Mangos de Mao Zedong

Los mangos de Mao Zedong y el ascenso de la clase obrera en China

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A mediados de 1968, la República Popular China se encontraba en un período de intensa agitación política. Lo que había comenzado dos años antes como una campaña de transformación ideológica interna había derivado en una compleja fragmentación social. En los centros urbanos y educativos, las tensiones metodológicas entre diferentes sectores de la población civil amenazaban la estabilidad del Estado. En la prestigiosa Universidad de Tsinghua, en Pekín, el conflicto estudiantil alcanzó su punto álgido con la llamada «Guerra de los Cien Días»: dos facciones rivales de jóvenes (el Cuerpo Jinggangshan y los Fours) se atrincheraron en el campus, llevando sus disputas ideológicas a un enfrentamiento físico directo utilizando tácticas de guerrilla urbana.

Fue en este escenario de polarización donde un fruto exótico y tropical, completamente desconocido para la población del norte del país, se convirtió en el eje sobre el que giraría el destino político de la nación. Aquel episodio desató un fenómeno de masas tan singular como políticamente instrumental: el culto al mango (en chino: 芒果崇拜; pinyin: Mángguǒ Chóngbài). Sin embargo, detrás de las procesiones populares, las réplicas y los objetos conmemorativos se ocultaba una maniobra estratégica que reconfiguraría la estructura del poder comunista para las siguientes décadas.

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El caos de la «Guerra de los Cien Días»En 1968, la Revolución Cultural de Mao derivó en una violenta fragmentación social. En la Universidad de Tsinghua, facciones rivales de Guardias Rojos se atrincheraron en el campus utilizando tácticas de guerrilla urbana, lo que amenazaba con paralizar las estructuras del Estado.
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La pacificación proletariaPara detener los combates estudiantiles sin recurrir al ejército, unos 30.000 trabajadores desarmados ingresaron en la universidad como el Equipo de Propaganda. Pese a sufrir bajas y hostilidad estudiantil, consiguieron estabilizar el campus y forzar el desarme de los comités juveniles.
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El regalo diplomático de PakistánDías después de la pacificación, el ministro de Asuntos Exteriores pakistaní regaló a Mao una caja de mangos. El mandatario decidió redirigir el exótico obsequio íntegramente a los trabajadores de Tsinghua, lo que la clase obrera del norte del país recibió como una validación sagrada e histórica de sus esfuerzos.
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Marmitas comunales y réplicas de ceraPara conservar el perecedero obsequio, una fábrica textil hirvió su mango en una marmita para que toda la plantilla bebiera una porción. Para expandir el símbolo, el aparato de propaganda produjo masivamente réplicas hiperrealistas de cera protegidas por urnas de cristal que eran enviadas en avión y tren por todo el país.
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El ascenso del poder industrialLa «mangomanía» sirvió de herramienta para visibilizar un drástico cambio estructural en el país: el relevo de la intelectualidad estudiantil por el proletariado industrial como vanguardia de la revolución. Bajo la consigna «la clase obrera debe liderar en todo», los trabajadores asumieron la gestión administrativa y académica de la nación.
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El legado material en objetos diariosEl motivo del mango inundó el consumo diario en vajillas, tazas, estuches o cigarrillos, protagonizando incluso el desfile del Día Nacional en Tiananmen en 1968. El fenómeno decayó a finales de 1969 con la normalización del país, teniendo un último eco en 1974 de la mano de Jiang Qing antes de la caída de la Banda de los Cuatro.

Contexto histórico: las corrientes de la Revolución Cultural

Para comprender cómo una fruta pudo alcanzar el estatus de símbolo político central, es imprescindible analizar las raíces de la Gran Revolución Cultural Proletaria, lanzada por Mao Zedong en mayo de 1966. A principios de la década de los sesenta, la dirección del Partido Comunista de China (KPCh) debatía intensamente sobre el rumbo económico del país tras las dificultades del Gran Salto Adelante. Sectores más pragmáticos de la organización estatal comenzaron a implementar reformas moderadas, lo que a ojos de Mao corría el riesgo de aburguesar el proceso revolucionario y alejar al partido de sus bases sociales.

