan a los infiernos<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>No pude contenerme, y dije a la dama:<\/p>\n\n\n\n<p>-Presumo que usted se quedar\u00e1 en esta estaci\u00f3n que tan bien cuadra a su temperamento.<\/p>\n\n\n\n<p>-No, se\u00f1or- repuso con la timidez de una novicia de convento-. Voy a Madrid.<\/p>\n\n\n\n<p>Y dici\u00e9ndolo se acerc\u00f3 a m\u00ed. Cre\u00eda hallarme de s\u00fabito&#8217; en la proximidad de un incendio; porque no era ya calor, sino llamaradas insoportables lo que el misterioso cuerpo de la endemoniada ninfa desped\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>-Se\u00f1ora, se\u00f1ora, por amor de Dios&#8211;exclam\u00e9-. Es muy doloroso para un caballero huir &#8230; Es un desaire, una groser\u00eda; pero \u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Me hubiera arrojado por la ventanilla si la rapidez de la locomoci\u00f3n no me lo impidiese. Felizmente, la misma que tan sin piedad me achicharraba, brind\u00f3me con refrescos, que sac\u00f3 no s\u00e9 de d\u00f3nde, y esto me hizo m\u00e1s tolerable su plut\u00f3nica respiraci\u00f3n y aquel tufo de infierno que de su hermoso cuerpo emanaba como de un femenino volc\u00e1n. \u00cdbamos por la alegre comarca que separa las dos famosas hermanas andaluzas, a orillas del florido r\u00edo, entre naranjales y olivos, saludando cada dos o tres leguas a un buen amigo, tal como Lora, Pe\u00f1aflor, Palma. Ya cerca de C\u00f3rdoba, mi sofocaci\u00f3n puso a prueba mi paciencia, pues sintiendo que los sesos burbujaban como si hirvieran, y que a mi sangre se iba pareciendo a un metal derretido, tom\u00e9 la resoluci\u00f3n de librarme de la molesta compa\u00f1\u00eda que desde Jerez hab\u00eda tra\u00eddo, y al punto, una vez parado el tren, apresur\u00e9me a poner en ejecuci\u00f3n mi pensamiento, dando parte del caso a los empleados de la v\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo no s\u00e9 por qu\u00e9. se re\u00edan de m\u00ed aquellos malditos, oy\u00e9ndome formular mis justas quejas. Podr\u00eda colegirse que yo me hab\u00eda expresado en incongruente discurso, diciendo cosas insensatas y a desatinadas. Era para reventar de c\u00f3lera. El mismo jefe de la estaci\u00f3n trat\u00f3me como a un loco cuando le dije:<\/p>\n\n\n\n<p>-S\u00ed, se\u00f1or; s\u00ed, se\u00f1or. Va en mi coche una se\u00f1ora que echa fuego por los ojos, y por todo su cuerpo un calor tan vivo que se podr\u00edan asar chuletas y fre\u00edr pescado sobre una de sus manos. Esto no se debe permitir&#8230; Es un abuso, un esc\u00e1ndalo. Me quejar\u00e9 al inspector del Gobierno, al Gobernador, al Gobierno mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Movi\u00f3les la curiosidad, m\u00e1s que otra cosa, a 110 registrar el departamento. En \u00e9l continuaba la dama. Yo la vi &#8230; era ella misma sin duda; pero as no ya con aquellos liger\u00edsimos ropajes que tanto llamaron mi atenci\u00f3n, sino vestida con el habitual modo de nuestras damas. Sus ojos eran picarescos y vivos, mas no deslumbraban; su cuerpo no ten\u00eda rastro de haber pasado por el infierno; llevaba en la cabeza el vulgar sombrerillo adornado de espigas; mas todo conforme al arte de las modistas, sin nada que trajese a la memoria el tocador de las diosas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">IV<\/p>\n\n\n\n<p>Mudo y perplejo la contempl\u00e9, y no es dudoso que me deshice en cumplidos y excusas, achacando a desvanecimiento de mi cabeza la extraordinaria equivocaci\u00f3n en que yo hab\u00eda incurrido; mas apenas march\u00f3 el tren camino de las sierras, volvi\u00f3 la dama a presentarse en su primera forma, en la misma desnudez, con los mismos cendales vaporosos que contorneaban sus bellas formas, con el mismo ornato de r\u00fasticas espigas, con la propia cabellera de oro, los mismos ojos que no se pod\u00edan mirar, y la misma irradiaci\u00f3n abrasadora de su cuerpo. El calor que desped\u00eda era ya un calor ecuatorial, intolerable, un calor que derret\u00eda mi persona. como se derrite la cera junto a la llama. Quise saltar del coche, llamar, vocear, pedir socorro; mas ella me detuvo. Yo ca\u00ed ex\u00e1nime, sin fuerzas, todo sudoroso, desmayado, sin aliento; creo que mis facultades se alteraron visiblemente; perd\u00ed la noci\u00f3n de todas las cosas, se nubl\u00f3 mi juicio y apenas pude formular un pensamiento, diciendo para m\u00ed: \u00abEstoy en las calderas infernales.