{"id":8377,"date":"2010-02-12T09:33:00","date_gmt":"2010-02-12T08:33:00","guid":{"rendered":"http:\/\/ferna.eu\/?p=8377"},"modified":"2010-02-12T09:33:00","modified_gmt":"2010-02-12T08:33:00","slug":"articulo-don-ramon-de-la-cruz-y-su-epoca-de-benito-perez-galdos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/batallitas.es\/benito-perez-galdos\/articulo-don-ramon-de-la-cruz-y-su-epoca-de-benito-perez-galdos\/","title":{"rendered":"[Art\u00edculo] Don Ram\u00f3n de la Cruz y su \u00e9poca, de Benito P\u00e9rez Gald\u00f3s"},"content":{"rendered":"\n<p><\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>PARTE PRIMERA<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p><strong>Breve rese\u00f1a del movimiento literario en el siglo XVIII \u2014 El Teatro. \u2014 Don Ram\u00f3n de la Cruz; algunas noticias de su vida. \u2014 La sociedad del siglo XVIII<\/strong><\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\"><strong>I<\/strong><\/h4>\n\n\n\n<p>Es el siglo d\u00e9cimoctavo en nuestra historia una de las \u00e9pocas de m\u00e1s dif\u00edcil estudio. La confusi\u00f3n, la heterogeneidad, el car\u00e1cter indeterminado con que se manifiestan sus principales hechos, la peque\u00f1ez relativa de sus hombres, son causas de que no se muestre accesible \u00e1 la investigaci\u00f3n, ni se preste \u00e1 una s\u00edntesis clara. Siglo de transici\u00f3n en pol\u00edtica, en artes, en literatura, en costumbres, ya se nos presenta como un per\u00edodo de marasmo y debilidad, que s\u00f3lo inspira l\u00e1stima \u00f3 menosprecio, ya como \u00e9poca de elaboraci\u00f3n latente, de oculta fuerza im\u00adpulsiva, digna de admiraci\u00f3n y agradecimiento. Dudamos si es causa de los males de todas clases que a\u00fan afligen \u00e1 nuestra sociedad, \u00f3 si le debemos no haber ca\u00eddo en otros peores. Ignoramos si fu\u00e9 \u00e9l quien nos trajo \u00e1 nuestra actual postraci\u00f3n, \u00f3 si, por el contrario, nos ha hecho seguir, aunque algo rezagados, la marcha de la civilizaci\u00f3n europea.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed la fisonom\u00eda y tendencias del siglo XVIII no son, como en Francia, determinadas y concretas. Fu\u00e9 all\u00ed muy en\u00e9rgica la acci\u00f3n de las ideas, y se mostr\u00f3 di\u00e1fanamente en todos los accidentes hist\u00f3ricos, haciendo de aquella \u00e9poca un cuadro completo. Entre nosotros no pas\u00f3 as\u00ed; y aun hoy miramos con estupor el plazo largu\u00edsimo que media entre la aniquilaci\u00f3n de la casa de Austria y la guerra de la Independencia, sin acertar \u00e1 descubrir lo que entra\u00f1an sus obscuros d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Asimismo, una parte no peque\u00f1a de la confusi\u00f3n que existe en este per\u00edodo, ha consistido en la falta de trabajos hist\u00f3ricos que la ilustren y aclaren. No hubo siglo m\u00e1s descuidado de nuestros historiadores, ni de ninguno nos hemos inquietado menos, \u00e1 pesar de tenerlo tan cerca. Parece como que nos repugna siempre volver los ojos all\u00e1 por el temor de no encontrar sino flaquezas y peque\u00f1eces. Y en efecto: la poca austeridad de nuestro car\u00e1cter, unida \u00e1 nuestra presunci\u00f3n, nos inclinan siempre \u00e1 contemplar las \u00e9pocas hist\u00f3ricas en que m\u00e1s adulado se encuentra nuestro amor propio; y siempre que hacemos historia, nos vamos derechos \u00e1 los amados siglos XV y XVI, donde tenemos nuestra mitolog\u00eda. No puede negarse que hay en nosotros una repulsi\u00f3n infundada hacia todo lo acontecido en Espa\u00f1a desde 1680 hasta la edad presente: en aquellos a\u00f1os ni nos admira la historia, ni nos seduce la literatura, ni nos enorgullecen las costumbres. No reconocemos en nuestros abuelos \u00e1 los hombres de aquella Espa\u00f1a cuya grandeza estudiamos de ni\u00f1os en insulsos manuales de Historia, que nos llenaban de vanagloria y orgullo. Sin embargo, no hay \u00e9poca m\u00e1s digna de estudio: de ella procedemos, y aunque una observaci\u00f3n superficial no encuentre all\u00ed sino motivos de abatimiento y hasta de verg\u00fcenza, no conviene condenarla con ligereza, ni juzgarla con una mira estrecha de intereses actuales \u00f3 con el extraviado criterio del partido pol\u00edtico.<\/p>\n\n\n\n<p>El siglo XVIII representa:<\/p>\n\n\n\n<p>En las costumbres: perversi\u00f3n del sentido moral; fin de la mayor<sup>&#8211;<\/sup>parte de las grandes cualidades del antiguo car\u00e1cter castellano; desarrollo exagerado de todos los vicios de este car\u00e1cter; falta de dignidad en las jerarqu\u00edas sociales; confusi\u00f3n de clases, sin resultar nada parecido \u00e1 la igualdad; relajaci\u00f3n de las creencias religiosas, sin ninguna ventaja para la filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>En pol\u00edtica: confusi\u00f3n, y el esp\u00edritu de ensayo disfrazado \u00e1 veces con la forma de la iniciativa; ausencia completa de todo sistema fijo; falta de principios, y entronizamiento del m\u00e1s rampl\u00f3n empirismo; creaci\u00f3n del pandillaje en grande escala, y conatos de formar algo semejante \u00e1 un orden administrativo; imperio de las camarillas, y extensi\u00f3n desusada de la idea de lo oficial; invenci\u00f3n de los pactos de familia; laudables empe\u00f1os de adelantamiento material que se estrellan en los vicios inveterados de nuestras leyes, y en la organizaci\u00f3n de la propiedad.<\/p>\n\n\n\n<p>En las letras: \u00faltimo grado de la frivolidad y el amaneramiento; exageraci\u00f3n hasta el delirio de los vicios hereditarios de la poes\u00eda castellana; p\u00e9rdida de la noci\u00f3n pura de la belleza y de toda intuici\u00f3n art\u00edstica; olvido del car\u00e1cter nacional, olvido de la historia; cultivo preferente de todas las cualidades exteriores del estilo; muerte de la idea; tendencia del arte \u00e1 no producir m\u00e1s que una impresi\u00f3n sensual; introducci\u00f3n de las f\u00f3rmulas m\u00e1s necias de poes\u00eda; violencia del lenguaje y uso del valor material de las palabras como \u00fanico medio de expresi\u00f3n; imperio del preceptismo cl\u00e1sico y de las f\u00f3rmulas convencionales.<\/p>\n\n\n\n<p>Pues en aquel per\u00edodo en que todas las manifestaciones de la vida del pa\u00eds indicaban lastimosa decadencia, y un conjunto de vicios que s\u00f3lo inspiran desd\u00e9n y repugnancia, se observaba el esfuerzo subterr\u00e1neo de una revoluci\u00f3n, de una fuerza desconocida que aspiraba \u00e1 realizar considerable trastorno. Iniciada la revoluci\u00f3n desde los primeros a\u00f1os del siglo, as\u00ed en pol\u00edtica como en literatura, empez\u00f3 t\u00edmida y desconfiada; sigui\u00f3 minando sin cesar, luchando con infatigable desvelo, y de seguro habr\u00eda alcanzado un triunfo pronto y decisivo, si la sostuvieran hombres de genio superior. La reforma literaria no habr\u00eda sido tan lenta y d\u00e9bil como fu\u00e9, si hombres de m\u00e1s grande ingenio hubieran puesto en ella la mano. En otra esfera m\u00e1s alta, en la del Gobierno, la revoluci\u00f3n fu\u00e9 menos pol\u00edtica que administrativa, y aun as\u00ed no tuvo adalides de primer orden.<\/p>\n\n\n\n<p>Los accidentes de la lucha en todo el siglo XVIII son curiosos en extremo. Estas \u00e9pocas de transici\u00f3n no elevan el \u00e1nimo; no conmueven por lo grandioso de las empresas, ni por el atrevimiento y sublimidad del esp\u00edritu que las anima, porque este esp\u00edritu carece de unidad. En las \u00e9pocas de lucha intestina, la unidad desaparece: las naciones son un vasto palenque donde combaten y se devoran aspiraciones opuestas. En estos d\u00edas de an\u00e1lisis, no se pide \u00e1 un pueblo que descubra y conquiste la Am\u00e9rica, ni que lleve su cultura y sus armas \u00e1 todos los confines del mundo: las naciones se postran vencidas de la agitaci\u00f3n que bulle en su seno; son ineptas para todo movimiento exterior, y sus escasas fuerzas son consumidas en el penoso trabajo interno. Las \u00e9pocas de gestaci\u00f3n no son brillantes en la historia, son fr\u00edas y tristes. B\u00fasquese la magnificencia y el inter\u00e9s en los siete siglos de la guerra con los \u00e1rabes, \u00f3 en las fabulosas empresas del Renacimiento: aquella remota vida cautiva y suspende el \u00e1nimo con la serena majestad de la epopeya. En tiempos m\u00e1s cercanos en el siglo XVIII, buscar un movimiento espont\u00e1neo, vigoroso, del esp\u00edritu nacional, ser\u00eda in\u00fatil; porque en la sociedad de entonces, casi como en la de ahora, el trabajo incesante de organizaci\u00f3n es todo lucha, lenta y sorda unas veces, agitada y convulsa otras, la vida de la pasi\u00f3n varia y de la aspiraci\u00f3n individual, el drama en fin.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\"><strong>II<\/strong><\/h4>\n\n\n\n<p>Nada nos revelar\u00e1 la fisonom\u00eda moral del siglo XVIII como su literatura, que es, por el caos que en ella reina, su m\u00e1s exacta imagen, \u00f3 confesi\u00f3n formulada<sup>&#8211;<\/sup> espont\u00e1neamente por el mismo. Para formar idea del estado intelectual de aquella singular sociedad, basta hojear el f\u00e1rrago de malos \u00f3 medianos poetas que vivieron en ella: s\u00f3lo as\u00ed se conoce el nivel \u00e1 que hab\u00edamos descendido. Bajeza, vulgaridad, insulsez, pedanter\u00eda, eran los caracteres de la musa castellana cuando aparecieron los reformistas. Antes de Luz\u00e1n, cuya <em>Po\u00e9tica<\/em> marca la primera \u00e9poca de una lucha que dur\u00f3 a\u00f1os, encontramos un per\u00edodo desdichado en el cual la poes\u00eda conceptuosa del siglo XVIII arrastr\u00f3 vida miserable, de agon\u00eda delirante, que la llevaba \u00e1 morir sin brillo y sin gloria. Muerto el genio y apagado el calor que le di\u00f3 vida, no le quedaba m\u00e1s que el vestido y las galas de una falsa ret\u00f3rica. Ensanchaba enormemente su imperio la necedad. No hay paciencia que resista la lectura de Benegasi, Bernaldo de Quir\u00f3s y \u00c1lvarez de Toledo (don Ignacio). No val\u00edan mucho, aunque mostraban cierta noble aspiraci\u00f3n literaria en sus escritos, Gerardo Lobo, don Gabriel Alvarez de Toledo, Torres y Villarroel y el Marqu\u00e9s de Laz\u00e1n. Tal vez alguno de \u00e9stos ten\u00eda las prendas que constituyen los grandes ingenios; pero no les fu\u00e9 posible apartarse de la moda, ni sobreponerse \u00e1 la influencia del siglo, que les impon\u00eda la extravagante ley de los conceptos y de la pedanter\u00eda. Gerardo Lobo, Alvarez y don Diego de Torres eran tres caracteres sumamente simp\u00e1ticos: la originalidad del \u00faltimo, fil\u00f3sofo humor\u00edstico de tanto donaire como severidad, no tiene igual sino en el platonismo de don Gabriel, que despu\u00e9s de haber sido en sus mocedades consumado galanteador, se consagra en \u00abdad madura \u00e1 los austeros goces de la con\u00adtemplaci\u00f3n m\u00edstica. El desenfado de Gerardo Lobo, su humor ligero y vers\u00e1til, su natural nobleza y una refinada cultura, le hicieron muy popular en su tiempo. Apuntamos estos detalles para que se explique la facilidad con que cautivaron al pueblo aquellos ingenios por la sola fuerza ae ese atractivo que da la privilegiada condici\u00f3n moral de las personas. Como poetas val\u00edan mucho- menos que como hombres.<\/p>\n\n\n\n<p>El culteranismo, alma de la poes\u00eda de entonces, no era ya el hermoso extrav\u00edo de los <em>preciosos<\/em> del siglo XVII; era un alarde rid\u00edculo de forzada agudeza expresado con violentas contorsiones del sentido material de las palabras; la robustez, la verdad, la expresi\u00f3n fiel de los sentimientos brillaban rara vez, cuando una chispa del esp\u00edritu nacional iluminaba las almas perdidas en un caos de vulgaridad, ignorancia y ridiculez. Este culteranismo sandio hizo tambi\u00e9n estragos en algunos conventos de monjas literatas, que extraviadas por el raro ejemplo de los m\u00edsticos de ambos sexos del precedente siglo, se dedicaron con mucho fervor \u00e1 componer estrofas al Divino Esposo- Pero por lo general estos desahogos eran madrigales mundanos que las infelices dirig\u00edan \u00e1 Jes\u00fas, sin duda con la mayor buena fe, el \u00e1nimo sereno y libre de todo melindre pecaminoso.<\/p>\n\n\n\n<p>Los versos de la madre Gregoria de Santa Teresa no dejan de tener la sencillez que acompa\u00f1a siempre al sentimiento, ni pecan de excesivamente cultos; pero son profanos y revelan el terrenal calor que los ha creado. En la f\u00e1bula de Sor Mar\u00eda del Cielo, titulada <em>Las l\u00e1grimas de Roma<\/em>, hay robustez, inventiva, mucho sentido pl\u00e1stico, la alegor\u00eda, un poco enrevesada, de los autos calderonianos, con algo del terrible ascetismo del <em>Condenado por desconfiado<\/em>. Tafalla y el Marqu\u00e9s d\u00e9 Laz\u00e1n son poetas de gabinete, indignos de fama: sus versos no son expresi\u00f3n espont\u00e1nea del alma, sino un enf\u00e1tico lenguaje dictad? por las circunstancias; versitos \u00e1 \u00e9sta \u00f3 la otra dama, con el solo objeto de hacer reir en una tertulia; coplas y sonsonetes de miserable y rampl\u00f3n estilo.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro de los m\u00e1s populares entonces fu\u00e9 don Joaqu\u00edn Benegasi y Luj\u00e1n. La musa de este buen hombre se consagra, entrando por uno de los m\u00e1s frecuentados caminos de la \u00e9poca, \u00e1 cantar vidas de santos y asuntos morales y filos\u00f3ficos del modo m\u00e1s enfadoso que cabe imaginar. Los fines de la alta poes\u00eda, su verdadero campo y esfera estaban vedados \u00e1 toda esta gente que no sal\u00eda de flor de tierra. La popularidad de Benegasi nos revela el nivel literario de un siglo que se divert\u00eda con los sistemas filos\u00f3ficos en seguidillas, \u00f3 con la descripci\u00f3n de una enfermedad en d\u00e9cimas. \u201cLos asuntos de Benegasi, que tanto recreaban en su tiempo, dice don Leopoldo A. de Cueto en su <em>Bosquejo hist\u00f3rico-cr\u00edtico de la poes\u00eda castellana<\/em> del siglo XVIII, dan idea de la pobre esfera \u00e1 que hab\u00eda descendido aquella poes\u00eda insubstancial. Si llov\u00eda con abundancia, si nevaba, si se atropellaban unos asnos, si se aplicaban sanguijuelas, si un amigo desped\u00eda con facilidad \u00e1 los criados, si otro ped\u00eda una mu\u00eda, si se emborrachaba su barbero, si picaba una chinche \u00e1 su criada, si hab\u00eda estornudado una se\u00f1ora, si ha- ida goteras en su casa, Benegasi se inspiraba con estos hechos y otros igualmente triviales. Complac\u00edase especialmente en la descripci\u00f3n de sus enfermedades, aun las m\u00e1s repugnantes (entre otras, una fluxi\u00f3n, la sarna, un reumatismo, las almorranas); y con tales creaciones de una musa asquerosa y casera, formaba voluminosas colecciones, y se atrev\u00eda \u00e1 darlas \u00e1 la estampa. As\u00ed ha* c\u00edan otros igualmente, y el p\u00fablico compraba estos centones de sandeces y frusler\u00edas. \u201e Entre tanto, los sucesos pat\u00e9ticos de la vida no le inspiraban sino chocarrer\u00edas y profanas sandeces. Tambi\u00e9n tuvo mucha boga un tal fray Juan de la Concepci\u00f3n, fundador de la revista <em>Resurrecci\u00f3n del Diario de Madrid, \u00f3 nuevo cord\u00f3n cr\u00edtico general de Espa\u00f1a<\/em>. Compuso <em>El Pat\u00e1n de Carabanchel<\/em> y <em>El Poeta oculto<\/em>; y muy extraordinarias y sublimes debieron parecer estas dos obras \u00e1 sus contempor\u00e1neos, pues Benegasi, sin duda porque aquellos ingenios, como los pedantes de Morat\u00edn, hab\u00edan dado en la flor de elogiarse unos \u00e1 otros, dice del autor:<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel ingenio famoso<\/p>\n\n\n\n<p>con quien son al compararse.<\/p>\n\n\n\n<p>roncas urracas los cisnes<\/p>\n\n\n\n<p>y pigmeos los gigantes&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Este poeta pas\u00f3 \u00e1 la posteridad, v fu\u00e9 citado por mucho tiempo como modelo de extravagancia y desvar\u00edo. Aun hoy responde su fama \u00e1 un fin de utilidad, porque nadie mejor que \u00e9l y los que le precedieron pueden hacernos comprender en toda su ridiculez y liviandad la \u00e9poca en que vivieron.