Con el objetivo de revitalizar el espíritu revolucionario y desmantelar las estructuras burocráticas que consideraba anquilosadas, Mao apeló directamente a la movilización popular. La campaña buscaba combatir las llamadas «viejas costumbres, la vieja cultura, los viejos hábitos y las viejas ideas» que aún persistían en la sociedad. Para ello, se convocó inicialmente a las bases estudiantiles de secundaria y universitarias, quienes se organizaron bajo el nombre de los Guardias Rojos.

Provistos del Libro Rojo como principal referente doctrinal, estos comités juveniles asumieron un papel de vanguardia ideológica. Clausuraron centros educativos e interpelaron a profesores, cuadros del partido e intelectuales bajo la premisa de depurar cualquier desviación reformista. En su determinación por romper con el pasado tradicional, se intervinieron templos y se cuestionaron las jerarquías académicas.

Esta violenta reconfiguración de las estructuras internas afectó de manera directa a los escalafones más altos de la dirección estatal, marcando las trayectorias de las futuras generaciones de líderes del país. Un ejemplo de la profundidad de estas purgas institucionales fue el caso de la familia del actual secretario general del partido, Xi Jinping. Su padre, Xi Zhongxun, un destacado líder revolucionario y viceprimer ministro, fue despojado de sus cargos y marginado políticamente dentro de los debates ideológicos previos al estallido del movimiento. El hostigamiento de las facciones radicales sobre el entorno familiar se intensificó al punto de que una de las hermanas de Xi Jinping, Xi Heping, acabó suicidándose debido a la presión psicológica de las persecuciones. El propio Xi Jinping, con apenas 15 años, vio interrumpidos sus estudios en Pekín, fue denunciado públicamente y terminó siendo enviado lejos de la capital, al entorno rural de la remota aldea de Liangjiahe (Shaanxi), en el marco de los programas de movilización masiva.

Este tipo de procesos, donde una corriente política recurre a la reescritura de símbolos o a la intervención cultural para consolidar su hegemonía, cuenta con numerosos precedentes en la historia. Siglos atrás, en el ámbito europeo, la Iglesia medieval ya había recurrido a la configuración de narrativas documentales mediante la donación de Constantino para legitimar su autoridad territorial frente a los poderes seculares. Sin embargo, en la China de 1968, la movilización de los Guardias Rojos operaba de manera asamblearia y descentralizada. Esta falta de una dirección institucional unificada llevó a que las diferentes facciones estudiantiles comenzaran a disputar la ortodoxia del movimiento entre sí, generando una fragmentación que el gobierno central consideró necesario canalizar para evitar una parálisis generalizada del país.

La intervención obrera y la pacificación de Tsinghua

El punto de inflexión de esta dinámica se produjo en el campus de la Universidad de Tsinghua. La prolongación de los enfrentamientos universitarios llevó a la dirección del Estado a intervenir, buscando una solución que evitara el uso directo del ejército regular. En su lugar, se optó por una solución basada en la movilización del proletariado urbano. El 27 de julio de 1968, un contingente de aproximadamente 30 000 trabajadores de las principales fábricas de Pekín, organizados como el Equipo de Propaganda del Pensamiento Mao Zedong Obrero-Campesino, ingresó en el campus.

La misión de los operarios era interponerse de forma pacífica entre las facciones estudiantiles para detener los combates. Pese a acudir desarmados, la entrada del bloque de trabajadores fue recibida con hostilidad por los sectores estudiantiles más radicalizados, resultando en cinco trabajadores fallecidos y centenares de heridos. No obstante, la cohesión y el volumen de la masa obrera lograron estabilizar el campus. Al día siguiente, tras una histórica reunión entre Mao y los líderes estudiantiles, se decretó el cese de las actividades armadas de los Guardias Rojos.