\u00bb Arrojado cual cuerpo muerto sobre el asiento,<\/p>\n\n\n\n<p>aspiraba con ansia el ardiente y rarificado aire. La endemoniada aparici\u00f3n lleg\u00f3se a m\u00ed; sostuvo mi cabeza, di\u00f3me a beber no s\u00e9 qu\u00e9 delicado y refrigerante licor que facilit\u00f3 el trabajo de mis pulmones, difundiendo ligera frescura por todo mi cuerpo, y entonces me sent\u00ed mejor, mis excitados nervios se dilataron, d\u00e1ndome placentero reposo; y aclar\u00e1ndoseme los sentidos como al despertar de un sue\u00f1o, pude o\u00edr el discurso que con dulce voz me dirigi\u00f3 la se\u00f1ora, y que si mi memoria no me es infiel, fu\u00e9 de este modo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">V<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abYo soy la plenitud de la vida, la c\u00faspide del a\u00f1o natural; soy la ley de madurez que preside al cumplimiento de todas las cosas. Soy la realizaci\u00f3n de todos los conatos que bullen en el seno infinito de la Naturaleza. Antes de m\u00ed todo es germen, esfuerzo, crecimiento, aspiraci\u00f3n; despu\u00e9s de m\u00ed todo decae y muere. Soy el ogro supremo y la victoria que se llama <em>fruto<\/em>, victoria admirable de las m\u00faltiples fuerzas que luchan con la muerte. Por m\u00ed vive todo lo que vive, por m\u00ed tiene raz\u00f3n de ser la creaci\u00f3n, que sin m\u00ed seria en vez de gloria y triunfo, una especie de bostezo perenne, el fastidio de los elementos al verse sin objeto. En el hombre soy la edad del discernimiento y del trabajo; en la mujer, la fecundidad y el amor conyugal; en la Naturaleza, el desarrollo de todos los seres que al verse completos se recrean en s\u00ed mismos, apreciando por su propia magnificencia la magnificencia del Creador. Mis cabellos son el sol; mis ojos, la luz; mi cuerpo, el ardoroso ambiente que al pasar reparte la existencia; mi sombra es el roc\u00edo que bautiza las nuevas vidas; mi habitaci\u00f3n es el cielo con sus admirables ritmos; mi trono el cenit. Soy la Saz\u00f3n universal.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEn mi curso infinito gu\u00edame el dedo de Dios, que va marcando la hora de las fructificaciones. Cuando aparezco ya est\u00e1 todo preparado. B\u00e1stame son re\u00edr para que el mundo se llene de frutos. El labrador me espera con ansia, porque de mi benignidad o de mi c\u00f3lera depende su suerte. Doile abundantes mieses, regalados frutos; le anuncio los mostos que llenar\u00e1n sus tinajas; multiplico sus ganados y sus colmenas; aumento para el pescador los inmensos reba\u00f1os de los mares, y al industrioso le ofrezco largos d\u00edas; al enfermo, alivio; al sano, alborozo; al rico, expansi\u00f3n; al miserable, consuelo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abCel\u00e9branme los hombres de todas las castas, y los que cultivan la tierra cantan mis d\u00edas bendici\u00e9ndome y regocij\u00e1ndose junto a los repletos graneros en mis cl\u00e1sicos d\u00edas destinados al comercio, a la amistad, a los campesinos y joviales banquetes, a las pintorescas bodas. San Antonio, San Juan,<\/p>\n\n\n\n<p>San Pedro, el Carmen, Santiago, Santa Ana, San Lorenzo, la Virgen de Agosto, San Roque, la Virgen de Septiembre son en el orden religioso mis triunfales fechas. \u00abMis d\u00edas son fecundos, y la vida se duplica en ellos, porque avivo las pasiones de los hombres, y exaltando su entusiasmo hasta un alto grado, les llevo a las acciones m\u00e1s osadas. Ac\u00fasanme de incitar a las