2012

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[Cuento] La mula y el buey, de Benito Pérez Galdós (1876)

– I –

Cesó de quejarse la pobrecita, movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho, extinguiose poco a poco su aliento, y espiró. El Ángel de la Guarda, dando un suspiro, alzó el vuelo y se fue.

La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de Celinina se fue poniendo amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros, y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba a la madre, al padre y a los más inmediatos parientes, y dos o tres amigas y las criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.

La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera como una nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban a espuma. Pusiéronle los zapatos, blancos también y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber dado pocos pasos, y después tejieron, con sus admirables cabellos de color castaño obscuro, graciosas trenzas enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales, mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las que más se parecían a verdaderas rosas frescas traídas del jardín.

Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de raso blanco. Colocaron dentro a Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas del mismo Abril.

Luego las mujeres aquellas cubrieron de vistosos paños una mesa, arreglándola como un altar, y sobre ella fue colocada la caja. En breve tiempo armaron unos al modo de doseles de iglesia, con ricas cortinas blancas que se recogían gallardamente a un lado y otro; trajeron de otras piezas cantidad de santos o imágenes, que ordenadamente distribuyeron sobre el altar, como formando la corte funeraria del ángel difunto, y sin pérdida de tiempo encendieron algunas docenas de luces en los grandes candelabros de la sala, los cuales en torno a Celinina derramaban tristísimas claridades. Después de besar repetidas veces las heladas mejillas de la pobre niña, dieron por terminada su piadosa obra.

– II –

Allá en lo más hondo de la casa sonaban gemidos de hombres y mujeres. Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la verdad del aforismo angelitos al cielo que los amigos administran como calmante moral en tales trances. Los padres creían entonces que la verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la muerte de los grandes que la de los pequeños. Sentían, mezclada a su dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no comprendían que ninguna pena superase a aquella que destrozaba sus entrañas.

Mil recuerdos o imágenes dolorosas les herían, tomando forma de agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas caricaturas filológicas que afluían de su linda boca, como la música más que puede conmover el corazón de una madre. Nada caracteriza a un niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las familias. ¿Cómo había de olvidar la madre aquella lengüecita de trapo, que llamaba al sombrero tumeyo y al garbanzo babancho?

Para colmo de aflicción, vio la buena señora por todas partes los objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días, y como éstos eran los que preceden a Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con patas de alambre, un San José sin manos, un pesebre con el niño Dios, semejante a una bolita de color de rosa, un Rey Mago montado en arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres figuras en los últimos días, arrastrados de aquí para allí, puestas en esta o en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que había volado al cielo lo sabían.

Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de Celinina, o vestidas, si se quiere, de una singular claridad muy triste, que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda, sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan doloridos que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos a sus padres y les pedia que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de postura había perdido el pico y el moco.

– III –

Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo mucho más la del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste el dolor se agravaba con un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente el peregrino caso, advirtiendo que esto quizás parecerá en extremo pueril a algunos; pero a los que tal crean les recordaremos que nada es tan ocasionado a puerilidades como un íntimo y puro dolor, de esos en que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo secundario del egoísmo no satisfecho.

Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas que más alegran a los niños, las fiestas de Navidad. Ya se sabe con cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días, y cómo les trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos y las esperanzas del mucho comer y del atracarse de pavo, mazapán, peladillas y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor ingenuidad, de embuchar en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles adyacentes.

Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la Pascua, y como sus primitos, que iban a acompañarla, eran de más edad y sabían cuanto hay que saber en punto a regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndolos, y más se encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes. Delirando, cuando la metía en su horno de martirios la fiebre, no cesaba de nombrar lo que de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear tambores, tañer zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba su mente no había sino pavos haciendo clau clau; pollos que gritaban pío pío; montes de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de almendras; nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce; árboles cargados de cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban a las cocineras con sus ojos cuajados; naranjas que llovían del cielo, cayendo en más abundancia que las gotas de agua en día de temporal, y otros mil prodigios que no tienen número ni medida.

– IV –

El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero muy a menudo entraba en ella para ver cómo iba la enfermita. El mal seguía su marcha con alternativas traidoras: unas veces dando esperanzas de remedio, otras quitándolas.

El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se apartaba de su imaginación. Atento a lo que pudiera contribuir a regocijar el espíritu de la niña, todas las noches, cuando regresaba a la casa, lo traía algún regalito de Pascua, variando siempre de objeto y especie; pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar; otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la Sacra Familia, y al siguiente a San José con el pesebre y portal de Belén. Después vino con unas preciosas ovejas a quien conducían gallardos pastores, y luego se hizo acompañar de unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que vendía chorizos, y de un Rey Mago negro, al cual sucedió otro de barba blanca y corona de oro. Por traer, hasta trajo una vieja que daba azotes en cierta parte a un chico por no saber la lección.