<\/p>\n\n\n\n<p>Toda la poes\u00eda perteneciente al primer tercio del siglo era un resto informe de la secular y grandiosa poes\u00eda nacional, su \u00faltimo sedimento, despu\u00e9s de evaporados y perdidos los elementos espirituales que la constituyeron y le dieron vida. Aquella extraviada musa era rebelde \u00e1 toda reforma; pugnaba por sostenerse contra lo que se quiso introducir despu\u00e9s; quer\u00eda resistir, y alegaba en su abono su elevado origen, como los nobles degenerados que creen encontrar disculpa \u00e1 su poco valer en la grandeza de sus ilustres antecesores. La reforma principi\u00f3 \u00e1 iniciarse con la Po\u00e9tica de Luz\u00e1n, que entonces representaba un gran progreso, porque combat\u00eda de frente la amalgama de vicios y torpezas que corromp\u00edan el arte; ven\u00eda hiriendo con violencia, destruy\u00e9ndolo todo, sin perdonar ni aun los seductores extrav\u00edos del siglo xvii. Aunque sobre el libro de Luz\u00e1n no pod\u00eda edificarse gran cosa, no se puede negar, atendida su misi\u00f3n demoledora, que fu\u00e9 de inmensa utilidad en aquellos d\u00edas. El autor se hab\u00eda educado en Italia, ven\u00eda impregnado en las ideas de la nueva escuela cl\u00e1sica nacida en Francia, y su criterio, salvo algunas diferencias, era el estrecho y mezquino de Boileau, que declaraba el simbolismo pagano principal elemento po\u00e9tico, establec\u00eda el rigor de ciertas formas como indispensables, y era la consagraci\u00f3n de ese desabrido sistema, que siempre ha tenido por consecuencia, en los que ciegamente lo adoptan, un fr\u00edo amaneramiento. Esto era, sin duda, ley del tiempo: las revoluciones, en cualquier manifestaci\u00f3n de la vida, han procedido siempre oponiendo principios radicales \u00e1 los viejos errores que quer\u00edan combatir, y s\u00f3lo as\u00ed han podido ser eficaces. En las letras espa\u00f1olas del siglo XVIII, la revoluci\u00f3n hubiera sido un hecho desde 1750, si alguno la hubiera realizado con fuerza genial, porque las reformas art\u00edsticas no se hacen con f\u00e1rragos de reglas, cuya aridez y sequedad repugna \u00e1 las imaginaciones que ans\u00edan volar libremente.<\/p>\n\n\n\n<p>Si Luz\u00e1n \u00f3 alguno de los de su escuela hubieran sido grandes poetas, de seguro habr\u00edan arrastrado \u00e1 la multitud, imponi\u00e9ndole su sistema, y en tal caso la revoluci\u00f3n literaria habr\u00eda sido r\u00e1pida y fecunda. Pero no fu\u00e9 as\u00ed: Luz\u00e1n no era un gran poeta; no era ni siquiera un buen estilista como Boileau, y por eso sus principios, sanos y \u00fatiles indudablemente entonces, se esterilizaron por completo; tanto, que no sabemos si es preferible la poes\u00eda sopor\u00edfera y seca de Montiano, \u00e1 los disparatados arrebatos de Gerardo Lobo y fray Juan de la Concepci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Un grande y malogrado ingenio se mostr\u00f3 en mitad del siglo con fuerzas para tal empresa; pero desgraciadamente no qued\u00f3 de \u00e9l, despu\u00e9s de su temprana muerte, m\u00e1s que una composici\u00f3n, que, aunque de bastante m\u00e9rito, no basta al trabajoso objeto que su autor se propuso. La c\u00e9lebre s\u00e1tira de Jorge Pitillas fu\u00e9 lo que hoy llamamos un acontecimiento literario, porque produjo en el p\u00fablico una impresi\u00f3n honda de que hoy no podemos formar idea sino por los ruidosos y raros \u00e9xitos de algunas obras del teatro moderno. Esta hermosa composici\u00f3n revela una rigidez de car\u00e1cter, una entereza tal, que no pod\u00eda menos de producir en aquella sociedad de debilidad y afeminaci\u00f3n sorpresa parecida al espanto. Todos los poetastros que se vieron zaheridos y castigados por el l\u00e1tigo de Jorge Pitillas se desataron en denuestos impotentes, que fueron la comidilla de la gente de pluma. Por lo dem\u00e1s, se ha probado que la s\u00e1tira tiene pocas ideas que no pertenezcan \u00e1 las de Boileau, \u00e1 su po\u00e9tica y \u00e1 uno de sus discursos doctrinales 0); pero aun as\u00ed es de m\u00e9rito sobresaliente, no s\u00f3lo por la noble audacia que revela y por la circunstancia de ser escrita en \u00e9poca de tantos extrav\u00edos, sino porque est\u00e1 versificada con soltura, con energ\u00eda y vigor, y domina en ella un amargo encarnizamiento digno de Juvenal.<\/p>\n\n\n\n<p>Por mucho tiempo estuvieron los reformistas sin hacer gran n\u00famero de pros\u00e9litos. Porcel, uno de los m\u00e1s ardientes en edad madura, compuso de joven su poema <em>El Adonis<\/em>, que es por su m\u00e9todo y asunto de lo m\u00e1s sandio en que se ha ocupado la fantas\u00eda humana. No dejan de vislumbrarse all\u00ed d\u00e9biles rasgos de verdadera poes\u00eda; pero lo empeque\u00f1ece y corrompe todo la insulsez del asunto, y la forma de \u00e9glogas venatorias en que est\u00e1 escrito. Todo \u00e9l respira culteranismo del m\u00e1s pueril y c\u00e1ndido; es simplemente un laberinto de equ\u00edvocos y majader\u00edas de aqu\u00e9llas que Pitillas y Luz\u00e1n quer\u00edan desterrar de golpe. No era posible ciertamente extirpar un mal que estaba, dig\u00e1moslo as\u00ed, infiltrado en el pueblo, que por error y costumbre se hab\u00eda apoderado de la mente de los poetas, y era su propio numen. Los equ\u00edvocos, los trueques de palabras, las mil bobadas y vaciedades del estilo culto, vivieron en una buena parte del siglo, y no acabaron sino \u00e1 manos de otro vicio igualmente funesto, el prosa\u00edsmo, que, por secarlo todo, sec\u00f3 hasta las simplezas de aquellos desdichados poetas.<\/p>\n\n\n\n<p>La nueva escuela, hechura del buen sentido, no produjo m\u00e1s que did\u00e1cticos; ni era posible que se sujetasen \u00e1 tan \u00e1spera disciplina ingenios rebeldes que se ve\u00edan aplaudidos en sus desatinos y obten\u00edan f\u00e1ciles triunfos en todas partes: en palacio, en los salones de los grandes, en los teatros y en los m\u00e1s bajos \u00e9 incultos c\u00edrculos. Por mucho tiempo los pocos que se inclinaban \u00e1 la nueva escuela de la sensatez y del orden art\u00edstico, fluctuaron entre los resabios conceptuosos y el rigor cl\u00e1sico de la po\u00e9tica francesa. Torrepalma, que es uno de los pocos que en aquellos d\u00edas presentan en sus obras rasgos de inspiraci\u00f3n leg\u00edtima, lo prueba en su <em>Deucali\u00f3n<\/em>, donde quiere ser sensato y \u00e1 veces da rienda suelta al m\u00e1s afectado gongorismo. El poema citado contiene hermosos trozos, no s\u00f3lo de estilo, sino de sentimiento, expresado directamente por espont\u00e1neos desahogos del alma, y \u00e1 veces rompe por instinto el vil cerco de las ligaduras convencionales y se muestra \u00e1 la altura de Valbuena y Ercilla. No es as\u00ed Montiano y Luyando, uno de los m\u00e1s insulsos poetas que han existido. Goz\u00f3 fama de hombre de buen criterio como maestro, y a\u00fan la tiene; mas no comprendemos c\u00f3mo se llama cr\u00edtico respetable \u00e1 un hombre que dec\u00eda al hablar del <em>Quijote<\/em> de Avellaneda: \u201cNo creo que ning\u00fan hombre de juicio pueda declararse en favor de Cervantes, si compara una parte con otra. Montiano es, como escritor, uno de esos caracteres antip\u00e1ticos que nunca consiguen interesar, ni por sus aciertos ni por sus extrav\u00edos. No lo es menos don Blas Nasarre, el enf\u00e1tico detractor de Calder\u00f3n, que no presenta \u00e1 la admiraci\u00f3n del mundo m\u00e1s que una rid\u00edcula par\u00e1frasis del Padre Nuestro, en que no se sabe qu\u00e9 es peor, si la bajeza de las im\u00e1genes, \u00f3 la trivialidad grosera y hasta irreverente del estilo.<\/p>\n\n\n\n<p>La reforma intentada por Luz\u00e1n produjo otra cosa: adem\u00e1s de esta generaci\u00f3n de escritores pigmeos, nos trajo la moda de las academias, que tiene alguna semejanza en nuestros d\u00edas con el furor un poco m\u00e1s discreto de los teatros caseros. Cre\u00e1ronse c\u00edrculos literarios con objeto de propagar el buen gusto y la nueva doctrina. Las damas especialmente gustaban de amenizar sus tertulias con la lectura de versos, y los compon\u00edan ellas tambi\u00e9n. Eran cert\u00e1menes algo parecidos \u00e1 las cortes de amor del siglo precedente, palenques de discreteo con fin recreativo, no siendo enteramente ajena esta ocupaci\u00f3n, tan ingeniosa como galante, \u00e1 las intrigas y coloquios de amor. La academia del <em>Buen Gusto<\/em>, establecida en Madrid \u00e1 imitaci\u00f3n de otras italianas y francesas, fu\u00e9 algo como el Hotel Rambouillet, aunque un poco m\u00e1s bajo en el nivel de las insulseces. Todo era all\u00ed convencional y seg\u00fan las amaneradas formas de la poes\u00eda italiana: los acad\u00e9micos y las acad\u00e9micas se inclinaban naturalmente al idilio, el g\u00e9nero femenino por excelencia; le\u00edan sus versos, que por lo general entra\u00f1aban segunda intenci\u00f3n; se daba un juicio sobre ellos, y se extend\u00eda un acta como si se tratase de transcendentales asuntos. Los hombres m\u00e1s graves, magistrados, generales y ministros, no se desde\u00f1aban de llevar all\u00ed su madrigal, dedicado \u00e1 los dientes, \u00e1 los ojos, al lunar de una dama, al santo del d\u00eda, etc. Todo se hac\u00eda en forma pastoril; y all\u00ed, en los salones, no en los prados; en los tocadores de las condesas, no en los huertos y selvas, fu\u00e9 donde m\u00e1s se foment\u00f3 la empalagosa y relamida poes\u00eda pastoril, que vivi\u00f3 en todo aquel siglo hasta las puertas del presente, animada con nueva savia por el talento de Mel\u00e9ndez. Cada acad\u00e9mico de estas venerables asambleas adoptaba un nombre estramb\u00f3tico, \u00e1 semejanza de la academia de los Arcades de Roma, que ha puesto en rid\u00edculo para siempre los graves y gloriosos nombres de Jovellanos y Morat\u00edn: en el <em>Buen Gusto <\/em>los t\u00edtulos eran <em>El Justo desconfiado<\/em>, <em>El Z\u00e1ngano<\/em>, <em>El Dif\u00edcil<\/em>, <em>El Amuso<\/em>, <em>El Mar\u00edtimo<\/em>, etc. Tambi\u00e9n hab\u00eda all\u00ed un buf\u00f3n, un gracioso, \u00e1 quien se permit\u00edan toda clase de agudezas, aun las m\u00e1s chocarreras, y se toleraron asimismo los desahogos llamados vej\u00e1menes, que no ten\u00edan la gracia de los del tiempo de Quevedo y Alarc\u00f3n. Villarroel fu\u00e9 el buf\u00f3n de la academia del <em>Buen Gusto<\/em>: era cosa de ver c\u00f3mo \u00e9l y Porcel se cambiaban los calificativos de <em>burro<\/em>, <em>jumento<\/em> y otros parecidos con el mayor desenfado, y sin producir en la concurrencia otra cosa que hilaridad y alegr\u00eda. Esta literatura, estos ocios po\u00e9ticos de galanter\u00eda y familiaridad, estas diatribas inocentes, fueron uno de los productos m\u00e1s inmediatos de la confusi\u00f3n originada por la monstruosa mezcla del culteranismo antiguo y la nueva escuela llamada del buen sentido. Comp\u00e1rese la far\u00e1ndula de estos salones, hija de una empalagosa ret\u00f3rica, con la poes\u00eda de las \u00e9pocas viriles y bien caracterizadas, hija espont\u00e1nea del esp\u00edritu nacional que la produce sin esfuerzo, robusta, vigorosa, pujante, obedeciendo \u00e1 esa ley providencial que engendra las grandes \u00e9pocas del arte en el seno de las \u00e9pocas grandes de la historia.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">III<\/h4>\n\n\n\n<p>El reinado de Carlos III fu\u00e9 en pol\u00edtica, \u00e1 pesar de sus progresos administrativos, un reinado de turbaci\u00f3n moral, de presentimientos y de esperanzas. Parece como que trajo nuevos problemas \u00e1 los esp\u00edritus arrebatados por la lucha, y que al desconcierto antiguo sucedieron la desconfianza en lo porvenir y un com\u00fan deseo de encontrar la soluci\u00f3n<sup>&#8211;<\/sup> que esta sociedad perturbada necesitaba. Parece como que los hombres fueron entonces m\u00e1s serios, y supieron mirarse en calma y conocerse.<\/p>\n\n\n\n<p>No fu\u00e9 esta \u00e9poca la m\u00e1s adecuada para que la reforma literaria diera sus frutos. En tiempos de m\u00e1s serenidad hubi\u00e9ralos dado completos \u00e1 ser los principios de Luz\u00e1n verdaderos principios est\u00e9ticos, en vez de reglas convencionales fundadas en un sistema ef\u00edmero muy propagado entonces, pero que ya cumpli\u00f3 su breve existencia. La Po\u00e9tica de Luz\u00e1n, que en su tiempo pudo pasar por un buen c\u00f3digo literario, y no es hoy sino una mala ret\u00f3rica, encarnaba el principio de la acertada imitaci\u00f3n, de la sensatez niveladora del numen, el absurdo canon de los <em>buenos modelos<\/em> que ha secado en flor tantos felices ingenios. Con tal principio no habr\u00edan existido Homero, ni Cervantes, ni Shakespeare, que no tuvieron modelo bueno ni malo. Esos impertinentes clasicones del siglo pasado mataban la generaci\u00f3n presente, oblig\u00e1ndola \u00e1 no salir del camino trazado por sus antecesores. De este modo, el arte, en vez de ser la m\u00e1s alta expresi\u00f3n de la vida individual y colectiva de los pueblos, no ser\u00eda m\u00e1s que una distracci\u00f3n, un ejercicio de la inteligencia, sin valor hist\u00f3rico, y encerrado en los l\u00edmites de las academias del Buen Gusto \u00f3 de los <em>Arcades<\/em> de Roma. Este sistema sin vitalidad ni fuerza de convicci\u00f3n, por no ser iniciado por un Alfleri ni un Boileau, produjo aqu\u00ed lo \u00fanico que pod\u00eda producir, un Morat\u00edn (don Nicol\u00e1s) y un Cadalso, talentos extraordinarios si se les compara con sus predecesores y con sus coevos, medianos si se les pone en parang\u00f3n con los que engendr\u00f3 la reforma en su \u00faltimo y florescente per\u00edodo. En ellos se advierte ya una adopci\u00f3n ciega de los nuevos principios, si bien el segundo fu\u00e9 m\u00e1s ardiente en esto que el primero, inclinado \u00e1 veces por temperamento al gusto nacional. Como autor dram\u00e1tico, don Nicol\u00e1s Morat\u00edn vale bien poco; como l\u00edrico, escribi\u00f3 cosas fastidios\u00edsimas, entre ellas el poema de la Caza, la \u00e9gloga sobre las antig\u00fcedades de Madrid y la composici\u00f3n dedicada al lidiador de toros Pedro Romero, cuyo enf\u00e1tico principio, <em>citara \u00e1urea de Apolo<\/em>&#8230; no se olvida f\u00e1cilmente. Pero en todos sus versos es un escritor correcto, grave, libre ya de los desvar\u00edos del culteranismo; sencillo, aunque de escasa inspiraci\u00f3n, siempre afeada por el uso indispensable de las f\u00f3rmulas del simbolismo pagano. Hay, sin embargo, una composici\u00f3n suya que se aparta de este vulgar camino, que conserva merecida popularidad por ser una inspiraci\u00f3n verdadera, modelada en la antigua turquesa de la epopeya castellana. <em>La fiesta de toros en Madrid<\/em>, cuyas principales quintillas saben de memoria todos los ni\u00f1os, es realmente lo \u00fanico que del buen Flumisbo ha pasado \u00e1 la posteridad: en ella no hay amorcillos con aljaba, ni flautas de oro, ni majada, ni aquel ins\u00edpido tipo de mujer que se llama Dorisa, Filis \u00f3 Lisena, y no inspira \u00e1 sus apasionados amadores m\u00e1s que falsedades insulsas; hay, en cambio, una expresi\u00f3n robusta y directa, pintura caliente y vigorosa, y el lenguaje sonoro, franco, mezcla de severidad y cortes\u00eda, con que hablan los h\u00e9roes de nuestros inmortales romances.<\/p>\n\n\n\n<p>Cadalso no hizo nada comparable \u00e1 esto: era <em>luzanista<\/em> puro, id\u00f3latra de las formas, convencionales. Sus <em>Cartas marruecas<\/em> en que imit\u00f3 \u00e1 Montesquieu, no carecen de intenci\u00f3n c\u00f3mica, y sus <em>Noches l\u00fagubres<\/em> son tan pesadas y artificiales como las de Young. Era el car\u00e1cter de Cadalso simp\u00e1tico, flexible y bondadoso; su poes\u00eda carece de virilidad, y toda ella est\u00e1 afectada de un desmayo y una indolente blandura, que si entonces agradaba, hoy nos es insoportable. Todos los versos que dedicaba al amor y las desventuras de su Filis (la c\u00e9lebre c\u00f3mica Mar\u00eda Ignacia Ib\u00e1\u00f1ez) expresan el sentimiento del poeta con un \u00e9nfasis que nos har\u00eda sospechar de su veracidad, si por otros conductos no conoci\u00e9ramos la evidencia de aquellos tristes amores. <em>Su canto titulado Querr\u00e1s civiles entre los ojos negros y los azules<\/em>, es una sandez, y todas sus obras carecen de br\u00edo. A pesar de ello, no deja de agradar la lectura de las composiciones de aquel malogrado poeta, porque las hace amenas el recuerdo del apacible car\u00e1cter de Cadalso, sus desventuras y su triste fin como valeroso soldado.