revoluciones y de seducir a las muchedumbres, agitando en mis manos de fuego la bandera roja de la emancipaci\u00f3n. Me vituperan por mis triunfos populares, y yo, sin pronunciar sentencia sobre esto, tan s\u00f3lo digo que derrib\u00e9 la Bastilla, que destru\u00ed al vencedor de Europa no lejos de estos sitios por donde vamos, que tambi\u00e9n aqu\u00ed salv\u00e9 al mundo cristiano de las huestes de Mahoma. Yo abol\u00ed la Inquisici\u00f3n de Espafla; yo detuve a los turcos en las puertas de Viena; yo he realizado mil y mil alt\u00edsimos hechos cuyo n\u00famero no puede contarse, pues son m\u00e1s que las vueltas que en todo el discurso de nuestro viaje dan las ruedas del coche en que velozmente caminamos.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">VI<\/p>\n\n\n\n<p>y era la verdad que caminaba con rapidez, traspasando ya la fragosa sierra que es muro de Castilla. Hab\u00eda ca\u00eddo mansamente la noche, y con la mudanza del cielo la se\u00f1ora hab\u00eda aplacado sus insoportables ardores, como una fragua en que mueren durmi\u00e9ndose las brasas. Sus ojos segu\u00edan brillando, mas no con el resplandor del sol, sino con una dulce claridad blanquecina semejante a la de la luna. Su cuerpo desped\u00eda grata tibieza, que poco a poco se iba trocando en deliciosa frescura, y el m\u00e1s regalado aroma de flores y praderas era su aliento. De este modo la repulsiva diosa, cuyo contacto sofocaba, se convert\u00eda en el ser m\u00e1s bello y amable que imaginarse puede, y todo en ella convidaba a reposar con sosiego y descuido a su lado, viendo rodar las horas y los astros, sintiendo pasar el aire rico en fragancias.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus miradas me causaban el m\u00e1s dulce arrobamiento, viendo en sus pupilas algo semejante al plateado reflejo de un lago tranquilo, y su sonrisa me sumerg\u00eda en dulce \u00e9xtasis, haci\u00e9ndome considerar en sus labios no s\u00e9 qu\u00e9 cosa semejante a celestiales puertas que se abr\u00edan.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed pasarnos toda la noche, recorriendo de un cabo a otro la tierra ilustre que sirvi\u00f3 de campo para la imaginaria contienda de lo ideal con el positivismo. Pero la noche recog\u00eda sus oscuridades para huir a punto que sal\u00edan a saludarnos los primeros \u00e1rboles de Aranjuez, no lejos de donde celebran pacto de amistad eterna Tajo y Jarama. Rueda que rueda y silba que silba, entre polvo y ruido llegamos al fin a Madrid, donde mi compa\u00f1era de viaje, profundamente aficionada a mi persona, no quiso dejarme y me sigui\u00f3 en el coche y se aposent\u00f3 en mi mismo cuarto y se sent\u00f3 a mi mesa, vuelta ya a su primitivo estado, o sea a la desnudez abrasadora. en que se apareci\u00f3; pero conservando siempre aquel natural fant\u00e1stico que la hac\u00eda invisible para todos excepto para m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Por el d\u00eda h\u00edzome sudar y me sofoc\u00f3 con s\u00f3lo acercarse a tocarme con las yemas de sus candentes dedos; mas llegada la noche, recobr\u00f3 su constituci\u00f3n tibia y placentera, alcanzando de m\u00ed las amistades que no pod\u00eda concederle en mitad del d\u00eda. Lo m\u00e1s extra\u00f1o es que habi\u00e9ndola obsequiado con una comida en los jardines del Buen Retiro, la bendita se\u00f1ora descubri\u00f3 de s\u00fabito unas ma\u00f1as que me pusieron en gran cuidado y desasosiego, y fu\u00e9 que en mitad del yantar, pretextando que su naturaleza volc\u00e1nica lo exig\u00eda, empez\u00f3 a menudear copas y a vaciar botellas con tanta presteza, que aquella no era mujer, sino m\u00e1s bien una bacante.