Conocedora Celinina, por lo que charlaban sus primos, de todo lo necesario a la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella obra estaba incompleta por la falta de dos figuras muy principales, la mula y el buey. Ella no sabía lo que significaban la tal mula ni el tal buey; pero atenta a que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y otra vez del solícito padre el par de animales que se había quedado en Santa Cruz.…

[Tesis doctoral] Identificación de Fontane y Galdós con la Sociedad de su época : los escenarios reales de las novelas berlinesas y las novelas madrileñas, de Ana Sofía Ramírez Jaimez

Estudio comparado de los novelistas Theodor Fontane y Benito Pérez Galdós – su trayectoria vital y literaria. Presentación de las llamadas novelas berlinesas de Fontane y las novelas de Madrid (1. Ciclo) de Galdós, con el fin de investigar la utilización de los escenarios reales de las mismas, cuyo tratamiento – funcional – es muy similar. Otros puntos comunes, tales como la critica social sobre la burguesía y el papel de la mujer vienen a completar nuestro trabajo

Tipo de documento: Tesis (Doctoral)
Directores (o tutores):
Directores (o tutores) Email del director (o tutor)
González García-Carrascal, Manuel José
Palabras clave: Fontane, Theodor Crítica e interpretación
Materias: Humanidades > Filología > Filología alemana
Humanidades > Filología > Literatura española e hispanoamericana
Humanidades > Filología > Literatura
Código ID: 3301
Depositado: 17 May 2005
Última Modificación: 30 Oct 2011 11:37

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Fuente de la información: http://eprints.ucm.es/3301/

[Tesis doctoral] El discurso amoroso en la novela de la Restauración: las novelas de Benito Pérez Galdós, de Ana María Pérez López

Título: El discurso amoroso en la novela de la Restauración: las novelas de Benito Pérez Galdós
Fecha de publicación: 2008
Fecha de defensa / creación: 9-feb-2006
Resumen: El objetivo de esta Tesis Doctoral ha sido el estudio de las concepciones amorosas que están presentes en la novela española de la Restauración (tomando como punto de referencia la obra de Benito Pérez Galdós), sobre todo, en lo que respecta a una visión idealista, y en una doble vertiente: 1,- La importancia del discurso amoroso para la conformación estructural y temática de estas obras, por tratarse de un componente esencial en la configuración sentimental, moral e intelectual de los personajes protagonistas de las mismas. 2,- Las ideologías subyacentes que, a través de la exégesis y comentario de los textos pertinentes podemos detectar, en su relación con las concepciones amorosas de los autores de la época. Nos hemos fijado en las influencias de las grandes corrientes de pensamiento de finales del siglo XIX (Idealismo, Positivismo, Pragmatismo y Espiritualismo), y su plasmación y desarrollo en la novela de la Restauración española.
Autor/es principal/es: Pérez López, Ana María
Director/es: Díez de Revenga, Francisco Javier (1946-)
Facultad/Departamentos/Servicios: Departamentos y Servicios::Departamentos de la UMU::Literatura Española, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
Versiones anteriores del documento: http://www.tdr.cesca.es/TDR-0920106-122533/index_cs.html
Idioma: es
URI: http://hdl.handle.net/10201/219
Tipo de documento: Tesis doctoral
Derechos: La difusión de este documento por medio de Internet ha sido autorizado por los titulares de los derechos de propiedad intelectual únicamente para usos privados enmarcados en actividades de investigación y docencia. No se autoriza su reproducción con finalidades de lucro ni su difusión.
Aparece en las colecciones: Artes y Humanidades

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Fuente de la información: http://digitum.um.es/xmlui/handle/10201/219

[Libro] Benito Pérez Galdós. Cronología (1843-1920)

Título y subtítulo Benito Pérez Galdós. Cronología. (1843-1920)
Autor principal Varios autores
Tipo de documento Monografía
Lugar de publicación Las Palmas de Gran Canaria
Editorial Cabildo de Gran Canaria
Fecha 2006
Páginas 62 p.
   
Materias Pérez Galdós, Benito; Cronología;
Formato Digital PDF
Tamaño de archivo 11805586 Bytes
Copyright Cabildo de Gran Canaria

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[Cuento] El don Juan

«Ésta no se me escapa: no se me escapa, aunque se opongan a mi triunfo todas las potencias infernales», dije yo siguiéndola a algunos pasos de distancia, sin apartar de ella los ojos, sin cuidarme de su acompañante, sin pensar en los peligros que aquella aventura ofrecía.

¡Cuánto me acuerdo de ella! Era alta, rubia, esbelta, de grandes y expresivos ojos, de majestuoso y agraciado andar, de celestial y picaresca sonrisa. Su nariz, terminada en una hermosa línea levemente encorvada, daba a su rostro una expresión de desdeñosa altivez, capaz de esclavizar medio mundo. Su respiración era ardiente y fatigada, marcando con acompasadas depresiones y expansiones voluptuosas el movimiento de la máquina sentimental, que andaba con una fuerza de caballos de buena raza inglesa. Su mirada no era definible; de sus ojos, medio cerrados por el sopor normal que la irradiación calurosa de su propia tez le producía, salían furtivos rayos, destellos perdidos que quemaban mi alma. Pero mi alma quería quemarse, y no cesaba de revolotear como imprudente mariposa en torno a aquella luz. Sus labios eran coral finísimo; su cuello, primoroso alabastro; sus manos, mármol delicado y flexible; sus cabellos, doradas hebras que las del mesmo sol escurecían. En el hemisferio meridional de su rostro, a algunos grados del meridiano de su nariz y casi a la misma latitud que la boca, tenía un lunar, adornado de algunos sedosos cabellos que, agitados por el viento, se mecían como frondoso cañaveral. Su pie era tan bello, que los adoquines parecían convertirse en flores cuando ella pasaba; de los movimientos de sus brazos, de las oscilaciones de su busto, del encantador vaivén de su cabeza, ¿qué puedo decir? Su cuerpo era el centro de una infinidad de irradiaciones eléctricas, suficientes para dar alimento para un año al cable submarino.