Pocos días después de este suceso, el 4 de agosto de 1968, el ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, Mian Arshad Hussain, llegó a Pekín en visita oficial y entregó a Mao Zedong un obsequio diplomático: una caja de mangos de la variedad Sindhri. El mandatario chino, priorizando el gesto político sobre el consumo personal, decidió redirigir el obsequio de forma íntegra a los comités de trabajadores acuartelados en Tsinghua, como un reconocimiento público a su papel en la resolución del conflicto.

Para la clase trabajadora de la capital, el gesto adquirió una enorme carga simbólica. El mango, una fruta exótica de la que apenas se tenía conocimiento en el norte de China, fue recibido como una validación directa de sus esfuerzos por parte de la jefatura del Estado. Los medios oficiales, como el Renmin Ribao (El Diario del Pueblo), reflejaron el entusiasmo de las plantillas de las fábricas, que veían en la entrega del fruto un respaldo explícito a su rol histórico dentro del proceso revolucionario.

La institucionalización del símbolo y las réplicas de cera

El principal reto logístico para las asambleas de trabajadores en las fábricas fue la conservación de un elemento de naturaleza orgánica. Dado el valor simbólico otorgado al obsequio, consumirlo de forma convencional o permitir su deterioro natural eran opciones descartadas por los comités revolucionarios.

En una planta textil de Pekín, el mango asignado fue dispuesto en un espacio preferente para que los trabajadores pudieran visitarlo en turnos organizados. Cuando la fruta comenzó a mostrar signos de descomposición, los responsables de la fábrica optaron por una solución colectiva: pelaron el mango y lo hirvieron en una gran marmita de agua, distribuyendo posteriormente una porción del líquido entre toda la plantilla en un acto de reafirmación comunitaria.

Para extender el alcance del símbolo a otras regiones sin depender de la durabilidad del fruto original, el aparato de propaganda del partido coordinó la producción a gran escala de réplicas detalladas fabricadas en cera y plástico. Cada reproducción se presentaba protegida por urnas de cristal sobre bases de seda, y eran trasladadas a distintas provincias para ser exhibidas ante la población local.

El traslado de estos objetos movilizó una compleja infraestructura de transporte. La llegada de una de estas piezas a la estación de成都 (Chengdu) atrajo a miles de ciudadanos que acudieron a presenciar el evento, mientras que la Fábrica de Máquinas Herramienta de Pekín Nº 1 gestionó un transporte aéreo para enviar una réplica a sus talleres homólogos en Shanghái. Esta movilización de recursos en torno a un elemento singular evoca, salvando las distancias de su propósito político, la notable complejidad logística que supuso en ese mismo año de 1968 el traslado y reconstrucción del London Bridge en Arizona, donde una estructura histórica fue transportada transoceánicamente como un hito de gestión técnica. En el contexto chino, la prioridad era la cohesión ideológica del territorio, un proceso gestionado con estricta disciplina interna por los comités locales.

El ascenso del proletariado industrial en el equilibrio de poder

Más allá de la singularidad estética del fenómeno, la denominada «mangomanía» cumplió una función política de primer orden dentro de la Revolución Cultural. No se trató de una anécdota aislada, sino del mecanismo propagandístico utilizado para visibilizar un cambio estructural en la dirección del Estado: el relevo de la intelectualidad estudiantil por parte del proletariado industrial como vanguardia del proceso.

Periodo de la Revolución CulturalSector Social ReferenteSímbolo de LegitimidadDestino Institucional
Primera Fase (1966 – mediados 1968)Guardias Rojos (Estudiantes / Intelectuales)El Libro Rojo de MaoDisolución de facciones y reubicación rural
Segunda Fase (finales 1968 – 1976)Proletariado Industrial (Trabajadores de Fábrica)El Mango de MaoDirección de comités urbanos y académicos

Al otorgar el regalo diplomático a los trabajadores fabriles, la dirección del partido escenificó el fin de la hegemonía de los Guardias Rojos en la conducción de la Revolución Cultural. La tendencia a la fragmentación teórica de las facciones estudiantiles fue sustituida por la disciplina organizativa de las bases obreras. En términos de dinámicas internas, este choque de corrientes y la necesidad de estabilizar el sistema guarda ciertos paralelismos con los análisis de incidentes críticos como el choque aéreo de Brocklesby, donde dos fuerzas en trayectoria de colisión requirieron de una intervención técnica coordinada para evitar un desenlace destructivo.