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">VII<\/p>\n\n\n\n<p>No bien hab\u00edamos conclu\u00eddo de comer cuando la dama, enteramente trastornada por todo aquel menjurje que hab\u00eda metido entre pecho y espalda, empez\u00f3 a hacer los m\u00e1s desaforados desatinos que pueden verse. Agit\u00f3 primero las palmas de las manos, al modo de abanico, haciendo correr un aire c\u00e1lido y seco que tostaba. Despu\u00e9s rompi\u00f3 a re\u00edr con carcajadas de insensata, y cay\u00f3 espantosa lluvia que puso como nuevos a los parroquianos de aquel hermoso sitio, oblig\u00e1ndoles a dispersarse. Corri\u00f3 despu\u00e9s la ni\u00f1a con tanta rapidez que parec\u00eda un vendaval, rompiendo las bombas de vidrio, alzando las faldas de las se\u00f1oras, arrebatando sus sombreros a los galanes, desgarrando el tel\u00f3n del teatro, doblando los \u00e1rboles, haciendo gemir las ramas y cubriendo de hojas los mecheros del gas. No he visto dispersi\u00f3n m\u00e1s precipitada, p\u00e1nico m\u00e1s horrible ni confusi\u00f3n m\u00e1s grande. \u00a1Y c\u00f3mo re\u00eda la p\u00edcara al ver tales estragos! Yo procuraba calmarla, mas esto no era posible. Tem\u00ed que la llevaran a la prevenci\u00f3n por las diabluras que hab\u00eda hecho tan descaradamente; pero la muy tunanta tuvo la suerte (corno todos los pillos) de que no la viera la polic\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s que desat\u00f3 sobre Madrid la importuna lluvia que tanto molest\u00f3 a los paseantes, sopl\u00f3 a diestro y siniestro, y he aqu\u00ed que comienza a sentirse un fr\u00edo seco y displicente que hac\u00eda tiritar a todo el mundo. Estirando !f;s cuellos de sus ligeros gabancillos y abrig\u00e1ndose con pa\u00f1uelos de mano a falta de otra cosa, los madrile\u00f1os corr\u00edan a sus casas, y gru\u00f1endo murmuraban: \u201cQu\u00e9 demonio de clima! \u00a1Maldito sea Madrid y quien aqu\u00ed puso la corte de Espa\u00f1a!\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>La misma autora de tantos desastres andaba con capa aquella noche burl\u00e1ndose de los cortesanos y de su c\u00f3lera. Yo no pude contenerme y le ech\u00e9 en cara su conducta, dici\u00e9ndole que no me parec\u00eda propio de personas bien educadas molestar al pr\u00f3jimo y turbar diversiones l\u00edcitas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella se ech\u00f3 a re\u00edr de nuevo, y me dijo que en Madrid no pasaba d\u00eda sin que hiciese alguna travesura de aquel jaez; que la alegr\u00eda de la capital y su constante humor de bromas era contagiosa, por lo cual ella no pod\u00eda resistir a la tentaci\u00f3n de dar chascos; que se complac\u00eda en deshacer las fiestas, en trastornar el tiempo, en soltar los fr\u00edos del Norte despu\u00e9s de sofocantes horas, y que se divert\u00eda mucho viendo el descontento de la gente madrile\u00f1a. A\u00f1adi\u00f3 que no pudiendo eximirse de asistir a francachelas y comilonas, la obligaban a empinar el codo, y que, una vez alterado el sentido, hac\u00eda las mayores locuras casi sin darse cuenta de ellas.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo le dije que la ve\u00eda camino de Legan\u00e9s si se repet\u00edan sus pesadas bromas; pero ella, riendo m\u00e1s con mis simplezas, me contest\u00f3 que el d\u00eda siguiente el calor ser\u00eda m\u00e1s insoportable. As\u00ed fu\u00e9, en efecto, por lo cual tom\u00e9 las de Villadiego hacia el Norte, meti\u00e9ndome en el tren al pie de la. Monta\u00f1a del Pr\u00edncipe P\u00edo; y he aqu\u00ed que no hab\u00eda andado dos metros la m\u00e1quina cuando mi compa\u00f1era y amiga tomaba asiento junto a m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">VIII<\/p>\n\n\n\n<p>-Madrid es feliz -le dije- si usted le abandona.