No había oído su voz; de repente la oí. ¡Qué voz, Santo Dios!, parecía que hablaban todos los ángeles del cielo por boca de su boca. Parecía que vibraba con sonora melodía el lunar, corchea escrita en el pentagrama de su cara. Yo devoré aquella nota; y digo que la devoré, porque me hubiera comido aquel lunar, y hubiera dado por aquella lenteja mi derecho de primogenitura sobre todos los don Juanes de la tierra.

Su voz había pronunciado estas palabras, que no puedo olvidar:

-Lurenzo, ¿sabes que comería un bucadu? -Era gallega.

-Angel mío -dijo su marido, que era el que la acompañaba-: aquí tenemos el café del Siglo, entra y tomaremos jamón en dulce.

Entraron, entré; se sentaron, me senté (enfrente); comieron, comí (ellos jamón, yo… no me acuerdo de lo que comí; pero lo cierto es que comí).

Él no me quitaba los ojos de encima. Era un hombre que parecía hecho por un artífice de Alcorcón, expresamente para hacer resaltar la belleza de aquella mujer gallega, pero modelada en mármol de Paros por Benvenuto Cellini. Era un hombre bajo y regordete, de rostro apergaminado y amarillo como el forro de un libro viejo: sus cejas angulosas y las líneas de su nariz y de su boca tenían algo de inscripción. Se le hubiera podido comparar a un viejo libro de 700 páginas, voluminoso, ilegible y apolillado. Este hombre estaba encuadernado en un enorme gabán pardo con cantos de lanilla azul.

Después supe que era un bibliómano.

Yo empecé a deletrear la cara de mi bella galleguita.

Soy fuerte en la paleontología amorosa. Al momento entendí la inscripción, y era favorable para mí.

-Victoria -dije, y me preparé a apuntar a mi nueva víctima en mi catálogo. Era el número 1.003.

Comieron, y se hartaron, y se fueron.

Ella me miró dulcemente al salir. Él me lanzó una mirada terrible, expresando que no las tenía todas consigo; de cada renglón de su cara parecía salir una chispa de fuego indicándome que yo había herido la página más oculta y delicada de su corazón, la página o fibra de los celos.

Salieron, salí.

Entonces era yo el don Juan más célebre del mundo, era el terror de la humanidad casada y soltera. Relataros la serie de mis triunfos sería cosa de no acabar. Todos querían imitarme; imitaban mis ademanes, mis vestidos. Venían de lejanas tierras sólo para verme. El día en que pasó la aventura que os refiero era un día de verano, yo llevaba un chaleco blanco y unos guantes de color de fila, que estaban diciendo comedme.

Se pararon, me paré; entraron, esperé; subieron, pasé a la acera de enfrente.

En el balcón del quinto piso apareció una sombra: ¡es ella!, dije yo, muy ducho en tales lances.

Acerqueme, mire a lo alto, extendí una mano, abrí la boca para hablar, cuando de repente, ¡cielos misericordiosos! ¡cae sobre mí un diluvio!… ¿de qué? No quiero que este pastel quede, si tal cosa nombro, como quedaron mi chaleco y mis guantes.

Lleneme de ira: me habían puesto perdido. En un acceso de cólera, entro y subo rápidamente la escalera.

Al llegar al tercer piso, sentí que abrían la puerta del quinto. El marido apareció y descargó sobre mí con todas sus fuerzas un objeto que me descalabró: era un libro que pesaba sesenta libras. Después otro del mismo tamaño, después otro y otro; quise defenderme, hasta que al fin una Compilatio decretalium me remató: caí al suelo sin sentido.

Cuando volví en mí, me encontré en el carro de la basura.

Levanteme de aquel lecho de rosas, y me alejé como pude. Miré a la ventana: allí estaba mi verdugo en traje de mañana, vestido a la holandesa; sonrió maliciosamente y me hizo un saludo que me llenó de ira.

Mi aventura 1.003 había fracasado. Aquélla era la primera derrota que había sufrido en toda mi vida. Yo, el don Juan por excelencia, ¡el hombre ante cuya belleza, donaire, desenfado y osadía se habían rendido las más meticulosas divinidades de la tierra!… Era preciso tomar la revancha en la primera ocasión. La fortuna no tardó en presentármela.

Entonces, ¡ay!, yo vagaba alegremente por el mundo, visitaba los paseos, los teatros, las reuniones y también las iglesias.