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el escritor que tal vez representa mejor el primer per\u00edodo de la reforma es fray Diego Gonz\u00e1lez, un fraile plat\u00f3nico de Salamanca, digno de fama por su car\u00e1cter y sus escritos. No es un fray Luis de Le\u00f3n, ni un San Juan de la Cruz; pero tiene algo de los dos, con un poco de Petrarca, y sus versos participan mucho de la antigua m\u00edstica espa\u00f1ola, con un sabor italiano que les da no poco encanto. Fray Diego Gonz\u00e1lez es una muestra de las monstruosidades que pueden engendrar el sistema doctrinal y el convencionalismo en poes\u00eda. Sus obras llevan ciertamente en el fondo la \u00faltima expresi\u00f3n del alma del poeta; pero el rigor de escuela obligaba \u00e1 \u00e9ste, pobre monje agustino, \u00e1 fingirse pastor y hablar de sus majadas y apriscos. Su musa, su Laura, era una dama de C\u00e1diz, \u00e1 quien llam\u00f3 siempre Mirta en sus versos y cartas; y para que se comprenda, \u00e1 la vez que el candor de Gonz\u00e1lez, las singulares condiciones literarias de su \u00e9poca, baste decir que el poeta fraile no cree cometer ninguna clase de profanidad escribiendo versos er\u00f3ticos impregnados de ese sentimiento, mitad celeste, mitad mundano, que suele nacer y criarse ignorado de todos en la soledad del claustro; escribe sus desahogos pastoriles con la mayor naturalidad; pondera la vehemencia de su amor, y hasta expone las ilusiones de su juventud, como si entre \u00e9l y la se\u00f1ora Mirta no hubiesen puesto la sociedad y la religi\u00f3n un abismo insuperable. Y nadie se maravilla de esto, ni fu\u00e9 por esta causa fray Diego menos venerado y querido. As\u00ed se ve claramente lo que de artificial y convenido hab\u00eda en el cultivo de las letras. El hacer versos y el escribir prosa eran entonces un ejercicio semejante al que en las escuelas de lat\u00edn y ret\u00f3rica hac\u00edan los muchachos, con el \u00fanico objeto de conocer la lengua y familiarizarse con los buenos autores.<\/p>\n\n\n\n<p>Jovellanos, que es sin duda una de las m\u00e1s altas y nobles personificaciones del car\u00e1cter espa\u00f1ol, desvari\u00f3 mucho como cr\u00edtico al aconsejar \u00e1 fray Diego, oblig\u00e1ndole \u00e1 cambiar el g\u00e9nero de inspiraci\u00f3n \u00e1 que su \u00edndole le inclinaba. As\u00ed como influy\u00f3 en Mel\u00e9ndez para que trabajase en asuntos her\u00f3icos, y Mel\u00e9naez no hizo cosa alguna de provecho en este g\u00e9nero, quiso inclinar al buen agustino \u00e1 la poes\u00eda filos\u00f3fica, decisi\u00f3n que di\u00f3 por resultado la primera parte del poema <em>Las Edades<\/em>, composici\u00f3n condenada \u00e1 perpetuo olvido, mientras el <em>Murci\u00e9lago<\/em> <em>alevoso<\/em> se recuerda siempre con agrado.<\/p>\n\n\n\n<p>Ninguno de estos escritores representa un progreso muy importante en la alta esfera el arte; pero indican todos un adelanto considerable en lo relativo \u00e1 la lengua, que depuraron y limpiaron de l\u00f3s rid\u00edculos floreos ret\u00f3ricos con que vivi\u00f3 vestida largo tiempo, \u00e1 la manera de esas abigarradas columnas de Churriguera que desaparecen bajo racimos de hortalizas, frutas y flores, modeladas por el mal gusto. La lengua castellana apareci\u00f3 de nuevo, con pureza sin igual, en los romances de Morat\u00edn y en los versos de fray Diego Gonz\u00e1lez; tambi\u00e9n fu\u00e9 noble y grave en los de Cadalso y en las \u00e9glogas del mismo Flumisbo Thermodonciaco, aunque un tanto afrancesada. Igualmente se conserva en su primitiva pureza, con bella entonaci\u00f3n espa\u00f1ola, en las obras de don Jos\u00e9 Iglesias de la Caba, mediano poeta en los asuntos her\u00f3icos y elevados, muy discreto y agudo en las peque\u00f1as composiciones, que le ponen al nivel de Baltasar de Alc\u00e1zar.<\/p>\n\n\n\n<p>Mel\u00e9ndez, Jovellanos y Forner ocupan lugar m\u00e1s importante en su siglo. El primero, hoy un poco olvidado, fu\u00e9 el m\u00e1s c\u00e9lebre cultivador de la poes\u00eda pastoril, en que trabaj\u00f3, depurando este singular g\u00e9nero de los vicios que lo obscurec\u00edan, y restableci\u00e9ndolo \u00e1 su verdadero tono, seg\u00fan el rigor de escuela. Grande fu\u00e9 la popularidad de los versos de Mel\u00e9ndez, que tiene el indudable m\u00e9rito de ser un escritor de refinada pureza, aunque la \u00edndole de su talento sea para nosotros hoy poco agradable y un tanto antip\u00e1tica. Este, y Jovellanos y Forner, con austera inspiraci\u00f3n, presentan el per\u00edodo de madurez de la reforma preceptista; y los dos \u00faltimos, como cr\u00edticos, nos: muestran que los principios de Luz\u00e1n hab\u00edan ido estrech\u00e1ndose \u00e1 medida que avanzaba el tiempo. El ilustre autor del <em>Informe sobre la ley agraria<\/em> proscribe el amor como asunto indigno de alimentar la poes\u00eda, y recomienda \u00e1 sus amigos Delio (fray Diego Gonz\u00e1lez) y Batilo (Mel\u00e9ndez) que se ejerciten el uno en la <em>moral filosof\u00eda<\/em>, y el otro en los asuntos hist\u00f3ricos, cosas para que eran ineptos. Forner fija con pedanter\u00eda magistral los que, seg\u00fan su modo de ver, son \u00fanicos elementos de arte, \u00e1 saber: la\u00bb acciones de los reyes, las empresas de los h\u00e9roes, el curso de los astros, la serenidad de los cielos, la virtud de los sabios, etc. Semejante exclusivismo no pod\u00eda dar otro resultado que el abatimiento y frialdad del estro po\u00e9tico, y, por otra parte, el prosa\u00edsmo que engendr\u00f3 en todos los poetas el esfuerzo para ser cuerdos y sensatos, el deseo de no hacer gala de abundante ingenio, y el af\u00e1n de ser comedidos sin salir nunca de un camino cada vez m\u00e1s estrecho y trillado. As\u00ed la reforma cl\u00e1sica, la ley del buen sentido y de la serena y grave inspiraci\u00f3n, no fu\u00e9 un hecho hasta que dos talentos no comunes, Morat\u00edn (hijo) y Quintana, rompieron la valla secular, consagrando el sistema, no con reglas y preceptos; sino con el ejemplo vivo, el \u00fanico medio de propaganda que existe en el mundo, en todo lo que se dirige al sentimiento, en la religi\u00f3n y en el arte.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta que aquel caso lleg\u00f3, la peste del prosa\u00edsmo, hijo leg\u00edtimo de la estrechez de la doctrina, hubo de corromperlo todo. La disciplina literaria y la teor\u00eda de los <em>buenos modelos<\/em> hicieron abortar, adem\u00e1s de la poes\u00eda pastoril, la poes\u00eda did\u00e1ctica, que es m\u00e1s falsa y fastidiosa que aqu\u00e9lla. Los poemas didasc\u00e1licos de aquel tiempo principiaron por ense\u00f1ar nobles y bellas cosas, como la m\u00fasica y la pintura, y concluyeron por ser tratados de derecho can\u00f3nico y dar reglas para salar cerdos. Revisti\u00e9ronse entonces con la brillante gala del verso los m\u00e1s necios y rastreros asuntos; y vulgarizado el arte, descendido \u00e1 las m\u00e1s ineptas manos por lo f\u00e1cil que se hizo su procedimiento, lo cultivaron todos, siendo la producci\u00f3n po\u00e9tica tan extremada, que en ninguna \u00e9poca se ha visto fecundidad m\u00e1s desastrosa. Las f\u00e1bulas de Iriarte y Samaniego son el \u00fanico fruto apreciable de aquellos d\u00edas de prosa\u00edsmo, fruto que sobrevivi\u00f3 y no fu\u00e9 comprendido en el general menosprecio de la posteridad: la gracia y amable ligereza de tales obras, de \u00edndole educativa y familiar, les ha dado vida.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">IV<\/h4>\n\n\n\n<p>Mejor que la poes\u00eda l\u00edrica puede el Teatro dar idea del esp\u00edritu de aquel siglo. La primera fu\u00e9 siempre aqu\u00ed secundaria y un tanto sometida \u00e1 influencias exteriores, mientras el segundo ha sido en todos tiempo\u00bb preferente espejo del pueblo. Como meridionales, inclinados \u00e1 todo lo simb\u00f3lico y representativo, siempre hemos dado \u00e1 la literatura dram\u00e1tica el primer puesto, haci\u00e9ndola nuestra m\u00e1s fiel expresi\u00f3n, condensando en ella nuestra vida y nuestro saber. En los primeros a\u00f1os del siglo xviii a\u00fan exist\u00eda un resto del gran Teatro nacional, representado en Ca\u00f1izares y Zamora, que pose\u00edan algunas buenas cualidades, aunque obscurecidas por el vicio de la forma conceptuosa y disparatada. Las mismas vicisitudes que hemos se\u00f1alado en el curso y desarrollo de la poes\u00eda l\u00edrica, pueden indicarse en el Teatro, que descabellado y loco en los primeros a\u00f1os, despu\u00e9s ambiguo y confuso, m\u00e1s tarde \u00e1rido, atildado y fr\u00edo, pros\u00e1ico y rastrero al cabo, no fu\u00e9 Teatro verdadero hasta que Morat\u00edn le di\u00f3 nueva savia en los albores del presente siglo, inaugurando el brillante per\u00edodo del Teatro contempor\u00e1neo.<\/p>\n\n\n\n<p>Los errores de la primera \u00e9poca, que hab\u00edan llevado hasta el sumo delirio los desaciertos de la comedia antigua, olvidando por completo su grandioso sentido nacional y su pasmosa fuerza inventiva, son referidos por Morat\u00edn con mucho donaire, pero con alguna exageraci\u00f3n. Represent\u00e1banse, \u00e1 m\u00e1s de las farsas mitol\u00f3gicas, en que sin pizca de l\u00f3gica interven\u00edan mil divinidades y los manoseados h\u00e9roes de la antig\u00fcedad, multitud de tragicomedias de car\u00e1cter religioso, en las cuales, con la Virgen y San Jos\u00e9, alternaban figuras aleg\u00f3ricas de los vicios y virtudes, la Muerte, el Purgatorio&#8230; Esto no era m\u00e1s que una vil parodia de los antiguos autos. Hac\u00eda m\u00e1s triste la suerte del 4rte dram\u00e1tico la singular disposici\u00f3n de los corrales, que eran, tales como si en ellos no hubiese de entrar otra gente que la de baja ralea. El patio era sitio de pendencias, y las parcialidades que se hab\u00edan formado con visos de partidos literarios dirim\u00edan sus querellas en plena representaci\u00f3n, dirigidas por frailes libertinos y procaces: el teatro parec\u00eda m\u00e1s bien- desahogo de gente holgazana que recreo de lo m\u00e1s escogido de la sociedad.<\/p>\n\n\n\n<p>Los reformadores quisieron poner mano en esto; reformar \u00e1 la vez \u00e1 los autores, al p\u00fablico, \u00e1 la cr\u00edtica y hasta el local. Nasarre y Luz\u00e1n hicieron su profesi\u00f3n de fe publicando las reglas de la tragedia y la comedia cl\u00e1sicas; pero esto no bastaba. Querer producir hond\u00edsima transformaci\u00f3n en las arraigadas costumbres que el pueblo fomentaba y sosten\u00eda, era empresa loca. Las reglas no pasaban del gabinete de cuatro \u00f3 cinco literatos, que en vano se quemaban las cejas traduciendo \u00e1 Alfieri y \u00e1 Racine. Don Francisco Pizarro Piccolomini hab\u00eda ya traducido el <em>Cinna<\/em>; y en la mitad del siglo, don Juan de Trigueros tradujo el <em>Brit\u00e1nico<\/em>, y don Eugenio de Llaguno y Am\u00edrola la <em>Atalia<\/em>, que no llegaron \u00e1 representarse. \u00bfY c\u00f3mo hab\u00eda de tener entrada en los teatros esta literatura que s\u00f3lo pod\u00eda interesar \u00e1 personas de refinada ilustraci\u00f3n, literatura de la cual este pueblo, palpitante a\u00fan con las emociones de nuestro gran teatro, vivo, pintoresco, lleno de luz y verdad, nada pod\u00eda comprender, por no encontrar en ella ni sus afectos, ni sus pasiones, ni su lenguaje, ni su historia? La tragedia cl\u00e1sica francesa no tuvo, ni puede tener, ni tendr\u00e1 jam\u00e1s el don de interesar \u00e1 nuestro pueblo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 le importaban \u00e1 \u00e9ste el furor de Orestes ni la pasi\u00f3n de Fedra? Bien pronto hubieron de conocer los reformadores que la implantaci\u00f3n brusca del Teatro cl\u00e1sico, con su fr\u00edo, insubstancial paganismo, no pod\u00eda sustituir \u00e1 nuestra antigua Comedia, superior mil veces por la fuerza de su genio y a pintoresca hermosura y gracia de su forma. Content\u00e1ronse con aspirar \u00e1 la fusi\u00f3n de los dos sistemas, tomando del nuestro el esp\u00edritu, y visti\u00e9ndolo con la forma erudita del buen sentido y la ret\u00f3rica franceses, haciendo todo lo posible por hermanar el genio nativo espa\u00f1ol con los preceptos de la nueva cr\u00edtica. Esta era empresa tambi\u00e9n sumamente dif\u00edcil; y una prueba de la esterilidad del eclecticismo en materias de arte, est\u00e1 en las composiciones de Morat\u00edn (padre), de Cadalso y de Ayala, que quisieron en este terreno, como en el l\u00edrico, ser atrevidos innovadores, El <em>Guzm\u00e1n \u00e9l Bueno<\/em>, del primero, es obra en que nada hay digno de atenci\u00f3n, como confiesa el mismo don Leandro en el juicio, tan breve como poco ben\u00e9volo, que hace de ella. El <em>Sancho Garc\u00eda<\/em>, de Cadalso, no merece ni siquiera los honores de ser citado; y en la <em>Numancia destruida<\/em>, de don Ignacio de Ayala, no se revela ninguna de las cualidades del autor dram\u00e1tico; es un artificio \u00e1rido, pobre, incongruente y falto de sentido. El \u00fanico que acert\u00f3 fu\u00e9 Huerta, poeta del \u00faltimo tercio del siglo, que, \u00e1 pesar de las burlas de sus contempor\u00e1neos, especialmente de Morat\u00edn, burlas motivadas tal vez por su presuntuoso y d\u00edscolo car\u00e1cter, pose\u00eda cualidades eminentes y aptitud para el teatro, que, cultivadas en tiempos m\u00e1s felices, le habr\u00edan colocado al lado de los grandes dram\u00e1ticos del siglo XVIII. La <em>Raquel<\/em>, de Huerta, es la me- , jor, quiz\u00e1s la \u00fanica composici\u00f3n tr\u00e1gica espa\u00f1ola de su \u00e9poca.<\/p>\n\n\n\n<p>En los tiempos del Conde de Aran da la situaci\u00f3n local de los teatros mejor\u00f3 mucho: se regularizaron las compa\u00f1\u00edas, us\u00e1ronse trajes, decorosos, y la polic\u00eda, oportunamente introducida, di\u00f3 \u00e1 las representaciones el realce y brillo que siempre debieron tener. Con la creaci\u00f3n de teatros en los sitios reales y la creciente inclinaci\u00f3n de los nobles \u00e1 los espect\u00e1culos caseros, la escena espa\u00f1ola gan\u00f3 en gravedad y cultura; y ya en tiempo de Huerta se representaron en el Pr\u00edncipe y en la Cruz comedias originales \u00f3 traducidas, con toda la propiedad que el moderno arte esc\u00e9nico requiere.<\/p>\n\n\n\n<p>Mel\u00e9ndez, Iriarte y Jovellanos tambi\u00e9n probaron fortuna en el Teatro; y el primero, arrastrado por su innata afici\u00f3n, llev\u00f3 \u00e1 la escena todo el aparato de pastores y zagalas en la comedia de <em>Las bodas de <\/em><em>Camacho<\/em>, aberraci\u00f3n pastoril de lo m\u00e1s candoroso que imaginarse puede. El segundo, en su <em>Se\u00f1orito mimado<\/em>, hizo una obra que bien pod\u00eda llamarse did\u00e1ctica. Por la \u00edndole de su ingenio, el autor de la <em>M\u00fasica<\/em> y de las <em>F\u00e1bulas literarias<\/em> hab\u00eda de llevar \u00e1 la escena, \u00f3 una lecci\u00f3n moral dialogada, \u00f3 una moraleja desle\u00edda en tres actos. Por su parte, el esclarecido Jovellanos no estuvo tampoco muy feliz en su <em>Delincuente honrado<\/em>, donde hay gran expresi\u00f3n pat\u00e9tica, noble objeto moral, pero de ning\u00fan modo un drama con la estructura y la l\u00f3gica que le corresponden.<\/p>\n\n\n\n<p>El prosa\u00edsmo hizo estragos en el \u00faltimo tercio del siglo, y bien lo prueba Morat\u00edn cuando tuvo que dirigir la s\u00e1tira agud\u00edsima de su <em>Comedia nueva<\/em> contra los poetas de la estofa de don Eleuterio Crisp\u00edn de Andorra, prototipo de los m\u00e1s populares ingenios de entonces. La obra del ilustre <em>Inarco <\/em><em>C<\/em><em>elenio<\/em> es un fiel documento, ver\u00eddica historia del Teatro. All\u00ed se marca perfectamente la lucha y transici\u00f3n que di\u00f3 por resultado la gran reforma moratiniana, no con vanos preceptos, sino con la fuerza incontrastable de un agudo talento, que se impuso al pueblo, y domin\u00f3 y rehizo el gusto de la sociedad estragada.