Un martirio para obtener el favor real

    Un vano intento de obtener el favor real que cambió la historia del arte

    La decisión a vida o muerte que se está tomando en este cuadro oculta acontecimientos contemporáneos a su autor como la lucha contra el turco y la herejía protestante

    Vamos a ver sus secretos 👇

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    El lienzo muestra la historia de San Mauricio, general de la Legión Tebana, cuyos soldados eran cristianos.
     

    Cuando el emperador Maximiano les exigió hacer un sacrificio a los dioses romanos, Mauricio y sus oficiales decidieron negarse a hacerlo y todos fueron martirizados.

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    Se divide en tres escenas claramente diferenciadas: la de los hombres debatiendo en primer plano, la que hay en la esquina inferior izquierda y la Gloria en la parte superior del cuadro, separada con eficacia de las otras dos mediante un profundo espacio vacío en diagonal.
     


    En el plano principal vemos a San Mauricio, vestido con el rojo del martirio y el azul de la eternidad.
     

    A su derecha está San Exuperio con un estandarte rojo.

    Junto a ellos hay un hombre con barba blanca: es Santiago el Menor, que convirtió a toda la legión al cristianismo.

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    Los oficiales de la Legión Tebana debaten si van a hacer el sacrificio a los dioses paganos exigido por el emperador romano.
     

    San Mauricio se muestra sereno mientras convence a sus compañeros para que no abjuren de su fe en Cristo.

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    El resultado de esa decisión lo podemos ver en la escena secundaria: los legionarios se sitúan en fila, vestidos con túnicas semitransparentes o desnudos, esperando su turno para ser ejecutados por un verdugo que nos da la espalda sobre una roca.
     
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    Junto a él vemos de nuevo a San Mauricio, reconfortando a sus hombres y agradeciendo su sacrificio.
     

    Dos legionarios decapitados —en un fuerte escorzo— destacan la idea del martirio, que el artista representa con gran elegancia, el máximo pudor y sin ninguna gota de sangre.

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    La abigarrada composición inferior abruma al espectador y lo lleva al plano superior del cuadro, el rompimiento de la Gloria.
     

    Es un recurso muy habitual en el arte cristiano: la representación del plano espiritual sobre el plano terrenal mediante una ficción de perspectiva.

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    Lo conforman varios ángeles en posiciones diagonales escorzadas que se contraponen a la verticalidad de la zona principal.
     

    Tocan diferentes instrumentos musicales y llevan palmas, símbolo del martirio, y coronas triunfales a los mártires.

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    Los principales colores escogidos para el lienzo, el azul, el rojo y el amarillo, se inspiran en la Escuela Veneciana, donde se formó el artista, y su aplicación ayuda a crear una atmósfera irreal, casi fantástica (como quizá sea toda la historia de San Mauricio).
     
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    El perfecto uso de la luz crea zonas de penumbra que potencian los focos de iluminación procedentes de los cielos con los que el artista destaca la parte de la narración más importante: el martirio.
     

    👀 Fíjate en cómo los haces de luz conectan ambos mundos.

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    El lienzo lleva el título de El Martirio de San Mauricio y la Legión Tebana y fue pintado por Doménicos Theotokópoulos, El Greco, entre 1580 y 1582 por encargo de Felipe II para decorar una de las capillas laterales de la Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

     
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    La muerte en 1579 del pintor favorito del monarca, Navarrete el Mundo, provocó la urgente demanda de pintores que continuaran la decoración de El Escorial.
     

    Por ello, el rey eligió a El Greco como uno de los artistas consagrados que trabajarían en los retablos de la basílica.

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    El Greco venía de completar un encargo importante para la Catedral de Toledo, El expolio, no sin polémica: representó a las 3 Marías sin respaldo bíblico y Cristo no aparece en la posición superior, sino que gran parte del grupo que lo escolta está por encima de su cabeza.
     
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    Felipe II consideró que la representación de San Mauricio en el Escorial estaba justificada ya que, junto con san Jorge y san Sebastián, era considerado un santo patrón contra la herejía y además su cráneo figuraba entre las reliquias del monasterio.
     
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    El Greco deseaba ganarse el favor real y decidió crear una innovadora composición para un cuadro religioso en la que desplaza el martirio a segundo término y colocó como motivo principal el momento en que el santo convence a sus compañeros de mantenerse fieles a su fe.
     
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    También aprovechó la oportunidad para combinar una historia primitiva del Cristianismo (quizá ficticia) con acontecimientos contemporáneos, relacionando la resistencia de San Mauricio con la del propio Felipe II en su defensa de la fe católica contra la herejía protestante.
     
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    Da fe de ello la presencia en el cuadro de Manuel Filiberto de Saboya, gran maestre de la Orden de San Mauricio y vencedor en la batalla de San Quintín.
     

    A su derecha, y más cerca de Mauricio, se sitúa Alejandro Farnesio, quien estaba por entonces luchando en los Países Bajos.

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    Asimismo, don Juan de Austria, el héroe de Lepanto, contempla la escena del martirio de los legionarios junto al propio San Mauricio.
     
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    Sin embargo, el cuadro no fue del gusto de Felipe II cuando pudo contemplarlo a su regreso de Portugal en 1583.
     

    El rey no entendió el sentido visionario de la pintura de El Greco y reprochó al artista falta de claridad y decoro.

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    Falta de claridad porque El Greco no solo desplazaba el martirio a un lugar secundario, sino que ni siquiera mostraba la muerte del santo, que en primer plano convence a sus subordinados de que permanezcan fieles a su fe en Cristo y en segundo conforta a los martirizados.
     
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    La falta de decoro se refiere a la elaborada metáfora de la defensa del catolicismo frente a los protestantes y el Imperio Otomano, puesto que al monarca no le pareció procedente la presencia de sus cortesanos junto a los mártires del cristianismo primitivo.
     
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    El rey prudente reconoció el valor artístico de la obra, tasándola en 800 ducados, pero la relegó a una estancia secundaria del Monasterio de El Escorial, donde puede admirarse hoy en día.
     
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    Para el altar de la basílica encargó otro lienzo con el mismo tema al pintor florentino Rómulo Cincinato que, entendiendo mejor que El Greco el gusto de Felipe II, situó la escena del martirio en primer plano.
     

    Esta versión es la que hoy en día está en la iglesia del Monasterio.

    El Greco no consiguió ganarse el favor real, pero en solo 5 años había trabajado para los 2 clientes españoles más importantes: el rey y la catedral de Toledo.
     

    Regresó a Toledo para buscar su clientela entre sus nobles y religiosos, que entendieron y apreciaron su nuevo arte.

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    En la ciudad primada encontró su entorno ideal, identificándose con su ambiente de espiritualidad, ajeno a la reforma religiosa y al gusto por la Antigüedad.
     

    Desde ese momento halló su propio lenguaje en la pintura, que no abandonó hasta su muerte.

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    Gracias a ello pintó una de las obras maestras del arte occidental.
     
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