Una noche, el azar, que era siempre mi guía, me había llevado a una novena: no quiero citar la iglesia, por no dar origen a sospechas peligrosas. Yo estaba oculto en una capilla, desde donde sin ser visto dominaba la concurrencia. Apoyada en una columna vi una sombra, una figura, una mujer. No pude ver su rostro, ni su cuerpo, ni su ademán, ni su talle, porque la cubrían unas grandes vestiduras negras desde la coronilla hasta las puntas de los pies. Yo colegí que era hermosísima, por esa facultad de adivinación que tenemos los don Juanes.

Concluyó el rezo; salió, salí; un joven la acompañaba, «¡su esposo!», dije para mí, algún matrimonio en la luna de miel.

Entraron, me paré y me puse a mirar los cangrejos y langostas que en un restaurante cercano se veían expuestos al público. Miré hacia arriba, ¡oh felicidad! Una mujer salía del balcón, alargaba la mano, me hacía señas… Cercioreme de que no tenía en la mano ningún ánfora de alcoba, como el maldito bibliómano, y me acerqué. Un papel bajó revoloteando como una mariposa hasta posarse en mi hombro. Leí: era una cita. ¡Oh fortuna!, ¡era preciso escalar un jardín, saltar tapias!, eso era lo que a mí me gustaba. Llegó la siguiente noche y acudí puntual. Salté la tapia y me hallé en el jardín.

Un tibio y azulado rayo de luna, penetrando por entre las ramas de los árboles, daba melancólica claridad al recinto y marcaba pinceladas y borrones de luz sobre todos los objetos.

Por entre las ramas vi venir una sombra blanca, vaporosa: sus pasos no se sentían, avanzaba de un modo misterioso, como si una suave brisa la empujara. Acercose a mí y me tomó de una mano; yo proferí las palabras más dulces de mi diccionario, y la seguí; entramos juntos en la casa. Ella andaba con lentitud y un poco encorvada hacia adelante. Así deben andar las dulces sombras que vagan por el Elíseo, así debía andar Dido cuando se presentó a los ojos de Eneas el Pío.

Entramos en una habitación oscura. Ella dio un suspiro que así de pronto me pareció un ronquido, articulado por unas fauces llenas de rapé. Sin embargo, aquel sonido debía salir de un seno inflamado con la más viva llama del amor. Yo me postré de rodillas, extendí mis brazos hacia ella… cuando de pronto un ruido espantoso de risas resonó detrás de mí; abriéronse puertas y entraron más de veinte personas, que empezaron a darme de palos y a reír como una cuadrilla de demonios burlones. El velo que cubría mi sombra cayó, y vi, ¡Dios de los cielos!, era una vieja de más de noventa años, una arpía arrugada, retorcida, seca como una momia, vestigio secular de una mujer antediluviana, de voz semejante al gruñido de un perro constipado; su nariz era un cuerno, su boca era una cueva de ladrones, sus ojos, dos grietas sin mirada y sin luz. Ella también se reía, ¡la maldita!, se reía como se reiría la abuela de Lucifer, si un don Juan le hubiera hecho el amor.

Los golpes de aquella gente me derribaron; entre mis azotadores estaban el bibliómano y su mujer, que parecían ser los autores de aquella trama.

Entre puntapiés, pellizcos, bastonazos y pescozones, me pusieron en la calle, en medio del arroyo, donde caí sin sentido, hasta que las matutinas escobas municipales me hicieron levantar. Tal fue la singular aventura del don Juan más célebre del universo. Siguieron otras por el estilo; y siempre tuve tan mala suerte, que constantemente paraba en los carros que recogen por las mañanas la inmundicia acumulada durante la noche.…

[Artículo] Casas de Galdós en Madrid (I), de Manuel Martínez Bargueño

Artículo reproducido con la autoriación expresa de su autor. Su lugar de publicación original puede encontrarse aquí

 

Benito Pérez Galdós (1843- 1920), el genial escritor, canario de origen y madrileño de adopción, – “Nací a los veinte años, en Madrid...”- vivió en la capital de España durante más de sesenta años (desde su llegada a Madrid a finales de 1862 hasta su fallecimiento el 4 de enero de 1920) de forma solo interrumpida por sus habituales veraneos en Santander y viajes esporádicos al extranjero y a diversas ciudades españolas, preferentemente a Toledo. En Madrid habitó diversos inmuebles cuyo emplazamiento es conocido relativamente (1) aunque prácticamente casi ninguno de ellos se mantenga hoy en pie.

Pretendemos en este artículo de divulgación hacer un recorrido por lo que queda de estos lugares aprovechando nuestro habitual “flanear” matutino por las calles madrileñas e invitamos a nuestros lectores a que nos acompañen … al menos con la imaginación.

Primera vivienda: calle de las Fuentes (1862-63)

El joven Galdós llegó a la estación de Atocha de la Villa y Corte, con 19 años cumplidos, a finales de septiembre de 1862, con la intención de cursar la carrera de Derecho en la Universidad Central, después de un largo periplo por vía marítima y terrestre que le condujo desde Las Palmas a Madrid, pasando por Cádiz y Sevilla.