<\/p>\n\n\n\n<p>-No; porque all\u00ed dejo mis delegados, que son como yo misma. Excuso decir que la se\u00f1or\u00e1, transformada por la noche, era la m\u00e1s grata compa\u00f1era de viaje que puede concebirse. De tiempo en tiempo sus ojos desped\u00edan l\u00edvidos rel\u00e1mpagos, lo que me puso algo intranquilo; pero no pas\u00f3 de ah\u00ed, y a la claridad que difund\u00edan por todo el espacio sus miradas, vi El Escorial, monte de arquitectura al pie de otro monte; vi los extensos pinares, cuyo bailoteo y pasos de minueto me recordaron los olivos de Andaluc\u00eda; traspasamos la alta siena en cuyo t\u00e9rmino Santa Teresa ha dejado su imperecedera memoria sobre un caser\u00edo amurallado que parece un mont\u00f3n de ruinas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ar\u00e9valo, Medina, los graneros y las eras de Castilla nos vieron pasar, y sobre el suelo amarilleaba la paja, reci\u00e9n separada del grano. Pas\u00e1bamos por los dormidos pueblos, que ni al estr\u00e9pito del tren despertaban, y cuando avanz\u00f3 la noche y aument\u00f3 el silencio de los campos, nuestro inmenso veh\u00edculo articulado parec\u00eda un gran perro fant\u00e1stico que corr\u00eda ladrando de provincia en provincia.<\/p>\n\n\n\n<p>Valladolid la difunta se qued\u00f3 a mano izquierda, oscura, grande, glacial, acariciada por su amante Pisuerga, que anhela devolverle la vida y apenas lo consigue. Atravesamos luego los frescos vi\u00f1edos y deliciosas huertas de Due\u00f1as la troglodita, que vive en cuevas. Vino al poco rato Venta de Ba\u00f1os, que es un mes\u00f3n puesto en una encrucijada de v\u00edas f\u00e9rreas en desierto campo; torciendo ligeramente a la izquierda tocamos en Palencia, ya inundada de sol, sin soltar jam\u00e1s el manto de polvo que la cubre, y luego entramos en la Tierra de Campos, surcada por el arado de un cabo a otro, toda seca, llana, ardiente, tierra que es la desesperaci\u00f3n de la vista, verdadero mapa trazado sobre un papel. Ninguna monta\u00f1a grande ni chica ha encontrado apetecibles aquellos sitios para fijar su residencia; ning\u00fan r\u00edo caudaloso la ha escogido para pasearse; ning\u00fan bosque arraiga en su suelo.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1 arroyos y lagunas, en cuyo espejo se miran hileras de chopos, anuncian la frescura de pr\u00f3ximos montes, cuyas primeras estribaciones acomete el tren sin que le estorben rocas ni pantanos. Venciendo las grandes masas de la cordillera, que convidan a la ascensi\u00f3n, el tren se empe\u00f1a en subir a Reinosa la encapotada, vecina de las nubes, y lo consigue.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1, un monte hura\u00f1o se empe\u00f1a en detenernos el paso. \u00a1Pueril terquedad! En castigo ele su impertinencia es atravesado de parte a parte, y el tren pasa como la aguja por la tela. Despu\u00e9s todo es fragosidad, aspereza, bosques en declive que se agarran a la tierra y a las rocas con sus torcidas ra\u00edces; arroyos que se precipitan gritando como chicos que salen de la escuela. Pero antes vimos al Pisuerga, un miserable hilo de agua, que describiendo m\u00e1s curvas que un borracho se dirige a Poniente, y el Ebro, un ni\u00f1o que pronto ser\u00e1 hombre y marcha hacia Levante.<\/p>\n\n\n\n<p>Nosotros marchamos con las aguas que van hacia el Norte. A poco de salir de aquel largo t\u00fanel, que parece una pesadilla, se nos presenta a la derecha un chicuelo juguet\u00f3n que marcha a nuestro lado brincando, haciendo cabriolas, riendo y diciendo bromitas a todas las piedras y troncos que en su camino encuentra. Es el Besaya, un modesto r\u00edo provinciano que nos acompa\u00f1ar\u00e1 gran trecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras descendemos con no poco trabajo la gigantesca escalera de Cantabria, el pillete, en vez de trazar curvas como nosotros de monte en monte, baja a saltos, y le vemos all\u00e1 abajo riendo y jugando. Pero no quiere abandonarnos, y en B\u00e1rcena de Pie de Concha se nos pone al lado izquierdo, y por todos aquellos valles y ca\u00f1adas nos va dando conversaci\u00f3n con mucha cortes\u00eda y sosegado estilo.<\/p>\n\n\n\n<p>En una garganta, tapizada de lozano verdor, hallamos las Caldas, una gran tina entre dos monta\u00f1as, y poco m\u00e1s all\u00e1, agujereando montes y franqueando precipicios, salimos a un ancho y hermoso valle. All\u00ed el Sr. Besaya se despide cort\u00e9smente de nosotros, diciendo que un su amigo (El Saja) le espera en Torrelavega para ir juntos a tomar ba\u00f1os de mar. Le damos las gracias por su atenci\u00f3n y seguimos.