Bajo la nueva directriz oficial de que «la clase obrera debe ejercer el liderazgo en todo», comités de trabajadores industriales asumieron la gestión administrativa de universidades, escuelas y oficinas gubernamentales. De forma paralela, se inició el programa de envío de jóvenes urbanos al entorno rural para colaborar con el campesinado, integrando a las antiguas bases estudiantiles en los sectores productivos del país y consolidando el giro obrero del régimen.

Producción material y legado del fenómeno

Estabilizada la dirección política bajo el protagonismo obrero, la iconografía del mango se integró de forma generalizada en los bienes de consumo cotidianos. Las factorías estatales adaptaron sus líneas de producción para incorporar el motivo del fruto en objetos prácticos como vajillas de esmalte, palanganas, tazas, estuches de lápices y cartillas escolares. Productos de uso diario como jabones o las cajetillas de la marca de cigarrillos Mango registraron altos niveles de distribución entre la población trabajadora.

En el desfile del Día Nacional del 1 de octubre de 1968 en la plaza de Tiananmen, una carroza alegórica representó una gran cesta de mangos como muestra de la alianza entre la jefatura del Estado y las masas industriales. La utilización de elementos de la flora o la naturaleza para cimentar la legitimidad política de un proceso o una dinastía es un recurso recurrente en la historia; una construcción simbólica que presenta rasgos compartidos con la narrativa que el monarquismo británico construyó en torno al roble de Carlos II para fundamentar la continuidad institucional de su causa. En la China de finales de los sesenta, el referente no buscaba la legitimidad dinástica, sino la afirmación del poder proletario frente a las desviaciones burocráticas.

Hacia finales de 1969, a medida que las estructuras administrativas del país recuperaban la normalidad y se consolidaba el nuevo diseño institucional, el uso intensivo del mango en la propaganda oficial comenzó a disminuir. Las réplicas de cera pasaron a formar parte del registro histórico de las familias y de los comités de empresa, empleándose en ocasiones como material utilitario en periodos de escasez de recursos energéticos.

El símbolo tuvo un último eco institucional en 1974, cuando la comitiva diplomática de Imelda Marcos obsequió una nueva remesa de frutas a las autoridades chinas. Jiang Qing, integrante de la dirección del partido, intentó reeditar la campaña para fortalecer la posición de su sector político mediante la producción de la película cinematográfica El canto del mango (1975). Sin embargo, tras el fallecimiento de Mao Zedong en septiembre de 1976 y la posterior reorganización gubernamental que apartó a la llamada «Banda de los Cuatro», el largometraje fue retirado de la circulación, cerrando definitivamente esta etapa de la iconografía política china. El mandatario fue inhumado en su mausoleo de la plaza de Tiananmen en un féretro de cristal, consolidando en la memoria histórica una época donde los símbolos industriales y cotidianos sirvieron de pilares para la movilización de la clase obrera.

Fuentes consultadas y referencias históricas

  • Ricking, Christoph (2016). «»Mango veneration» in the Cultural Revolution period». Deutsche Welle. Análisis sobre la reorganización de los comités universitarios y la transición hacia el liderazgo obrero en Pekín.
  • Cotter, Holland (2015). «When Mango Mania Was Revolutionary». The New York Times. Estudio de los bienes de consumo y el diseño industrial en el realismo socialista de la República Popular China.
  • Chau, Adam Yuet (2018). «Mao’s Mango Fever». Universidad de Cambridge. Investigación sobre la incorporación de dinámicas de masas tradicionales en la estructura de la propaganda estatal.
  • Dutton, Michael Robert (2004). «Mango Mao: Infections of the Sacred». Public Culture (Vol. 16, Nº 2, págs. 161-187). Monografía sobre la transferencia de funciones ejecutivas al proletariado industrial en agosto de 1968.
  • BBC News (2016). «China’s curious cult of the mango». Recopilación de testimonios de trabajadores y análisis de los registros de producción de las factorías de la época.

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