Recién desembarcado en Madrid, el estudiante Galdós vivió los primeros meses de lo que sería el comienzo de su largo idilio madrileño en una “casa de huéspedes” sita en la calle de las Fuentes número 3, segundo piso, donde desde 1860 estaba alojado su amigo, Fernando León y Castillo quien, algo mayor que Galdós, ya tenía iniciados con aprovechamiento sus estudios de Derecho, al igual que otro estudiante canario, Miguel Massieu.

La calle de las Fuentes (2) -dice Pedro Ortiz-Armengol, autor de la biografía definitiva de Galdós “es un caso de irregularidad urbana. Ni es plana ni es recta, ni tiene la misma anchura en su recorrido. Va de la plaza de Herradores a la calle del Arenal, ese vallecito que es el único desaguadero de la Puerta del Sol; lugar este último que es una hoya se mire como se mire” (3). Además, dicha calle estaba enclavada en un barrio que debía resultar fascinante para el recién llegado como “un mundo a explorar”. En el centro de Madrid, a dos pasos de la calle Mayor, a cuatro de la Puerta del Sol y por el otro lado, el Palacio Real y la Ópera, muy frecuentada por un juvenil Galdós, melómano y pianista aficionado.

Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real, y un Café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos”.(4)

El edificio donde estaba la “casa de pupilos”, sigue diciendo Ortiz-Armengol, destacaba por entonces del modesto caserío pues era el único moderno existente en la calle desde la vieja plaza de Herradores, bajando por la acera izquierda hasta la calle del Arenal.

Desde sus balcones podía verse, de refilón, la plaza de Herradores, donde ya había sido derribado el convento jesuita de San Felipe Neri y donde un ingeniero, de apellido Marcoartú, había abierto un pasaje comercial acristalado, al estilo de París.

El edificio de la calle de las Fuentes que, restaurado interiormente, (5) todavía se conserva, actual número 3 moderno- muestra su elegancia isabelina en sus tres plantas con tres amplios balcones por planta, cada uno de estos adornado con un dintel que muestra una guirnalda. Actualmente, según hemos podido observar, los bajos del inmueble están ocupados por un restaurante de comida mexicana.

El segundo piso de este inmueble lo tenía alquilado, según el padrón municipal de 1862, D. José García, empleado en la Deuda Pública quien lo habitaba con su mujer y una criada de servicio. Como solía ser costumbre en muchas familias de funcionarios y empleados, la vivienda servía de pensión para estudiantes en este caso acomodados, y sería, en expresión de su biógrafo una “pensión encubierta” para dos o tres estudiantes.
La pensión, según Federico Carlos Saínz de Robles era “de una frugalidad y de una sencillez espartana”6 sin que sepamos si es real o inventada esta imagen deprimente, acentuada por otro biógrafo galdosiano César Ballester, quien adorna el ambiente con esta sombría descripción: “Era un cuarto interior, oscuro, sin luz natural, con la cama de tubos metálicos y un aguamanil desportillado que hacía las veces de lavabo» 7. Contrastan estos juicios, con el más favorable y digno de crédito de Ortiz Armengol: «La casa de huespedes aquella era de «superior categoría» y ello se comprende porque aquellos dos estudiantes pertenecían a familias acomodadas de las islas y no iban a estar en cualquier incómodo lugar» (8)

Galdos vivió en esta “pensión circunspecta” de la familia García hasta finalizar el curso preparatorio de Derecho, tras el cual regresó brevemente a Las Palmas. A su vuelta a Madrid ya no se alojaría allí, quizás porque encontró un mejor acomodo, porque no quería enemistarse con su compañero León y Castillo o porque la familia García mudó de domicilio.

En 1990, el Ayuntamiento de Madrid colocó uno de esos horribles rombos metálicos con esta leyenda: “En una pensión de esta casa vivió el joven escritor Benito Pérez Galdós entre 1862 y 1863 durante sus primeros meses en Madrid”.

Segunda vivienda: calle del Olivo, esquina Abada (1863-1870)

La segunda vivienda de Galdós en Madrid, tras su regreso de su isla natal donde pasó el verano de 1863, fue otra casa de huéspedes, sita en en el número 9 de la calle del Olivo (9) esquina la de Abada (10).

La casa número 9 de la calle del Olivo (actual Mesonero Romanos), escribe Ortiz Armengol “tenía como planta un cuadrilátero algo irregular, formando un ángulo recto sus fachadas a las calles, y un ángulo agudo las dos medianerías. Casa de seis plantas que seguramente debía de ser bastante reciente de construcción, por la considerable altura que significaban los seis niveles, sin contar los sótanos, si es que los había”.

Actualmente nada queda del edificio, que fue derribado cuando se construyó “El Corte Inglés” (¿o fueron Galerias Preciados?), hace unos treinta años, sin que se conozcan fotos anteriores.

En aquel edificio de seis plantas, concretamente en la planta segunda, tenía su pensión o casa de huéspedes un ingeniero guipuzcoano de nombre Jerónimo Ibarburu, casado con doña Melitona Muela, natural de un pueblo de Guadalajara. La casa acogía huéspedes estables, estudiantes, empleados, como demuestra el estudio de los padrones municipales llevado acabo por el investigador canario José Pérez Vidal.