<\/p>\n\n\n\n<p>Expuesto, aunque ligeramente, el movimiento literario del pasado siglo, se encontrar\u00e1 su s\u00edntesis exacta diciendo que fu\u00e9 un descabellado conjunto de ridiculeces y vulgaridades mientras resisti\u00f3 \u00e1 la reforma, \u00f3 una imitaci\u00f3n est\u00e9ril y fr\u00eda cuando la acept\u00f3, sin que ninguno de estos dos aspectos expresara de modo alguno la vida nacional. En aquella serie inacabable de manifestaciones art\u00edsticas que se suceden con fatal fecundidad, \u00bfd\u00f3nde se oncuentra la vida nacional? \u00bfEst\u00e1 en los pastorileos de Mel\u00e9ndez, en las afectadas endechas de Cadalso, en la Petimetra de don Nicol\u00e1s Morat\u00edn, en las simplezas de Trigueros, en el misticismo ambiguo de fray Diego Gonz\u00e1lez? Prescindiendo del m\u00e9rito relativo de estos escritores, todos pueden ser confundidos en un com\u00fan anatema, todos son falsos. Si la vida del siglo XVIII se ha expresado en el arte, es de una manera indirecta, en el concepto do que la confusi\u00f3n, la falta de principios, la vacilaci\u00f3n, la lucha, la total carencia de unidad, que agitaron sordamente \u00e1 aqu\u00e9lla, se reflejan en \u00e9ste por el profundo caos de errores, dudas \u00e9 impotentes conatos que presenta. Indudablemente la sociedad, con sus sentimientos y sus memorias, su aspiraci\u00f3n y su esp\u00edritu, considerado ya individual, ya colectivamente, es el perpetuo asunto del arte: exteriorizar esto es el secreto de los ingenios privilegiados, que, como Calder\u00f3n y Shakespeare, ponen \u00e1 su tiempo un sello de inmortalidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuanto m\u00e1s examinamos las costumbres del siglo XVIII, m\u00e1s falsos y descoloridos nos parecen los millones de conceptos que produjeron los ingenios espa\u00f1oles en tan largo per\u00edodo; cuando pasamos la vista, aburridos y descorazonados, por las puerilidades buc\u00f3licas, por las simplezas mitol\u00f3gicas, por las huecas voces de la poes\u00eda llamada her\u00f3ica, por las hinchadas sentencias de los poemas did\u00e1cticos, echamos de menos al pueblo, que no late, que no respira en el fondo de aquel arte; que no anima ni aun con un d\u00e9bil aliento de su vida aquellas mil formas artificiosas; verdaderos maniqu\u00eds que pueden parecer hombres \u00e1 la vista de un ni\u00f1o \u00f3 de un observador superficial, pero que, examinados de cerca y atentamente, no son sino un tosco remedo del s\u00e9r humano. El pueblo, en su variedad infinita, y considerado en su verdadera acepci\u00f3n social, no existe all\u00ed donde todo es disciplinario y conforme al patr\u00f3n de una ret\u00f3rica erudita. Bajo este punto de vista, y prescindiendo por ahora de su intr\u00ednseco valor literario, puede considerarse \u00e1 don Ram\u00f3n de la Cruz como el \u00fanico poeta verdaderamente nacional del siglo XVIII. Y es, en efecto, desdicha para un siglo el que su m\u00e1s exacta expresi\u00f3n se halle en un pu\u00f1ado de sainetes que han corrido por mucho tiempo como obrillas de escaso valer y ninguna transcendencia. Con un descuido singular, como quien no sospecha su propia importancia, supo aquel ingenio retratar algunas fases de la vida de su \u00e9poca, y \u00e9sta, engre\u00edda, presuntuosa, pedantesca \u00e9 inmoral por esencia, llena de preocupaciones, y adem\u00e1s hip\u00f3crita, no comprendi\u00f3, mientras tomaba por lo serio los madrigales necios d\u00e9 sus poetas m\u00e1s aplaudidos, que era fielmente retratada en unos pasillos c\u00f3micos, fr\u00edvolos, pedestres, tabernarios \u00e1 veces, destinados s\u00f3lo \u00e1 hacer reir.<\/p>\n\n\n\n<p>Los tiempos her\u00f3icos tienen su expresi\u00f3n exacta en la tragedia cl\u00e1sica, cuya serenidad y elevaci\u00f3n son un traslado fiel de los caracteres antiguos; la gracia atildada y fr\u00eda del naturalismo, que anim\u00f3 \u00e1 aquellos pueblos, hab\u00eda de producir la literatura pagana, sencilla, tranquila, reposada, con cierto colorido de felicidad aun en medio de sus dolores, un poco artificiosa, muy pl\u00e1stica y sensual, como la religi\u00f3n que le di\u00f3 vida. Nuestro siglo XVI, pose\u00eddo de un alto sentimiento religioso, deslumbrado con el esplendor de sus propias empresas, extremado en sus sentimientos, algo presuntuoso, soberbio y locuaz, noble en sus aspiraciones, impetuoso, lleno de genial iniciativa, teniendo siempre en su valor una confianza algo petulante \u00e1 que no iguala sino su fe, no pod\u00eda producir sino el gran Teatro, que, desarrollado en la mitad de la siguiente centuria, fu\u00e9 el espejo de su existencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel noble Teatro que, como la sociedad que lo engendr\u00f3, tuvo la pasi\u00f3n exaltada, el misticismo \u00e1 la vez religioso y er\u00f3tico, la florida y abundante expresi\u00f3n de los afectos, la complicaci\u00f3n de los hechos, la sorpresa de los accidentes, es una mezcla feliz de dignidad y donaire, de exaltaci\u00f3n y nobleza, de gracia y verdad. La \u00e9poca de Luis XIV en Francia, primera etapa de la cortes\u00eda moderna, en que todo est\u00e1 medido y prescrito, \u00e9poca en que ni los versos se eximen de la etiqueta; d\u00edas de cultura sazonada por el estudio de lo antiguo, no siempre bien comprendido; imperio del buen sentido y de la discreci\u00f3n, no pod\u00eda tener m\u00e1s exacto espejo que aquella literatura rizada y compuesta, recortada, algo semejante al vestir de los hombres, siempre fina, comedida y respetuosa, sensata, pulcra, ingeniosa y viva, siempre con dignidad en la pasi\u00f3n y con aticismo en la iron\u00eda, pomposa y glacial en manos de Racine, intencionada y filos\u00f3fica en manos de Moliere. Por fin, el siglo XVIII en Espa\u00f1a, siglo de obscuridad, de preocupaciones, de luchas y dudas, que prev\u00e9 en su instinto una revoluci\u00f3n y no acierta \u00e1 darle realidad, ni se atreve \u00e1 intentarlo; que ve todo aquel pasado que se marcha y no comprende lo que ha de venir, ni se prepara \u00e1 una nueva vida; ese siglo sin principios, perdido en su misma confusi\u00f3n, sin saber que remedio poner \u00e1 los males que le degradan, \u00e1 la lepra que le corroe; siglo que se siente viejo, y desmoron\u00e1ndose se entretiene en hacer ovillejos en la academia del <em>Buen Gusto<\/em>, \u00bfqu\u00e9 mejor expresi\u00f3n de arte puede tener que aquellos sainetes que son un bosquejo fugaz, un rasgo, una sombra, una caricatura breve, r\u00e1pida, pero brillante y llena de agudeza; pinceladas donde \u00e1 una moment\u00e1nea luz se ven la miseria, la ignorancia, la falta de dignidad y la completa perversi\u00f3n del sentido moral?<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">V<\/h4>\n\n\n\n<p>Don Ram\u00f3n de la Cruz, que no fu\u00e9 un poeta obscuro en su tiempo, sino que, por el contrario, goz\u00f3 de merecida reputaci\u00f3n, del aprecio de todos, y aun recibi\u00f3 obsequios y agasajos de las m\u00e1s ilustres personas de la nobleza, no es hoy bien conocido en su vida privada ni en su vida literaria. El libro <em>Hijos ilustres de Madrid<\/em>, que public\u00f3 don Jos\u00e9 Alvarez Baena, contempor\u00e1neo suyo, nos da muy breves noticias, no suficientes para el conocimiento de aquel car\u00e1cter. Como las memorias y correspondencias de hombres c\u00e9lebres son en Espa\u00f1a muy escasas, por incuria de nuestros bibli\u00f3filos y coleccionistas, \u00f3 porque realmente no han sido abundantes, acontece que muchas ilustres \u00e9 interesantes vidas permanecen hoy olvidadas. Baena dice as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abDon Ram\u00f3n de la Cruz Cano y Olmedilla naci\u00f3 en la parroquia de San Sebasti\u00e1n, a\u00f1o de 1731, \u00e1 28 de Marzo, hijo de don Reymundo de la Cruz, natural de la villa de Canfranc, obispado de Jaca, y de do\u00f1a Rosa Cano y Olmedilla, natural de la Gascue\u00f1a. obispado de Cuenca. Es oficial mayor de la Contadur\u00eda de penas de C\u00e1mara y gastos de Justicia del Reino, individuo de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla y Arcade de los de Roma con el nombre de <em>Larisio Dianeo<\/em>. Su talento ha sido particular para la poes\u00eda c\u00f3mica, especialmente para los intermedios y loas. Las otras obras suyas que se han representado en ambos teatros del Pr\u00edncipe y la Cruz, con aplauso de las gentes, llegan \u00e1 un n\u00famero exorbitante, y en sus mismos t\u00edtulos manifiestan su alegre y jocosa \u00edndole. Tambi\u00e9n ha ejercitado su numen en algunas piezas mayores, propias \u00f3 traducidas, como zarzuelas y comedias, en cuya clase se cuentan varias \u00f3peras del abate Metastasio, traducidas \u00e1 nuestro idioma y aplicadas al genio de nuestro teatro. Don Juan Sempere hace en su ensayo de Biblioteca un gran cat\u00e1logo de todas ellas, y su autor las est\u00e1 dando \u00e1 luz en el d\u00eda (1791) por suscripci\u00f3n, y lleva publicados varios tomos en octavo, sin dejar por eso de trabajar piezas nuevas que se representan.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Poco espacio y una atenci\u00f3n ligera consagra Baena \u00e1 este ilustre hijo de Madrid, cuando ha llenado su voluminosa obra de apolog\u00edas \u00e1 un sinn\u00famero de personajes que la posteridad ha relegado al olvido. Pero esta escasez de noticias no nos importa. El conocimiento del hombre en la parte que nos interesa nos ser\u00e1 f\u00e1cil con la lectura de sus obras. Lo que nos importa es exponer, ya que hemos hecho una ligera rese\u00f1a del movimiento literario del siglo xvm, cu\u00e1l fu\u00e9 el estado social que engendr\u00f3 aquellas singulares obras de arte, averiguar c\u00f3mo nacieron y qu\u00e9 grado de fidelidad hay en tales retratos \u00f3 pinturas.<\/p>\n\n\n\n<p>La sociedad del siglo XVIII nos presenta en su composici\u00f3n y en su vida un fen\u00f3me\u00adno digno de estudio. Ella misma conoce que lleva en s\u00ed algo delet\u00e9reo y disolvente, y vive agitada por presentimientos; prev\u00e9 el trastorno, y no sabe si evitarlo ser\u00e1 una salvaci\u00f3n \u00f3 una desgracia peor. Los males org\u00e1nicos que el tiempo recrudece, han lie gado \u00e1 ser vislumbrados por la mayor parte de las gentes, y \u00e1 pesar de la ignorancia que nubla y obscurece todos los esp\u00edritus, \u00e9stos comprenden que han devenir profundas y graves perturbaciones. Entre tanto, los impulsos generosos, las aspiraciones \u00e1 algo nuevo y bueno, no bien determinadas; esas secretas inquietudes que lanzan \u00e1 los pueblos \u00e1 inesperados avances en los d\u00edas de m\u00e1s postraci\u00f3n, se estrellaban ante las trabas que un Gobierno desarrollado en la m\u00e1s vasta esfera de acci\u00f3n posible, les opon\u00eda. Mil resabios antiguos, preocupaciones, viej\u00edsimos h\u00e1bitos, eran como extensa red que todo lo comprend\u00eda, fuera de la cual \u00e1 ninguno era posible salir. No hubo \u00e9poca en Espa\u00f1a de mayor aton\u00eda mental, de m\u00e1s falsas nociones de todas las cosas; y como nuestro car\u00e1cter es apegado f\u00e1cilmente \u00e1 la costumbre, como por su innato esp\u00edritu de independencia es refractario \u00e1 innovaciones, no hab\u00eda fuerza capaz de realizarlas. Las tentativas nobil\u00edsimas de Feij\u00f3o por medio de escritos serios, del Padre Isla con sus obras humor\u00edsticas, y de Torres y Villarroel con sus s\u00e1tiras atrabiliarias, no consiguieron gran cosa; y si, esto, y la filosof\u00eda francesa y la influencia de la nueva dinast\u00eda, determinaron alguna transformaci\u00f3n en Espa\u00f1a, no fu\u00e9 el pueblo seguramente quien disfrut\u00f3 este beneficio. S\u00f3lo las clases altas recibieron alguna luz de los esfuerzos combinados de los reformadores de dentro y las ideas de fuera.<\/p>\n\n\n\n<p>El constante alejamiento del pueblo de los asuntos p\u00fablicos, su nulidad como poder pol\u00edtico, su ignorancia, su impotencia para salir del vergonzoso estado en que se hallaba, hac\u00edan que no llegara hasta \u00e9l la escasa luz que iluminaba esferas m\u00e1s altas. No exist\u00eda entonces como ahora ese eslabonamiento de las clases sociales que las pone en comunicaci\u00f3n directa unas con otras, y las obliga \u00e1 prestarse y cambiar ideas y sentimientos. En vez de esta armon\u00eda, hab\u00eda entonces confusi\u00f3n monstruosa, no fundada, ciertamente, en ning\u00fan principio igualitario, sino en la falta de dignidad y en una marcada relajaci\u00f3n de caracteres. La nobleza de aquel siglo, con muy raras excepciones, hab\u00eda ca\u00eddo en gran postraci\u00f3n: aunque no alejada enteramente del manejo de los negocios p\u00fablicos, no ten\u00eda ya la participaci\u00f3n de que goz\u00f3 en siglos anteriores; se vi\u00f3 no pocas veces postergada \u00e1 los franceses \u00e9 italianos que trajo la dinast\u00eda, y aunque figuraban constantemente en el Gobierno personajes titulados, los nombres aristocr\u00e1ticos m\u00e1s sonoros \u00e9 ilustres quedaban reducidos \u00e1 un secundario papel. La rancia aristocracia fu\u00e9 descendiendo; se la vi\u00f3 acercarse al pueblo, alternar con \u00e9l, compartir sus fiestas y hablar su lenguaje. \u00bfConsist\u00eda esto en que se hab\u00eda debilitado la rigidez de principios que constituy\u00f3 la antigua nobleza, por efecto de la difusi\u00f3n de la filosof\u00eda y del camino que se iba abriendo en Europa la idea de la igualdad? No: el car\u00e1cter de la nobleza se relaj\u00f3 por la inactividad; porque hab\u00edan acabado las empresas fabulosas que la crearon; porque hab\u00eda concluido, por causas de todos conocidas, la grandeza hist\u00f3rica del pueblo \u00e1 que pertenec\u00eda. La nobleza, en la antigua organizaci\u00f3n de las monarqu\u00edas europeas y en el apogeo del derecho divino, fu\u00e9 la fuerza y el alma de las naciones. Cuando principi\u00f3 \u00e1 iluminar \u00e1 la humanidad la luz de un nuevo derecho, y las viejas monarqu\u00edas aspiraron \u00e1 organizarse sobre bases nuevas y con elementos de otra \u00edndole, porque se sent\u00edan viejas y da\u00f1adas, el primer miembro en que se vieron s\u00edntomas de corrupci\u00f3n fu\u00e9 la nobleza, y esto ocurr\u00eda lo mismo en Francia que en Espa\u00f1a. Perdido su papel hist\u00f3rico, la aristocracia se achica, se hace familiar, campea en los salones, se ocupa de aventuras galantes, baja m\u00e1s cada vez, y por \u00faltimo, llega al nivel de la plebe, con quien se junta, no para consolarla y apoyarla, sino para imitar su llaneza y desenfado. Parece como que se cansa del desabrido papel que hace en el mundo,, y quiere permitirse alg\u00fan desahogo cuando- est\u00e1 fuera de escena. La verdadera cultura, fomentada por la irrupci\u00f3n,de las nuevas ideas, reside verdaderamente entonces en una especie de clase oficial, origen de nues\u00adtra poderosa burocracia moderna.<\/p>\n\n\n\n<p>En tanto, el pueblo, falto de luces, lleno de errores, indolente, trabajando por h\u00e1bito, no por deber, sin ver ning\u00fan camino abierto ante s\u00ed, ni entender nada de lo que pasa en derredor suyo, acepta impasible la fraternidad de la grandeza, y, por fin, llegando al colmo de la confusi\u00f3n, imita como es imitado, se codea con los us\u00edas, remeda sus graves modales, su tono, se disfraza \u00e1 veces con su traje, y es una vil parodia de los caballeros que descienden hasta \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>La clase media no era este bloque del siglo XIX, poderoso por la riqueza; era entonces una clase ambigua sin aliento ni car\u00e1cter, determinada en la sociedad por su ineficaz aspiraci\u00f3n \u00e1 formar una verdadera jerarqu\u00eda, con influencia y acci\u00f3n propias. En ella campeaban mil peque\u00f1as vanidades, mil petulancias que cifran en la representaci\u00f3n exterior el prestigio de la clase.<\/p>\n\n\n\n<p>En el siglo XVII, cuando a\u00fan viv\u00edamos con muestra vida, eran los espa\u00f1oles m\u00e1s graves j serios, se pagaban menos de la representaci\u00f3n exterior, y, aunque algo vanos y engre\u00eddos, siempre fundaron su orgullo en prendas morales, y m\u00e1s que todo en el valor. Entonces, todos los que viv\u00edan en la corte aspiraban \u00e1 caballeros, y no empleaban (salvo la canalla picaresca) otro medio que la bravura. El que no la ten\u00eda, la figuraba: de aqu\u00ed los guapos, jaquetones y chuscos. Despu\u00e9s la presunci\u00f3n toma formas muy distintas, se afemina, se degrada; la galanter\u00eda que suaviz\u00f3 las costumbres, relaj\u00f3 al propio tiempo la virilidad de los caracteres, porque en el juego pastoril y \u00e1tico que sustituy\u00f3 al galanteo rom\u00e1ntico de los buenos tiempos, hab\u00eda un gran fondo de mentira. Aument\u00f3 el desenfado en las mujeres, la despreocupaci\u00f3n en los maridos, la solapada astucia en los galanes. Estos ya no eran los audaces aventureros que se acuchillaban por sus damas, y asaltaban, si era preciso, el hogar dom\u00e9stico: eran intrigantes que seduc\u00edan con halagos ma\u00f1osos, y se introduc\u00edan en las casas furtivamente \u00f3 con disfraz. La mujer no era ya aquel basilisco de honor que miraba en s\u00ed. las cualidades del armi\u00f1o; fu\u00e9 m\u00e1s f\u00e1cil, m\u00e1s accesible, m\u00e1s discreta y ondulante en su trato; se pag\u00f3 m\u00e1s de la moda, de los afeites y vanidades que le dan realce exterior, mientras los j\u00f3venes fueron m\u00e1s relamidos, menos generosos, m\u00e1s astutos, y se pagaron tambi\u00e9n m\u00e1s de los atractivos superficiales. Ya no hab\u00eda damas y galanes; hab\u00eda <em>petimetr<\/em><em>as<\/em> y <em>currutacos<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Al mismo tiempo, la familia se relajaba en los lazos que m\u00e1s la estrechan y robustecen. La religi\u00f3n hab\u00eda concluido por en cenagarse en un lodazal de preocupaciones. Muestra inequ\u00edvoca del estado de vileza \u00e1 que llegaron las creencias en la literatura religiosa, tenemos en los sermones satirizados por el Padre Isla en su <em>Fray Gerundio<\/em>, y sin duda los torpes errores que ofuscaban las conciencias fueron la causa de que se \u2018 entibiara la fe religiosa, que ya no cautivaba las almas con la pureza y la sencillez de los primitivos s\u00edmbolos; era un b\u00e1rbaro delirar en que se mezclaban \u00e1 vulgares remedos de lo divino lo m\u00e1s grosero y mundano. En el seno de las familias esta evoluci\u00f3n fu\u00e9 tanto m\u00e1s funesta, cuanto que en aquella sociedad, cuya fe se apagaba, cuyo depurado sentimiento del honor se extingu\u00eda, no hubo una irrupci\u00f3n de nociones morales filos\u00f3ficas que llenaran aquel vac\u00edo. La filosof\u00eda, si alguna vino, lejos de curar el mal, lo agravaba, y no pod\u00eda inyectar en el dolorido y extenuado cuerpo social la sangre joven y fresca que \u00e9ste necesitaba. Aflojados los lazos morales, fu\u00e9 el matrimonio lo que primero se resinti\u00f3: las uniones il\u00edcitas, si no menudearon m\u00e1s que en el siglo anterior, fueron m\u00e1s descaradas, y el adulterio principi\u00f3 \u00e1 ser, si no disculpable, por lo menos tolerado sin esc\u00e1ndalo en las clases bajas, y visto como cosa corriente y con asomos de falsa elegancia en las superiores.