<\/p>\n\n\n\n<p>Las praderas verdes y limpias a nada en el mundo son comparadas en belleza; los bosques de casta\u00f1os se extienden por las laderas, a cuya falda ricas huertas y frondosos maizales recrean la vista y el \u00e1nimo con su lozan\u00eda. Atravesamos por entre rejas un gran r\u00edo que dicen Pas, y poco despu\u00e9s olemos el mar. Sin duda est\u00e1 cerca. An\u00fanciase en irregulares charcas, como dedos retorcidos; vemos despu\u00e9s sus manos que agarran la tierra, y por \u00faltimo, un enorme brazo que se introduce entre dos cordilleras.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">IX<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfY mi compa\u00f1era de viaje?<\/p>\n\n\n\n<p>Al llegar aqu\u00ed, mejor dicho, desde que dejamos atr\u00e1s aquellas fastidiosas llanuras castellanas, desaparecieron los accidentes caniculares que tan aborrecible me la hab\u00edan hecho. Amengu\u00f3se el resplandor molesto de sus ojos, que brillaban, s\u00ed, pero empa\u00f1ados por delicados celajes; dej\u00f3 de echar fuego, como fragua, su hermoso cuerpo, y pude acercarme libremente a ella, sintiendo antes que calor, un dulce y amoroso temple que a un tiempo confortaba cuerpo y esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p>Despert\u00f3se de improviso en m\u00ed viva inclinaci\u00f3n hacia ella. Hablamos; se anim\u00f3 mi conversaci\u00f3n con requiebros y se salpiment\u00f3 con suspiros; me entusiasm\u00e9; coquete\u00f3; me entusiasm\u00e9 m\u00e1s; me declar\u00e9; le hice proposiciones de matrimonio. \u00a1Ay! humanos, \u00bfsois mortales porque sois d\u00e9biles, o sois d\u00e9biles porque sois hombres?<\/p>\n\n\n\n<p>Cond\u00fajome la taimada a un delicioso lugar, nombrado Sardinero, vecino al Oc\u00e9ano, verde y cubierto de flores como un jard\u00edn, reuniendo en s\u00ed la dulce tibieza de la tierra y la frescura del mar, un vergel con playa de doradas arenas, donde las holgazanas olas se tend\u00edan desperez\u00e1ndose al sol, un montecillo encantado, primaveral, compendio de todas las bellezas de Naturaleza. Mi compa\u00f1era, a quien desde aquel instante llam\u00e9 mi esposa (porque consinti\u00f3 en serlo con p\u00e9rfida complacencia), me sumergi\u00f3 en el mar, me invit\u00f3 despu\u00e9s a gozosos paseos y meriendas. \u00a1Oh qu\u00e9 felices d\u00edas pasamos! \u00a1Qu\u00e9 apacibles noches! \u00a1C\u00f3mo rodaban las horas sin que sus pasos sonaran sobre aquel c\u00e9sped florido ni sobre las cari\u00f1osas olas! Yo era el hombre m\u00e1s feliz de la creaci\u00f3n, hasta que un d\u00eda, \u00a1infausto d\u00eda!\u2026 Nunca hab\u00eda visto a mi compa\u00f1era tan hermosa, ni tan alegre ni tan amable &#8230; Nos ba\u00f1\u00e1bamos juntos, disfrutando del incomparable halago de las olas, asidos de las manos, mir\u00e1ndonos el uno al otro, cuando de repente desapareci\u00f3 no s\u00e9 c\u00f3mo ni por d\u00f3nde, dej\u00e1ndome solo, espantado, lelo, lleno de desesperaci\u00f3n. Busqu\u00e9la por todos lados, dentro y fuera del agua. No estaba en ninguna parte. Me ech\u00e9 a llorar y sent\u00ed fr\u00edo, un fr\u00edo que penetraba hasta mis huesos. \u00a1Triste, trist\u00edsimo d\u00eda, horrible fecha! La recuerdo bien. Era el veintid\u00f3s de Septiembre.<\/p>\n\n\n\n<p>Julio de 1877.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large is-style-default\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/ferna.eu\/venture\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/firma_galdos.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-7968\"\/><\/figure>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El tren parti\u00f3 de la estaci\u00f3n machacando con sus patas de hierro las placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegr\u00eda que le posee al verse libre. 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