Galdós debió vivir allí muy a su gusto pues estuvo alojado no menos de ocho años desde 1863 a 1870, a lo que contribuiría la cercanía del Ateneo, en la calle de la Montera … y de los bailes de Capellanes, en la actual calle del maestro Victoria. En esta casa dela calle del Olivo escribió obras teatrales, nunca estrenadas, colaboraciones periodísticas, un relato como “La sombra”, pergeñó su primera novela histórica “La Fontana de Oro”, ideó alguna otra y, lo que es más interesante, veinte años más tarde en su novela “El Doctor Centeno” (1883), la mas autobiográficas de las suyas, evocó el ambiente de la casa de huéspedes de la “hermosa arpía” doña Virginia, sita literariamente con toda intención en la calle Abada:

Llegaron por fin a su casa que era de las que llamamos de huéspedes, y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en un barrio peor, la cual si llevara el nombre de macho, como lo lleva la hembra, se llamaría del Rinoceronte. Subieron al cuarto que era segundo con entresuelo por la mal pintada, pero barrida y mucho peor alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la puerta una hermosa arpía, que en tono iracundo les increpó…” (11)

En la novela Galdós evoca el aspecto interior de la casa de huéspedes “aquel largo pasillo, con tres vueltas, parecido a una conciencia llena de malicias y traiciones; aquella estera rota, tan peligrosa para el que andaba un poco de prisa; aquellos cuartos que al angosto pasillo se abrían, aquella sala y gabinete donde se aposentaban los huéspedes de campanillas; aquel olor de fritanga que desde la cocina se esparcía por toda la casa, saliendo hasta la escalera para dar el quien vive a todo el que entraba” (12).

Lo más logrado de la casa de huéspedes de doña Virginia son sus moradores, sin duda inspirados en personajes reales conocidos y tratados por el autor, como los estudiantes, Zalamero, Poleró, Arias Ortiz, Cienfuegos, y los “fijos” Leopoldo Montes, el señor de los prismas, don Joaquín Delgado, el “eautepistografo”, que se escribía y contestaba cartas a si propio, el sesudo Basilio Andrés de la Caña, sin olvidar a otros habitantes de la casa como el borrachín y mahumorado marido de la gallarda doña Virginia, el señor de Alberique, por otro nombre, el moro de Cocentaina y el humilde perro, que nunca ladraba, “animal comedido, modesto y meditabundo”, al que llamaban sin saber por qué “Julián el de Capadocia”.

Y por supuesto quien es el protagonista de la novela, junto con su criado Felipe, apodado el doctor Centeno, esto es el infortunado Alejandro Miquis, trasunto del autor, como él estudiante en Leyes “a cuyas clases iba lo menos posible y de mala gana” e incipiente autor dramático.…

[Artículo] Ideología y Sociedad en las Novelas Contemporáneas de Galdós, de Manuel Tuñón de Lara

En nuestro universo cultural ha llegado a ser casi una categoría de base la apreciación de la vasta interacción que se da entre la obra de Galdós y lo que llamaríamos su «tiempo histórico», cuyos contornos coinciden aproximadamente con los de la sociedad española del siglo XIX. Esta idea básica adquiere todo su alcance cuando se reflexiona en que el territorio de la Historia es,a finales del siglo XX, mucho más extenso y variado que lo era hace poco más demedio siglo. De ahí que sean no sólo lícito sino indispensable, como objetos de conocimiento y estudio como el carácter de fuente de la historia ideológica que tiene toda la obra de Galdós y, así como la lectura de la misma. Porque al abordarse la historia de las ideas y de las mentalidades en estrecha interdependencia con las estructuras sociales de que emanan, la aportación testimonial de Galdós,su expresión condensada del vivir histórico y cotidiano de los españoles durante un siglo, hace posible que abordemos temas como el que hoy nos ocupa.

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Fuente original del artículo: http://www.historiacontemporanea.ehu.es/s0021-con/es/contenidos/boletin_revista/00021_revista_hc03/es_revista/adjuntos/03_09.pdf

[Artículo] El interés soviético por los Episodios y novelas de Galdós (1935-40), de Vernon A. Chamberlin

Las obras de Galdós ya empezaron a despertar interés en Rusia durante la vida del autor, y aún siguen hoy siendo leídas y estimadas. Un voluntario realista apareció en traducción en 1879, Doña Perfecta en 1882 y La desheredadaen 1883. Aunque la primera guerra mundial puso fin al proyecto de publicar una edición rusa delas obras completas de Galdós, ya en 1927 el lector ruso podía leer en su propia lengua catorce novelas y cuentos del gran realista español. Bastante temprano también comenzaron a publicarse en Rusia estudios acerca de Galdós. En 1882, por ejemplo, Vestnik Evropy (El Heraldo Europeo) publicó, como parte de una campaña de la revista para introduciren Rusia escritores contemporáneos de occidente, un extenso estudio en dos partes: «Pérez Galdós: Novelista español contemporáneo» («Sovremenny ispanisky romanist»). A partir de dicha fecha, la crítica galdosiana se ha enriquecido y continúa enriqueciéndose con muchos estudios de la más diversa índole en el bello idioma de Pushkin y de Tolstói.