<\/p>\n\n\n\n<p>En tanto el pueblo guardaba bien su antiguo car\u00e1cter, arrogante y desenvuelto, ten\u00eda particular empe\u00f1o en satirizar \u00e1 los individuos de la clase media, \u00e1 los que adoptaban trajes ridiculamente ostentosos, y \u00e1 las mujeres de equ\u00edvoca virtud, que se daban aire de grandes se\u00f1oras. El manolo y la manola, personajes picados de orgullo, de una entereza \u00e1 veces c\u00f3mica, miraban con cierto desd\u00e9n \u00e1 los burgueses de la Montera y de Jacometrezo: ella, sobre todo, la dama ae Lavapi\u00e9s y de Maravillas, con su brusquedad desenfadada y su puntillo de honor quisquilloso, se cree m\u00e1s noble, m\u00e1s alta, m\u00e1s espa\u00f1ola que la se\u00f1ora de los buenos barrios, contaminada por la nueva moda y las ex\u00f3ticas costumbres. La majeza plebeya no cesaba de aplicar apodos ingeniosos \u00e1 la gente fina, juzg\u00e1ndose \u00e1 veces harto ofendida con su trato.<\/p>\n\n\n\n<p>Nuestra legislaci\u00f3n eclesi\u00e1stica era funesta entonces, m\u00e1s defectuosa \u00e9 incongruente a\u00fan que hoy. La desamortizaci\u00f3n y el Concordato han modificado mucho aquel monstruoso derecho, que Floridablanca y Jovellanos atacaron sin tregua como un grave mal. Nuestra empleoman\u00eda moderna no puede dar idea de lo que era aquel asalto \u00e1 los bienes eclesi\u00e1sticos, inmensos entonces. A m\u00e1s de la multitud de cl\u00e9rigos y frailes, la provisi\u00f3n de beneficios simples hecha en favor de j\u00f3venes ordenados de primera tonsura, elev\u00f3 la cifra \u00e1 un grado exorbitante. Millares de individuos se disputaban estos beneficios, sin ocupaci\u00f3n can\u00f3nica efectiva de ninguna especie, sin residencia ni papel alguno en la Iglesia: su trabajo era cobrar. Los principales entre estas sanguijuelas eran los abates, gente holgazana, afeminada, inmoral por lo com\u00fan. No hay clase ninguna, en nuestra actual sociedad, que pueda&#8217; dar idea de aquellos h\u00edbridos personajes, excrescencias del estado eclesi\u00e1stico, seres cuyo puesto oficial era desconocido. La influencia de estos vagos en la familia fu\u00e9 desastrosa: por su estado, ten\u00edan abiertas las puertas de todas las casas; se entreten\u00edan en hacer m\u00fasica y cantarla, en inventar modas y dirigirlas, en presidir el tocador de las petimetras, en hacer malos versos y escribir cartas necias; eran, por lo general, como juglares \u00f3 bufones en las tertulias elegantes. Lo mismo alternaban con el pueblo que con las clases encumbradas; y para colmo de degradaci\u00f3n, estos individuos, que no siempre hac\u00edan el amor por su cuenta, eran los m\u00e1s intrigantes urdidores de aventuras ajenas, llevando, escudados por su hipocres\u00eda, el desorden y la corrupci\u00f3n al seno de las familias. \u00a1Oh! \u00bfno eran m\u00e1s dignas de consideraci\u00f3n las terceras y busconas del siglo XVII, y aun las repugnantes celestinas del XVI?<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien: esos nobles degradados, esos <em>us\u00edas<\/em> que arrastran su orgullo por los garitos de la plebe, esos maridos blandos de la clase media, esas esposas traviesas, esas petimetras, esos cortejos, esos pisaverdes hambrientos con \u00ednfulas de se\u00f1ores, esos manolos orgullosos, esas majas llenas de donaire j presunci\u00f3n, esos abates desvergonzados, constituyen el teatro de don Ram\u00f3n de la Cruz, y son las figuras que forman, en su perpetuo movimiento y en la variedad de sus colores, la vida de aquellas breves y epigram\u00e1ticas escenas.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">PARTE SEGUNDA<\/h3>\n\n\n\n<p><strong>Tipos de la clase media: los Petimetres, los Cortejos,, los Abates.\u2014Tipos del pueblo: la Maja, el Manolo, los Payos.\u2014Juicio de los contempor\u00e1neos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">I<\/h4>\n\n\n\n<p>Cuando leemos con alguna detenci\u00f3n, y con la paciencia que el caso requiere, los cien sainetes coleccionados por la <em>Uni\u00f3n literaria<\/em>, nos asombra y cautiva el ingenio que don Ram\u00f3n de la Cruz, escritor hoy casi desconocido, emple\u00f3 en la creaci\u00f3n de tantas y tan variadas obrillas. En el teatro solemos ver algunas, como <em>La Comedia de Maravillas<\/em> y <em>La Casa de t\u00f3came Roque<\/em>; pero esto no basta para conocer el singular talento de aquel poeta, y menos para formar juicio de la sociedad en que vivi\u00f3 y que supo retratar con rasgos tan felices. En la colecci\u00f3n citada, muy superior \u00e1 la que hizo el autor, de 1786 \u00e1 1791, poniendo en lugar secundario los sainetes, como inferiores \u00e1 sus sopor\u00edferas comedias, es donde est\u00e1 la sociedad madrile\u00f1a del siglo XVIII, en los mismos a\u00f1os en que aterraban al mundo los primeros rugidos de la revoluci\u00f3n francesa, precursora de grandes mudanzas fuera de Espa\u00f1a y aqu\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Los sainetes pueden dividirse en dos grupos: unos son cuadros populares con un colorido local madrile\u00f1o muy marcado, con abundancia extraordinaria de figuras, mucha fuerza de colorido, gran viveza y pro\u00adpiedad en el di\u00e1logo, v una gracia inimitable, pero con escasa \u00f3 trivial acci\u00f3n; otros son peque\u00f1as f\u00e1bulas dram\u00e1ticas con aspiraci\u00f3n \u00e1 comedias, caracteres de la clase media, vicios y virtudes de los m\u00e1s generales y dignos de la s\u00e1tira, movimientos teatrales bien ideados, pero mal expresados generalmente; acci\u00f3n y fin moral que, si bien recto y honrado, no siempre es airoso y art\u00edstico. En estos sainetes con molde de comedia, es donde mejor y m\u00e1s pronto se encu\u00e9ntrala sociedad de aquel tiempo. Verdad es que en lo que llamamos primer grupo se manifiesta el ingenio de Cruz en su propia esfera; en aquellos cuadros populares, no imitados por nadie, es tal la gracia de las figuras y tan grande la fuerza c\u00f3mica del lenguaje, que pueden ser considerados como modelos acabados del sainete. Son un simple bosquejo, un dibujo, un grupo de figuras presentadas sin asunto importante que las mueva, ni m\u00e1s encanto que su propia gracia \u00f3 ridiculez. Pero en el segundo grupo, pintura de las costumbres y tipos de todas las clases sociales, hallamos, \u00e1 vuelta de una pobreza grande de conocimientos teatrales y de una noci\u00f3n muy incompleta de la verdadera comedia, rasgos muy felices de expresi\u00f3n, y sobre todo, una incalculable abundancia de humanos documentos hist\u00f3ricos.<\/p>\n\n\n\n<p>Los caracteres dominantes en aquella sociedad, no nos son conocidos hoy sino por estas obras de una frivolidad sin escr\u00fapulo producidas con f\u00e1cil espontaneidad por una imaginaci\u00f3n privilegiada que entrev\u00e9 un ideal; pero que por su carencia de luces y la funesta influencia del siglo en que vivi\u00f3, es incapaz de realizarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Ram\u00f3n de la Cruz, de quien dice Morat\u00edn con justicia que fu\u00e9 el \u00fanico que comprendi\u00f3 entonces la \u00edndole de la buena comedia, aparece en un per\u00edodo literario influencionado por lo conceptuoso y lo convencional. Pero \u00e9l se conserva puro; y si no supo m\u00e1s, si no tuvo la educaci\u00f3n que \u00e1 su privilegiado entendimiento correspond\u00eda, en cambio no cay\u00f3 en los errores de que no se libraron otros de m\u00e1s saber y experiencia. A fines del pasado siglo, influido por los petulantes detractores de nuestro Teatro nacional, y al mismo tiempo recibiendo su inspiraci\u00f3n directamente del pueblo, sin otra regla que la observaci\u00f3n, encari\u00f1ado siempre con unos mismos modelos, fu\u00e9 un notable pintor de costumbres. Perteneciendo \u00e1 la raza de los grandes artistas, no lleg\u00f3 \u00e1 serlo, porque la fatalidad del tiempo y del lugar le priv\u00f3 de esa luz que en los culminantes d\u00edas de la historia literaria ense\u00f1a \u00e1 los privilegiados ingenios caminos ignorados de todo el mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>La sociedad que vive y bulle en los sainetes es original\u00edsima: cuando se la ve, movida por sus pasiones; cuando se oye su lenguaje, y se observan sus fr\u00edvolos pasatiempos, nos da espanto el considerar lo que fuimos, y causa estra\u00f1eza que una sociedad haya atravesado tan rara crisis y haya podido en sus transformaciones llegar \u00e1 ofrecer una faz tan opuesta \u00e1 su antiguo car\u00e1cter, perpetuado en luengos siglos, antes que la influencia francesa viniese \u00e1 modificarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>La introducci\u00f3n de la cultura francesa en nuestras costumbres produjo, al principio,, y mientras las ideas y revoluciones del presente siglo no empezaron \u00e1 dejar sentir sus efectos, muchas monstruosidades y ridiculeces. Nuestros caballeros, con todas sus viriles cualidades, desaparecieron bajo el oropel de las galas nuevamente introducidas; su afeminaci\u00f3n no tuvo l\u00edmites; sus ocupaciones no fueron las armas ni la caza, ejercicios que dan temple al cuerpo y vigor al \u00e1nimo, ni las letras, ni los honrados y apasionados amores, sino el vano galanteo, la poes\u00eda de sal\u00f3n, las modas, las trivialidades del tocador y de la tertulia. El caballero, el gal\u00e1n espa\u00f1ol, hermoso tipo de lealtad y nobleza, que cautiva y asombra en el siglo XVI, es en la segunda mitad del xvm un tipo degradado, todo chocarrer\u00edas y afeminaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>La figura del galanteador aparece en el teatro de don Ram\u00f3n de la Cruz con tal frecuencia, que es raro el sainete en que no interviene. El petimetre, joven de la clase media, no tiene m\u00e1s oficio que vestirse \u00e1 la \u00faltima moda y alternar.con los abates en el tocador de las damas: no le iguala ni el incre\u00edble del tiempo del Directorio en Francia. El c\u00e9lebre sainetista le trata con la dureza que merece, y es sobrado fuerte en la acentuaci\u00f3n de los rasgos de esta caricatura, lo cual prueba cu\u00e1n grave y general era entonces aquella plaga. Donde mejor retratado se halla es en <em>El Petimetre<\/em>, cuyo h\u00e9roe, don Soplado, es uno de los tipos m\u00e1s c\u00f3micos que cabe imaginar. En las primeras escenas ae esta pieza, escrita y dialogada con una gracia y una fuerza c\u00f3mica que no desde\u00f1arla Moliere, se puede ver cu\u00e1l era la vida de un elegante en el siglo XVIII.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Soplado se levanta \u00e1 eso de las diez, y ya le aguarda el peluquero, personaje \u00e1 quien la moda de los peinados con polvos di\u00f3 en aquel tiempo un puesto muy importante en la escala social. Por una anomal\u00eda hoy dif\u00edcil de comprender, don Soplado toma un libro de misa y reza el Oficio divino mientras el F\u00edgaro le peina: \u00e9ste es un detalle de los m\u00e1s picantes que se encuentran en el sainete, y marca como nada el estado de las costumbres. El buen se\u00f1or, cuya vida se consagra por entero \u00e1 la moda, \u00e1 presidir el tocador de las damas, \u00e1 dar las leyes del buen gusto en materia de vestidos y \u00e1 todo lo m\u00e1s trivial y necio del mundo, no puede prescindir de rezar el Oficio con verdadera devoci\u00f3n. Con su rezo intercala las advertencias al peluquero, y le dice:<\/p>\n\n\n\n<p>Mirad<\/p>\n\n\n\n<p>que ayer dicen que llevaba<\/p>\n\n\n\n<p>tres pelos m\u00e1s en un lado,<\/p>\n\n\n\n<p>y un canto de real de plata<\/p>\n\n\n\n<p>m\u00e1s levantado ese bucle.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n da rienda suelta el peluquero \u00e1 sus chismes, contando an\u00e9cdotas de las damas \u00e1 quienes ha peinado aquella ma\u00f1ana; y en esto entran algunos amigos, entre los cuales viene un tal don Zoilo, abate que ha pasado algunos a\u00f1os en el extranjero. La conversaci\u00f3n recae, \u00e1 poco de empezada, sobre las cosas de nuestro pa\u00eds, sus adelantos \u00f3 atrasos con respecto \u00e1 los dem\u00e1s de Europa, y el reci\u00e9n venido hace una pintura muy exacta de la transformaci\u00f3n que la moda estaba realizando en esta sociedad (1). Pero en materia de adelantos, para don Soplado no hay otros que los de la etiqueta y el tocador, los de las finas esencias, lazos y perenden\u00adgues. Es chistos\u00edsimo cuando, al terminar sus afeites, hace traer varios frascos con dis\u00adtintas esencias, y moja en ellos una gran cantidad de pa\u00f1uelos, diciendo:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No me vea en la desgracia<\/p>\n\n\n\n<p>del otro d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfQu\u00e9 fue?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Varios pa\u00f1uelos llevaba<\/p>\n\n\n\n<p>rociados de las mejores<\/p>\n\n\n\n<p>y m\u00e1s exquisitas aguas,<\/p>\n\n\n\n<p>y se le antoj\u00f3 el olor<\/p>\n\n\n\n<p>del clavel \u00e1 cierta dama:<\/p>\n\n\n\n<p>pidi\u00f3melo, y yo, que acaso<\/p>\n\n\n\n<p>entonces no le llevaba,<\/p>\n\n\n\n<p>discurrid cu\u00e1l quedar\u00eda,<\/p>\n\n\n\n<p>sorprendido, hecho una estatua,<\/p>\n\n\n\n<p>corrido; \u00e9stos son los lances<\/p>\n\n\n\n<p>en que los hombres se atrasan<\/p>\n\n\n\n<p>sus carreras, y es un caso<\/p>\n\n\n\n<p>que en las historias no se halla.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso ahora siempre voy<\/p>\n\n\n\n<p>hecho una botica.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo este di\u00e1logo es de primer orden: las disertaciones de don Soplado y don Zoilo sobre lo que entienden por buen gusto, exceden \u00e1 todo encarecimiento por lo saladas y divertidas. Por lo dem\u00e1s, el sainete apenas tiene acci\u00f3n: mudada la escena, aparece una familia en que hay dos petimetras y un padre, que cose mientras sus hijas recitan seguidillas y leen comedias. Don Soplado, presentando en esta sociedad \u00e1 su amigo don Zoilo, que viene de Par\u00eds, dice:<\/p>\n\n\n\n<p>Este sujeto<\/p>\n\n\n\n<p>ha ido \u00e1 estudiar las ciencias<\/p>\n\n\n\n<p>\u00e1 las Cortes: trae secretos<\/p>\n\n\n\n<p>para disimular pecas<\/p>\n\n\n\n<p>de rostro, limpiar bloudiuas,<\/p>\n\n\n\n<p>quitar manchas, lavar medias,<\/p>\n\n\n\n<p>y otros grandes intereses<\/p>\n\n\n\n<p>de la naci\u00f3n&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>En este segando cuadro no hay tampoco acci\u00f3n: domina el di\u00e1logo vivo, ingenioso, verdadero, bastante inclinado \u00e1 la caricato* ra, muy semejante al de <em>Las Preciosas Rid<\/em><em>\u00ed<\/em><em>culas<\/em>. Ni un instante fatiga la lectura: to-do respira vida y verdad; los rid\u00edculos personajes hablan su propio y natural lenguaje, rico en gracia y color (2).<\/p>\n\n\n\n<p>En el <em>Petimetre burlado<\/em> hay un conato de lecci\u00f3n moral de esas que Cruz da con tan buena intenci\u00f3n como poca gracia. Quiere castigar al rid\u00edculo gal\u00e1n con uno de los mil recursos que se emplean al final de las obras dram\u00e1ticas, como para satisfacer el vulgar deseo del p\u00fablico de ver aplicado un castigo material al vicioso, sin comprender que el verdadero castigo est\u00e1 en la exhibici\u00f3n, en \u00ab1 menosprecio que excita, y no en esos golpes finales de una l\u00f3gica tan enf\u00e1tica como in\u00fatil. El petimetre no necesita m\u00e1s correctivo que su propia ridiculez, y \u00e9ste es el que con m\u00e1s donaire le aplica el c\u00e9lebre sainetista en casi todas sus obras. La damisela presumida \u00f3 petimetra es tambi\u00e9n un elemento indispensable en los dramas de Cruz: de este tipo no nos quedan sino restos, y no podemos asimilarlo \u00e1 lo que hoy se llama una mujer elegante. Aqu\u00e9lla ten\u00eda algo de la <em>preciosa<\/em> francesa, y sin dejar de ser esclava de la moda y del buen gusto, se asemejaba mucho al tipo <em>cursi<\/em> de nuestros d\u00edas; era menos que la gran dama y menos que la coqueta; era un conjunto de frivolidad y tonter\u00eda, de que la mujer moderna, cualesquiera que sean sus defectos, no puede dar idea. Las petimetras aparecen en todos los sainetes, aun en los de m\u00e1s baja estofa, y son siempre las mismas, traviesas, empalagosas, ya por el estilo de la que hoy llamamos una rom\u00e1nti\u00adca, ya asimilables \u00e1 las que designamos con nombres m\u00e1s concretos, si bien un poco menos pudorosos.