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Fuente de la información: http://edicionesdelcabildodegrancanaria.es/index.php?option=com_publicaciones&view=publicacion&id=2995&Itemid=10

[Cuento] La pluma en el viento, de Benito Pérez Galdós (1872)

Introducción

Sobre el apelmazado suelo de un corral, entre un cascarón de huevo y una hoja de rábano, cerca del medio plato donde bebían los pollos y como a dos pulgadas del jaramago que se había nacido en aquel sitio sin pedir permiso a nadie, yacía una pequeña y ligerísima pluma, caída al parecer del cuello de cierta paloma vecina; que diez minutos antes se había dejado acariciar ¡oh femenil condescendencia! por un D. Juan que hacía estragos en los tejados de aquellos contornos.

El corral era triste, feo y solitario. Desde estaba la pluma no se veía otra cosa que la copa de algunos castaños plantados fuera de la tapia, el campanario de la iglesia con su remate abollado, a manera del sombrero viejo, la vara enorme y deslucida de un chopo inválido y casi moribundo, y las tejas da la casa adyacente, que en días de temporal regaban con abundante lloro el corral y la huerta. La vid, la zarza trepadora y la madreselva, apenas cubrían entre las tres toda la extensión de la tapia, erizada de vidrios rotos en su parte superior, que servía de baluarte inexpugnable contra zorras y chicuelos.

A esto se reducía el paisaje, amén del inmenso y siempre hermoso cielo, tan espléndido de día, como imponente y misterioso de noche.

La pluma (¿por qué no hemos de darle vida?) yacía, como dijimos, en compañía de varios objetos bastante innobles, propios del lugar, y constantemente expuesta a ser hollada por la bárbara planta de los gansos, de los pollos y aun de otros animalejos menos limpios y decentes que tenían habitación en algún lodazal cercano.

No hay para qué decir que la pluma debía de estar muy aburrida; pues suponiendo un alma en han delicado, aéreo y flexible cuerpo, la consecuencia es que esta alma no podía vivir contenta en el corral descrito. Por una misteriosa armonía entre los elementos constitutivos de aquel ser, si el cuerpo parecía un espectro de materia, el alma había sido creada para volar y remontarse a las alturas, elevándose a la mayor distancia, posible sobra el suelo, en cuyo fango jamás debieran tocar los encajes casi imperceptibles de su sutil vestidura. Para esto había nacido ciertamente; pero en ella, como en nosotros los hombres, la predestinación continuaba siendo una vana palabra. Estaba la pobre en el corral, lamentando su suerte, con la vista fija en el cielo, sin más distracción que ver agitadas por el viento los blancos festones de su ropa inmaculada, y diciendo en la ignota lengua de las plumas: «No sé cómo aguanto esta vida fastidiosa. Más valdría cien veces morir».

Otras muchas cosas igualmente tristes dijo; pero en el mismo instante una ráfaga de viento que puso en conmoción todas las pajas y objetos menudos arrojados en el corral, la suspendió, ¡oh inesperada alegría! alzándola sobre el suelo más de media vara. Por breve espacio de tiempo estuvo fluctuando de aquí para allí, amenazando caer unas veces y remontándose otras, con gran algazara de los pollos, quienes al ver aquella cosa blanca que se paseaba por los aires con tanta majestad, iban tras ella aguardándola en su caída, con la esperanza de que fuera algo de comer. Pero el viento sopló más fuerte y haciendo un fuerte remolino en todo el recinto del corral, la sacó fuera velozmente. Cuando ella se vio más alta que la tapia, más alta que la casa, que los castaños, que la cúspide del chopo, tembló toda de entusiasmo y admiración. Allá arribita, el viento la meció, sosteniéndola sin violentas sacudidas; parecía balancearse en invisible hamaca o en los brazos de algún cariñoso genio. Desde allí ¡qué espectáculo! Abajo el corral con sus inquietos pollos escarbando sin cesar; la huerta, la casa, los castaños, el chopo, ¡qué pequeño lo que antes parecía tan grande! Después, toda la extensión del hermoso valle poblado de casas, de árboles, de flores, de ganados; a lo lejos las montañas con sus laderas cubiertas de bosques, sus eminencias rojizas y azules y sus cúspides encaperuzadas con una blancura en la cual nuestra viajera creyó ver enormes montones de plumas, encima el cielo sin fin, el sol de la mañana dando vivos colores a todo el paisaje, garabateando el agua con rayos de luz, produciendo temblorosos reflejos en el follaje de los olmos, y reverberando en las sementeras pajizas, salpicadas aquí y allí de manchas de amapolas. ¡Esto sí que se llama vivir! Tremenda cosa sería caer otra vez en el corral.

La pluma, en el colmo de su regocijo, no halló medio mejor de expresarlo que dando vueltas sobre su eje, para que se orearan bien sus miembros húmedos y ateridos: se bañó en el sol y se esponjó, ahuecando con cierta vanidad los flecos diminutos de que se componía su cuerpo. El sol penetraba por entre los mil intersticios de aquel encaje prodigioso, y nuestra viajera se vio vestida de hilos de cristal más tenues que los que tienden las arañas de rama en rama, y cubierta de diamantes, esmeraldas y rubíes que variaban de luces a cada movimiento, y tan menudos, que los granos de arena parecerían montañas a su lado.