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">II<\/h4>\n\n\n\n<p>Pero hay en estos admirables grupos de caricaturas un tipo que representa el vicio fundamental de aquella sociedad, al cual dirige principalmente el sainetista su punzante s\u00e1tira. Este tipo es el cortejo, palabra que hoy resuena un poco mal, y que entonces era de uso corriente. El cortejo aparece en el Lavapi\u00e9s, en los c\u00edrculos de la clase media, en los de la clase alta, en las reuniones del Prado, de San Isidro, en las casuchas de Maravillas, en las casas de T\u00f3came Roque, en los bodegones del Rastro, en las tabernas de las Vistillas \u00f3 Embajadores. El cortejo es el fundamento de todas las intrigas y el tema de todos los di\u00e1logos: \u00e1 cortejar aspiran los petimetres, y sobre tan delicado punto charlan las petimetras en su\u00bb tertulias de confianza. Para que se comprenda \u00e1 qu\u00e9 punto lleg\u00f3 la relajaci\u00f3n de costumbres, y cu\u00e1nto se rebaj\u00f3 y degrad\u00f3 el antiguo car\u00e1cter castellano, basta conocer la terrible propagaci\u00f3n del adulterio, vicio- desorganizador de la familia. No s\u00f3lo en el teatro de Cruz, que como tomado del natural es verdadero documento hist\u00f3rico, sino en otras muchas fuentes, se adquiere la triste verdad. La depravaci\u00f3n cund\u00eda pasmosamente, no s\u00f3lo en las grandes ciudades, sino tambi\u00e9n en los pueblos, y es bien claro que aquella sociedad conoc\u00eda su propio mal y no lo ocultaba. De esta creencia general, de esta opini\u00f3n com\u00fan, hallamos muestras en todos los sainetes, donde es frecuente que los personajes serios se quejen de la corrupci\u00f3n del tiempo. En <em>La duda satisfecha<\/em>, discurriendo unos labriegos sobre este espinoso asunto, dice una mujer:<\/p>\n\n\n\n<p>Se\u00f1ores: todo eso es prosa,<\/p>\n\n\n\n<p>y llevado del concepto<\/p>\n\n\n\n<p>de algunos estrafalarios<\/p>\n\n\n\n<p>y rid\u00edculos engendros<\/p>\n\n\n\n<p>que quieren hacer creer<\/p>\n\n\n\n<p>que el mundo hace un siglo \u00f3 menos<\/p>\n\n\n\n<p>era un santo y hoy un diablo.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre esta cuesti\u00f3n se discurre sin tregua en todos los sainetes, en que la man\u00eda de cortejar aparece satirizada. Las viejas que presentan \u00e1 sus hijas en el mundo, las mismas petimetras desenvueltas, ciertas casadas que profesan y practican una c\u00f3moda dioso f\u00eda, todas hablan de la moral de su siglo, compar\u00e1ndola con la de los anteriores. En el sainete La oposici\u00f3n \u00e1 cortejo dicen do\u00f1a Laura y do\u00f1a Elvira:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014La mujer casada no<\/p>\n\n\n\n<p>puede tener mayor riesgo<\/p>\n\n\n\n<p>que el enojo del marido<\/p>\n\n\n\n<p>\u00f3 la sospecha.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ese cuento<\/p>\n\n\n\n<p>al principio de este siglo<\/p>\n\n\n\n<p>dicen que lo recogieron.<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de la exageraci\u00f3n que hay en este rasgo, se comprende toda su exactitud, y es f\u00e1cil conocer la despreocupaci\u00f3n y desenfado que entonces cund\u00edan, matando tantos nobles sentimientos y tradicionales virtudes. En otro sainete (<em>El Prado por la noche<\/em>), dicen unas damas:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Qu\u00e9 necios<\/p>\n\n\n\n<p>y qu\u00e9 pesados que son,<\/p>\n\n\n\n<p>amiga, todos los viejos!<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Antes: ya de algunos d\u00edas<\/p>\n\n\n\n<p>\u00e1 esta parte se han dispuesto<\/p>\n\n\n\n<p>mejor las cosas; que antes<\/p>\n\n\n\n<p>era el mueble m\u00e1s molesto<\/p>\n\n\n\n<p>del mundo cualquier marido.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En este siglo se han puesto<\/p>\n\n\n\n<p>las cosas en un gran pie.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque los di\u00e1logos de Cruz son caricaturas, f\u00e1cil es comprender, disminuyendo un poco la acentuaci\u00f3n de ciertos rasgos, el sentir y el pensar de aquella gente. Nos quejamos hoy de nuestra sociedad, sin reparar en lo que ha ganado en consistencia moral desde aquel tiempo; entonces, sin perder antiguas deformaciones, se aceptaban multitud de ideas desorganizadoras, nacidas del desmayo de los caracteres. Entonces empez\u00f3 la libertad en las relaciones il\u00edcitas, y la tolerancia un poco elegante con que eran miradas: no aterraba \u00e1 las damas, ni aun \u00e1 las familias, inexorables siempre con la pobre soltera, la idea de que se las se\u00f1alara como contaminadas de relajaci\u00f3n. Antes bien, no parec\u00edan desmerecer en eso, y hablaban de tales cosas con c\u00ednica naturalidad. Oigamos c\u00f3mo se explica una dama, dando consejos \u00e1 otra sobre el particular. La pintura es fuerte; pero en el fondo resplandece la verdad. Por boca de los innumerables personajes de Cruz podemos decir que habla la sociedad con la voz ahuecada y contrahecha, es cierto, pero siempre sincera y veraz.<\/p>\n\n\n\n<p>La dama dice as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Amiguita: es necesario<\/p>\n\n\n\n<p>que usted se vaya con tiento,<\/p>\n\n\n\n<p>que es materia delicada<\/p>\n\n\n\n<p>esto de elegir cortejo;<\/p>\n\n\n\n<p>y no se pague al instante<\/p>\n\n\n\n<p>de lo buen mozo, porque eso<\/p>\n\n\n\n<p>la que est\u00e1 de conveniencias<\/p>\n\n\n\n<p>muy sobrada puede hacerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Para usted lo que le es m\u00e1s<\/p>\n\n\n\n<p>conveniente es uno bueno<\/p>\n\n\n\n<p>que haga \u00e1 todo; verbigracia:<\/p>\n\n\n\n<p>que supla el escaso sueldo<\/p>\n\n\n\n<p>del marido, \u00f3 le acomode<\/p>\n\n\n\n<p>mejor; que tenga talento<\/p>\n\n\n\n<p>para compraros las cintas,<\/p>\n\n\n\n<p>flores, gasas, todo aquello<\/p>\n\n\n\n<p>que se os ofrezca, y que tenga<\/p>\n\n\n\n<p>para acompa\u00f1aros dentro<\/p>\n\n\n\n<p>y fuera de casa, poca<\/p>\n\n\n\n<p>sujeci\u00f3n y muchos pesos.<\/p>\n\n\n\n<p>El esp\u00edritu de estos versos domina en casi todos los sainetes. Hablar de tales cosas es natural y corriente, y asombra el considerar qu\u00e9 dosis de tolerancia hab\u00eda en un p\u00fablico que escuchaba en calma apreciaciones tan crudas. Por \u00faltimo, citaremos un di\u00e1logo que hallamos en La Comedia casera: en una tertulia, un caballero se dirige \u00e1 dos ni\u00f1os, hembra y var\u00f3n, que cuchichean en un extremo de la sala.<\/p>\n\n\n\n<p>D. Fad. \u00bfPor qu\u00e9 no jug\u00e1is, chiquillos?<\/p>\n\n\n\n<p>Ni\u00f1o. Ya jugamos.<\/p>\n\n\n\n<p>D.Fao. Yo no os veo<\/p>\n\n\n\n<p>sino cuchichear.<\/p>\n\n\n\n<p>Ni\u00f1a. Es que<\/p>\n\n\n\n<p>jugamos \u00e1 los cortejos.<\/p>\n\n\n\n<p>D. Fad. Y decidme, vidas m\u00edas,<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfqui\u00e9n os ense\u00f1\u00f3 ese juego?<\/p>\n\n\n\n<p>Ni\u00f1a. \u00a1Qu\u00e9 pregunt\u00f3n es el hombre!<\/p>\n\n\n\n<p>Esto se aprende de verlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Son asimismo inagotable recurso en estas breves obras de arte las viudas coquetas y casquivanas, las viejas verdes que se enamoran de sus lacayos, las devotas rid\u00edculas, las literatas, las madres busconas como la do\u00f1a Orosia, de <em>La oposici\u00f3n \u00e1 cortejo<\/em>. En tipos de mujer, ninguno tan c\u00f3mico y verdadero, descontada la exageraci\u00f3n, como el de Do\u00f1a Mar\u00eda Estropajo, en el sainete La presumida burlada, comedia burlesca de construcci\u00f3n irreprochable, cosa rara en nuestro sainetista. El pensamiento se deriva del Bourgeois Gentilhomme, y est\u00e1 desarrollado con una ligereza y una gracia inimitables. Es una mozuela, especie de pre\u00adciosa improvisada, que por casamiento con hombre de buena posici\u00f3n, su antiguo amo, quiere hacer el papel de gran dama, y celebra fiestas y recepciones, donde su vanidad, sus contiendas con los criados, las lucubraciones de cierto abate maestro de m\u00fasica, los di\u00e1logos de las visitas, y por \u00faltimo la aparici\u00f3n intempestiva de los padres, unos infelices payos que vienen del pueblo \u00e1 visitar \u00e1 su hija, \u00e1 quien enviaron \u00e1 servir, provocan incidentes variados y chistosos.<\/p>\n\n\n\n<p>Completan el cuadro de esta singular sociedad los abates, que var\u00edan de aspecto, aunque en el fondo son siempre los mismos seres par\u00e1sitos, in\u00fatiles, enredadores \u00e9 intrigantes. Muy mala deb\u00eda ser la opini\u00f3n que el vulgo ten\u00eda de estos hombres en aquel tiempo, porque en todos los documentos de la \u00e9poca se les trata con gran menosprecio. En un n\u00famero del <em>Diario de Madrid<\/em> de 1788 hay un art\u00edculo en que, hablando de cierto rosario que celebraron los c\u00f3micos de la corte, se dice as\u00ed, alabando su piedad y devoci\u00f3n: \u201c\u00bfQui\u00e9n no se sentir\u00e1 penetrado de la mayor edificaci\u00f3n, al ver que los que ayer han representado los tiranos, los imp\u00edos, los traidores y disolutos, los que han remedado los tramposos, los estrafalarios, los tontos y los <em>abates<\/em>&#8230;?\u201e Sin duda la opini\u00f3n p\u00fablica no les era favorable, y hab\u00eda hecho sin\u00f3nimos de su nombre todos los edificantes ep\u00edtetos que le preceden. Cruz se ensa\u00f1a con estos seres h\u00edbridos, \u00e1 quienes presenta siempre cargados de ridiculez, desempe\u00f1ando menesteres muy bajos y despreciables. En el sainete de <em>Las dos viuditas<\/em> aparece el abate como esos amigos de las casas que se encargan de mil cometidos oficiosos, que hoy pertenecen \u00e1 la competencia de criados y recadistas. El abate lleva las cartas al correo, trae los precios del mercado, va por una vara de cinta, corre \u00e1 enterarse de si ha hecho efecto la purga \u00e1 tal amigo, va \u00e1 pedir informes de los criados (3)&#8230; El tipo de este vago oficioso no ha desaparecido enteramente de nuestra sociedad; pero ya no ofrece la repugnante incongruencia de estar revestido de car\u00e1cter eclesi\u00e1stico como entonces. M\u00e1s grotesco y repulsivo es el abate que pone Cruz en el sainete <em>Las Escofieteras<\/em>. Al alzarse el tel\u00f3n, aparece plegando cinta al lado de las modistas que cortan y cosen. Oc\u00fapase despu\u00e9s en relatar los medios que emplea para que las damas sus amigas consuman las telas y adornos de aquella tienda; idea un nuevo estilo de batas, y habla de sus invenciones en mo\u00f1os y cachirulos. Pero el abate por excelencia, el que sintetiza el car\u00e1cter gen\u00e9rico, es el de <em>El Fandango de candil<\/em>. Un se\u00f1orito de la nobleza pasea con su ayo por los barrios bajos de Madrid: el ayo le lleva \u00e1 un bodeg\u00f3n de Lavapi\u00e9s, donde canta y baila la gente del bronce con su habitual desenvoltura y gracia. El se\u00f1orito, que es t\u00edmido y para poco, se espanta ante aquella marimorena; pero el abate, hombre ladino, muy corrido en el mundo, procura despabilarle, y sin duda entra en su sistema de ense\u00f1anza el poner la filosof\u00eda popular al alcance del muchacho para que se haga hombre de provecho. El di\u00e1logo entre los dos personajes es curios\u00edsimo: pocas s\u00e1tiras hay tan picantes, pocos anatemas se han lanzado \u00e1 una sociedad con m\u00e1s amargura y en\u00e9rgica iron\u00eda (4).<\/p>\n\n\n\n<p>Otros abates son menos inofensivos, como de <em>La Presumida burlada<\/em>, maestro de m\u00fasica, que se permite desarrollar en plena tertulia unas teor\u00edas de arte muy graciosas, en el sainete <em>Los Fastidiosos<\/em>, el abate hace el amor \u00e1 una dama principal: le env\u00eda recaditos con la doncella, y al verse despreciado por pobre, asegura que anda \u00e1 caza del empleo, y acaba por pedir un duro prestado \u00e1 cuenta de la primera mesada. La exacta definici\u00f3n del abate se hace en <em>Los <\/em><em>ho<\/em><em>mbres con juicio<\/em>, cuando dicen:<\/p>\n\n\n\n<p>Si en Madrid hay m\u00e1s abates<\/p>\n\n\n\n<p>que galones de oro falso,<\/p>\n\n\n\n<p>ya por parecer sujetos,<\/p>\n\n\n\n<p>ya por no parecer vagos,<\/p>\n\n\n\n<p>y ya porque les parece<\/p>\n\n\n\n<p>el traje m\u00e1s adecuado<\/p>\n\n\n\n<p>para introducirse con<\/p>\n\n\n\n<p>ambig\u00fcedad en los estrados,<\/p>\n\n\n\n<p>y&#8230;<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">III<\/h4>\n\n\n\n<p>El otro grupo de sainetes, aqu\u00e9llos en que el modelo para los ingeniosos retratos sociales es el pueblo bajo, sus fiestas, sus h\u00e1bitos, sus vicios y virtudes, difiere mucho de los -del primer grupo. Valen, por lo general, bastante m\u00e1s en conjunto, aunque carecen de aquel organismo dram\u00e1tico que pone \u00e1 los otros en la jerarqu\u00eda de verdaderas comedias. En los sainetes populares predomina el colorido local, la casta madrile\u00f1a; y algunos son pinturas de la vida en determinados sitios de la Corte, como <em>La Casa de t\u00f3came-Roque<\/em>, <em>La Pradera de San Isidro<\/em>, <em>El Rastro por la ma\u00f1ana<\/em>, etc. En la mayor parte de ellos no se cuida el autor de imaginar una acci\u00f3n, como lo hizo en los de car\u00e1cter burgu\u00e9s, aunque no siempre con buena fortuna: generalmente los sainetes populares son cuadros dialogados, teniendo por \u00fanico elemento de arte la exhibici\u00f3n simple de los caracteres, dados \u00e1 conocer por el lenguaje, rara vez por los hechos. Pero este lenguaje es primoroso, y en \u00e9l se muestra Cruz consumado maestro.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin duda tuvo ocasi\u00f3n en su azarosa vida de rozarse con el pueblo, y frecuent\u00f3 los bodegones de Maravillas y Lavapi\u00e9s, lo mismo que si hubiera nacido y cri\u00e1dose entre aquella gente. Dos tipos descuellan en estos grupos inimitables: la Maja y el Manolo. La primera es la figura m\u00e1s caracter\u00edstica y pintoresca que ha ofrecido el buen pueblo matritense en sus evoluciones, y hoy no podemos formar de ella sino una idea muy inexacta por las mujeres de los barrios bajos, que conservan lo zafio y lo grosero, habiendo perdido el donaire y la originalidad. Aqu\u00e9lla era altiva, desenvuelta, de una audacia sugestiva, ingenua en el vicio, con cierta firmeza de car\u00e1cter y una especie de pundonor \u00e1 su manera, llevado al \u00faltimo grado de intransigencia. La Maja parece como una corrupci\u00f3n de la antigua mujer espa\u00f1ola: en ella resplandecen, juntamente con el desgaire \u00e1 que su condici\u00f3n social la llevaba, algunos rasgos de car\u00e1cter de los<\/p>\n\n\n\n<p>3ue fueron adorno y orgullo de las nobles amas del siglo xvi. Examinando este tipo tal como lo presenta Cruz, detr\u00e1s de su desvergonzada y airosa facha, de sus dichos atrevidos y picantes, se ve siempre no s\u00e9 qu\u00e9 de gran se\u00f1ora. Ella, por lo menos, lo cree as\u00ed, y est\u00e1 tan orgullosa de su clase, que no se cambiar\u00eda por las hembras de m\u00e1s alta condici\u00f3n, en quienes ye marcados s\u00edntomas de extranjerismo; advierte en ellas la misma relajaci\u00f3n de costumbres que cunde por las bajas esferas, sin que puedan embellecerla\u00bb el gracioso desenfado y la encantadora malicia, que s\u00f3lo son patrimonio de la maja.<\/p>\n\n\n\n<p>En el sainete <em>La Maja majada<\/em> hay dos magistrales, Colasa y Bastiana. En ellas pueden verse todos los rasgos de car\u00e1cter que hemos indicado, y adem\u00e1s la pasi\u00f3n, la gallarda entereza, y otros accidentes que, aun presentados en forma de truhaner\u00eda y desverg\u00fcenza, revelan ciertas cualidades, obscurecidas por el vicio y la miserable condici\u00f3n (5).<\/p>\n\n\n\n<p>En Las <em>Casta\u00f1eras picadas<\/em>, el di\u00e1logo entre la <em>Pintosilla<\/em> y la <em>Temeraria<\/em> es la mejor muestra del g\u00e9nero: las dos damas acatan por sacar la navaja, despu\u00e9s de ponerse como ropa de pascuas. Los coloquios entre ellas y sus queridos son tambi\u00e9n singulares, y rara vez habla la maja sin que le maltrate \u00e1 \u00e9l de palabra y hasta con obras: un detalle invariable en la vida de esta gente es que la mujer siempre domina al hombre, y en sus frecuentes ri\u00f1as siempre sale ella mejor librada, compensando los golpes del var\u00f3n, si \u00e1 d\u00e1rselos acierta, con la punzante procacidad de su lenguaje.