Extender la vista por el valle, por las montañas, por el horizonte, y querer recorrerlo todo hasta el fin, fue en la pluma obra de un momento. Su estupor y alborozo no tenían límites; y si al pronto la sorpresa la mantuvo en aquella altura, divagando, sin apartarse de su situación primera, después, serenada un poco y sintiendo en su pecho (?) el fuego del entusiasmo, se lanzó en el inmenso espacio, en brazos del geniecillo. Desaparecieron corral, casa, aldea; la torre de la iglesia como gigante despavorido, caminaba también con grandes zancajos hasta perderse de vista. En la agitación de aquel vuelo vertiginoso, la pluma subía a veces a tanta altura, que apenas podía distinguir los objetos; otras descendía hasta rozar con la tierra, y contemplaba su imagen fugitiva en la superficie verdosa de los charcos. A veces remontaba tanto, que parecía confundirse con las nubes y perderse en los inmensos océanos del espacio; a veces descendía tanto, que casi casi tocaba a la tierra; y en su lenguaje ignoto decía al viento: «Bájame un poco, amigo, que me mareo en estas alturas» o «levántame por favor, amiguito, que voy a caer en ese lodazal».

El viento, dócil vehículo, la subía y la bajaba, según su deseo, andando siempre, y pasaban valles, ríos, montes, colinas, pueblos, sin parar nunca. En su viaje, la pluma no cesaba de admirar cuanto veía. Los pájaros pasaban cantando junto a ella; las mariposas se detenían, mirándola con asombro, no acertando a comprender si era cosa viva o un objeto arrastrado por el viento. Cuando iban cerca de tierra y pasaban rozando por encima de zarzales y plantas espinosas, creeríase que todas las púas se erizaban como garras para cogerla, y al volar por encima de un charco, los gansos de la orilla volvían de medio lado la cabeza mirándola, y con la esperanza de verla caer, corrían graznando tras ella: -«Súbeme, amiguito -gritaba-, para no oír a estos bárbaros».

Canto primero

Y subían hasta lo alto de la montaña: pasaban la divisoria, y recorrían otro valle, y así todo el camino, sin detenerse nunca. Tanto anduvieron, que la pluma, sintiendo satisfecha su curiosidad, se arremolinó, dio varias vueltas sobre sí misma, y dijo al genio que la conducía:

«¿Sabes que hemos corrido bastante? ¿No convendría elegir sitio para descansar un rato? ¡Ay, amigo! Aunque deseaba salir del corral y recorrer el mundo, puedes creer que lo que a mí me gusta es la vida tranquila y reposada. Por un instante pensé que la felicidad es volar de aquí para allí, viendo cosas distintas cada minuto, y recibiendo impresiones diferentes. Ya me voy convenciendo de que es mejor estarse una quietecita en un paraje que no sea tan feo como el corral, viviendo sin sobresalto ni peligro. Allí veo, cerca del río, unos grandes árboles, que me parecen el lugar más hermoso que hemos encontrado en nuestro viaje.

Acercáronse y vieron, efectivamente, que a la sombra de aquellos árboles había el sitio más apacible y delicioso que podría ambicionar, una pluma para pasar sus días. Césped finísimo cubría el suelo; el río cercano corría con mansa corriente, ni tan rápida que arrastrara y revolviera la tierra de las verdes márgenes, ni tan pausada que se enturbiaran sus aguas: fácil era contar todas las piedrecillas del fondo, mas no la muchedumbre de peces que divagaban por su trasparente cristal. Las ramas de los árboles, cerniendo la viva luz del sol, mantenían en templada penumbra el pequeño prado; y de allí habían huido todos los insectos importunos y sucios, así como todas las aves impertinentes y casquivanas. Los pocos seres que allí estaban de paso o con residencia fija, eran lo más culto y distinguido de la creación: insectos vestidos de oro y condecorados con admirables pedrerías; aves sentimentales y discretas que cantaban sus amores en cortesano estilo, y sólo a ciertas horas de la mañana o de la tarde. Era el medio día, y todas callaban en lo alto de las ramas, entreteniendo el espíritu en abstractas meditaciones.

«¡Fresco y bonito lugar es éste! -dijo la pluma, erizándose de entusiasmo al verse allí. -Aquí quiero pasar toda mi vida, toda, toda, lo repito con seguridad completa de no variar de propósito.

Vagaba a la sombra de los árboles, resbalando sobre el fresco césped, cuando vio que se acercaba una pastora, guiando dos docenas de ovejas, con alguno que otro cordero, y un perro que les servía de custodia y compañía.…

[Libro] Novelas y novelistas, de Andrenio (Eduardo Gómez de Baquero)

Título y subtítulo Novelas y novelistas
Autor principal Eduardo Gómez de Baquero (Andrenio)
Autores secundarios
Tipo de documento Monografía
Edición 1ª edición
Lugar de publicación Madrid
Editorial Editorial Saturnino Calleja
Fecha 1918
Páginas 330 p.
Materias Pérez GaldósBenitoCríticainterpretaciónBiografía, Episodios Nacionales
Formato Digital PDF
Tamaño de archivo 9 Mb
Copyright Libre

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