<\/p>\n\n\n\n<p>La <em>Temeraria<\/em> habla as\u00ed en el sainete citado:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Gorito:<\/p>\n\n\n\n<p>ya h\u00e1 tres meses que me tratas,<\/p>\n\n\n\n<p>y aunque sabes que yo&#8230;. digo,<\/p>\n\n\n\n<p>soy <em>plus-ultre<\/em> de las majas<\/p>\n\n\n\n<p>cuando quiero, cuando quiero<\/p>\n\n\n\n<p>soy tambi\u00e9n ase\u00f1orada,<\/p>\n\n\n\n<p>s\u00e9 lo que es formalid\u00e1,<\/p>\n\n\n\n<p>y \u00e1 llevar bien una bata<\/p>\n\n\n\n<p>\u00f3 un <em>savill\u00e9<\/em>, desaf\u00edo<\/p>\n\n\n\n<p>\u00e1 la us\u00eda m\u00e1s pintada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Si eres la reina.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1La reina! Alcalde que yo me hallara<\/p>\n\n\n\n<p>un mes, hab\u00edas de partir<\/p>\n\n\n\n<p>los pi\u00f1ones esta Pascua<\/p>\n\n\n\n<p>con los cantos de Melilla,<\/p>\n\n\n\n<p>\u00f3 hab\u00eda de quebrar la vara.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ellas ri\u00f1en entre s\u00ed, el lenguaje no es menos chistoso; as\u00ed hablan la <em>Temeraria<\/em> y la <em>Pintosilla<\/em>:<\/p>\n\n\n\n<p>Tbm. Pero no tengo ahora gana de re\u00f1ir contigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pint. Avisa<\/p>\n\n\n\n<p>luego que te d\u00e9, y se\u00f1ala<\/p>\n\n\n\n<p>hora en que no me incomode,<\/p>\n\n\n\n<p>\u00f3 no est\u00e9 desafiada<\/p>\n\n\n\n<p>de otra; que no he de privarla<\/p>\n\n\n\n<p>\u00e1 ella de las bofetadas<\/p>\n\n\n\n<p>que le tenga prevenidas<\/p>\n\n\n\n<p>para hacerte \u00e1 ti esa gracia.<\/p>\n\n\n\n<p>En <em>El careo de los majos<\/em> es manifiesto \u00abel desprecio con que las gentes del pueblo miran \u00e1 los us\u00edas, y la creencia general en ellas de que los vicios de las clases bajas son m\u00e1s intensos en las altas, agravados por la hipocres\u00eda. Cr\u00e9ese la maja m\u00e1s honrada que la se\u00f1ora que acude \u00e1 un baile de candil, llevada por la extravagancia de un abate \u00f3 el capricho de un petimetre; desprecia siempre \u00e1 la presumida que disimula a profanidad de sus equ\u00edvocas costumbres con los oropeles de la etiqueta, y los recursos que una regular educaci\u00f3n puede ofrecer. La maja conoce su corrupci\u00f3n, conoce la sentina en que vive, y ella misma publica sus vicios; pero el objeto de sus m\u00e1s violentas increpaciones, y hasta de su odio, es l\u00e1 clase alta, \u00e1 quien ridiculiza y escarnece, como si por una extra\u00f1a intuici\u00f3n del pueblo comprendiera que de arriba viene la norma de las costumbres, y que en las esferas elevadas se elabor\u00f3 la relajaci\u00f3n del car\u00e1cter nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>El <em>Manolo<\/em>, nombre que, seg\u00fan don Ram\u00f3n Mesonero Romanos, no tiene otro origen que el c\u00e9lebre personaje de la <em>tragedia<\/em> para re\u00edr que lleva este t\u00edtulo, es uno de los tipos m\u00e1s caracter\u00edsticos de los sainetes populares. El <em>Manolo<\/em> vale menos que la maja, cuya entereza es muy real, mientras todas las amenazas de \u00e9l no pasan de baladronadas sin consecuencias. Sin embargo, son muy interesantes los tipos de <em>Gorito<\/em>, <em>Alifonso<\/em>, <em>Zurdillo<\/em>, <em>Pocas Bragas<\/em> y <em>Canillejas<\/em> (6). La clase proletaria de hoy es m\u00e1s- inteligente y menos pintoresca: entonces sab\u00eda disimular su miseria con una alegr\u00eda constante y el desahogo de sus fiestas continuas algazaras; hoy es menos perezosos y conoce mejor sus deberes, aunque no ha perdido enteramente los resabios que le pusieron entonces tan marcado sello. En la \u00faltima escala de esta clase pone Cruz \u00e1 los licenciados de presidio, h\u00e9roes no menos graciosos que los de las antiguas novelas picarescas. Signorelli, en su <em>Historia critica de los teatros<\/em>, se ensa\u00f1\u00f3 injustamente contra Cruz, censur\u00e1ndole que sacara \u00e1 la escena \u00e1 esta miserable gentuza, y la hiciera interesante las m\u00e1s de las veces por las gracias de sus dichos y travesuras. Dif\u00edcil es decir si tuvo raz\u00f3n el severo cr\u00edtico italiano, \u00f3 la tuvo el poeta espa\u00f1ol al defenderse, alegando en su abono que \u00e9l pintaba la canalla tal \u00aborno era, sin disimular sus vicios ni ocultar su donaire. Verdad es que si no eran el mejor ejemplo para el pueblo que asist\u00eda \u00e1 los espect\u00e1culos las heroicidades del <em>Zurdillo<\/em> y <em>Mediodiente<\/em>, en cambio no perdonaba medio el sainetista de volver por los fueros de la honradez, de la sobriedad, de la decencia, mostrando, ya por el desenvolvimiento de la acci\u00f3n, ya vali\u00e9ndose de f\u00f3rmulas sentenciosas no siempre oportunas, sus ideas respecto \u00e1 la moral del pueblo y \u00e1 los medios de extirpar los seculares vicios que le corro\u00edan (7). Don Ram\u00f3n de la Cruz reprende \u00e1 los h\u00e9roes de baja estofa el vicio de la taberna; \u00e1 menudo les pone en manos de la justicia; otras les presenta castigados por personajes de la misma laya, \u00f3 burlados en sus amores; y alguna vez, discurriendo con acierto, no les da m\u00e1s correctivo que la repugnancia y horror que inspiran sus caracteres, no siempre disimulados con la sal del chiste y lo jocoso de las empresas.<\/p>\n\n\n\n<p>Menos inter\u00e9s tienen los <em>payos<\/em>, cuya rudeza no les distingue mucho de los paletos de hoy. Desgraciadamente, la cultura del siglo XIX, que se propaga en nuestro pa\u00eds con incansables esfuerzos, no ha salido a\u00fan de las poblaciones, ni ha penetrado por tanto en las comarcas rurales. Aunque algunas l\u00edneas de ferrocarril unen el centro de la Pen\u00ednsula con sus m\u00e1s remotos extremos, en lo intelectual y en lo moral puede decirse que Vallecas y Jetafe est\u00e1n \u00e1 mil leguas de la Corte. El payo de fines del siglo pasado es un conjunto de candor y barbarie; y el campesino de hoy, aunque suele hablar de elecciones, de libertad y hasta de derechos, no le podr\u00eda dar lecciones de cultura. Tipos de labriego presenta Cruz, que son modelos de socarroner\u00eda: la variedad de estos tipos no es grande. En punto \u00e1 hidalgos provincianos grotescos, ninguno como el don Rodrigo que aparece en <em>El Peluquer<\/em><em>o<\/em><em> soltero<\/em>, y que es de lo m\u00e1s zafio, s\u00f3rdido y chabacano que cabe imaginar.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">IV<\/h4>\n\n\n\n<p>Acerca del juicio que de estas obras formaron sus contempor\u00e1neos, poco puede decirse. La mayor parte de los literatos de su \u00e9poca apenas le nombran en sus escritos, y la circunstancia de pertenecer \u00e1 la Academia de los <em>Arcades<\/em> de Roma y \u00e1 la de Buenas Letras de Sevilla, no supone gran cosa en honor suyo. Puede asegurarse que entre la gente de letras no pod\u00eda ser tenido en gran estima por la \u00edndole de sus escritos, nada conforme \u00e1 las ideas de atildamiento y pulcritud que entonces dominaban. Era imposible que Cadalso y Morat\u00edn padre, tan afrancesado y luzanista el primero, tan nimio y riguroso el otro, gustaran de aquellos sainetes creados por la observaci\u00f3n simple de un ingenio libre, f\u00e1cil y poco escrupuloso. No pod\u00eda ser tenido como maestro del arte quien se preciaba de recibir su inspiraci\u00f3n directamente del pueblo, contradiciendo en esto las ideas del austero Forner, que profesaba estrechos principios de aristocracia literaria. Sin duda, estos graves escritores se re\u00edan de los empe\u00f1os siempre felices de Cruz en sacar \u00e1 la escena la canalla de Lavapi\u00e9s y los licenciados de presidio; sin duda consideraban todo esto indigno de las altas concepciones del arte, y propio tan s\u00f3lo para hacer reir \u00e1 la gente de escasa instrucci\u00f3n y extraviado gusto. No hay noticias de que don Ram\u00f3n frecuentara el Parnasillo de la fonda de San Sebasti\u00e1n, \u00e1 donde iban Morat\u00edn, Cadalso, Conde, Seda- no, Signorelli y otros muchos. En las obras de Jovellanos no encontramos nada que indique aprecio \u00f3 desd\u00e9n del sainetista, aunque se sabe que fu\u00e9 suscriptor \u00e1 la edici\u00f3n e 1786-91; pero conocidas sus ideas literarias y el juicio que hace de ciertos espect\u00e1culos, indicando una severa reforma, parece que no deb\u00eda ser muy amante de tales obrillas.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo indudable es que don Ram\u00f3n goz\u00f3 de extensa popularidad, como lo prueban las representaciones frecuentes de sus sainetes y comedias, no s\u00f3lo en los teatros, sino en las casas particulares (8). Al frente de la colecci\u00f3n de sus obras, que Cruz principi\u00f3 \u00e1 publicar por entregas en 1786 y termin\u00f3 en 1791, hay un documento que prueba m\u00e1s que nada el general aprecio de que gozaban sus composiciones: es una lista de las personas que se suscribieron para el coste ae la edici\u00f3n, dos a\u00f1os antes de que comenzara \u00e1 imprimirse. Encabezaban la lista damas y caballeros de la m\u00e1s esclarecida nobleza, las Duquesas de Benavente, de Osuna, de Alba, de Santisteban; el Duque de Alba, el de Osuna, el de Granada, el de H\u00edjar, el de Abrantes; los Condes de Fem\u00e1n-N\u00fa\u00f1ez, de Floridablanca, y el Embajador de Francia. Entre las personas que se inscribieron lue\u00adgo de anunciada la edici\u00f3n de la <em>Gaceta<\/em>, hay una serie de altos funcionarios del Consejo y C\u00e1mara de Castilla, magistrados, padres provinciales, priores de conventos, dignidaes de catedrales, obispos, generales, otros militares de alta graduaci\u00f3n y muchas personas de todas clases y condiciones, entre las cuales figuran algunos escritores de los m\u00e1s renombrados de la \u00e9poca, tales como don Gaspar Melchor de Jovellanos, don Tom\u00e1s de Iriarte, don Vicente Garc\u00eda de la Huerta y don Juan Sempere. Todas estas personas alentaron \u00e1 Cruz en la empresa de dar \u00e1 la prensa su teatro, haci\u00e9ndole un anticipo que no habla muy alto en favor de los recursos pecuniarios del afamado sainetero. Cinco a\u00f1os tard\u00f3 en imprimir, en diez tomos peque\u00f1os, la edici\u00f3n harto incompleta y falta de criterio, porque aparecen excluidos de ella la mayor parte de los sainetes, sobre todo los picarescos, \u00e9 incluidas algunas de sus comedias y zarzuelas, que valen bien poco.<\/p>\n\n\n\n<p>Morat\u00edn le juzg\u00f3 ben\u00e9volamente en el pr\u00f3logo \u00e1 su teatro, indicando que fu\u00e9 el \u00fanico que en aquel desdichado per\u00edodo literario comprendi\u00f3 la \u00edndole de la buena comedia; y si no le puso en el lugar que merece por su fecundidad, por la exactitud de su observaci\u00f3n y la inmensa variedad de los tipos que cre\u00f3, fu\u00e9 porque un excesivo amor a la regularidad le imped\u00eda ser tolerante con las faltas de que Cruz no pod\u00eda prescindir por ignorancia, \u00fa obligado por causas externas. Como autor de circunstancias, escribiendo las m\u00e1s veces sin formalidad alguna, ni otra aspiraci\u00f3n que divertir durante veinte minutos \u00e1 un p\u00fablico poco exigente, no pod\u00eda corresponder al criterio de aquel insigne escritor y preceptista, que nacido en \u00e9poca de mayor madurez, y habiendo recibido una severa educaci\u00f3n literaria, ajustaba todo \u00e1 los cl\u00e1sicos principios de que estaba profundamente penetrado.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Juan Sempere le incluye en su <em>Ensayo de una Biblioteca<\/em>, etc., poniendo en ella el cat\u00e1logo completo de sus obras dram\u00e1ticas, y el juicio que Napoli Signorelli hace de nuestro autor en su <em>Historia cr\u00edtica de los teatros<\/em>, obra que no por estar escrita en Espa\u00f1a, carece de aquellas inexactitudes y majader\u00edas que cometen los extranjeros siempre que se ocupan de nuestras cosas. A don Ram\u00f3n de la Cruz le trata el italiano con extremado desd\u00e9n; y sin duda debi\u00f3 saberle muy mal \u00e1 nuestro compatriota, porque en la edici\u00f3n de 1786-91 escribi\u00f3 un largo pr\u00f3logo para defenderse de Signorelli, trat\u00e1ndole \u00e1 su vez con doble rigor. Este pr\u00f3logo, en que Cruz cita en defensa suya \u00e1 Montaigne, Arist\u00f3teles, Lampillas, Strab\u00f3n, Quintiliano y Longino en su <em>Tratado de <\/em><em>lo<\/em><em> sublime,<\/em> revela una irritabilidad muy grande: el poeta se defiende con ahinco, trata de rebatir prolijamente los cargos de su detractor, y no perdona medio de ponerle en rid\u00edculo. All\u00ed hace tambi\u00e9n alarde de sus conocimientos: seg\u00fan da \u00e1 entender, estaba versado en la alta literatura y no carec\u00eda de principios. El tono de este pr\u00f3logo es agresivo, violento, sin ning\u00fan aticismo, y con un humor jovial y zumb\u00f3n no exento de despecho: bien se ve que Cruz amaba sus sainetes y conoc\u00eda cuanto hab\u00eda de transcendental en aquellos breves bosquejos. V\u00e9ase una muestra:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cLos que han paseado el d\u00eda de San Isidro por su pradera, los que han visto el Rastro por la ma\u00f1ana, la Plaza Mayor de Madrid la v\u00edspera de Navidad, el Prado antiguo por la noche, y han velado en las de San Juan y San Pedro; los que han asistido \u00e1 los bailes de todas clases de gentes y destinos; los que visitan por ociosidad, por vicio \u00f3 por ceremonia&#8230; en una palabra, cuantos han visto mis sainetes, reducidos \u00e1 veinticinco minutos de representaci\u00f3n (despu\u00e9s de rebajar el punto de vista con la decoraci\u00f3n \u00e1 veces na- a \u00e1 prop\u00f3sito y las actitudes tan mal estudiadas como los versos), digan si son copias \u00f3 no de lo que ven sus ojos y de lo que oyen sus o\u00eddos; si los planes est\u00e1n arreglados \u00f3 no al terreno que pisan, y si los cuadros no representan la historia de nuestro siglo.\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>Este juicio de s\u00ed propio, hecho con tan ingenua firmeza, es exacto. Signorelli, cegado por las ideas dominantes en punto \u00e1 regularidad, no supo ver el encanto de aquellos lindos entremeses, despreciados por los poetas y aplaudidos por el pueblo que all\u00ed se encontraba retratado. La posteridad les ha hecho m\u00e1s justicia, siendo le\u00eddos y representados en nuestra \u00e9poca, mientras yacen en perpetuo y justo olvido la <em>Hormesinda<\/em> de Morat\u00edn padre, la <em>Numanda destruida<\/em> de Ayala y el <em>Sancho Garc\u00eda<\/em> de Cadalso. Ni aun de la <em>Raquel<\/em> de Huerta se acuerda nadie ya. Todo aquel mundo artificioso, creado por el esp\u00edritu de imitaci\u00f3n, se desvaneci\u00f3 como el humo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">V<\/h4>\n\n\n\n<p>Si Cruz hubiera nacido en otra \u00e9poca; si \u00e1 la concienzuda educaci\u00f3n de Morat\u00edn hijo, hubiera unido las prendas de car\u00e1cter suficientes para emprender obras intensas y llevarlas \u00e1 cabo con madurez y criterio, sus creaciones honrar\u00edan en alto grado \u00e1 su pa\u00eds y \u00e1 su siglo. Pero don Ram\u00f3n no tom\u00f3 jam\u00e1s en serio la profesi\u00f3n art\u00edstica: escrib\u00eda por entretenimiento, movido por la casualidad, como \u00e9l mismo dice; no sabia estimarse en su verdadero m\u00e9rito, no ten\u00eda la dignidad de su ingenio; lo gastaba, lo despilfarraba sin tasa ni juicio en multitud de creaciones, entre las cuales son muy pocas las que tienen su desarrollo natural. Escrib\u00eda por una especie de necesidad instintiva, no acertando las m\u00e1s de las veces \u00e1 comprender los tesoros de arte que su propia feliz observaci\u00f3n le pon\u00eda ante los ojos. Claramente nos da \u00e1 conocer sus procedimientos cuando dice:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cLa mayor parte de ellos (los sainetes) no tendr\u00e1n lugar en mi teatro, aunque le hayan tenido en los p\u00fablicos, por no pertenecer al verdadero y general objeto de la comedia, y haberse escrito sin otro que las casualidades y pr\u00e1ctica particular de las compa\u00f1\u00edas espa\u00f1olas, como las Loas de empezar temporada en las pascuas de Flores para presentar autores nuevos, y las que llaman introducciones, cuando sale despu\u00e9s alguno extraordinario \u00f3 se ha de representar pieza nueva que lo necesite.<\/p>\n\n\n\n<p>En el mismo pr\u00f3logo dice, hablando de <em>El Licenciado Farfulla<\/em>, duramente censurado por el Memorial literario:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cLa ligereza de mi docilidad en tomar cualquier asunto que se me di\u00f3 sobre qu\u00e9 fundar una operilla bufa, que en vez de arias se adornara con m\u00fasica de todos los aires espa\u00f1oles, y haberla afarfullado en cuatro d\u00edas\u2026\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>Y aun procediendo de este modo, autor de circunstancias, que \u00e1 veces no pon\u00eda \u00e1 los personajes de sus sainetes m\u00e1s nombres que los de los c\u00f3micos que los representaban, fu\u00e9 este hombre el mejor pintor de las costumbres de su siglo. La posteridad, no muy justa siempre con tan fecundo ingenio, ha formado este juicio; y si por mucho tiempo le tuvo olvidado, al fin, en los \u00faltimos tiempos, despu\u00e9s que vi\u00f3 la luz la edici\u00f3n de la <em>Uni\u00f3n literaria<\/em>, le ha puesto en su verdadero lugar, ni m\u00e1s alto ni m\u00e1s bajo de lo que le corresponde.<\/p>\n\n\n\n<p>En resumen: don Ram\u00f3n de la Cruz, dotado de un talento superior, rio lleg\u00f3, por la da\u00f1osa influencia de los vicios intelectuales de la sociedad en que naci\u00f3, \u00e1 realizar el alto fln \u00e1 que parec\u00eda estar destinado; pero aun as\u00ed, y \u00e1 pesar de la flojedad de su car\u00e1cter, produjo una imagen art\u00edstica de aquella sociedad, que es el reflejo por donde mejor y m\u00e1s directamente la conocemos. El mundo art\u00edstico creado por este ingenio, es vasto, de una multiplicidad asombrosa, vivo, palpitante, todo calor y movimiento. Como obras de arte, algunos de sus sainetes son por lo general engendros de imperfecto desarrollo que s\u00f3lo en algunos rasgos dan \u00e1 conocer la buena casta del ingenio que les ha dado la existencia; si no logran todos los fines del arte, consiguen el de la imitaci\u00f3n de la naturaleza las m\u00e1s de las veces. F\u00e1ltales la l\u00f3gica de la acci\u00f3n; carecen de organismo, de juicio, de esa sensatez que exigimos aun \u00e1 los productos del humor m\u00e1s desenvuelto y voluble; pero no hay en ellos ni sombra del vicio m\u00e1s funesto para las obras de arte, el fastidio.<\/p>\n\n\n\n<p>Es pueril \u00e1 veces el prurito de ense\u00f1ar que el autor manifiesta, no circunscribi\u00e9ndose \u00e1 los medios propios que para tan importante fin tiene la comedia, sino practicando la ense\u00f1anza directa, por medio de las fastidiosas amonestaciones que tanto nos cansan en el teatro. Esto proced\u00eda sin duda de aquel pros\u00e1ico esp\u00edritu did\u00e1ctico que fu\u00e9 una consecuencia de la reforma literaria, y que no cre\u00f3 otra cosa buena que los fabulistas. En esta parte, Cruz no sabe lo que se hace. Dir\u00edase que se averg\u00fcenza de la llaneza de sus asuntos, de lo pedestre de la forma, de la baja condici\u00f3n y conducta encanallada de sus personajes, y quiere remediar todo esto con algunos retazos de moral escrita; \u00e1 las veces, introduce unos personajes serios, \u00e1 quienes no falta sino un poco de estudio y alguna naturalidad para parecerse al don Pedro de <em>La Comedia nueva<\/em>. Pero aquellos personajes serios, sacados \u00e1 la escena en nombre de la moral y del sentido com\u00fan para reprender las extravagancias de los otros, son de una insipidez muy marcada, cuando no rid\u00edculos. La verdade\u00adra moral de los sainetes est\u00e1 en el desprecio, en la repugnancia, en el horror que inspiran los petimetres insubstanciales, los us\u00edas, los abates desvergonzados, las viejas coquetas, los mandos desalmados, los presidiarios procaces y soeces. De este modo ense\u00f1a don Ram\u00f3n de la Cruz, despu\u00e9s de haber logrado el principal objeto del arte; y puede sintetizarse su procedimiento en aquellos versos de un chistoso di\u00e1logo de La <em>Comedia casera<\/em>:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00bfDe qu\u00e9 libro<\/p>\n\n\n\n<p>hab\u00e9is sacado ese texto?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Del teatro de la vida<\/p>\n\n\n\n<p>humana, que es donde leo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">VI<\/h4>\n\n\n\n<p>La sociedad retratada en los sainetes presenta una de las \u00e9pocas de mayor turbaci\u00f3n registradas en la historia. Falso es el concepto de regeneraci\u00f3n atribuido al reinado de Carlos III. Si en apariencia es as\u00ed, un examen atento puede descubrir lo contrario: hubo, ciertamente, progresos administrativos, y se vi\u00f3 como un renacimiento de los buenos principios, sobre todo en la esfera de las artes monumentales; pero esto, lo mismo que otras muchas cosas \u00fatiles debidas \u00e1 la iniciativa del monarca, no tuvieron verdadera realidad, pues todos los esplendores de aquel reinado fueron puramente oficiales. La arquitectura, la ciencia, la filosof\u00eda, las obras p\u00fablicas, todo fu\u00e9 de Real orden. Ninguna de estas ventajas eman\u00f3 de la sociedad, que no comprend\u00eda la pureza de los monumentos, ni la utilidad de las v\u00edas de comunicaci\u00f3n, ni la trans\u00adcendencia de los estudios cient\u00edficos; as\u00ed es que cuando concluy\u00f3 el creador de aquel mundo ficticio; cuando desapareci\u00f3 el buen Carlos III, todo se fu\u00e9 con \u00e9l; y la sociedad infecunda, incapaz de producir grandes cosas en ninguna de las esferas del entendimiento humano, patentiz\u00f3 su esterilidad y corrupci\u00f3n en los afi&#8217;os sucesivos, hasta que las revoluciones del siglo presente infundieron nueva sangre en su cuerpo gastado y dolorido. A pesar de la sombra de bienestar que exist\u00eda en las regiones oficiales, el reinado de Carlos III fu\u00e9 de honda turbaci\u00f3n y decaimiento. Nunca se abati\u00f3 m\u00e1s el esp\u00edritu nacional, cuya flojedad lleg\u00f3 \u00e1 un extremo inconcebible; nunca la sociedad mostr\u00f3 en todas sus clases m\u00e1s se\u00f1alados s\u00edntomas de ceguera y corrupci\u00f3n, sin que ning\u00fan ideal pr\u00f3ximo ni lejano le diera luz y esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p>Madrid, Enero de 1871.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>(I) Para que se comprendan los juicios que entonces hac\u00edamos de nosotros mismos, compar\u00e1ndonos con otras naciones, y el efecto que causaban-en nuestras costumbres las primeras irrupciones de la moda extranjera, transcribimos la relaci\u00f3n ingeniosa del abate.<\/p>\n\n\n\n<p>Zoilo. Pues yo tra\u00eda echada<\/p>\n\n\n\n<p>la cuenta de no pararme<\/p>\n\n\n\n<p>en Madrid ni una semana;<\/p>\n\n\n\n<p>pero en estos cuatro d\u00edas<\/p>\n\n\n\n<p>he observado que se halla<\/p>\n\n\n\n<p>digno tal cual de que yo<\/p>\n\n\n\n<p>le habite: est\u00e1 adelantada,<\/p>\n\n\n\n<p>en lo que cabe, la gente.<\/p>\n\n\n\n<p>Ayer com\u00ed en una casa<\/p>\n\n\n\n<p>y estuvo mediano aquello:<\/p>\n\n\n\n<p>no hubo las extravagancias<\/p>\n\n\n\n<p>de la sopa guarnecida<\/p>\n\n\n\n<p>ni lo de pich\u00f3n por barba.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8212;&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Ya la amanece el buen gusto<\/p>\n\n\n\n<p>en el mueblaje: las casas<\/p>\n\n\n\n<p>se adornan con cornucopias<\/p>\n\n\n\n<p>en vez de petos y lanzas.<\/p>\n\n\n\n<p>Parece se ha propagado<\/p>\n\n\n\n<p>el cultivo hasta las caras:<\/p>\n\n\n\n<p>aquel bruto desali\u00f1o<\/p>\n\n\n\n<p>del cabello y de la barba,<\/p>\n\n\n\n<p>que hac\u00eda nuestra naci\u00f3n<\/p>\n\n\n\n<p>tan terrible \u00e1 las contrarias,<\/p>\n\n\n\n<p>ya d\u00f3cil \u00e1 beneficios<\/p>\n\n\n\n<p>del jab\u00f3n y las pomadas,<\/p>\n\n\n\n<p>por donde quiera que vamos,<\/p>\n\n\n\n<p>va diciendo nuestra facha<\/p>\n\n\n\n<p>que somos gente de paz.<\/p>\n\n\n\n<p>(2) La mejor pintura del caballero gala oteador ea aquellos tiempos, la hace hablando de s\u00ed mismo un petimetre en el sainete <em>La oposici\u00f3n \u00e1 cortejo<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Fausto. Yo s\u00e9 que no<\/p>\n\n\n\n<p>lo pod\u00e9is estar, sabiendo<\/p>\n\n\n\n<p>que ninguno contar\u00e1<\/p>\n\n\n\n<p>diez a\u00f1os como yo cuento<\/p>\n\n\n\n<p>de perenne cortejante<\/p>\n\n\n\n<p>obstinado \u00e1 los pies vuestros,<\/p>\n\n\n\n<p>tanto que en Madrid soy yo<\/p>\n\n\n\n<p>decano de los cortejos.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo, por vos he tolerado<\/p>\n\n\n\n<p>que me desuelle el barbero<\/p>\n\n\n\n<p>todos los d\u00edas; por vos<\/p>\n\n\n\n<p>he desmentido mi sexo,<\/p>\n\n\n\n<p>ya al tocador, porque fuera<\/p>\n\n\n\n<p>mi peinado el m\u00e1s perfecto;<\/p>\n\n\n\n<p>ya bordando en ca\u00f1amazo<\/p>\n\n\n\n<p>\u00e1 vuestro lado; ya haciendo<\/p>\n\n\n\n<p>bufandas; por vos, con todos<\/p>\n\n\n\n<p>mis parientes indispuesto<\/p>\n\n\n\n<p>vivo; por vos renunci\u00e9<\/p>\n\n\n\n<p>los m\u00e1s brillantes ascensos;<\/p>\n\n\n\n<p>por vos jam\u00e1s voy \u00e1 misa<\/p>\n\n\n\n<p>sino el d\u00eda de precepto;<\/p>\n\n\n\n<p>por vos soy un animal,<\/p>\n\n\n\n<p>pues ni me aplico ni leo,<\/p>\n\n\n\n<p>y s\u00f3lo s\u00e9 hablar de modas<\/p>\n\n\n\n<p>y murmurar, \u00a1que son, cierto,<\/p>\n\n\n\n<p>en un hombre conocido<\/p>\n\n\n\n<p>muy apreciables talentos!<\/p>\n\n\n\n<p>(3) Es chistos\u00edsima la entrada y relaci\u00f3n del abate en Las dos viuditas. Dice as\u00ed:<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Se\u00f1ora, estuve aguardando los correos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY las cartas?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014A\u00fan no las han apartado.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego volver\u00e9. Aqu\u00ed est\u00e1n<\/p>\n\n\n\n<p>la Gu\u00eda y los calendarios.<\/p>\n\n\n\n<p>El cotillero vendr\u00e1;<\/p>\n\n\n\n<p>el zapatero est\u00e1 malo:<\/p>\n\n\n\n<p>la comedia es la de ayer;<\/p>\n\n\n\n<p>la hatera est\u00e1 pegando<\/p>\n\n\n\n<p>ya las cintas; do\u00f1a Petra<\/p>\n\n\n\n<p>ayer se sangr\u00f3 del brazo,<\/p>\n\n\n\n<p>y don Jacinto se purga<\/p>\n\n\n\n<p>hoy por la boca. Est\u00e1n ambos<\/p>\n\n\n\n<p>mejores. No hay en la plaza<\/p>\n\n\n\n<p>nada bueno extraordinario;<\/p>\n\n\n\n<p>en la Puerta de Toledo<\/p>\n\n\n\n<p>me han dicho que a\u00fan no han llegado<\/p>\n\n\n\n<p>los arrieros de Sevilla;<\/p>\n\n\n\n<p>fui al Hospicio de paso,<\/p>\n\n\n\n<p>y, en efecto, la doncella<\/p>\n\n\n\n<p>que ayer les recomendaron<\/p>\n\n\n\n<p>\u00e1 ustedes para 3u casa, ^<\/p>\n\n\n\n<p>est\u00e1 all\u00ed: la he visto y salgo<\/p>\n\n\n\n<p>por ella; su padre dicen<\/p>\n\n\n\n<p>que fue mozo muy honrado:<\/p>\n\n\n\n<p>de su madre no s\u00e9 nada;<\/p>\n\n\n\n<p>pero en Castilla el Caballo<\/p>\n\n\n\n<p>lleva la silla. Con esto<\/p>\n\n\n\n<p>creo quedan evacuados<\/p>\n\n\n\n<p>los recadillos que anoche<\/p>\n\n\n\n<p>ustedes me confiaron.<\/p>\n\n\n\n<p>(4) As\u00ed hablan el se\u00f1orito y el abate:<\/p>\n\n\n\n<p>Abate. Se\u00f1orito, mire usted<\/p>\n\n\n\n<p>qu\u00e9 lindo par de muchachas<\/p>\n\n\n\n<p>van con ese petimetre.<\/p>\n\n\n\n<p>Se\u00f1. \u00a1Qu\u00e9 se me da \u00e1 m\u00ed que vayan!<\/p>\n\n\n\n<p>Ayo m\u00edo, este paseo<\/p>\n\n\n\n<p>no me divierte y me cansa:<\/p>\n\n\n\n<p>v\u00e1monos por el Retiro<\/p>\n\n\n\n<p>que hay flores, hacia la plaza<\/p>\n\n\n\n<p>que hay fruta, \u00f3 \u00e1 ver las calles<\/p>\n\n\n\n<p>donde la procesi\u00f3n anda.<\/p>\n\n\n\n<p>Abate. Hombre, esas son ni\u00f1er\u00edas;<\/p>\n\n\n\n<p>y \u00e1 usted ya la edad le basta<\/p>\n\n\n\n<p>para pensar cosas grandes,<\/p>\n\n\n\n<p>como cortejar madamas,<\/p>\n\n\n\n<p>conocer el vario mundo<\/p>\n\n\n\n<p>y entrar con todos en danza.<\/p>\n\n\n\n<p>Se\u00f1. \u00bfY si lo sabe mi madre?<\/p>\n\n\n\n<p>ate. Por ahora est\u00e1 ocupada<\/p>\n\n\n\n<p>en rezar sus oraciones;<\/p>\n\n\n\n<p>y bien sabe \u00e1 qui\u00e9n encarga<\/p>\n\n\n\n<p>su hijo; venga usted conmigo,<\/p>\n\n\n\n<p>que no le dar\u00e9 crianza<\/p>\n\n\n\n<p>opuesta \u00e1 la de los que<\/p>\n\n\n\n<p>m\u00e1s en Madrid se se\u00f1alan,<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1. Si esto \u00e1 m\u00ed no me divierte;<\/p>\n\n\n\n<p>ate. Ah\u00ed ver\u00e9is vuestra ignorancia;<\/p>\n\n\n\n<p>y es menester por lo mismo<\/p>\n\n\n\n<p>que la diestra vigilancia<\/p>\n\n\n\n<p>del ayo \u00e1 quien os conf\u00edan,<\/p>\n\n\n\n<p>la veuza con ense\u00f1anza<\/p>\n\n\n\n<p>de lo bueno y de lo malo;<\/p>\n\n\n\n<p>porque no dig\u00e1is ma\u00f1ana<\/p>\n\n\n\n<p>que no os ense\u00f1\u00e9 de todo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 gru\u00f1\u00eds?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1. Voy estudiando<\/p>\n\n\n\n<p>la lecci\u00f3n para ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>ate. Eso importa menos. Ahora<\/p>\n\n\n\n<p>vaya estudiando en las caras<\/p>\n\n\n\n<p>que se encuentran, lo dif\u00edcil<\/p>\n\n\n\n<p>de encontrar la semejanza<\/p>\n\n\n\n<p>en unas mismas especies<\/p>\n\n\n\n<p>de un mismo modo criadas.<\/p>\n\n\n\n<p>(5) He aqu\u00ed un poco del di\u00e1logo de <em>L<\/em><em>a Maja maja<\/em><em>da<\/em>, sainete que, como otros machos de igual \u00cdndole, yace en el olvido y alejado de los teatros, mientras imperan el g\u00e9nero bufo y las insulsas piezas en un acto, arregladas del franc\u00e9s:<\/p>\n\n\n\n<p>Blas. \u00a1Qu\u00e9 brava cesta<\/p>\n\n\n\n<p>de frutas!<\/p>\n\n\n\n<p>Col. \u00a1Para ti estaba<\/p>\n\n\n\n<p>aqu\u00ed! Mira si la dejas<\/p>\n\n\n\n<p>\u00f3 te abro con el martillo<\/p>\n\n\n\n<p>en la frente una tronera<\/p>\n\n\n\n<p>para que salgan \u00e1 misa<\/p>\n\n\n\n<p>del gallo las tres potencias.<\/p>\n\n\n\n<p>Blas. En no estando don Patricio<\/p>\n\n\n\n<p>aqu\u00ed, no hay diablos que puedan<\/p>\n\n\n\n<p>aguantarte.<\/p>\n\n\n\n<p>Col. Calla, Blas.<\/p>\n\n\n\n<p>Blas. Digo bien. S\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Col. \u00bfCu\u00e1nto apuestas<\/p>\n\n\n\n<p>que te sacudo?<\/p>\n\n\n\n<p>Blas. Dale.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo callo ya?<\/p>\n\n\n\n<p>Blas. \u00a1Paciencia!<\/p>\n\n\n\n<p>Pepa. \u00bfY patricio?<\/p>\n\n\n\n<p>Col. \u00a1Qu\u00e9 s\u00e9 yo!<\/p>\n\n\n\n<p>Si en dando las seis y media<\/p>\n\n\n\n<p>no ha parecido, \u00e1 las siete<\/p>\n\n\n\n<p>ya estoy yo de centinela<\/p>\n\n\n\n<p>en la puerta de la calle,<\/p>\n\n\n\n<p>y la pregunta primera<\/p>\n\n\n\n<p>no se la har\u00e9 yo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pepa. \u00bfPues qui\u00e9n?<\/p>\n\n\n\n<p>Gol. Esta manita derecha<\/p>\n\n\n\n<p>con un sopapo tan limpio<\/p>\n\n\n\n<p>que, antes que llegue, las muelas<\/p>\n\n\n\n<p>se le han de salir de miedo<\/p>\n\n\n\n<p>con el aire que he de hacerlas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026\u2026.<\/p>\n\n\n\n<p>Si al instante no me cuentas<\/p>\n\n\n\n<p>lo que sabes, me encaramo<\/p>\n\n\n\n<p>encima de tu conciencia<\/p>\n\n\n\n<p>y te hago de cada brinco<\/p>\n\n\n\n<p>echar un pecado fuera.<\/p>\n\n\n\n<p>(6) Canillejas convoca as\u00ed \u00e1 los majos del Barquillo:<\/p>\n\n\n\n<p>Grandes, invencibles h\u00e9roes,<\/p>\n\n\n\n<p>que en los ej\u00e9rcitos diestros<\/p>\n\n\n\n<p>de borrachera, rapi\u00f1a,<\/p>\n\n\n\n<p>gater\u00eda y vituperio<\/p>\n\n\n\n<p>fatig\u00e1is las faltriqueras,<\/p>\n\n\n\n<p>las tabernas y los juegos,<\/p>\n\n\n\n<p>venid \u00e1 escuchar el modo<\/p>\n\n\n\n<p>de vengar nuestro desprecio.<\/p>\n\n\n\n<p>Envidiable Pelach\u00f3n,<\/p>\n\n\n\n<p>Marrajo temido y fiero,<\/p>\n\n\n\n<p>inimitable Zancudo,<\/p>\n\n\n\n<p>y dem\u00e1s que sois modelo<\/p>\n\n\n\n<p>de virtudes, venid todos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>(7) Al final del <em>Manolo<\/em> dice <em>Mediodiente<\/em> estos versos, que son como la moraleja del sainete:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfDe qu\u00e9 aprovechan<\/p>\n\n\n\n<p>todos vuestros afanes, jornaleros,<\/p>\n\n\n\n<p>y pasar las semanas con miseria,<\/p>\n\n\n\n<p>si dempu\u00e9s los domingos<\/p>\n\n\n\n<p>\u00f3 los lunes disip\u00e1is el jornal en la taberna?<\/p>\n\n\n\n<p>(8) La comedia <em>El d\u00eda de Campo<\/em> se represent\u00f3 en el palacio de la Duquesa viuda de Benavente y Gand\u00eda por las damas y servidumbre de S. E., seg\u00fan dice el autor en nota puesta \u00e1 dicha obra. La desempe\u00f1aron con la mayor gracia, viveza y propiedad en celebridad de los d\u00edas del se\u00f1or Duque de Osuna. La <em>Briseida<\/em> se represent\u00f3 en la casa del Conde de Aranda en 1768.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Es el siglo d\u00e9cimoctavo en nuestra historia una de las \u00e9pocas de m\u00e1s dif\u00edcil estudio. 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